Oscar Wilde

LECTURAS | Prólogo de José Emilio Pacheco a su traducción de De profundis, de Oscar Wilde

En las últimas líneas, Wilde apunta: “no olvides en qué terrible escuela hago mi aprendizaje. E incompleto e imperfecto como soy, de mí todavía tienes mucho que ganar. Viniste a mí para aprender los placeres vitales y los placeres artísticos. Quizá me fue dado enseñarte algo mucho más maravilloso, el significado del dolor –y su belleza”.

Ciudad de México, 1 de julio (MaremotoM).- Oscar Wilde (1854-1900) debió enfrentar tres procesos judiciales vinculados con su homosexualidad y dos años en prisión para escribir su obra más íntima: De profundis (1905). El escritor irlandés emprendió tales procesos como una cruzada contra el mal gusto, y sus refinados alegatos, contra el que consideraba el único crimen posible: la estupidez. Pero, cada vez más débil, debió enfrentar veinticinco acusaciones de indecencia que, salvo por una, terminaron condenándolo. Se había sentenciado a un hombre, pero también a una doctrina: la del “arte por el arte”, que murió junto con Wilde –y, vaya ironía, junto con la Reina Victoria– apenas iniciado el siglo XX.

Escrito en la cárcel de Reading a su amante e hijo del marqués de Queensberry, lord Alfred Douglas, De profundis es un tratado de reconversión. Si bien resulta un texto de carácter privado, que oscila entre la resignación católica, el reproche amoroso y la dignidad del sufrimiento, puede ser leído como las cartas a un joven esteta. En las últimas líneas, Wilde apunta: “no olvides en qué terrible escuela hago mi aprendizaje. E incompleto e imperfecto como soy, de mí todavía tienes mucho que ganar. Viniste a mí para aprender los placeres vitales y los placeres artísticos. Quizá me fue dado enseñarte algo mucho más maravilloso, el significado del dolor –y su belleza”.

Al estilo de San Agustín, Wilde practica la confesión como un género memorístico; sin embargo, a diferencia del primero, la evolución del protagonista no es moral sino estética. Wilde fue despreciando paulatinamente lo bello como ese coctel donde, con mano experta, se mezclan el cinismo, la agudeza y la elegancia; en su lugar, apuró la sangre del mártir como un vino dulce. Una belleza que, lejos de su antigua gratuidad, vale toda la pena.

Traducida y presentada por José Emilio Pacheco, De profundis constituye una de las “aproximaciones” más queridas del poeta, narrador y ensayista mexicano. Acompañada de las espléndidas e incisivas notas realizadas por José Emilio y Cristina Pacheco, Era rescata para su catálogo una pieza central de la literatura en lengua inglesa, gracias a la cual Max Beerbohm afirmó que “ningún escritor moderno ha logrado en prosa los efectos límpidos y líricos que alcanza Wilde”. José Emilio Pacheco consiguió que esos efectos luzcan y reluzcan en lengua española para el conmovido deleite de los lectores hispanohablantes.

Oscar Wilde
Vuelto a editar con motivo del cumpleaños del enorme traductor y poeta, José Emilio Pacheco, por Ediciones Era. Foto: Cortesía

El 3 de enero de 1895 se estrena en el Haymarket An Ideal Husband, la tercera comedia de Oscar Wilde. Poco después se presenta en el Saint James The Importance of Being Earnest, vuelve a escena Lady Windermere’s Fan y se publica en libro su ensayo The Soul of Man under Socialism. Quince años de tentativas culminan en la apoteosis: aquel joven “de honrada nobleza y mesurado en el alarde de su extravagancia”, a quien José Martí conoció en el Nueva York de 1882, se ha convertido en el escritor de más éxito en Londres.

Al regreso de un viaje a Argel en compañía de Bosie –lord Alfred Douglas, el hijo del marqués de Queensberry y lady Sybil Montgomery–, Wilde encuentra en el club Albermarle una tarjeta de Queensberry con siete palabras y una falta de ortografía: “To Oscar Wilde, posing as a somdomite”.

