Antonio Sarabia

LECTURAS | No tienes perdón de Dios, de Antonio Sarabia

Es una gran novela negra de uno de los grandes autores mexicanos, que publicamos el día de su onomástico.

Ciudad de México, 10 de junio (MaremotoM).- ¿Qué imperdonables torpezas ha cometido el héroe de esta intriga? Un narrador equívoco le repite sin descanso que no tiene perdón de Dios y él, en su perpetua desdicha, parece confirmar el dictamen. Muy penosas circunstancias le están cavando su propia tumba.

Hilario Godínez tuvo en otro tiempo veleidades literarias, pero ahora sobrevive redactando insignificancias deportivas en un periódico local. Su columna, por cierto, deslumbra a los facinerosos menos delicados de la ciudad. Su vida, en cualquier caso, es una acumulación de tedios y frustraciones solo interrumpida por la correspondencia amorosa que mantiene desde hace años con una dama muy enigmática.

Una mañana, sin embargo, el cuerpo desmembrado del futbolista Torito Medina aparece en un muladar de las afueras y esa monótona existencia es engullida por un torbellino insensato. Para salvar el pellejo debe averiguar lo ocurrido y para averiguar lo ocurrido debe jugarse el pellejo. Una situación diabólica y una lectura imparable.

Fragmento de No tienes perdón de Dios, de Antonio Sarabia, con autorización de Lince Ediciones

Todo comenzó aquella mañana, Hilario Godínez, en que camino al periódico te topaste con el Loco Mendizábal mendigando en la plaza de Armas, protegido del sol matutino no por las achacosas ramas de los árboles, sino por la dilatada sombra de la catedral. Había reunido unas pocas monedas en lo que alguna vez fue la parte inferior de una caja de chicles. Le depositaste otras más. Te contempló con su mirada vacía, sin darte las gracias, tal vez incluso sin verte, ensimismado en la delirante cantinela con la que pedía limosna.

—La materia… la duda… —murmuraba mirando a los viandantes con una sonrisa estúpida—, no hay mas que átomos… todo son átomos… la materia… la duda… la duda… son átomos, también átomos y más átomos… —repetía incansable como si solo a él le estuviera permitido observarlos con los ojos ausentes.

De cuando en cuando interrumpía su discurso, la vista detenida ante una invisible aparición en un punto cualquiera del espacio, y exclamaba atónito:

—¡Una molécula!… ¡una molécula!

Te hacía gracia esa obsesiva demencia por los imperceptibles corpúsculos que componen el cosmos, Hilario Godínez, o te inspiraba respeto la profunda verdad escondida tras su insensato desvarío. El caso es que le habías cobrado aprecio. Un loco filósofo. Nada más eso faltaba en aquella incongruente ciudad regida por políticos venales y desangrada por una guerra salvaje entre las pretendidas fuerzas del orden público y las distintas bandas rivales de narcotraficantes.

Por otra parte, el Loco Mendizábal no tenía pinta de borracho o drogadicto, y tú nunca antes habías visto un mendigo tan limpio. Sus prendas de vestir, a las que les faltaba poco para considerarse harapos, eran de una humildad sin mácula. Su rostro ido, sin rastros de mugre, te recordaba algo o a alguien, sin que pudieras precisar qué o a quién. Pero tampoco te habías detenido a meditar mucho sobre eso, Hilario Godínez. No, todavía no.

Sin embargo, tú nunca perdiste de vista una cosa: eras bastante consciente de que, además de estar constituida por las diminutas partículas que enloquecieron a Mendizábal, tu sangre cuando nadie la ve es negra. Corre por los ríos de tus venas entre músculos, vísceras, huesos, recodos imprevistos, abismos desconocidos en busca de un océano tal vez inexistente. Porque, a fin de cuentas, esa carta que te llegaba puntualmente semana a semana y que confundías a veces con el rítmico tam tam de tu corazón ¿qué significaba? ¿Qué anónima mano, al escribírtela, hacía batir con ella el tambor de músculo enterrado en tu pecho? ¿Con qué desconocido afán? ¿Qué sílaba, qué palabra repetía incansable? ¿Quién te la comunicaba? ¿Serías capaz de entender su lenguaje, Hilario Godínez, antes de que vacilara su mano, antes de que se rompiera el compás?

—Mejor ni te metas, cabrón.

