Mieko Kawakami

LECTURAS | Pechos y huevos, de Mieko Kawakami

El fenómeno literario internacional que ha enamorado a Elena Ferrante y Haruki Murakami, una historia de feminidad y clase en el siglo XXI.

Ciudad de México, 23 de febrero (MaremotoM).- En 2008, las hermanas Natsuko y Makiko se reencuentran en Tokio luego de un tiempo sin verse; también está presente Midoriko, la hija adolescente de Makiko, una chica particular que por ahora solo se comunica por escrito. Aspirante a escritora, Natsu vive sola y se encarga de narrar la visita aparentemente sencilla, pero llena de recuerdos sobre su juventud difícil y observaciones agudas sobre lo que significa ser mujer y pobre. La reunión terminará en un estallido de emociones contenidas entre quienes poco se conocen a pesar de ser todo lo que tienen.

Ocho años más tarde, Natsu ha logrado dedicarse a escribir. Su sobrina, poseedora de una personalidad poco común, está en la universidad, y su hermana ha seguido con su misma vida; se mantienen a la distancia como un mundo al que Natsu sigue ajena, el de la maternidad. Ocupada en una nueva novela que no cuaja, empieza a obsesionarse con el tema de la inseminación artificial para tener un hijo, y con sus amigas, dedicadas también a los libros, discute sobre todas las facetas de ser mujer, como tener pareja, envejecer solas e incluso sobre las implicaciones sociales de concebir recurriendo a tratamientos. Al paso de tres años, Natsuko irá dando forma a una decisión definitiva para su vida entera.

Pechos y huevos (Seix Barral), de Mieko Kawakami, es una novela entrañable, escrita en clave minuciosa, que da cuenta de las particularidades de la condición femenina en el Japón contemporáneo, una sociedad hipermoderna y a la vez anclada en definiciones ancestrales acerca del origen familiar y la identidad propia.

Obra de largo aliento, junto a su protagonista se plantea explorar de qué manera se concilian anhelos biológicos profundos con una orientación como la asexualidad, cuya existencia empieza a reconocerse, o las implicaciones de nacer mediante una intervención tecnológica buscada por una sola persona. Con Pechos y huevos, Mieko Kawakami, la nueva gran novelista japonesa, reflexiona sobre el significado de la maternidad elegida en nuestro tiempo, y cómo se llega al momento imborrable de conocer al ser que se ha gestado.

Meiko Kawakami (1976) es autora del best-seller internacional Pechos y huevos, elegido como uno de los libros del año en The New York Times y uno de los 10 mejores libros de 2020 en Time. Nacida en Osaka, Kawakami hizo su debut literario como poeta en 2006 y publicó su primera novela, My Ego, My Teeth, and the World, en 2007. Su literatura ha sido alabada por el tono poético con el que aborda temas como el cuerpo femenino, las cuestiones éticas y los dilemas de la sociedad moderna. Sus obras han sido traducidas a diferentes idiomas y ha recibido numerosos premios literarios en Japón, como el Premio Akutagawa, el Premio Tanizaki y el Premio Murasaki Shikibu. Vive en Tokio, Japón.

Mieko Kawakami
Pechos y huevos, editada por Seix Barral. Foto: Cortesía

Adelanto de Pechos y huevos, de Meiko Kawakami, con autorización de Seix Barral / Planeta

¿ERES POBRE? 

Cuando quieras saber lo pobre que era alguien, lo más rápido es preguntarle cuántas ventanas tenía la casa donde creció. De lo que comía o de cómo vestía, de eso no puedes fiarte. Cuando quieras averiguar el grado de pobreza, solo puedes confiar en las ventanas. Sí, pobreza equivale a número de ventanas. Que no haya ventanas o cuantas menos haya: esto te dirá hasta qué punto esa persona era pobre.

Una vez le dije esto a alguien y me objetó que no era así. Su punto de vista era el siguiente: «Pero es que aunque solo haya una ventana, suponte que es una de esas superenormes que dan al jardín, ¿vale?, y una casa con una sola ventana enorme, fabulosa, no se puede decir que sea pobre, ¿no?».

Bajo mi punto de vista, esa es la idea de alguien que nunca ha tenido nada que ver con la pobreza. Una ventana que da al jardín. Una ventana grande. ¿Una qué, que da al jardín? ¿Y qué significa eso de ventana fabulosa?

Para los habitantes del mundo de la pobreza la concepción de ventana grande o de ventana fabulosa, en sí misma, no existe. Para ellos, una ventana es lo que hay detrás de cómodas o estanterías modulares apretujadas las unas contra las otras: aquella lámina de vidrio ennegrecida que jamás han visto abrir. Aquel sucio marco cuadrado, al lado del extractor de la cocina, atrancado y pegajoso por la grasa, que nunca han visto girar.

De modo que, si quieres hablar de pobreza, los únicos que pueden hacerlo de veras son, como es de suponer, los pobres. Los pobres en tiempo presente o aquellos que lo han sido en el pasado. Y yo soy ambas cosas. Nací pobre, sigo siendo pobre.

Que recordara o estuviese pensando vagamente en todo eso quizá se debiera a la niña que estaba sentada frente a mí. La línea Yamanote, en plenas vacaciones de verano, no estaba tan llena como era de esperar y todo el mundo ocupaba tranquilamente su asiento, manoseando el móvil o leyendo un libro. A ambos lados de la niña, que tanto podría tener ocho años como diez, había sentados un hombre joven con una bolsa de deporte a los pies y un par de chicas con una diadema en la cabeza adornada con un gran lazo negro: ella, al parecer, iba sola.

De piel oscura, flaca. Las manchas redondas y descoloridas de la pitiriasis eran más visibles aún en la piel tostada por el sol. Las dos piernecillas que emergían de los pantaloncitos cortos de color gris eran casi tan delgadas como los bracitos que salían disparados de la camiseta de tirantes azul celeste. Las comisuras de los labios apretados, los hombros encogidos: al mirar su expresión, que dejaba traslucir un no sé qué de tirantez, me acordé de mí misma cuando era niña y me vino a la cabeza la palabra pobre.

Clavé la mirada en la camiseta de tirantes azul celeste con el cuello desbocado, en las zapatillas deportivas que, en origen, debían de haber sido blancas, aunque ahora estaban tan llenas de manchas que era imposible distinguir su color. Sentí una cierta ansiedad pensando que, si de repente abriera la boca y mostrase los dientes, todos estarían llenos de caries. Por cierto, no llevaba nada consigo. Ni mochila, ni bolsa, ni bolsito. ¿Llevaría el billete y el dinero en el bolsillo? No sé cómo salen a la calle las chicas de su edad cuando van a algún sitio en tren, pero a mí me inquietaba un poco que no llevara nada.

Mientras la estaba mirando, me dio la sensación de que debía levantarme, plantarme ante su asiento y decirle algo, no importaba qué. Me dio la sensación de que debía intercambiar con ella algunas palabras, como cuando dejas una pequeña señal en una esquina de la agenda que nadie más que tú puede entender. ¿De qué podría hablarle? Sobre su cabello hirsuto, a todas luces duro, de eso sí tendría algo que decirle. Aunque sople el viento, tú no te despeinas, ¿verdad? Ah, y por esas manchas de la cara no te preocupes: se te irán cuando te hagas mayor. O, si no, ¿por qué no sacar el tema de las ventanas? En mi casa no había ninguna ventana que diera al exterior, ¿hay alguna en la tuya?

