Marina Perezagua

LECTURAS | Seis formas de morir en Texas, de Marina Perezagua

Varios personajes, dos continentes y un corazón: una trágica encrucijada de destinos.

Ciudad de México, 15 de octubre (MaremotoM).- Esta es una novela sobre varias personas cuya suerte queda ligada por un corazón. No se trata de un corazón simbólico, sino de un órgano que palpita y da la vida… y también la muerte.

Esta es una novela sobre dos familias y dos continentes. Un hombre es ajusticiado en una cárcel china y sus órganos son objeto de tráfico. Su corazón acaba alojado en el pecho de un norteamericano, y ese trasplante marcará el futuro de las siguientes generaciones. Según la tradición budista, si el corazón no se entierra con el muerto este jamás logrará descansar en paz, y por tanto los herederos del difunto deben traer el órgano de vuelta a China.

Esta es una novela sobre tráfico de órganos, pecados que deben redimirse, actos de amor que buscan purgar culpas y actos de venganza que tratan de restablecer la armonía quebrada. Marina Perezagua construye una trama meticulosa y perturbadora que nos habla de la esencia del ser humano, del azar y del destino. La autora, que se ha ido consolidando como una voz imprescindible de la actual narrativa española, nos ofrece un libro que deslumbra e inquieta.

Seis formas de morir en Texas
Seis formas de morir en Texas, de Marina Perezagua. Foto: Cortesía

Fragmento de Seis formas de morir en Texas, de Marina Perezagua, con autorización de Anagrama.

1. Los moradores

Algunas de las historias más singulares que suceden entre los muros de una prisión no pueden ser contadas. Algunas de las historias más extraordinarias que suceden entre las lindes de un continente, tampoco. Pero de todas las crónicas, ninguna entraña tanta dificultad a quien intenta comunicarla como la que sucede dentro de los límites del ser humano. Yo, que cuento la historia que leerán a continuación, puedo distinguir a vista de pájaro las grandezas y las ruindades de las mentes que la pueblan. Allí donde el lector ve solo una frase a mí se me despliega la panorámica de las conductas, las consecuencias de los actos, e incapaz de descifrar el rostro de lo moral –ese fantasma marciano– contemplo sin suspicacias el principio y el final de lo que estoy viendo, todo integrado en un solo cuerpo que corre en la forma de una liebre sin memoria ni temor. Aprecio los paisajes íntimos, no someto a análisis sus pigmentos, y puedo y quiero entender a cada uno de los moradores de estas páginas, por medio de palabras que intentarán ser un reflejo objetivo y templado de decisiones acaso irreversibles.

Tres personas protagonizan esta historia, tres personas unidas a una misma suerte y a un mismo corazón, pero no busquen aquí esas metáforas que hacen de los corazones el mapa donde los enamorados de imaginación mermada suelen ubicar el amor sublime, su total ausencia, la crueldad o hasta el mismísimo infierno. Aquí el corazón es, antes que nada, el músculo que desde la cavidad torácica bombea la sangre. Aquí el corazón es el término que se define en un manual de anatomía o un diccionario, y no el cubículo donde anidan los perezosos que por no saber decir algo verdadero perpetúan vaciedades, repitiendo torpezas amatorias en nombre de un órgano cuya perfecta función mecánica es ya de por sí tan excepcional que no requiere de los arrítmicos y tornadizos sentimientos de los amantes. Y es por eso, porque en estas páginas el órgano central recupera su función primigenia de perpetuar la vida, por lo que yo puedo ponerme en el lugar de todos aquellos que ven en él algo tan trascendente y a la vez tan simple como seguir latiendo.

