Pedro Ángel Fernández Vega

LECTURAS | Ritos, sexo y poder en la Roma republicana: Bacanalia, de Pedro Ángel Fernández Vega

Una novela que retrata el maravilloso universo femenino romano. “La locura es la libertad, nuestra libertad, la de las mujeres, la de las Ménades, la que nos libera de las ataduras de la existencia.”

Ciudad de México, 10 de agosto (MaremotoM).- Roma, 206 a. C. En el mercado de esclavos, los hombres observan con lascivia contenida a una niña desnuda de doce años. Uno puja por ella: Fecenio. Ha sido soldado y es proxeneta. A la esclava la llaman Hispala, La Hispana. Algún día, si se gana la libertad, quizá sea además Fecenia. Y entonces quedará doblemente marcada: por el estigma servil de tener dueño hasta en el nombre y por la mancha retadora con forma de hoja de hiedra que muestra sobre el pecho. Ella dice que es «una marca de los dioses», el símbolo de su destino. Supersticiones de esclavos… ¿O tal vez no?

Veinte años más tarde Hispala, la pequeña cabrera, que nunca conoció a un padre, pues el suyo se alistó entre las tropas de Aníbal antes de que naciera, tendrá un papel principal en la tragedia que truncó la vida de siete mil romanas (nobles y plebeyas, libertas y esclavas). En el seno de una Roma republicana que se afana por expandir su influencia, por ampliar sus horizontes mientras preserva las tradiciones, las bacantes escapan al control. Su reino no pertenece a este mundo. Sumidas en éxtasis mistérico, se evaden espiritualmente de un orden establecido por costumbres patriarcales.

Bacanalia recorre estos tiempos convulsos de la mano de la prostituta Hispala, de la sacerdotisa Pacula, de la patricia Sulpicia, de la plebeya Duronia y de la esclava Halisca, bajo el hálito viril de los hombres que creyeron dictar su suerte.

Pedro Ángel Fernández Vega
Bacanalia, otra visión de Roma. Foto: Cortesía

Fragmento de Bacanalia, de Pedro Ángel Fernández Vega, con autorización de Planeta / Espasa

Hispala

218 a. C., Hispania

Iba camino de casa con paso trabajoso, cuando se detuvo al notar humedad en sus piernas. Entre sus muslos descendía un fluido abundante. Se acercó a una pared para apoyarse y sobreponerse, tras depositar en el suelo el canasto de racimos de uva que portaba. Con una mano se sujetó su abultado vientre mientras apoyaba la otra sobre la hiedra que trepaba por el muro. Observó que la túnica de lino, mojada, cambiaba de color entre sus piernas.

Entonces comprendió que el momento de dar a luz se aproximaba, a pesar de que no se sentía mal. Por su cabeza pasó entonces fugaz todo lo que la preocupaba. Estaba sola. Su esposo se había marchado, enrolado en un ejército mercenario reclutado por los cartagineses. El caudillo Aníbal había buscado soldados entre los hispanos con la promesa de retornar pronto, con la soldada ahorrada y la esperanza firme de un botín. Un futuro prometedor pero aventurado.

Unos cuantos hombres voluntarios habían abandonado la aldea meses antes y ya no se había vuelto a saber nada. Cuando él partió, ella ya tenía dos faltas, pero no quiso decirle nada. No estaba segura, después de todo. Y además podía perder el niño o hasta fallecer ella misma. Traer hijos al mundo entrañaba riesgos. Era preferible no preocupar a un esposo que iba a jugarse la vida por mejorar el futuro de ambos, para procurar un porvenir a un modesto hogar: una viña en un terreno pequeño cerca de la cabaña donde vivían y unas cabras por todo patrimonio. «El día que vuelva —pensó— tendrá una sorpresa si los dioses lo quieren».

Se acercaba el momento, parecía. Se incorporó y se dio cuenta de que, de manera inadvertida, había arrancado con la mano unas hojas de hiedra adheridas a las piedras. Mientras las contemplaba, aturdida, oyó los graznidos de un águila. Elevó la mirada y observó al majestuoso animal como si planeara intencionadamente sobre ella. La sobrevoló y se alejó. Lo interpretó como una señal mientras de su vientre empezaba a irradiar intranquilidad.