Miré el reloj de pulsera: las doce en punto del mediodía. El tren proseguía su marcha atravesando el pico de calor de un verano inmóvil, la voz sorda del altavoz anunciaba la próxima parada, Kanda. Llegamos a la estación, las puertas se abrieron con un suspiro exangüe y entró un anciano a trompicones, borracho como una cuba a pesar de no ser más que las doce del mediodía. Algunos pasajeros lo esquivaron de un salto y el hombre dejó oír un gruñido sordo. El pelo gris, como un estropajo deshilachado de acero, le colgaba hasta la altura del pecho de su viejo mono. Con una mano estrujaba una bolsa de plástico arrugada del súper, con la otra, se agarraba, tambaleante, al asidor que colgaba del techo. Se cerraron las puertas, el tren se puso en marcha y, cuando yo volví a mirar al frente, la niña de antes había desaparecido.

Ya en la estación de Tokio, al salir por el paso de acceso a los andenes, me detuve de golpe ante una aglomeración increíble de gente que vete a saber de dónde venía y adónde iría después. Más que un gentío normal y corriente parecía un juego extraño. Tuve la impresión de que me decían: «¡Eres la única que no sabe las reglas!», y me sentí desamparada. Estrujé el asa de mi bolso de lona, solté una gran bocanada de aire. Hace diez años que pisé por primera vez la estación de Tokio. Fue el verano en que acababa de cumplir los veinte años, un día en que, por más que lo enjugaras y enjugaras, el sudor manaba a chorros como hoy. Llegué a Tokio con una mochila absurdamente grande y recia que, en mis años de instituto, había comprado, tras pensarlo mucho, en una tienda de ropa vieja (todavía ahora la uso para todo) llena de una decena de libros de mis escritores más queridos, de los que no me separaba ni un instante, como si fueran amuletos; en situaciones normales, cualquiera la habría enviado junto con los bultos de la mudanza. Hace diez años. Hasta hoy: 2008. Si me preguntaran si yo, ahora, a los treinta años, estoy en el futuro que vagamente imaginaba a los veinte, la respuesta con toda probabilidad sería que no, en absoluto. Todavía nadie lee lo que escribo (tengo, en un rincón perdido de la red, unos textos colgados en un blog y, en un día de suerte, hay algunas entradas), pero nada ha acabado impreso. Amigos, apenas tengo. La inclinación del tejado del apartamento, el desconchado de las paredes, el sol de poniente que da de lleno, el día a día que va encadenando trabajillos eventuales de la mañana a la noche por poco más de cien mil yenes al mes, el hecho de escribir y escribir sin saber adónde diablos me conduce: todo sigue igual. Una vida parecida a los estantes de una vieja librería donde siguen incrustados los libros llegados durante la generación anterior: lo único que ha cambiado es la fatiga acumulada a lo largo de diez años.

Miré el reloj; eran las doce y cuarto. Al final, había llegado a la cita con quince minutos de antelación: me apoyé en una gruesa y fresca columna de piedra, me quedé observando las idas y venidas de la gente. El murmullo sordo de voces diversas y ruidos innumerables; una familia numerosa con un montón de paquetes en los brazos pasó corriendo, de derecha a izquierda, con gran alboroto. Otra familia: la madre sujetaba con fuerza la mano de un niño pequeño con una cantimplora demasiado grande que oscilaba colgando sobre su trasero. Un bebé berreaba en algún sitio, una pareja joven, maquillados ambos, hombre y mujer, pasaron por delante de mí, a paso rápido, con una sonrisa de oreja a oreja.

Saqué el teléfono de la bolsa y comprobé que no hubiera ninguna llamada o mensaje de Makiko. Eso quería decir que habían salido de Osaka sin novedad, que habían cogido el Shinkansen a la hora prevista y que llegarían a la estación de Tokio dentro de cinco minutos. Habíamos quedado en la salida norte de la línea Marunouchi. Le había enviado un plano, le había dado instrucciones de antemano, pero me sentí insegura de pronto y comprobé la fecha. Día 20 de agosto. Correcto. La cita era hoy, día 20 de agosto, en la salida norte de la línea Marunouchi, a las doce y media.

Hoy he aprendido algo nuevo y es que las mujeres tenemos huevos. Se llaman óvulos. Este ha sido mi principal descubrimiento de hoy. He intentado ir algunas veces a la biblioteca de la escuela, pero los trámites para los préstamos son un lío, además, tiene pocos libros, es pequeña, oscura, a veces miran qué es lo que estoy leyendo y yo voy y lo escondo corriendo. Ahora voy a una biblioteca de verdad. Allí puedo mirar el ordenador y, además, la escuela es un fastidio. Allí todo son tonterías. Solo tonterías. Ya sé que es una tontería estar escribiendo que todo son tonterías. Lo de la escuela, vale: basta con ir dejándolo pasar, pero lo de casa no va pasando, y yo no puedo pensar dos cosas a la vez. Escribir, mientras tenga bolígrafo y papel, puedo hacerlo en cualquier sitio y, además, puedo escribir lo que quiera. Es un buen sistema. Para decir que algo es desagradable, están las palabras repugnante y asqueroso. A mí me parece que asqueroso da una sensación más auténtica, así que voy a practicar esa palabra: asqueroso, asqueroso.

Makiko —que es quien viene hoy de Osaka— es mi hermana mayor, tiene treinta y nueve años, nueve más que yo. Tiene una hija llamada Midoriko, a punto de cumplir los doce. Makiko tuvo a Midoriko a los veintisiete años y la está criando sola.

Con Makiko y Midoriko recién nacida, estuve viviendo durante unos años —a partir de los dieciocho— en un aparta- mento de Osaka. Fue porque Makiko se había separado de su marido antes de nacer Midoriko y, como yo iba a menudo por su casa, en un momento dado nos pareció más práctico vivir las tres juntas, básicamente por razones económicas y para que yo pudiera echarle una mano. Entonces Midoriko no veía nunca a su padre, tampoco he oído decir que lo haya visto después. Midoriko ha crecido sin saber nada de él.

No sé muy bien por qué se separó Makiko. Recuerdo haber hablado mucho con ella entonces sobre el divorcio y sobre el que había sido su marido e incluso recuerdo haber pensado: «¡Uf! ¡Eso no puede ser!», pero no logro recordar a qué me refería concretamente con aquel «no puede ser». El exmarido de Makiko había nacido y crecido en Tokio y, cuando se mudó a Osaka por cuestiones de trabajo, conoció a Makiko y casi enseguida ella se quedó embarazada de Midoriko. Creo que fue así, más o menos. Por cierto, recuerdo vagamente que él se dirigía a Makiko con un «tú» en un japonés estándar que yo, en aquella época, no había oído usar nunca en Osaka.

Antes aún, al principio de todo, nosotras dos vivíamos con nuestro padre y nuestra madre en el segundo piso de un pequeño edificio. Un apartamento pequeño compuesto de dos piezas juntas de seis y cuatro. En la planta baja había una izakaya. Un barrio portuario a pocos minutos a pie del mar. Yo me quedaba horas y horas contemplando cómo una mole de olas negras como el plomo embestía con un rugido salvaje el muelle gris y se deshacía. Un barrio en el que, fueras a donde fueses, la humedad del agua salada y el oleaje impetuoso estaban siempre presentes, en el que al caer la noche siempre había borrachos armando bulla. A los lados de la calle, o detrás de los edificios, descubría a menudo alguna figura acurrucada. Los gritos de cólera, las peleas a puñetazos, eso era el pan de cada día, y había visto con mis propios ojos cómo alguien arrojaba una bicicleta con violencia. Aquí y allá, perros callejeros parían montones de cachorros y, cuando crecían, esos cachorros parían por todas partes perros callejeros. Pero solo viví allí unos años: en la época de mi ingreso en primaria, mi padre desapareció, nosotras tres nos refugiamos en el bloque de protección oficial donde vivía mi abuela y nos quedamos con ella.

