Walter Tevis

LECTURAS | Sinsonte, de Walter Tevis

Con ecos de Fahrenheit 451, Un mundo feliz o Blade Runner, Sinsonte es una de las novelas de ciencia ficción más míticas de nuestro tiempo, que se lee como una elegía a los olvidados y un viaje de autodescubrimiento.

Ciudad de México, 29 de marzo (MaremotoM).- Han pasado cientos de años y la Tierra se ha convertido en un planeta sombrío y distópico en el que los robots trabajan y al ser humano solo le queda languidecer, arrullado por la dicha electrónica y la felicidad narcótica. En semejante mundo sin arte, sin lectura y sin niños, la gente opta por quemarse viva para no soportar la realidad. Y es en este escenario donde Spofforth, la máquina más perfecta jamás creada, un androide de duración ilimitada que ha vivido siglos y que en la actualidad es decano de la Universidad de Nueva York, acaricia su máximo anhelo: poder morir. El único problema está en que su programación le impide suicidarse. Hasta que en su vida se cruzan dos personajes: Paul Bentley, un humano que ha aprendido a leer tras descubrir una colección de viejas películas mudas; y Mary Lou, una rebelde cuya mayor afición consiste en pasar horas y horas en el zoo de Brooklyn admirando a las serpientes autómatas. Pronto, Paul y Mary, como dos modernos Adán y Eva bíblicos, crearán su propio paraíso en medio de la desolación.

“La vida interior de un ser humano es un reino vasto y diverso, compuesto no solo de estimulantes disposiciones de color, forma y diseño.”

EDWARD HOPPER

Walter Tevis
Editó Impedimenta. Foto: Cortesía

Adelanto de Sinsonte, de Walter Tevis, con autorización de Impedimenta

Mientras recorre a pie la Quinta Avenida a medianoche, Spofforth arranca a silbar. Desconoce el título de la melodía y tampoco le interesa; es compleja, la silba a menudo cuando está solo. Lleva el torso desnudo y los pies descalzos, solo viste unos pantalones caquis; siente el pavimento viejo y deteriorado bajo los pies. Camina por el centro de la ancha avenida; hay parches de hierba y maleza alta a ambos costados, donde las aceras se agrietaron y luego se deshicieron hace ya mucho tiempo y así continúan, a la espera de unas reparaciones que no llegarán nunca. En los parches de vegetación, Spofforth oye un variopinto coro de chasquidos y del roce de las alas de los insectos. El sonido lo inquieta, como siempre en esa época del año: la primavera. Hunde sus grandes manos en los bolsillos. De inmediato, incómodo, las vuelve a sacar y comienza un trote largo, ligero, atlético, en dirección a la enorme silueta del Empire State.

El portal del edificio tenía ojos y boca; su cerebro era el de un imbécil, cabezota e insensible.

—Cerrado por obras —le dijo la voz a Spofforth cuando este se acercó.

—Cállate y abre —dijo Spofforth. Y a continuación—: Soy Robert Spofforth. Máquina Nueve.

—Lo siento, señor —dijo la puerta—. No había visto que…

—Muy bien. Abre. Y di al ascensor exprés que me espere abajo.

La puerta permaneció en silencio durante un momento. Luego dijo:

—El ascensor no funciona, señor.

—Mierda —dijo Spofforth. Y luego—: Subiré a pie. La puerta se abrió y Spofforth entró y atravesó el vestíbulo a oscuras en dirección a las escaleras. Silenció los circuitos del dolor de las piernas y de los pulmones, y acometió el ascenso. Había dejado de silbar; su compleja mente se centraba ahora en su intento anual.

Cuando llegó a la azotea, tan alto sobre la ciudad como le era a uno posible hallarse, Spofforth envió una orden a los nervios de sus piernas y el dolor las recorrió en oleadas. Se tambaleó un poco, alto y a solas en la oscura noche, sin luna, nada más que unas tenues estrellas. La superficie bajo las plantas de sus pies era suave, pulida; años atrás, Spofforth casi se había resbalado. De inmediato, pensó, presa de la decepción: “Ojalá volviera a pasar, justo en el borde”. Pero no sucedió.

Caminó hasta estar a medio metro del borde y sin que interviniese ninguna orden mental, ninguna volición, ningún deseo de que tal cosa sucediera, sus piernas dejaron de moverse y se vio, como siempre, paralizado, mirando hacia la parte alta de la Quinta Avenida, más de trescientos metros de altura lo separaban del duro y acogedor suelo. Con una triste y lúgubre desesperación, instó a su cuerpo a avanzar, concentrando toda su voluntad en el deseo de caer, en nada más que inclinar su cuerpo pesado y fuer- te, su cuerpo manufacturado, hasta perder contacto con el edificio, hasta perder contacto con la vida. En su interior, gritó solicitando moverse, se vio a sí mismo caer a cámara lenta, con dignidad y convicción, hacia la calle. Anheló que sucediera.

