Andy Robinson

LECTURAS | Oro, petróleo y aguacates, las nuevas venas abiertas de América Latina, de Andy Robinson

Cómo una docena de materias primas explica los últimos golpes de estado, las rebeliones ciudadanas y la crisis medioambiental en América Latina.

Ciudad de México, 15 de octubre (MaremotoM).- Andy Robinson desvela en estas crónicas los entresijos de la extracción y el negocio de las materias primas más valiosas de América Latina, como la carne, el oro, el petróleo, el aguacate, el hierro, los diamantes, la patata, el cobre, la soja o el niobio.

Robinson recorre Potosí, Minas Gerais, Zacatecas y muchos otros de los itinerarios que ya recorrió Eduardo Galeano cincuenta años atrás, en Las venas abiertas de América Latina, y actualiza la célebre tesis de que “los latinoamericanos somos pobres porque es rico el suelo que pisamos”. Aquel libro se convirtió en la Biblia de la generación de izquierdas que alcanzó el poder en América Latina a principios del siglo XXI, como Lula da Silva, Evo Morales, Rafael Correa o Hugo Chávez.

¿Qué ha ocurrido en esos países desde entonces? ¿Cuál es la utilización final de estas materias primas en el mundo actual, de consumo ostentoso, recursos naturales menguantes, fuertes tensiones geopolíticas y extrema desigualdad? ¿Qué se puede aprender de los pueblos indígenas para evitar la destrucción medioambiental y afrontar el reto existencial del cambio climático? ¿Cómo repercute la extracción de materias primas en los dramáticos sucesos políticos que han sacudido la región en los últimos años? Inevitablemente, cualquier lector, americano o europeo, se sentirá interpelado como ciudadano y consumidor.

“Un vívido y dramático reportaje sobre las venas, sin duda aún abiertas, de América. Una colosal obra de divulgación”, ha dicho

Oro, petróleo y aguacates
Oro, petróleo y aguacates, una edición de Arpa. Foto: Cortesía

Miguel Delibes de Castro.

Fragmento de Oro, petróleo y aguacates, las nuevas venas abiertas de América Latina, de Andy Robinson, con autorización de ArpaIntroducción

La batalla por el futuro del amazonas

¿Qué diría Eduardo Galeano si escribiera hoy Las venas abiertas de América Latina? Esta pregunta me surgió cuando recorría la ciudad de Itaituba, a orillas del río Tapajós, en la Amazonia brasileña. La izquierda aún gobernaba en Brasilia y yo había emprendido aquel largo viaje desde Río de Janeiro para averiguar hasta qué punto el polémico Programa de Aceleración del Crecimiento, abanderado por la presidenta Dilma Rousseff, sería compatible con la supervivencia del gran pulmón del planeta y de los 13.000 pobladores de la etnia munduruku, cuyas tierras milenarias serían inundadas con la construcción de una gigantesca central hidroeléctrica en São Luiz do Tapajós. La central iba a suministrar electricidad a las nuevas metrópolis del Amazonas, a las minas y a las plantas de soja que se instalarían en la región.

Lo último que esperaba, después de una larga travesía de trece horas en un cachazudo barco desde Santarém, la capital selvática a siete horas de avión de Río, era oír el rugido de unas motos de agua, equipadas con potentes motores de 2.600 c. c. Pero allí estaban, zigzagueando sobre una larga estela blanca a lo ancho del enorme río. El silencio milenario solamente pertur- bado por los zumbidos y el bordoneo de la selva profunda de pronto se había roto. Acaso Itaituba sintiera ahora la necesidad del ruido mecánico y la velocidad. “Las jet ski están de moda aquí, verás al menos quince o veinte este fin de semana. La mía alcanza los 170 km por hora”, me dijo Bruno, un muchacho  de dieciocho años, tras sacar su moto del agua y subirla al remolque de un todoterreno. Mientras hablábamos, había atracado un barco venido de Santarém, cien kilómetros río abajo, del que descargaban cinco quads, ideales para correr carreras por los caminos recién abiertos a través de la selva.