La muerte o, mejor dicho, la ejecución del primer corazón que nos concierne en esta historia ocurrió el 2 de febrero de 1984 en el patio central del centro penitenciario de Guangzhou. Un hombre de cuarenta y cuatro años está arrodillado de cara al muro con una venda en los ojos. Un uniformado se acerca por detrás y a escasos centímetros dispara en el lado derecho de la espalda, tal vez en el pulmón, lo importante es conseguir que el hombre caiga sin morir al instante, pues un corazón extirpado de un cuerpo vivo tiene mayores posibilidades de éxito al ser trasplantado en el cuerpo que lo está esperando, y que, en este caso, se encuentra en el hospital más próximo.

El cuerpo vaciado de Zhou Hongqing le fue entregado a su único hijo, Linwei, una semana después, junto con una factura: el coste de la bala que le dispararon. Y este fue el comienzo de un gran viaje, que iniciaría Linwei a la edad de veinticuatro años.

Linwei saldó rápido y sin queja alguna el coste de la bala, pero el vacío en el cuerpo de su padre le resultó algo más complicado de aceptar. Según la tradición budista y de manera especial según la creencia familiar, para que la muerte sea final tienen que darse dos condiciones: que la persona no muera en el ámbito deshonroso de un centro penitenciario y que el corazón haya ofrecido su último latido, pues es en este órgano donde reposa el shen o espíritu. Si bien Zhou Hongqing no había muerto en el patio de la prisión de Guangzhou, su corazón seguía latiendo. Consideraba pues el hijo de Zhou Hongqing que la muerte de su padre no se completaría, ni su alma llegaría a descansar, hasta que su corazón, latiendo ya en otro pecho, se detuviera en manos de la familia. Y aquí radica el eje de esta historia: la búsqueda del corazón de Zhou Hongqing para su descanso último.

Podría, para aderezar este relato, embarcar al señor Linwei, siempre en búsqueda del corazón de su padre, en una odisea de indagaciones, inframundos, hidras y ciclones nacidos para hacer al héroe merecedor de su victoria, pero no haría honor a la verdad, porque lo cierto es que Linwei no fue más que un muchacho corriente obsesionado con el paradero de un trozo de su padre en unas condiciones sociales que no hacían difícil el poder averiguarlo, pues los órganos eran de quienes los pagaban. Llegar al receptor podía resultar un proceso lento y muy tedioso, pero no complicado, con la debida astucia y disciplina. Así pues, el señor Linwei no había cumplido los veinticinco años cuando supo que el corazón de su padre había logrado sobrevivir el salto de cuerpo a cuerpo y de un continente a otro sin que se produjera un rechazo del órgano o su tejido. Lograr la ubicación exacta le tomó unos años más, con lo cual durante ese tiempo siguió alimentándose de la energía de su misión personal, esa que en sus ensueños le llevaba a desenterrar el órgano del cuerpo equivocado, de la carne farisea, y traer de vuelta a casa el corazón de su venerable padre Zhou Hongqing, que en esos momentos palpitaba a unos catorce mil kilómetros y, más concretamente, en el pecho de Edward Peterson, un hombre que nació y acabaría pasando toda su vida en Austin, Texas.

El señor Linwei dedicó su trabajo y todos los días de lo que le quedaba de existencia a ahorrar para tal propósito. Se esforzó sin descanso, jamás se permitió un pequeño lujo y, cuando ya estaba en posición de emprender el viaje, fue él quien falleció de manera inesperada. Sin embargo, la magnitud de su empresa era tan grande que, como buen previsor, ya se había encargado de orientar a su hijo hacia su mayor y única ambición, que le dejó en testamento: concluir la búsqueda del corazón, junto con una cantidad: los ahorros destinados para tal cometido.