Cuando la sorprendió la primera contracción intensa, estaba acabando de pisar las uvas en un pequeño lagar de madera. Apuraba el tiempo. Ese año tenía que hacer ella sola lo que antes hacían juntos, su esposo y ella. Estaba empeñada en extraer el mosto antes de dar a luz. Llegado el parto, al menos el vino —bacca le llamaban— ya estaría fermentando. Mientras se aproximaba la vendimia, era consciente de que su tiempo encinta llegaba a término. Al romper aguas, había intentado ultimar la tarea.

En realidad, era costumbre. A las mujeres el parto les sobrevenía en el trabajo. Luego se preguntaban y comentaban entre ellas si los esfuerzos no habrían acabado de provocar el alumbramiento, pero hacerlo así formaba parte de la normalidad aparente. Era su modo natural de propiciar un feliz trance.

Con una tranquilidad aprendida, la mujer salió de la tina de madera donde había pisado las uvas. Por sus piernas corría el zumo de uva, entre pieles y oscuros granos adheridos. Un aroma dulzón con un regusto avinagrado, que emanaba, reavivado por el jugo nuevo, de la cuba en la que año tras año en la casa se prensaba una modesta vendimia, se adueñaba de la estancia. Un embriagador ambiente sofocó los sentidos despiertos de la mujer, que se acomodó en su lecho mientras por oleadas llegaban las contracciones.

Pedro Ángel Fernández Vega
Pedro Ángel Fernández Vega, el autor de Bacanalia. Foto: Cortesía

Alzó la parte inferior de su túnica y pareció relajarse mientras de sus labios escapaba el murmullo de una plegaria tenue, pero anhelante. El ritmo de su respiración luego se agitó y calculó los esfuerzos mientras pujaba.

Levantó con sus propias manos a una grácil niña, pequeña, de entre sus piernas, unida aún por el cordón umbilical a su cuerpo. El parto había resultado sencillo y rápido. Un feliz alumbramiento, porque la criatura se desprendió de su vientre sin contratiempos y porque ella había tomado la decisión de afrontarlo por sí sola, sin ayuda, como su madre le contó que había hecho cuando la dio a luz a ella. Lo había logrado.

Observó a la criatura mientras, tomando un paño de lino del camastro, limpiaba con delicadeza la piel de la recién nacida. Sobre su pecho izquierdo apreció algo que le llamó la atención. Por dos veces, aplicó el lienzo para secar los fluidos adheridos en la zona. Era una mancha pequeña, pero con una forma inequívoca: le recordó a una hoja de hiedra.

Se le antojó entonces que algo que no lograba entender estaba anunciándose, mientras le venía a la cabeza un sueño enigmático de una de aquellas noches agitadas que había te- nido desde que su pareja partiera, cuando iba ganando fuerza la certeza de que una vida nueva anidaba en su vientre.

En el sueño, ella, junto con otras muchachas de la aldea, están danzando entre las encinas de troncos retorcidos de un bosquecillo próximo mientras anochece. Se mueven en un círculo espontáneo de manera descoordinada, con túnicas largas que les llegan a los pies y que se agitan sin ataduras a la cintura. Los pechos trémulos se mecen en unos cuerpos que se contorsionan. Las cabezas caen a los lados y parecen rotar con la mirada perdida. En el centro, un lienzo blanco oculta un objeto de un codo de alto, que se erige vertical dentro de un canasto ancho de poca altura. Al detenerse la danza, los rostros enajenados concentran la vista en un macho cabrío que se vislumbra entre los árboles y se dirigen hacia él. Lo rodean y estrechan un círculo que se cierra amenazante sobre el animal.

Al abrirse de nuevo el grupo de muchachas, estas exhiben en sus manos los miembros desgarrados del animal, desmembrado vivo, y se llevan a la boca para consumirlos los trozos de carne cruda. La visión truculenta por un momento se tiñe del rojo de la sangre. Envuelta en las primeras sombras nocturnas, de entre los árboles emerge una figura con el paso firme de un varón, pero que porta la misma túnica larga de las mujeres. Su aspecto es equívoco. Con una larga cabellera negra coronada de hiedra y la vestimenta de mujer, muestra sin embargo facciones masculinas. Es joven, con piel delicada y rasgos suaves, simétricos pómulos rellenos y una tez pálida surcada por labios carnosos y cejas oscuras. En su rostro, imperturbable a pesar del desasosiego circundante, se dibuja una serenidad altiva. Avanza con aplomo hacia el lugar entre las encinas donde se yergue el lienzo de lino y lo alza. Descubre entonces un falo erecto. Vuelve la vista y enseña una mirada profunda de ojos negros.

