LECTURAS | Plagio, de Héctor Aguilar Camín

“Fue así como me hice escritor, copiando con humildad y reescribiendo con soberbia las cosas que admiraba.”

Ciudad de México, 5 de enero (MaremotoM).- El lunes anunciaron que se había ganado un premio literario. El martes lo acusaron de haberse plagiado unos artículos periodísticos. El jueves lo acusaron de haberse plagiado también el tema de la novela premiada. El lunes siguiente setenta y nueve escritores firmaron una carta exigiendo que devolviera el premio y que renunciara a su puesto en la universidad, un pequeño imperio. El miércoles renunció al premio y al puesto. El mismo miércoles supo que su mujer tenía tratos con el instigador de la campaña en su contra. El lunes de la siguiente semana le llevaron la grabación de una llamada entre su mujer y su rival. El jueves su rival amaneció acuchillado. El viernes lo visitó la policía. Todo esto requiere una explicación.

La explicación es esta novela: un juego de espejos sobre el plagio, la admiración, la envidia, los celos, el azar, la muerte. Y la policía.

Héctor Aguilar Camín
Plagio, de Literatura Random House. Foto: Cortesía

Fragmento de Plagio, de Héctor Aguilar Camín, con autorización de Literatura Random House

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Un lunes anunciaron que me había ganado el Premio Martín Luis Guzmán, “de escritores para escritores”.

Nadie sabe fuera de México quién es Martin Luis Guzmán ni la importancia del premio que lleva su nombre. Quienes lo inventaron dieron con una fórmula feliz al decir que era un “premio de escritores para escritores”, insólita cosa en un país donde los premios, para escritores y para no escritores, vienen todos del gobierno. La gracia del asunto respecto al premio del que hablo es que alguien consiguió fondos encubiertos del gobierno para crear un premio de escritores para escritores, independiente del gobierno: un Taj Mahal de simulación. Sé muy bien quién y cómo lo hizo, lo diré adelante. Pero su éxito fue tal que, para el momento en el que esta historia empieza, no había premio de mayor prestigio en la República que el Martín Luis Guzmán, de escritores para escritores.

Siempre me ha interesado más la fama que la literatura, más el poder cultural que la cultura, y más las mujeres de carne y hueso que los improbables lectores. Tuve desde joven la facilidad de escribir con precisión. Y de leer las intenciones de los otros como si las trajeran escritas en el rostro. He recibido los dones de la síntesis y de la claridad, pero no los de la inspiración y la belleza. Sé reconocer, en cambio, a primera vista, la grandeza de otros escritores, el genio del que carezco y que envidio como el eunuco a los sultanes en su harem.

Empecé a escribir llevado por la envidia de lo que leía, sabiendo desde el principio que no podría escribir nada igual. Me inicié como escritor copiando pasajes que me deslumbraban, entre ellos uno del propio Martín Luis Guzmán, sobre la imaginación de las balas. Fue el primero que publiqué con mi nombre en la revista de la preparatoria, y explica, o ayuda a explicar, mi debilidad y mi oficio. Transfigurando y transcribiendo ese pasaje empecé a hacerme el escritor que soy, un plagiario. Fue mi robo fundacional, hijo de la admiración, no de la infamia. La infamia llegó después, con el éxito.

La admiración es una forma noble de la envidia. De hecho, es envidia al revés, aunque la envidia al revés puede llevar al desdén y al desprecio. Mientras transcribía los pasajes de autores que me habían deslumbrado, de la luz misma que irradiaban los textos iba naciendo en mí la vanidad de descubrir sus imperfecciones y la tentación de cambiar lo que copiaba. Lo cambiaba aquí y allá, tímidamente al principio, desfachatadamente después, hasta tener al final un texto que era el que admiraba, pero deshecho y rehecho por mí. Ahí donde el autor o el traductor había escrito: “Mucho tiempo he estado acostándome temprano”, yo ponía: “Me duermo temprano hace algún tiempo, desde que empecé a soñar”, y seguía copiando, corrigiendo y deshaciendo el pasaje de mis amores, haciéndolo mío conforme lo traicionaba, al punto de perder en el camino toda posibilidad de saber qué había escrito en ese pasaje el escritor que admiraba y qué había puesto yo.