Bruno había comprado su moto de agua (unos 20.000 reales, aproximadamente 7.000 euros) con dinero de la construcción. Trabajaba en el asfaltado de la carretera transamazónica que provocaría una nueva fase de deforestación. Pero también había otras fuentes de dinero rápido en Itaituba —ciudad de habitantes en plena explosión demográfica—, que era el centro de todas las actividades extractivas del oeste del estado amazónico de Pará: oro, diamantes, madera… Y por su- puesto, la soja, que se descargaba en la terminal de la multinacional Bunge. Incluso se esperaba otro boom demográfico con la construcción de la gran represa hidroeléctrica diez kilómetros río arriba, en territorio munduruku y las nuevas hidrovías para el transporte de soja, minerales y

¿Ha cambiado mucho Itaituba en los últimos años?, le pregunté a Bruno, hijo de inmigrantes que habían llegado a la selva tres décadas atrás no en busca de riqueza, sino de dos comidas diarias. Miró hacia un lado y me señaló siete u ocho buitres negros —urubúes, los llaman en portugués— posados sobre un montón de basura con las alas extendidas como cor- tinas funerarias: «¿Usted cree que hay muchos urubúes ahí, verdad? Pues antes había muchos más».

De algún modo aquella escena parecía resumir las contradicciones de la gran apuesta económica de los Gobiernos de la nueva izquierda latinoamericana. Hacía falta acelerar el crecimiento del PIB para eliminar la pobreza y la extrema desigualdad. Esos eran los dos lastres que la región arrastraba desde hacía quinientos años, primero con la esclavización indígena en las minas de oro y plata, y luego con los que llegaron encadenados de África para recoger los primeros cultivos (azúcar, banana, café, etcétera) destinados al nuevo mercado global. Conservar el apoyo de esa masa de trabajadores latinoamericanos en ascenso social, como Bruno, requería de constantes mejoras en el bienestar material de la población. Y la forma más rápida de lograrlo, sin provocar una crisis de deuda externa, fue a través de las exportaciones de materias primas que generaran divisas. En tiempos de recursos menguantes y con el auge de China como superpotencia, las materias pri- mas se cotizaban al alza y la tentación de activar la máquina de la extracción se hizo irresistible.

Pero ¿cómo conseguirlo sin cometer las mismas atrocidades que en las épocas clásicas del expolio en América Latina, que Galeano había denunciado tan gráficamente en su libro? Es más, si Bruno era un integrante de esa nueva clase media «aspiracional» —es decir, con aspiración a un mayor consumo—, ¿cómo evitar que acabara oponiéndose a los principios de igualdad y protección del medio ambiente que la izquierda abanderaba? Pronto se comprobaría, con la derrota del Par- tido de los Trabajadores en Brasil y el ascenso de una extrema derecha salvaje, que la nueva clase media había destruido a su creador. Algo que también le pasaría a Evo Morales en Bolivia un año después.

Este libro reúne un conjunto de crónicas sobre las circunstancias, tanto históricas como actuales, en las que se extraen ciertas materias primas en América Latina: de la soja al niobio, de la carne al oro, de la quinoa a la plata, del petróleo al aguacate. Nos sirven para reflexionar sobre este dilema y para analizar los dramáticos eventos —historias de golpes de Estado y levantamientos populares desde Bolivia a Chile y Colombia— que han sacudido la región en los últimos años. Cada capítulo corresponde a un viaje hasta un lugar emblemático relacionado con una materia prima. Recorro algunos de los itinerarios de Galeano, lugares como Potosí, Minas Gerais o Zacatecas, que proporcionan otro tipo de materia prima, en este caso periodística, para reflexionar sobre su atrevida tesis —sustentada en las teorías de la dependencia de Immanuel Wallerstein, Fernando Henrique Cardoso y André Gunder Frank—: «Los latinoamericanos somos pobres porque es rico el suelo que pisamos».

Galeano escribió Las  venas  abiertas  de  América  Latina cuando apenas tenía veintiocho años, pero el libro se convirtió en la biblia de una generación de izquierdas que alcanzó el poder en América Latina a principios del nuevo siglo, desde Lula da Silva y Evo Morales a Rafael Correa o Hugo Chávez (sabido es que este último le obsequió un ejemplar a un escéptico Barack Obama). Pero de los dos principales mensajes del libro —que había que romper los lazos de dependencia con los países excoloniales y con sus multinacionales y, a la vez, industrializar la economía para no basar el crecimiento en la exportación de materias primas— solo el primero se tuvo en cuenta.