El señor Linwei había sido padre el 7 de mayo de 1981, y le había dado a su hijo el nombre de Xinzàng, que, por azares de la vida o inexplicable presagio, en chino mandarín quiere decir «centro», «núcleo», «corazón». Tras la ejecución de su padre solía sentarse en la cama del pequeño Xinzàng para dormirlo, y le contaba cómo por las noches el shen o espíritu, compuesto en parte por el shen de sus ancestros, se retira a dormir en el corazón. Le aconsejaba relajarse para no molestarlo, para no alterar el ritmo acompasado del sueño, de manera que al levantarse le brillaran los ojos, pues es ahí donde se refleja el bienestar del espíritu. Los corazones que no descansan –le advertía– se manifiestan en miradas vacías, dignas de un tonto, de un loco, de un enfermo y, en el peor de los casos, de una persona infeliz. Y así el pequeño Xinzàng se arrulló de noche en noche en la necesidad de arrullar, a su vez, al durmiente espíritu que debía descansar en él.

En uno de sus primeros dibujos el niño se pintó a sí mismo mientras dormía, y en su pecho un círculo donde parecía reposar otra pequeña vida; por eso, el día que el señor Linwei consideró apropiado contarle la historia de la ejecución, el hasta entonces inocente Xinzàng comenzó a perder la serenidad propia de la infancia, pues le resultaba difícil aceptar que el espíritu de un hombre extranjero y tan ajeno a la familia pudiera descansar cada noche en el corazón de su abuelo. Ni siquiera sabía dónde estaba Texas, y, aunque era incapaz de ponerlo en palabras, sí sentía que no podía haber violación mayor que la de invadir el lugar de descanso que corresponde solo a quien por derecho de nacimiento le ha sido entregado. Con la intuición certera de un niño que crece, consideraba que abrir el cuerpo de un hombre para extraerle un órgano debía de ser mayor sacrilegio que el cometido por esos piratas de los cuentos, que abrían tumbas para robar unas joyas con las que, al fin y al cabo, el muerto no había nacido.

El señor Linwei murió cuando Xinzàng tenía veinte años y solo dos meses después –y con el propósito de cumplir esa promesa que ya era también un juramento para sí mismo– el buen hijo aterrizó en el aeropuerto de Houston, con poco inglés, mucha ira y la herencia que le había quedado después de que su padre pagara los trámites que le llevaron a conocer la identidad del receptor del corazón de Zhou Hongqing; aunque, a decir verdad, si bien estos trámites fueron largos el gasto no fue excesivo, pues los mismos engranajes de ilegalidad que habían hecho posible el trasplante forzado permitieron conocer los datos del trasplantado. Con sorpresa supo que había muerto, después de vivir con el corazón de su abuelo durante dieciséis años, y con cierta confusión acogió otro dato: Edward Peterson no murió sin sucesor, tal como las fuentes que su padre consideró fiables le habían asegurado, sino que dejó un hijo, que también vivía en Texas, James T. Peterson.

Aunque el deseo expreso de Linwei fue que el corazón de Zhou Hongqing reposara junto a los restos de sus antepasados, Xinzàng podría haber valorado lo más importante, y esto era que el corazón de su abuelo, que durante tantos años había mantenido el aliento de Edward Peterson, ya se había detenido, que lo había hecho por muerte natural, como hombre libre, lejos de cualquier sistema de ejecución penitenciaria, que había recibido sepultura y su espíritu –cansado no por el trabajo de una vida, sino de dos– podía al fin descansar. Pero conociendo el dato adicional de que Edward Peterson había tenido un hijo, su tarea habría quedado incompleta, pues si bien el órgano de su abuelo en efecto había entregado su último latido, una parte de su shen, una parte de ese espíritu que había pasado a Edward Peterson por medio del trasplante, ya estaría habitando en el corazón de su hijo James, pues, como correspondía a la creencia, el shen se transfiere y anida en los hijos, y en los hijos de los hijos, de manera cíclica y recurrente, tal como el cariño de los padres imprime sus huellas invisibles en nuestro destino emocional. Por tanto, parte del shen de su abuelo, el mismo shen que habitó su corazón extraído en las cercanías del centro penitenciario de Guangzhou en 1984, debía de seguir activo, pero en la línea genealógica equivocada. Es por ello por lo que Xinzàng consideró a James T. Peterson como último propietario ilícito del ancestral pálpito de su familia. Retomó la cólera que le había llevado hasta allí y reactivó la esperanza de cumplir la petición de su padre: restituir el shen de su abuelo a las tierras, vientos y árboles de su país. Esto hizo que la búsqueda no pudiera darse por concluida en aquel momento. Y es por ello por lo que esta historia tampoco puede detenerse, como el shen que teje las fibras de una familia, de generación en generación.

