José Lezama Lima

LECTURAS | Paradiso, la nueva edición revisada de José Lezama Lima

La primera edición de Paradiso salió en La Habana, en febrero de 1966. Lezama, al ver la cantidad de erratas de la edición cubana, encargó la revisión del texto a Julio Cortázar y a Carlos Monsiváis para la edición mexicana, que salió en 1968 y que él consideraba la mejor edición de Paradiso. Sin embargo, más tarde –cuenta Cintio Vitier–, en una carta a su traductor al francés, el propio Lezama confiesa no haber leído nunca la edición de Era, pues hubiera sido agotador para él, dice.

Ciudad de México, 3 de noviembre (MaremotoM).- José Lezama Lima es sin duda uno de los mayores poetas latinoamericanos. Nació y murió en La Habana (1910-1976). A José Lezama Lima podrían aplicársele las palabras por él consagradas a Luis de Góngora: “Pregonero y relator de la gloria alza en sus manos las formas del esplendor para que Dios y las criaturas las reencuentren y contemplen”.

En Paradiso, momento definitivo de la literatura de América Latina, la primera novela que él publica en 1966, el esplendor se desdobla y multiplica para dejarnos simultáneamente con el enceguecimiento y la lucidez que toda gran obra de arte obtiene y deposita entre nosotros.

Monumento verbal, reflexión sobre el mundo, indagación de finalidades y principios, Paradiso es, al mismo tiempo, el reencuentro con la deslumbrante riqueza del idioma, la contemplación de un acto poético de gravedad y gracia, el vislumbramiento de dimensiones y realidades negadas o desdeñadas por una literatura vanamente realista. Libro capital, esencial de nuestra lengua, obra de amor y de constancia, mito en sí mismo y tratado sobre el mito, música y ceremonia, Paradiso, indica Julio Cortázar, “vuelve visible por la imagen el universo esencial del que sólo vivimos usualmente instancias aisladas”.

Esta edición revisada sigue la que Cintio Vitier hizo para la colección Archivos, la primera hecha a partir del original de mano de Lezama, que elimina errores y erratas y restaura la novela a su estado primigenio.

La primera edición de Paradiso salió en La Habana, en febrero de 1966. Lezama, al ver la cantidad de erratas de la edición cubana, encargó la revisión del texto a Julio Cortázar y a Carlos Monsiváis para la edición mexicana, que salió en 1968 y que él consideraba la mejor edición de Paradiso. Sin embargo, más tarde –cuenta Cintio Vitier–, en una carta a su traductor al francés, el propio Lezama confiesa no haber leído nunca la edición de Era, pues hubiera sido agotador para él, dice.

Lezama escribía a mano. Los capítulos de Paradiso fueron escritos en libretas o en cuadernillos de hojas de distinto tamaño. Cuando se iba a publicar la novela, la incapacidad mecanográfica de Lezama lo llevó a aceptar los servicios de una secretaria, quien transcribió el original lezamiano que se fue a la imprenta. La secretaria introdujo muchísimas erratas y la imprenta roció el libro de incontables más. Sobre esa edición trabajaron Cortázar y Monsiváis (que nunca vieron el original de mano de Lezama) y buscaron dotar de coherencia un texto viciado de origen por centenas de erratas y errores.

La edición crítica de Paradiso para la colección Archivos de la UNESCO que Cintio Vitier tuvo a su cargo es la primera hecha a partir de las libretas manuscritas originales de Lezama con el propósito explícito de apegarse a ellas lo más escrupulosamente posible, incluso a las peculiaridades de su puntuación y su sintaxis que, según Lezama dijo alguna vez, respondían al ritmo de su respiración asmática. En ese acucioso trabajo se basa esta nueva edición revisada de Paradiso, la novela cubana más célebre del siglo XX.

José Lezama Lima
Una edición revisada ha publicado ERA. Foto: Cortesía

Fragmento de Paradiso, de José Lezama Lima, con autorización de Era

Capítulo I

La mano de Baldovina separó los tules de la entrada del mosquitero, hurgó apretando suavemente como si fuese una esponja y no un niño de cinco años; abrió la camiseta y contempló todo el pecho del niño lleno de ronchas, de surcos de violenta coloración y el pecho que se abultaba y se encogía como teniendo que hacer un potente esfuerzo para alcanzar un ritmo natural; abrió también la portañuela del ropón de dormir y vio los muslos, los pequeños testículos llenos de ronchas que se iban agrandando y al extender más aún las manos notó las piernas frías y temblorosas. En ese momento, las doce de la noche, se apagaron las luces de las casas del campamento militar y se encendieron las de las postas fijas y las linternas de las postas de recorrido se convirtieron en un monstruo errante que descendía a los charcos, ahuyentando a los escarabajos.