Nadie ha visto la tarjeta: al no entender lo que decía, el portero tuvo el cuidado de guardarla en un sobre. Sin embargo Wilde demanda por difamación al marqués. Su abogado le pregunta a Wilde si es verdad el cargo; ante la negativa decide tomar el caso. Charles Brookfield, un actor y comediógrafo lleno de envidia y odio gratuito contra Wilde, señala todas las pistas necesarias; Queensberry cohecha a los testigos que pueden presentar testimonios y obtiene para ellos protección policial.

El juicio comienza el 3 de abril en el Old Bailey. El 6 el marqués logra comprobar que no ha mentido y es declarado inocente. Wilde afirma en el Evening News que a fin de no enfrentar a Douglas con su padre renunció a su única posibilidad de defenderse. Se dicta orden de arresto contra él; sus amigos le piden que salga de Inglaterra, pero Wilde se niega a escapar.

No se ha sabido a ciencia cierta qué ocurrió entre el proceso de Queensberry y el de Wilde. Al parecer el gobierno decidió acabar de una vez por todas con el “esteticismo”, que era un estorbo para las necesidades imperiales de Gran Bretaña. Se ha dicho también que durante las investigaciones los nombres del primer ministro, lord Rosebery y el mejor general inglés, lord Kitchener, aparecieron entre los homosexuales. La Labouchère’s Criminal Law Amendment Act de 1885 había logrado que se considerase la homosexualidad un delito; en aras del prestigio victoriano se decidió hacer un escarmiento general en la cabeza de Oscar Wilde. Con todo, no puede omitirse el hecho del rencor acumulado contra él porque sus obras teatrales caricaturizaron con verdadera hostilidad a la clase dominante; algunos de sus cuentos fueron claras denuncias de la opresión y la injusticia y The Soul of Man under Socialism lo enemistó definitivamente con el Establishment.

Tampoco es fácil explicar por qué Wilde mintió respecto a su conducta sexual, se arriesgó a un juicio que tenía de antemano perdido y se negó a escapar de Inglaterra cuando se le dieron todas las oportunidades para hacerlo. Sus innumerables biógrafos han propuesto varias hipótesis que van desde la arrogancia, la certeza de que su fama lo haría vulnerable, la presión ejercida por su madre y su orgullo de irlandés frente a los opresores ingleses hasta el deseo de castigo, la voluntad de terminar su vida con un tercer acto trágico, la aceptación de la fatalidad, el sentimiento de que la mayor grandeza es el fracaso o simplemente que no tenía otro camino para frenar a Queensberry, quien hubiera hecho escándalos mayores hasta provocar el ostracismo social de un hombre que necesitaba la aprobación de la sociedad para su propia estima.

Wilde es detenido en la cárcel preventiva de Holloway. Muchos de sus amigos salen de Inglaterra, temerosos de padecer la misma suerte. Bosie trata en vano de conseguir su libertad bajo fianza y lo visita diariamente. A petición de Queensberry, que exige el pago de las costas de su juicio, Wilde es declarado en quiebra y el remate público de su casa se transforma en saqueo. Constance, su esposa, tiene que huir con sus dos hijos, Cyril y Vyvyan. Sus obras son retiradas de los teatros, aun en Broadway, donde se representaba An Ideal Husband. Sus libros desaparecen de la circulación.

La prensa organiza una implacable campaña de odio. Inglaterra entera se lanza contra el hombre al que ayer había aplaudido. No sólo es juzgado por sus actos: también por sus escritos, sus opiniones, su frecuentación de personas de otras clases sociales.

El proceso comienza el 26 de abril. Como el jurado no se pone de acuerdo, se cita a nueva audiencia tres semanas después. Wilde queda en libertad provisional. Sin casa y rechazado de todos los hoteles, se refugia con su madre y luego con la novelista Ada Leverson, a quien él llama “The Sphynx”.

Por consejo de su abogado y con la aprobación de Wilde, Bosie se marcha a Francia. Al reanudarse el juicio el 20 de mayo, Wilde cede ante las evidencias falsas y verdaderas de los testigos comprados por Queensberry y protegidos por las autoridades y bajo el interrogatorio de Edward Carson, el futuro “rey sin corona” del Ulster, que había sido su compañero de estudios en Dublín. El 26 recibe sentencia de dos años a trabajos forzados.

