Roger Bartra

LECTURAS | Mutaciones. Autobiografía intelectual, de Roger Bartra

El autor de La jaula de la melancolía deja en este libro el testimonio definitivo de su vida y pensamiento.

Ciudad de México, 26 de octubre (MaremotoM).- En un ejercicio de autoexploración de la conciencia y la identidad, temas que atraviesan su obra en distintos momentos, Roger Bartra ofrece aquí un vistazo de aquellos flujos que se entrecruzan y mezclan en las suyas y de los cuales se centra en tres: su obsesión por la verdad, la permanente sensación de ser extranjero en su propia tierra y su inclinación por la rebeldía.

A pesar de que el relato incluye de manera obligada algunas anécdotas personales, Bartra nos hace partícipes de su evolución intelectual más que de sus secretos emocionales. Es decir, no se trata de una autobiografía íntima, sino de un testimonio de la génesis y las diversas “mutaciones” y fijaciones de una de las mentes más lúcidas y audaces del panorama intelectual mexicano.

Roger Bartra es uno de los sociólogos y antropólogos más respetados de nuestro país. Su pensamiento y obra ha influenciado a varias generaciones de científicos sociales. Esta biografía permitirá conocer mejor las transformaciones intelectuales de Roger Bartra y arrojará luz sobre algunas de sus propuestas teóricas más interesantes.

Además de permitirnos conocer mejor la vida y obra de Roger Bartra, este libro refleja los cambios que ha sufrido el país durante las últimas décadas tanto en la vida cotidiana como en el ámbito político y social. Es el científico social mexicano más traducido al inglés y uno de los más respetados fuera de nuestras fronteras. En este libro se conocen por primera vez algunos de los sucesos que marcaron su camino intelectual.

Roger Bartra es doctor en sociología por la Sorbona y se formó en México como etnólogo en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Trabaja como investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y es miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Es autor de los libros La jaula de la melancolía (1987), El salvaje en el espejo (1992), La democracia ausente (2000) y Regreso a la jaula (2021), entre muchos otros. En 1996 recibió el Premio Universidad Nacional y en 2004 fue nombrado investigador emérito.

Roger Bartra
Nuevo libro de Roger Bartra. Foto: Cortesía

Fragmento de Mutaciones. Autobiografía intelectual, de Roger Bartra, con autorización de Debate

1. La quinta dimensión

Escribir unas memorias me parece un trabajo fascinante porque me enfrenta a uno de los enigmas que más me han intrigado. La generación de ese flujo que llamamos conciencia y que adopta la forma de una identidad personal es un problema que muchos consideran irresoluble. Es un flujo que ocurre solamente una vez. Tanto filósofos como neurólogos, cuando abordan el tema de la conciencia, tienen que recurrir a sus experiencias subjetivas y para ello exploran los territorios de su memoria. A esta indagación sobre su conciencia pueden añadir los resultados de las investigaciones científicas, pero jamás podrán escapar de la subjetividad que define su yo. Al zambullirme en los recuerdos, desde la niñez y la juventud hasta la vejez, me parece descubrir algunos nudos que atan diversas facetas de mi conciencia y que acaso permitan entender, o por lo menos explorar, los misterios de la identidad individual. No estoy muy seguro de que estos nudos realmente expliquen algo, pero su examen ha sido para mí un juego divertido. Al escribir los resultados de esta introspección tengo la esperanza de que algunas peculiaridades de las épocas vividas se cuelen en mi texto y tiñan mis recuerdos con los colores del medio ambiente social y cultural en el que crecí. Es una esperanza sin duda vanidosa que sirve para estimular la definición de mi nebulosa identidad. Tal vez mi vida no refleja bien el entorno en el que crecí, pero los recuerdos me ayudan a entender el mundo que me ha rodeado (o al menos eso siento). Acaso el recuento de una vida distorsiona el contexto en que se desarrolló; a veces la biografía devora la historia.

Al meditar sobre los primeros años de mi vida me he encontrado con un nudo que ata tres hilos que parecen extenderse a lo largo de los años. También podría describirlos como tres flujos que se mezclan en el pozo profundo de mi conciencia. El primer hilo o flujo es una obsesión por la verdad que domina mis actitudes, a veces de manera estimulante y en ocasiones de forma esclavizadora. El segundo flujo es la permanente sensación de ser extranjero, de ser un extraño enclavado en una sociedad que me considera ajeno a ella. En tercer lugar, siento que me ha poseído una inclinación por la rebeldía que he tenido que controlar y domesticar para poder convivir con mis semejantes. Los tres hilos se anudan en mi conciencia y han provocado una permanente sensación de encierro, de estar preso de verdades dogmáticas, de estar en la cárcel de una identidad anómala y de estar poseído por una furia que debo mantener atrapada. El nudo que ata estas tres tensiones a veces se desata y me siento liberado e impulsado a una búsqueda de verdades frescas y renovadoras, incitado por una rebeldía creativa y estimulante sin estar atado a identidades fijas.

Desde luego, he descubierto otros nudos en mi conciencia. Tienen que ver con erotismos, miedos, placeres, odios, tentaciones, bellezas o repugnancias. Me parecen nudos demasiado indefinidos o indescifrables y no quiero ocuparme de ellos. En contraste, el nudo que he descrito muy someramente se liga a mi propósito lúdico de examinar mi historia intelectual, más que mis secretos emocionales. Estos secretos acaso son resortes que han impulsado mi vida intelectual, pero no dejaré que se escapen más que algunos leves reflejos de su presencia.

Al explorar el nudo de flujos que me parece que ha marcado los primeros años de mi vida, me gustaría comenzar con una referencia a algo que no recuerdo. Mi madre escribió en un libro de remembranzas que una vez, después de ver la primera película en tercera dimensión, le pregunté:

—Madre, la cuarta dimensión dices que es el tiempo, ¿no?

—Sí.

—¿No hay una quinta dimensión?

—Que yo sepa, no.

Meditó un momento y dijo:

—La quinta dimensión debe ser la verdad.

La verdad es que no me acuerdo de haber dicho eso, pero en mi memoria todavía revolotean algunas imágenes de las películas en tercera dimensión que vi de pequeño. Ello debió haber sido hacia 1955, cuando estudiaba la secundaria y me interesaban mucho la Física y la Astronomía. Pero lo que hoy me impresiona es que esa obsesión por la verdad ha tenido en mí repercusiones muy contradictorias. Ha sido al mismo tiempo un lastre y un estímulo para la reflexión. Fue un lastre cuando se apoderaron de mí verdades dogmáticas que me dificultaron la expresión libre de ideas. Pero el interés por desentrañar verdades no evidentes u ocultas espoleó mi trabajo de investigación y mis reflexiones antropológicas o sociológicas.

