Quijote

LECTURAS | Quijote, de Salman Rushdie

Una original relectura del clásico de Cervantes adaptada al siglo XXI, a través de la mirada de uno de los mejores escritores actuales.

Ciudad de México, 4 de abril (MaremotoM).- Inspirado por la obra de Cervantes, Sam DuChamp, un escritor mediocre de thrillers de espías, crea el personaje de Quijote, un viajante de productos farmacéuticos que vive obsesionado con la televisión y que está enamorado platónicamente de una estrella de la pequeña pantalla. Junto con su hijo (imaginario) Sancho, Quijote se embarca en una aventura a través de Estados Unidos para probar que es merecedor de la mano de su doncella, enfrentándose a todo tipo de peligros, desde ciberespías rusos hasta racistas violentos, e incluso a la amenaza del fin del mundo.

Rushdie ha escrito un deslumbrante Don Quijote para los tiempos actuales en un tour-de-force que es, a la vez, un homenaje al clásico y una novela sobre la búsqueda del amor y la familia. Y de la misma forma que Cervantes creó a su personaje para satirizar la cultura de su tiempo, Rushdie embarca al lector en una aventura salvaje por un país al borde del colapso moral y espiritual en una era en la que todo es posible, en la que realidad y ficción son cada vez más indistinguibles.

Elegido en Estados Unidos como uno de los mejores libros del año por medios como TIME y NPR, esta novela supone la vuelta de un «Rushdie en plena forma» (The Observer) y «un resumen de mi vida y de mi obra con el que cierro el paréntesis que se abrió con Hijos de la medianoche», según palabras del propio escritor.

Quijote
Uno de los mejores libros del año. Foto: Cortesía

Fragmento de Quijote, de Salman Rushdie, con autorización de Seix Barral y Planeta.

Quijote, un anciano, se enamora, se embarca en una misión y es padre

Vivía una vez, en una serie de direcciones temporales por todos los Estados Unidos de América, un viajante de origen indio, edad avanzada y facultades mentales menguantes que, por culpa de su amor por la televisión más estúpida, se pasaba una parte enorme de su vida mirándola en exceso bajo la luz amarillenta de las sórdidas habitaciones de motel, y en consecuencia había terminado sufriendo una forma peculiar de lesión cerebral. Devoraba matutinos, programas diurnos, shows de medianoche, telenovelas, comedias de situación, películas de Lifetime, dramas médicos, series policiacos, seriales de vampiros y de zombis, dramas de amas de casa de Atlanta, Nueva Jersey, Beverly Hills y Nueva York, romances y peleas entre princesas de fortunas hoteleras y autoproclamados sahs, así como los retozos de toda una serie de individuos que habían saltado a la fama por afortunados desnudos, por esos quince minutos de celebridad que obtienen ciertas personas jóvenes con muchos seguidores en las redes sociales gracias a su adquisición por medio de cirugía plástica de un tercer pecho o del hecho de que su figura después de extraerse unas cuantas costillas imita la forma imposible de la muñeca Barbie de la compañía Mattel, o incluso, simplemente, por su capacidad para pescar carpas gigantes en escenarios pintorescos sin más atuendo que un bikini diminuto; además de por competiciones de canto, competiciones de cocina, competiciones de propuestas empresariales, competiciones para un puesto de aprendiz corporativo, competiciones entre vehículos gigantes operados a distancia, competiciones de moda, competiciones por el afecto tanto de solteros como de solteras, partidos de béisbol, partidos de baloncesto, partidos de fútbol americano, encuentros de lucha libre, encuentros de kickboxing, programación de deportes extremos y, por supuesto, concursos de belleza. (No veía «hockey». Para la gente de su categoría étnica y cuya juventud había transcurrido en los trópicos, el hockey, que en Estados Unidos se había rebautizado «hockey sobre césped», era un juego que se jugaba sobre hierba. Jugar al hockey sobre césped en hielo era, en su opinión, el absurdo equivalente de hacer patinaje sobre hielo en la hierba.)

