Tenoch Huerta

LECTURAS | Orgullo prieto, de Tenoch Huerta

México es un país racista que niega serlo. Con argumentos como “No es racismo, sino clasismo”, “Acá somos todos mestizos” o “Nunca hubo un sistema segregacionista como en Estados Unidos” negamos que hemos perpetuado la discriminación durante generaciones.

Ciudad de México, 8 de noviembre (MaremotoM).- Tenoch Huerta, actor de reconocido prestigio y portavoz del debate y la lucha antirracista en México desde hace años, se encarga de rebatir estos y otros mitos acerca del racismo en las páginas de Orgullo prieto. En este libro encontrarás una serie de reflexiones sobre las diferentes discriminaciones que sufre un mexicano por su color de piel en distintos ámbitos —el social, el laboral, el familiar—, así como numerosas vivencias personales del autor sobre situaciones en las que ha sido víctima de racismo, pero también en las que ha ejercido las prácticas racistas propias de un problema que México no quiere ver.

“Espero que este libro contribuya a ensalzar el orgullo de ser lo que somos, para que no haya un “prieto arrogante”, como me nombran, sino que haya millones de prietos orgullosos en este país”: Tenoch Huerta

Tenoch Huerta
Orgullo Prieto. Editó Grijalbo. Foto: Cortesía

Fragmento de Orgullo Prieto, de Tenoch Huerta, con autorización de Grijalbo

La primera vez que de verdad me sentí prieto fue cuando filmé mi primera película. No sucedió de golpe, sino poco a poco. Mi personaje era —nada raro— un jardinero, además de que yo era una de las únicas tres personas de piel morena que saldrían a cuadro. Aunque era una producción pequeña, compartiría créditos con actores y actrices con nombres reconocidos y, además, el director sería Gael García Bernal. La verdad, me tocó entrar por la puerta grande al mundo del cine.

A la hora de la comida, nos sentábamos a comer en dos grupos: el primero era el del reparto y el otro el del equipo técnico. Uno de esos días, me senté a la mesa y me di cuenta de que no había salsas picantes ni tortillas para acompañar. Llamé a uno de los meseros del equipo de banquetes y le pregunté:

—Carnal, ¿por qué no hay salsas?

—Pues porque no las piden —respondió.

—¿Y tortillas? —seguí.

—Se me quedan, las tengo que tirar y ya mejor no se las pongo.

Sé que suena tonto, pero ¿era tan raro comer con una salsa picosa y tortillas?

Aquellos días, durante esas mismas comidas sin salsa y sin tortillas, me tocaba escuchar las historias de mis colegas, quienes no se subían a las combis ni al metro, ni conocían los mismos lugares que yo a pesar de ser del mismo medio; también hablaban diferente a mí, con un acento que, confieso, luego traté de imitar. ¿No se suponía que ellos eran bien la banda? En esos intercambios recordaban visitas a tienditas “super cute” en la calle Melrose, en Hollywood, en donde habían comprado una chalina “in-cre-í-ble” o cuando comieron un “avocado toast” en un “coffee” cerquita de Central Park, en el Upper West Side, en Nueva York. Por supuesto, yo no tenía nada que aportar. Era parte de su círculo, pero casi siempre como oyente. Muchas veces intentaban hacerme parte de su conversación y me preguntaban si a mí me gustaba ir a Venice Beach (en Los Ángeles) o a otros lugares de los que yo solo había escuchado. Lo único que me quedaba era decirles, con una sonrisa: “No, nunca he ido, no lo conozco”. Me excluían, pero no de forma deliberada: su exclusión era inconsciente por pertenencia de clase social. Me habría gustado tener una plática de taquitos como los de mi barrio, porque de aquello que ellos platicaban yo no tenía idea. Me sentía aislado.

Incluso los sábados, cuando hacíamos el “sapo»”, que es una tradición bastante bonita en el cine mexicano en la que los sábados trabajamos medio día y se organiza una comilona con cerveza, yo poco a poco iba disolviéndome de su grupo y terminaba echándome mis chelas con el equipo técnico o la delegada de la ANDA (Asociación Nacional de Actores), no porque me excluyeran, sino porque el orden natural de las cosas me iba alejando de un grupo del que no me sentía parte para acercarme a otro en donde compartía muchos más rasgos de identidad. En resumen: no me entendía con mis compañeros del reparto.

Era una sensación rara: todavía no me quedaba claro por qué sucedía si todos éramos actores y actrices parte del mismo mundo del cine y, más específico, del cine mexicano. Iba dándome cuenta, poco a poco, de que yo era “el otro”: lo distinto, lo ajeno, el que venía de Ecatepec. No es que fuera un inocente y no entendiera de clases sociales, de riqueza y zonas exclusivas —sobre todo en la Ciudad de México—, ni que me pasaran por alto las prácticas discriminatorias en los medios, pero simplemente yo no creía que fuera diferente, como si ser actor no aplicara para mí; en mi colonia yo era de los “fresones”, pero acá, esas semanas, entendí que yo era prieto.