Eso hasta tú podrías habértelo dicho, Hilario Godínez. Sobre todo en esos tiempos en que ya te había dado por hablarte a ti mismo como si otro yo dentro de tu cabeza pusiera en tela de juicio tus propias acciones y pensamientos; pero la advertencia vino de fuera, del hombre de la pesada chamarra de piel negra y la notoria cicatriz en la cara. Al hacerla te lanzó apenas una despectiva mirada de soslayo mientras con- templaba al Gordo Patiño, columnista de la sección policía- ca, revolverle en el piso molido a patadas por los hombres que, después de someter a los guardias de la entrada, entre un revuelo de papeles, empujones, gritos y mentadas de madre, habían irrumpido en la redacción de El Sol de Hoy. Patiño se cubría la cara y la cabeza con los brazos, curvándose sobre sí mismo para protegerse el estómago, pero los puntapiés llovían implacables a su alrededor. Al final de la golpiza, uno de los agresores sacó una pistola escuadra de la cintura y apoyó el oscuro cañón en la frente del medio desvanecido periodista. Casi pudiste sentir la dureza del metal haciendo un frío contacto con su piel. Hijos de la chingada, te dijiste, lo van a matar, y cerraste los ojos esperando una detonación que, por fortuna para el hombre tendido en el suelo, no se produjo. La voz que te había condenado a la inacción se oyó de nuevo, fría y pausada, en lugar del pistoletazo:

—Eso te pasa por andar escribiendo mamadas, pinche gordo hablador.

La cicatriz que desfiguraba aquel rostro te pareció de pronto más profunda y más roja que antes, mientras el siniestro personaje se inclinaba hacia la oreja del hombre en- cogido a sus pies como para que no se le escaparan sus siguientes palabras:

—La próxima vez no serán patadas: recibirás un plomazo entre ceja y ceja, pendejo, óyelo bien.

Después, dándole desdeñosamente la espalda, se dirigió a la salida. Los demás se fueron tras él desplegando la misma violencia con la que entraron; todavía revolvieron otro escritorio y arrojaron contra la pared un par de computadoras más encontradas al paso. Cuando por fin la puerta se cerró de golpe a sus espaldas, la redacción en pleno permaneció inmóvil unos eternos instantes más, paralizada por el terror. Nadie hizo el menor intento de seguirlos o de levantar un teléfono para pedir aunque fuera un tardío auxilio a la policía.

Tú reaccionaste primero agachándote a verificar el estado del Gordo Patiño. Respiraba dificultosamente, con la cara y la cabeza toda empapada de sangre. La Susanita, como llamaban a la joven cronista de Sociales, te miraba blanca del susto, mientras doña Leonor, la secretaria de la Gerencia, gimoteaba perdida en un rincón.

—Llame al Hospital de la Luz para que nos envíen una ambulancia —le urgió don Arcadio Ríos, el director del periódico, rompiendo el silencio y tomándola del brazo para arrancarla al marasmo. Su voz, quebrada por el nerviosismo carraspeaba intentando imponer su autoridad en medio de la consternación general.

La policía se presentó en la redacción de El Sol de Hoy con bastante retraso, ya cuando los ambulantes del Hospital de la Luz se habían llevado con no pocos esfuerzos al Gordo Patiño aún medio inconsciente sobre una estrecha camilla arqueada bajo su peso. Era inevitable, Hilario Godínez, aunque nadie los deseara ahí, que los dizque celosos encargados de la ley comparecieran en el periódico para iniciar formalmente las investigaciones. A ustedes no les quedó más que poner cara de circunstancias al responder a los interrogatorios de rigor. Nadie aventuró nada fuera de lo que los demás aportaban. Tú fuiste el único que recordó mencionar al tipo con la cicatriz en la cara. ¿Cómo puedes ser tan imbécil? No tienes perdón de Dios. Todos sabían que los apuntes de cualquiera de aquellos meticulosos guardianes del orden podían servir luego para poner sobre aviso a los atracadores de esa misma mañana, y ninguno quería dar pie a que volvieran y a sufrir una nueva versión, tal vez corregida y aumentada, de la paliza propinada a su compañero de trabajo.

Cuando los agentes se fueron, reiterando el apoyo oficial y repitiendo ilusorias promesas de dar pronto con los autores de la fechoría, periodistas y empleados se dieron a la tarea de restaurar los destrozos y recomponer su maltrecho lugar de trabajo.

Mientras la plana mayor del periódico se encerraba en la dirección a discutir lo que acababa de suceder, tú te retiraste a la pequeña oficina donde trabajabas. La sección deportiva había quedado milagrosamente al margen del caos y encontraste todo en su sitio. Con el pecho y las mangas de la camisa aún manchadas de la sangre del reportero herido, abriste un ejemplar del periódico de la mañana para ver si su contenido te aclaraba de alguna manera las razones de la agresión. “Eso te pasa por escribir pendejadas”, había dicho el siniestro personaje de la cicatriz, y tú buscaste en las últimas páginas, las habitualmente dedicadas a las noticias policíacas.