La muchacha salió del sueño bruscamente entonces. En su vientre se agitaba sobresaltada la criatura. Ese había sido el momento del embarazo en el que mayor conciencia tuvo de su estado encinta y de la vida que gestaba dentro de ella misma.

Sulpicia

216 a. C., Roma

En el Foro una muchedumbre se agitaba nerviosa y vociferante. Eran mujeres.

En esos primeros días de agosto, el sol canicular que había recalentado Roma durante un prolongado estío no lograba fundir las voluntades de las matronas. La preocupación por los suyos podía más. Clamaban ante la Curia donde estaban reunidos los senadores. En la cámara, después de cerrar las puertas y acallar el griterío, latió por un momento un silencio espectral y ominoso: una buena parte de los ausentes, más de la mitad de los patres, podrían estar ya muertos.

Desde que las tropas de Aníbal abandonaran Hispania dos años antes y cruzaran los Alpes, el terror se había apoderado de la población y las últimas noticias no podían ser peo- res. En la primera derrota, la de Tesino, las pérdidas no habían sido cuantiosas, pero los galos del norte sumaron sus fuerzas a las de los cartagineses. Después, todo había ido empeorando mientras estos avanzaban: tras el desastre de Trebia, con millares de soldados muertos, las calles de Roma se poblaron de mujeres impelidas por el miedo y el dolor. En menos de seis meses, en el lago de Trasimeno, el desastre fue aún mayor. Roma había perdido así más de cincuenta mil soldados entre ciudadanos romanos y tropas aliadas itálicas. Se había designado un dictador como medida de excepción —Quinto Fabio Máximo—, y se había hecho creer a la población que el cónsul Flaminio, un irreverente general que, ensoberbecido por su arrollador empuje popular, no había cuidado los protocolos religiosos, había conducido las tropas de manera inconsciente hacia una derrota inevitable: los dioses estaban airados con los romanos.

Roma se había sumergido en una efusión religiosa de ceremonias, ritos y votos. Se estaba construyendo un templo nuevo a Venus y otro a la Inteligencia. La primera diosa, la madre de Eneas, habría de proteger a su pueblo; la segunda, proveer- le de la estrategia de la victoria. Se les había ofrecido un banquete a los dioses durante tres días y se les había prometido la inmolación de todos los animales recién nacidos en una próxima primavera sagrada.

Pero los dioses se le resistían a Roma. Acababan de llegar ya las primeras noticias de un desastre mayor que los ante- riores, sumiendo a la población en una descorazonadora incertidumbre. Las matronas, cuyos maridos e hijos se habían desplazado al frente, clamaban por los suyos. El esfuerzo militar había sido extenuante. Uno de los nuevos cónsules recién elegidos había prometido acabar con Aníbal y los cartagineses, y había arrastrado un masivo voto popular. Los reclutamientos habían puesto a sus órdenes un ejército in- gente. Sin embargo, los presagios no habían sido buenos. Los prodigios demostraban que los dioses seguían en contra de Roma. Había llovido piedras, las aguas de un río se habían teñido de sangre y a las afueras de la ciudad, en el campo de Marte, los rayos habían abatido a algunas personas.

—Vamos. ¡A casa! ¡Todas a casa! Aguardad noticias allí. Los senadores acababan de abandonar la Curia. Intentaban disolver la masa de mujeres que colmaba el foro, enfurecidas unas, llorosas otras, y todas indignadas. En la Curia se había decidido resolver lo urgente. Lo importante se atendería más tarde.