Baldovina se desesperaba, desgreñada, parecía una azafata que, con un garzón en los brazos iba retrocediendo pieza tras pieza en la quema de un castillo, cumpliendo las órdenes de sus señores en huida. Necesitaba ya que la socorrieran, pues cada vez que retiraba el mosquitero, veía el cuerpo que se extendía y le daba más relieve a las ronchas; aterrorizada, para cumplimentar el afán que ya tenía de huir, fingió que buscaba a la otra pareja de criados. El ordenanza y Truni recibieron su llegada con sorpresa alegre. Con los ojos abiertos a toda creencia, hablaba sin encontrar las palabras, del remedio que necesitaba la criatura abandonada. Decía el cuerpo y las ronchas, como si los viera crecer siempre o como si lentamente su espiral de plancha movida, de incorrecta gelatina, viera la aparición fantasmal y rosada, la emigración de esas nubes sobre el pequeño cuerpo. Mientras las ronchas recuperaban todo el cuerpo, el jadeo indicaba que el asma le dejaba tanto aire por dentro a la criatura, que parecía que iba a acertar con la salida de los poros. La puerta entreabierta adonde había llegado Baldovina enseñó a la pareja con las mantas de la cama sobre sus hombros, como si la aparición de la figura que llegaba tuviese una velocidad en sus demandas, que los llevaba a una postura semejante a un monte de arena que se hubiese doblegado sobre sus techos, dejándoles apenas vislumbrar el espectáculo por la misma posición de la huida. Muy lentamente le dijeron que lo frotase con alcohol, ya que seguramente la hormiga león había picado al niño cuando saltaba por el jardín. Y que el jadeo del asma no tenía importancia, que eso se iba y venía y que durante ese tiempo el cuerpo se prestaba a ese dolor y que después se retiraba sin perder la verdadera salud y el disfrute. Baldovina volvió, pensando que ojalá alguien se llevase el pequeño cuerpo, con el cual tenía que responsabilizarse misteriosamente, balbucear explicaciones y custodiarlo tan sutilmente, pues en cualquier momento las ronchas y el asma podían caer sobre él y llenarla a ella de terror. Después llegaba el Coronel y era ella la que tenía que sufrir una ringlera de preguntas, a la que respondía con nerviosa inadvertencia, quedándole un contrapunto con tantos altibajos, sobresaltos y mentiras, que mientras el Coronel baritonizaba sus carcajadas, Baldovina se hacía leve, desaparecía, desaparecía y cuando se la llamaba de nuevo hacía que la voz atravesase una selva oscura, tales imposibilidades, que había que nutrir ese eco de voz con tantas voces, que ya era toda la casa la que parecía haber sido llamada y que a Baldovina, que era sólo un fragmento de ella, le tocaba una partícula tan pequeña que había que reforzarla con nuevos perentorios, cargando más el potencial de la onda sonora.