La dependencia de la exportación de commodities se mantuvo en muchos países, y cuando el superciclo de altos precios internacionales de minerales, de petróleo y de alimentos básicos acabó abruptamente, este error le pasó una enorme factura a una izquierda convencida de haber encontrado la fórmula mágica para redistribuir la renta y, al mismo tiempo, seguir gobernando. Con un efecto retrasado de cinco o seis años la gran crisis global de 2008 alcanzó América Latina. Los precios de las materias primas se desplomaron y la región entró en recesión. Los progresistas cayeron sucesivamente del poder, a veces con la ayuda de un golpe de Estado, en Ecuador, en Brasil, en Chile, en Argentina y finalmente  también en Bolivia. En Venezuela, una grave crisis socioeconómica debilitó el chavismo hasta un punto inimaginable diez años antes, mientras que su ultradependencia del petróleo elevaba la vulnerabilidad venezolana a los golpes de Estado diseñados en Washington. Los logros espectaculares de las políticas antipobreza de la izquierda latinoamericana ya parecían, desde la perspectiva de la crisis, quimeras de una insostenible burbuja de las materias primas.

Resulta paradójico, pero Galeano también puso su grano de arena en la crisis de ideas de la izquierda, en la Bienal del Libro de Brasilia en 2014, al desdeñar su propio libro calificándolo de simplista. Era la obra de un joven creído, contagiado por el dogmatismo de la vieja izquierda, que no entendía de ciencias económicas. «No sería capaz de leerlo de nuevo, caería desmayado», bromeó a los setenta y cuatro años, un año antes de su muerte. El mea culpa de Eduardo Galeano dio carta blanca a los sospechosos habituales de la derecha latinoamericana, que se daban palmaditas en la espalda. Álvaro Vargas Llosa, que había hecho una caricatura de las Venas abiertas en su libro Manual del perfecto idiota latinoamericano, celebró la derrota intelectual de la izquierda. Michael Reid, corresponsal del conservador semanario británico The Economist, anunció la resaca definitiva de la llamada marea rojiza de la izquierda (pink tide) y calificó el libro de Galeano como la obra «de un propagandista, una mezcla potente de verdades selectivas, exageración, falacia, caricatura y teorías de conspiración». Una descripción, a mi modo de ver,  más ajustada al libro de Reid que al ensayo del uruguayo. Por el contrario, la sensación que tuve en mis viajes por América Latina fue que el joven Galeano se había quedado corto en sus denuncias de la destrucción provocada por las fuerzas del capitalismo global en alianza con las élites y oligarquías locales. El saqueo no solo ha ocurrido en el ámbito económico de la extracción de materias primas, sino también en la extracción del alma de los pueblos, cuya cultura —esa filosofía quechua del sumak kawsay o del buen vivires aniquilada en un proceso imparable de mercantilización. De sus vidas y de las nuestras.

Tal vez las últimas venas abiertas son más sutiles. La conversión del ceviche peruano en un símbolo de estatus gastronómico internacional —citado por la directora gerente del FMI como “una inspiración para nuestros programas de mejora económica en América Latina”—, mientras una gigantesca isla de plástico flota en el Pacífico. El nuevo turismo de experiencias exóticas, plasmado en los trenes de los Andes, vendidos por el Estado peruano a una filial de la multinacional de lujo temático LVMH  (Louis Vuitton-Moët Hennessy) y convertidos en miradores de cristal, permite contemplar la pobreza sin necesidad de acercarse a ella.

La diferencia es que ahora muchos Gobiernos de la izquierda —sin menospreciar en absoluto las grandes conquistas sociales logradas— han participado en el mismo saqueo material y espiritual. “Lo que se ha hecho aquí es una mierda. Ahora tenemos soja, soja y más soja”, me dijo enfadado  el padre franciscano de Santarém Edilberto Sena, partidario de la teología de la liberación y uno de los fundadores del Partido de los Trabajadores en la Amazonia tres décadas antes. No solo era un lamento por los miles de campesinos forzados a desplazarse a la ciudad, sino también por la desaparición de una cultura popular, rica y compleja, basada en una apabullante biodiversidad.