Era preciso controlar la información que llegara. Así que por la Sacra Vía marcharon hombres en dirección al extremo del Circo Máximo. Allí, un contingente cuantioso de mujeres anhelantes e inquietas aguardaba en la puerta meridional de la ciudad, por donde la Vía Apia debería traer a los informadores con noticias desde la zona de Cannas. Aníbal había avanzado hacia el sur de Italia para hacer cambiar de bando a los aliados de Roma. El desastre militar podía resultar definitivo, sumando a la derrota del ejército las defecciones masivas. De confirmarse lo peor, el pánico se iba a desatar en la ciudad. Todas las puertas debían cerrarse y quedar bajo una vigilancia reforzada. Las murallas garantizarían la seguridad. Pero en primer lugar había que devolver la tranquilidad a las calles y evitar el contagio de aquel dolor no contenido y del pavor de las manifestantes a toda la población. Tras evacuar el foro, el Senado podría volver a reunirse a puerta cerrada de nuevo, sin presiones. Cuando los senadores salieron de la Curia con la consigna de despejar el Foro como primera medida de seguridad, el clamor de las mujeres se dejó oír con intensidad antes de que aquellos lograran disolver la espontánea asamblea femenina.

Quinto Fulvio Flaco, entre los senadores más eminentes, no pudo evitar un gesto de disgusto cuando comprobó que su esposa Sulpicia también se encontraba allí. La reconoció entre un grupo de distinguidas matronas de la nobleza. Debería hablar con ella después, en casa. En ese momento había otras prioridades. No tenían hijos combatiendo, pero sí pa- rientes, y en su fuero interno entendió que, después de todo, su esposa estaba donde debía estar: al lado de otras mujeres, patricias y plebeyas. Daba igual. Su círculo de relaciones requería de su presencia allí.

—Sulpicia, ¿qué hacías ayer en el Foro?

—Quinto, no utilices ese tono conmigo.

No fue necesario decir más. Era un plebeyo. La superaba en treinta años y era su marido, pero plebeyo. Su padre, que le procuró la posición y el nombre —Quinto Fulvio Flaco—, había alcanzado la máxima dignidad política casi medio siglo antes. Era el primero de esa rama de la familia en ingresar en la nobleza, aunque otros Fulvios lo habían logrado una centuria antes. La posición que se labró había permitido a Fulvio —el hijo— llegar a ser cónsul también, veinte años antes, y después de haber quedado viudo y sin hijos de un primer matrimonio con una mujer de su condición plebeya, Mucia, volver a casarse con Sulpicia, una patricia, miembro de uno de los linajes más antiguos de Roma.

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Un Sulpicio ya se contaba tres siglos antes entre las primeras parejas de cónsules de la República. Después, la familia no se había prodigado en la jefatura del Estado, pero el padre de Sulpicia —Servio Sulpicio Patérculo— había combatido a los cartagineses como cónsul cuarenta años antes, en la guerra anterior, y había sido distinguido con los honores de una entrada triunfal en Roma a su vuelta de Sicilia. El poder de los Sulpicios Patérculos había que consolidarlo.

La alianza matrimonial, pactada por Fulvio con el padre de Sulpicia, les había aprovechado a ambos cónyuges. Afianzaba la posición social de Fulvio y le garantizaba una vida desahogada a Sulpicia, además de aportarles influencias políticas vivas a sus familiares. Pero ninguno perdía de vista sus propios orígenes y su posición. El matrimonio se había instalado en un equilibrio negociado.

Estaban en el tablinio de su residencia del Aventino. Ful- vio había vuelto avanzada la noche precedente y había salido de nuevo al alba. Regresó a casa cuando caían ya las primeras sombras crepusculares, que se iban adueñando del interior de la casa desde el compluvio del atrio, poco luminoso.

—Lo que ocurrió ayer estuvo a punto de provocar un tu- multo —dijo Quinto—. No entiendo qué hacías tú entre to- das aquellas matronas desbocadas. ¿Qué esperaban del Se- nado? ¿Qué podíamos hacer si aún no había noticias de los cónsules?

—Información. ¿Es tan difícil comprender la desespera- ción de una esposa o de una madre que no sabe si ya es viuda o si las Parcas le han privado de su hijo? ¿Acaso es tan costo- so decir que no se sabe nada? Ayer, los rumores se desataron y las mujeres empezaron a sospechar que se les ocultaba la información, porque ya se habían propagado las peores noti- cias. Todo era pacífico y tranquilo, pero los nervios y el mie- do se fueron contagiando. ¿Se sabe ya algo oficial?

