Juan Pablo Villalobos

LECTURAS | Peluquería y letras, de Juan Pablo Villalobos

Una novela delirantemente divertida sobre cómo el mundo cotidiano puede transformarse en un enloquecido disparate.

Ciudad de México, 10 de marzo (MaremotoM).- Esta podría ser una novela picaresca, aunque, según las recepcionistas de la clínica de gastroenterología donde al protagonista le practican una colonoscopia, bien podría ser una novela negra, con misterios intrincados, accidentes macabros, pruebas incriminatorias y dos sospechosos nada comunes: una peluquera bretona de pasado oscuro y un vigilante de supermercado obsesionado con escribir el testimonio de sus experiencias en la vida. Lo peor es que el protagonista ni se lo imagina, porque está demasiado preocupado por las consecuencias de la felicidad, ese sopor embriagador tan agradable que le hace temer haber caído en la trampa del aburguesamiento.

Suele repetirse que no hay literatura después de un final feliz, que la «buena literatura» no es una literatura feliz. La felicidad es banal, superficial, frívola, carece de conflictos. Y sin conflicto, se dice, no hay literatura.

¿Será de verdad imposible escribir una novela feliz sobre la felicidad? ¿Una novela profunda y al mismo tiempo frívola, trascendental y banal, un relato gozoso que no sea pura evasión egoísta? El protagonista de esta historia no está seguro e intenta descubrirlo con la ayuda de su familia; en cuanto al autor de estas páginas, sospechamos que necesita creer que sí.

Juan Pablo Villalobos despliega su característico humor inteligente, su perspicacia de observador, su capacidad para descubrir lo extraño en lo cotidiano. Y escribe una novela a la luz de la alegría, la ternura o el optimismo. Una novela sobre el amor, la vida familiar, el dinero, el éxito profesional, la rutina, el futuro, la salud y el sentido y la utilidad de la literatura en tiempos de resentimiento y odio.

Juan Pablo Villalobos
La nueva novela de Juan Pablo Villalobos. Foto: Cortesía

Adelanto de Peluquería  y letras, de Juan Pablo Villalobos, con autorización de Anagrama

La infelicidad tiene que estar viva para que pueda suceder cualquier cosa.

VIVIAN GORNICK

Nada en este libro es cierto, salvo lo que sí.

Éramos felices y comíamos tacos, butifarras y feijoada. Éramos tan felices que yo me podía permitir escribirlo desvergonzadamente al inicio de un libro, como si fuera el final.

La brasileira y yo nos habíamos conocido hacía quince años en la universidad, en un seminario sobre literatura del Holocausto –no hay ironía ni dobles sentidos en este hecho, porque no lo estoy inventando, simplemente sucedió así–. Habíamos decidido vivir juntos aunque las circunstancias no eran para nada propicias: los dos nos habíamos separado hacía poco tiempo, la brasileira era brasileña y yo era mexicano, y ambos habíamos venido a Barcelona con la idea de estudiar un doctorado y volver a nuestros países. Por si fuera poco, la beca con la que los dos nos manteníamos apenas cubría las necesidades básicas y tenía fecha de caducidad.

¿Qué íbamos a hacer luego, cuando los estudios y la beca se terminaran?

Como no teníamos la más remota idea, decidimos tener un hijo.

Sobrevinieron innumerables complicaciones –a la brasileira le gustaba llamar a lo nuestro matrimonio de inconveniencia–, obstáculos que hubo que salvar –la gran mayoría trámites–, pruebas a superar –vivir en Brasil tres años y acabar volviendo a Barcelona fue quizá la más complicada–, pero el caso era que no solo continuábamos juntos, sino que nos habíamos multiplicado y ya éramos cuatro: la brasileira, el adolescente, la niña y yo. Los llamaré de esta manera porque ninguno de los tres me autorizó a utilizar sus nombres en estas páginas.

– ¿Y por qué vas a escribir sobre nosotros? –me preguntó el adolescente, luego de pedirme que tampoco fuera a usar el apodo con el que lo llamaban sus amigos, anticipándose al bochorno de verse retratado.

Eran las siete y media de la mañana y el adolescente desayunaba antes de irse a la secundaria. Yo estaba tomando el primer café del día, preparando el que iba a llevarle a la brasileira a la cama para despertarla, cuando me di cuenta de que aquí debía empezar el libro: en el inicio de un día cualquiera.

