Siri Hustvedt

LECTURAS | Recuerdos del futuro, de Siri Hustvedt

Dos mujeres, una ciudad, un misterio: una historia entre la realidad y la ficción, entre el thriller psicológico y la novela de formación.

Ciudad de México, 3 de junio (MaremotoM).- Una escritora consagrada que trabaja en sus memorias redescubre los viejos diarios de su primer año en Nueva York, a finales de la década de 1970. Recién salida de un pueblo de Minnesota, sin apenas dinero y con hambre de nuevas experiencias, se deslumbra por todo lo que le ofrece la ciudad: su primer amor, los esbozos de su primera novela, la escena literaria que se abre ante ella, y, sobre todo, la obsesión por su vecina, una mujer joven que cada noche entona extraños monólogos en su apartamento y que la protagonista anota febrilmente en sus cuadernos. Conforme estas confesiones

se vuelven más perturbadoras, su interés por descubrir la verdad detrás de la puerta de al lado también se intensifica.

Cuarenta años después de aquello, esas notas y diarios sirven a la escritora para reflexionar sobre temas como el paso del tiempo, el deseo o el papel de la mujer en la sociedad y para constatar que son los recuerdos del pasado los que en gran medida conforman quienes seremos en el futuro.

Entre la metaliteratura y el feminismo, entre el thriller psicológico y el bildungsroman, Siri Hustvedt vuelve a cuestionar nuestras relaciones con la realidad, la capacidad del arte para cambiar nuestra percepción del mundo, los límites de la ficción y los enigmas de la personalidad y la memoria.

Siri Hustdvet
El nuevo libro de la ganadora del Princesa de Asturias. Foto: Planeta

Fragmento de Memorias del futuro, de Siri Hustvedt, con autorización de Editorial Planeta.

1

Hace años dejé las extensas llanuras de la Minnesota rural para dirigirme a la isla de Manhattan en busca del héroe de mi primera novela. Cuando llegué allí en agosto de 1978, más que un personaje era una posibilidad rítmica, una criatura embrionaria de mi imaginación percibida como una serie de compases métricos que se aceleraban o ralentizaban con mis pasos al recorrer las calles de la ciudad. Creo que esperaba descubrirme a mí misma en él, demostrar que ambos éramos dignos de cualquier historia que pudiera salirnos al encuentro. En Nueva York no buscaba felicidad ni comodidades sino aventuras y sabía que la persona aventurera debe someterse a un sinfín de pruebas por tierra y por mar antes de regresar a casa o acaba sucumbiendo a manos de los dioses. Entonces no sabía lo que ahora sé: que al escribir también me escribía. El libro había empezado a escribirse mucho antes de que yo dejara las llanuras. En el cerebro tenía grabados múltiples borradores de una novela de misterio, pero eso no significaba que supiera qué iba a salir. Mi héroe aún por formar y yo nos dirigíamos a un lugar que era poco más que una brillante ficción: el futuro.

Me había dado doce meses exactos para escribir la novela. Si al final del verano siguiente mi héroe había nacido muerto o fallecía aún en pañales o si resultaba ser un zopenco cuya vida no merecía ni un comentario; en otras palabras, si no era realmente un héroe, los dejaría atrás tanto a él como a su novela y me pondría a estudiar a los antepasados de mi criatura muerta (o fallida), los moradores de los volúmenes que llenan las ciudades fantasma que llamamos bibliotecas. Me habían concedido una beca para cursar Literatura Comparada en la Universidad de Columbia y cuando pregunté si podía posponerla para el año siguiente, las autoridades invisibles me enviaron una carta interminable en la que aceptaban mi petición.

Una habitación oscura con una cocina pequeña, un dormitorio aún más oscuro, un diminuto cuarto de baño de baldosas blancas y negras y un armario con el techo de yeso lleno de protuberancias en el número 309 de la calle Ciento nueve Oeste me costaban doscientos diez dólares al mes. Era un piso lúgubre en un edificio destartalado y lleno de desconchones y grietas y si yo hubiera sido diferente, si hubiera tenido un poco más de mundo o hubiera leído un poco menos, la pintura verde ácido y las vistas a dos paredes sucias de ladrillo en el sofocante calor del verano me habrían desinflado a mí y mis ambiciones, pero en aquel momento no existía el grado de diferenciación, por ínfimo que fuera, que eso requería. Lo feo era hermoso. Decoré las habitaciones alquiladas con las frases y los párrafos embrujados que sacaba a mi antojo de los numerosos volúmenes que tenía en la cabeza.

Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la ima- ginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

Los primeros momentos que pasé en mi piso conservan en mi memoria una cualidad radiante que nada tiene que ver con la luz del sol. Están iluminados por una idea. Entregada la fianza, pagado el alquiler del primer mes y cerrada la puerta en la cara de mi achaparrado y risueño conserje, el señor Rosales, con las axilas de mi camiseta empapadas de sudor, salté sobre las tablas del suelo en lo que creía que era una giga y lancé los brazos al aire, triunfal.

Tenía veintitrés años y una licenciatura en Filosofía y Literatura Inglesa en el Saint Magnus College (una pequeña escuela de Humanidades de Minnesota fundada por inmigrantes noruegos); cinco mil dólares en el banco, un fajo de dinero que había ahorrado al acabar la carrera trabajando de camarera en Webster, mi ciudad natal, y durmiendo gratis en casa durante un año; una máquina de escribir Smith Corona, un juego de herramientas, una batería de cocina que me había dado mi madre y seis cajas de libros. Construí un escritorio con tablones y una plancha de contrachapado. Y compré dos platos, dos tazas, dos vasos, dos tenedores, dos cuchillos y dos cucharas contando con el futuro amante (o serie de amantes) con quien, después de una noche de sexo delirante, pensaba compartir un desayuno de tostadas y huevos sentados en el suelo, pues no tenía mesa ni sillas.

Recuerdo la puerta cerrándose en la cara del señor Rosales y recuerdo mi euforia. Recuerdo las dos habitaciones del viejo piso, y puedo ir de una a otra con la imaginación. Todavía veo el espacio, pero, si soy sincera, no puedo describir los dibujos que trazaban las grietas en el techo del dormitorio, las toscas líneas y las delicadas floraciones que sé que estaban allí porque las examinaba; tampoco estoy totalmente segura del tamaño de la nevera, por ejemplo, aunque creo que era más bien pequeña. Sí recuerdo que era blanca y quizá con las esquinas redondeadas en lugar de rectas. Cuanto más me concentre en recordar, probablemente más detalles saldrán, aunque podrían ser inventados. Así que no me extenderé sobre el aspecto, por ejemplo, de las patatas que había en los platos hace treinta y ocho años. No diré si eran blancuzcas y hervidas, ligeramente salteadas, al gratén o fritas, porque no las recuerdo. Si eres uno de esos lectores que disfrutan con las autobiografías llenas de recuerdos muy concretos, debo decir que los autores que afirman recordar a la perfección sus röstis de patatas de décadas atrás no son de fiar.

Y así llego a la ciudad con la que sueño desde que tenía ocho años y que no conozco ni un ápice (de niña confundía ápice con átomo, que asociaba con la aterradora física de la bomba).

Y así llego a la ciudad que he visto en películas y sobre la que he leído en libros, que es Nueva York pero también otras ciudades, París, Londres y San Petersburgo, la ciudad de las aventuras y desventuras del héroe, una ciudad real que es al mismo tiempo una ciudad imaginaria.