Te puede interesar:  Escríbele Sélector: La primera plataforma mexicana realiza el primer concurso de cuento

Solo había una nota firmada por el Gordo Patiño. En ella se limitaba a reportar un secuestro tal y como al parecer acontecieron los hechos. Dos camionetas, que circulaban con placas robadas, cerraron el paso al convertible deportivo de Jorge Ibarra, un joven de la alta sociedad local y, acto seguido, media docena de pistoleros descendieron de los vehículos para arrancar por encima del asiento al desprevenido conductor que circulaba incluso con la capota bajada. Los asustados testigos coincidían en sus declaraciones. Un súbito rapto al más puro estilo del crimen organizado. El pan diario en esta ciudad donde nadie puede salir en auto sin estar atento a sus retrovisores. La víctima, destacado estudiante de medicina, era el único hijo de una viuda bastante adinerada. Al final de la nota, el Gordo Patiño solo hacía mención de que el delito se había cometido en una zona elegante, donde a menudo rondaban patrullas y la vigilancia era cuestión habitual. Sin embargo, como esa misma mañana en los alrededores de El Sol de Hoy, en el preciso momento en que habían ocurrido los hechos ningún policía se encontraba a la vista.

Tu abuelo era impresor. Aquel viejo de amplia calva, barba y bigote entrecano, a quien sin duda te parecerás algún día, Hilario Godínez, era impresor. A él debes, al menos en par- te, este absurdo vía crucis por el que ha transcurrido tu vida. Tan pronto aprendiste a leer, te regaló un hermoso volumen con los cuentos de Oscar Wilde para que comprendieras la diferencia entre un gigante egoísta y un amigo fiel. No contento con eso, continuó llenando tu infancia y adolescencia con las novelas de Mark Twain, Julio Verne, Jack London, Conan Doyle, Alejandro Dumas, Walter Scott y cuanto folletín literario o seudoliterario le pasó por las manos. A él debes esa bella edición de La isla del tesoro que aún adorna tu biblioteca, y aquel otro elegante ejemplar del Quijote, con ilustraciones de Gustavo Doré, fue también un obsequio suyo. Lo hizo con la mejor intención, Hilario Godínez, no puedes culparlo de nada. Sin darse cuenta te fue convirtiendo en el idealista estúpido que ahora eres. Un sentimental incu- rable que a menudo intenta imitar a destiempo a los románticos protagonistas de aquellas viejas novelas de capa y espada. Porque debe de ser eso, y no otra cosa, lo que en el plano afectivo te ha mantenido tanto tiempo ligado a un amor sin pies ni cabeza. A ninguno de tus héroes de la infancia se le habría ocurrido enamorarse de una heroína a la altura de la que tú te forjaste. En eso, Hilario Godínez, sobrepasaste incluso a tus envejecidos ídolos de papel. ¿Cuál de ellos, crees tú, se habría apasionado por la autora de una estrambótica carta que, sin dirección ni remitente, recibías una vez por semana? De seguro ninguno.

¿Y qué explicación encontraste para justificar su oscura obstinación por no darte la cara, por mantenerse anónima? Al principio pensaste que era más fea que una mentada de madre, Hilario Godínez, ¿recuerdas? Fea no, horrible, sería lo más acertado. Nunca creíste en ese vago retrato suyo que una vez hizo de sí en una carta. Te pareció una mera invención con el patético afán de mantenerte embobado. Pero no la necesitaba. Era su manera de escribir lo que te atraía. Eso y todas las cosas de las que te hablaba, porque te hacían so- ñar con ella y con el arte y la belleza escondidos tras la vulgaridad cotidiana. Otro habría detectado, tal vez, una cierta arrogancia en su arraigada actitud. ¿Cómo podía estar tan segura de que leías sus correos, de que no los arrojabas a la basura sin molestarte siquiera en abrirlos? Sin que tú supieras cómo, de dónde o por qué, daba la impresión de conocerte más de lo que cabría imaginar.

Solo un defecto tuvo tu abuelo, Hilario Godínez: fue admirador de cuanta sentencia dictaron los antiguos filósofos chinos, máximos inventores de máximas. Estos decían —y él, como buen impresor, lo creía a pie juntillas— que la memoria más rica nunca vale lo que la tinta más pobre. Por eso has de haber heredado tanto el amor al perfume de esta como a la textura del papel. Nada te atrae más que acariciar y oler un libro recién impreso. Aunque tal vez nunca llegues a ver uno tuyo en semejantes condiciones, algo de él se materializa to- dos los días al mirar salir el periódico de las rotativas, con tu columna deportiva dentro, muy temprano en la madrugada.

