Peter Kurzeck

LECTURAS | Sobre hielo, de Peter Kurzeck

Primera novela del ciclo autobiográfico Das alte Jahrhundert. Un monólogo poético sobre la ciudad y el tiempo, repleto de encuentros y anécdotas, escrito en una prosa personalísima de frases cortas o directamente amputadas. Con una obra sólida y una sintaxis peculiar, Kurzeck fue durante muchos años uno de los más firmes candidatos alemanes al Nóbel.

Ciudad de México, 21 de septiembre (MaremotoM).- Primera novela del ciclo autobiográfico Das alte Jahrhundert, cuyo punto de partida es la ruptura de Kurzeck con Sibylle, la madre de su hijo, y su posterior mudanza a un almacén de paredes tremolantes que comparte con un piano. Un monólogo poético sobre la ciudad y el tiempo, repleto de encuentros y anécdotas, escrito en una prosa personalísima de frases cortas o directamente amputadas, en continuo staccato.

Peter Kurzeck
Sobre hielo, editado por Jus. Foto: Cortesía

Fragmento de Sobre hielo, de Peter Kurzeck, con autorización de Jus

1

Primero un invierno de lluvia y después de nieve. Cuando empezó el año 1984, después de la separación, de un día para otro me quedé sin nada. Ni casa, ni una imagen de mí, ni siquiera el sueño me quedaba. Se acabó y se acabó. Según parece, uno vuelve a empezar su vida cada pocos años y desde el principio. En medio de la catástrofe, como si se hubiera caído del mundo. Apenas amanece, el día continúa su interrogatorio conmigo. Un cuarto trastero en una casa ajena. Me mudé a finales de enero. Escribía notitas e iba a visitar a mi hija. Se llama Carina. Por aquel entonces tenía cuatro años. La recogía. Botas de invierno, gorro de lana, manoplas de colores con cintitas. Íbamos a comprar leche. Antes hay que contar el dinero. Hay que conocer el camino, con sus pasos, peldaños y puertas. Jugábamos juntos y hablábamos en verso. ¡Cuidado con tropezar! Luego, historias del zorro y el castor y de personas que por la mañana van tranquilamente a comprar leche y, ¿de qué hablan? La puerta de una casa de Frankfurt. Adelante, tres peldaños de piedra arenisca. En el más alto, un gato peludo. Y pregunta adónde se ha ido el verano. E historias de ese que tú también conoces, historias del viento. Como si fuera mi vida, otra vez mi propia vida, de la que no puedo dejar de hablar. Leche en bolsas, leche urbana. Y, por la mañana, a la guardería con ella. Los mismos caminos de siempre. Y ella junto a mí, como si no hubiera pasado nada. Y el día también transcurre como si no hubiera pasado nada. Lentamente las calles. Un padre. Una hija.

Había empezado un libro nuevo. Mi tercer libro. Aún no tenía título. Pronto haría cinco años que había dejado de beber.

Ni un trago y tampoco nada de drogas. Era como si, aparte de escribiendo, sólo pudiera aguantar mi vida caminando o conduciendo. En aislamiento. Entrada la noche me veo, junto a una turbia lámpara, contemplando mi último par de zapatos, descalzo. Cansado y con los hombros caídos. ¿Qué voy a decirles a los zapatos? Agotados. ¡Los zapatos están agotados! ¿Qué es lo que ha ido mal en tu vida para que estés aquí, helado, en el silencio de la medianoche, y hables con tus zapatos? Un cuarto trastero en el que trato de dormir como un desconocido. Con cautela. Hasta nueva orden. Por así decirlo, en tercera persona. En medio de la estancia, polvoriento y pulido, un piano negro con su tapa. Cerrado, mudo como un ataúd. Desde mi colchón, presa del mareo, como en una balsa, veía el piano alzarse como un escollo, como un monumento funerario. Cansancio. Arritmia. ¿Por qué el silencio es tan silencioso y la luz de la lámpara tan turbia? Mientras dormía, dejé de saber si dormía. Por las noches, las paredes se juntaban para estrujarme. ¿Cómo averiguar, cómo voy a saberlo, si mi grito ha sido mi propio grito o sólo lo he soñado? Ataques de tos y después casi asfixia. Habría sido un alivio dormir junto a una grabadora, es decir, registrar noche tras noche mi desflecado sueño. Mejor aún sentarse, certificado de nacimiento, carnet de identidad, reloj en mano, para levantar acta, y contemplarme durante mi sueño. Me hubiera gustado tener una radio. Por lo menos unos minutos al día. Como un prisionero, como en la celda. Hay que solicitar un formulario y presentar una petición. Tres veces al día durante tres minutos. Sólo una, un transistor pequeñito, me habría bastado. Una voz humana, que tres veces al día anunciara el tiempo sin miedo. Y una armónica infatigable, con su correspondiente aliento.