Recuerdo la extraña iluminación que creaban los estores rotos la primera noche que dormí en el piso 2B, el 25 de agosto. Me dije que tendría que comprarme unos nuevos si quería que hubiera oscuridad absoluta en la habitación. El aire caliente no corría. Dejé las sábanas empapadas de sudor y mis sueños fueron crudos y gráficos, pero, cuando a la mañana siguiente tuve el café listo y me llevé la taza a mi colchón de espuma para tomármelo, había olvidado lo soñado. Durante mi primera semana en Nueva York escribía por las mañanas y daba vueltas en metro por las tardes. No tenía un destino en mente, pero sé que, mientras el tren atravesaba rugiendo las entrañas de la ciudad, el corazón me palpitaba más deprisa y mi libertad recién descubierta parecía casi imposible. Un billete costaba cincuenta centavos y, mientras no me dirigiera a la salida ni subiera las escaleras, podía ir cambiando de línea sin comprar otro. Me desplazaba tranquilamente entre el centro y las afueras en la IRT, volaba en un tren exprés de la A, cruzaba del West Side al East Side en el Shuttle e investigaba la curiosa ruta de la L; y cuando la F se elevaba en la intersección de Smith con la Nueve a plena luz del día y tenía una fugaz visión de Brooklyn con su mezcolanza de bloques de hormigón, almacenes y vallas publicitarias, me sorprendía sonriendo a la ventanilla. Sentada o de pie en uno de los vagones, dando bandazos y sacudidas con los frenazos y los arranques, rendía homenaje a los grafitis omnipresentes, no por su belleza sino por su espíritu insurrecto, del que esperaba imbuirme y emularlos en mi propia obra artística. Disfrutaba con los trenes estrepitosos y con la voz del hombre cuyos anuncios se convertían en un ininteligible pero sonoro chirrido que se oía por el altavoz. Celebraba la aglomeración de gente cuando me veía expulsada por la puerta en un gran movimiento colectivo y recitaba los versos de Whitman: “y yo desintegrado, y todos desintegrados y, aun así, todavía parte del plan”. Yo quería ser parte del plan. Quería ser todos. Oía los idiomas que se hablaban, algunos reconocibles —español, mandarín, alemán, ruso, polaco, francés, portugués— y otros que no sabía ni que existían. Me deleitaba con los distintos colores de piel que me rodeaban, pues en Webster, Minnesota, ya me había saciado para toda la vida de palidez luterana y de sus encendidos tonos rosa, rojo y marrón de granjero quemado.

Observaba en los vagabundos, pordioseros y mendigos que veía por la calle las distintas fases del descenso a las indignidades. Años antes de que yo llegara a Nueva York, las autoridades habían abierto las puertas de los pabellones psiquiátricos y dejado salir a sus pacientes en una libertad cuestionable. Los locos merodeaban por los andenes hurgándose las llagas. Algunos gritaban versos. Otros cantaban, gemían o predicaban la venida de Jesús o la ira de Yahvé y otros se quedaban sentados en silencio en los rincones, reducidos a un saco de desesperación. Yo inhalaba el hedor que despedían sus cuerpos sin lavar, un olor totalmente nuevo para mí y contenía el aliento.

La racionalidad de las calles de Manhattan tendría que esperar. En el mapa que siempre llevaba encima se veía cómo se comunicaban los barrios, pero no había una lógica carnal. Cuando subía los escalones dando saltos hacia el sol y la multitud y golpeaba con la suela de los zapatos el asfalto ardiendo y el alquitrán derretido y oía a través de las voces, el ruido del tráfico y el rumor general la cacofonía de músicas procedente de radiocasetes cargados al hombro o a la altura de los muslos como maletas, se me erizaba la piel, sentía un ligero mareo y me preparaba para el asalto sensual que estaba por llegar. Recuerdo mi primera incursión por la agresiva y cáustica Canal Street, con los patos de color bronce que colgaban por las patas detrás de cristales grasientos, las tinas llenas de pescados enteros y las cestas y cajas de cartón repletas de grano, de hortalizas y de frutas de las que sólo más tarde aprendería los nombres: carambola, mangostán, yaca y longan.

Luego estaban los sórdidos placeres de los paseos por Times Square: los rótulos para atraer a clientes con x, xx, xxx y striptease, también escrito “estriptis” y “estri tis” (porque se había caído la pe); las cabinas de peepshow, el Paradise Playhouse, el Filthy’s y el Circus Circus con chicas en directo sobre el escenario por sólo veinticinco centavos y “10 dólares completo”; las siluetas de mujeres desnudas de pechos protuberantes y piernas largas encima de las marquesinas; las pizzerías, las salas de juego y las deprimentes y escuálidas lavanderías donde se amontonaban los paquetes de papel marrón atados con cordel; los escombros que saltaban y se arremolinaban cuando soplaba el viento; los trileros que montaban su tenderete para estafar a los incautos y los hombres con las camisas arremangadas en el aire caliente que se detenían en la acera, captada momentáneamente su atención por la promesa de carnes temblorosas y alivio rápido, hasta que decidían entrar para obtener alguna satisfacción o girar a la izquierda o a la derecha y seguir su camino.

