ngugi wa thiong'o

LECTURAS | Nace un tejedor de sueños, de Ngũgĩ wa Thiong’o

Ngũgĩ ha dedicado su vida a describir, satirizar y desestabilizar las esferas del poder… Incluso viviendo en el exilio y escribiendo sobre todo en gĩkũyũ, Ngũgĩ sigue tejiendo historias cautivadoras.

Ciudad de México, 14 de mayo (MaremotoM).-Nace un tejedor de sueños es el despertar de un escritor y es la liberación de un pueblo. Mientras Ngũgĩ va a estudiar a la Universidad de Makerere, en Uganda, su pueblo se defiende del Imperio británico. En aquellos tiempos convulsos es cuando nace uno de los intelectuales más importantes de nuestra época, formándose como periodista, escritor de cuentos, dramaturgo y novelista.

Perseguido por los recuerdos y las noticias de la carnicería y los encarcelamientos en masa realizados por el Estado colonial británico en su Kenia natal, pero a la vez inspirado en la lucha titánica contra estas injusticias, Ngũgĩ comienza a tejer historias que recoge de las fibras de la memoria, la historia y un presente vibrante y turbulento. Es así como se empieza a formar una identidad de intelectual al servicio de su pueblo.

En este texto emocionante y provocativo se despliegan simultáneamente el nacimiento de Ngũgĩ wa Thiong’o como escritor combativo, el fin del colonialismo militar en uno de los episodios más violentos de la historia global y el empoderamiento de los pueblos africanos para decidir su futuro.

Ngügï wa Thiong'o
Nace un tejedor de sueños, editada por Rayo Verde y distribuida por Océano. Foto: Cortesía

Fragmento de Nace un tejedor de sueños, de Ngũgĩ wa Thiong’o, con autorización de Rayo Verde y Océano

Prólogo

Entré en la Makerere University College en julio de 1959 siendo súbdito de una colonia de la corona británica y me fui en marzo de 1964, convertido en ciudadano de un Estado africano independiente. Entre el súbdito y el ciudadano, nació un escritor. Ésta es la historia de cómo el niño pastor y jornalero, el ilusionado estudiante de Sueños en tiempos de guerra y En la Casa del Intérprete, devino un tejedor de sueños.

La herida en el corazón

—Porque un funcionario británico no puede hacer algo así. Por eso.

—¿Cómo que por eso?

—Porque es un funcionario británico. Por eso. Y punto.

El Queen’s Court, en una de cuyas columnas me apoyaba mientras trataba de asimilar la noticia, fue bautizado así en honor de la reina Isabel después de que ella y el duque de Edimburgo visitaran Uganda en abril de 1954. El patio, un rectángulo cercado de edificios y columnas de estilo clásico, era el corazón de la Facultad de Letras y albergaba, entre otros, el Departamento de Lengua Inglesa. Mis compañeros de clase Bahadur Tejani, Bethuel Kurutu, Selina Coelho y Rhoda Kayanja pasaron junto a mí, invitándome por señas a reunirme con ellos, pero no les hice caso. ¿Podrían ponerse en mi lugar?

Peter Nazareth tal vez lo hubiese entendido. Aunque iba un curso por delante de mí, yo le sacaba dos años. Nazareth había nacido en Kampala, Uganda, en 1940, y yo en Limuru, Kenia, en 1938. Habíamos trabajado juntos para Penpoint, la revista literaria del Departamento de Lengua Inglesa, y como él acababa de licenciarse, me había confiado la dirección de la revista. Así que allí estaba, sin nadie con quien desahogarme, tratando de no perder la calma frente a una realidad que me sentía incapaz de  alterar. Mi obra de teatro en un solo acto, The Wound in the Heart («La herida en el corazón»), no se estrenaría en el Teatro Nacional de Kampala, en el marco del festival de arte dramático que se celebraba cada año y congregaba a compañías teatrales de todo el país.