Pero su cuerpo —como bien sabía él— no le pertenecía. Había sido diseñado por seres humanos y solo un ser humano podría conseguir que muriera. Gritó ahora en voz alta, abriendo los brazos, chilló con rabia hacia la ciudad silenciosa. Pero no fue capaz de avanzar.

Spofforth se quedó allí, él solo en la cima del edificio más alto del mundo, inmovilizado, para lo que restaba de aquella noche del mes de junio. De cuando en cuando veía los faros de un autobús mental a sus pies, apenas más brillantes que las estrellas, recorriendo despacio, arriba y abajo, las avenidas de una ciudad vacía. No había luces en los edificios.

Y cuando el sol comenzó a iluminar el cielo más allá del East River, a su derecha y por encima de Brooklyn, hacia donde no discurría ningún puente, su frustración empezó a menguar. Si lo hubieran dotado de conductos lacrimales habría dispuesto del alivio del llanto; pero era incapaz de llorar. El brillo de la luz creció poco a poco; vio los autobuses vacíos por debajo de él. Vio un diminuto coche-detector recorrer la Tercera Avenida. Y el sol, pálido en el cielo de junio, reventó sobre un Brooklyn vacío e hizo destellar el río con tanta pureza como en el amanecer de los tiempos. Spofforth retrocedió un paso, apartándose de la muerte que buscaba y que había anhelado durante toda su larga vida, la ira que lo había poseído mermó con el ascenso del sol. Continuaría viviendo, y él podría soportarlo.

Al principio, bajó despacio la escalera polvorienta. Pero para cuando llegó al vestíbulo, sus pies se movían con brío y seguridad, henchidos de vida artificial.

Al salir del edificio dijo hacia el altavoz del portal:

—No dejes que reparen el ascensor. Prefiero subir a pie.

—Sí, señor —dijo la puerta.

Fuera, el sol brillaba con fuerza y había unos pocos humanos en la calle. Una negra vieja con un vestido azul descolorido rozó sin querer el codo de Spofforth y alzó la cara para dirigirle una mirada distraída. Al ver la señal que lo identificaba como un robot Máquina Nueve, la mujer desvió su mirada y masculló:

—Lo siento. Lo siento, señor.

Se quedó inmóvil, sin apartarse, no sabía qué hacer ni qué decir. Seguramente aquella mujer nunca había visto un Máquina Nueve y sobre ellos solo conocería lo que había aprendido en sus primeros años de formación.

—Circule —dijo él con amabilidad—. No pasa nada.

—Sí, señor —dijo ella. Rebuscó en el bolsillo del vestido, sacó un sopor y se lo tomó. Dio media vuelta y se alejó arrastrando los pies.

Spofforth echó a caminar con paso vivo, a la luz del sol, de nuevo hacia el sur, hacia Washington Square, hacia la Universidad de Nueva York, donde trabajaba. Su cuerpo no se cansaba nunca. Tan solo su mente —su elaborada, laberíntica y lúcida mente— sabía lo que era la fatiga. Su mente estaba siempre siempre cansada.

El cerebro de Spofforth era metálico y su cuerpo se había desarrollado a partir de tejido vivo en una época, mucho tiempo atrás, en la que la ingeniería se hallaba en declive, pero la fabricación de robots era todavía un arte elevado. Este arte entraría asimismo en declive y se extinguiría poco después; Spofforth había sido su mayor logro. Era el último de una serie de cien robots designados como Máquina Nueve, las criaturas más fuertes y más inteligentes jamás fabricadas por el ser humano. Él era asimismo el único de todos ellos programado para continuar con vida pese a sus deseos.

Existía una técnica para llevar a cabo una copia de cada vía nerviosa, de cada patrón de aprendizaje de un cerebro humano adulto y transferir la copia al cerebro de metal de un robot. La técnica se había empleado nada más que para la serie Máquina Nueve; todos los robots de esa serie habían sido equipados con copias modificadas del cerebro vivo del mismo hombre. El hombre era un ingeniero brillante y melancólico llamado Paisley, aunque Spofforth nunca llegaría a saberlo. La red de bits de información e interconexiones que conformaba el cerebro de Paisley se había grabado en cintas magnéticas y almacenado en una cámara acorazada en Cleveland. Lo que sucedió con Paisley después de que su mente fuera copiada nadie lo supo nunca. Su personalidad, su imaginación y todo cuanto había aprendido quedaron grabados en cintas cuando él tenía cuarenta y tres años, y luego el hombre cayó en el olvido.