Como resultado de su obsesión casi total por aquel material que en los viejos tiempos le había llegado por medio de un tubo de rayos catódicos y en la nueva era de las televisiones planas le llegaba por medio de las pantallas de cristal líquido, de plasma y de diodo orgánico de emisión de luz, sucumbió a ese desorden psicológico cada vez más frecuente por el cual los límites entre verdad y mentira se vuelven borrosos e indistintos, de manera que a veces se veía incapaz de distinguir la una de la otra, la realidad de la «realidad», y empezó a pensar en sí mismo como ciudadano natural (y habitante en potencia) de aquel mundo imaginario del otro lado de la pantalla al que tan devoto era, y que estaba convencido de que les suministraba, a él y a todo el mundo, las orientaciones morales, sociales y prácticas por las que deberían guiarse en la vida todos los hombres y mujeres. A medida que pasaba el tiempo y se iba hundiendo más y más en las arenas movedizas de lo que se podría considerar la realidad irreal, sintió que se estaba involucrando emocionalmente con muchos de los habitantes de aquel otro mundo más luminoso, cuya membresía creía que tenía derecho a reclamar, como si fuera una Dorothy contemporánea planteándose mudarse a Oz, y en algún momento indeterminado desarrolló una pasión insalubre, por ser completamente unilateral, hacia cierto personaje televisivo, la hermosa, ingeniosa y adorada señorita Salma R, un enamoramiento que él describía, de forma muy errónea, como amor. Y en el nombre de ese supuesto amor decidió celosamente perseguir a su «amada» a través de la pantalla del televisor y hasta cualesquiera realidades en alta definición donde habitaran ella y los de su clase, y, no sólo por la gracia, sino también mediante sus acciones, ganarse su corazón.

Hablaba despacio y también se movía despacio, arrastrando la pierna derecha un poco al caminar, consecuencia duradera de un dramático Evento Interior sucedido hacía muchos años y que también le había dañado la memoria, de tal manera que, aunque seguía recordando con nitidez los acontecimientos del pasado remoto, sus recuerdos del periodo intermedio de su vida se habían vuelto inestables, llenos de lagunas y de otros espacios en blanco que se habían rellenado, como si lo hubiera hecho un albañil descuidado y con prisas, con recuerdos falsos creados por cosas que quizá hubiera visto en la tele. Aparte de eso, parecía estar en bastante buena forma para los años que tenía. Era un hombre alto, se podría incluso decir que alargado, como esos que se ven en las demacradas pinturas del Greco y en las estrechas esculturas de Alberto Giacometti, aunque aquellos hombres habían sido (en su mayoría) de temperamento melancólico, mientras que él había sido bendecido con una sonrisa jovial y con los modales encantadores de un caballero de la vieja escuela, ambos rasgos valiosos para un viajante comercial, un trabajo que, en los años dorados de su vida, lo acompañaría durante mucho tiempo. Además, incluso su apellido era risueño. Se llamaba señor Smile. «Señor Ismail Smile, ejecutivo de ventas, Produc- tos Farmacéuticos Smile, S. A., Atlanta, Georgia», decía su tarjeta de visita. En calidad de empleado de ventas, siempre había estado orgulloso de que su apellido fuera el nombre mismo de la corporación a la que representa- ba. El apellido familiar. Eso le confería cierta dignidad, o eso creía él. No era, sin embargo, el nombre con el que decidió ser conocido durante su última y ridícula aventura.

(El poco habitual apellido Smile, por cierto, era la versión americanizada de Ismail, de forma que el viejo viajante se llamaba en realidad Ismail Ismail, o bien Smile Smile. Era un hombre de piel oscura en Estados Unidos que anhelaba a una mujer de piel oscura, y sin embargo no veía su historia en términos raciales. Se podría decir que se había separado de su piel. Era una de las muchas cosas que su misión cuestionaría y cambiaría.)

Cuanto más pensaba en la mujer a la que decía amar, más claro le quedaba que un personaje tan magnífico no se iba a desplomar de alegría simplemente porque un desconocido total le declarara su amor fou. (No estaba tan loco.) Por tanto, le iba a hacer falta demostrar que era digno de ella, y en adelante su única preocupación sería el suministro de las evidencias necesarias. ¡Sí! ¡Demostraría con creces su valor! Sería necesario, al inicio de su misión, mantener al objeto de sus afectos plena- mente informado de sus andanzas, de manera que se propuso iniciar correspondencia con ella, una serie de cartas que revelaran su sinceridad, la profundidad de su afecto y lo lejos que estaba dispuesto a llegar para obtener su mano. Fue llegado a aquel punto de sus reflexiones cuando lo abrumó una especie de timidez. Si le revelaba lo humilde que era realmente su posición en la vida, era posible que ella tirara su carta a la basura con una risa encantadora y ya no volviera a prestarle atención. Si le revelaba su edad o le daba detalles de su apariencia, era posible que ella reaccionara a la información con una mezcla de burla y horror. Si le desvelaba su apellido, el ciertamente augusto apellido Smile, asociado como estaba a una gran fortuna, era posible que ella, presa del mal humor, alertara a las autoridades, y el hecho de que lo cazaran como a un perro a petición del objeto de su adoración le rompería el corazón, y era probable que muriera. Por tanto, de momento mantendría su identidad en secreto y sólo la revelaría cuando sus cartas y las hazañas que la describieran hubieran suavizado la actitud de ella hacia él y la hubieran hecho receptiva a sus avances.