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Zhou Hongqing fue uno más de los casi once mil ejecutados cada año durante la década de los ochenta en la República Popular China, país que ha disminuido algo estas cifras hoy en día. Once mil ejecutados al año equivalen a más de novecientos ejecutados al mes, suma que supera las muertes de muchos países en guerra. Su nieto Xinzàng podría haberse convertido en uno de esos activistas que una vez que salen de China exponen en las plazas de las grandes metrópolis fotografías de las torturas y ejecuciones por parte de su gobierno, pero al pisar suelo norteamericano su potencial individualista pareció activarse: solo quería recuperar lo que le habían quitado a su abuelo, y no llegó a pensar mucho en ese sistema que en contra de innumerables voluntades había trasplantado tantos otros miles de órganos.

No acababa Xinzàng de hacerse a los nuevos sabores de la comida norteamericana en un Chipotle de Austin cuando una joven invidente de dieciséis años, tras la ingestión de un cóctel de alcohol y metanfetaminas, regresaba a la caravana en la cual vivía sola desde hacía unos meses. Al parecer la tóxica mezcla no fue suficiente para evitar que la joven frunciera el ceño al extrañarse de encontrar la puerta abierta. En el preciso momento en que a una camarera con trenzas y delantal colorido se le cayó el vaso de soda que debía servirle a Xinzàng, Robyn resbaló en la entrada de la caravana. Había un charco junto al sofá. Como su cabeza estaba tan abatida como su cuerpo tuvo que hacer un esfuerzo para pensar dónde tenía las toallas. Gateó por el charco espeso hasta una caja que hacía las veces de gaveta, con las manos mojadas tanteó el interior y sacó una sábana. A medida que secaba el suelo fue percatándose de que todo lo húmedo era sangre, y siguió el rastro hasta el cuerpo de su madre en el sofá. Más tarde sabría que había muerto tras recibir once cuchilladas, que el arma del crimen no llegó a encontrarse, y que tampoco se encontró su corazón. Pero en ese momento, en ese limbo narcótico, lo único que hizo fue tenderse junto a ella, no hubo ni gritos ni sorpresa ni miedo, solo unas ganas profundas de dormir a su lado, hasta que despertó con las luces del día y la realidad. Entonces sí, al encontrarse con el escenario que ya no recordaba o tal vez no llegó a registrar, gritó, salió de la caravana, pidió ayuda, y, tras una media hora, se dejó esposar sin oponer resistencia.

Después de dos días de interrogatorios ininterrumpidos en los que Robyn aseguraba no recordar nada, sin abogado, sin tutor presente y privada del sueño y de comida, la joven firmó la confesión de haber matado a su madre mientras esta dormía, a cambio de la promesa de su liberación inmediata. Totalmente exhausta, habría creído cualquier cosa. Pasó esa noche en una celda de aislamiento, lugar donde la recluyeron durante los siguientes seis meses antes de su juicio, seis meses en los que fue tratada como culpable. El acta del jurado ratificó esa culpabilidad, pero ni Robyn ni la defensa esperaban que el juez llegara a pronunciar las temibles palabras: a pesar de tratarse de una menor, el juez la condenó con el mayor castigo que el estado de Texas puede ofrecer, la pena capital. Robyn regresó a la misma celda de donde la habían sacado, esperando ser transferida de prisión, pero con la sentencia de no volver a salir viva.

