Friedrich Nietzsche

LECTURAS | ¡Soy dinamita! Una vida de Nietzsche, de Sue Prideaux

La biografía que esclarece definitivamente algunas cosas que Nietzsche no fue: no fue antisemita, no fue nacionalista, no fue nihilista. Eso sí, fue pura dinamita.

Ciudad de México, 23 de septiembre (MaremotoM).- Si un personaje ha sido recreado a partir de una serie de mitos y verdades a medias que han ocultado quién fue en realidad, ese es el pensador alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900), considerado por muchos el iniciador de la mayor revolución filosófica de la historia y hombre controvertido cuyas ideas marcaron profundamente el siglo XX.

En ¡Soy dinamita! Una vida de Nietzsche, publicado bajo el sello editorial Ariel, la autora británica Sue Prideaux logra una sorprendente biografía del filósofo, a partir de datos precisos revela una imagen distinta, dramática y compleja del pensador, presentándolo como alguien más cercano a la persona que fue y alejada del personaje en que ha sido convertido.

De hecho, más de alguno se sorprenderá al saber que, contrario a lo dicho durante décadas, Nietzsche no fue nacionalista ni nihilista; tampoco, antisemita, o por lo menos no lo fue la mayor parte de su vida, sino solo cuando estuvo bajo la influencia de Richard Wagner.

“Cuando regresó de luchar en la guerra francoprusiana, se rebeló contra el nacionalismo y el antisemitismo de Wagner. Desde ese momento y hasta el final de su vida, odió el antisemitismo y escribió ardientemente contra él”, dice la autora, quien, sin embargo, también deja en claro que comprender esta situación no es tan sencillo, dado que a Nietzsche sí le disgustaba la religión judía.

Prideaux detalla que cuando Nietzsche escribe La genealogía de la moral , hace referencia a la “moral de los señores”, la de los antiguos griegos y los pueblos de la antigüedad, que fue cuando los judíos fueron esclavizados en Babilonia y crearon su propia moral, que luego tomarían los cristianos: la “moral de los esclavos”, porque glorifica el victimismo y es contraria a las ideas de libertad y responsabilidad de cada ser humano en las que creía el autor.

En ¡Soy dinamita! Una vida de Nietzsche, la autora explora las diversas obras que inmortalizaron al filósofo y dedica un capítulo a los aforismos que han marcado la vida de millones de seres, ya que esas ideas resumen una enorme sabiduría que mueve a la reflexión y provoca una respuesta individual.

También trata el polémico mito sobre la supuesta relación incestuosa que habría tenido Nietzsche con su hermana Elisabeth, y explica cómo surgió esa historia que marcó definitivamente al filósofo que decretó la muerte de Dios y trajo a la luz el pensamiento de Zaratustra.

Friedrich Nietzsche
Una nueva biografía de Friedrich Nietzsche. Foto: Cortesía

Fragmento de ¡Soy dinamita! Una vida de Nietzsche, con autorización de Ariel

1

Una velada musical

Cuando alguien quiere escapar a una presión intolerable necesita hachís. Pues bien, yo necesitaba Wagner. Wagner es el contraveneno de todo lo alemán.

Ecce homo, “Por qué soy tan inteligente”, sección 6

El 9 de noviembre de 1868, Nietzsche, que tenía entonces veinticuatro años, le contaba una comedia a Erwin Rohde, su amigo y condiscípulo en la Universidad de Leipzig:

“Los actos de mi comedia —escribía— llevan estos títulos:

1. Una velada de la asociación o el profesor en ciernes.

2. El sastre expulsado.

3. Una cita con X.

El elenco cuenta con algunas mujeres mayores.