De mi padre, con quien solo viví, como mucho, siete años, recuerdo que, a pesar de ser niña, me parecía bajito. Era un hombre de constitución tan pequeña como un estudiante de primaria.

No trabajaba, se pasaba el día entero acostado, y la abuela Komi —mi abuela materna detestaba a mi padre por las penurias que hacía pasar a su hija— lo llamaba, a sus espaldas, «el topo». Con una camiseta imperio de un blanco amarillento y unos calzoncillos largos, permanecía tumbado en un futón extendido en la pieza del fondo, de la mañana a la noche, viendo la televisión. En la cabecera, tenía una lata vacía que hacía las veces de cenicero junto a un montón de revistas; el cuarto siempre estaba lleno de humo. Le fastidiaba tanto cambiar de posición y era tan perezoso que, para mirar hacia atrás, utilizaba un espejo de mano. Cuando estaba de buen humor, podía llegar a bromear, pero básicamente era un hombre de pocas palabras y no tengo memoria de haber jugado con él o de que me llevara a ninguna parte. Cuando estaba durmiendo o viendo la televisión, por cualquier tontería se ponía de malhumor y empezaba a gritar sin más; a veces, cuando bebía, en un arrebato de cólera pegaba a mi madre. Y, una vez puesto, encontraba pretextos para darnos una paliza también a Makiko y a mí, por lo cual, desde lo más hondo de nuestro corazón, todas temíamos a ese padre pequeño.

Un día, al volver de la escuela, mi padre ya no estaba. Había, apilada en un montón, ropa para lavar, la habitación era tan pequeña y oscura como de costumbre, pero, sin embargo, todo lo que contenía parecía distinto. Por un instante, me quedé sin aliento; luego me planté en el centro de la pieza. Intenté alzar la voz. Al principio, fue un sonido débil, como si probara las condiciones de la garganta; a continuación, solté palabras sin sentido, muy fuerte, desde el fondo de la barriga. No había nadie. Nadie me reñía. Luego empecé a moverme como una loca. Cuanto más movía las piernas y los brazos a mi antojo, sin pensar en nada, más ligero era mi cuerpo y tuve la sensación de que una fuerza brotaba dentro de mí y me llenaba. El polvo acumulado sobre el televisor, las tazas y los platos sucios olvidados dentro del fregadero. La puerta de la alacena con pegatinas enganchadas, las vetas de madera de la columna con marcas de altura. Todas esas cosas que siempre había tenido ante los ojos relucían como si hubieran sido rociadas con polvos mágicos.

Pero acto seguido me entristecí. Porque estaba convencida de que aquello sería fugaz y de que enseguida volvería a empezar el mismo día a día. Contra su costumbre, mi padre habría salido a hacer algo, pero volvería. Dejé la cartera, me senté como siempre en un rincón del cuarto y lancé un suspiro.

Pero mi padre no volvió. Mi padre no volvió ni al día siguiente, ni tampoco al otro. Poco después, empezaron a aparecer hombres por casa y, cada una de las veces, mi madre los echaba. Si fingíamos estar fuera, a la mañana siguiente había un montón de colillas esparcidas delante de la puerta de entrada. Esto se repitió unas cuantas veces hasta que un día, un mes después de que mi padre hubiera salido para no volver, mi madre sacó a rastras el futón entero de mi padre, que aún permanecía extendido en el cuarto, y lo embutió dentro de una bañera que no usábamos desde que se había estropeado el dispositivo del encendido. En aquel espacio reducido y mohoso, el futón de mi padre, impregnado de peste a sudor, grasa y tabaco, tenía un sorprendente color amarillo. Tras clavar una mirada en el futón, mi madre le asestó una increíble patada voladora. Y cuando había transcurrido otro mes, una medianoche, mi madre nos zarandeó a Makiko y a mí, con una expresión de urgencia que se adivinaba a pesar de la oscuridad, para que nos despertáramos: «¡Arriba! ¡Arriba!», nos metió en un taxi y huimos de casa.

¿Por qué teníamos que huir? ¿Adónde diablos nos dirigíamos en mitad de la noche? No entendía ni el sentido ni la razón. Mucho tiempo después, intenté tirar de la lengua a mi madre, pero hablar de mi padre había pasado a ser una especie de tabú y, al final, me quedé sin poder oír una respuesta clara de sus labios. Aquel día, tuve la sensación de pasarme la noche entera corriendo por la oscuridad, sin entender nada, hasta vete a saber dónde, pero el punto de llegada estaba en el otro extremo de la ciudad, a una distancia de algo menos de una hora en tren. Era la casa de mi adorada abuela Komi.

Dentro del taxi, me mareé, me encontré mal y vomité dentro del neceser de maquillaje vacío de mi madre. No me salió gran cosa del estómago, me limpié con la mano la saliva de gusto ácido que me colgaba de la boca y, mientras mamá me pasaba suavemente una mano por la espalda, estuve pensando todo el rato en mi cartera. El libro de texto preparado para las clases de los martes. El cuaderno. Las pegatinas. Entre las páginas de la libreta, metida al fondo de todo, estaba el dibujo del castillo que había acabado finalmente la noche antes, tras haber estado varios días dibujando. La armónica que había puesto al lado. La bolsa para el almuerzo del cole colgada del costado. El plumier todavía nuevo con mis lápices preferidos, mi boli de tinta invisible, mis gominolas, mi goma de borrar. Mi gorra de lamé. A mí me gustaba mi cartera. Cuando dormía por las noches, la tenía junto a la almohada; cuando andaba, asía con fuerza las correas: la cuidaba mucho siempre, en todo momento. A mis ojos, mi cartera era como una habitación para mí sola que podía llevar encima.

Pero la había dejado atrás. Mi preciosa sudadera blanca, mi muñeca, mis libros, mi cuenco: lo había dejado todo en casa y ahora corría a través de la oscuridad. «Quizá ya no vuelva más a aquella casa —pensé—. Ya no volveré a cargarme la cartera a la espalda, ni tampoco dejaré mi plumier en una esquina de la mesa del kotatsu, ni abriré la libreta ni escribiré letras, ni sacaré punta al lápiz, ni tampoco volveré a leer recostada en aquellas paredes rugosas nunca nunca más.» Al pensarlo, tuve una sensación extraña. Notaba una parte de la cabeza embotada, como entumecida, las manos y los pies no me respondían bien. Pensé vagamente: «¿Esta yo es la yo de verdad?». Porque la yo de hacía un rato, al llegar la mañana, debería despertarse e ir a la escuela como siempre, y pasar un día como los de siempre. Cuando la yo de hacía un rato había cerrado los ojos para dormir no podía imaginar que, unas horas después, montaría en un taxi con mamá y Makiko y que, dejándolo todo atrás, correría así por la noche y ya no volvería más.

Mientras miraba cómo la oscuridad de la noche iba deslizándose por el otro lado de la ventanilla, tuve la sensación de que la yo que hasta hacía un rato no sabía nada estaba todavía durmiendo en el futón. ¿Qué haría aquella yo cuando, al despertarse por la mañana, se diera cuenta de que yo había desaparecido? Al pensarlo, me sentí desvalida de pronto y apreté mi hombro con fuerza contra el brazo de Makiko. Poco a poco, me entró sueño. A través de las rendijas de los párpados que se me iban cerrando, veía unos números verdes que brillaban. A medida que íbamos alejándonos de casa, aquella cifra iba creciendo en silencio.

Nuestra vida con la abuela Komi, que había empezado refugiándonos en su casa tras aquella especie de fuga nocturna, no duró, sin embargo, mucho tiempo. La abuela Komi murió cuando yo tenía quince años; mi madre había muerto dos años antes, cuando yo había cumplido los trece.