Con dieciséis años se quedó sin libertad, y después de dieciséis años en el corredor de la muerte decidió escribir, como testimonio y como despedida, la primera de una serie de cartas con el relato de sus vivencias, dedicada, tal como se verá a continuación, a su padre. También, pero desde algunos años antes, Robyn escribe al hombre que ama sobre los asuntos que se leerán en algunas de aquellas cartas, que asimismo conforman esta historia.

9 de septiembre de 2017

Unidad de Mountain View

2305 Ransom Road

Gatesville, Texas, 76528

Querido padre, creo que ya puedo decir que esta ha sido mi vida. Qué extraña sensación, tener la certeza de que a mis treinta y dos años podría escribir mis breves memorias con la seguridad de que no dejaría nada del futuro por contar, que este ha sido mi libro y ya se ha cerrado. Los mejores abrazos, los besos más necesarios me los han dado en sueños, y aunque hace mucho que se me anunció el día de mi ejecución, debo reconocer que la conciencia de haber vivido durante tanto tiempo encerrada se me presenta hoy y más que nunca como una aparición, por sorpresa, y que ahora mismo me resulta tan absurdo como tender partituras al sol para que las canten los pájaros, como vomitar arena o pedalear pendiente abajo. Claro que en estas comparaciones hay elementos agradables: pájaros, arena, bicicletas, pero en mi historia todo eso ha sido solo imaginado: no conozco el mar, y las bicicletas y los pájaros me parecen ya tan distantes como un insecto atrapado entre paredes de ámbar.

Tenía dieciséis años y dos meses cuando el juez, tras leer el acta del jurado que me declaraba culpable, me precisó que tenía derecho a elegir mi método de ejecución, si bien el procedimiento estándar en Texas era la inyección letal. De este modo, y delante de toda una sala llena de gente, pasó a detallarme el modo exacto en que tenía derecho a morir: el tiopental sódico me haría perder el conocimiento, el bromuro de pancuronio me paralizaría el diafragma; a partir de ahí ya no podría respirar, aunque seguiría viva hasta que el cloruro de potasio acabara por pararme el corazón. Tenía, insisto, dieciséis años. La ley establecía que por ciertos crímenes los adolescentes debíamos ser tratados como adultos. Dieciséis años. No me cansaré de esa cifra, a veces me da miedo, y a veces me da una especie de paz:

Dieciséis

Mis formas de mujer terminaron de desarrollarse en una celda

Dieciséis

Desconocía aún muchos olores y sabores

Dieciséis, una cachorra que buscaba caricias

Dieciséis, un tercio de mi cuerpo y la mitad de mi alma me eran desconocidos

Dieciséis, aún me inquietaba mi periodo

Dieciséis

Mi estación preferida era la primavera, pero no recordaba más que las tres últimas

Dieciséis: una vida de apenas tres primaveras.

He olvidado muchos detalles del día de la sentencia. Recuerdo que me había vestido especialmente elegante gracias al apoyo de la Coalición Nacional para la Abolición de la Pena de Muerte, que me facilitó un vestido con un estampado de pequeñas flores amarillas. Tras las palabras del juez lo siguiente que recordé durante mucho tiempo fue verme ya en la celda vestida con el mono blanco que he llevado durante estos últimos dieciséis años.

Solo mucho más tarde me vino a la memoria otro detalle, y es que me habían puesto pañales, acaso tratando de ahorrarme al menos una de las humillaciones: que por los nervios y el miedo se me aflojara el vientre o la vejiga al conocer mi condena. O a lo mejor –y creo que esto es lo más probable– lo hicieron solo para que no manchara nada que no fuera yo misma. No recuerdo si llegué a mojar los pañales. No recuerdo siquiera quién me los quitó ni quién me puso el mono blanco. Y aunque no logro recordar nada, estoy convencida de que no hubo para mí una palabra de compasión.