El jueves por la tarde Romundt me llevó al teatro, hacia el que mis sentimientos se van enfriando…, nos sentamos en el gallinero como dioses entronizados en el Olimpo para juzgar una obra mediocre titulada Graf Essex [“El conde Essex”]. Naturalmente, le rezongué a mi secuestrador…

“En la noche siguiente estaba prevista la primera conferencia del semestre de la Sociedad Clásica y se me había pedido amablemente que la impartiera. Tuve que proveerme de una reserva de armas académicas pero al poco estaba preparado y tuve la satisfacción, al entrar en el [café] Zaspel, de encontrarme una masa negra de cuarenta asistentes…. Hablé a mi aire, ayudándome sólo de notas en un trozo de papel… Creo que irá bien esta carrera académica… Cuando llegué de vuelta a casa encontré una nota dirigida a mí, con estas pocas palabras: “Si quieres conocer a Richard Wagner, ven a las 15.45 al Café Théâtre. Windsich”.

“Esta sorpresa provocó un torbellino en mi cabeza…, naturalmente salí disparado a buscar a nuestro honorable amigo Windsich, que me dio más información. Wagner estaba de riguroso incógnito en Leipzig. La prensa no sabía nada y se habían dado instrucciones a los sirvientes para que permanecieran tan silenciosos como tumbas con libreas. Bien, la hermana de Wagner, esposa del profesor Brockhaus, inteligente mujer a la que ambos conocemos, había presentado a su buena amiga, la esposa del profesor Ritschl, a su hermano. En presencia de Frau Ritschl, Wagner interpreta la Meisterlied [la canción del premio de Walther de la ópera más reciente de Wagner, Die Meistersinger [“Los maestros cantores de Núremberg”], estrenada unos meses antes] y la buena mujer le dice que ya conoce bien esa canción. [La había escuchado tocada y cantada por Nietzsche, aunque la partitura se había publicado hacía muy poco.] ¡Alegría y asombro de Wagner! Anuncia su decidida voluntad de conocerme de incógnito; voy a ser invitado el domingo por la noche…

Durante los días siguientes, mi estado de ánimo tenía algo de novelesco: créeme, los preliminares del encuentro, teniendo en cuenta lo inaccesible que es este hombre excéntrico, rayaban en el territorio del cuento de hadas. Pensando que habría muchos invitados, decidí vestirme con suma elegancia, y me alegré de que mi sastre me hubiera prometido entregarme mi traje de etiqueta para ese mismo domingo. Hacía un día espantoso de lluvia y nieve. Me estremecía sólo con pensar en salir, y por eso me alegré cuando Roscher vino a visitarme por la tarde para explicarme algunas cosas sobre los eleáticos [una temprana escuela filosófica griega, probablemente del siglo vi a.C.] y sobre Dios en la filosofía. Finalmente empezó a oscurecer, el sastre no había venido y Roscher tenía que irse. Le acompañé y fui a ver al sastre en persona. Allí encontré a sus esclavos trabajando frenéticamente en mi traje; se comprometieron a enviármelo en tres cuartos de hora. Me fui satisfecho, me pasé por el Kintschy [un restaurante de Leipzig muy frecuentado por estudiantes] y leí el Kladderadatsch [una revista ilustrada satírica] y, para mi alegría, encontré una noticia que afirmaba que Wagner se hallaba en Suiza. Y todo ese rato no dejaba de recordarme que yo lo vería esa misma noche. También sabía que el día anterior él había recibido una carta del pequeño rey [Luis II de Baviera] que iba dirigida “Al gran compositor alemán Richard Wagner”.

“Al volver a casa no había rastro del sastre. Leí sin prisas la disertación sobre Eudocia, interrumpido de vez en cuando por un repicar alto pero distante. Finalmente tuve la certeza de que alguien estaba esperando en la imponente cancela de hierro forjado. Estaba cerrada, como también lo estaba la puerta de la fachada de la casa. Le grité al hombre al otro lado del jardín y le dije que entrara por atrás. Era imposible hacerse entender con aquella lluvia. La casa entera estaba agitada. Por fin la cancela se abrió y un pequeño anciano con un paquete subió a mi habitación. Eran las seis y media, hora de vestirme y prepararme, porque vivo bastante lejos de allí. El hombre traía el traje, me lo probé, me quedaba bien. Momento ominoso: él me entrega la factura. La cojo con educación. Quiere que le pague a la recepción de la mercancía. Estoy estupefacto. Le explico que no hablaré con él, un simple empleado, sino sólo con el sastre en persona. El hombre me presiona. El tiempo corre. Cojo el traje y empiezo a ponérmelo. Él coge unas prendas, me impide ponérmelas. Me pongo violento, se pone violento. Escena: estoy peleando con la camisa puesta, intentando ponerme los pantalones nuevos.