Fue así como me hice escritor, copiando con humildad y reescribiendo con soberbia las cosas que admiraba.

Nunca me deslumbró el Quijote, pero copié muchas veces su principio para contagiarme de su reputada grandeza. Luego de varias copias entendí que esa grandeza se debía sobre todo a su consistencia rítmica. La primera página del Quijote, como tal, era léxicamente inentendible, al menos para mí: me perdía por completo en la significación de las palabras. Pero su música era pegajosa y risueña, como una rumba flamenca. Aquello de que el personaje tenía duelos y quebrantos, traducido a su verdadero significado, quiere decir que comía huevos con tocino, pero no suena igual, no tiene el misterio sonoro y melancólico de los duelos y los quebrantos.

Conforme entendía esas cosas de los textos que copiaba, los textos iban perdiendo o adquiriendo grandeza ante mí, a menudo las dos cosas. Y me los iba apropiando sin recato, haciéndolos míos en mi propia versión alterada, sin tener respeto alguno, al final, por lo que había leído de rodillas, al principio. Me iba haciendo descreído ante los milagros del idioma, irrespetuoso primero, luego infractor, luego ladrón, pero no idiota.

Cambié la primera página del Quijote lo suficiente para volverla un capítulo de la primera novela mía que ganó un premio: la historia de un hombre venido a menos, aficionado a las telenovelas y enloquecido por ellas al punto de que un día decidía empezar una vida de galán de telenovela, a sus cincuenta y cinco años. Se ponía los trajes y los afeites que veía en la tele y se iba por la ciudad donde vivía asumiendo el papel de galán ante las mujeres hermosas que encontraba en las calles o en los restaurantes de moda de los que era echado sin consideración y donde pronunciaba, sin embargo, largas parrafadas sobre el amor, aprendidas en las telenovelas, que hacían reír a los meseros y despertaban la curiosidad de cuantos lo oían, que eran muchos y variados, y de fantasiosa condición, como la suya.

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Todos pudieron entender que mi novela derivaba del Quijote pero nadie distinguió nunca, al final ni yo mismo, las inconta­bles frases literales que robé de Cervantes y las otras, inconta­bles también, que añadí deformando las frases originales, trayéndolas, como dicen los economistas, a valor presente, de modo que donde hubo novelas de caballerías, había ahora telenovelas, donde hubo ventas y mesones había hoteles de cinco y dos estrellas, y donde hubo la añoranza de la caballería, había ahora las nostalgias del amor osado más allá de la muerte.

Podría poner aquí un pasaje de aquella novela para ilustrar el procedimiento y poner comillas en las tomas literales que nadie descubrió, pero mi oficio no consiste en poner comillas, sino en borrarlas.

Entraba en los libros con la misma facilidad que entraba en la gente. Me apropiaba de la simpatía, el amor, o la amistad de los demás, con la misma facilidad y parecida alquimia con que me apropiaba de los libros. Podía leer a los demás como si estuvieran escritos. Me acercaba a ellos con solvencia y superioridad pues, al igual que con los escritores, en muy pocos encontraba grandezas inalcanzables. Tenía suerte, sobre todo con las mujeres, una suerte construida, porque, salvo excepciones catastróficas, no venían a mí por ellas mismas, como a mi invencible amigo el galán Ricardo de la Cerda, sino atraídas por mi ingeniería de abordarlas, adularlas, ignorarlas, hacerlas reír, retirarme, insistir y, un día, sin decir nada, estar a sus pies esperando sin pedir, queriendo sin reclamar, en una disponibilidad incondicional que más temprano que tarde llevaba a la confianza, a la confidencia, a la complicidad y a la amistad duradera o a la cama, dependiendo de las edades.

Admiraba lo que los escritores escribían, pero no sus vidas atormentadas, desgarradas por el alcohol, el genio o la estrechez. Desde el principio supe que no quería ser un escritor infeliz en la vida y feliz en su obra, y actué en consecuencia. Nunca tuve la ilusión de que viviría de la escritura. Decidí desde el principio que sería mi propio mecenas y estuve atento siempre a las oportunidades de peculio, influencia y poder que el medio ofrecía.