En aquella época yo tendría entre doce y quince años. Después de haber leído con entusiasmo novelas de Julio Verne y Emilio Salgari, decidí que mis lecturas debían centrarse en relatos de aventuras verídicas. Desarrollé una verdadera obsesión por leer libros de viajes, donde personajes audaces atravesaban el África desconocida en operaciones de cacería o de exploración por tierras no holladas antes por los europeos. Me apasionaron especialmente los relatos de náufragos que habían logrado sobrevivir en islas remotas. Había leído con pasión las aventuras de Robinson Crusoe y sabía que se había inspirado en el caso real de Alexander Selkirk, abandonado en una isla del sur del Pacífico donde logró sobrevivir algunos años. Yo trataba de leer relatos que describieran hechos verdaderos y aventuras verídicas, pues esa “quinta dimensión” agregaba una emoción adicional a mis experiencias de ávido niño lector. Por suerte, y gracias a la guía de mi padre, la idea fija de leer exclusivamente historias reales se fue diluyendo ante la poderosa atracción que ejercieron después en mí las grandes novelas realistas del siglo xix. Además, yo tenía (y tengo todavía) una veta romántica que me mantuvo leyendo las novelas de Jack London y de James Oliver Curwood, este último hoy muy olvidado, pero cuyos personajes envueltos en lances amorosos me cautivaban.

Quiero mencionar otro acontecimiento que tampoco recuerdo, pero que hoy me parece revelador de ese segundo flujo o hilo que se anuda en mi conciencia. Mi madre me contó que una vez, en 1950, al regresar a la ciudad de México después de vivir dos años en los Estados Unidos, cuando la acompañaba a hacer alguna gestión en una oficina en el Paseo de la Reforma, me puse a llorar desconsolado al contemplar las calles mexicanas: gritaba que quería regresar a los Estados Unidos y que no me gustaba México. Mi madre me regañó ásperamente y muy enojada me dijo que éste era mi país y que aquí había nacido. Yo tenía unos ocho años y durante mi estancia fuera de México había olvidado el español, pues en casa se hablaba el catalán y en el colegio o en la calle hablaba en inglés. Me imagino que, en aquel momento, ante el monumento al Ángel de la Independencia, que es donde ocurrió la escena, yo me sentía profundamente ajeno a mi entorno, me sentía como un extranjero. Tenía la impresión de ser una persona rara y extraña: rubio, hablante de catalán, ateo, tímido, con un nombre que sonaba extranjero. Sentía que me habían arrancado de una especie de paraíso original. Añoraba mi vida en Estados Unidos, adonde habíamos llegado en enero de 1949. Recuerdo vagamente el largo viaje en tren a Nueva York desde la ciudad de México. El tren me fascinaba, corría por los pasillos de los vagones, dormía en una litera casi pegada al techo y miraba asombrado por la ventana los paisajes desconocidos. Al comienzo vivimos en Brooklyn unos meses, en un par de lugares. Pero sólo recuerdo la segunda casa, que era un subterráneo; se entraba por una especie de trampa o escotilla, una puerta inclinada en ángulo que daba acceso a unos escalones que bajaban al sótano. Mi madre contó que la deprimía vivir en un sótano, pero que se alegró cuando me oyó exclamar, al ver el lugar, que me parecía muy bonito. Pero cuando más adelante la vecina se quejó del ruido que hacía jugando con mi triciclo, mi madre comentó que yo, hipócritamente, dije: “Querer privarme de jugar, yo que soy un pobre niño que ¡tiene que vivir en un subterráneo!”.

Después de unos meses, en junio, nos fuimos a vivir a Nueva Jersey, cerca del pequeño pueblo de Newton, al lado de un lago y en medio de un precioso bosque de arces, donde mis padres habían alquilado una rústica cabaña. Recuerdo con gran gusto la vida idílica en aquel lugar. La vida en el bosque me emocionaba. Se cocinaba sin electricidad ni gas, y teníamos que ir a recoger la leña para la estufa que mi padre había cortado a hachazos en el bosque. Otra de mis tareas consistía en acarrear agua a la casa en un balde desde una noria cercana, pues no llegaban tuberías a la cabaña. El baño estaba afuera de la casa, con una fosa séptica que me daba miedo, pues imaginaba que en ella había toda clase de insectos que se treparían por mi trasero. Allí mismo me bañaban a cubetazos, pues no había ducha. Era una vida primitiva que me divertía mucho. La cabaña formaba parte de una granja en la que vivían los dueños del lugar con sus hijos, que eran mis amigos con los que jugaba todas las tardes y los fines de semana. Caminar hasta el lago me parecía una peligrosa peripecia, pues tenía que pasar al lado de las vacas que estaban pastando allí y que me daban mucho miedo.

Al cabo de un tiempo nos mudamos a Bayville, en el estado de Nueva York. La casa estaba junto a la playa. Mi entorno cambió mucho, pues ahora en lugar del bosque tenía al lado el mar. La playa era larguísima, y la recorría buscando troncos y maderas que las olas habían devuelto, para alimentar la chimenea, pues aún hacía frío. Con mi padre recorríamos la orilla con una red, sumergidos en el agua, para atrapar unos peces muy pequeños que luego mi madre freía en la sartén. Con mis amigos nadábamos y jugábamos a escondernos debajo de una lancha que estaba allí abandonada, volcada boca abajo, para lo cual teníamos que bucear. Un autobús me recogía para llevarme a una escuela que me gustaba mucho. Mi maestra descubrió que era miope, pues no podía ver bien lo que escribía en el pizarrón. Desde entonces uso anteojos. Cuando llegó el verano nos cambiamos a otra casa, un poco más alejada del mar. El propietario era un italiano ya viejo, bigotón y simpático, al que llamábamos Papa Toni, que alguna vez me llevó en su barca de noche a pescar anguilas. Las atraía con una lámpara y las capturaba con una red. Mi vida de niño en Newton y Bayville fue paradisiaca. Pero se interrumpió en octubre de 1950 cuando regresamos a la ciudad de México, esta vez en autobús. Yo me sentí allí como un extraño.

Un amigo alguna vez se refirió a mi condición “extranjera” como una “herida original”. Ciertamente, mi origen europeo, hijo de exiliados catalanes refugiados en México después de haber perdido la guerra civil en España, ha marcado profundamente mi existencia. Desde ese día en que mi madre me regañó no he dejado de sentirme como un extraño en mi propio país. Y muchos mexicanos me han tratado como tal.

A los huecos en mi memoria debo agregar otra ausencia, no en mis recuerdos sino en la realidad: nunca escribí un diario. Ahora siento cierta frustración por no haberlo hecho, que paliaré con la invención de fragmentos del diario que me gustaría haber escrito; me servirán como un recurso literario para dialogar conmigo mismo. Todos estos fragmentos aparecerán en cursiva. Más adelante, en otros capítulos, supliré la ausencia de un diario con fragmentos de mis cartas o de entrevistas, para recuperar una idea de cómo era y qué pensaba. El fragmento de un diario imaginario que sigue se refiere al tercer hilo que se anuda en mi memoria, la rebeldía:

30 de marzo de 1958. Hace unos días, durante el recreo entre clases, un grupo de amigos nos reunimos para discutir sobre el nuevo maestro de Psicología que el Colegio Madrid ha contratado. Es un profesor muy malo que contrasta con la calidad de otros maestros. Mis amigos y yo decidimos pedirle su renuncia y me eligieron a mí para hablar en nombre del grupo. Consulté con otros compañeros y todos dijeron estar de acuerdo. Una de las que más me impulsaron fue una muchacha de la cual estoy secretamente enamorado. Es la chica más fea de la clase, pero a mí me atrae mucho. Es posible que ella haya contribuido a darme ánimos, pues no acabo de entender cómo, a pesar de mi extrema timidez, he aceptado ser el vocero del grupo en rebeldía contra el mal profesor.