Cuando peor se alzaba el piano era al amanecer (entretanto era febrero). Oía pasar el tranvía y me paralizaba como un muerto. El suelo temblaba, la casa entera. Jamás en mi vida querría ser enterrado en medio de un temblor permanente como ese. El día comenzaba su marcha. Yo reunía fuerzas, escribía notitas (¡no te enfermes!) y salía al día. A grandes zancadas. A recoger a mi niña, a mi hija. Todavía temprano, hacía frío. El cielo lleno de grajos y gritos y vencejos, antes de que se hiciera realmente de día. Yo caminaba deprisa. Al borde de la calle, nieve, nieve antigua. El portal un abrupto sobresalto: ¡como si ya no me conociera, tan perturbado! Mi niña, mi hija, Carina. En pijama en el alféizar de la ventana. Con sus ojos claros. En la pijama, patos y margaritas. El cielo era amarillo y las chimeneas humeaban. Cuatro años, cuatro y medio. Se acaba de enfermar. ¡Se pasa la noche en vela y grita! Sueña que una mujer te ha enterrado. Te ha enterrado profundamente y tiene que volver a desenterrarte, dijo la ma- dre de mi hija; se llama Sibylle. Y me miró directamente a los ojos, para que no pensara que no podía mirarme a los ojos. Una mañana de invierno. Las nueve. Lleva unos leotardos rojos, no lleva chaqueta, y se ha puesto un grueso jersey de colores que compartimos durante muchos años, exactamente igual que el tiempo y el calor que compartimos una y otra vez ella y yo. La mayor parte del tiempo, invierno. Un perfume nuevo. La mayoría de los libros ya están embalados, las cajas llegan hasta la escalera. En cuanto me fui dejó de soportar ver los libros. Naturalmente, no estábamos casados. Vivimos nueve años juntos. Una hija. Cuando me fui, íbamos a repartirnos la custodia. Pensábamos que nuestra hija podía estar todo el tiempo con los dos, bien y a gusto. Pero apenas dos semanas después Sibylle me dijo: ¡Si quiero, puedo hacer que no vuelvas a verla! Como siempre no había dinero, pero encima acababa de perder, con preaviso, incluso mi trabajo de media jornada. Sentarse y escribir. Mi tercer libro, un libro sobre el pueblo de mi infancia. Stauffenberg, en el distrito de Giessen. Escribía todos los días. Escribía para permanecer.

¡Para poder seguir en mí y en el mundo todos los días!

Dos muelas del juicio. Mejor a tiempo, dijo la dentista. Mejor una después de la otra, así que mejor fijar dos citas.