Las cintas se editaron. La personalidad fue borrada de ellas en la medida de lo posible sin causar daño a las funciones «de utilidad». La decisión de qué era «de utilidad» en una mente había sido tomada por unos ingenieros menos imaginativos que Paisley. Los recuerdos de su vida fueron eliminados, y junto con ellos gran parte de sus conocimientos, aunque la sintaxis y el léxico inglés permanecieron en las cintas. Estas contenían, incluso después de la edición, una copia casi perfecta de un milagro evolutivo: un cerebro humano. Ciertos elementos indeseados de Paisley pervivieron. La habilidad de tocar el piano continuaba en las cintas. Pero para cuando se construyó el cuerpo ya no había pianos que tocar.

No obstante, lejos de los planes de los ingenieros que efectuaron la grabación, fue inevitable que también pervivieran fragmentos de viejos sueños, de anhelos y de angustias. No existía modo de erradicarlos de las cintas sin dañar otras funciones.

La grabación se transfirió electrónicamente a una esfera plateada, de nueve pulgadas de diámetro, consistente en miles de láminas de níquel-vanadio, devanadas y conformadas por maquinaria automatizada. La esfera se emplazó en la cabeza de un cuerpo que había sido clonado específicamente para ella.

El cuerpo había crecido, bajo atenta supervisión, en un tanque de acero, en lo que antaño había sido una planta de fabricación de automóviles en Cleveland. El resultado fue perfecto: alto, fuerte, atlético. Era un hombre negro en la flor de la vida, con hermosos músculos, unos pulmones y un corazón potentes, pelo negro rizado, ojos claros, una hermosa boca de gruesos labios, y manos grandes y poderosas.

Ciertos elementos humanos habían sido modificados: el proceso de envejecimiento se programó para detenerse al alcanzar el desarrollo físico correspondiente a una edad de treinta y tres años, punto al que el cuerpo llegó al cabo de cuatro años en el tanque de acero. Se lo equipó para controlar sus respuestas al dolor, y poseía, dentro de ciertos márgenes, la capacidad de autoregenerarse. Era capaz, por ejemplo, de producir nuevos dientes, así como dedos, tanto de las manos como de los pies, llegado el caso de necesitarlo. Nunca se quedaría calvo ni perdería capacidad visual ni padecería cataratas ni arterioesclerosis ni artritis. Era, como se enorgullecían en decir los ingenieros genéticos, una mejora de la obra de Dios. Pero dado que ninguno creía en Dios, su autoelogio era poco sólido.

El cuerpo de Spofforth no tenía órganos reproductivos.

«Para evitar distracciones», dijo uno de los ingenieros. En los laterales de su magnífica cabeza, los lóbulos de las orejas eran de un negro azabache, con el fin de informar a cualquier ser humano que pudiera sentirse intimidado ante aquella imitación de que esta era, al fin y al cabo, nada más que un robot.

Al igual que al monstruo de Frankenstein, se le dotó de vida y de movimiento mediante una descarga eléctrica; emergió del tanque completamente desarrollado y con la capacidad de hablar, aunque al principio con una voz un poco pastosa. En la fábrica enorme y atestada de objetos donde se le dotó de consciencia, recorrió con la vista cuanto lo rodeaba, excitado y pleno de vida. Estaba tendido en una camilla cuando experimentó por primera vez cómo el poder de la consciencia envolvía su naciente ser igual que una ola, cómo la consciencia se convertía en su ser. Su garganta estrangulada jadeó y gritó obligada por semejante fuerza: la fuerza de estar en el mundo.

El nombre de Spofforth se lo asignó uno de los pocos hombres que aún sabían leer. Fue escogido al azar, de una vieja guía de teléfonos de Cleveland: Robert Spofforth. Era un robot Máquina Nueve, la herramienta más sofisticada jamás concebida por la ingenuidad humana.

Parte de la formación que recibió en su primer año consistió en ejercer de vigilante de pasillos en una residencia de estudiantes para seres humanos, donde también realizó otras tareas menores. Era un lugar donde a los jóvenes se les enseñaban los fundamentos de su mundo: la Introspección, la Realización Personal, el Placer. Fue allí donde vio a la chica del abrigo rojo y se enamoró.

Durante aquel invierno y el comienzo de la primavera, la chica llevaba siempre un abrigo escarlata con cuello de terciopelo negro, tan negro como la antracita, tan negro como su pelo en contraste con su blanca piel. El pintalabios rojo hacía juego con el abrigo. En aquella época ya nadie usaba pintalabios y era asombroso que hubiera conseguido uno. Estaba espléndida con él. Cuando Spofforth la vio por primera vez, en su tercer día en el complejo de la residencia, ella tenía casi diecisiete años. Su mente de robot la fotografió en aquel instante, de manera indeleble. Tal imagen tendría, en gran medida, la culpa de la tristeza que, en primavera, en junio, calaría hondamente en su manufacturada y poderosa naturaleza.