Vivíamos en distintas residencias universitarias, entre las que reinaba una intensa y amistosa rivalidad que abarcaba todas las esferas de la vida estudiantil, desde el deporte hasta el arte dramático, y cada año la pieza ganadora del torneo intrauniversitario de lengua inglesa se representaba en el único teatro importante de la ciudad. Ver tu obra estrenada en un escenario nacional era el premio más codiciado del concurso, que carecía de dotación material, un poco a la manera de la antigua acrópolis griega, donde el reconocimiento público de una obra de ficción se valoraba mucho más que cualquier recompensa pecuniaria.

El año anterior, 1961, mi primera pieza teatral, The Rebels («Los rebeldes») —que también representó a Northcote Hall en el concurso— había quedado en segundo lugar, por detrás de A Brave New Cosmos («Un cosmos feliz») de Nazareth, que era la apuesta de Mitchell Hall y acabaría estrenándose en el teatro de Kampala. Para cuando escribió Cosmos, Nazareth ya era toda una leyenda en Makerere, pues destacaba en la música, el deporte, el teatro, la política estudiantil y la literatura. Yo me había medido con un icono del campus y había perdido la partida, pero no me di por vencido, y al año siguiente mi obra The Wound in the Heart se alzó con el primer premio. Además, mi cuento «The Village Priest» («El cura de pueblo») también ganó en la categoría de relatos cortos, y ambos galardones contribuyeron a que Northcote Hall fuera la vencedora absoluta de la competición. Hugh Dinwiddy, el encargado de mi residencia, acogió la noticia con entusiasmo, «por la elevada calidad de los trabajos presentados» y también porque «eran muchos los residentes de Northcote Hall que habían contribuido con sus aportaciones a que así fuera». Todo parecía ir sobre ruedas. «Teatro Nacional, allá vamos», pensé.

Intuí que algo no iba bien según fueron pasando los días y el estreno en el Teatro Nacional dejó de ser la comidilla del campus. Los profesores que suponía al tanto de la situación se mostraban evasivos, pero al final acorralé a David John Cook.

Cook era uno de los dos profesores más activos a la hora de apoyar los esfuerzos artísticos de los alumnos. Se había licenciado en el Birkbeck College de la Universidad de Londres y había visitado Makerere brevemente en 1961, mientras enseñaba en la Universidad de Southampton. Al año siguiente regresó para ocupar una plaza fija. Apoyaba con entusiasmo juvenil el talento local que empezaba a despuntar entre quienes habían sucedido a la generación pionera de David Rubadiri, Erisa Kironde y Rebecca Njau, que se formaron bajo la tutela de Margaret MacPherson, promotora de la primera generación de alumnos escritores de Makerere y orgullosa cofundadora del Departamento de Lengua Inglesa en 1948.

El departamento era la niña de los ojos de una facultad que había iniciado su andadura en 1922 como escuela técnica superior y, más tarde, en 1949, se había convertido en una institución académica de grado universitario asociada a la Universidad de Londres. MacPherson ha contado todo esto en el libro They Built for the Future5 («Construían para el futuro»), cuyo título está inspirado en el lema de Makerere. La facultad acogía a estudiantes de todo el Imperio británico del África Oriental y Central, sobre todo de Uganda, Kenia, Tanganica, Zanzíbar, Malaui (entonces Nyasalandia), Zambia y Zimbabue (entonces Rodesia del Norte y del Sur). El Departamento de Lengua Inglesa representaba a la lengua del poder en la colonia.

Encontré a Cook en las dependencias de su departamento. Me había brindado su apoyo y fue uno de los primeros en felicitarme por la victoria. Era amigo de John Butler —poeta y director de Lubiri Secondary, un reconocido centro de enseñanza media de Kampala—, cuya presencia era habitual tanto en el festival de arte dramático de Uganda como en el festival de teatro universitario. De hecho, Butler presidió el jurado del concurso en el que mi obra resultó vencedora. Cook me invitó a tomar asiento, pero no pareció alegrarse demasiado de verme. Decidí ir al grano y le pregunté si sabía por qué mi obra no podía estrenarse en el Teatro Nacional.