Dicen que la justicia es ciega, Hilario Godínez, por eso la representan con los ojos vendados, pero, en tu país, la justicia consiste sobre todo en evitar las vendas en los ojos y, manteniéndolos siempre bien abiertos, captar el momento justo de mirar a otra parte.

En eso meditabas esa otra mañana, unos cuantos días después del asalto al periódico, con el Gordo Patiño todavía ausente, cuando la nota roja se mezcló con la deportiva, con la tuya propia, el futbol, y las dos se confundieron para informar de un nuevo secuestro.

Roberto Medina, a quien la afición apodaba el Torito por su corta estatura y su futbol impetuoso y acometedor, eficaz centro delantero de la selección nacional y del equipo de casa, había sido raptado cuando iba a entrenar. Una camioneta con los cristales polarizados lo esperaba desde muy temprano en el estacionamiento del club. De ella surgió una estaca, así denominan los narcotraficantes al grupo de sicarios encargados de una misión, que lo empujó a punta de pistola a la parte trasera del vehículo antes de alejarse a toda velocidad “con rumbo desconocido”, según había señalado con pueril perspicacia el autor de la nota policíaca.

El calendario del campeonato preveía que unas noches más tarde, los Becerros de Oro, como se conocía popularmente al equipo local, se enfrentaran a otro que, según los rumores, se financiaba con dinero del narcotráfico. No faltaron suspicaces, maliciosos o provocadores que consideraron de inmediato el delito como una sucia maniobra del equipo contrario para, en vísperas de un partido tan importante, poner fuera de circulación al temible goleador. Tú, por tu parte, refutaste a esos maldicientes en tu columna deportiva. El secuestro, argumentabas, excedía el aspecto puramente futbolístico, aunque ello incluyera también los intereses de la selección nacional, para afectar a algo mucho más importante: la libertad y la seguridad, tal vez incluso la vida de un ser humano. A ti te costaba trabajo creer que las cosas hubieran llegado a ese extremo, a pesar de que la guerra entre los narcotraficantes nos hacía retroceder, en plenos albores del siglo XXI, a la peor brutalidad medieval. Nadie se arriesgaba a salir después de las diez de la noche, ni solo ni acompañado. Cuando apagaban las luces los últimos servicios, la gente se apresuraba a encerrarse a piedra y lodo en sus casas, y la ciudad se convertía en un pueblo fantasma.

Aunque tú, Hilario Godínez, a quien la deformación académica hizo un vicioso de la precisión en estos menesteres, piensas que pueblo fantasma no es la figura literaria adecuada. A la ciudad habría que llamarla cementerio aleatorio porque, de todas maneras, a la mañana siguiente, al abrir los periódicos, el desayuno se acompañaba con la cotidiana cuota de cabezas cortadas o cadáveres desmembrados. Entre el café, los frijoles refritos y la carne de machaca con huevos, uno podía imaginar a médicos y socorristas en la pavorosa tarea de armar rompecabezas con retazos de cuerpos. Los que se encontraban más o menos completos aparecían con un torniquete de alambre enrollado en el cuello e inequívocas señales de tortura. Muchos mostraban un pedazo de papel sobre sus maltratados despojos con un mensaje a menudo cifrado para la banda rival.

El gobernador, mientras tanto, anunciaba a bombo y platillo que la tasa de mortalidad había disminuido durante los últimos meses. ¿Estaba o no estaba al tanto de que las fuerzas de la ley habían encontrado una manera ridículamente sencilla de dar veracidad a su discurso político adecuando, sin mayores esfuerzos, sus números a los de las cifras oficiales? Simplemente se deshacían de los cadáveres extras arrojándolos en el estado vecino.

Antonio Sarabia: México D. F., 1944 – Lisboa, 2017) estudió Ciencias de la Información en la Universidad Iberoamericana. En 1978 publicó el libro de poemas Tres pies al gato y decidió abandonar el mundo de la publicidad para dedicarse de lleno a la literatura. En 1981 se trasladó a París, donde vivió los quince años siguientes. Escribió varios volúmenes de relatos y diez novelas, entre ellas Los convidados del volcán (1996), que lo consagró como uno de los grandes escritores mexicanos de las últimas décadas. Su obra obtuvo numerosos premios y se ha traducido a una decena de idiomas.

Comments are closed.