Caminaba hasta el Greenwich Village por su mitología bohemia, en pos de la brillante escuela Dadá. Buscaba a Djuna Barnes y Marcel Duchamp, a Berenice Abbott, Edna St. Vincent Millay y Claude McKay, a Emmanuel Radnitzky, alias Man Ray. Buscaba a William Carlos Williams y a Jane Heap, a Francis Picabia y a Arthur Cravan y al asombroso personaje que había asomado cuando investigaba el movimiento Dadá, una mujer a la que había perseguido hasta los archivos de la Universidad de Maryland, donde durante tres días había copiado laboriosamente a lápiz sus poemas, casi todos inéditos: la baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven, de soltera, Elsa Hildegard Plötz, artista del desmadre protopunk que posaba con jaulas en la cabeza y faros en las caderas y escribía poemas semejantes a aullidos o eructos que le salían de lo más profundo del diafragma.

“Nadie pide estos documentos”, me dijo la archivera antes de sacar las cajas. “Entonces yo soy Nadie”, pensé. Los papeles de la baronesa llegaron a Maryland en 1970 porque Djuna Barnes, autora de la embriagadora novela El bosque de la noche, había conservado las cartas, los manuscritos y los dibujos de su querida amiga y los había guardado en su piso de Nueva York. Cuando la universidad adquirió los papeles de Barnes, los de la baronesa iban con ellos. Pasé horas sentada con las hojas amarillentas de Elsa, con y sin renglones, estudiando borrador tras borrador de un solo poema hasta que acababa confusa y me dolían los ojos. Al terminar el día, sentada en la cama de mi habitación del Holiday Inn, leía lo que había copiado y sentía a través del cuerpo la percusión de las sacudidas y los tirones de la baronesa. Vivía en las páginas que me había llevado a Nueva York, pero no había rastro de ella en el centro de la ciudad. Ni siquiera un fantasma. No quedaba nada de ella en los estrechos caminos apartados del Village.

Entonces Christopher Street estaba llena de vida, era como un teatro al aire libre por el que me gustaba pasear de incógnito y mirar en los escaparates la parafernalia erótica y los disfraces de un tipo que sabía vagamente que existía pero que nunca había visto y me preguntaba qué habría pensado mi viejo amigo el pastor Weeks, qué habría dicho si hubiera paseado a mi lado, y yo misma me respondía las palabras que él habría escogido: “Todos somos hermanos en el Señor”. Admiraba las parejas orgullosas que parecían gemelos esbeltos y estilizados vestidos a juego con sus vaqueros azules y sus camisetas ceñidas y su postura perfecta con un ligero balanceo de caderas y tal vez un perro sujeto con una correa entre ambos mientras paseaban para exhibir su belleza; me gustaban las chicas altas con plumas y tacones, e intentaba no quedarme mirando a los hombres a los que en secreto llamaba “amenazas de cuero”, los chicos corpulentos y musculosos vestidos de negro con clavos y tachuelas plateados y una expresión tensa que me hacía bajar la mirada al suelo.

Pasaba el rato en las librerías. Coliseum, Gotham Book Mart, Books and Company, Strand. En Eight Street Bookshop compré Algunos árboles, de John Ashbery, y lo leí en el tren y luego en voz alta en mi piso, una y otra vez. Y descubrí National Bookstore en Astor Place, atestada de atractivos libros académicos envueltos en plástico para impedir la invasión de dedos de personas como yo, supervisados por un tirano de pelo canoso que seguía el compás con golpecitos de lápiz y te gruñía si hojeabas un volumen más tiempo de la cuenta. Aunque debía tener cuidado con el dinero y solía marcharme con las manos vacías, el anciano Salter, que no era muy amable de por sí, dejaba que me sentara en el suelo de su librería, que estaba en mi barrio, justo enfrente de la Universidad de Columbia; allí me apoyaba contra el estante y leía hasta que sabía que quería realmente ese o aquel libro, sobre todo si eran de poetas desconocidos por mí y antes de que se acabara el año había comprado toda la Escuela de Nueva York y compañía más Ashbery, así como Kenneth Koch, Ron Padgett, James Schuyler, Barbara Guest y Frank O’Hara, este último, muerto al ser atropellado por un todoterreno en Fire Island doce años antes de que yo llegara. Todavía recuerdo las palabras de Guest que me llevaron a comprar su libro: “Captar la distancia entre los personajes”. Sigo intentando entenderlas.