Sin mirarme a los ojos, Cook dijo algo sobre el British Council, las relaciones interraciales y todo eso. Y entonces pronunció aquellas palabras: —No creen que un funcionario británico sea capaz de hacer algo así. —Presa de un ajetreo nada propio de él, empezó a barajar los papeles que había sobre la mesa—. No tienen nada en contra de la obra propiamente dicha —farfulló—, ¡pero están convencidos de que un funcionario británico jamás haría algo así!

La obra transcurre en Kenia, durante la lucha armada contra el Estado colonial británico. «Mau Mau» es el nombre que los británicos dieron a ese movimiento de liberación, también conocido como Ejército de la Tierra y la Libertad (ETL), que en 1952 se alzó contra el Estado colonial. Los británicos encerraron a muchos de sus combatientes y simpatizantes civiles en campos de concentración, los mal llamados «campos de detención». The Wound in the Heart cuenta la historia de un soldado del ETL que, cuando regresa a casa tras haber estado en un campo de concentración, descubre que un jefe de distrito blanco ha violado a su mujer. La violación no se representa en escena. No se muestra, sino que se menciona, se narra. El hilo conductor de la obra no es ese hecho, sino la negación inicial del hombre a aceptar los cambios que implica dicho suceso.

John Butler, el presidente del jurado, alabó la calidad literaria de la obra y su armazón narrativa, así como la puesta en escena y el trabajo de los actores, que, según él, estuvieron a la altura del texto.6 Y puesto que Butler formaba parte de la comisión organizadora del festival de arte dramático, debió de defender la inclusión de la obra en el mismo. ¿Habría perdido la votación, o lo habrían desautorizado incluso, sólo porque resultaba inconcebible que un funcionario británico forzara a una mujer africana? El arte de la política, practicado por quienes se oponían al contenido político de la obra, se impuso al arte dramático.

Sabía que Cook se había limitado a darme la mala noticia, y que no había tomado parte en la decisión, pero sus palabras resonaban en mi mente como un disco rayado: «Porque un funcionario británico no puede…». Finalmente, me fui de Queen’s Court y doblé a la izquierda, en dirección al edificio principal, dudando entre recluirme en la biblioteca o volver a la residencia. El edificio principal, réplica arquitectónica de la londinense University College, albergaba los despachos del rector, el secretario general y sus respectivos subalternos. Era el centro polivalente de la vida política y administrativa de Makerere. Allí se celebraban las grandes asambleas, y los fines de semana el salón se transformaba en una pista de baile, una exhibición de pasos de danza y atuendos formales organizada, las más de las veces, por la popular MABADA, acrónimo de Makerere Ballroom Dancing Association (Asociación de Bailes de Salón de Makerere). Situado en el punto más elevado de La Colina, como se conocía familiarmente la universidad, el edificio principal era un lugar de encuentro de estudiantes, docentes y visitantes que acudían desde cualquier rincón del campus.

Por el camino, me topé con Ganesh Bagchi y su mujer, Sudharshana. Ambos daban clase en la escuela secundaria estatal india Old Kampala, que había abierto sus puertas en 1954. Eran una pareja inseparable. Era habitual verlos representando juntos obras teatrales, incluidos algunos sketches del propio Bagchi. Junto con Erisa Kironde, una ugandesa negra, eran las figuras más prominentes de una escena cultural dominada en buena medida por la comunidad blanca inglesa afincada en Uganda.

Por su afición al teatro, Bagchi y Sudharshana parecían las personas perfectas para escuchar mis penas. Conocían bien la sociedad colonial ugandesa, y me pregunté si, como autores indios en el mundillo literario de Kampala, donde imperaban las distinciones raciales, habrían sufrido algo parecido al rechazo de una obra por su contenido.

Ambos negaron con la cabeza, comprensivos pero impotentes.

Volví a mi habitación, la número setenta y cinco de la segunda planta, y me tumbé en la cama mientras aquellas palabras —«Un funcionario británico… por eso… y punto»— sonaban una y otra vez en mi mente, convertidas en una algarabía que desembocaba en la misma pregunta: «¿De veras? ¿Un funcionario británico jamás podría hacer algo así?».