Makiko y yo nos quedamos solas de repente, con el colchón de los ochenta mil yenes de la abuela Komi que encontramos detrás del altar budista, y empezamos una vida de duro trabajo. De la época que va desde principios de secundaria —que fue cuando a mi madre le encontraron un cáncer de mama— hasta los años de instituto —que fue cuando la abue- la Komi, como si la siguiera, murió de un cáncer de pulmón—, no tengo muchos recuerdos. Estaba demasiado ocupada trabajando.

Lo que sí recuerdo son las imágenes de la fábrica donde hacía trabajillos, ocultando mi edad, durante las largas vacaciones de primavera, verano e invierno de secundaria. Los cables de los soldadores eléctricos que colgaban del techo, el chisporrotear de las chispas eléctricas, los montones de cajas de cartón apiladas. Y, sobre todo, el snack3 al que acudía con frecuencia desde mis años de primaria. Un pequeño local que llevaba una amiga de mi madre. Mamá, durante el día, hacía varios trabajos a tiempo parcial y, por la noche, trabajaba en aquel snack. Makiko, cuando estaba en el instituto, tomó la delantera y se estrenó como lavaplatos y, luego, entré yo en la cocina y empecé a preparar copas y tapas mientras miraba a los clientes borrachos y a mi madre que los atendía. Makiko, en un trabajillo que empezó de forma paralela en una casa de yakiniku, se esforzó tanto que logró alcanzar al mes hasta un máximo de ciento veinte mil yenes, a razón de unos seiscientos yenes a la hora (hecho que llegó a convertirse en una especie de leyenda en el establecimiento). Unos años después de acabar el instituto, la ascendieron a empleada fija y, luego, trabajó allí hasta que el restaurante quebró. Después, se quedó embarazada, nació Midoriko, fue rodando de un trabajo a tiempo parcial a otro y, ahora, a los treinta y nueve años, también trabaja en un snack cinco días a la semana. En una palabra: Makiko ha acabado llevando casi la misma vida que mamá, que era madre soltera, se deslomó trabajando, enfermó y murió.

Pasaban ya casi diez minutos de la hora, pero Makiko y Midoriko seguían sin aparecer en el lugar de la cita. Llamé por teléfono, pero Makiko no contestó y tampoco había ningún mensaje. ¿Se habrían perdido? Esperé cinco minutos más y, cuando me disponía a llamar de nuevo, sonó la señal avisándome de que había llegado un mensaje.

«No sabíamos por dónde salir, así que estamos en el andén donde hemos bajado.»

Comprobé en el panel luminoso el número del Shinkansen en el que debían de haber venido, compré un billete de acceso a los andenes en el dispensador automático y entré. Al salir del ascensor, recibí una vaharada de aire caliente de agosto que parecía un baño de vapor y empecé a sudar a mares. Avancé esquivando a las personas que esperaban la llegada del próximo tren y a los pasajeros que compraban algo de pie ante los kioscos y, al fin, las descubrí sentadas en un banco, en la zona de parada del tercer vagón.

—¡Eh! ¡Hola! ¡Cuánto tiempo sin vernos!

Al verme, Makiko rio contenta y yo, contagiada por su risa, también me reí. Midoriko estaba sentada a su lado y, a la primera mirada, vi que había crecido tanto que me dio la impresión de que era dos veces mayor que la Midoriko que yo conocía y, sin pensar, alcé la voz:

—¡Caramba, Midoriko! ¿Qué piernas son esas?

Con el pelo sujeto, muy tirante, en una coleta alta, camiseta lisa de color azul marino y cuello redondo, Midoriko llevaba unos pantalones cortos. Las piernas que emergían, rectas, de los pantalones —aunque también tenía que ver el hecho de que estuviera sentada en la punta del asiento con las piernas extendidas— se veían sorprendentemente largas y yo le di una palmadita en las rodillas. En un acto reflejo, Midoriko me miró con cara de vergüenza y apuro, pero Makiko dijo: «¿Verdad? Increíble, ¿no? Qué sorpresa verla tan mayor, ¿no?». En cuanto Makiko intervino, ella puso cara de malhumor y apartó la vista, se recostó en el asiento para atraer hacia sí la mochila que tenía a un lado y cogerla en brazos. Makiko me lanzó una mirada a la cara, sacudió ligeramente la cabeza poniendo cara de pasmo y se encogió de hombros como diciendo: «¿Ves?».

Hacía medio año que Midoriko había dejado de hablar a Makiko.

Makiko no sabía por qué. Al parecer, un día, al dirigirse a ella, ya no contestó, así, sin más. Al principio, le preocupaba que fuese un trastorno psicológico o algo similar, pero, dejando aparte el hecho de no hablar, Midoriko tenía un apetito y una energía normales, iba a la escuela de primaria sin novedad, hablaba con los amigos y profesores como de costumbre, llevaba la vida de siempre sin ningún problema. En resumen, Midoriko se negaba a hablar solo en casa, y solo con Makiko, y aquello era un acto deliberado. Por más tacto que empleó Makiko para preguntarle de mil maneras distintas la razón, Midoriko siguió obstinándose en no responder.

—Últimamente, yo también hago eso de la conversación escrita, ¿sabes? Vaya, eso de escribir con un boli, sí, escribir con bolígrafo.

En la época en que Midoriko empezó a callar, Makiko, entre suspiros, me lo contó todo por teléfono.

—Y eso del bolígrafo, ¿qué es?

—Pues un bolígrafo es un bolígrafo, ¿no? Conversación escrita. No hablamos. No, yo sí hablo. Yo hablo, pero Midoriko va con el boli. No habla. Nunca. Y así todo el rato. Ya casi llevamos un mes —dijo Makiko.

—¿Un mes? Uf, es mucho tiempo.

—Mucho.

—Al principio, le preguntaba y le preguntaba, pero nada. Siguió con lo mismo. Puede que haya algo, algún motivo, no lo sé. Pero por más que se lo pregunte, ella no contesta. No habla. Ni que me enfade, no sirve de nada. Es un problema, ¿sabes? Y con los demás sí que habla, todo normal… Ya sé que hay una edad en que te molesta eso y lo otro de los padres… Pero es que eso no duraría tanto, ¿no crees? Pero yo puedo con ello, puedo con ello. No pasa nada.

Al otro lado del teléfono, Makiko me dedicó una alegre risa, pero ya había transcurrido medio año. Sin interrupción. La relación había llegado a un punto muerto.

Al parecer, casi todas las de la clase han tenido ya su primera menstruación, pero en la clase de hoy de Higiene y Salud nos han hablado de cómo funciona. Qué pasa dentro de la barriga para que salga sangre, cómo son las compresas y nos han enseñado un dibujo grande del útero, que dicen que todas tenemos dentro. Últimamente, cuando nos encontramos todas en el lavabo, veo cómo las niñas que ya tienen la regla se juntan y empiezan que si tal y cual, hablan de cosas como si solo ellas lo pudieran entender. En un bolsito pequeño llevan una compresa y, si les preguntas: «¿Y eso qué es?», es como si fuera un secreto, cuchichean en voz baja cosas que solo pueden entender ellas, la pandilla de la regla, pero en plan de que todas podamos oírlo. Todavía hay niñas que no la tienen, claro, pero del grupo de las que somos más amigas, me da la sensación de que yo soy la única que aún no la tiene.

¿Cómo debe de ser eso de que te venga la regla? Dicen que también te duele la barriga y, sobre todo, ¿cómo debe de ser algo que te dura decenas de años? Cuestión de acostumbrarse, supongo. Que a Junchan le ha venido la regla lo sé porque ella me lo ha dicho, pero, pensándolo bien, ¿cómo es que la pandilla de la regla sabe que yo todavía no la tengo? Porque, aunque la tengas, no vas diciendo por ahí: «Me ha venido», y no todo el mundo va al lavabo con el bolsito para que los demás se den cuenta. ¿Cómo pueden adivinar una cosa así?