Así pues, cuando llegó el maestro de Psicología, un joven bajito de barba que cojeaba al andar, pedí la palabra y le expliqué que no nos gustaba cómo impartía la materia, y que le pedía que renunciase. Al terminar mis palabras, me dirigí a mis compañeros y les pedí que, si estaban de acuerdo con lo que acababa de expresar, se pusieran de pie. Todos se levantaron.

El maestro de Psicología, lívido y compungido, abandonó el aula y fue directamente a la dirección a explicar lo que sucedía. El director de la preparatoria, Luis Castillo, llegó furioso y con voz atronadora anunció que yo quedaba de inmediato expulsado para siempre del colegio. Con gesto airado me señaló la puerta y exigió que saliera inmediatamente del aula.

Afuera, solo en el patio vacío, sentí que el mundo se venía encima de mí. Me dolió que fuese precisamente el profesor de Historia, Castillo, el que me expulsará de manera tan ruda, sin permitirme ni siquiera explicar mis motivos. Estaba furioso contra él porque era uno de los maestros que más apreciaba. Sentía rabia por su falta de comprensión ante un acto de rebeldía motivado por un problema real. Comencé a pensar en la manera de superar el golpe, en los colegios a los que podría cambiarme, en lo que pensarían mis padres. Sentía una gran soledad.

A los pocos minutos salieron algunos compañeros. Me contaron que el profesor Castillo, arremedando lo que yo había hecho, pidió a los estudiantes que estuvieran de acuerdo conmigo que se pusieran de pie. Los que lo hicieron fueron expulsados también. Ni una sola de las compañeras se levantó en solidaridad. Me contaron que la chica más fea, de la que yo estaba enamorado, había tenido un ataque de nervios y había llorado. Pero que no se había atrevido a ponerse de pie por miedo al regaño de sus padres. Posteriormente otros compañeros fueron a decirle al profesor Castillo que se solidarizaban conmigo. Fueron también expulsados.

Después de todo esto, me condujeron a ver al director del Colegio Madrid, Jesús Revaque, un hombre de talante severo y gruñón. Me hizo esperar mucho, me dio a leer un libro de Azorín mientras tanto y después confirmó que estaba expulsado. Al llegar a mi casa y contar lo que había pasado, mis padres, muy comprensivos, me dieron todo su apoyo.

Sesenta años después recuerdo con ternura la experiencia de ser expulsado del Colegio Madrid por adoptar una actitud crítica y rebelde. Fue un pequeño escándalo. Intervinieron los padres de los expulsados y los maestros se dividieron. Los de Matemáticas (Vicente Carbonell y Marcelo Santaló) fueron los más duros. La profesora de Literatura, Estrella Cortich, que me quería mucho y a la que yo admiraba, fue más comprensiva. Aparentemente hubo una discusión interna entre los profesores. Al final mi expulsión definitiva fue conmutada y me sentenciaron a estar separado del colegio solamente unos meses. Todos los expulsados nos reuníamos diariamente a estudiar, con el apoyo de los compañeros que iban a los cursos. La que en aquella época llamaba “la chica más fea” era una estudiante aplicada y sus apuntes nos ayudaron mucho. Me resigné a que no correspondiese a mi amor (del que, supongo, nunca se percató). Lloré cuando me di cuenta de que no me haría el menor caso. ¡Qué banales me parecen hoy aquellas experiencias! Sin embargo, no puedo menos que reconocer que reflejan la coyuntura de ese año, 1959, el año en que triunfa la Revolución cubana encabezada por Fidel Castro. De alguna manera, el espíritu de rebeldía de aquella época se coló entre nosotros, los estudiantes del Colegio Madrid. Yo dirigía entonces el periodiquito estudiantil, Nosotros, donde publiqué un artículo sobre la Revolución cubana, para el que hice un dibujo mostrando a los revolucionarios barbudos. Me sacaron del periódico como represalia por mi indisciplina.

Recuerdo que aproveché el tiempo en que estuve expulsado del colegio para visitar las ruinas mayas de Palenque, un largo viaje en autobús hasta Villahermosa en Tabasco, desde donde tomamos el tren para llegar al sitio arqueológico. Viajé con dos compañeros expulsados en un grupo organizado por un simpático historiador del arte, Raúl Flores Guerrero, amigo de mi familia. En este viaje iban también el pintor Vicente Rojo, su esposa Albita y la crítica de arte Raquel Tibol. Nunca olvidé la experiencia de zambullirme en el antiguo pasado maya.

21 de abril de 1958. En el grupo de expulsados tomamos una decisión: ir a visitar al maestro de Psicología. Nos han dicho que es un estudiante pobre que necesita el dinero. Estamos arrepentidos de haberle pedido la renuncia y queremos explicárselo. Cuando nos vio llegar desde la ventana de su departamento se espantó. Creyó que lo queríamos agredir y se negaba a abrirnos. Le dijimos a gritos el motivo de nuestra visita, bajó a la calle para hablar con nosotros. Le pedimos disculpas, aunque le aclaramos que no nos gustaba su clase, comparada con los nuevos maestros de Estética y de Ética. La profesora de Estética es una joven rubia que suele llegar al aula con una falda muy corta y tiene a todos excitados al enseñar sus bellas piernas, aunque su cara nos parece fea. Muchos alumnos intercambian su pupitre con el de las chicas, que siempre están sentadas en las primeras filas, para poder admirarla de cerca. El profesor de Ética habla muy bien y nos atrapa con su discurso envolvente. Son de los pocos maestros mexicanos del Colegio.

Desde luego hoy me desagrada el típico comportamiento machista ante la maestra de Estética. Recuerdo que daba buenas clases. El profesor de Ética era el muy conocido filósofo Emilio Uranga, discípulo de José Gaos y prominente miembro del famoso grupo Hiperión. La clase de Uranga era extraordinaria y me pregunto si sus indagaciones filosóficas sobre el ser del mexicano dejaron huellas en mí. No recuerdo que hablase de ese tema en la clase. En este momento me asaltan las dudas: ¿qué sentido tiene escribir sobre mis experiencias en aquella época? ¿Buscar los embriones del intelectual en que me convertí no es fruto de una inútil vanidad? Es muy posible que así sea, pero también me alienta una extraña modestia: descubrir que mi obra y mi pensamiento son el fruto de una época y el resultado de absorber ideas e inclinaciones del ambiente en que me tocó vivir. Acaso hay menos originalidad en lo que hacemos los intelectuales que aquella con la que con frecuencia presumimos. Escribir unas memorias acaso sirva para taladrar un pequeño agujero en el tiempo con el propósito de invitar a otros a observar la época que modeló a una generación. En mi caso tal vez pueda ofrecer una mirada extranjera de alguien que recuerda y observa el país donde nació.