El teatro nocturno de Baldovina era la casa del Jefe. Cuando el amo no estaba en ella, se agolpaba más su figura, se hacía más respetada y temida y todo se valoraba en relación con la gravedad del miedo hacia esa ausencia. La casa, a pesar de su suntuosidad, estaba hecha con la escasez lineal de una casa de pescadores. La sala, al centro, era de tal tamaño que los muebles parecían figuras bailables a los que les fuera imposible tropezar ni aun de noche. A cada uno de los lados tenía dos piezas: en una dormían José Cemí y su hermana, en la otra dormían el Jefe y su esposa, con una salud tan entrelazada que parecía imposible, en aquel momento de terror para Baldovina, que hubiesen engendrado a la criatura jadeante, lanzando sus círculos de ronchas. Después de aquellas dos piezas, los servicios, seguidos de otras dos piezas laterales. En la de la izquierda, vivía el estudiante primo del Jefe, provinciano que cursaba estudios de ingeniería. Después dos piezas para la cocina, y por allí el mulato Juan Izquierdo, el perfecto cocinero, soldado siempre vestido de blanco, con chaleco blanco, al principio de semana y ya el sábado sucio, pobre, pidiendo préstamos y envuelto en un silencio invencible de diorita egipcia. Comenzaba la semana con la arrogancia de un mulato oriental que perteneciese al colonato, iba declinando en los últimos días de la semana, en peticiones infinitamente serias de cantidades pequeñísimas, siempre acompañadas del terror de que el Jefe se enterase de que su primo era la víctima favorita de aquellos pagarés siempre renovados y nunca cumplidos. Después de la pieza del Coronel y su esposa, aparecía el servicio, guardando la elemental y grosera ley de simetría que lleva a las viviendas tropicales a paralelizar, en las casas de tal magnitud, que todo quiere existir y derramarse por partida doble, los servicios y las pequeñísimas piezas donde se guardan los plumeros y las trampas inservibles de ratones. Seguía el cuarto de más secreta personalidad de la mansión, pues cuando los días de general limpieza se abría, mostraba la sencillez de sus naturalezas muertas. Pero para los garzones, por la noche, en la sucesión de sus noches, parecía flotar como un aura y trasladarse a cualquier parte como el abismo pascaliano. Si se abría, en algunas mañanas furtivas, paseaban por allí el pequeño José Cemí y su hermana, dos años más vieja que él, viendo las mesas de trabajo campestre de su padre, cuando hacía labores de ingeniero, en los primeros años de su carrera militar; el juego de yaqui con pelota de tripa de pato no era el habitual con el que jugaban los dos hermanos o Violante, nombre de la hermana, jugaba con alguna criadita traída a la casa para apuntalar sus momentos de hastío o para aliviar a algún familiar pobre de la carga de un plato de comida o de la preocupación de otra muda de ropa.

Los libros del Coronel: la Enciclopedia Británica, las obras de Felipe Trigo, novelas de espionaje de la Primera Guerra Mundial, cuando las espías tenían que traspasar los límites de la prostitución y los espías más temerarios tenían que adquirir sabiduría y una perilla escarchada en investigaciones geológicas por la Siberia o por el Kamchatka; guardaban esos espacios más nunca recorridos, de esas gentes concretas, rotundas, que apenas compran un libro, lo leen de inmediato por la noche y que siempre muestran sus libros en la misma forma incómoda e irregular en que fueron alcanzando sus sinuosidades y que no es ese libro de las personas más cultas, también dispuesto en la estantería, pero donde un libro tiene que esperar dos o tres años para ser leído y que es un golpe de efecto casi inconsciente, es cierto, semejante a los pantalones de los elegantes ingleses, usados por los lacayos durante los primeros días hasta que cobren una aguda sencillez. Los pupitres de trabajo del Coronel, que también era ingeniero, lo cual engendraba en la tropa –cuando absorta lo veía llenar las pizarras de las prácticas de artillería de costa– la misma devoción que pudiera haber mostrado ante un sacerdote copto o un rey cazador asirio. Sobre el pupitre, cogidos con alcayatas ya oxidadas, papeles donde se diseñaban desembarcos en países no situados en el tiempo ni en el espacio, como un desfile de banda militar china situado entre la eternidad y la nada. También, formando torres, las cajas con los sombreros de estación de Rialta, que así se llamaba la esposa del Coronel, de la que entresacaba los que más eran de su capricho, de acuerdo con la consonancia que hicieran con su media ave de paraíso, pues ésta era portátil, de tal manera que podía ser trasladada de un sombrero a otro, pareciéndonos así que aquella ave disecada volvía a agitarse en el aire, con nuevas sobrias palpitaciones, destacándose, ya sobre un manojo de fresas, frente al que se quedaba inmovilizada sin atreverse a picotearlo o sobre un fondo amarillo canario, donde el pico del ave volvía a proclamar sus condiciones de furor, afanosa de traspasar como una daga. Regresaba Baldovina con el alcohol y la estopa, empuñados a falta de algodón. Estaba de nuevo frente a la criatura que seguía jadeando y fortaleciendo en color y relieve sus ronchas. Después de las doce, ya lo hemos dicho, todas las casas del campamento se oscurecían y sólo quedaban encendidas las postas y los faroles de recorrido. Al ver Baldovina cómo toda la casa se oscurecía, tuvo deseos de acudir a la posta que cubría el frente de la casa, pero no quiso afrontar a esa hora su soledad con la del soldado vigilante. Logró encender la vela del candelabro y contempló cómo su sombra desgreñada bailaba por todas las paredes, pero el niño seguía solo, oscurecido y falto de respiración. La estopa mojada en alcohol comenzó a gotear sobre el pequeño cuerpo, sobre las sábanas y ya encharcaba el suelo. Entonces Baldovina reemplazó la estopa por un periódico abandonado sobre la mesa de noche. Y comenzó a friccionar el cuerpo, primero, en forma circular, pero después con furia, a tachonazos, como si cada vez que surgiese una roncha le aplicase un planazo mágico mojado en alcohol. Después retrocedía y volvía situando el candelabro a poca distancia de la piel, viendo la comprobación de sus ataques y contraataques y sus resultados casi nulos. Cansado ya su brazo derecho de aquella incesante fricción, parecía que iba a quedar dormida, cuando de un salto recobraba su elasticidad muscular, volvía con el candelabro, lo acercaba a las ronchas y comprobaba el mismo jadeo. El niño se dobló sobre la cama, una gruesa gota de esperma se solidificaba sobre su pecho, como si colocase un hielo hirviendo sobre aquella ruindad de ronchas, ya amoratadas.