Como dijo después el propio Wilde, el sistema carcelario inglés tenía como objetivo destruir las facultades mentales. Los trabajos consistían en hacer girar con los pies la rueda de un molino, en dar diez mil vueltas diarias al crank, la manivela de un cilindro metálico y en desmenuzar sogas hasta convertirlas en estopa. Las dos últimas tareas se ejecutaban en la celda; sólo había una hora de ejercicio, consistente en caminar por el patio y estaba prohibido bajo severas penas hablar una palabra con nadie. La ración cotidiana –papilla de avena, grasa de riñones y agua– producía diarrea incesante en los presos, que no disponían de letrinas en sus calabozos, cuyo único mobiliario era un lecho de tablas.

Algunos amigos de Wilde lograron que en julio de 1896 el coronel Henry B. Isaacson fuera sustituido en la dirección de la cárcel de Reading por James Osmond Nelson. Quedó Wilde encargado del jardín y de la encuadernación de los tomos que había en la biblioteca; pudo tener libros, papel y dos caballetes sobre los que con las tablas de su camastro improvisó un escritorio.

En los últimos meses de su encarcelamiento, Oscar Wilde redactó la carta más extensa que conoce la historia: veinte pliegos de cuatro páginas cada uno, en el papel azul de Reading, con el sello real en la parte superior. El reglamento impedía que salieran de la prisión escritos que no fuesen mensajes destinados a familiares, censurados previamente por las autoridades. De modo que Wilde no pudo enviar esa carta, dirigida a lord Alfred Douglas, junto con otra para Robert Ross,  en que, el 1° de abril de 1897, lo designa su albacea literario y le entrega el único documento que realmente aclara mi extraordinaria conducta respecto a Queensberry y Alfred Douglas.

Cuando hayas leído la carta verás la explicación psicológica de un comportamiento que desde afuera parece una mezcla de absoluta idiotez y bravata vulgar. Algún día tendrá que conocerse la verdad –no necesariamente mientras Douglas y yo estemos vivos. Porque no estoy dispuesto a permanecer para siempre en la grotesca picota en que ellos me pusieron. De mis padres heredé un nombre muy distinguido en la literatura y el arte, y no puedo permitir que ese nombre sea eternamente el escudo y la mano del gato de los Queensberry. No defiendo mi conducta: me limito a explicarla.

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A continuación, Wilde pedía que la copia de su manuscrito se hiciera a máquina y, “ya que se trata de una encíclica y las bulas de los santos padres son designadas por sus palabras iniciales, podrá hablarse de mi carta como de la Epistola: In carcere et vinculis”.

El mayor Nelson escribió el 2 de abril a la Comisión de Prisiones para preguntar si el texto podía salir de Reading. Le contestaron que lo entregara al autor cuando recuperase su libertad. El 18 de mayo Nelson devolvió la carta a Wilde y el día 20, en Dieppe, quedó en manos de Ross.

Ross dictó a una mecanógrafa. El 9 de agosto mandó ese original a Douglas, que estaba en Nogent-sur-Marne y conservó el manuscrito y una copia al carbón. Apenas leídas las primeras páginas, Bosie arrojó la carta a las aguas del Marne, con la seguridad de que así destruía todo vestigio de los tiempos pasados junto a Wilde. No obstante, por una breve temporada se reunieron en Nápoles. De creer lo que dice la autobiografía de Douglas, que abunda en falsedades, Wilde estaba seguro de que Bosie había leído la Epistola, pues durante una discusión le dijo: “¿No me estarás echando en cara lo que escribí en la cárcel, muerto de hambre y medio loco? Debes saber que no pienso una sola palabra de todo eso”. Más probable parece que ninguno de los dos haya hecho alusión al texto, pues, por lo que se desprende del relato contenido en él, Wilde y Bosie al estar frente a frente no solían referirse a lo que para bien o para mal se comunicaban por escrito.