Fui una criatura del exilio español y un fruto de la contracultura. Por ello crecí hasta cierto punto como un extranjero en México. Esta inyección de otredad también ha sido uno de los motores de mi vida intelectual. El Colegio Madrid, una escuela fundada en 1941 por refugiados republicanos españoles, fue para mí un muy estimulante espacio en el que me sentía bien. Llegué allí en 1953, después de dos años en un colegio muy desagradable, el Cambridge College de México, en la calle Tlaxcala, al que mis padres me habían metido al regresar de Estados Unidos, con la esperanza de que conservase el inglés (y porque se encontraba muy cerca de nuestra casa). Cursé en este colegio el segundo y el tercer año de primaria (1951-1952). Allí la enseñanza del inglés era paupérrima y resultó ser un colegio de orientación católica. Recuerdo a una maestra, miss Queta, porque daba unos dolorosos pellizcos cuando nos portábamos mal. Supongo que eran los famosos pellizcos de monja de los que había oído hablar. Mis padres habían pedido que no me exigieran asistir a las clases de doctrina católica. Por ello, me quedaba solo en el patio; cuando los otros niños salían del curso me insultaban y se burlaban de mí: me preguntaban por mi religión y se enfurecían cuando les contestaba que no creía en ningún dios. Me llegaron a pegar por ello. El cambio al Colegio Madrid fue como recibir aire fresco después de un largo encierro. Sin embargo, mi primer maestro, el profesor José Gil de cuarto de primaria, era un español duro y áspero que una vez me abofeteó en la clase porque no había logrado memorizar la tabla del siete. Desde entonces soy incapaz de recitar de memoria esa tabla de multiplicar. Por lo demás, era un buen profesor. Al recordarlo, después de tantos años, me asombra que en ese colegio republicano fundado por refugiados españoles progresistas hubiese un profesor que en 1953 todavía le pegaba a sus alumnos. Otra cosa que recuerdo con disgusto era la obligación todos los lunes en la mañana, antes de iniciar clases, de cantar el himno nacional a coro con todos los demás niños. Era una obligación impuesta por el gobierno. La letra misma del himno me parecía ridícula y la exigencia del ritual nacionalista me molestaba desde pequeño, aún sin saber muy bien por qué. Otro ritual nacionalista que me desagradaba transcurrió durante las pocas veces en que mis padres me llevaron al Orfeó Català. Allí me querían enseñar a bailar sardanas con el tradicional traje catalán: barretina, pantalón corto, alpargatas, faja y chaleco. Lo odiaba y mis padres no insistieron. Se ve que desde pequeño me repugnaba el nacionalismo. En contraste, un primo mío se ponía de pie solemnemente cada vez que escuchaba el himno mexicano y colocaba su mano en el pecho con la palma hacia abajo. A él le fascinaban también los rituales nacionalistas catalanes. En la casa se respiraba un ambiente cultural catalán, pero mis padres no eran nacionalistas. Mi madre había sido nacionalista en Cataluña, de joven, pero había dejado de serlo.

La vida en el colegio no se escapaba del violento contexto mexicano ni de las modas juveniles que traspasaban fronteras:

21 de mayo de 1959. Un policía mató a tiros a un compañero de clase, Félix. Era un muchacho un poco mayor que el resto de nosotros, muy guapo, llevaba un magnífico copete al estilo James Dean. Se levantaba el cuello de la camisa, como era la moda, y usaba una chamarra de cuero negro. Era la perfecta representación del “rebelde sin causa”: provocador, peleonero y muy simpático. Todos lo admirábamos y lo envidiábamos. Por supuesto, conquistó a una de las muchachas más guapas del grupo. Nos contaron que se peleó con un policía, que fue muy altanero, que provocó al cuico y que éste le dio un balazo. Ayer fue enterrado. Sus amigos fuimos a despedirlo al panteón, tristes y alarmados. Comprobamos trágicamente que con la policía mexicana, nefasta y corrupta, no se debía jugar. Al terminar el sepelio, nos dio un aventón la camioneta que había llevado las coronas de flores. No parábamos de cantar, a gritos, con una desenfrenada y loca alegría por estar vivos. Después me arrepentí de haber regresado del cementerio en forma tan festiva. Su novia está desconsolada y no para de llorar.

Recuerdo que la impactante película de Nicholas Ray, Rebelde sin causa, con James Dean como protagonista, me había emocionado mucho. Me parecía que reflejaba, no sólo la crisis de unos lejanos adolescentes gringos, sino los sentimientos y las angustias de todos nosotros. La muerte de aquel muchacho hizo evidente que envidiábamos a los “rebeldes sin causa” y que sentíamos una extraña furia interior. Yo, que era de una timidez enfermiza, me peinaba con el típico copete de moda y llevaba una chamarra negra de cuero, aunque era muy pacífico y jamás buscaba pleitos. Les tenía un miedo atroz a dos pandillas de “rebeldes sin causa” del barrio donde vivía, la colonia Hipódromo. Eran las pandillas de la Roma y de la Condesa, las colonias adyacentes. Con frecuencia se enfrentaban y, además, provocaban a los jóvenes que pasábamos cerca de sus lugares de reunión, como un bar de la calle Ámsterdam y otros restaurantes. El drama de nuestro compañero Félix fue la encarnación viva de lo que aparecía en la película de James Dean.

En aquella época Los Locos del Ritmo, un conjunto de rock, se hicieron famosos por la canción en la que insinuaban que su rebeldía sí tenía una causa, aunque no la mencionaban:

Yo no soy un rebelde sin causa

ni tampoco un desenfrenado,

yo lo único que quiero es bailar el rock and roll

y que me dejen vacilar sin ton ni son.

Pero estas ganas de “vacilar” no eran tan inocentes. Los Locos del Ritmo llamaban a soltarse las melenas, quitarse las corbatas, ponerse las chamarras y sacar las “navajas italianas”, esos peligrosos cuchillos automáticos que usaban los pandilleros.

El rock estaba estrechamente ligado a lo que se llamó la contracultura. La gente conservadora despreciaba, como si fueran salvajes, a los jóvenes que vivíamos fascinados por el rock and roll, escuchábamos Radio Éxitos y adorábamos a Little Richard y a Elvis Presley. Nos disfrazábamos de rebeldes e íbamos a fiestas donde tocaban conjuntos de aficionados que imitaban (mal) a los rocanroleros gringos. La policía y los granaderos acosaban a los muchachos que festejaban el rock, y los reprimían, como ocurrió en mayo de 1969 cuando se estrenó King Creole, la película de Elvis Presley, en el Cine de Las Américas. El roquero Federico Arana en sus memorias (Guaraches de ante azul, 1985) narra con gracia cómo fueron sometidos los “rebeldes de copete y chamarra” que, según la crónica escandalizada de la prensa, atacaban a “mujeres que ante el escándalo trataban de abandonar la sala” y que eran “despojadas de sus ropas por los salvajes, que a tirones desnudaban a sus víctimas”. Yo vivía muy cerca de ese cine, pero no vi allí ese día la película de Elvis Presley. ¡Cuánto lamento no haber estado en esa escandalosa reunión de rebeldes!