¿Parece absurdo?

A veces nos hacemos preguntas

No por las respuestas que nos faltan

Sino por las respuestas que ya tenemos.

Una tierra herida

En mi interior pugnan entre sí escenas de las numerosas atrocidades cometidas en Kenia por el régimen colonial blanco. No me refiero tanto a las matanzas sin sentido, las detenciones masivas y los desplazamientos forzosos de comunidades enteras, hechos demasiado graves para que entonces pudiera asimilarlos. Son los actos individuales, aparentemente azarosos o estrafalarios, los que me vienen a la mente.

Me refiero a Molo. Un colono blanco presta a su invitado, también blanco, un caballo para desplazarse hasta la estación de tren, que queda a unos treinta kilómetros de distancia. Ordena a uno de sus sirvientes, seguramente el mozo de los establos, que acompañe al invitado a pie para poder traer al animal de vuelta. El caballo herrado avanza al trote mientras el sirviente descalzo corre para no quedarse atrás. En el camino de vuelta, el mozo está cansado y sube a lomos del caballo. Unos blancos ven una silueta negra sobre la montura y denuncian el sacrilegio.

El colono azota al sirviente. Los vecinos europeos acuden a presenciar el espectáculo. Mientras cae la noche, el amo, exhausto, ata al mozo con las riendas y lo deja encerrado en un almacén. Tras una cena opípara, vuelve al almacén y lo encuentra inconsciente, con las riendas un poco aflojadas. No le preocupa tanto el estado del hombre como las riendas sueltas, pues cree que demuestran su intención de darse a la fuga. Ciñe al cautivo con más fuerza que antes, amarra sus manos a un poste y cierra la puerta con llave. El amo duerme a pierna suelta; el sirviente nunca se despierta. Esto ocurre el 10 de junio de 1923.

Cuando el caso llega por fin a los tribunales, en un juicio celebrado en el Nakuru Railways Institute y presidido por el juez Sheridan, la sentencia no se basa en la intención del asesino, sino de la víctima. Al parecer, antes de perder el conocimiento le habían oído decir «Estoy muerto». El jurado, compuesto exclusivamente por blancos, alcanzó un veredicto unánime: la tortura no había tenido nada que ver con su muerte, sino que había muerto por su propia voluntad. No es que los africanos perdiesen la vida a manos de los colonos, sino que provocaban su propia muerte a fuerza de desearla. El único cargo del que se halló culpable al colono fue el de lesiones graves. El East African Standard del 2-10 de agosto de 1923 cubrió el caso de forma exhaustiva, y, a juzgar por los documentos hallados en los archivos de Karen Blixen, la escritora se basó en esos textos periodísticos para recrear la historia en su libro Memorias de África.  Blixen conocía el verdadero nombre del colono, Jasper Abraham, pero curiosamente nunca lo menciona.

Si bien su forma de contar la historia de Kitosch, y la precisión de los detalles, sugieren que el caso la perturbó de algún modo, Blixen —que firma como Isak Dinesen—, no denuncia la farsa de la justicia sino que cree ver «una belleza intrínseca» en la muerte del sirviente. Su voluntad de morir encarna «la fugacidad de las cosas salvajes que, apremiadas por la necesidad, saben ponerse a salvo de la existencia; que se van cuando quieren y a las que nunca podemos retener». La muerte por tortura se convierte de este modo en algo bello. Así funciona el mundo salvaje, un misterio ante el que la mente racional no puede sino maravillarse.

Con qué soltura fluyen las imágenes zoológicas de las plumas —tanto liberales como conservadoras— de los viajeros blancos en África. En 1909, Theodore Roosevelt estaba de safari por el África Oriental y quedó deslumbrado por los salvajes y las bestias que allí vio, pues evocaban la Europa de hacía doce mil años. Daneses y estadounidenses veían el continente africano a la luz de los mismos prejuicios raciales. En un pasaje anterior del libro, Dinesen decía que lo que aprendió de la fauna salvaje de Kenia le resultó útil a la hora de tratar con los nativos.