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–El muy condenado –comentó desesperada Baldovina– no quiere llorar. Me gustaría oírle llorar para saber que vive, pues se le ve que jadea, pero no quiere o no sabe llorar. Si me cae a mí esa gota de esperma grandulona, doy un grito que lo oyen el Coronel y la señora hasta en la misma ópera.

Cayeron más gotas de esperma sobre el pequeño cuerpo. Encristaladas, como debajo de un alabastro, las espirales de ronchas parecían detenerse, se agrandaban y ya se quedaban allí como detrás de una urna que mostrase la irritación de los tejidos. Al menor movimiento del garzón, aquella caparazón de esperma se desmoronaba y aparecían entonces nuevas, matinales, agrandadas en su rojo de infierno, las ronchas, que Baldovina veía y sentía como animales que eran capaces de saltar de la cama y moverse sobre sus propias espaldas.

Volvió Baldovina a atravesar las piezas de la casa que le separaban de los otros dos sirvientes, que eran un matrimonio. El gallego Zoar y Truni, la hermana de Morla, el ordenanza del Coronel, se vistieron y acompañaron a Baldovina a ver a la criatura. Entre ellos no se hacía ningún comentario, como no enfrentándose con aquella situación muy superior para ellos y pensando tan sólo en el regreso del Coronel y la actitud que asumiría con ellos, pues como no precisaban la extraña relación que pudiera existir entre la proliferación de las ronchas y la contemplación de ellos por las mismas, temblaban pensando que tal vez esa relación fuese muy cercana con ellos y que pudieran aparecer como responsables. Y que apenas llegado el Coronel, fuera de inmediato precisada esa relación y entonces tendrían que emigrar, sufrir grandes castigos y oír sus tonantes órdenes para ponerlos a todos fuera de la casa y tener que llenar con lágrimas sus baúles.

El gallego Zoar lucía sus pantalones de marino, los que usaba para estar dentro del cuarto con su mujer. Su esposa, Truni, se había echado sobre su cabeza una sábana de invierno, zurcida con sacos de azúcar, un imponente cuadrado de paño escocés, salpicada además por pedazos de camisa oliva, usada por el ejército en el invierno. Baldovina, descarnada, seca, llorosa, parecía una disciplinante del siglo XVI. El torso anchuroso de Zoar lucía como un escaparate de tres lunas y parecía el de otro animal de tamaño mayor, situado como una caja entre las piernas y los brazos. Truni, Trinidad, precisaba con su patronímico el ritual y los oficios. Sí, Zoar parecía como el Padre, Baldovina como la hija y la Truni como el Espíritu Santo. Baldovina, como una acólita endemoniada, ofrecía para el trance su reducida cara de tití peruano, sudaba y repicaba, escaleras arriba y abajo, parecía que entraban en sus oídos incesantes órdenes que le comunicaban el movimiento perpetuo.