Te puede interesar:  Centroamérica es una región que sorprendentemente respira y vive una frecuencia similar a México: Diego Olavarría

Además, como me chocaba que en japonés la primera regla se llamase la primera marea, he buscado la palabra. Eso de primera, de primera marea, estaba claro porque es la primera vez, pero la marea que va detrás no la acababa de entender. La he buscado en el diccionario y tiene varios sentidos. Uno es:«Movimiento de ascenso y descenso del agua del mar debido a la fuerza de atracción de la luna y del sol». Otro pone: «Buena época». Solo hay un sentido que es difícil de entender: «Atractivo». He buscado la palabra atractivo y pone que es lo que atrae a los clientes en un negocio o lo que produce una sensación de agrado. La verdad es que no entiendo para nada cómo liga esa «primera marea» con que te salga sangre de entre las piernas por primera vez. ¡Qué asco!

Midoriko, que andaba a mi lado, era todavía un poco más baja que yo, pero tenía las piernas mucho más largas que yo, y el tronco, más corto. Le dije: «Esto es la generación Heisei, ¿eh?». Midoriko asintió con cara de fastidio, aminoró el paso y empezó a andar por detrás de Makiko y de mí. La vieja bolsa de viaje de color marrón que llevaba Makiko parecía demasiado pesada para sus brazos, tan delgados, pero a pesar de que alargué varias veces la mano, diciéndole: «Eh, Makichan, te la llevo yo», Makiko rehusó educadamente: «No, no», y se negó a pasármela.

Que yo supiera, aquella era la tercera vez que Makiko venía a Tokio. Miraba a su alrededor y no paraba de parlotear con aire excitado: «¡Pues sí, hay mucha gente!» o «¡Qué estación tan grande!» o «Los niños de Tokio tienen todos la cara pequeña» y, cuando estaba a punto de chocar con la gente que venía de frente, se disculpaba en voz alta: «Perdona, ¿eh?». Pendiente todo el rato de que Midoriko nos siguiera sin novedad, yo le iba respondiendo con movimientos afirmativos de cabeza…, pero lo que en mi fuero interno me inquietaba, hasta el punto de hacerme palpitar el corazón con violencia, era cuánto había cambiado el aspecto de Makiko.

Makiko había envejecido.

Es natural que las personas envejezcan con el paso del tiempo, claro está. Pero Makiko estaba tan avejentada que si hubiera dicho: «Este año hago cincuenta y tres», en vez de los cuarenta que iba a cumplir, cualquiera habría respondido, completamente convencido: «¿Ah, sí?».

Nunca había sido gorda, pero ahora sus brazos, piernas y caderas eran ostensiblemente más delgados que los de la Makiko que yo conocía. O puede que la ropa ayudara a dar, más aún si cabe, esta impresión. Makiko llevaba una camiseta estampada que podría haberse puesto perfectamente una veinteañera, unos vaqueros ceñidos bajos de cintura de esos que suelen llevar los jóvenes, y calzaba unas sandalias de tiras de color rosa con unos tacones que llegarían a los cinco centímetros. Vista de espaldas, su figura parecía joven, pero, al darse la vuelta, se convertía, hasta el punto de causar escalofríos, en una de esas figuras que tanto se ven hoy en día.

Aun así, dejando aparte lo poco que le cuadraba la ropa, tanto su cuerpo como su cara parecían haber menguado un escalón, y su rostro tenía un matiz opaco. Los dientes implantados habían adquirido un tono amarillento y se veían demasiado grandes y saltones, con las encías ennegrecidas por culpa del metal de la raíz. El pelo, desteñido y con la permanente medio deshecha, era menos abundante que antes y, en la coronilla reluciente de sudor, le clareaba el cuero cabelludo. El color de la base de maquillaje, extendida en una gruesa capa, era demasiado claro y su rostro tenía una tonalidad lechosa que hacía resaltar aún más las arrugas. Cada vez que se reía, los nervios de su cuello sobresalían hasta el punto de que parecía que se pudieran coger y los párpados estaban completamente hundidos.

Pero ¿qué te pasa? Su aspecto me recordó al de mi madre en una cierta época. ¿Era solo que mi hermana, con el paso de los años, había acabado pareciéndose a mi madre? ¿O era que yo notaba que se parecían porque lo que había pasado años atrás en el cuerpo de mi madre estaba ocurriendo ahora en el de Makiko? Estuve muchas veces a punto de preguntarle:

«¿No tendrás algún problema de salud? ¿Te estás haciendo reconocimientos médicos?», pero cambié de opinión, diciéndome que quizá la propia Makiko estuviera preocupada por ello y, al final, no toqué el tema. Sin embargo, ajena a mi inquietud, Makiko estaba jovial. Con aire de estar acostumbrada a los silencios de Midoriko, se dirigía a ella alegremente, sin importarle que la ignorase una vez tras otra, y nos iba hablando a ambas sobre cosas intrascendentes, comentando tal y cual cosa con buen humor.

—Makichan, ¿hasta cuándo tienes vacaciones?

—Tres días, incluido hoy.

—Poco, ¿no?

—Hoy me quedo en tu casa; mañana, también; pasado mañana vuelvo y, por la noche, trabajo.

—¿Estás muy ocupada últimamente? ¿Cómo va?

—Uf, muy poco trabajo. —Makiko hizo chasquear la lengua y puso cara de querer decir: «¡Va mal la cosa!».

—Por el barrio, muchos han tenido que cerrar.

Makiko trabaja como chica de alterne, pero, aunque a todas se las llame igual, hay muchos tipos distintos de «chicas de alterne». Se la mire por donde se la mire, la palabra tiene mala imagen, pero lo cierto es que en Osaka hay una enorme cantidad de barrios llenos de snacks, de bares y de tabernas, y solo con oír la dirección ya sabes, más o menos, cómo serán la clientela, las chicas, el nivel del local y demás.

El snack donde trabaja Makiko está en el barrio de Shôbashi, en Osaka. Es el barrio en el que, cuando nos refugiamos en casa de la abuela Komi después de la huida nocturna, estuvimos trabajando nosotras tres. Lejos de ser de primera categoría, es una zona donde un enjambre de snacks, tabernas, bares y demás se apiñan, recostados los unos contra los otros, mientras van mudando a color marrón.

Tabernas baratas. Casas para comer de pie soba. Casas para comer de pie menús. Cafeterías. Un edificio ruinoso que, más que un hotel para parejas, es una pensión por horas. Una casa de yakiniku, larga y estrecha como un tren. Una casa de brochetas de menudillos de pollo envuelta en un humo tan espeso que parece una broma. Una farmacia con un único letrero en letras grandes: Hemorroides, Mala circulación. Ni un resquicio entre uno y otro. Por ejemplo: junto a una casa de comidas con anguila, un club de contactos telefónicos. Junto a una inmobiliaria, un prostíbulo. Un pachinko con un anuncio luminoso y unas banderas que flamean. Una tienda de sellos en la que nunca aparece el dueño. Y una sala de juegos oscura a cualquier hora, lóbrega y siniestra, te la mires desde el ángulo en que te la mires. Todos estrechamente apiñados los unos contra los otros.