¿Cómo sabría cuándo había llegado el momento? Era una pregunta que responder más adelante. Ahora mismo lo importante era empezar. Y llegaría un día en que el nombre adecuado, la mejor de todas las identidades, acudiría a él en ese momento que media entre la vigilia y el sueño, cuando el mundo imaginario de detrás de nuestros párpados consigue rociar con unas gotas de su magia el mundo que vemos cuando abrimos los ojos.

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Aquella mañana le pareció verse a sí mismo en un sueño dirigiéndose a sí mismo despierto. «Mírate —le murmuró su yo medio dormido a su yo medio despierto—. Con lo alto y flaco que eres y, sin embargo, no te crecen más que cuatro pelos de barba, como si fueras un adolescente con granos. Y, sí, admítelo, también estás un poco tocado de la cabeza, eres uno de esos tipos con la cabeza en las nubes que confunden las formaciones de cúmulos, o de cumulonimbos, o incluso de cirrostratos, con la tierra firme. ¡Acuérdate de tu pieza musical favo- rita cuando eras niño! Ya sé que hoy en día prefieres los gorgoritos que oyes en American Idol o The Voice. Pero en aquellos tiempos te gustaba lo que le gustaba al melómano de tu padre, adoptabas sus gustos musicales como propios. ¿Te acuerdas de su disco favorito?» Y llegado aquel momento el Smile medio dormido sacó haciendo una floritura un LP de vinilo que el Smile medio despierto reconoció al instante. Era una grabación de la ópera Don Quijote de Jules Massenet. «Una versión muy libre de la gran obra maestra de Cervantes, ¿verdad? —murmuró el fantasma—. Como tú, que también pareces una versión muy libre.»

Estaba decidido. Salió de la cama con su pijama de rayas —más deprisa de lo que era su costumbre— y dio literalmente una palmada. ¡Sí! ¡Ése sería el seudónimo que usaría en sus cartas de amor. Sería su ingenioso caballero, don Quijote. Sería Lancelot y ella Ginebra, y se la llevaría a la Guardia Gozosa. Sería, citando al Chaucer de los Cuentos de Canterbury, su «berdadero, perfecto et gentil cavallero».

Corría la Era Donde Puede Pasar Todo, se recordó a sí mismo. Había oído a mucha gente decirlo por la tele y también en aquellos extravagantes videoclips que flotaban en el ciberespacio y que le añadían un nivel más de nueva tecnología a su adicción. Ya no existían las reglas. Y en la Era Donde Puede Pasar Todo, en fin, podía pasar todo. Los viejos amigos podían ser los nuevos enemigos y los enemigos tradicionales podían ser tus nuevos mejores amigos o incluso amantes. Ya no era posible predecir el clima, ni la posibilidad de guerra, ni el resultado de las elecciones. Una mujer podía enamorarse de un lechón, o un hombre ponerse a vivir con un búho. Una belleza podía quedarse dormida y al recibir un beso despertarse hablando un idioma distinto y en ese nuevo idioma revelar un carácter completamente alterado. Una inundación podía ahogar tu ciudad. Un tornado se podía llevar tu casa a una tierra lejana donde, al aterrizar, aplastaras a una bruja. Los criminales se podían convertir en reyes y los reyes ser desenmascarados como criminales. Podías descubrir que la mujer con la que vivías era la hija ilegítima de tu padre. Una nación entera se podía tirar por un precipicio como si fuera una horda de lemmings. Los hombres que interpretaban a presidentes en la tele podían llegar a ser presidentes de verdad. Podía terminarse el agua del mundo. Una mujer podía dar a luz a un niño que resultara ser un dios vampírico. Las palabras podían perder su significado y adquirir uno nuevo. El mundo se podía terminar, tal como había empezado a predecir en repetidas ocasiones por lo menos un importante científico empresario. Un olor maligno flotaría en el aire del final. Y una estrella de la tele podía devolver milagrosamente el amor de un viejo chiflado, concediéndole un inesperado triunfo romántico capaz de redimir una vida larga y pequeña, concediéndole, por fin, el resplandor de la majestad.