Una exhibición de dignidad, una solemne amenaza. Maldiciendo a mi sastre y a su ayudante, juro venganza. Mientras tanto, él se va con mi traje. Fin del segundo acto. Me siento en el sofá, en camisa, y me planteo ponerme el de terciopelo negro, sin saber si estaría a la altura de Richard Wagner.

Fuera, sigue lloviendo a cántaros. Las ocho menos cuarto. A las siete y media hemos quedado en el Café Théâtre. Salgo precipitadamente a la noche húmeda y ventosa, un hombrecito que ni siquiera lleva esmoquin…

Entramos en el muy acogedor salón de los Brockhaus. No hay nadie aparte del círculo familiar, Richard y nosotros dos. Me presentan y me dirijo a él con palabras muy respetuosas. Quiere saber los detalles exactos de cómo conocí su música. Maldice todas las representaciones de sus óperas y se burla de los directores que interpelan con voz débil a la orquesta en un tono desapasionado: “Caballeros, aquí pónganle pasión. Mis queridos colegas, ¡un poco más de pasión!”…

“Antes y después de la cena, Wagner tocó todos los fragmentos importantes de Meistersinger, recreando cada parte vocal con gran exuberancia. Ciertamente es un hombre tremendamente vivaz y exaltado, que habla muy deprisa, es muy ingenioso y transforma una fiesta tan privada como ésa en un rato sumamente divertido. En el ínterin, mantuve una larga conversación con él sobre Schopenhauer; comprenderás lo que disfruté escuchándole hablar de Schopenhauer con indescriptible calidez, explicando lo que le debe y por qué es el único filósofo que ha entendido la esencia de la música.”

Por entonces, los textos de Schopenhauer eran poco conocidos y menos apreciados. Las universidades eran muy reacias a reconocerlo siquiera como filósofo, pero Nietzsche se había dejado arrastrar por un entusiasmo incontenible por Schopenhauer, tras haber descubierto hacía poco El mundo como voluntad y representación por azar, el mismo azar o, como él prefería expresarlo, la misma cadena de coincidencias inevitables aparentemente dispuestas por la mano infalible del destino que lo había llevado también a su encuentro con Wagner en el salón de los Brockhaus.

El primer eslabón de la cadena se había forjado un mes antes, cuando Nietzsche escuchó los preludios de las dos últimas óperas de Wagner, Tristan und Isolde [Tristán e Isolda] y Die Meistersinger von Nürnberg. “Cada fibra, cada nervio de mi cuerpo se estremecieron”, escribió ese mismo día, y empezó a aprender los arreglos para piano. Luego Ottilie Brockhaus le había oído tocarlos y le transmitió la noticia a su hermano Wagner. Y entonces el tercer eslabón: el profundo apego de Wagner hacia el oscuro filósofo cuyos textos habían sido el consuelo de Nietzsche cuando había llegado a Leipzig, desarraigado e infeliz, tres años antes.

“Yo [Nietzsche] vivía por entonces en un estado de indecisión sin remedio, sólo con ciertas dolorosas experiencias y decepciones, sin principios fundamentales, sin esperanza y sin un solo recuerdo agradable… Un día descubrí este libro en una librería de segunda mano, lo cogí aunque me era desconocido y empecé a hojearlo. No sé qué demonio me susurró: “Llévate este libro a casa”. Era contrario a mi costumbre de vacilar antes de comprar un libro. Una vez en casa, me arrellané en el sofá con el tesoro recién adquirido y empecé a dejar que el genio lúgubre y enérgico ejerciera su influencia sobre mí… Ahí encontré un espejo en el que podía contemplar el mundo, la vida y mi propia naturaleza con una grandeza aterradora…, ahí vi la enfermedad y la salud, el exilio y el refugio, el Cielo y el Infierno.»