Y qué decir de las personas que frecuentan los locales. Dejo aparte los que solo pasan por allí. Los hay que permanecen acuclillados, inmóviles, ante una cabina telefónica. Hay mujeres maduras que han dejado hace tiempo los sesenta atrás y que atraen a los clientes diciendo que podrán bailar por dos mil yenes. Y hay vagabundos y borrachos, por supuesto. Muchos tipos distintos de gente. En este barrio que, hablando con condescendencia, es amigable y lleno de vitalidad y, hablando por lo que se ve, de baja estofa, Makiko trabaja, desde las siete de la tarde hasta las doce de la noche, en un snack en el segundo piso de un edificio lleno de locales de ocio en el que el eco atronador de los micrófonos retumba sin cesar desde el atardecer hasta la madrugada.

En el snack hay una barra con algunos taburetes y varios apartados separados por sofás a los que llaman «reservados». Con quince clientes ya está completo y que alguien haga diez mil yenes de gasto en una noche se considera todo un éxito. Es un acuerdo tácito que, para aumentar las ventas, las chicas también consuman esto y lo otro. Y, como no se trata de tomar juntos alcohol barato, lo que piden es algo de lo que puedan beber tanto como quieran sin emborracharse: té oolong. A trescientos yenes la lata pequeña. Por supuesto, se rellenan las latas con té casero puesto a enfriar y se sirven en la mesa con toda frescura poniendo cara de decir: «Acabo de levantar la anilla». A continuación, cuando las chicas tienen la barriga llena de agua y les entra hambre, viene la comida. «¡Oh! Ahora comería algo», dicen a los clientes y piden salchichas fritas, tortilla, sardinas en aceite o piezas de pollo rebozado, más como comida de fiambrera que como tapa para picar. Y, después, el karaoke. A razón de cien yenes la canción, las monedas se acaban convirtiendo en un billete, así que todas, jóvenes o viejas, se desgañitan tanto como pueden, aunque desafinen hasta el punto de que se les caiga la cara de vergüenza. Pero, por más que se esfuercen y acaben con la garganta ronca y la barriga hinchada por la ingesta excesiva de sal y líquidos, los clientes suelen volver a sus casas sin haber llegado a gastar más de cinco mil yenes.

La mama del bar de Makiko era una mujer bajita y regordeta, de carácter alegre, que estaría en la mitad de la cincuentena. Yo también la había visto una vez. Llevaba recogido atrás, alto, un pelo que no sé si estaría teñido o decolorado, pero que era más amarillo que rubio, y sostenía un cigarrillo Hope corto entre sus cortos dedos gordezuelos. En la entrevista, cuando acababa de conocer a Makiko, le dijo:

—¿Sabes qué es Chanel?

—Sí. Una marca de ropa, ¿no? —respondió Makiko.

—Pues sí —dijo la mama exhalando el humo por la nariz—. Qué guapo, ¿no? Allá.

En la pared que la mama le señalaba con la barbilla había dos pañuelos de Chanel, a modo de adorno, como un póster, dentro de una especie de vitrina con un marco de plástico. Estaban iluminados por la luz amarillenta de un foco.

—A mí —dijo la mama entornando los ojos al sonreír— me gusta Chanel.

—Ah, ya. Por eso este local se llama Chanel, ¿no? —dijo Makiko contemplando los pañuelos de la pared.

—Pues sí —dijo la mama—. Chanel es el sueño de cualquier mujer. Te refresca. Pero es caro. Mira los pendientes.

La mama ladeó la redonda mejilla y le mostró la oreja por un instante. En la bola de un opaco color dorado que, incluso bajo la iluminación del snack, se apreciaba que estaba muy usada, sobresalía en relieve el logo de Chanel que también Makiko conocía.

Las toallas que colgaban en el lavabo, los posavasos de cartón, los adhesivos pegados en la puerta de cristal de la cabina telefónica instalada dentro del local, las tarjetas, la alfombrilla, los tazones: en el interior del snack se veían, aquí y allá, objetos con el logo de Chanel, aunque según la mama se trataba de unas falsificaciones llamadas «réplicas» que ella había ido reuniendo con tesón, poco a poco, a lo largo del tiempo, recorriendo los tenderetes de Tsuruhashi y de Minami. Incluso a los ojos de Makiko, que no sabía nada de Chanel, saltaba a la vista que eran baratijas, pero la mama les tenía un gran apego y, día tras día, iba aumentando su colección. El pasador del pelo y los pendientes que se ponía sin falta a diario eran los únicos y raros objetos auténticos y, por lo visto, se los había comprado en un impulso, llevada por una especie de superstición, al abrir el local. Al parecer, más que gustarle Chanel, estaba fascinada por la resonancia del nombre y el impacto de la marca, y Makiko había oído cómo las chicas del local le preguntaban: «Mama, ¿de dónde es Chanel?», y ella les respondía: «Es de Estados Unidos», como si creyera que todos los blancos son estadounidenses.

Mama-san, ¿cómo está usted?

—Bien, bien. Bueno, el negocio podría ir mejor.

Llegamos a la estación de Minowa, la parada más cercana a mi piso, poco después de las dos de la tarde. A medio camino, habíamos comido unos fideos soba a doscientos diez yenes por cabeza y, a partir de la estación, caminamos unos diez minutos mientras las cigarras chirriaban con un ímpetu que parecía ir inundándolo todo.

—¿Has venido de casa?

—No, de otro sitio. Hoy tenía algo que hacer. Pasada la cuesta, todo recto.

—Andar está bien. Es un buen ejercicio.

Al principio, tanto Makiko como yo nos veíamos con áni- mos de reír mientras andábamos, pero hacía tanto calor que acabamos enmudeciendo las dos. El chirrido de las cigarras, que no cesaba un instante, penetraba en nuestros oídos y el calor del sol nos abrasaba la piel. Las tejas de los tejados, las hojas de los árboles de la calle, las tapas de las alcantarillas: todo absorbía la luz blanca del verano y daba la sensación de que, cuanto más brillaba, más oscuro parecía en el fondo de los ojos. Con el cuerpo cubierto de aquel sudor que brotaba a ma- res, al fin logramos llegar al apartamento.

—Ya hemos llegado.

Makiko exhaló una gran bocanada de aire, y Midoriko se agachó junto a las macetas que había al lado del portal y acercó el rostro a las hojas de una planta de la que yo no conocía el nombre. Luego, se sacó una pequeña libreta de la riñonera que llevaba alrededor de la cintura y escribió en el papel: «¿De quién es esto?». La letra de Midoriko era mucho más gruesa y tenía un trazo mucho más firme de lo que esperaba y me dio la impresión de estar contemplando unas grandes letras trazadas en la pared. Y recordé que, cuando Midoriko era todavía un bebé…, yo había pensado que era increíble que un bebé, tan pequeño que incluso parecía mentira que respirara, pudiese llegar algún día a hacer sus necesidades por sí mismo, a comer o a escribir.

—No sé de quién son. De alguien, supongo. Mi piso está en la primera planta. Es aquella ventana. Se sube esta escalera y es la puerta de la izquierda.

Nos pusimos en fila y fuimos subiendo, una tras otra, la escalera metálica con manchas de óxido, aquí y allá.

—Es muy pequeño, ¿eh? Pasad.

—¡Pero si está muy bien! —Tras quitarse las sandalias, Makiko se inclinó para mirar hacia dentro y habló con voz alegre—: El típico pisito para uno. ¡Qué bien está! Con per- miso.

Midoriko la siguió en silencio y penetró en la habitación del fondo. El apartamento se componía de dos piezas conti- guas: una cocina de cuatro-y un cuarto de seis; vivía en aquel piso desde que había llegado a la capital, diez años atrás.

—¿Tienes alfombra? ¿Qué hay debajo? No me digas que parquet.

—No, tatami. Pero cuando llegué ya estaba viejo, así que puse una alfombra encima.