Al cumplir su primer año, Spofforth poseía conocimientos de mecánica cuántica, de ingeniería robótica y de la historia de las corporaciones estatales de Norteamérica

—adquiridos a través de medios audiovisuales y de tutores robóticos—, pero no sabía leer. Tampoco sabía nada sobre la sexualidad humana, no de manera consciente; pese a que, en lo que antaño se habría denominado su corazón, albergaba unas tenues ansias. A veces, cuando estaba a solas y a oscuras, el estómago se le encogía, dejándolo inquieto por unos momentos. Empezaba a sospechar que en algún lugar dentro de él había una vida enterrada, una vida llena de emociones. En las primeras noches cálidas de su primer mes de junio fue algo que lo empezó a preocupar muy seriamente. Mientras iba a pie de un edificio de la residencia a otro, bien entrada la calurosa noche de Ohio, oía a los saltamontes en los árboles y experimentaba una presión extraña e incómoda en el pecho. Trabajaba mucho en la residencia, realizando labores de limpieza y mantenimiento como parte de lo que se denominaba su «formación»; pero el trabajo rara vez exigía toda su atención y la melancolía se había comenzado a adueñar de su espíritu.

Los trabajadores Máquina Cuatro se averiaban de cuando en cuando; parecía no haber nunca suficiente servicio de mantenimiento para hacer frente a los fallos menores. Unos pocos ancianos se ocupaban de tales tareas. Uno de ellos era Arthur, una ruina humana que olía a ginebra sintética y no usaba calcetines. Siempre hablaba con Spofforth, en un tono entre amistoso y burlón, cuando se cruzaban en los pasillos de la residencia o en los senderos de grava del exterior. Una vez, mientras Spofforth estaba vaciando ceniceros en la cafetería y Arthur barría, este hizo una pausa, se apoyó en la escoba y dijo:

—Bob, eres un tipo deprimido. No sabía yo que hicieran robots deprimidos.

Spofforth no tenía claro si estaba bromeando o no. Llevó una pila de ceniceros, repletos de la producción matutina de colillas de porro, al cubo de la basura en el rincón de la amplia sala. Los estudiantes acababan de irse a una clase televisada de yoga.

—Nunca había visto un robot triste —dijo Arthur—.

¿Es por esas orejas negras?

—Soy un Máquina Nueve —dijo Spofforth a la defensiva. Era muy joven aún y a veces las conversaciones con los humanos lo incomodaban.

—¡Nueve! —dijo Arthur—. Eso es mucho, ¿no? ¡Demonios! El andi que dirige este centro solo es un Siete.

—¿Andi? —dijo Spofforth mientras sostenía la pila de ceniceros.

—Sí, androide. Era como os llamábamos a los trastos mecánicos… a vosotros, cuando yo era niño: andis. Entonces no erais tantos. Ni tan listos.

—¿Te molesta eso? ¿Que sea listo?

—No —dijo Arthur—. Joder, claro que no. Hoy en día la gente es tan estúpida que te dan ganas de echarte a llorar. —Apartó la mirada y volvió a barrer el suelo—. Está bien que haya alguien listo, sea quien sea. Me alegro de que quede alguno. —Volvió a detenerse e hizo un gesto flojo con la mano abarcando la gran sala vacía, como si los estudiantes siguieran allí—. No me gustaría que estos imbéciles analfabetos dirigieran el cotarro cuando salgan de aquí.

—Su rostro arrugado transmitía desprecio—. Bichos raros hipnotizados. Pajilleros. Habría que ponerlos en coma y alimentarlos a base de pastillas.

Spofforth no dijo nada. Había algo en el viejo que lo atraía: un minúsculo asomo de afinidad. Sin embargo, no albergaba ningún sentimiento hacia los jóvenes humanos a los que se formaba y culturizaba allí.

No tenía ningún sentimiento consciente hacia ellos, hacia los silenciosos grupos de jóvenes de mirada vacía y de movimientos lentos que se desplazaban de forma pacífica de una clase a otra, ni hacia los que se sentaban a solas en las salas de Intimidad para fumar porros y ver patrones abstractos en pantallas de televisión que abarcaban toda una pared y para escuchar una música sin sentido e hipnótica. Pero en su cabeza casi siempre se hallaba presente la imagen de una de ellos: la chica del abrigo rojo. Ella había usado aquel abrigo antiguo a lo largo de todo el invierno y aún continuaba llevándolo en las noches de primavera. No era lo único que la diferenciaba de los demás. A veces tenía una expresión —coqueta, narcisista, vanidosa— distinta a la del resto. A todos se les decía que desarrollasen su «individualidad» pero todos tenían el mismo aspecto y actuaban de igual manera, con sus voces serenas y sus caras inexpresivas. Ella meneaba las caderas al andar y a veces se reía, ruidosamente, absorta en sí misma, mientras los demás estaban callados. Su piel era blanca como la leche y su pelo negro como el carbón.