Pero aquella noche, en el salón de los Brockhaus no hubo tiempo para hablar más a fondo de Schopenhauer debido a que se habían disparado lo que Nietzsche describió como las espirales del lenguaje de Wagner, su genio para dar forma a nubes, sus remolinos, vagabundeos y piruetas en el aire, su estar en todas partes y en ninguna.

La carta prosigue: “Después [de cenar], él [Wagner] leyó un extracto de su autobiografía, que está escribiendo, una escena tan absolutamente encantadora de sus tiempos de estudiante en Leipzig que todavía es incapaz de contener la risa al recordarla; escribe también con extraordinaria destreza e inteligencia. Por último, cuando ambos estábamos preparándonos para irnos, me estrechó la mano con calidez y me invitó con mucha cordialidad a que le visitara, para tocar música y hablar de filosofía; además me encomendó la tarea de familiarizar a su hermana y parientes con su música, algo que me he dispuesto a hacer con toda seriedad. Tendrás más noticias cuando pueda ver esta velada con un poco más de objetividad y desde cierta distancia. Por hoy, una afectuosa despedida y mis mejores deseos para tu salud. F. N.”.

Cuando Nietzsche salió de la sólida mansión del profesor Brockhaus, situada en una espléndida esquina, fue saludado en las siguientes esquinas por fuertes ráfagas de viento y aguanieve en su gélido trayecto hasta el número 22 de Lessingstrasse, donde le había alquilado una espaciosa y despojada habitación al profesor Karl Biedermann, director del periódico liberal Deutsche Allgemeine Zeitung. Describe su estado de ánimo como de una euforia inefable. Había descubierto la música de Wagner en el colegio. “Pensándolo bien, mi juventud habría sido insoportable sin la música de Wagner”, escribió, y nunca se liberaría del hechizo que el compositor ejerció sobre él. Wagner es la persona que aparece con más frecuencia en los textos de Nietzsche, incluidos Cristo, Sócrates o Goethe. Su primer libro estaba dedicado a Wagner. Dos de sus catorce obras llevan a Wagner en el título. En su último libro, Ecce homo, Nietzsche escribió que seguía buscando en vano, en todas las artes, una obra “tan peligrosa y fascinante con una infinitud tan estremecedora y dulce como “Tristán””.

Desde temprana edad, la ambición de Nietzsche había sido convertirse en músico, pero como alumno excepcionalmente destacado de una escuela excepcionalmente académica donde las palabras importaban más que la música, había abandonado de mala gana la idea cuando rondaba los dieciocho años. En el momento de ese encuentro con Wagner, todavía no era filósofo, sino simplemente un estudiante de la Universidad de Leipzig que se estaba especializando en filología clásica, la ciencia de las lenguas y la lingüística clásicas.

Joven de buen talante, culto, serio, tirando a envarado, era robusto pero no gordo. En las fotografías da la impresión de vestir ropa prestada, los codos y las rodillas no están en los lugares debidos y las chaquetas se tensan en los botones. Bajo y de aspecto corriente, sólo le libraban de la insignificancia unos ojos singulares e impresionantes. Una de las pupilas era ligeramente más grande que la otra. Algunos dicen que los iris eran marrones; otros, azul-grisáceos. Se asomaban al mundo con la borrosa incertidumbre del miope grave; pero, una vez concentrada, su mirada era descrita como penetrante y turbadora: hacía que las mentiras se te atragantasen.