– ¿Ya se te acabaron las ideas? –insistió el adolescente.

– Siempre he escrito sobre nosotros –le contesté–, en todos mis libros.

– Ya, pero no explícitamente – replicó.

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A pesar de su edad, el adolescente tenía un vocabulario muy florido; perduraba de las lecturas infantiles –ahora casi no leía nada– y se estaba volviendo cada vez más barroco por su obsesión con las rimas multisilábicas de las batallas de rap.

– Pues mira –le expliqué–, ahora es lo contrario: voy a escribir de nosotros porque en el fondo no voy a estar hablando de nosotros, sino de algo más, de algo que está más allá de nosotros. En la literatura siempre es así, escribes de una cosa aunque en realidad estás hablando de otra.

– ¿De qué? –me preguntó.

– No sé –le contesté–, de una idea, de una forma, de la forma de una idea, de la idea de una forma, algo así.

Miré la cuchara vacía que el adolescente sostenía y que se había quedado suspendida a medio camino entre su boca y el plato de cereales, como demostrando su recelo, su incomprensión o su perplejidad. La luz estridente de la lámpara de halógeno de la cocina se reflejaba en la superficie metálica de la cuchara. Había amanecido hacía un buen rato –era la semana previa al inicio del verano–, pero nuestro departamento estaba en el primer piso y solo recibía luz natural indirecta.

– Pero ¿entonces de qué se va tratar el libro? –me preguntó el adolescente.

– De la felicidad, de las condiciones de la felicidad, creo –le dije.

– ¿Crees?, ¿no lo sabes?

– No exactamente.

– ¿Nosotros somos felices?

– ¿Tú qué piensas?

– No sé, tú eres el que escribe el libro.

– Pero te puedo citar.

– Ni se te ocurra – sentenció.

Tomó aire para añadir algo, pero se arrepintió y prefirió devolver la vista al plato de cereales. Se apresuraba a terminar porque en el bolsillo le quemaba el celular, exigiendo su atención.

A las ocho cuarenta salí de casa, acompañé a la niña caminando hasta la puerta del colegio y, antes de encerrarme en el estudio a escribir, fui a la clínica de gastroenterología a pedir un justificante que la brasileira necesitaba.

Si fuera verdad lo que yo le había dicho al adolescente, que la literatura siempre contaba otra cosa más allá de las apariencias, que por detrás o por debajo de toda historia había una segunda historia, otro relato oculto que no se contaba, la parte del iceberg que estaba debajo del agua –como habían afirmado un montón de críticos literarios y escritores–, en este caso la segunda historia había acontecido la semana anterior, cuando en la clínica de gastroenterología me habían practicado una colonoscopia. No tenía pensado escribir sobre este examen –había sido una inspección de rutina–, pero por lo visto la literatura se encontraba en todas partes, hasta en mi recto.

Por fortuna, durante la exploración los médicos no habían encontrado pólipos, pero al salir de la clínica, como yo estaba bajo los efectos de la anestesia, flotando en una nube deliciosa de propofol, y la brasileira iba concentrada en intentar controlarme para que no hiciera el ridículo, se nos había olvidado que ella necesitaría justificar su ausencia en la oficina, lo que me obligó a volver a la clínica aquella mañana.

De nuestro departamento a la escuela de los niños había setecientos cincuenta metros, de la escuela de los niños a mi estudio, seiscientos; me pasaba el día andando sin salir de un radio de dos o tres kilómetros –incluso la clínica de gastroenterología estaba muy cerca–, deambulando plácidamente entre los bares de toda la vida y los restaurantes de moda, los locales de tatuajes y de venta de spray para grafiti, las peluquerías y las librerías, los supermercados para mascotas y los centros de yoga, los despachos de arquitectos ecologistas y las carnicerías veganas, en resumen, la infraestructura de parque de diversiones de nuestro barrio. Todo era tan ameno que bien podría ser que estuviera confundiendo la felicidad con la comodidad o el aburguesamiento.

Juan Pablo Villalobos nació en México en 1973 y vive en Barcelona desde 2003. En Anagrama ha publicado todas sus novelas, traducidas en más de quince países.

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