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Spofforth pensaba a menudo en ella. Cuando la veía dirigirse a alguna clase, rodeada por otros, pero sola, deseaba acercarse a ella y tocarla suavemente, nada más que apoyar su gran mano en el hombro de ella y dejarla allí un momento, sintiendo su calor. A veces le parecía que ella lo observaba con la mirada gacha, risueña, riéndose de él. Pero nunca hablaban.

—¡Demonios! —estaba diciendo Arthur—. En otros treinta años, vosotros, los robots, al final estaréis al mando de todo. La gente ya no es capaz de hacer una mierda por su cuenta.

—Ahora mismo me están formando para dirigir empresas —dijo Spofforth.

Arthur le dedicó una mirada severa y rompió a reír.

—¿Vaciando ceniceros? ¡Hay que joderse! —Siguió barriendo, sacudiendo la gran escoba vigorosamente sobre el suelo de permoplástico—. No sabía yo que se podía engañar a un puto robot. No digamos a un Máquina Nueve.

Spofforth se quedó plantado mientras sujetaba los ce- niceros durante un minuto entero, mirándolo. «Nadie me está engañando —pensó—. Soy dueño de mi vida.»

Una noche de junio, más o menos una semana después de la conversación con Arthur, Spofforth pasaba junto al edificio de Audiovisuales a la luz de luna y oyó susurros procedentes de detrás de los densos arbustos que crecían a la vera del edificio. Le llegó un gruñido masculino y más susurros.

Se detuvo a escuchar. Algo se movía, pero ahora era más sutil. Retrocedió unos pasos hasta un arbusto alto y lo apartó con mucho sigilo. Y cuando vio lo que estaba sucediendo al otro lado, se quedó paralizado, incapaz de dejar de mirar.

Detrás del arbusto, la chica yacía de espaldas, con el vestido subido por encima del ombligo. Un joven sonrosa- do, desnudo, rollizo, estaba arrodillado entre sus piernas; Spofforth distinguió un grupo de lunares en la piel rosada entre los omóplatos. Vio el vello púbico de la chica bajo el muslo del hombre: pelo rizado, negro azabache en contraste con la pura blancura de las piernas y las nalgas, tan negro como el pelo de su cabeza, tan negro como el fino cuello del abrigo rojo sobre el que estaba tumbada.

Ella lo vio, y la expresión se le endureció de repugnancia. Le habló por primera y última vez.

—Largo de aquí, robot —dijo—. Puto robot. Déjanos solos.

Spofforth, una mano contraída sobre su clonado corazón, dio media vuelta y se alejó. Acababa de aprender algo que recordaría el resto de su larga vida: en realidad, él no quería vivir. Lo habían engañado —engañado cruelmente— privándolo de una vida humana real; algo en su interior se rebeló entonces contra esa vida que le había sido impuesta.

Volvió a ver a la chica alguna vez más. Ella evitaba su mi- rada. No por vergüenza, eso lo sabía bien él, ya que para ellos el sexo no era motivo de vergüenza. «El sexo rápido es el mejor» les enseñaban, y ellos se lo creían y así lo practicaban.

Él fue transferido de la residencia a un trabajo de mayor responsabilidad, en Akron: decidir los patrones de distribución de los productos lácteos sintéticos. De allí pasó al sector de producción de pequeños automóviles, para presidir la fabricación de los últimos millares de vehículos privados que conduciría una población antaño chiflada por los coches. Zanjada esa misión, se convirtió en director de la compañía que manufacturaba los autobuses mentales, los robustos vehículos de ocho pasajeros pensados para una población humana que no cesaba de decrecer. Después fue director de Control de Población, para lo que fue transferido a Nueva York, donde trabajaba en una oficina en lo alto de un edificio de treinta y dos plantas, supervisando los vetustos ordenadores que efectuaban un censo diario y ajustaban en consecuencia las tasas de fertilidad humana. Era un trabajo fatigoso: controlar unos equipos que no cesaban de averiarse, encontrar formas de reparar ordenadores que ya ningún humano sabía reparar y que ningún robot había sido programado para comprender. Finalmente, se le asignó otro trabajo: decano de las facultades de la Universidad de Nueva York. El ordenador que había dirigido la institución había dejado de funcionar; pasó a ser tarea de Spofforth —tratándose de un Máquina Nueve— sustituirlo y encargarse de la toma de decisiones, en su mayor parte menores, requeridas para el funcionamiento de la universidad.