—Hoy ha llegado una carta del cónsul Terencio Varrón. El otro, Lucio Emilio Paulo, ha caído. Ha habido una batalla to- tal contra los cartagineses.

—¡No puede ser! ¡Un cónsul muerto! Ayer vi a la esclava de compañía de su esposa en el Foro. Supuse que estaba in- tentando enterarse de algo discretamente y que su ama habría preferido no dejarse ver. Así que imaginé que no sabía nada…, pero todo eran suposiciones. ¿Entonces, ha sido tan grave como se estaba rumoreando?

—No debiera decirlo, pero creo que peor aún… La carta de Varrón habla de diez mil supervivientes desorganizados y en desbandada después de la batalla, que él está intentando congregar en Venusia. ¡Es menos de la quinta parte del ejército!

—Ese inconsciente de Varrón no podía traerle nada bueno a Roma. Seguro que la decisión de entrar en batalla ha sido suya. Sus promesas electorales llevaban al desastre. Ya lo decía Fabio Máximo… Ha cambiado votos por muertos.

—Aún es pronto para saber qué ha pasado. Pero está claro que Aníbal ahora…

—¿Qué va a pasar? —acertó a balbucear Sulpicia, mientras tomaba conciencia de la gravedad de la situación.

—Debemos confiar en los aliados… y en las murallas de Roma que nos protegen.

—¿Vienen ya hacia aquí los ejércitos de Aníbal?

—Tranquila, no se sabe nada aún.

—Pero no puede ser de otro modo —dijo Sulpicia mientras se llevaba la mano a la cabeza con un gesto involuntario de desesperación—. Ya nada le frena, ¿no?

—En el Senado se están tomando decisiones rápidas.

—¡Que los dioses nos protejan!

—Tal vez ese sea el problema: que nos han abandonado.

Hay que hacer algo urgente…

—¡Señora, señora! Traigo noticias muy graves.

La esclava exaltada entró en el salón donde Sulpicia se encontraba acompañada de otras dos sirvientas. Flotaban en el ambiente los filamentos de la lana cardada por una de ellas, mientras la propia Sulpicia manejaba el huso con la soltura de quien ha dedicado muchas horas de su vida a hacer lo mismo, sin descuidar con la mirada el avance de la otra sirvienta, que tejía sobre un telar apoyado en la pared.

Sulpicia, educada en los valores antiguos, seguía empeñada en hacer ropa en casa. Se resistía a las nuevas modas que se ha- bían ido imponiendo antes de la guerra entre las plebeyas de familias prósperas. Pertenecían también al orden ecuestre, y al- gunas de ellas a la nobleza política, como los patricios, pero les faltaba distinción y pretendían suplirla con dinero. Sulpicia no dudaba al respecto: «Esas advenedizas encubren con perfumes sofisticados y con tintes vistosos en túnicas delicadas su falta de nobleza. La cuna nos viene dada. No es algo que se pueda comprar». Estiraba su cuello con el orgullo y la dignidad de las grandes damas. Se guardaba para sí las dificultades financie- ras atravesadas por su familia en las generaciones anteriores, felizmente remontadas al menos para prepararle su dote.

Ante la súbita interrupción, Sulpicia miró a la esclava re- cién llegada con una mezcla de sorpresa y reprobación. For- maba parte de sus exigencias al servicio que no perturbaran la serenidad de la domus con gritos o risas. Educar esclavos y esclavas formaba parte de la responsabilidad de Sulpicia como matrona.

—¿Qué ocurre? Habla. Espero que sea importante.

—Señora, yo sé que agradece recibir noticias cuando sali- mos. He ido al Foro Boario, a comprar la carne que me había encargado, y allí todo el mundo estaba hablando de lo mismo.

—¿De qué? Habla de una vez.

—Del incesto sacrílego de dos de las vestales.

—¿Qué estás diciendo? ¿Cómo va a ser verdad?

—Opimia y Floronia. Han sido apresadas y acusadas.

—¡Qué escándalo! Pero cómo se puede saber…

—Con ellas se ha detenido a Lucio Cantilio, el escriba pon- tificio, un pontífice menor.