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El mundo al que pertenecía Blixen reducía Kenia a una propiedad británica y a una colonia de la corona inglesa desde 1920. La baronesa Blixen abandonó Kenia en 1931 para volver a su Dinamarca natal, pero en 1952, cuando estalló la lucha del «Mau Mau» por la tierra y la libertad, y el gobernador Evelyn Baring declaró el estado de excepción, aquella escena y la teoría del deseo de muerte resurgieron sobre un telón de fondo más amplio que abarcaba todo el país. Esta reaparición no fue casual.

Un año después del inicio de la guerra (entonces llamada «estado de excepción»), el Gobierno contrató al doctor J. C. Carothers, psiquiatra y autor de la obra The  African Mind and Disease («La mente africana y sus patologías») y le pagó generosamente para que estudiara el fenómeno «Mau Mau». En 1955, este experto en la psique africana publicó los resultados de su investigación en un libro titulado The Psychology of Mau Mau («La psicología del Mau Mau»), en el que se refería al movimiento anticolonialista como una psicosis colectiva que se manifestaba en forma de violencia y hechicería.

La originalidad no era una de sus virtudes. En 1851, cien años antes que él, Samuel A. Cartwright, otro supuesto experto en la mente negra, en este caso de Estados Unidos, presentó el ensayo «Diseases and Peculiarities of the Negro Race»(«Patologías y peculiaridades de la raza negra») en la Louisiana Medical Association. Allí afirmaba que el deseo de liberarse de la esclavitud era un trastorno mental, que bautizó como «drapetomanía». Un ataque grave de dicho trastorno podía empujar a la víctima a huir del paraíso de la esclavitud.

La ciencia médica de Carothers, al igual que la de su predecesor estadounidense, se apoyaba en una mezcla de mitos y creencias cristianas: brujas, hechicería y posesión demoníaca. El colono, al igual que su homólogo histórico el esclavista, veía el sistema vigente como algo natural, racional, loable, prueba de la bondad de Dios; mientras que cualquier desafío al mismo representaba una desviación o rechazo de la norma deseable, una manifestación demoníaca. La ciencia médica costeada por el Gobierno colonial venía a respaldar esta lucrativa pero sesgada forma de ver el universo. En la figura de Cartwright, la unión de la psiquiatría, la psicología y el cristianismo alcanzaba su apoteosis en una plantación esclavista, mientras que en el caso de Carothers se trataba de una colonia de ultramar. La cura de Cartwright, que consistía en amputar los dedos de los pies a los esclavos para que no pudieran llegar muy lejos, se vio reflejada en el llamamiento de Carothers a la amputación de su alma para que no pudieran albergar el deseo de libertad. Ambos recomendaban la prevención mediante el exorcismo de las fuerzas demoníacas que los incitaba a perseguir ideas alocadas: en el caso de Cartwright, a través de la tortura continuada con el fin de inducir un estado de sumisión permanente; en el de Carothers, a través del hacinamiento de miles de personas en campos de concentración y la confesión forzosa de sus pecados. Pero la cura más recomendada por ambos expertos era un imperativo: «Hacedles trabajar. El trabajo limpia». En Kenia, estas recomendaciones pasaron de la mesa de un psicólogo a la de Evelyn Baring, que en 1952 se convirtió en gobernador de Kenia tras haber ejercido ese mismo cargo en Rodesia del Sur entre 1942 y 1944. La doctrina se hizo oficial: «Cuando es posible someter a un hombre a la obligación de trabajar para así redimirse del juramento de fidelidad al Mau Mau, cabe la posibilidad de rehabilitarlo».

Pero había un problema. Los enfermos no querían ser liberados de la enfermedad que los aquejaba. No eran esclavos, proclamaban, sino prisioneros políticos. Sin embargo, a oídos de sus captores británicos, «prisionero» era sinónimo de «esclavo» y de «nativo». El cristianismo no había logrado reformar las almas de los nativos kenianos sumidos en la ignorancia. Era necesaria la cirugía moral a través del castigo físico, filosofía que postulaba John Cowan, entonces director general del sistema penitenciario de Kenia, y que se puso en práctica en el célebre caso de Hola.