Se había clonado, consiguió averiguar, un centenar de Máquina Nueve, todos provistos de una copia de la misma mente humana original. Él era el último, y se realizaron ajustes especiales en su cerebro metálico para prevenir lo que les había sucedido a los demás de la serie: se habían suicidado. Algunos se habían fundido el cerebro, reduciéndolo a una negra masa informe al usar equipos de soldadura de alto voltaje; otros habían ingerido productos corrosivos. Unos pocos habían enloquecido completamente antes de ser destruidos por los humanos, habían corrido desbocados por las calles en plena noche, mientras sembraban destrucción y gritaban obscenidades. Utilizar un cerebro humano auténtico como modelo para un robot sofisticado había sido todo un experimento. Pero el experimento se juzgó fallido y no se llevó a cabo ningún otro. Las fábricas aún producían robots imbéciles, así como unos pocos Máquina Siete y Máquina Ocho, para hacerse cargo de las labores de gobierno, educación, sanidad, justicia, planificación y producción que los humanos iban abandonando; pero todos tenían cerebros sintéticos, no humanos, sin el menor asomo de emoción ni de introspección ni de cohibición. Eran meras máquinas —inteligentes, de apariencia humana, bien fabricadas— y hacían lo que se esperaba que hicieran. Spofforth había sido diseñado para vivir eternamente y había sido diseñado para no olvidar nada. Los responsables de tal diseño no se detuvieron a considerar cómo sería una vida semejante.

La chica del abrigo rojo envejeció, engordó, mantuvo relaciones sexuales con diez docenas de hombres, tuvo hijos, bebió demasiada cerveza, vivió una vida trivial y sin objetivos y perdió su belleza. Y al cabo murió, fue enterrada y olvidada. Y Spofforth continuó viviendo, joven, completamente sano, bello, recordándola con diecisiete años mucho tiempo después de que ella misma hubiera olvidado, cuando era una mujer de mediana edad, a la chica sexy y coqueta que fue una vez. La recordaba, la amaba y deseaba morir. Pero algún ingeniero humano descuidado había hecho que eso fuera imposible.

El rector de la universidad y el decano de estudios lo estaban esperando cuando volvió tras pasar su noche de junio a solas.

El menos brillante de los dos era el rector. Se llamaba Carpenter y llevaba un traje de synlon marrón y unas sandalias que se caían a trozos, y la panza y la carne de los costados del cuerpo le temblaban visiblemente bajo la tela ceñida cuando caminaba. Se hallaba de pie junto a la gran mesa de teca de Spofforth, fumando un porro, cuando el robot entró y caminó a paso vivo en su dirección. Carpenter se apartó con nerviosismo a un lado para que Spofforth tomara asiento.

Al cabo de un momento, Spofforth alzó la vista, no un poco hacia la derecha de donde se encontraba el rector, como dictaba la Cortesía Preceptiva, sino que lo miró directamente.

—Buenos días —dijo Spofforth con su voz fuerte y controlada—. ¿Hay algún problema?

—Bueno… —dijo Carpenter—, no estoy seguro. —Parecía angustiado por la pregunta—. ¿Tú qué opinas, Perry?

Perry, el decano de estudios, se restregó la nariz con el dedo índice.

—Ha llamado alguien, decano Spofforth. Por la línea de la universidad. Ha llamado dos veces.

—Ah, ¿sí? —dijo Spofforth—. ¿Qué quería?

—Quiere hablar con usted —dijo Perry—. Acerca de un trabajo. Un curso de verano…

Spofforth lo miró.

—¿Sí?

Perry continuó nervioso, mientras evitaba la mirada de Spofforth.

—Quiere hacer algo que no entendí por teléfono. Es algo nuevo, algo que descubrió hace uno o dos amarillos, dice él.

—Buscó a su alrededor hasta encontrar la mirada del gordo con el traje marrón—. ¿Qué fue lo que dijo exactamente, Carpenter?

—¿Leer? —respondió Carpenter.

—Sí —dijo Perry—. Leer. Dijo que sabía leer. Algo que tiene que ver con palabras. Quiere enseñar eso.

Spofforth se puso en pie.

—¿Alguien ha aprendido a leer?

Los dos hombres apartaron la mirada, avergonzados por la sorpresa manifiesta en la voz de Spofforth.

—¿Grabaron la conversación? —preguntó Spofforth. Los hombres se miraron entre sí consternados. Finalmente, Perry habló.

—Se nos olvidó —dijo. Spofforth reprimió el enojo.

—¿Dijo si volvería a llamar? Perry pareció aliviado.

—Sí, lo hizo, decano Spofforth. Dijo que intentaría contactar con usted.

—Muy bien —dijo Spofforth—. ¿Algo más?

—Sí —dijo Perry, volviendo a restregarse la nariz—. Los habituales currículums en BB’s. Tres suicidios entre los estudiantes. Y en alguna parte hay grabado un procedimiento para clausurar el ala este de Higiene Mental, pero ningún robot lo encuentra. —Perry parecía complacido por informar de un fallo entre el personal robótico—. Ninguno de los Máquina Seis sabe nada al respecto, señor.