Siendo la situación como es, ha llegado la hora de empezar a escribir mi despedida. No imaginas cuántas cosas tengo que decirte. Pero quisiera, antes de nada, que mientras me lees tengas presente que, por encima de todo, te estoy agradecida. Por ello te pido que más allá de las emociones –con seguridad contradictorias– que te suscitarán algunas de las cosas que voy a contarte, sientas el eco permanente de este agradecimiento:

Gracias a ti hace ya seis años que puedo ver.

Quién me iba a decir que por medio de tus ojos volvería a abrirse para mí ese mundo de luces que se cerró cuando a los siete años me sobrevino, como un alud de alquitrán, la ceguera. Corría el año 1992 y un viejo conocido de mi madre me invitó a llevarme a la ciudad en un Grand Cherokee, el primer todoterreno con airbag que salió al mercado. Recuerdo la confianza que me daba ver los demás coches desde esa altura. Iba orgullosa, me sentía protegida por el vehículo, pero en el camino de regreso el dispositivo de seguridad cuya existencia yo desconocía, esa bolsa agazapada frente a mí, se activó por una colisión, quemándome ambos ojos.

Según los médicos que me examinaron entonces, mi ceguera era irreversible. En cierto modo me alegro de que no supieras de mi existencia en aquellos años, porque no me habría gustado que me vieras así. Estaba inconsolable, y durante los primeros meses sin vista comencé a vivir como una niña topo, soterrada, con miedo a salir de ese túnel en el que se había convertido mi habitación. Recuerdo especialmente que no quería levantarme por las mañanas y mi madre tenía que hacer grandes esfuerzos para sacarme de la cama mientras yo chillaba que no me levantaría hasta que saliera el sol. Pero el sol no salió en días, en meses, en años, hasta que tú me lo entregaste. Ahora, padre, sé que me iré de este mundo sabiendo cómo será el amanecer de mi último día, el día en que el alguacil vendrá a mi celda para anunciarme que ha llegado mi hora, esa pena de muerte que el estado de Texas regala a sus ciudadanos para escarmiento máximo de criminales e inocentes.

Como sabes, la fecha de mi ejecución está fijada para el 11 de diciembre. Faltan tres meses y dos días. Ya tengo pensada mi última voluntad (aunque quién sabe si la cambiaré), y creo que podrán concedérmela: quiero ver el amanecer de ese día, aunque sea por la ventana de cualquier celda fuera del corredor de la muerte. Si para ello tengo que hacer algún sacrificio, si por ejemplo tengo que renunciar a elegir mi última cena, renunciaré; si tengo que renunciar a mi última llamada telefónica, renunciaré; si tengo que renunciar a decir mi última declaración, renunciaré. Todo a cambio de ver ese amanecer último, y de verlo, además, con tus ojos. Cómo no voy a estar agradecida, y no solo a ti, sino a ese sol que sale para todos los hombres del mundo, también para mí. Mientras estaba ciega yo no sabía de la generosidad de este planeta. Es imparcial. No entiende de colores de piel, de economía o de condenas. He sido condenada por la ley de los hombres, pero la ley de los astros me sonreirá con la visión de la aurora, al igual que los gallos de una aldea cantan para todos los vecinos, y no solo para los que pueden oír.

Recuerda:

Deseo que por encima de la crudeza de algunos de los hechos que leerás aquí, por encima también de la amabilidad extrema de otros misterios, y más allá del rencor o menosprecio que a veces manifestaré hacia tu persona, sepas tener presente que quiero que permanezcas en el equilibrio sereno de mi agradecimiento.

Robyn

Marina Perezagua (Sevilla, 1978) es licenciada en Historia del Arte por la Universidad de Sevilla y se doctoró en Filología en Estados Unidos. Ha sido profesora en la State University of New York (Stony Brook) y en la New York University y ha trabajado en el Instituto Cervantes de Lyon. Ha publicado dos libros de relatos, Criaturas abisales Leche, y dos novelas, Yoro (Premio Sor Juana Inés de la Cruz a la mejor novela escrita en español por una mujer) y Don Quijote de Manhattan. Actualmente vive en Nueva York.

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