Secándome con el dorso de la mano el sudor que brotaba sin cesar, puse el aire acondicionado y fijé la temperatura en veintidós grados. Saqué una mesita plegable que tenía apoyada contra la pared y alineé encima los tres vasos de plástico a juego que había comprado para la ocasión en el bazar del barrio. Estaban decorados con unas pequeñas uvas de un pálido color morado. Traje el mugicha5 que tenía enfriándose en la nevera y, cuando les llené el vaso hasta los bordes, Makiko y Midoriko se lo bebieron de un trago haciendo gorgotear el líquido en la garganta.

«¡Ah! ¡He resucitado!» Makiko se dejó caer hacia atrás y yo le pasé un gran puf redondo que había en un ángulo del cuarto. Midoriko, tras dejar en un rincón la mochila que había cargado a la espalda, se incorporó y miró a su alrededor con curiosidad. Era un piso pequeño, sencillo, con el mínimo de muebles imprescindible, pero Midoriko mostró interés por la estantería.

—Tienes muchos libros —intervino Makiko.

—¿Muchos? Qué va.

—Sí, mira. Casi toda esta pared está llena de libros.

¿Cuántos hay aquí?

—No los he contado, pero no hay tantos. Lo normal. Puede que a Makiko, que no tenía, en absoluto, la cos-

tumbre de leer, le pareciese una gran cantidad, pero lo cierto era que no había muchos.

—¿Lo normal? Que no.

—Que sí.

—Para ser hermanas, somos bien distintas. A mí no me interesan para nada. Pero a Midoriko sí le gustan los libros. Y también la lengua. ¿Eh, Midoriko?

Sin responderle, Midoriko iba clavando la mirada en los lomos de los libros, uno tras otro, con el rostro pegado a la estantería.

—Oye, me sabe mal, justo después de llegar, pero ¿puedo ducharme? —dijo Makiko, apartándose con la punta de los dedos el pelo que se le pegaba a las mejillas.

—Adelante. Es la puerta de la izquierda. El váter está aparte.

Mientras Makiko se duchaba, Midoriko permaneció todo el rato mirando la estantería. Su espalda estaba tan empapada de sudor que el color azul marino de la camiseta se veía casi negro. Cuando le pregunté si no necesitaba cambiarse, negó con aire de indiferencia indicando que lo haría un rato des- pués.

Mientras contemplaba la figura de espaldas de Midoriko y oía, como quien no oye, el ruido que venía del cuarto de baño, tuve la sensación de que la atmósfera de la habitación, donde no debía de haberse producido ningún cambio, era algo distinta de lo habitual. La sensación de que algo no cua- draba, como si alguien, en un momento dado, hubiese cambiado solo la fotografía que desde tiempo atrás estaba dentro del mismo marco y yo no llegara a ser consciente del todo de lo que había sucedido. Analicé esta sensación de desencuentro unos instantes mientras bebía mugicha. Pero no pude averiguar de dónde procedía.

Makiko volvió con una camiseta de cuello amplio y unos pantalones de chándal holgados, diciendo: «Te he cogido unatoalla, ¿eh?». Makiko, que iba secándose el pelo a mechones con la toalla mientras decía: «¡Vaya presión, el agua caliente!», ya no tenía ni rastro de maquillaje en la cara y, al mirarla, se me aligeró un poco el corazón. Porque me hizo pensar que la impresión que me había ofrecido su aspecto al verla por pri- mera vez quizá fuera falsa. Un rato antes había pensado que había adelgazado mucho, pero podía ser que no hubiese para tanto. Y en cuanto a la cara, quizá solo me hubiese dado aquella impresión por culpa del maquillaje —porque tanto el color como la cantidad eran un espanto, cierto—, pero era posible que en realidad ella no hubiese cambiado tanto. El hecho de que me hubiera sobresaltado de aquel modo quizá se debiera simplemente a que hacía mucho que no nos veíamos; tal vez mi reacción hubiese sido excesiva. Y tal vez fuese porque ahora mis ojos ya se habían acostumbrado a ella, pero, por lo que respecta a la edad, empezó a darme la impresión de que representaba los años que tenía… y este pensamiento me tranquilizó mucho.

—Voy a ponerla a secar. ¿Y la veranda?

—Este piso no tiene veranda.

—¿No tiene? —repitió Makiko sorprendida. Al oírla, incluso Midoriko se dio la vuelta—. ¿Cómo puede ser un piso sin veranda?

—Como este. —Me reí—. Si abres la ventana, no hay nada. Así que cuidado, no vayas a caerte.

—¿Y cómo secas la ropa?

—Arriba hay una azotea, ahí la pongo a secar. Luego vamos si quieres. Cuando haga un poco más de fresco.

«¡Ah! ¡Vaya!» Mientras asentía con la cabeza, Makiko alargó la mano hacia el mando a distancia, encendió el televi- sor y fue cambiando de canal a su antojo. Un programa de cocina, otro de ventas por correo y, luego, al pasar a un maga- cín, toda la pantalla se inundó de la tensión característica que indica que ha ocurrido algún incidente grave y, micrófono en mano, una reportera se dirigía a nosotros con una expresión grave en el rostro y hablando con exaltación. A su espalda, en un barrio residencial, se veían ambulancias, policías y plásticos extendidos.

—¿Ha pasado algo?

—No lo sé.

La reportera decía que aquella mañana una joven univer- sitaria que vivía en el barrio de Suginami había sido atacada por un hombre en las inmediaciones de su casa y había reci- bido puñaladas en la cara, el cuello, el pecho, el vientre…, o sea, por todo el cuerpo, y que ahora permanecía ingresada en un hospital en estado crítico tras haber sufrido una parada cardiorrespiratoria. Explicó que, alrededor de una hora des- pués del incidente, un hombre, de unos veinte a treinta años, se había entregado en la comisaría más próxima y que ahora le estaban tomando declaración para tratar de esclarecer los hechos. Durante la transmisión, en la parte superior izquier- da de la pantalla apareció, en gran tamaño, una fotografía de la joven universitaria apuñalada junto con su nombre. «Allí quedan rastros recientes de sangre», informaba la reportera, volviéndose de vez en cuando con expresión tensa. Se veía una cinta amarilla que prohibía el acceso y, por aquí y por allá, aparecían las figuras de los mirones enfocando la cámara de sus teléfonos móviles. «Vaya. Es una chica muy mona», musitó Makiko.

—Antes, ya había pasado algo, ¿no?

—Sí —dije yo.

Unas dos semanas atrás, en una papelera de Shinjuku- gyoen,6 habían encontrado parte de un cuerpo, al parecer fe- menino. Poco después, habían averiguado que se trataba de una mujer de setenta años que había desaparecido meses atrás y, luego, no tardaron en detener a un hombre de diecinueve años, sin empleo, que vivía en el barrio. Ella era una anciana sin familia que había vivido muchos años sola en un viejo

 

  1. Shinjuku-gyoen es un gran parque que se encuentra en los distri- tos de Shinjuku y Shibuya, en La palabra gyoen significa: «parque propiedad del Emperador».

 

bloque de pisos de Tokio y los medios de comunicación ha- bían armado un gran revuelo, aventurando tal y cual hipótesis sobre la conexión entre ambos y el móvil del crimen.

—Aquello, lo de la abuela asesinada. Que fue descuarti- zada.

—Sí. En la papelera de Gyoen —dije yo.

—¿Y eso de Gyoen qué es?

—Un parque muy grande.

—Entonces el criminal era un hombre joven, ¿no? —Ma- kiko hizo una mueca—. Pero, la mujer asesinada, ¿no tenía setenta años? ¿Me equivoco? ¿O era un poco mayor? —Y lue- go añadió tras reflexionar unos instantes—: Pero, espera, es- pera… Setenta años…, ¿no era esa la misma edad de la abuela Komi cuando murió?