Oscar Wilde murió el 30 de noviembre de 1900. En 1903 Max Reinhardt llevó a escena Salomé en el Kleines Theatre de Berlín y Richard Strauss anunció que la utilizaría como libreto de una ópera. A partir de entonces Wilde se volvió el autor de lengua inglesa más leído y traducido después de Shakespeare. Con los derechos, Robert Ross cubrió todas las deudas del proceso. No pudo negar a Max Meyerfeld, el traductor alemán, autorización para verter la parte impersonal de la Epistola. Y en 1905, con el título De Profundis puesto por Ross, apareció en Londres y Berlín un libro que contiene menos de la mitad del manuscrito original. Por obra de la torpeza que siempre acompañó a su malevolencia, Douglas no identificó De Profundis con la carta destruida ocho años atrás y publicó una reseña elogiosa en The Motorist and Traveller (1° de marzo de 1905).

De Profundis se reimprimió cinco veces en el primer año de su aparición, reivindicó en Inglaterra la memoria de Wilde y amplió su fama en el extranjero. El 2 de marzo de 1905, Max Beerbohm, el mejor crítico inglés de su tiempo, dijo en Vanity Fair:

Finas como son las ideas y emociones en De profundis, lo que más me deleita es la escritura en sí, la maestría de la prosa. Excepto Ruskin en su mejor momento, ningún escritor moderno ha logrado en prosa los efectos límpidos y líricos que alcanza Wilde. No parece que uno esté leyendo algo escrito: las palabras cantan. Nada hay de aquella formalidad, aquella dura y astuta precisión que caracteriza muchas de las prosas que justamente admiramos. El sentido es artificial pero la expresión es siempre mágicamente natural y hermosa. Se diría que las sencillas palabras crecen unidas como las flores. Al emplear la rima y el metro Oscar Wilde fue académico –por cierto, jamás fue decadente como algún crítico ha sugerido. Pero la prosa de Intentions, de sus piezas teatrales, de sus cuentos infantiles fue perfecta en su viva y no estudiada gracia. Es una dicha encontrar en esta su última prosa su antiguo poder, intacto a pesar de los tormentos físicos y mentales que sufrió.

En 1908 De profundis inició las obras reunidas de Oscar Wilde, trece volúmenes compilados y prologados por Ross. Su aparición fue celebrada con un banquete en el Savoy que significó un acto de desagravio a Wilde. El De Profundis de esa edición –cautelosamente limitada a mil ejemplares de suscripción– tiene algunos párrafos nuevos; en su nota preliminar, Ross dice que se formó con fragmentos de una carta, que no dará a conocer el resto, pues se trata de asuntos sin interés público y, “contra lo que generalmente se supone, no incluyen nada escandaloso”. Al año siguiente, Meyerfeld incorporó las adiciones a su traducción alemana y apuntó que De profundis estaba dirigido a Douglas y Wilde pensaba llamarla Epistola: In carcere et vinculis. Bosie exigió a Robert Ross la entrega del original, con el argumento de que las cartas enviadas a él eran de su propiedad. En noviembre de 1909 Ross depositó el manuscrito en el Museo Británico, bajo condición de que nadie pudiera verlo antes de 1960.

Arthur Ransome sugirió en Oscar Wilde: A Critical Study (1912) la existencia de una amistad funesta culpable de la ruina del escritor. Aunque su nombre no era citado en el libro, Douglas emprendió (y perdió) un proceso contra Ransome. Durante el juicio, extractos de la parte inédita se leyeron ante el tribunal. El Times publicó algunas transcripciones en abril de 1913 y el manuscrito fue devuelto al museo. Como la defensa de Douglas descansaba en la Epistola, su abogado recibió un facsímil de la copia de 1897 en posesión de Ross, quien, para asegurarse el copyright e impedir que Bosie cumpliera el propósito de publicarla en Estados Unidos acompañada de apostillas y refutaciones, mandó imprimir dieciséis ejemplares en Nueva York. El libro, hecho en una semana, contiene grandes errores, erratas y lagunas y excluye la parte editada por Ross en 1905. Se titula The Suppressed Portion of “De Profundis”. Now for the First Time Published by His Literary Executor, Robert Ross.