Hoy lo conocemos a través de las fotografías, bustos y retratos de sus últimos años, cuando la boca y la mayor parte de la barbilla quedan completamente ocultas por el gran y tupido bigote “de cuerno de carnero”, pero las imágenes tomadas con sus compañeros de clase de esa época nos muestran que en un momento en que se acostumbraba a lucir un imponente vello facial, el suyo no resultaba especialmente espectacular. Vemos unos labios gruesos y bien formados, un hecho que confirmaría más adelante Lou Salomé, una de las pocas mujeres que lo besó, y también vemos una barbilla firme y redondeada. A la manera en que la moda intelectual anterior había tendido a los rizos sueltos y las pajaritas de seda flexibles para exhibir credenciales románticas, Nietzsche exhibía su racionalismo posromántico dando relieve a su asombrosa frente, sede del no menos asombroso cerebro, y ocultando los labios sensuales y la resuelta barbilla.

Nietzsche se iba sintiendo cada vez más incómodo como filólogo. En una carta escrita once días después del encuentro con Wagner, se describe a sí mismo y a sus condiscípulos filólogos como “la alborotada ralea de los filólogos de nuestra época y cada día tengo que observar su agitación de topos, con las mejillas caídas y los ojos ciegos, alegres por atrapar gusanos e indiferentes a los verdaderos problemas, los apremiantes problemas de la vida”. Un agravante añadido a su pesimismo se debía a que era tan excepcionalmente bueno en su agitación de topo que menospreciaba el que dentro de poco fueran a ofrecerle la cátedra de filología clásica en la Universidad de Basilea, donde sería el profesor más joven jamás nombrado, pero esa gloria todavía no había llegado la noche en que Wagner le trató como a un igual y comentó que le encantaría proseguir su relación. Fue un honor extraordinario.

Conocido simplemente como “el Maestro”, el compositor mediaba la cincuentena y era famoso en toda Europa. La prensa informaba de cada uno de sus movimientos, como Nietzsche había descubierto esa misma velada, un poco antes de reunirse con él, leyendo el Kladderadatsch en el café. Si Wagner visitaba Inglaterra, la reina Victoria y el príncipe Alberto recababan gentilmente su presencia. En París, la princesa Pauline Metternich organizaba su visita. El rey Luis de Baviera se dirigía a Wagner como “mi adorado y angelical amigo” y estaba planeando remodelar completamente la ciudad de Múnich en honor de su música.

Luis murió antes de que el extravagante plan pudiera llevarse a cabo (posiblemente asesinado para impedir que sus descabellados proyectos arquitectónicos llevaran a su país a la bancarrota), pero todavía podemos ver los planes del arquitecto: una nueva avenida que atravesaba el centro de la ciudad cruzando el río Isar con un puente de piedra noble que recordaría el puente de arcoíris de Wotan que conducía al Valhalla en el Ring [“Anillo”, por el ciclo de óperas de El anillo del nibelungo] de Wagner, y que culminaría en una inmensa Ópera que se asemejaría al Coliseo cortado en vertical por la mitad con un ala añadida a cada lado. La música de Wagner era, para el rey Luis, “el único, más bello y supremo consuelo de mi vida”, un sentimiento que a menudo encuentra su eco en Nietzsche.

Desde muy pequeño, Nietzsche fue excepcionalmente sensible a la música. Los relatos familiares de su infancia indican que para él era más importante que la palabra: siendo poco más que un bebé, se comportaba con tan deliciosa tranquilidad que la suya era la única presencia que su padre, el pastor Karl Ludwig Nietzsche, permitía en su estudio recubierto de paneles mientras trabajaba en los asuntos de la parroquia y redactaba sus sermones. Padre e hijo pasaban agradables horas y días juntos en apacible monotonía, aunque, como muchas criaturas de dos o tres años, el pequeño Friedrich empezó a tener violentos accesos de rabia, en los que chillaba y daba golpes con brazos y piernas furiosamente. Entonces nada lo calmaba, ni su madre ni juguetes ni comida o bebida; sólo su padre cuando levantaba la tapa del piano y se ponía a tocar.