Cuando quería que la ciudad se detuviera, subía saltando las escalinatas entre los leones de piedra y cruzaba las puertas de la Biblioteca Pública de Nueva York y me dirigía rápidamente a la majestuosa sala de lectura, digna de reyes, donde me sentaba a una de las largas mesas de madera bajo un enorme techo abovedado con una araña de luces suspendida por encima de mi cabeza, y, bañada en la serena luz del día que entraba por los grandes ventanales, pedía un libro y leía durante horas; era como si me convirtiera en un ser de puro potencial, un cuerpo transformado en un espacio hechizado de expansión infinita; mientras leía con el ruido sordo de las páginas al pasar, las toses, los estornudos, el resonar de los pasos en la enorme sala y algún grosero susurro esporádico, hallaba refugio en las cadencias de la mente de la que me apropiaba estando allí, inmersa en frases que yo jamás podría haber escrito ni imaginado, e incluso cuando el texto era ininteligible o retorcido o me sobrepasaba y de ésos había muchos, yo perseveraba y tomaba notas y entendía que mi misión era cuestión de años, no de meses. Si lograba llenarme la cabeza de la sabiduría y el arte de los tiempos, crecería, volumen a volumen, hasta convertirme en la gigante que quería ser. Aunque la lectura requería concentración, sus exigencias no eran las de las calles y en la sala de lectura me relajaba. Se me acompasaba la respiración. Dejaba caer los hombros, y a menudo permitía que mis pensamientos se perdiesen en una ensoñación alrededor de una sola frase: “La irracionalidad de algo no es un argumento en contra de su existencia, sino más bien una condición de ésta. En la biblioteca tenía alas.

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Antes de salir del edificio iba siempre a la Sala de Lectura Eslava, abría la puerta y desde allí espiaba a los ancianos, que, con la piel del color de la cáscara de huevo teñida de gris y sus largas barbas del mismo color pero de una tonalidad más pálida, parecían tallas de marfil de sí mismos. Iban de negro y daba la impresión de que estaban inmóviles, sentados sobre sus viejos libros. Sólo sus largos dedos índices se movían con deliberación al pasar las páginas, un gesto uniforme que probaba que las estatuas estaban vivas. Los ancianos deben de llevar mucho tiempo muertos y ya no existe la Sala de Lectura Eslava, pero yo nunca dejaba de asomarme a ella e inhalar el especial olor seco de estudioso entrado en años mezclado con el del papel valioso, que parecía llevar un toque de incienso humeante y la filosofía mística de Vladimir Soloviev antes de la revolución. Nunca me atreví a cruzar el umbral.

La biblioteca es un palacio estadounidense, construido con el dinero de Lenox y Astor para demostrar al altanero dinero europeo que no era nada comparado con el nuestro. Pero puedo afirmar que nadie me repasó de arriba abajo, ni me hizo un test de inteligencia, ni comprobó mi cuenta bancaria antes de que cruzara la puerta. En Webster, Minnesota, no había ricos de verdad. Teníamos por ricos a unos cuantos granjeros de pavos y tenderos y los médicos, los dentistas, los abogados y los catedráticos, por modestos que fueran sus recursos, obtenían reconocimiento social por los años de estudio, y a menudo despertaban resentimiento entre los granjeros pobres, los mecánicos y los miles de personas que vivían en la ciudad y sus alrededores y no tenían una profesión que añadir a su nombre. En cambio, en Nueva York el dinero estaba para deslumbrar, yo nunca había visto nada semejante. Se paseaba arriba y abajo por la Quinta Avenida y Park Avenue, solo o en pareja, y se reía y conversaba detrás de las cristaleras de los restaurantes con botellas de vino, servilletas de lino blanco almidonado y velas de luz tenue. Se bajaba de taxis con zapatos cuya suela no parecía haber tocado nunca una acera y se dejaba caer con elegancia en el asiento trasero de limusinas con chófer. Centelleaba en las esferas de relojes, pendientes y pañuelos en tiendas en las que me intimidaba entrar. Y no podía evitar pensar en las bonitas camisas de muchos colores de Jay Gatsby y en la boba y hueca Daisy, y en la triste luz verde. Pensaba también en Balzac, cómo no, y en la sórdida y fastuosa comedia humana; en Proust comiendo en el Ritz con los amigos de los que tomaba prestados rasgos del carácter con tan aterradora exactitud y en el “mundo elegante” de Odette, que en realidad no era nada elegante sino vulgar, y me esforzaba por sentir más allá de todo ello y ser mi propio personaje, esa joven noble aunque pobre, con gustos literarios y filosóficos elevados y refinados, pero en el dinero que veía había poder, una fuerza bruta que me asustaba y que envidiaba porque me hacía más pequeña y más patética a mis ojos.