Makiko alzó la voz como si se sorprendiera de lo que aca- baba de decir y abrió mucho los ojos:

—Pero ¿no la violaron? Fue eso, ¿no?

—Sí, eso parece.

—¡Qué horror! No me entra en la cabeza. Y era como la abuela Komi. Más o menos —gimió Makiko.

La misma edad que la abuela Komi… Quizá, en cuanto pasara una hora, olvidaría aquel caso ante otro incidente si- milar, pero, durante un tiempo, las palabras de Makiko: «La misma edad que la abuela Komi», no se apartaron de mi cabe- za. La abuela Komi. Cuando murió, Komi ya era, la miraras como la mirases, una anciana. Después de encontrarle el cán- cer e ingresarla en el hospital, era lógico que así fuera, pero incluso antes, cuando todavía estaba bien, era ya una anciana por completo, la miraras como la mirases. Así que la Komi que estaba en mi memoria era, desde el principio hasta el fin, una abuelita. Por supuesto, no poseía ni un ápice de nada que hiciese pensar en la sexualidad, tampoco existía en ella ni un milímetro de margen donde pudiera caber algo de este tipo. Una anciana. Una abuela de los pies a la cabeza. Por supuesto, yo no sabía cómo era la víctima asesinada de setenta años, también es cierto que a veces la edad no tiene relación alguna

 

con las inclinaciones personales. Tenía muy claro que la vícti- ma asesinada no era igual que Komi, pero, en mi interior, el hecho de que la víctima tuviera setenta años la ligaba con la abuela Komi y, en consecuencia, también Komi y la violación acababan unidas de algún modo, lo que me producía senti- mientos contradictorios.

Vivir hasta los setenta años y, al final, acabar siendo vio- lada por un hombre de la edad de tu nieto y ser asesinada de aquel modo… Ella, a lo largo de su vida, probablemente ni si- quiera lo había imaginado jamás. Incluso en aquel mismo instante, ¿había podido comprender bien lo que le estaba su- cediendo? Aún con expresión afligida, el presentador se des- pidió, el programa terminó y, tras pasar algunos anuncios, empezó la reposición de una serie.

 

Jun-chan ha venido toda excitada diciendo que se había dado cuenta de que se estaba poniendo todo el rato las compre- sas al revés. Mentira, no estaba más excitada de lo normal, y quizá es que yo no lo he entendido del todo, pero, al parecer, las compresas tienen una cinta adhesiva y ella se la ponía para arriba. Por lo visto, no lo sabía. Dice que no absorbían nada, que se salía la sangre, que le daba problemas todo el rato. Pues si llevaba la cinta pegada ahí, al despegársela, ¡uf, qué daño!

¿Tan difícil es eso como para equivocarse?

Al decirle que no había visto nunca una compresa, Jun- chan va y me dice: «En casa tengo muchas, te las enseño», así que hoy, a la salida del colegio, he ido de visita a casa de Jun- chan. Los estantes del lavabo estaban todos llenos hasta arriba de paquetes de compresas de tamaño grande, como los de los pañales de los niños. En casa no hay. Yo no tenía ganas, pero, para practicar, me he subido a la taza del váter y he mirado, y allí había un montón de paquetes de varios tipos distintos, to- dos con etiquetas de Oferta pegadas por todas partes. La regla viene porque el óvulo no ha sido fecundado y la cosa que pare- ce un cojín que está preparada para acoger y criar el óvulo que

 

debía ser fecundado sale junto con la sangre: eso es de lo que he hablado con Jun-chan. Entonces, mira. Resulta que Jun-chan pensó que a lo mejor el huevo no fecundado estaría dentro de la sangre y, por lo visto, el mes pasado abrió un poco la com- presa y miró qué había dentro. Mira. Yo me he quedado de piedra y, muerta de asco, le he preguntado qué había. Jun-chan estaba tan tranquila. Dice que dentro de la compresa había un montón de granos pequeños apretujados y que todos estaban rojos e hinchados de sangre. «¿Como el caviar rojo?», le he preguntado yo, y ella me ha dicho que sí, pero que mucho más pequeño. Y que, por eso, no podía ver si allí dentro estaba el huevo fecundado o no.

Midoriko

 

 

Fui a la cocina y, cuando estaba calentando agua en una olla para hacer mugicha, Midoriko se me acercó y me enseñó la libreta.

«Salgo un rato a explorar.»

—¿Explorar? ¿Y eso qué es?

«Pasear.»

—De acuerdo. Pero tienes que preguntárselo a Maki- chan, ¿no crees?

Midoriko se encogió de hombros y lanzó un pequeño resoplido por la nariz.

—Maki-chan, Midoriko dice que sale un rato a dar un paseo. ¿Te parece bien?

—Vale, pero ¿conocerás la casa? ¿No te perderás? —Ma- kiko respondió desde el interior de la habitación.

«Solo doy una vuelta por aquí cerca.»

—¿Qué vas a hacer andando con ese calor?

«Explorar.»

—Vale. Entonces, por si acaso, llévate mi teléfono. Mira. Al lado del súper por donde hemos pasado hace un rato hay una librería. Y al lado, una tienda de chucherías, bueno, no sé si llamarla tienda de chucherías o bazar, y también hay una papelería… Hay un montón de tiendas, ¿por qué no vas, echas un vistazo a lo que tienen y vuelves? Un día como hoy, si estás fuera demasiado rato, vas a acabar como la carne a la parrilla. Y, mira, para hacer una rellamada es aquí. Pulsas esta tecla y llamarás a Maki-chan, ¿de acuerdo? —Midoriko asintió ante mi explicación.

—Y si algún tipo raro te dice algo, tú echas a correr. Y llamas enseguida. Y vuelve lo antes posible, ¿vale?

Cuando Midoriko salió cerrando la puerta de golpe…, a pesar de que no había pronunciado una sola palabra, la habitación pareció, no sé por qué, más silenciosa que antes. Las pisadas de Midoriko mientras bajaba por la escalera de hierro resonaron con un sonido metálico. El sonido se fue alejando y, cuando se hubo apagado por completo…, Makiko se incorporó de pronto, como si hubiera estado esperando, se sentó y apagó el televisor.

—Ya te lo dije por teléfono, ¿no? Midoriko está siempre

así.

—Tiene las cosas muy claras, ¿verdad? —dije yo impresionada—. Medio año. Pero en la escuela se porta normal, ¿no?

—Sí. Antes de las vacaciones de verano, a finales de curso, se lo pregunté a su tutora y me dijo que en el colegio no tiene ningún problema ni con los profesores ni con los amigos. Se ofreció a hablar con ella, pero pensé que esto le sentaría fatal a Midoriko y le respondí que esperaría un poco más, a ver cómo seguía la cosa.

—Sí.

—No sé a quién debe de haber salido, es muy terca.

—Tú no creo que seas tan terca.

—Uf, no sé. Contigo creí que hablaría, pero no. En el papel.

Tras atraer hacia sí la bolsa de viaje, Makiko descorrió la

cremallera, metió la mano dentro y extrajo un sobre de tamaño A-4 que había hacia el fondo.

—Dejemos este tema —dijo Makiko con un pequeño carraspeo—. Natchan, mira, es esto. De lo que te hablé por teléfono.

Mientras lo decía, Makiko extrajo con cuidado, de aquel sobre recio y bastante grueso, un paquete de folletos y los depositó suavemente encima de la mesa. Me clavó la mirada. En el instante en que nuestros ojos se encontraron, en un acto reflejo pensé: «Era eso», recordando el propósito de su viaje a Tokio. Cuando Makiko se enderezó, apoyando ambas manos sobre los folletos, la mesa dejó oír un crujido.

Comments are closed.