Quijote tomó su gran decisión en el Red Roof Inn de Gallup, Nuevo México (21 678 hab). El viajante contempló con deseo y envidia el histórico hotel El Rancho, que en pleno apogeo del cine del Oeste había alojado a mu- chas de las estrellas cinematográficas que tenían sus rodajes en aquella zona, desde John Wayne y Humphrey Bogart hasta Katharine Hepburn y Mae West. El hotel El Rancho costaba más de lo que él podía pagar, de manera que había pasado de largo y había seguido conduciendo hasta el más humilde Red Roof, con el cual se conformaba. Era un hombre que había aprendido a aceptar su destino en la vida sin queja. Aquella mañana la tele estaba encendida cuando se despertó provisto de su nueva y luminosa identidad —se había quedado dormido sin acordarse de apagarla— y el hombre del tiempo de la KOB-4, Steve Stucker, estaba en pantalla con su Séquito Canino, compuesto por las celebridades perrunas Radar, Rez, Squeaky y Tuffy. Eso quería decir que era viernes y que el recién bautizado señor Quijote (no tenía la sensación de haberse ganado ni hecho méritos para el honorífico don), vigorizado por su nueva determinación y por el hecho de que se abriera ante él el sendero flanqueado de flores que llevaba al amor, se encontraba lleno de emoción, pese a hallarse al final de una fatigosa semana de trabajo en la que había estado visitando el área de prácticas médicas de la zona de Albuquerque entre otras. El día anterior lo había pasado en las distintas instalaciones de Servicios Sanitarios Cristianos Rehoboth McKinley, del Grupo Médico Western New Mexico y del Centro Médico Indio Gallup (que asistía a la importante población nativa americana del pueblo, extraída de las tribus hopi, navajo y zuni). Le parecía que las ventas habían ido bien, aunque sus risueñas insinuaciones de que pronto iba a pasar unas vacaciones en la mismísima Nueva York (8 623 000 hab) con una novia nueva, una Señorita Muy Famosa, la Reina de la Televisión que Hay que Ver, fueron recibidas con fruncimientos de ceño perplejos y risillas avergonzadas. Y el pequeño chascarrillo que hizo en el Centro Médico Indio —«¡Yo también soy indio! ¡De los del punto en la frente, no de los de la pluma! Así que estoy contento de estar aquí, en territorio indio»— no había sentado nada bien.

Ya no tenía residencia fija. Su hogar era la carretera, su sala de estar era el coche, su armario de la ropa era la cajuela, y una larga serie de establecimientos de las cadenas Red Roof Inn, Motel 6, Days Inn y otras posadas le suministraban las camas y los televisores. Prefería los moteles que tenían canales de cable premium, pero si no los había, se conformaba con las cadenas generalistas. Aquella mañana, sin embargo, no tenía tiempo para el hombre del tiempo local y sus mascotas rescatadas. Quería hablar con sus amigos del amor y de la misión de amor en la que estaba a punto de embarcarse.

La verdad era que ya casi no le quedaban amigos. Estaba su rico primo, jefe y patrono, el doctor R. K. Smile, y la esposa del doctor Smile, Happy, aunque ya no pasaba tiempo con ellos, y estaban los recepcionistas de algunos de los moteles que frecuentaba habitualmente. Había unos cuantos individuos desperdigados por el país y por el planeta que quizá todavía albergaran sentimientos parecidos a la amistad hacia él. Y había, por encima de todo, una mujer en Nueva York (se hacía llamar la Cama Elástica Humana) que quizá le volviera a sonreír alguna vez, si él tenía suerte y si ella aceptaba sus disculpas. (Él sabía, o creía saber, que le debía disculpas, pero sólo se acordaba en parte de por qué, y a veces le parecía que quizá su memoria dañada le hubiera dado la vuelta a la situación y fuera ella quien necesitaba disculparse con él.) Pero no tenía grupo social, ni cohorte, ni pandilla, ni amigos reales; hacía mucho tiempo que había abandonado el tumulto social. En su página de Facebook se había «hecho amigo» o había «aceptado amistad» de un pequeño y menguante grupo de viajantes comerciales como él, así como de un surtido de corazones solitarios, fanfarrones, exhibicionistas y señoras procaces que se comportaban de la forma más erótica que les permitían las reglas más bien puritanas de la red social. Hasta el último de aquellos «amigos» vio su plan, cuando lo posteó con entusiasmo, como lo que era —un plan descerebrado y rayano en la demencia— y trató de disuadirlo, por su propio bien, de que persiguiera o acosara a la señorita Salma R. En respuesta a su post aparecieron emoticonos con el ceño fruncido y bitmojis que lo reprendían meneando el dedo y GIF de la propia Salma R poniendo los ojos bizcos, sacando la lengua y haciendo girar el dedo junto a la sien derecha, todo lo cual se unía a la serie universalmente reconocida de gestos que significaban «loquito». Pese a todo, él no se dejó disuadir.

Esa clase de historias, en líneas generales, no terminan bien.

En su juventud —que había tenido lugar hacía el tiempo suficiente como para que su recuerdo de ella hubiera permanecido claro—, había sido un hombre errante de una clase más pura que el viajante que terminaría sien- do, y había recorrido el mundo sólo en pos de todo lo que pudiera ver, desde el cabo de Hornos hasta la Tierra del Fuego, aquellos confines del planeta donde todo el color se había escapado del mundo, de tal manera que las cosas y la gente sólo existían en blanco y negro; por…

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