Fue así como, antes de empezar la carrera de Letras en la universidad, era ya auxiliar de editor en las páginas culturales de El Imparcial, cobrando un sueldo pequeño, pero pudiendo vender los ejemplares de los libros que llegaban por kilos a la página de cultura del diario. Y fue en esa condición como empecé a tratar a doña Marcelina de la O, la energética esposa del crítico literario de planta, Antonio Maturana, un viejo periodista, bien leído y bien bebido, que escribía todos los días, sábados y domingos incluidos, una reseña de novedades literarias. Lo hacía con inspiración y solvencia insólitas, en una época en la que las mismas páginas de cultura en los periódicos eran una extravagancia.

Maturana era un mercenario, recibía pagas de las editoriales para elogiar o denostar libros. Pero mezclaba con peculiar sagacidad sus cobranzas con sus preferencias. La brutalidad y la elocuencia de sus ataques hacían creíbles sus elogios. La mitad de ambos eran por encargo y la otra mitad por convicción de lector, de modo que sus iras y sus filias resultaban impredecibles, a menudo contradictorias y por lo mismo sorprendentes, dejando como saldo un denominador común de algo que se parecía mucho a la genuina libertad. Marcelina era clave en aquel balance porque escribía buena parte de las reseñas, administraba las cobranzas y diseñaba el orden de publicación según un ars combinatoria que privilegiaba la sorpresa sobre la lógica.

Yo descifré el secreto de su coautoría y del amoroso mando militar de Marcelina sobre las excelencias críticas de su marido desde la primera vez en que, estando en la redacción, en la guardia floja de la mañana de un lunes, entró la cuarentona Marcelina, hecha un vendaval, con las siete notas de la semana agitadas en su mano como un abanico. Me dijo de corrido, sin hacer pausas, cuáles reseñas eran para qué días. Cuando terminó su parlamento, me ordenó:

—Repíteme lo que acabo de decir.

Gané su sonrisa complacida y asombrada cuando repetí exactamente los días que me había dicho y las reseñas correspondientes a cada día.

—Tú vas a llegar lejos —me dijo—. Por lo pronto, a la sala de mi casa. Ven a tomar café el viernes a las seis.

En la sobremesa de aquel viernes, hace treinta y cinco años, oí hablar por primera vez del Premio Martín Luis Guzmán, de escritores para escritores. Marcelina me hizo pasar cuando llegué, como si fuera su ahijado, por un largo pasadizo que terminaba en una sala grande, a la vez comedor, despacho y biblioteca. Estaban sentados a la mesa su marido, el crítico Antonio Maturana, que peroraba sin continencia, y un hombre joven pero calvo, en quien reconocí, incrédulamente, al presidente electo de México. Lo habían elegido dos semanas atrás, en unas elecciones borrascosas que desgarraban a la República, pero escuchaba plácidamente la disertación de Maturana sobre un famoso cacique mexicano, Gonzalo N. Santos, inmortal autor de esta frase temible: “La moral es un árbol que da moras o no sirve para nada”.

El presidente electo me saludó con un vuelo de la mano, como si fuera su sobrino, y Maturana con una mirada de afecto, como si fuera su hijo, mientras Marcelina me pasaba por un lado…

Héctor Aguilar Camín (Chetumal, 1946) es una figura clave del mundo intelectual y literario de México. Su obra de ficción incluye las novelas Morir en el Golfo (1985), La guerra de Galio (1991), El error de la luna (1994), Un soplo en el río (1998), El resplandor de la madera (2000), Las mujeres de Adriano (2002), La tragedia de Colosio (2004), La conspiración de la fortuna (2005), La provincia perdida (2007), Adiós a los padres (Literatura Random House, 2015), Toda la vida (Literatura Random House, 2017) y el volumen de relatos Historias conversadas (Literatura Random House, 2019). Es autor de un libro de historia clásico sobre la Revolución: La frontera nómada. Sonora y la Revolución Mexicana (1977) y de una reflexión sobre las costumbres políticas de nuestro país: Nocturno de la democracia mexicana (Debate, 2018).

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