—¡No es posible! Han roto el voto sagrado de castidad con un sacerdote… Primero el desastre de la guerra y ahora esto.

Y no dijo más. Frenó su lengua ante sus esclavas. Enmudeció cavilando. «Conozco a Opimia y a Floronia. Son dos plebeyas que ingresaron en el colegio de vestales siendo ni- ñas, como todas. No tenían más de ocho años. Ahora Floronia tendrá mi edad, más o menos. Aún le quedarán más de diez años para abandonar el sacerdocio, y Opimia es mayor, por lo menos dos años mayor que yo. Tendrá treinta y siete, tal vez. Han sido educadas en la casa de las vestales. Viven apartadas. Salen cuando se espera que lo hagan y los pontífices las acompañan normalmente. Está claro que, salvo que el escriba las haya seducido, su virtud no podría correr mucho riesgo, pero ¿ha seducido a las dos? No es la primera vez que se des- cubre un incesto de vestales. Ya ha pasado media docena de veces en los siglos anteriores y, al parecer, casi siempre en momentos apurados para Roma, por pestes y guerras. Siempre que la paz de los dioses estaba rota. Por eso tampoco es extraño que se sepa ahora, después de la matanza que han hecho los cartagineses. Si lo de las vestales es verdad, no hay duda de que los dioses tienen que estar airados con el pueblo romano. ¡Qué sacrilegio! Eso explicaría la derrota contra Aníbal. A menos que… Tengo que hablar con Quinto».

—¡No puedo creer lo que habéis hecho!

Quinto acababa de volver a casa. Se estaba despojando de la pesada toga de lana con ayuda de un esclavo en el tablinio cuando Sulpicia había irrumpido por la puerta abierta de la estancia. Quinto sin perder la compostura, hizo un gesto al esclavo atriense para que saliera.

—¿A qué te refieres, Sulpicia?

—¡A las vestales acusadas de incesto! Esas dos pobres desdichadas van a cargar con la deshonra de haber profana- do su virginidad sagrada para encubrir la derrota de nuestras legiones.

—¿Pero qué estás diciendo? ¿Cómo se te ocurre? No hay duda de que los dioses han abandonado la causa romana y favorecen a los cartagineses.

—Y por eso habéis encontrado unas culpables que castigar. ¿Quién ha descubierto el estupro?

—Lo ocurrido no admite duda. No creo desvelar un secreto del Senado porque toda Roma sabe ya que el propio pontífice máximo lo ha reconocido. ¿Qué interés podría tener en desacreditar al colegio de pontífices culpando a tres de sus miembros?

—El de encontrar solución a un problema mayor: para poder explicar el desamparo al que nos someten los dioses, nuestra desfavorecida situación.

—Sulpicia, estás dudando de la palabra de Lucio Cornelio Léntulo Caudino. Le conoces perfectamente, ha estado en nuestra casa y sabes que puedo contar con su favor…

—Lo sé perfectamente, y también que le apoyas incondicionalmente. Quinto, soy una mujer piadosa: rezo, hago votos, ofrezco sacrificios y ofrendas a los dioses. Todo eso for- ma parte de mis ocupaciones habituales. Cumplo con mis obligaciones y además estoy convencida de lo que hago. Pero esto me resulta difícil creerlo…

—Pues no hay duda. Se trata de un prodigio, una confirmación de que se ha roto la paz de los dioses y de que los rituales públicos han sido profanados por el comportamiento de las vestales. Están impuras. Solo tienen que mantener vivo el fuego sagrado del templo de Vesta y mantenerse vírgenes, pero han puesto a Roma en riesgo con su impúdico comportamiento.

—Haré libaciones a Vesta en casa, como de costumbre, pero ¿qué más se puede hacer? —Sulpicia se mostraba obstinada en sus afanes, se resistía a asumirlo—. Desde que Aníbal invadió Italia, las matronas nos hemos dedicado a plegarias, rogativas y procesiones. Estamos ayudando como podemos en la guerra…

—Enseguida se dictarán instrucciones para que el orden de las matronas participe en las expiaciones que se decidan. Seguramente se consultarán los Libros Sibilinos para ver qué recomiendan. Por el momento, procura no ir sembrando du- das por ahí sobre asuntos tan delicados.