El día en que estalló la Primera Guerra Mundial Alfred Douglas respondió con Oscar Wilde and Myself, libro que no fue escrito por él (en sus setenta y cinco años de vida Bosie no aprendió a manejar la prosa inglesa), sino por Thomas William Hodgson Crosland, un periodista mercenario que odiaba a Wilde sin haberlo conocido jamás y fue autor de otras diatribas en contra suya: The First Stone y The Wilde Myth.

Bosie se había convertido al catolicismo y autonombrado defensor de la moral pública. A fin de probar su inocencia ilustró Oscar Wilde and Myself con fotos de su mujer y de su hijo y un documento de su banco para mostrar el dinero que proporcionó a Wilde. El primero de junio de 1918 André Gide escribió en su Journal: En París he leído parcialmente el abominable libro de Douglas. No puede llegar más lejos la hipocresía ni es posible mentir con más cinismo. Esta monstruosa tergiversación de la verdad me da un asco indecible. Bastaría el tono de sus frases para que comprendiera que está mintiendo, aunque yo no hubiese sido testigo presencial de los actos de su vida contra los cuales protesta y de los que anhela disculparse. ¡Pretende que ignoraba las costumbres de Wilde! ¡Que lo defendió en un principio sólo porque lo juzgaba inocente! ¿A quién puede convencer? No lo sé, mas espero no morir antes de que Douglas sea desenmascarado. Este libro es una infamia.

Al morir Robert Ross en 1918, la copia mecanográfica quedó en poder de Vyvyan Holland, el hijo menor de Wilde. En 1925 Henry-D. Davray publicó en París De profundis: Precédé de lettres écrites de la prison par Oscar Wilde à Robert Ross; Meyerfeld ofreció al público alemán el que se pensaba era el texto completo y le devolvió el título de Epistola: In carcere et vinculis. Margarita Nelken tradujo en Madrid la versión de Meyerfeld y la llamó La tragedia de mi vida. Puesto en inglés, el libro de Margarita Nelken circuló en Estados Unidos como si fuera el original. Ricardo Baeza y Julio Gómez de la Serna, los dos hombres a quienes más debe el prestigio de Wilde en el ámbito de la lengua española, incluyeron el genuino De profundis en sus varias ediciones de obras completas. En 1936 Vyvyan Holland intentó dar a conocer íntegramente la copia mecanográfica, pues el Museo Británico no le permitió consultar el manuscrito. Cuando la copia estaba a punto de ir a la imprenta Douglas se opuso. Bosie murió en 1945. A fines de 1949 Holland publicó al fin De Profundis, Being the First Complete and Accurate Version of “Epistola: In Carcere et Vinculis”, the Last Prose Work in English of Oscar Wilde.

Todo el mundo pensó que en efecto la edición de 1949 era exacta, completa y fiel. No lo es y no ciertamente por culpa de Vyvyan Holland, sino a causa de la imposibilidad de manejar el manuscrito. Al cumplirse el plazo señalado por Ross, el 1° de enero de 1960, H. Montgomery Hyde (autor de The Three Trials of Oscar Wilde y Oscar Wilde: The Aftermath) se pre  sentó en el Museo Británico y el día 3 ofreció en el Sunday Times un informe sobre “The De Profundis Affair”. Rupert Hart-Davis imprimió una transcripción fidedigna del manuscrito en su admirable edición de The Letters of Oscar Wilde (1962), sin la cual el presente libro no existiría.

Hart-Davis señaló en el texto hasta entonces conocido cientos de errores que se dividen en cuatro categorías principales: falsas lecturas de la caligrafía de Wilde, equivocaciones auditivas de la persona a quien fue dictado, “mejoras” estilísticas del propio Ross y el inexplicable cambio de pasajes de una parte a otra. Por lo demás, Ross suprimió cerca de mil palabras en contra de Douglas y de Queensberry, como la descripción del marqués durante el proceso. En The Letters, la más importante carta de Oscar Wilde fue impresa exactamente como su autor la escribió. Así, en estas páginas, el texto verdadero y definitivo se traduce por vez primera al español.

José Emilio Pacheco

Toronto, 5 de enero de 1975

(Publicado con autorización de Ediciones Era)

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