—Sí, eso es porque soy yo quien lo tiene, decano Perry —dijo Spofforth. Abrió el cajón de la mesa y sacó una de las pequeñas esferas de acero (conocidas como BB’s) que se usaban para hacer grabaciones de voz. Se la tendió a Perry—. Ponga esto en un Máquina Siete. Él sabrá qué hacer con las aulas de Higiene Mental.

Perry tomó la grabación un tanto avergonzado y salió. Carpenter lo siguió de inmediato. Una vez a solas, Spof- forth se sentó a su mesa, dándole vueltas a la noticia de que un hombre sabía leer. Había oído hablar con frecuen- cia sobre la lectura cuando era joven, y sabía que se hallaba extinta desde hacía mucho tiempo. Había visto libros; ob- jetos muy antiguos. Aún quedaban unos pocos sin destruir en la biblioteca de la universidad.

La oficina de Spofforth era grande y muy agradable. Él mismo la había decorado con grabados de aves marinas y un aparador de roble tallado que había rescatado de un museo demolido. Sobre el aparador había una fila de pequeños modelos de ingeniería robótica que reflejaban, de manera sucinta, la evolución de las formas antropoides empleadas a lo largo de la historia de aquel arte. La más temprana, al comenzar por la izquierda, correspondía a una criatura provista de ruedas, con cuerpo cilíndrico y cuatro brazos, muy antigua, que surgió en algún momento entre los servomecanismos y el ser mecánico autónomo. El modelo estaba fabricado en permoplástico y tenía unas seis pulgadas de alto. El robot, durante su breve período de uso, se había conocido como Wheelie; no se fabricaba ninguno desde hacía siglos.

A la derecha del Wheelie había otro modelo con un diseño más próximo a la figura humana, más o menos similar a los robots imbéciles contemporáneos. Las estatuillas iban volviéndose más detalladas, más humanas, hacia la derecha de la fila, hasta concluir en una miniatura del propio Spofforth; impecable, completamente humana en apariencia, serena, en posición firme y con unos ojos que incluso parecían dotados de vida.

Una luz roja parpadeó sobre la mesa de Spofforth. Presionó un botón y dijo:

—Spofforth.

—Me llamo Bentley, decano Spofforth —dijo entonces la voz al otro extremo del hilo—. Paul Bentley. Le llamo desde Ohio.

—¿Es usted el que sabe leer? —dijo Spofforth.

—Sí —dijo la voz—. He aprendido yo solo. Sé leer.

El enorme mono se sentó sobre el autobús volcado. La ciudad estaba desierta.

En el centro de la pantalla surgió un remolino blanco que creció sin dejar de girar. Cuando se detuvo, ocupaba más de la mitad de la pantalla. Se hizo entonces evidente que se trataba de la primera plana de un periódico, con un titular inmenso.

Spofforth paró el proyector y el titular quedó congelado.

—Lea eso —dijo.

Nervioso, Bentley se aclaró la garganta.

—Mono monstruoso aterroriza la ciudad —leyó.

—Bien —dijo Spofforth. Volvió a poner en marcha el proyector.

En el resto de la película no aparecían palabras escritas. La vieron en silencio: el arrebato final de destrucción del mono, su patético intento de expresar amor hasta el mismo momento de su muerte, al caer, como si flotara, desde el edificio de altura imposible a la calle ancha y desierta.

Spofforth pulsó el interruptor que encendía las luces de su oficina y volvió transparente de nuevo la ventana salediza. La oficina ya no estaba a oscuras, ya no era una sala de proyección. En el exterior, entre las coloridas flores de Washington Square, unos cuantos estudiantes de posgrado de edad avanzada, vestidos con tela vaquera, estaban sentados en círculo sobre la hierba sin segar. Todos tenían una expresión alelada. El sol se hallaba alto, lejano, en el cielo de junio. Spofforth miró a Bentley.

—Decano Spofforth —dijo Bentley—, ¿podré impartir el curso?

Spofforth lo contempló pensativo por espacio de un momento, y luego dijo:

—No. Lo lamento. Pero en esta universidad no deberíamos enseñar a leer.

Bentley se puso en pie con torpeza.

—Lo siento —dijo—, pero yo pensaba…

—Siéntese, por favor, profesor Bentley —dijo Spofforth—. Creo que podremos dar utilidad a sus conoci- mientos este verano.

Bentley volvió a tomar asiento. Estaba visiblemente nervioso; Spofforth era consciente de que su presencia resultaba apabullante.

Spofforth se reclinó en la silla, se estiró y sonrió amigablemente a Bentley.

—Dígame, ¿cómo aprendió a leer? —preguntó.

El hombre se quedó mirándolo mientras parpadeaba. A continuación, dijo:

—Con unas tarjetas. Tarjetas para aprender a leer. Y cuatro libros pequeños: El lector principiante; Roberto, Consuela y su perro Biff y…

—¿Dónde consiguió todo eso? —preguntó Spofforth.