Y yo había asentido. Así tumbado, con una mordaza atornillada, alta tensión, un tubo que imita una catarata y dos manos ajenas en la boca, ¿cómo va uno a poner objeciones? Lo mejor es quedarse sentado en ese perfecto sillón de dentista ajustable con mando a distancia. Seguir así. Lámpara, vaso de agua, escupidera. Y con reposabrazos, reposacabezas y descanso para los pies. Horizontal. Y, al menos durante un rato, no ser responsable de mí ni del mundo ni de mi época. Siempre tan rubia, luminosa y limpia la dentista y su clínica, como si tú, con tus manos, zapatos, pensamientos sucios acabaras de salir otra vez de un burdel o vinieras directamente de la obra. Cada vez. Con las peores intenciones. Robo, vandalismo, violación, sudor, hambre, halitosis, dudas, escamas, trastornos digestivos. Quizá también en Frankfurt, con mierda de perro de Frankfurt en los dos pies. En tus pensamientos… ¿qué clase de pensamientos? Parecen de distinto color a derecha e izquierda, de distinta clase. Y ni siquiera lo has notado enseguida, sólo te has dado cuenta aquí, sobre la alfombra de color perla. ¡Nacimiento, lugar de residencia, profesión, todo falso! ¡Todos los nombres son falsos! ¿Quizá también la tarjeta sanitaria esté falsificada? ¿Y cómo no iban a verlo, a notártelo? ¿Y la pobreza? La pobreza es un olor. Pesado como un abrigo viejo. Quizá aparte de mí sólo tenga pacientes privados. Durante casi cinco años esta dentista, para que sepa quién soy, para que me cuide, para que me trate con cuidado, se tome la molestia de hablar, durante cinco años, una y otra vez de nosotros y del tiempo y de nuestros hijos. Desde la más inmediata proximidad. Ella, como dentista, dentro de mi boca. Diente a diente. Ya antes de nacer empezaban esas historias de niños. ¿De qué otra manera se puede soportar tal proximidad? Y entretanto se ha casado. Coronas, puentes y empastes en mi boca. Esquinas, bordes y muretes. Y ahora que está casada quiere tener un hijo. En la Myliusstraβe, en el West End, en Frankfurt am Main. Una clínica moderna y luminosa con tres o cuatro salas de tratamiento. Una de las muchas rubias y limpias ayudantes agenda las citas para mí y prepara el sillón conmigo sentado para el aterrizaje electrónico- neumático. Eso fue en enero. Aún había nieve en el camino. Siempre, después de ir al dentista, tienes que preguntarte dónde han ido a parar todas las buenas ideas que tenías cuando estabas en la sala de espera. ¡Indiscutible! ¿Estaban ahí antes de que entraras, y ahora se han ido, no es posible encontrar alguna de ellas? ¿Cuánto costará un sillón de dentista como ese, el mejor? Durante el camino de vuelta a casa ya oscurece. La calle, silenciosa. Jardines frontales, nieve, un mirlo en la nieve al atardecer, y adelante, en la esquina, un supermercado, un HL. Falta poco para cerrar, y la gente se amontona en las cajas. Enfrente, el Café Laumer. Luz en las ventanas. Por aquel entonces yo aún vivía en la Jordanstraβe. A finales de enero, ya estaban contados mis caminos de vuelta y los últimos días con Sibylle y Carina en nuestra casa. La Bockenheimer Landstraβe. Árboles en invierno, castaños. Esperando. Muchas luces al atardecer. El mismo camino de todos los días de todos esos años, de ida y vuelta a la guardería, pero quedo yo, ¿a dónde se ha ido mi vida?

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Primero la de abajo a la derecha. Me tocaba a las tres de la tarde, y cuando me fui, ya había oscurecido. ¿Desde cuándo está oscuro? Abajo a la derecha, fuera muela del juicio. Escupir sangre por toda la acera. Me siento mal. ¡Deberías cantar! (¡Una frase de mi libro anterior!) Escupir la sangre y cantar, o al menos como un órgano, una sirena de niebla, una sirena que se ha extraviado y no encuentra el camino, un barco anuncio. Al menos como un lobo, un lobo solitario, una y otra vez. Perdido a lo largo de la acera, con un único aullido en la boca. Nieve al borde, silencio y nieve en los rincones. En HL están a punto de cerrar. Febrero. Restos de nieve. Una media luna de plata en diagonal, y en medio del dolor de pronto desaparece mi noción del tiempo. Como si llevara ya una eternidad, como si estuviera desde siempre en la Bockenheimer Warte.