Hola era un campo de concentración situado en Garissa, en la parte oriental de Kenia. Allí iban a parar los prisioneros del ETL (o «Mau Mau») considerados fanáticos, pues tal era el calificativo reservado por los británicos para quienes se mostraban más coherentes en su resistencia a todo el sistema de concentración territorial y al régimen colonial británico. Estos prisioneros no dudaban en hacer oír sus quejas. Si los ponían a trabajar en sistemas de riego, se negaban a hacerlo y exigían ser tratados como prisioneros políticos, no como esclavos. También exigían mejor comida y atención médica.

El plan de Cowan se puso en marcha el 3 de marzo de 1959. Se seleccionó un centenar de prisioneros políticos del ETL para someterlos a un proceso de cirugía moral a través del trabajo forzado. Dos altos funcionarios, el director de la cárcel, Michael Sullivan, y el subdirector, Walter Coutts, supervisaron la operación, que debía llevarse a cabo «aun a riesgo de que alguien resulte herido o muerto». Once hombres perdieron la vida a consecuencia de las palizas recibidas, y varias decenas más quedaron mutilados en lo que habría de conocerse como la «matanza de Hola».

¡El horror, el horror! Hasta el Kurtz de Joseph Conrad veía el horror que había desatado en el corazón de las tinieblas. Pero para el régimen colonial el verdadero horror de Hola era que lo sorprendieran con las manos manchadas de sangre. Los funcionarios de prisiones habían desoído las recomendaciones de cautela de las autoridades: «Si vamos a pecar, debemos hacerlo discretamente». Esta advertencia constaba en una carta de 1957 remitida por Eric Griffith-Jones, fiscal general de Kenia, a su inmediato superior, el gobernador Evelyn Baring. A sus cincuenta y seis años, Baring —descendiente de una familia de banqueros que un año más tarde vería premiada su heroica hazaña con el título de primer barón de Howick de Glendale y honores como la orden de la Jarretera, de San Miguel y San Jorge, así como la Real Orden Victoriana— fue el encargado de dirigir la operación de encubrimiento. De arriba abajo, sus subalternos en la jerarquía burocrática se encargaron de repetir la mentira piadosa: las víctimas habían contraído escorbuto por beber agua contaminada. ¿Y las lesiones? Los torturadores británicos eran cirujanos cualificados y buenos cristianos; si llevaban a cabo una carnicería era para curar, no para matar. En realidad, los hombres no habían muerto a causa de las heridas y los cráneos rotos. En una investigación posterior, Walter Coutts, uno de los dos supervisores de las torturas, lo resumió como sigue: los hombres habían muerto a fuerza de desearlo. Blixen, la delicada baronesa danesa, había dicho que es algo propio de las criaturas salvajes.

Esta teoría sirvió para encubrir incontables casos de tortura anteriores, pero no así en la matanza de Hola del 3 de marzo de 1959, que se convirtió en tema de debate parlamentario en Gran Bretaña. Hasta Londres reconocía las acciones de los funcionarios británicos. El gobernador Baring, autor de la farsa del agua contaminada, se vio obligado a admitir que las lesiones infligidas a los prisioneros se habían hecho con instrumental quirúrgico tan inusual como palos, porras y botas militares. Pero los kenianos no necesitaban el debate parlamentario para saberlo. Casi todas las familias de Kenia central tenían algún pariente o vecino «fanático».

Nuestra familia no era una excepción. Se llamaba Gĩcini Ngũgĩ y era mi tío. Había velado por mi bienestar en la primera escuela primaria a la que acudí, Kamandũra. Era mayor que yo, y al abandonar los estudios se dio de bruces con un régimen colonial. Él y mi hermano Mwangi, también conocido como el Buen Wallace, habían sido detenidos mientras intentaban reunir munición para los guerrilleros del Ejército de la Tierra y la Libertad. El Buen Wallace se echó al montey Gĩcini se salvó de la pena de muerte porque era muy joven, pero lo encerraron en un campo de concentración. Al igual que cientos de prisioneros, se negó a confesar que tuviera pensamientos peligrosos o que necesitara tratamiento médico. Lo tildaron de «fanático», pero no se hallaba entre los once hombres que murieron a causa de los golpes recibidos.