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En muchos países presencié los crispados debates de la izquierda latinoamericana entre quienes criticaban a los Gobiernos progresistas por el neoextractivismo y los que arremetían contra los antiextractivistas por vivir en un mundo de fantasías alejado de la realidad y de la urgencia de elevar el crecimiento del PIB para combatir la pobreza y fomentar el desarrollo. «Usamos el petróleo y la minería para lograr un desarrollo que evitara el camino chino de la precarización laboral y los salarios indignos», me explicó Fausto Herrera, el exministro de Finanzas ecuatoriano de Rafael Correa, cuyo proyecto de dejar bajo tierra el petróleo del territorio amazónico de Yasuni había sido un modelo para el movimiento medioambientalista hasta que Correa dio marcha atrás. Sus críticos, en especial otro exministro, Alberto Acosta, defendían abandonar el extractivismo y buscar nuevos indicadores del bienestar. Pasaba lo mismo en Bolivia, donde parte de la izquierda medioambientalista incluso apoyó el golpe de Es- tado contra Evo Morales por la conversión de este al extractivismo. A partir de mis viajes para escribir estas crónicas he llegado a una conclusión que seguramente dejará insatisfechos a unos y a otros: hay que encontrar algún término medio entre estas dos escuelas de pensamiento.

Lo cierto es que son cuestiones universales o planetarias, pero se ven con mayor nitidez en América Latina, una región en la que «los ordenadores coexisten con las formas más arcaicas de la cultura campesina y […] con todos los modos de producción de la historia», como dice el filósofo Fredric Jameson en un artículo sobre Cien años de soledad. La pervivencia en América Latina de estos mundos de antaño, de sus habitantes aún protegidos en mente y cuerpo de aquello que al resto nos destruye, convierte la región en un actor clave en la épica lucha por la defensa del planeta.

La lección se está aprendiendo en Colombia con el proyecto humanista del exguerrillero Gustavo Petro, que, sin abandonar un plan de desarrollo nacional, rechazó el extractivismo  agresivo  y  asumió  el  reto  del  cambio  climático  como  el centro de su programa electoral en las elecciones presidenciales de 2018. Estas ideas vertebraron las movilizaciones contra el Gobierno conservador de Iván Duque, que llenaron las calles de Bogotá, Medellín y Barranquilla en otoño de 2019. Asimismo, en las protestas que hicieron tambalear a los Gobiernos conservadores en Chile y Ecuador por las mismas fechas,  participaban  corrientes  de  un  nuevo  movimiento  que vislumbra  para  América  Latina  otro  camino  de  desarrollo. Los especialistas de los laboratorios de ideas y de los medios de comunicación globales, desde el mismo Reid a Alba Guillermoprieto, pasando por Monica de Bolle, la economista brasileña afincada en Washington, hicieron una lectura pesimista de las protestas. «Lejos de la esperanza, el descontento en América Latina en las últimas semanas ha sido impulsado por lo que podríamos llamar un síndrome posburbuja de las materias  primas», escribió  De  Bolle  en  un  interesante  ensayo para el Instituto Peterson. Pero Washington nunca es un buen sitio para sentirse optimista sobre el futuro de América Latina. El altiplano andino sí lo es, a veces. Cuando recorrí el centro barroco de Quito en octubre de 2019, rodeado de campesinos quechuas visiblemente animados por el éxito de su rebelión contra el Gobierno de Lenin Moreno, era fácil imaginar una lectura más positiva de la primavera del descontento en Sudamérica. Esta vez la agenda de transformación social forjada en las enormes movilizaciones populares tendría que basarse en algo más sólido que el precio del petróleo, del cobre o de la soja en la Bolsa de materias primas de Chicago. Aunque el motivo inmediato de las protestas en Ecuador había sido una subida del precio de la gasolina, tras la eliminación de los subsidios incluida en un draconiano ajuste diseñado por el FMI, la presencia de los campesinos indígenas —muchos de ellos mujeres— al frente de la batalla hacía pensar que la defensa de la pacha mama (madre tierra) sería un elemento clave en la próxima fase de la lucha. Prueba de ello era la inclusión del principio de sumak kawsay en el plan alternativo al ajuste del FMI presentado por los grupos indí- genas después de las protestas. Asimismo, la bandera multicolor de los mapuches chilenos —indígenas amenazados por la extracción maderera y por la minería— se convirtió en el emblema de las protestas masivas en Santiago contra el modelo neoliberal latinoamericano más elogiado en los mercados y en los laboratorios de ideas de Washington. Tal vez las revueltas constituirían un primer paso para el reencuentro de la izquierda latinoamericana con el movimiento global contra el cambio climático.