La verdad era que, aunque de muchas formas me aceptaban como parte del grupo, me trataban, en la vida real, un poco como al personaje del jardinero. Algo así como cuando una familia acomodada y blanqueada presume que invitan a la mesa, durante la cena, a la persona que les cocinó y les limpió la casa ese día y con total inocencia dicen: “Es que es parte de la familia”. Quiero aclarar, de nuevo, que mis colegas nunca me trataron mal. Me invitaban a echar desmadre con ellos, “era parte de la familia”, me integraban. Sin embargo, no eran conscientes de la forma en la que me excluían porque, si bien yo había cumplido con algunos de los requisitos de validación no escritos para ser aceptado en su grupo, como, por ejemplo, el de haber superado el casting, todavía me faltaban varios para pertenecer de verdad al universo blanco. Yo sí me daba cuenta. Yo sí veía y no me sentía totalmente aceptado, tanto que, más de forma inconsciente que consciente, busqué la manera de sumar elementos de validación. El primero fue el de cambiar mi forma de hablar, de adaptar su acento.

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Antes de entrar al mundo del cine y de codearme más con gente blanca, yo creía que mi acento de toda la vida era «neutral chilango», que cuando decía «carnal» sonaba como cualquier otro mexicano defeño o incluso un poco fresa porque en mi barrio yo era parte de la fresez: tenía estudios universitarios, familia estable, mi papá era ingeniero y, aunque no tuviéramos mucho dinero, vivíamos sin las mismas carencias que muchos otros. Sin embargo, cuando me di cuenta de que mi «güey» no era lo mismo que su «gooooeey», entendí que yo hablaba más bien con un acento «ñero» y que, si quería ser parte de su grupo, debía cambiar mi forma de hablar. Después de que lo hice, más o menos fueron viéndome diferente, aunque todavía me faltaban más pasos de validación.

El gran cambio sucedió cuando el director, luego de ver los cortes que iban saliendo durante el rodaje, les dijo que yo «estaba muy cabrón», lo que ya era una forma de comunicarles que era un muy buen actor. En cuanto el director, blanco como ellos, me dio su validación, sentí un cambio en el trato de mis colegas de reparto: el personaje del jardinero se quedó ahí, a cuadro, y a mí, por fuera, comenzaron a tomarme en cuenta como actor y casi como un igual. Había completado el rito de pasaje y asimilación: había obtenido validación de la blanquitud. Mi piel no se había vuelto más blanca y tampoco había salido del país para acumular historias y anécdotas en cafecitos o museos, pero el reconocimiento del director, respetable y talentoso, me colgaba una medalla de éxito profesional, que es uno de los rasgos esenciales de la blanquitud. Entonces me di cuenta de que lo que se había blanqueado era mi trabajo, no yo.

Por supuesto, con el tiempo me fui enterando de que algunos de mis colegas venían de lugares similares a mi barrio, que habían conocido y viajado por el mundo hasta que consiguieron el reconocimiento por su trabajo, tanto en lo económico como en lo artístico. Habían coleccionado esos elementos de validación, pero además algunos de ellos eran blancos de origen y la tuvieron un poquito más fácil.

Como dije, cuando llegué al mundo del cine caí en cuenta de que yo era «el otro». Mi acento era el de «el otro»; mi forma de comer, de caminar, de vestir, de entender e interpretar el mundo, de leer la vida, eran todas diferentes a las de mis colegas y no era parte de un grupo al que, en teoría, debería parecerme y con el cual debía compartir un montón de cosas. Por primera vez, me sentí prieto. Darme cuenta fue un choque fuertísimo. Por supuesto, a partir de ese momento, más que rechazar ese mundo en el que yo no había nacido y enaltecer mi origen, como muchos, intenté asimilarme… y le eché muchas ganas.

Quise hablar como ellos, vestir como ellos; empecé a probar su comida y los lugares a los que iban (a mi escala, claro, porque solo me alcanzaba para ir a algunos lugares de la Condesa y no a Venice Beach); empecé a probar otra vida. Sin embargo, aunque disfruté algunas cosas, renuncié después de intentarlo durante varios años. Era demasiado cansado y doloroso. Aquel intento de asimilarme, de mestizarme, me costó mucho. Poco a poco fui volviendo a mí, pero hay algo de lo que todavía no puedo recuperarme: perdí mi identidad lingüística, y creo que para siempre. Dejé de sonar como yo mismo, como soné toda mi vida. Dejé de sonar como mi infancia, como mis amigos, como mi familia. Años después de haber perdido u olvidado esta parte de mi identidad, tomé un taller de voz donde el maestro dijo: «Los ojos son el espejo del alma, pero la voz es el espejo de la intimidad». Yo la había perdido: me había perdido. Estuve a la deriva durante algunos años y cometí un buen número de tarugadas que me separaban de mi verdadero y original ser. Por fortuna, ahora, en casi todos los sentidos he revalorado mi identidad: la he vuelto a conquistar.

Al final, y ya visto en retrospectiva, en lugar de asimilarme a algo más, terminé por absorber todo lo bueno que tenía que ofrecerme ese mundo, lo que me sirvió para afianzar y reforzar lo bueno que mi mundo me ha dado, que ahora porto con orgullo. Al final de todo este viaje, me he dado cuenta de que nunca voy a pertenecer al univer­so de la blanquitud por muchas razones, y que tampoco me van a dejar pertenecer porque no tengo su historia; porque no me quiero someter ni seguir lastimando mi identidad y no la quiero borrar o poner al servicio de la que hace mucho tiempo se decidió que fuera la dominante. Pero por encima de todo: porque no se me pega la chingada gana.

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