—Y ¿qué va a pasar con Floronia y Opimia?

—Ya lo sabes. La ejecución será inmediata.

Roma se sumió en el luto. La noticia de la derrota en Cannas había llegado durante la novena de las fiestas plebeyas de Ceres. Sorprendió a las mujeres en sus días de casta abstinencia, a la espera de la fiesta final con los sacrificios y la procesión en honor a la diosa. Los senadores no tuvieron duda: había que suspender la celebración. No había mujer que no estuviera de luto porque no había apenas familia donde la noticia del desastre no hubiera sobrevenido como una amenaza obsesiva, a la espera de poder confirmar si le había ocurrido lo peor a ese padre, hijo o hermano que había sido reclutado los meses anteriores de modo apresurado, o al que ya se llevaba sin ver varios años. Unos y otros formaban par- te del formidable ejército organizado para frenar a los cartagineses de manera desesperada. Ahora ese ejército estaba desbaratado.

Las mujeres esperaban noticias en casa. Así lo había decidido el Senado. Y fueron llegando. En su mayoría adversas. Pero en casa el duelo no era público, ni exaltado, sino sofoca- do, ahogado en las lágrimas de una soledad insoportable e impura. ¿Quién iba a celebrar a Ceres si todas las familias estaban contagiadas por el miasma funesto de la muerte? Había que suspender la fiesta. Los senadores calcularon también que así evitaban el riesgo de nuevos tumultos en las calles. En medio del desastre, seguían tomando decisiones: se necesitaba que las matronas mantuvieran vivo el culto a los dioses. De hecho, era más necesario que nunca seguir orando y propiciando las voluntades de los inmortales. Así que se decretó que el duelo no podía durar más de treinta días.

Entre las decenas de miles de fallecidos en Cannas había caído Quinto Elio Peto. De origen plebeyo, era uno de los pontífices y uno de los políticos con más pujanza del momento. La vacante plebeya que su muerte había dejado en el colegio de pontífices, constituido por cuatro patricios y cinco plebeyos, despertó entonces las ambiciones adormecidas de Quinto Fulvio Flaco.

Tenía ya cincuenta y cinco años, y Sulpicia veinte menos, aunque esto no era desacostumbrado. Ella se había casado con un político brillante, que había culminado su carrera quince años antes. Entonces no era más que una niña recién llegada a la adolescencia, traicionada por su incipiente menstruación, que la convirtió de repente en mujer y esposa. Quinto había sido un brillante esposo plebeyo para una casta virgen patricia. El amor, en cambio, no quedó acordado en la alianza. Les bastó con el respeto mutuo, la sumisión de Sulpicia y su condescendencia al débito conyugal en un triste tálamo que Quinto no frecuentaba, ocupado como estaba entre sus negocios inmobiliarios en Roma, que le aportaban unos alquileres regulares, y dos haciendas rurales en la región sabina de las que extraía más honorabilidad como propietario que rentabilidad como hacendado. Había procurado, además, abrir otras fuentes de negocio en el transporte marítimo, pero estaba liquidando ya sus participaciones en esa actividad. Desde hacía dos años, la ley Claudia se lo había vetado a los senadores.

Los censores, hacía veinticuatro años, le habían incorporado al Senado. Para entonces, él había sido ya cuestor y edil y se le vaticinaba un futuro prometedor en la política. Esa había sido su pasión desde aquel momento, y en efecto, después de ejercer como pretor y alcanzar el consulado a los cuatro años, su carrera había quedado completada: había logrado ser censor seis años más tarde. No había cargo más honorable ni más distinguido. Solo dos senadores, dos magistrados general- mente salidos de entre los diez cónsules anteriores, eran vota- dos cada cinco años para ejercer como censores. Él lo había logrado. Pero no ejerció: los augures sentenciaron que se había producido un error en la elección, un vicio formal que in- validaba el nombramiento y la toma de posesión. Tuvo que abdicar junto con su colega, el otro censor, Tito Manlio Torcuato. Los dictados de los sacerdotes que visaban los rituales truncaron su mandato y abrieron paso a otros censores.

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