En una nación musical, el pastor Nietzsche era un consumado intérprete ante el teclado; la gente recorría kilómetros para escucharle tocar. Era el pastor luterano de la parroquia de Röcken, al sur de Leipzig, donde J. S. Bach había ocupado el cargo de director musical durante veintisiete años, hasta su muerte. Karl Ludwig era conocido por sus recitales de Bach. Y, más extraordinario todavía, se alababa su excepcional talento para la improvisación, un talento que heredaría Nietzsche.

Los ancestros de Nietzsche eran humildes sajones, carniceros y campesinos que se ganaban la vida en las afueras de la ciudad catedralicia de Naumburgo. El padre de Karl Ludwig, Friedrich Auguste Nietzsche, hizo ascender a la familia en la escala social al tomar los hábitos y todavía más al casarse con Erdmuthe Krause, hija de un arcediano. Mujer de simpatías inequívocamente napoleónicas, Erdmuthe dio a luz al padre de Nietzsche, Karl Ludwig Nietzsche, el 10 de octubre de 1913, pocos días antes de la batalla de las Naciones, también llamada de Leipzig, en las proximidades del campo de batalla donde Napoleón fue derrotado. A Nietzsche le encantaba contar esa anécdota. Consideraba a Napoleón el último gran inmoralista, el último que ostentó el poder sin someterse a la conciencia, la síntesis de superhombre y monstruo, y esa relación más bien tenue, fantaseaba Nietzsche, le confería una razón fisiopsicológica prenatal para su fascinación por el héroe. Una de las ambiciones insatisfechas de su vida fue la de visitar Córcega.

El hijo de Erdmuthe, Karl Ludwig, estaba, naturalmente, destinado a seguir la carrera de su padre en la Iglesia. Asistió a la cercana Universidad de Halle, que gozaba de un antiguo prestigio por sus estudios de teología. Ahí aprendió, además de teología, latín, griego y francés, historia hebrea y griega, filología clásica y exégesis bíblica. No fue un estudiante destacado, pero tampoco era tonto. Se lo conocía como un aplicado alumno y ganó un premio en elocuencia. Al acabar la universidad a los veintiún años, trabajó como tutor en la ciudad más poblada de Altemburgo, a casi cincuenta kilómetros al sur de Leipzig.

Karl Ludwig era conservador y realista. Estas sólidas cualidades le hicieron merecedor de la atención del duque reinante José de Sajonia-Altemburgo, que le encargó supervisar la educación de sus tres hijas, Teresa, Isabel y Alejandrina. Karl Ludwig todavía era veinteañero pero cumplió admirablemente bien la tarea, y sin asomo de ningún enredo romántico.

Tras siete años como tutor, solicitó el puesto de pastor de la parroquia de Röcken, en la fértil pero desarbolada llanura que se extendía a unos veinticinco kilómetros al sudoeste de Leipzig. En 1842 se instaló en la casa parroquial con su madre, ahora viuda, Erdmuthe. La casa estaba pegada a una de las iglesias más antiguas de la provincia de Sajonia, una antigua iglesia-fortaleza que se remontaba a la primera mitad del siglo XII. Bajo Federico Barbarroja, la alta y rectangular torre de la iglesia había tenido una doble función como atalaya de vigilancia sobre la amplia llanura defendida por los Caballeros de Kratzsch. Dentro de la sacristía había una enorme e imponente efigie de uno de los caballeros. De pequeño, aterraba a Nietzsche cuando el sol incidía en sus ojos de cristales de rubí incrustados haciéndolos centellear y resplandecer.

Durante una visita a la parroquia de Pobles la mirada del pastor de veintinueve años Karl Ludwig se fijó en la hija de diecisiete del pastor local. Franziska Oehler no había recibido mucha educación, pero tenía una sencilla y profunda fe cristiana y no deseaba ningún destino más glorioso que servir de apoyo a su marido en este valle de lágrimas.