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En mi casa, un modesto departamento en la plaza Citlaltépetl, yo me había apoderado del aparato de radio que teníamos para poder escuchar rock. Debo decir que ese radio era uno de los tres únicos aparatos eléctricos que había allí (los otros eran una plancha y un pequeño calentador), pues en casa no teníamos teléfono, ni televisor, ni refrigerador. Un tiempo después, con mi primer salario, me compré un tocadiscos.

20 de septiembre de 1959. Muchos compañeros consideran que es seña de inmadurez no haber tenido relaciones sexuales. Mi primo Armando y yo, presionados por el ambiente, decidimos perder la virginidad en un burdel recomendado por amigos. Aunque llevaba un condón, se me olvidó ponérmelo, poseído por los nervios y el atolondramiento ante una hermosa joven desnuda. La experiencia no fue muy buena y además salí condecorado con una gonorrea. Juré que jamás acudiría de nuevo a una prostituta. Sin embargo, el ambiente prostibulario, sórdido y teatral, me parece muy interesante y por ello acepto de vez en cuando acompañar a Pancho, un buen amigo y compañero de la preparatoria, a diversos burdeles. Él es un putañero compulsivo, y yo cumplo mi propósito: sólo tomo unos tragos y bailo, pero me niego de plano a acostarme con una prostituta. La primera visita a un burdel me ocasionó la vergüenza de confesarles a mis padres que me habían pegado una enfermedad venérea. Me curó con antibióticos el ginecólogo de mi madre.

Ese compañero en las excursiones prostibularias tuvo el enorme mérito, cuarenta años después, de ser el primer candidato del pri a la presidencia en perder las elecciones y con ello abrir una etapa de transición democrática en México. Pancho Labastida soportó bien la derrota. Con él discutía sobre las alternativas de estudio al terminar el bachillerato. A él le interesaba la economía. Yo estaba muy desorientado. Unos años antes, cuando estaba en la secundaria, en 1957, tomé la firme decisión de no seguir estudiando y de no inscribirme a una carrera universitaria. Los estudios me aburrían y no me gustaban. Además, siempre había sido un mal alumno que obtenía bajas calificaciones, salvo en el par de materias que me gustaban (en la clase de Literatura siempre tuve las notas más altas). Ante la alarma de mis padres, que me hicieron ver que en algo debía ganarme la vida, opté por prepararme en un oficio que había probado en los talleres del colegio y hacia el cual sentía afición. Así fue como me inscribí en la carrera de encuadernación de la Escuela Nacional de las Artes del Libro, que se encontraba cerca de la casa en la calle Tonalá. Fue una muy buena experiencia, pues me agradaba mucho el trabajo manual. Los compañeros en esta escuela eran en su mayoría obreros que deseaban adquirir un oficio artesanal para mejorar su situación económica. Al cabo de un año decidí no renunciar a los estudios de bachillerato, y después de dos años abandoné la encuadernación. Algo me dejó aquella práctica: quedé convencido de que las profesiones deben ser vistas como un oficio, aun las más sofisticadas. Mi padre solía decir que él ejercía el oficio de poeta. Las diversas actividades a las que me he dedicado las he visto siempre como un oficio y no como el trabajo pomposo en el que creen los engreídos y los pedantes. También quise ser pintor y tomé clases en una academia durante un tiempo. En otros momentos sentí que mi vocación eran la física y la astronomía.

13 de octubre de 1959. Una amiga de la clase que quiere estudiar Psicología nos ha invitado a algunos de nosotros a una visita, guiada por un psiquiatra, al manicomio de La Castañeda. En medio de unos preciosos jardines hay un majestuoso edificio central de dos pisos cuya arquitectura porfiriana se parece a la del Colegio Madrid. A su alrededor hay varios pabellones, pero en ellos no hay estudiantes sino enfermos mentales. Viven allí recluidos locos que han sido rechazados por sus familias y que carecen de recursos. Nos dejan visitar el pabellón de las mujeres “tranquilas”. En los otros edificios tienen encerrados a los locos furiosos, donde sería peligroso que entrasen extraños. Es un espectáculo dantesco: mujeres de todas las edades, en su mayoría descalzas y vestidas con una especie de bata de tela gruesa y basta, deambulan por el recinto. Hablamos con algunas de ellas y muchas nos parecen perfectamente cuerdas; nos piden ayuda y nos explican que están allí en contra de su voluntad y que no están locas, pero que perderán el juicio si siguen allí encerradas. Otras tienen un comportamiento raro y dicen incoherencias. Una joven rubia, guapa, nos habla con mucha coherencia y nos dice que ella está sana. Cuando sonríe vemos que le faltan dos o tres dientes incisivos superiores. Quiere salir de allí, donde sufre mucho. Después el médico nos explica que esta muchacha ha matado a uno de sus hijos, durante un ataque psicótico. En el edificio central hay un pasillo donde tienen en camas a los seres más extraños, malformados del cuerpo, que padecen enfermedades raras. Pasamos por el anfiteatro, donde parece que imparten clases, y allí en una mesa de losa veo por primera vez en mi vida un cadáver. Un enfermo que tuvo un ataque. Parece un crucificado recién desclavado. Lo usarán para alguna clase de anatomía. Salgo de allí muy impresionado. Creo que no estudiaré Psicología.

En verdad, en aquella época estaba totalmente desorientado y no sabía muy bien qué estudiar o qué hacer en el futuro. Y no me preocupaba mucho por ello. Había ido descartando opciones. Después de un curso de dibujo mi intención de ser pintor se frustró: era evidente que no tenía las habilidades artísticas necesarias. Mi gusto por el oficio de encuadernador se había desvanecido, pero me dejó la amarga sensación de que mi decisión de convertirme en un artesano escondía el peligro de enfrentarme al vacío y a las consecuencias malignas de tomar un rumbo equivocado. Mi gran interés por la astronomía, la física y la biología se esfumó ante mis dificultades para manejar las matemáticas y la química. En realidad, cuando me enfrentaba a los exámenes finales, estudiaba con gran afición y avanzaba muy bien, lo suficiente para ser aprobado a pesar de mis malas calificaciones a lo largo del año. Pero después, gracias a los malos profesores, volvía a tenerles miedo a las matemáticas y a la química. En los años siguientes, cuando tuve que enfrentarme al uso de la estadística, salí bien librado. Nunca sabré si mi interés por las matemáticas fue ahogado por los malos profesores o bien realmente carezco de las aptitudes necesarias.