Hace frío, es de noche, un tranvía muy iluminado pasa y allí adelante, en el cruce, las luces brillan como estrellas. Escupir sangre, caminar, caminar conmigo y en realidad un lobo. Mi antiguo camino a casa. No hacía ni tres semanas que me había ido. Aún tenía mi llave. Lo mejor es que te acostumbres a llamar a la puerta como una visita. Y luego un rostro. Aguantar en la boca la sangre escaleras arriba, cuatro pisos. Carina que me sale al encuentro en pijama, una pijama con mariquitas. Me quedé hasta que Carina se acostó. Me senté en la calidez de un sillón y fumé, traté de fumar, y bebí té tibio con leche. Carina duerme. Qué bien me conoce el sillón. El aturdimiento cedía y el dolor empezaba a llamar a la puerta, firme y fiable. Prefieres quedarte aquí, me dice Sibylle, ¡quédate a pasar la noche! Pareces agotado. Todavía no eran ni las nueve. Qué a gusto me habría pasado el resto de mi vida, o al menos los próximos dos años, allí, en la casa, como ahora. Lo mejor era seguir a salvo allí sentado con el dolor y con el dolor en la boca, y decir: ¡Y ahora, a la cama! Una única y larga velada y todo el tiempo va hacia las nueve. Desde que había dejado de beber, la anestesia siempre me sentaba mal. Como si me diera asco. El teléfono. En el silencio. Casi como antes suena el teléfono. Mi amigo Jürgen. Desde el Café El- ba. Está allí con Edelgard. Se separaron desde hace siete años, pero ahora está sentado con ella en el Café Elba. Primero había sido un café heladería, luego un sitio de pizzas para llevar. Y ahora, poco a poco, empieza a convertirse en un auténtico restaurante italiano, un italiano de Frankfurt. Sólo ahora, en invierno. Estamos sentados aquí y hablamos de nosotros y de ti y del mundo, dice él. ¡Y ella no quiere, no quiere entenderme! Ya sabes cómo es. ¡Dice que yo no la entiendo! Desde que nos conocemos. Pronto hará diecisiete años. Tú también la conoces casi desde la misma época, dice él. ¡Ven! He estado en el dentista, dije yo. La dentista que tú conoces. La muela del juicio inferior derecha, fuera. Toda la boca llena de sangre. La boca entera una única herida. No puedo. Como mucho por el camino, de regreso a casa. Cinco minutos. Sí, dice, no hace falta que te des prisa. Vamos a quedarnos un rato. Nos quedaremos aquí sentados mirando hacia la puerta, hasta que vengas. Miraremos la puerta cada vez que venga alguien, dice. Así que hasta ahora. Hasta ahora. Un rato más aquí, sentir a mi alrededor el calor y a Carina y su sueño, su respiración tranquila mientras duerme en el cuarto de al lado, bajo la noche proyectada en el techo. ¡Quisiera no haber di- cho de regreso a casa! Según el reloj, pasan exactamente cinco minutos y luego otros cinco minutos. Pañuelos de papel de Sibylle. Inconsolable de todos modos. Muchos pañuelos de papel. Luego, dejo atrás mi vida aquí en el calor y me pongo en camino como un lobo.

Inferior izquierda. Diez días después. Una suplente, pero me saluda como si me conociera. Como una pariente lejana de la dentista. Empezamos a las dos y media, y a las seis aún no se atisba el final. Tampoco puede detenerse porque entretanto ha destrozado trabajosamente la muela hasta los  cimientos.

¿Dónde se apoya ahora? Sólo queda la raíz. Dos ayudantes. Voy a orinar a menudo pasando por en medio de ellas. En cada ocasión tienen que incorporar el suspirante sillón, sacar todas las manos y todos los aparatos de mi boca y dejarme el camino libre. Un armisticio. Las lámparas zumban, la clínica da vueltas en mi cabeza. Luego, adelante con la carnicería. Hasta entrada la tarde. Sólo ella y yo y las dos auxiliares más experimentadas, todos los demás se han ido a casa. Otra vez los rayos X. Qué fuerte es la raíz, cómo se ha atrincherado bajo tierra. Al final van a tener que serrar el hueso. Otra serie de inyecciones de anestesia, y tuve que volver a orinar. Con la dignidad de una estatua beoda. Con la cabeza pesada, una dignidad pétrea. ¿Se va con o sin babero? Ver temblar a la dentista. Por primera vez se me ocurrió que quizá sus fuerzas no alcanzaran, ¿y entonces? Había estado mirando, desde una lejanía interior trabajosamente conseguida…

Peter Kurzeck (Tachau, 1943 – Frankfurt, 2013) está considerado uno de los escritores alemanes más relevantes de este siglo. En su obra, autobiográfica casi toda, ofrece un retrato riquísimo en detalle de la vida en Frankfurt y la provincia de Hessen durante los años ochenta y noventa. Con una obra sólida y una sintaxis peculiar, que recuerda a veces a la de Arno Schmidt o Uwe Johnson, Kurzeck fue durante muchos años uno de los más firmes candidatos alemanes al Nobel.

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