Kent Haruf

LECTURAS | Nosotros en la noche, de Kent Haruf

Nosotros en la noche es una joya escondida: una historia concisa, conmovedora, agridulce pero a la vez inspiradora, con el revelador sentido del humor que solo poseen aquellos que han llegado a una edad en la que poco importa lo que puedan decir los demás.

Ciudad de México, 23 de mayo (MaremotoM).- Nosotros en la noche, de Kent Haruf, editada por Literatura Random House, es una serena lectura. Confieso que estuve a punto de dejarlo en la página veintitantos: lo que me molestó es que soy un lector muy impaciente y creí estar enfrentando a una cita previsible, tipo a lo que vemos ya en todas las series, la historia de amor de ancianos atrapados en los usos y costumbres del ideario en inglés de fin de siglo, incluyendo celulares.

Sin embargo, este es uno de esos libros en apariencia minimalistas que ganan con el conjunto, con la totalidad artística y la visión en panorama. Me quedé en la escuela de Ernest Hemingway de querer ver todo desde el primer párrafo. La historia de dos vecinos sesentones que deciden acompañarse en las noche solo por el placer y la necesidad de dormir juntos. No, no es una versión Garciamarquez/RaymondCarver de Leaving Las Vegas.

Adjunto el genial inicio de un capítulo donde describe un desfile muy gringo donde van los dos ancianos a llevar a un niño que están cuidando… Aclaro que no todo el libro está así de descriptivo como si fuera la mejor prosa de John Cheever, más bien es un asunto muy intimista.

Kent Haruf
Nosotros en la noche, editado por Literatura Random House. Foto: Cortesía

Capítulo 30

En agosto se celebró la Feria Anual del Condado de Holt con rodeo y concurso de ganado en el recinto situado al norte de la ciudad. Comenzó con un desfile desde el extremo sur de la calle Main que fue recorriéndola hacia las vías del tren y la antigua estación. El día del desfile llovió. Louis y Addie se pusieron el chubasquero y abrieron un agujero en el fondo de una bolsa de basura negra para ponérsela a Jamie y los tres se encaminaron a la calle Main y se situaron en el bordillo con el resto de la gente. A pesar del mal tiempo, la muchedumbre se congregaba a ambos lados de la calle.

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Primero pasó la guardia de honor, cargada con las banderas mojadas y flácidas y los rifles goteando al hombro, luego llegaron gruñendo viejos tractores y cosechadoras sobre remolques de plataforma y rastrilladoras y segadoras antiguas y más tractores, traqueteando y petardeando, y la banda del instituto, reducida en verano a solo quince miembros vestidos con camisa blanca y vaqueros que se les pegaban a la piel, empapados, y después el descapotable con los notables pero con la capota subida a causa de la lluvia, y después la reina del rodeo y sus ayudantes a caballo, todas excelentes amazonas vestidas con impermeables de rancho, seguidas por más coches elegantes con publicidad en las puertas y coches del Lions Club, el Rotary, los Kiwanis y los Shriners zigzagueando por la calzada como niños gordos y fardones en sus vehículos trucados y más caballos y jinetes con chubasqueros amarillos y un carro tirado por ponis, y hacia el final del desfile llegó un camión con plataforma con un estampa religiosa sobre cartón y una tarima elevada delante, pagado por una de las iglesias evangélicas de la ciudad.

En la tarima había una cruz de madera y un joven de pie ante ella, con melena y barba oscura, vestido con una túnica blanca y, como llovía, un paraguas abierto.

Cuando Louis lo vio se echó a reír. La gente de alrededor se giró y lo miró. Vas a buscarte problemas, dijo Addie. Aquí se lo toman en serio. Supongo que es capaz de caminar sobre las aguas pero no de evitar que se le empape la cabeza. Chsss… Compórtate. Jamie los miró para comprobar si estaban enfadados de verdad. Al final del desfile pasó la máquina barredora limpiando la calle con sus enormes cepillos rotatorios.

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