Sigo en Nueva York, aunque la ciudad de entonces no es la ciudad en la que vivo ahora. El dinero sigue en alza, pero su brillo se ha extendido por todo el distrito de Manhattan. Los letreros gastados, los toldos raídos, los pósteres despegados y los ladrillos sucios que conferían un aire deslustrado y en general caótico a las calles de mi viejo barrio del Upper West Side han desaparecido. Cuando me encuentro en los lugares que frecuentaba, mis ojos se topan con los rígidos contornos del proceso de aburguesamiento. Los letreros legibles y los colores claros y limpios han reemplazado la antigua oscuridad visual. Y las calles se han desembarazado de la amenaza, esa omnipresente e invisible amenaza de que la violencia podía surgir en cualquier momento, por lo que adoptar una postura defensiva y un andar resuelto no era algo opcional sino necesario. En 1978, uno podía adoptar el paso parsimonioso del flâneur en otras partes de la ciudad, pero no allí. En menos de una semana mis sentidos habían adquirido una agudeza que no había necesitado antes. Siempre estaba alerta al crujido, gemido o chirrido repentino, al gesto brusco, al caminar tambaleante o a la expresión lasciva del desconocido que se acerca, un hedor indefinido de algo no del todo decoroso que flotaba aquí y allá y que me impulsaba a apretar el paso o a esconderme en una bodega o una tienda coreana.

Aquel año llevé un diario. Encontré en él a mi héroe, el homúnculo de mis pensamientos itinerantes y probé pasajes para su novela. Garabateaba, dibujaba y apuntaba al menos algunas de sus idas y venidas, y las conversaciones que tenía con los demás y conmigo misma. El cuaderno clásico Mead en blanco y negro con la crónica de mi antiguo ser desapareció no mucho después de que hubiera llenado sus páginas y hace tres meses lo encontré pulcramente guardado en una caja de cosas sueltas que mi madre había conservado. Seguramente empecé otro diario y dejé atrás el viejo después de una estancia en casa de mis padres en el verano de 1979. Cuando vi debajo de una caja de fotografías sueltas el cuaderno con las esquinas ligeramente dobladas y el absurdo título de “Mi nueva vida” escrito en la cubierta, lo saludé como si se tratara de un familiar querido a quien había dado por muerto: primero, la exclamación de reconocimiento y luego, el abrazo. No fue hasta horas después cuando la imagen de mí misma sosteniendo el cuaderno contra el pecho adquirió el cariz ridículo que sin duda merece. Y, sin embargo, ese pequeño cuaderno de doscientas páginas tiene un valor inestimable por la simple razón de que ha traído de vuelta, hasta cierto punto, lo que no podía recordar o lo que recordaba mal, con una voz que es mía y al mismo tiempo no lo es del todo. Es curioso. Pensé que todas las entradas empezaban con “Querida Página”, una invocación que en ese momento me pareció ingeniosa, pero en realidad me dirigía a mi interlocutor imaginario con un par de nombres y a veces con ninguno.

Mi hermana y yo estábamos revisando todas las pertenencias de nuestra madre porque iba a dejar el apartamento de cinco habitaciones para personas mayores autónomas en el que había vivido desde que nuestro padre murió. Su destino era una sola habitación en el ala asistida del mismo complejo habitacional para jubilados, lo que significaba que había pasos en lugar de kilómetros por medio, pero el traslado requería una drástica criba de las posesiones de mi madre. Aunque no era un feliz acontecimiento, el cambio era menos doloroso de lo que podría haber sido, pues entre sus nueve años y medio de “vida autónoma” y su nueva vivienda que requería “asistencia”, nuestra madre de noventa y dos años había vivido, frágil y postrada, en la tercera ala del mismo complejo conocida como la Unidad de Cuidados. Diez meses antes, el médico que la llevaba, el doctor Gabriel, poco menos que la había declarado muerta, aunque sin utilizar estas palabras, evidentemente y nos había aconsejado que nos preparáramos para su muerte, sin emplear tampoco esa palabra. Pero a comienzos de octubre del año pasado nos recomendó sin rodeos que consideráramos celebrar la Navidad antes de tiempo, a finales de octubre o a comienzos de noviembre, dando a entender que era poco probable que nuestra madre aguantara hasta diciembre y que si queríamos que disfrutara de sus fiestas favoritas, debíamos darnos prisa.