No parecía estar ya maduro para enfrentarme a una nueva vida, al abandonar la adolescencia. Para empezar, dejaba atrás una infancia especialmente feliz, y eso me provocaba una gran inseguridad. Mi vida en familia, con mis padres, y la vida escolar, con un puñado de buenos amigos, me habían protegido de las inclemencias del mundo. De repente, a mis diecisiete años, debía escoger una carrera y buscar trabajo. Mis padres me habían advertido que no podría estar dedicado a los estudios todo el tiempo, y que debía buscar una forma de ganarme la vida y contribuir a la economía familiar. Pero eso de buscar empleo me parecía una tarea titánica, debido a mi enorme timidez. Era tan tímido que no me atrevía a comprarme ropa interior, pues me avergonzaba la idea de que una empleada de la tienda me atendiese en la búsqueda de unos calzones de mi talla. En el colegio rehuía especialmente a las muchachas guapas; tenía solamente una amiga, que no me generaba timidez a pesar de lo atractiva que era, pues hablábamos en catalán y por ello no me sentía amenazado ya que parecía de mi familia.

Ya casi había abandonado las lecturas de Salgari, Verne y James Oliver Curwood —que me habían apasionado— y ahora leía a Dickens, Dostoyevski, Hermann Hesse y Sartre. Típico adolescente, cultivaba mi individualidad, aunque sentía que estaba en crisis mi identidad. Sostenía largas e interminables conversaciones más o menos filosóficas con mi primo Armando, al que me unía una estrecha amistad juvenil que duró muchos años. En el colegio había un chico cuyo padre era masón y que se declaraba comunista. Yo rechazaba con vehemencia sus ideas y sostenía que la desaparición de la propiedad privada era un absurdo. Mis argumentos eran primitivos y se sustentaban en un acentuado individualismo, sentimiento que en mi fuero interior se asociaba al miedo a la muerte. Carecía absolutamente de inclinaciones religiosas y por lo tanto sabía que se vivía solamente una vez, sin esperanza en una vida post mortem. Además, las cosas parecían ocurrir una sola vez, sin repetirse y sin dejar posibilidad para cambiarlas.

Mi familia en México formaba una extraña burbuja. Mis padres eran dos intelectuales catalanes que tuvieron que huir de España cuando Franco aplastó a la república y a la democracia. Nos rodeaba un círculo de amigos catalanes, todos ellos refugiados políticos, como Manuel Durán, Josep Bartolí, Ramón Xirau, Pere Calders y Bartolomeu Costa-Amic. El círculo catalán estaba inscrito en otro círculo más amplio de españoles de diversas regiones y de muy distinta extracción social. Había todo un enjambre de refugiados españoles a nuestro alrededor, desde Andrés Zaplana, que tenía una gran librería en la calle San Juan de Letrán, los médicos que nos curaban, los editores que publicaban las obras de mis padres, hasta el modesto fabricante de lejía que nos traía cada semana las botellas a la casa.

Mi padre no había podido estudiar y había crecido en el medio obrero de la ciudad industrial de Sabadell. Solía contar que en cierta ocasión una peruana de apellido Bartra le preguntó si tenía un origen aristocrático (como los Bartras criollos del Perú); mi padre en broma le dijo que sí, que venía de la aristocracia campesina. Ciertamente su familia procedía de los medios rurales y su padre era un artesano que, ya de viejo, dibujaba con tinta preciosos paisajes de Cataluña, a veces coloreados con acuarela. Mi padre apenas terminó sus primeros estudios y acabó trabajando en la oficina de una fábrica de tejidos. Pero desde muy joven decidió que se convertiría en poeta, cosa que logró con gran éxito. Su fuerte vocación lo llevó a adquirir mediante lecturas una extensa y sólida cultura, y aprendió francés e inglés. Mi madre tampoco pudo estudiar una carrera. Aunque procedía de medios pequeñoburgueses de Barcelona, su familia no pudo pagarle estudios universitarios, aunque sí le enseñaron a tocar el piano. Mi abuelo materno era un personaje singular que había dirigido una revista femenina y varias películas. Había logrado una cierta posición holgada que lo distanciaba de otros familiares que vivían con mucha modestia de oficios diversos (uno tenía una minúscula joyería, otro había regresado de la guerra de Cuba sin empleo). Mi abuela materna era una mujer casi analfabeta dedicada a sus hijos y a las labores domésticas. Yo no conocí más que al abuelo materno, que se había separado de su mujer y vivió la Segunda Guerra Mundial en el París ocupado por los alemanes, sumido en la miseria. Sus hijos lo rescataron y lo trajeron a México, ya viejo, donde se dedicó a vender esencias para la fabricación de perfumes. Todavía lo recuerdo, con su abundante cabellera blanca y su expresión triste. No le interesó mucho convivir con sus nietos, sumido en la amargura y la enfermedad.

En el ambiente mexicano mi familia era extraña no solamente porque era catalana e intelectual. Era rara porque no nadaba en la abundancia, sino que era muy modesta y carecía de dinero. Yo tenía pocos juguetes, como un palo con cabeza de caballo y un trenecito de cuerda. Miraba con envidia los juguetes de mis amiguitos, con sus trenes eléctricos y sus lujosos coches de pedales. De niño jugaba en la calle con los hijos de la portera y llevaba los pantalones zurcidos o parchados. Pero el entorno nos consideraba ricos, por nuestro aspecto físico: rubios de ojos verdes o azules. A diferencia de la mayor parte de los exiliados, mis padres no gozaban de altos ingresos y vivían modestamente de su trabajo como traductores. En contraste, la vida intelectual del hogar era de muy alto nivel. No teníamos buena ropa, pero en la casa había libros y cuadros por todas partes.

Gracias al bagaje cultural del que el entorno familiar me había dotado, sin ser muy consciente de ello, estaba bien preparado para estudiar. Pero no me había decidido por una carrera. Dudé durante largo tiempo. Oscilaba entre la Arqueología y la Filosofía. Al final me decidí por la primera, pues me atraía el carácter práctico del oficio de arqueólogo y la dimensión romántica del explorador de mundos perdidos. El trabajo como filósofo me parecía que llevaba a una aburrida vida como maestro, y supuse que podría filosofar siempre que decidiese usar mi mente, sin necesidad de estudiar una carrera. No tenía la menor idea de dónde se estudiaba Arqueología; la unam la anunciaba, pero en realidad no ofrecía la carrera. Al final descubrí que debía inscribirme en una escuela rara, no universitaria, que se encontraba en el centro de la ciudad de México, en la calle Moneda. Era la Escuela Nacional de Antropología e Historia (enah). Yo entonces no sabía qué era la antropología…