Los tres disparaban sus lentas y aglobadas miradas sobre el garzón, aunque no se miraban entre sí para no mostrar descarnadamente sus inutilidades. Sin embargo, los tres iban a ofrecer soluciones ancestrales, lanzándose hasta lo último para evitar el jadeo y las ronchas.

–Yo oí decir –dijo el gallego Zoar– que hay que cruzar los brazos sobre el pecho y la espalda del enferrno, no sé si eso servirá para los niños. Truni conoce lo demás.

Como un San Cristóbal cogió al muchacho, lo puso en el borde de la cama y él se metió también en la cama que crujió espantosamente como si el bastidor hubiese tocado el suelo. Se extendió en la cama que chilló por todos los lados, como si los alambres de su trenzado se agitasen en pez hirviendo. Cogió al niño y colocó su pequeño y tembloroso pecho contra el suyo y cruzó sus manos grandotas sobre sus espaldas, después puso las espaldas pequeñas en aquel pecho que el muchacho veía sin orillas y cruzó de nuevo las manos.

Truni se había echado la manta sobre la cabeza y al comenzar a ayudar el conjuro parecía un pope contemporáneo de Iván el Terrible. Cada vez que Zoar cruzaba los dos brazos, ella se acercaba y con mayestática unción besaba el centro de la cruceta. La ceremonia se fue repitiendo hasta que los poderosos brazos de Zoar dieron muestras de emplomarse y la frecuencia del beso de Truni llegó hasta el asco. Saltó de la cama y ahora el hechicero parecía uno de esos gigantes del oeste de Europa, que con mallas de decapitador, alzan en los circos rieles de ferrocarril y colocan sobre uno de sus brazos extendidos un matrimonio obrero con su hija tomándose un mantecado. Ninguno de los dos miró de nuevo a Baldovina o al muchacho y cogiendo Zoar por la mano a Truni la llevó al extremo de la casa donde estaba su pieza.

Volvía Baldovina a enfrentarse sola con el pequeño Cemí. Lo miró tan fijamente que se encontraron sus ojos y ésa fue su primera seguridad. Comenzó a sonreír. Afuera, en contraste, empezaba de nuevo en sus ráfagas el aguacero de octubre.

–Te hicieron daño –dijo Baldovina–, son muy malos y te habrán asustado con esas sábanas y cruces. Yo siempre se lo digo a la señora, que Zoar es muy raro y que Truni por él es capaz de emborrachar al cabo de guardia.

El muchacho tembló, parecía que no podía hablar, pero dijo:

–Ahora se me quedarán esas cruces pintadas por el cuerpo y nadie me querrá besar para no encontrarse con los besos de Truni.

–Seguramente –le contestó– Truni lo ha hecho adrede. Eso debe ser para ella un gran placer, pero esa bobería que tiene tu edad rompe todos los conjuros. Es capaz de volverse a aparecer y empezar los besuqueos. Además, lo haría en tal forma… bueno, cuando yo digo que Truni es capaz de quemar a un dormido. Además –siguió diciendo–, me parece que el jadeo de tu pecho, los colores que levanta te impiden verte. Pero lo tuyo es un mal de lamparones que se extiende como tachaduras, como los tachones rojos del flamboyant. Como un pequeño círculo de algas, que primero flotasen por tu piel y que después penetrasen por tu cuerpo, de tal manera que cuando uno te abre la ropa, piensa encontrarse con agua muy espesa de jabón con yerbas de nido.

Comenzó el pequeño Cemí a orinar un agua anaranjada, sanguinolenta casi, donde parecía que flotasen escamas. Baldovina tenía la impresión del cuerpo blanducho, quemado en espirales al rojo. Al ver el agua de orine, sintió nuevos terrores, pues pensó que el niño se iba a disolver en el agua o que esa agua se lo llevaría afuera para encontrarse con el gran aguacero de octubre.

–Todavía estás ahí –decía, y lo apretaba, no queriéndolo retener, pues estaba demasiado aterrorizada, sino, por intervalos, para comprobarlo. Después le daba un tirón y se quedaba muda, asombrada de que aún flotase en aquella agua que lo iba a transportar fuera de la casa, sin que se dieran cuenta los centinelas, sin que éstos pudieran hacer bayoneta con los que se lo llevaban.