—Fue extraño —dijo Bentley—. La universidad tiene una colección de películas porno antiguas. Yo estaba buscando material para un curso cuando me encontré con una película vieja dentro de una caja precintada. Con ella estaban los cuatro libros y el juego de tarjetas. Cuando proyecté la película vi que no se trataba de porno ni mucho menos. En ella aparecía una mujer que se dirigía a unos niños en un aula. Detrás había una pared negra, sobre la que la mujer trazaba marcas blancas. Por ejemplo, ella trazaba lo que luego aprendí que era la palabra «mujer», y a continuación todos los niños decían a la vez «mujer». Repitió lo mismo con «profesor», «árbol», «agua» y «cielo». Me acordé de que al examinar las tarjetas había visto el dibujo de una mujer. Debajo figuraban las mismas marcas que ella había hecho. En la película salían más dibujos, más marcas blancas sobre la pared negra, más palabras pronunciadas por la profesora y por los alumnos. —Bentley parpadeó varias veces al recordar—. La profesora llevaba un vestido de color azul y tenía el pelo blanco. Parecía sonreír todo el tiempo.

—¿Y qué hizo usted después? —preguntó Spofforth.

—Bueno. —Bentley meneó la cabeza, como si tratara de desembarazarse del recuerdo—. Proyecté la película una y otra vez. Me tenía fascinado, me fascinaba lo que mostraba. Me parecía que era… que era… —Se detuvo, incapaz de dar con la palabra adecuada.

—¿Importante? —preguntó Spofforth.

—Sí. Importante. —Bentley miró a Spofforth un instante a los ojos, contraviniendo la norma de Cortesía Preceptiva. Apartó la vista dirigiéndola hacia la ventana, al otro lado de la cual los estudiantes colocados seguían sentados en silencio, asintiendo de cuando en cuando.

—¿Y luego? —preguntó Spofforth.

—Proyecté la película de cabo a rabo, hasta perder la cuenta. Poco a poco empecé a comprender, como si lo hubiera sabido desde el primer momento, pero sin saber que lo sabía, que la profesora y los alumnos miraban las marcas y decían las palabras que las marcas representaban. Las marcas eran como retratos. Retratos de palabras. Era posible mirarlas y decir las palabras en alto. Más adelante aprendí que se pueden mirar las marcas y oír las palabras en silencio. Las mismas palabras y otras similares aparecían en los libros que había encontrado.

—Y entonces ¿aprendió usted a comprender otras palabras? —dijo Spofforth. Su voz era neutra, serena.

—Sí. Me llevó mucho tiempo. Tuve que darme cuenta de que las palabras se componen de letras. A las letras les corresponde un sonido, siempre el mismo. Era placentero descubrir lo que los libros podían decir dentro de mi cabeza… —Bajó la vista al suelo—. No me detuve hasta haber aprendido todas y cada una de las palabras de los cuatro li- bros. Fue más tarde, después de encontrar tres libros más, cuando supe que lo que estaba haciendo se llamaba leer.

Se quedó en silencio y, tras unos instantes, alzó con timidez la mirada hacia Spofforth.

Walter Tevis nació en 1928 en California. Fue un gran novelista y escritor de relatos cortos, de los que publicó más de dos docenas en varias revistas como Cosmopolitan, Esquire, Playboy o The Saturday Evening Post. Para Collier’s, escribió un relato titulado «The Big Hustle» (1955), cuento en el que recrearía su fascinación por el universo del billar y que sería el germen de su primera novela, El buscavidas (1959), de la que nacería un personaje que formaría parte de muchas de sus obras de ficción: Eddie Felson el Rápido. El libro sería adaptado al cine por Robert Rossen en 1961, donde Paul Newman encarnó a dicho personaje. En 1963 publicó El hombre que cayó en la Tierra, una novela que el propio Tevis confirmó que era una especie de autobiografía velada sobre su complicada infancia; también fue llevada al cine, esta vez por Nicolas Roeg en 1976, con David Bowie en el papel del alienígena Thomas Jerome Newton. Walter Tevis dio clases de Literatura Inglesa y de Escritura Creativa en la Universidad de Ohio entre 1965 y 1978, a la vez que cursaba un máster en Bellas Artes. Fue durante esta etapa de su vida cuando se dio cuenta de que el nivel literario de los estudiantes estaba bajando de manera alarmante, y dicha observación le dio la idea para Sinsonte (1980), que estuvo nominada a la mejor novela en los premios Nébula y que ahora presentamos en Impedimenta. Tevis también escribió The Steps of the Sun (1983) y Gambito de dama (1983), adaptada recientemente para Netflix en formato de miniserie. Sus relatos cortos fueron publicados en la colección Far from Home (1981). Murió a los cincuenta y ocho años en Nueva York debido a un cáncer de pulmón.

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