Se casaron coincidiendo con el trigésimo cumpleaños de Karl Ludwig, el 10 de octubre de 1843, y él se instaló con su esposa en la casa parroquial de Röcken, donde la vida doméstica la controlaba Erdmuthe, convertida ahora en intransigente mater familias de sesenta y cuatro años, que lucía la intimidante toca y los rizos laterales postizos que habían estado de moda en la generación anterior. Mimaba a su hijo, controlaba los gastos y controlaba aún más la casa mediante su “delicado oído”, que exigía que el volumen se mantuviera permanentemente pianissimo.

Los otros miembros de la casa eran las dos neuróticas y enfermizas hermanastras mayores del pastor, las tías de Nietzsche Augusta y Rosalie. La tía Augusta era una mártir de la vida doméstica, que no permitía a la recién casada Franziska hacer nada en la cocina por si arruinaba sus esfuerzos. “Déjame este único consuelo”, le decía la tía Augusta a Franziska cuando ésta se ofrecía a ayudarla. La tía Rosalie tenía más inclinaciones intelectuales y prefería martirizarse con obras de caridad. Las dos mujeres sufrían del generalizado mal contemporáneo de los nervios y siempre estaban a dos pasos del botiquín que nunca las curaba. Este triunvirato de mujeres mayores convertía de hecho a Franziska, la esposa, en una inútil en su propia casa. Por suerte, a los cinco meses de la boda se quedó embarazada de Friedrich.

Friedrich Wilhelm Nietzsche nació el 15 de octubre de 1844 y fue bautizado en la iglesia de Röcken por su propio padre, que le puso el nombre del rey en el trono, Federico Guillermo IV de Prusia. Dos años después, el 10 de julio de 1846, nació una niña a la que llamaron Therese Elisabeth Alexandra, los nombres de las tres princesas de Altemburgo de las que su padre había sido tutor. Siempre se la conoció como Elisabeth. Dos años después, en febrero nació otro chico al que llamaron Joseph en honor asimismo del duque de Altemburgo.

El pastor era a la vez piadoso y patriota, pero no estaba libre de los trastornos nerviosos que aquejaban a su madre y sus hermanastras. Se encerraba en su estudio durante horas, negándose a comer, beber y hablar. Todavía más inquietante resultaba su propensión a sufrir misteriosos ataques en los que se callaba bruscamente a mitad de una frase y se quedaba mirando fijamente al vacío. Franziska corría a zarandearlo para que despertase, pero cuando «se despertaba» no parecía ni haberse dado cuenta de la interrupción de su conciencia.

Franziska consultó con el doctor Gutjahr, el médico de la familia, que diagnosticó «nervios» y prescribió descanso, pero los síntomas empeoraron hasta que finalmente el pastor tuvo que ser dispensado de sus deberes parroquiales. Los misteriosos paroxismos recibieron el diagnóstico de «reblandecimiento cerebral» y durante meses estuvo postrado, víctima de jaquecas atroces y ataques de vómitos, mientras su visión se deterioraba drásticamente hasta quedar casi ciego. En el otoño de 1848, a los treinta y cinco años, y cuando llevaba sólo cinco casado, empezó a guardar cama y su vida activa cesó de hecho.

Con la creciente debilidad de su marido, la vida de Franziska se volvió opresiva bajo Erdmuthe y las dos tías neuróticas. Los adultos de la casa parroquial intercambiaban ceños fruncidos y malas caras apenas disimuladas, pero de alguna manera Franziska se las apañó para proteger a sus hijos de aquella atmósfera morbosa. Los recuerdos de infancia escritos tanto por Friedrich como por Elisabeth dan cuenta de la libertad y la levedad que ambos hermanos encontraron en su aparentemente ilimitado patio de juego, que abarcaba la gran torre de la iglesia, el corral, el huerto y el jardín. Había estanques sobre los que se inclinaban sauces en cuyos cavernosos huecos verdes podían introducirse para escuchar a los pájaros y observar a los veloces peces desplazándose bajo la superficie brillante del agua. Hasta el cementerio cubierto de hierba de la parte de atrás de la casa era «agradable», pero no jugaban entre sus antiguas lápidas debido a las tres claraboyas abiertas que había en el tejado en ese lado de la casa y que parecían mirar hacia abajo como los ojos de un Dios que todo lo ve.