En Macbeth, al poco de que el protagonista asesine al rey Banquo, lady Macbeth engatusa a su consternado marido para que vuelva a la cama asegurándole que «Un poco de agua nos lava del hecho. ¡Qué fácil será!». La pareja intenta eliminar la prueba de su culpabilidad con un poco de agua. El estado colonial quiso hacer lo mismo rebautizando el lugar de los hechos, que pasó de llamarse Hola a denominarse Galore. Lo sencillo se volvió complicado, pues la matanza de Hola desenmascaró la fachada de ley, orden y civilización que el régimen colonial había ofrecido al mundo hasta entonces. Aun así, éste intentó seguir adelante como si nada hubiese pasado, como si un poco de agua bastara de veras para lavar la sangre de sus manos.

Pero podría decirse que algo se movió, literalmente, a raíz de la matanza de Hola. El 14 de abril Jomo Kenyatta, líder del ala política del movimiento de resistencia anticolonial, que desde 1952 cumplía una pena de ocho años de cárcel en Laukitang, acusado de dirigir el «Mau Mau», fue trasladado a Lodwar. ¿Acaso era el primero de una serie de cambios? Este gesto del régimen reemplazó la matanza de Hola en los titulares, pero no atajó la pesadilla y el horror en los que vivía inmerso el país.

Esa pesadilla se encarnaba en un personaje casi mítico, una especie de hombre del saco como los que pueblan los cuentos infantiles, con la diferencia de que éste era real, blanco, británico y temido por los adultos. Ubicuo, capaz de aparecer simultáneamente en varios lugares a la vez, era un demonio que actuaba por su cuenta, imponiendo su propia ley.

Nadie parecía saber su verdadero nombre. Todos lo conocían como Waitina y hablaban de él como si lo equipararan a los funcionarios blancos de la policía administrativa y la milicia local.

La milicia local era una creación británica, un cuerpo paramilitar mal remunerado y compuesto exclusivamente por kenianos. En enero de 1953, el general de división sir William «Loony» Hinde puso este cuerpo auxiliar a las órdenes de los jefes de distrito, el rango más bajo de la jerarquía administrativa colonial. De este modo, Hinde se proveía de un ejército integrado por civiles, no supeditado de forma directa a los mandos militares. ¿Acaso el agente del orden que actuaba al margen de la ley era un jefe de distrito y Waitina su nombre genérico o el de los milicianos que acataban sus órdenes?

Es evidente que no se trataba de un término genérico para referirse a todos los jefes de distrito, ni a todos los soldados británicos. Estos últimos se conocían como Njoni, deformación del nombre Johnny, y los jefes de distrito se conocían como Ndiũũ, forma lexicalizada de las siglas DO (District Officer, o jefe de distrito). La solución al misterio yacía en ese apodo, pues Waitina se traduce a veces como «el de las nalgas grandes», pero significa literalmente «el que es familia del culo» o «pariente del ano». Así, «Waitina» hacía referencia a un gerifalte blanco que tomaba por la fuerza a hombres y mujeres. Era un modo de referirse a un sodomita, probablemente un jefe de distrito o un agente de policía, puesto que los había en todos los distritos de Kenia.

La violación era un arma de guerra. Tal vez fuera pecado, pero ¿a quién le importaba mientras se pecara de forma discreta y las víctimas quedaran demasiado traumatizadas para denunciar públicamente las agresiones sexuales? Lo único que podían hacer era lanzar una advertencia a través de ese nombre genérico.