Aunque ni mi hermana ni yo respondimos nada, a las dos nos pareció ridícula la sugerencia de que amañáramos el calendario para acomodar la muerte probable de nuestra madre. Los meses se suceden uno después del otro, y, si moría en octubre o en noviembre, no íbamos a fingir que Halloween o Acción de Gracias era Navidad. Nuestra madre había perdido la noción del tiempo en general y había olvidado las sucesivas emergencias de salud —una fractura en un pie, un brazo roto, un fallo cardíaco congestivo, la pseudogota que le hinchaba las delgadas piernas convirtiéndolas en dolorosos leños rojos y, por último, una infección en el torrente sanguíneo que le provocaba alucinaciones con amigos ya fallecidos, coros de niños y elfos con sombreros de copa que le decían adiós desde el otro lado de la ventana—, pero habría desaprobado enérgicamente amañar las estaciones. Siempre se había considerado una persona “filosófica” y la definición idiosincrática que ella daba al término era la siguiente: todos sufrimos y todos morimos. “Nunca digas “irse” en lugar de “morir” —me decía cuando yo tenía once años—. Las personas mueren. No se esfuman.”

Mi madre pasó Halloween, Acción de Gracias, Navidad y Semana Santa, y, antes de que acabara el verano y las hojas de los árboles que había detrás de la Unidad de Cuidados empezaran a cambiar de color, había dejado de estar terminal, y como se había apartado del último umbral y los administradores de la Unidad de Cuidados necesitaban la cama para dársela a una persona que estuviera, o mejor dicho, yaciera realmente “a las puertas de la muerte” (palabras que nunca se pronunciaron en voz alta), la mandaron a la sala asistida. Una vez allí, no aprobaron que regresara a sus antiguas dependencias para personas de vida autónoma, lo que precipitó su traslado, el hallazgo de mi cuaderno y el que yo empezara a escribir este libro.

Mi madre ya está bien instalada en su nueva habitación y no me sorprendería que viviera otra década, aunque tiene lapsus de memoria. Se olvida de lo que acabo de decirle por teléfono. Se olvida de quién acaba de entrar con una pastilla, un vaso de agua o un bollo de pasas. Se olvida de que ha tomado el analgésico para la artritis y de si ha recibido alguna visita y en cambio me habla de las orquídeas que hay en su alféizar. Describe los colores y el número de flores que aguantan en cada vara y cómo la luz cae sobre ellas; “hoy está un poco nublado, de modo que la luz es uniforme”, dice. Es locuaz, y se acuerda bastante de su vida pasada, sobre todo de los primeros años, y últimamente le gusta repasar las viejas historias. Ayer me contó una de sus favoritas, una historia que yo le pedía una y otra vez que me contara cuando era niña. Ella y su hermano habían visto la cara de Eva Harstad en la ventana del segundo piso de la casa del final de Maple Street en Blooming Field, donde ella creció. “Oscar y yo regresábamos a casa andando al atardecer, el cielo estaba veteado de rosa y había una luz extraña. Los dos la vimos en la ventana. Era imposible, ¿sabes?, porque la pobre Eva se había ahorcado el año anterior. No la conocíamos muy bien. Por lo visto, había un bebé en camino. Nadie averiguó quién era el padre. Su muerte entristeció a todos los que no eran malintencionados, ni santurrones, ni hipócritas. Pero allí estaba ella, con su pelo rubio y largo colgándole alrededor de la cara. Sé que lo he dicho muchas veces, pero había algo extraño en sus labios. Los movía de forma enloquecida, como hacen los cantantes a modo de calentamiento antes de salir a cantar, pero no brotó ningún sonido. No echamos a correr, pero se nos paró el corazón, si sabes a qué me refiero. Apretamos el paso. A Oscar nunca le ha gustado que se lo recuerde. Creo que le asustaba más que a mí. Debería preguntárselo, ¿no crees? ¿Dónde está Oscar?” El tío Oscar murió en 2009. Mi madre lo tiene claro algunos días, pero otros no.