Tras releer Las venas abiertas durante mis largos viajes en avión, autobús y barco, más que aburrido por la prosa pesada de la vieja izquierda pedante, me sentí inspirado por el deseo del joven Galeano de «escribir de economía política con el estilo de una novela de amor o de piratas». En es- tas breves historias he intentado seguir ese ejemplo sin con- tar, por supuesto, con la pluma prodigiosa del uruguayo. En cada capítulo reflexiono sobre la utilización final de estas materias primas en un mundo de consumo ostentoso, extrema desigualdad y recursos menguantes. Los diamantes, extraídos por los garimpeiros brasileños en un infierno de barro y violencia y pulidos en Surat (la India), se compran en las tiendas de Swarovski en Dubái. Los prototipos de misiles nucleares hipersónicos que se fabrican en California o Shenzhen contienen el metal de niobio extraído del territorio indígena del Amazonas, que ahora se convierte en la diana de las compañías mineras aliadas con la nueva ultraderecha brasileña de Jair Bolsonaro. La soja del Cerrado brasileño deforestado alimenta a los pollos de las granjas intensivas europeas que producen los ubicuos McNuggets de McDonald’s. O los tristes bueyes que pastan en los latifundios de la Amazonia, tras el paso de la motosierra y del fuego, abastecen de carne a Burger King. La patata, un alimento que dio sustento a las grandes civilizaciones precolombinas en el altiplano andino, se ha convertido en el adictivo potato chip de Frito Lay, que contribuye a una epidemia de obesidad en América Latina. La moda global del guacamole impone en la región mexicana de Michoacán, cuna del Imperio purépecha, un monocul- tivo del aguacate, gestionado por el crimen organizado. Y al visitar San Luis de Potosí (México) se descubre como el éxito del pueblo indígena huichol al evitar la reapertura de una mina de plata española del siglo XIX, ha quedado eclipsado por una invasión de turistas, muchos de ellos locos por probar las propiedades alucinógenas del peyote, ya sometido a un saqueo a medida de la new age.

Los capítulos dedicados al hierro y al petróleo plantean cómo la sobredependencia de materias primas —además de sus catastróficos efectos medioambientales, ilustrados con el caso del gigante minero Vale— ha sembrado la semilla del desastre en los Gobiernos progresistas de Venezuela y Brasil. También veremos la apuesta del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador por recuperar el nacionalismo petrolífero de Lázaro Cárdenas. Y en Bolivia, una visita al salar de Uyuni,    el depósito de litio más grande del mundo, nos permitirá evaluar los intentos del Gobierno indigenista de Evo Morales de industrializar la extracción mediante nuevas fábricas de baterías, además de calibrar el triste papel de Potosí en la rebelión de las clases medias bolivianas contra el Gobierno socialista que culminó con el golpe de Estado de octubre de 2019.

La industrialización fue el plan maestro de los teóricos de la dependencia que estructuró las ideas y la prosa de Galeano. Pero en los Andes bolivianos la realidad se ha mostrado compleja y controvertida. Se plantea otra cuestión existencial en la atmósfera enrarecida del salar de Uyuni. ¿Qué  es peor, una mina de litio o diez mil turistas haciéndose selfis a la puesta del sol?