Por suerte en esa escuela encontré desde el comienzo a un excelente profesor de Arqueología, José Luis Lorenzo, un refugiado republicano español que impulsaba una visión inspirada en el gran arqueólogo Vere Gordon Childe, con el que había estudiado en Londres. Este profesor muy pronto me hizo abandonar mis ideas románticas sobre el trabajo arqueológico y me impulsó a entender la dimensión científica del oficio. Pero, en cuanto se enteró de que quería ser arqueólogo, fue muy exigente conmigo. Con el tiempo nos hicimos buenos amigos. Otro aspecto de los estudios que emprendí y que me atrajo mucho fue la llamada Antropología Física, cuyo sustento en la biología humana me conectó con la afición que aún mantenía por las ciencias de la vida. Sin embargo, me topé con una áspera profesora alemana, Johanna Faulhaber, que exigía en los exámenes que nos aprendiésemos de memoria largas listas con los nombres de todos los huesos del cuerpo y de los fósiles de homínidos hallados por los paleontólogos. Su clase era entretenida a veces, porque parecía de otra época. Nunca salió de la explicación mendeliana de los mecanismos de la herencia, cuando ya se conocían los descubrimientos de Crick y Watson sobre el ADN, tema fascinante que un compañero médico me había explicado con detalle. Aparentemente la maestra de Antropología Física no estaba enterada. Al final del curso tuve un tropezón: no aprobé el examen final y tuve que presentarlo de nuevo. No pensé que pediría que nos aprendiésemos de memoria listas interminables de términos que, ensartados como ristras de salchichas, me parecían ideas vacías. Esta mala calificación me costó cara: tener un curso reprobado impidió legalmente que en el examen final para obtener el título me dieran una mención honorífica. Otros estudiantes, más astutos y con experiencia, al ver las preguntas del examen, simplemente se levantaron y no lo entregaron. Ya prevenidos, lo volvieron a presentar más tarde sin pasar por el trago amargo de ser reprobados.

5 de febrero de 1960. El ambiente estudiantil de la escuela me fascina. Me encuentro con los tipos más raros e interesantes. Hay muchachas estudiosas e inteligentes que llevan blusas indígenas bordadas, se ponen huipiles, usan morrales con motivos prehispánicos y llevan huaraches. Todos los compañeros son mayores que yo, generalmente trabajan en las mañanas y muchos han estudiado antes otras carreras, que han abandonado para venir a la escuela de Antropología. Cuando llegué el primer día, el bedel a la entrada me advirtió que esta escuela era como una agencia matrimonial: todos se casaban allí con algún compañero. Los compañeros me tratan bien, como si fuera yo un niño al que hay que proteger (tengo diecisiete años y me faltan tres para ser mayor de edad). Hay algunas muchachas que son, para mí, personajes novedosos, pues siendo muy jóvenes van vestidas como las señoras mayores, usan medias y zapatos de tacón alto y lucen buenas piernas. Yo sólo he visto mujeres así, pero de más edad, en las reuniones en las que a veces acompaño a mis padres, en galerías, el teatro, espectáculos de danza o conciertos en el Palacio de Bellas Artes. Hay una pareja de lesbianas, muy simpáticas. Una de ellas, además de interesarse en la población de origen africano, conduce autos de carreras y es obviamente muy masculina, con su pelo muy corto y sus ademanes bruscos. La otra es bajita, muy guapa, habla con gran refinamiento, dirige obras de teatro y proviene de una familia intelectual. Las quiero mucho. Me tratan muy bien, casi maternalmente.

La mayor parte de los cursos a los que asistía me parecían muy malos y aburridos. Había maestros que dictaban a los alumnos sus apuntes. Nosotros debíamos escribir textualmente lo que nos dictaban con un ritmo lento y cansino para que tuviésemos tiempo de anotar todas sus palabras. Una de las peores clases la impartía Beatriz Barba de Piña Chan; era un curso de Historia de la Antropología. La maestra se dio cuenta de que yo no escribía lo que ella dictaba. Se molestó y me increpó. Le contesté con arrogancia que yo prefería ir a las fuentes, y todo el grupo soltó la carcajada. Pero era cierto, yo pasaba muchas horas en la biblioteca leyendo a los clásicos de la Antropología. Esta maestra era una marxista tan horriblemente dogmática que producía escalofríos incluso en el muchacho impregnado de dogmas que era yo. Igualmente dogmático era el profesor Julio César Olivé, quien también nos obligaba a escribir lo que dictaba con desesperante lentitud, sin nunca despegar los ojos de sus fichas para mirar al grupo. En contraste, un maestro muy conservador y reaccionario, del que se decía que era Caballero de Colón, daba una de las mejores clases. Era Wigberto Jiménez Moreno, que impartía la clase de Historia Antigua de México.

23 de mayo de 1960. Tengo la impresión de que aprendo más hablando con mis compañeros de estudio que asistiendo a las clases de los profesores. Tal vez exagero. Un compañero es médico y trabaja en el Hospital de la Mujer, un lugar donde atienden a mujeres pobres y a prostitutas; se encuentra en la avenida Hidalgo, una calle que mezcla buenas librerías de viejo, cabarets miserables y rameras baratas. Este amigo médico me permitió asistir a un parto, lo que me dejó al mismo tiempo maravillado y muy impresionado. Llevó a la escuela a unos médicos militares que dieron una conferencia muy interesante sobre una nueva forma de tratar el embarazo y que desemboca en lo que llaman un parto sin dolor. A mi amigo médico le gusta mucho el arte barroco y me lleva a visitar las iglesias coloniales que están cerca de la escuela.

Mi mejor amigo es un muchacho judío, sefardita, un poco mayor que yo, que lleva una barba negra muy poblada y usa siempre huaraches. Su novia es una portuguesa bellísima, de intensos ojos verdes y labios sensuales, que usa siempre blusas y faldas folklóricas. Estudia Filosofía en la unam. Tienen una amiga muy atractiva que usa faldas cortas y es hija de un dirigente del Partido Popular Socialista. Forman un trío casi inseparable y me han admitido a su grupo “existencialista”. Usan apodos peculiares: son Yatra, Liu y Mao. Me llevo muy bien con ellos, pues tenemos en común intereses literarios y nos sentimos “diferentes” al común de los mortales… El muchacho judío me ha contado sus experiencias en un kibutz en Israel y sobre su crisis existencial, que lo llevó a tenderse sobre una vía de tren para suicidarse… Antes de que llegase el ferrocarril cambió de idea y se levantó: no lo entiendo muy bien, pues yo le tengo pánico a la muerte. Al agregarme a este grupo pareciera que estoy destinado a ser la pareja de Mao, que me gusta muchísimo, pero mi timidez me impide ligar con ella. Formamos un cuarteto raro y vamos a cafés “existencialistas” como El Coyote Flaco, La Rana Sabia o el Café de la Amargura, lugares oscuros donde escuchamos jazz y conversamos… Yo he comenzado a vestirme con el típico suéter negro de cuello de tortuga, pero me niego a usar huaraches. Soy mucho más alto que ellos y muy flaco. En contraste, Yatra es un gordo bonachón que siempre está bromeando. Las dos chavas llevan el pelo largo, no se rasuran las axilas, no usan brasier y jamás se ponen medias. Su modelo debe ser Juliette Gréco. Los cuatro somos un grupo estrafalario y la gente por la calle se voltea a mirarnos, murmurando. Yo me aguanto la vergüenza, pero me pongo muy nervioso. Nos encanta ir al café de la Facultad de Filosofía en Ciudad Universitaria y pasear después frente a la Facultad de Ingeniería, donde la sola vista de dos mujeres extrañas y guapas exalta a una turba de machos que gritan y chiflan como locos. En esa facultad no estudian mujeres.