El pasado es frágil, tan frágil como quebradizos los huesos con los años, tan frágil como los fantasmas que vemos en las ventanas o los sueños que se descomponen al despertar y no dejan atrás nada aparte de una sensación de inquietud o angustia, o, menos a menudo, una extraña satisfacción.

2 de septiembre de 1978

Mi querida Página:

He esperado este ahora, el ahora que desaparecerá si no lo atrapo, lo agito y lo escurro de su presencia rebosante.

¡Mi joven héroe se ha convertido en sólo unos días en algo más que una comezón! Tiene forma —alto y delgado— y una ubicación permanente: Tangencial a las Preocupaciones de la Mayoría de la Gente. De modo que somos iguales, él y yo. Ian Feathers. Sus iniciales: I. F., como la palabra inglesa if, “si”, un personaje subjuntivo de alas y vuelo, de plumas, bolígrafos y máquinas de escribir. Mi propio caballero del Medio Oeste, confundido por historias de misterio y por las seducciones de la lógica.

Y algo extraño: mi vecina de al lado salmodia todas las tardes. Podría ser una hare krishna o pertenecer al culto de ese maharajá gordo con cara de bobo cuya foto he visto por ahí. Dice amsah, amsah, amsah, una y otra vez. Ayer dejó de gemir amsah y dijo en alto: “Querían a alguien más”. La tristeza que transmitía su voz me cerró por un instante la garganta. No pude evitar preguntarme a quiénes se refería, y la frase no me ha abandonado. Es como si tuviera un significado especial y terrible. Creo que también podría haber gritado y jadeado en mitad de la noche, pero yo no estaba lo bastante despierta para hacer un seguimiento de los sonidos.

Capítulo 1. Ian nace entre las cubiertas

Ian Feathers leía tantas novelas policiacas cuando era niño que a su madre le preocupaba que se le resintiera la vista y que tanta inactividad atrofiara sus extremidades tan faltas de sol. Tanto el señor como la señora Feathers creían junto con los griegos en “la moderación en todas las cosas”. La versión estadounidense de ese antiguo axioma era “un buen equilibrio”. Los Feathers querían a su hijo alto, flaco, inteligente, miope e hiperléxico, pero se afanaban en pulirlo y completarlo, por su propio bien. Sabían, como todos los habitantes del Medio Oeste temerosos de Dios, que el muchacho ideal y completo nunca sobresalía demasiado. En la escuela le fue bien pero no como para que se le pudiera acusar de poseer una inteligencia fuera de lo normal. Cada tanto se metía en líos (para demostrar que tenía agallas), pero éstos nunca eran graves y solían terminar a puñetazos con un muchacho menos ideal y completo. Su brújula moral apuntaba a lo correcto, pero de vez en cuando oscilaba, porque a nadie le gustan los mojigatos. Era modesto, benévolo con los inferiores, que eran muchos, y bastante alto aunque no demasiado. Huelga decir que, en la zona de las llanuras de la que procedía Ian y en Estados Unidos en general, durante la mitad del siglo XX, el muchacho ideal y completo era caucásico (aunque en verano conseguía un bonito bronceado), no era un cristiano fanático, y, al menos en la literatura popular, tenía el pelo rubio rojizo y una visión perfecta. Si hubiera que asignarle una temperatura sería tibio. De hecho, sólo había una arena de extremos abierta a ese modelo de mediocridad que los mismos griegos habrían aprobado: los deportes.

Aunque Ian aspiraba a algún que otro pulimento real o aparente para complacer a sus padres, su pasión por las circunstancias misteriosas, los crímenes sin resolver, los robos, los hurtos y los asesinatos, sobre todo los asesinatos, caían en esa categoría tan antiestadounidense de lo excesivo. La vida “real” de Ian se desenvolvía dentro de los libros y no fuera de ellos. Sin embargo, la frontera entre el interior y el exterior de las cubiertas no era determinante. En la ciudad natal de Feathers, Verbum, Minnesota, los asesinatos no eran comunes, pero él se entrenaba con rigor para el caso futuro. Estudiaba las hebras y la formación de arrugas en las mangas de las americanas y las perneras de los pantalones, reparaba en los pelos de gato y de perro que llevaban encima sus amos. Se quedaba mirando la suela de los zapatos (que llevaban puestos o no los posibles sospechosos) en busca de tierra…

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