Después de tan copiosa orinada –los ángeles habían apretado la esponja de su riñón hasta dejarlo exhausto– parecía que se iba a quedar dormido. Baldovina creía también que la suave llegada del sueño en esos momentos tan difíciles era un disfraz adoptado por nuevos enemigos. Se acordó de que en su aldea había sido tamboritera. Con dos amigas percutía en unos grandes tambores, mientras las mozas se escondían detrás de los árboles y del ruido de los tambores. En la madera del extremo de la cama comenzó a golpear con sus dos índices y notó que de la tabla se exhalaban fuertes sonoridades en un compás simplote de dos por tres. Se alegró como en sus días de romería. El niño comenzó a dormir y ella, recostando la cabeza en el traje que se había quitado y que utilizaba ahora como almohada y como capucha para taparse la cara, se encordó en un sueño gordo como un mazapán.

Se oyeron las voces de los centinelas. El del frente de la casa, con voz tan decisiva que atravesó toda la casa como un cuchillo. El de atrás, como un eco, apagándose, como si hubiese estado durmiendo y así lanzase la obligación de su aviso. Los faroles, al irse acercando, parecía que alejaban la lluvia, tan fuerte en esos momentos que parecía que la máquina no podía avanzar. Mientras el centinela se acercaba obsequioso con un paraguas de lona de gran tamaño, la dama se resignaba a que el chapuzón calara su traje color mamey, infortunadamente estrenado y el Coronel apenas quería contemplar los hilillos de agua que se deslizaban o se arremolinaban rapidísimamente por sus entorchados, sus medallas y sus botones de metal. A pasos muy rápidos y nerviosos subieron la escalerilla central, mientras el soldado en un no ensayado ballet que podríamos titular Las estaciones, seguía con igualdad de pasos la marcha de la pareja, teniendo al mismo tiempo que portar el descomunal paraguas. Despertada Baldovina por los gritos de los centinelas, se acercó a la puerta para ver entrar a sus amos, expresión frecuente todavía en la servidumbre que tenía el orgullo de su dependencia. Miró al Coronel y a la señora Rialta y les dijo: –Ha pasado muy mala noche, se ha llenado de ronchas y el asma no lo deja dormir. Me he cansado de hacerle cosas y ahora duerme. Pero es fuerte, pues yo creo que si alguno de nosotros no pudiese respirar, comenzaría a tirar zapatos y piedras y todo lo que estuviese cerca de su mano–. El Coronel, que generalmente la dejaba hablar, divirtiéndose, la chistó y Baldovina tuvo que secuestrar un relato que se abría interminable. Los tres se acercaron a la cama, pero todas las huellas de aquellos instantes de pesadillas habían desaparecido. La respiración descansaba en un ritmo pautado y con buena onda de dilatación. Las ronchas habían abandonado aquel cuerpo como Erinnias, como hermanas negras mal peinadas que han ido a ocultarse en sus lejanas grutas. Le inquirieron a Baldovina cómo había podido conseguir esos efectos tan clásicos y definitivos, y al explicarles los frotamientos de alcohol, vigilados por un candelabro, y su creencia de que la esperma había podido tapar y cerrar aquellas ronchas, lejos de encontrar el entsiasmo que ella creía merecer por su manera de atender al enfermo, se encontró con un silencio ceñido y sin intersticios.

Cuando se retiraron, el Coronel y su esposa comentaron que el muchacho estaba vivo por puro y sencillo milagro. El Coronel apretó más aún sus finos labios que revelaban su ascendencia inglesa por línea materna. La señora aseguró que mañana iría al altar de Santa Flora a encender velas y a dejar diezmos y que hablaría con la monjita de lo que había sucedido.

Las dianas entrelazaban sus reflejos y sus candelas en el campamento; la imagen de la mañana que nos dejaban era la de todos los animales que salían del Arca para penetrar en la tierra iluminada. José Cemí, forrado en un mameluco, salía del cuarto hacia la sala. Su hermana, que estaba escondida detrás de una cortina, la apartó de repente y le dijo con malicia, alzando su pequeño índice: Pepito, Pepito, si sigues jugando, te voy a meter un pellizquito que te va a doler.

El sonido metálico de las dianas parecía que lo impulsaba hasta el centro de la sala. En esos momentos, el polvillo de la luz, filtrado por una persiana azul sepia, comenzó a deslizarse en su cabellera.

 

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