Daniel Cazés, mi compañero sefardita, fue durante muchos años uno de mis mejores amigos, hasta su muerte en 2012. Admiré desde el comienzo su amplia cultura y su experiencia. Conocía Europa, había vivido en Israel, hablaba varias lenguas, entre ellas el hebreo, y tenía lo que después se llamó una actitud contracultural. Había militado en una organización sionista y socialista, la Hashomer Hatzair, que tenía un centro de reunión muy cerca de mi casa de la plaza Citlaltépetl, en la colonia Hipódromo, que era un barrio judío. De pequeño jugué en las calles con algunos chicos judíos, pero cuando crecí me rechazaron por temor a que entablara una relación con alguna muchacha; como no soy judío, era muy mal visto que una judía se ligase conmigo, lo que además está prohibido por la Torá. Me encantaba la comida de las tiendas judías, especialmente los arenques ahumados y el pan de cebolla que vendía el polaco Margules, padre de Ludwik, un buen director de teatro. Daniel Cazés era en esa época un modelo para mí: lo admiraba, lo imitaba y creía que se convertiría en un gran intelectual. Sin embargo, desde aquella época se veía que había algo que carcomía a Cazés por dentro y que, con el paso del tiempo, lo bloqueó intelectualmente. Nunca entendí bien qué ruidos tenía dentro de la cabeza, pero pude observar que ni la ayuda de psicoanalistas logró sacarlo del pozo en el que se ahogaba. Su apariencia era impresionante, con su vozarrón, su espesa barba negra al estilo Marx, con ropa estrafalaria, bromista hasta el exceso, agresivo y dotado de un poderoso ingenio verbal. En una ocasión tuvo que rasurarse para tomarse una foto para un trámite burocrático: me sorprendió ver la cara de un muchacho temeroso y angustiado, una cara que siempre ocultaba tras la poderosa barba y las sonoras carcajadas. La fractura interior que lo debilitaba ocasionó que nunca lograse plasmar por escrito el gran talento que aparentaba tener. Con el tiempo esa fractura lo llevó a refugiarse en puestos burocráticos en la academia, a abandonar su talante contracultural “existencialista” e, incluso, a volverse admirador de las expresiones más atrasadas, populistas y conservadoras de la izquierda. A pesar de todo, nuestra amistad duró medio siglo, hasta que ya viejo perdió la memoria.

La pose “existencialista” tenía alguna base en mis lecturas y en lo que escuchaba en la casa durante las frecuentes reuniones de mis padres con intelectuales. Al recordarlo, me parece que con esa actitud revelaba mi sensación de ser un extranjero, diferente a la mayor parte de las personas del entorno mexicano. Mil veces se burlaron de mí cuando al caminar por la calle me oían hablar catalán con mi hermana, mis primos o mis padres. Daniel se parecía a mí: nacido en México, su lengua materna era el sefardita hablado en Salónica, mezcla de griego y turco. La lengua materna de su novia era el portugués. Ellos tenían alquilado un cuarto de azotea para reunirse, en donde vivía Daniel, que se había ido de su casa, pues se llevaba muy mal con sus padres. Me pareció una idea muy atractiva, y decidí en algún momento alquilar también un cuartito. Anuncié a mis padres que me iría a vivir solo, pero pronto comprendí que no tenía dinero para ello. Además, yo estaba muy contento viviendo con mis padres y no me sentía reprimido.

30 de junio de 1960. Mis padres me han convencido de que debo buscar un trabajo para contribuir a pagar mis estudios. Lo que ellos ingresan como traductores no es suficiente. He reunido valor de no sé dónde, y me he atrevido a pedir una cita con el director del Instituto Nacional de Antropología, un señor serio y adusto llamado Eusebio Dávalos Hurtado. Me recibió detrás de un escritorio tan grande que parece un latifundio. Para mi sorpresa, inmediatamente me contrató como museógrafo. Dos días después entré al Departamento de Museografía, que tiene sus oficinas en el convento del Carmen, en San Ángel. Allí todavía funciona la iglesia y se exhiben unas momias de unos sacerdotes que murieron hace siglos. Me explican de qué se trata esto de la museografía y me entusiasma el trabajo. Mis dos compañeros, José Lameiras y Manuel Oropeza, me enseñan el oficio. Pero sobre todo aprendo con ellos a escuchar música clásica. Allí en las oficinas ponen música y la comentan. Todos los días llego al convento a las nueve de la mañana y termino a las dos de la tarde, con el tiempo justo para llegar a las clases de las tres en la calle Moneda. Me pagan la miseria de seiscientos pesos mensuales. Pero con el sueldo me he comprado un tocadiscos estereofónico, el primero que entra en la casa familiar. No me canso de escuchar las sinfonías de Beethoven y mucha música barroca.

Montamos una gran exposición de los tesoros artísticos del Perú, que incluyó una admirable colección de orfebrería inca en oro. El trabajo fue intenso y agotador, pues había una fecha fija para la inauguración y, por supuesto, nos retrasamos y tuvimos que pasar algunas noches sin dormir para poder cumplir. No asistí a la inauguración (encabezada por el presidente de la república), pues me quedé dormido, exhausto, en la bodega del museo.

Mi vida transcurría con tranquilidad, sumergido en mis estudios y mi trabajo como museógrafo. Escuchaba música clásica por las noches y leía muchas novelas. Nada me hacía sospechar que se avecinaban en mi vida cambios drásticos. Tenía que soportar a algunos maestros muy malos y terriblemente aburridos, pero los buenos maestros compensaban con creces el tedio. Poco a poco iba imaginando mi futuro en las excavaciones arqueológicas con las que soñaba, intentando resolver los enigmas que se escondían en las ruinas prehispánicas. Los cursos que llevaba al inicio de mi carrera, durante el primer año (1960), eran introducciones generales a las diversas especialidades de la Antropología. Ya he mencionado a José Luis Lorenzo, gran profesor que impartía un magnífico curso de Arqueología. El profesor de Lingüística, Moisés Romero, era excelente. Pero la profesora de Etnología, Enriqueta Ramos Chao, era tan mala que provocó muchas protestas, que exigían que la cambiaran. Un conocido geógrafo, Jorge Vivó, de origen cubano, nos daba un curso de Antropogeografía, que se decía que era el más aburrido de la escuela. Daba clases a las tres de la tarde y allí sus alumnos dormían la siesta. Era muy distraído, pero un día se percató de que el último alumno aún despierto comenzaba a cabecear: lo sacudió y le dijo que si se dormía ya nadie lo escucharía. El profesor de Psicología Social era Felipe Montemayor, el director de la escuela. Su clase era divertida pues con frecuencia llegaba achispado tras haber tomado unos tragos de tequila. Solía invitar a sus alumnos a la cantina que estaba frente a la escuela, en la calle Moneda; pero no podían ir las alumnas, pues en esa época no se permitía la entrada de mujeres a las cantinas, lugares consagrados por el machismo mexicano. La tranquilidad de la escuela apenas era interrumpida de vez en cuando por mis aventuras “existencialistas” con mis amigos. Pero al terminar el primer año, un viaje y sus secuelas me provocaron un brusco viraje en el apacible curso de mi vida estudiantil.

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