Se rumoreaba que Waitina, el omnipresente agente del orden que actuaba al margen de la ley, coleccionaba partes de los cuerpos de sus víctimas —manos, orejas, ojos, genitales masculinos— que sus subalternos le llevaban en cestas de mimbre o incluso en bolsas de sisal. Se decía que eran las pruebas de los asesinatos que le encomendaban, pero también se insinuaba que hacía cosas más siniestras con esas partes anatómicas.

Fuera quien fuese, Waitina no era el único que coleccionaba trozos de cadáveres como prueba de los asesinatos cometidos. Años más tarde se sabría que un soldado negro de los Reales Fusileros Africanos, originario de Uganda, se había distinguido no sólo por su estatura —medía metro noventa y tres—, sino también por la cantidad de partes anatómicas amputadas que llevaba regularmente a sus superiores británicos. No hacía prisioneros; aquellas cabezas decapitadas eran más valiosas que cualquier palabra que sus dueños pudieran pronunciar. Su fervor en la lucha contra los guerrilleros del ETL, o los sospechosos de serlo, le valió un rápido ascenso en el ejército, y no 34 tardó en pasar de soldado raso a cabo, y más tarde a sargento. Se llamaba Idi Amin. En 1959 los británicos lo enviaron de vuelta a Uganda.

Tres años antes, otro ugandés que había llegado a Kenia en 1950, tras ser expulsado de Makerere por sus actividades anticolonialistas, regresó también a su país natal. Se llamaba Apollo Obote. En Kenia empezó trabajando como peón para la Mowlem Construction Company y fue ascendiendo hasta llegar a representante comercial de una compañía petrolífera. Más tarde participó en la lucha sindical y en 1956 volvió a su país para unirse al Congreso Nacional de Uganda, partido de corte anticolonialista.

Dicho partido se había constituido en 1952 por iniciativa de Ignatius Musaazi tras la ilegalización del Sindicato de Agricultores de Uganda, acusado entre otras cosas de organizar las violentas protestas contra el monopolio asiático del desmotado de algodón que se habían producido ese mismo año. Los efectos a largo plazo de aquellos disturbios tal vez pesaran en el boicot a los comercios asiáticos en Buganda que se vivió en 1958, dos años después del regreso del líder antibritánico formado en Makerere y uno antes del regreso del militar probritánico.

Numerosos paralelismos unían las vidas de ambos hombres. Idi Amin Dada nació en Koboko, en una zona del norte de Uganda conocida como Nilo Occidental, en agosto de 1925; Obote había venido al mundo en Akokoro, subregión de Lango, también al norte del país, en diciembre de 1925. Lango y el Nilo Occidental eran regiones colindantes. Ambos hombres habían trabajado en Kenia, si bien en bandos opuestos: Obote con la Kenya African Union, favorable al ETL, y Amin con las fuerzas británicas que combatían el ETL. Ambos, con sus distin- 35 tas experiencias kenianas, habían vuelto a Uganda más o menos al mismo tiempo.

En 1959 los británicos ascendieron de nuevo a Idi Amin, esta vez a suboficial, el máximo rango militar al que entonces podía aspirar un africano en el ejército de su majestad. Ese mismo año, Obote se apartó del Congreso Nacional de Uganda y fundó el más combativo Congreso del Pueblo de Uganda.

Puede que ese año estuviera marcado por éstos y otros acontecimientos más dramáticos que acapararon la atención del mundo entero —el derrocamiento de Batista en Cuba y el ascenso de Fidel Castro; la incorporación de Hawái a Estados Unidos como quincuagésimo estado; el hallazgo por parte de Louis Leaky del Zinjanthropus boisei, un homínido con 1,75 millones de años de antigüedad, en la garganta de Olduvai, en Tanzania; la llegada al poder de Charles de Gaulle, perseguido por la política argelina—, pero también fue el año en que yo, un súbdito de la Kenia colonizada por Gran Bretaña, me subí a un tren con destino a Makerere, en el vecino protectorado británico de Uganda. Ambos países eran colonias, claro está, con la diferencia de que uno de ellos, el mío, era una tierra herida, mientras que Uganda, si bien explotada, no había sufrido el zarpazo de la opresión racial.

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