En el caso del oro, a través de un viaje desde Centroamérica hasta Utah, explicaremos por qué la fiebre de extracción, tras la crisis financiera de 2008, coincidió con el auge del pensamiento conservador en Estados Unidos de los excéntricos inversores del metal, conocidos como gold bugs, que defien- den el regreso al patrón oro. A su manera perversa, es otro ejemplo de una nueva época de venas abiertas en la que la búsqueda de seguridad en tiempos de inestabilidad financie- ra dispara el precio del oro y desata, una vez más, la invasión de miles de mineros artesanales en la Amazonia y los Andes. Un nuevo modelo de desarrollo requerirá un cambio ra- dical de filosofía, más allá de la exportación de materias primas y también de las viejas fórmulas de industrialización que se oxidan en el mundo perdido de Fordlandia, la ciudad in- dustrial que Henry Ford intentó fundar a tres horas en barco de Itaituba, ahora tomada por lianas y monos de la selva. Sin abandonar los avances y las metas sociales de la primera déca- da de los Gobiernos progresistas en América Latina, hay que buscar sistemas de producción a menor escala, un consumo menos destructivo y una redistribución más radical de la renta. A fin de cuentas, pese a los radicales programas para combatir la pobreza, Lula no hizo nada para modificar el «sistema tributario más regresivo del mundo», como dijo Ciro Gomes, el otro candidato presidencial de la izquierda brasileña. Y Gomes añade, en una frase de gran interés para Bruno, nuestro amigo de Itaituba: «Aquí pagas un impuesto sobre motocicletas, pero no sobre yates, helicópteros o jet skis»6. Asimismo, en lugar de centralizar el poder de manera personalista y de cooptar los movimientos sociales, hace falta ampliar la democracia. Si a la izquierda se le da otra oportunidad —quizás a partir de las espectaculares movilizaciones ciudadanas en Quito, Bogotá y Santiago—, será imprescindible  pensar ya en las alternativas.

La inspiración puede venir en parte de esos conocimientos del buen vivir de los pueblos indígenas y de modelos de sociedad compatibles con la protección del medio ambiente y la cultura. Aunque así quizá lo quisiera la ONG Survival, no se trata de una llamada romántica de regreso a un mundo perdido de cazadores y recolectores en un estado rousseauniano de nobleza salvaje. Como se explica en el libro, hace dos milenios la Amazonia albergaba una sociedad de ocho millones de habitantes agrupados en grandes comunidades semiurbanas que construían carreteras y gestionaban la selva de forma sofisticada y sostenible. Practicaban la modificación genética para asegurar su seguridad alimentaria mediante cultivos como la yuca. Incluso gestionaban de forma sostenible los enormes árboles de caucho Castilla elastica, entre otras cosas para fabricar los balones del deporte de pelota, un precursor del fútbol actual muy extendido en las sociedades precolombinas. «Nosotros somos los guardianes de la selva», me dijo sin el menor asomo de soberbia Jairo Saw, uno de los líderes de los mundurukus de Itaituba que han organizado la resistencia contra el proyecto hidroeléctrico, la minería y la extracción de madera en su territorio. Los mundurukus entienden de tecnología. Delimitaron sus tierras con GPS y demostraAndy Robinsonron con exactitud científica sus derechos territoriales para de- fender la selva. Cuando conversábamos, Jairo preparaba un viaje a California para hablar con los ingenieros de General Electric con el fin de convencerlos de abandonar el proyecto hidroeléctrico en el río Tapajós. «Si no nos escuchan, no hay futuro para ellos ni para nadie», sentenció. En resumidas cuentas, el reto de ahuyentar a los buitres sin destruir la selva es el dilema existencial de todos.

Andy Robinson (Liverpool, 1960) es licenciado en Ciencias Económicas por la London School of Economics y en Sociología y Periodismo por UAM – El País. Ha vivido en Barcelona, Madrid y Nueva York y ha viajado y estudiado en profundidad toda América Latina. Ha escrito para El món, The Guardian, The New Statesman y Business Week y actualmente es corresponsal de La Vanguardia en América Latina. Es autor de Off the Road. Miedo, asco y esperanza en América y Un reportero en la montaña mágica.

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