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El estado y los padecimientos de Karl Ludwig se agravaron; perdió el habla y finalmente su visión se deterioró hasta sumirlo en la ceguera. Murió el 30 de julio de 1849, cuando sólo tenía treinta y cinco años.

«La parroquia había dispuesto una cripta de piedra para acogerlo… ¡Oh, nunca dejaré de oír el sonido profundo y gutural de aquellas campanas; nunca olvidaré la lúgubre y estremecedora melodía del himno “¡Jesús es mi esperanza!”. Por todos los espacios vacíos de la iglesia atronaban los sonidos del órgano…», escribió Nietzsche a los trece años en unas memorias de su infancia.

«Por aquel entonces soñé que oía música de órgano en la iglesia, la misma música de órgano que escuché en el funeral de mi padre. Cuando me di cuenta de lo que había detrás de esos sonidos, se abrió de golpe una sepultura, y mi padre, envuelto en una mortaja de lino, emergió de ella. Entró corriendo en la iglesia y salió al poco con un niño pequeño en los brazos. La sepultura volvió a abrirse, él entró y la losa se cerró sobre la abertura. Los estentóreos sonidos del órgano cesaron al instante y me desperté. El día que siguió a esa noche, el pequeño Joseph enfermó repentinamente, sufriendo graves espasmos, y al cabo de unas horas murió. Nuestro dolor fue inconcebible. Mi sueño se había cumplido por entero. El diminuto cadáver fue depositado para que reposara en los brazos de su padre.»

La causa del empeoramiento del pastor Nietzsche que le llevó a la muerte ha sido investigada a fondo. La posibilidad de que muriera loco es una cuestión de considerable importancia para la posteridad porque el propio Nietzsche sufrió síntomas similares a los de su padre antes de sucumbir repentina y dramáticamente a la locura en 1888, a los cuarenta y cuatro años, y permanecer sumido en la demencia hasta su muerte en 1900. La abundante literatura sobre el tema sigue aumentando, pero el primer libro, Über das Pathologische bei Nietzsche, se publicó en 1902, sólo dos años después de la muerte de Nietzsche. Su autor, el doctor Paul Julius Möbius, fue un distinguido neurólogo pionero que se había especializado en enfermedades nerviosas hereditarias desde la década de 1870. Freud citó a Möbius como uno de los padres de la psicoterapia, y, lo más importante, él trabajó directamente con el informe de la autopsia del pastor Nietzsche que revelaba Gehirnerweichung, reblandecimiento del cerebro, un término que se utilizaba habitualmente en el siglo xix para una gama de enfermedades cerebrales degenerativas.

La interpretación moderna incluye un deterioro general, un tumor cerebral, tuberculoma cerebral o incluso una lenta hemorragia cerebral causada por alguna herida en la cabeza. A diferencia de su padre, no se realizó ninguna autopsia a Nietzsche, de manera que fue imposible para Möbius o cualquier otro investigador posterior realizar una comparación post mortem de los dos cerebros, pero Möbius, ampliando la mirada, reveló una propensión a problemas mentales en la rama materna de la familia. Un tío se suicidó, según parece porque prefirió morir a que lo encerraran en el Irrenhaus, el manicomio. En la rama paterna, varias de las hermanas de Erdmuthe, la abuela de Nietzsche, habían sido descritas como «anormales mentales». Una se suicidó, otra se volvió loca y un hermano desarrolló algún tipo de enfermedad psiquiátrica que requirió cuidados psiquiátricos.

Antes de dejar las especulaciones sobre estos particulares, hay que abordar la muerte del hermano bebé de Nietzsche. Joseph sufrió convulsiones antes de morir de una apoplejía terminal. No puede llegarse a una conclusión definitiva, pero no hay duda de que la familia Nietzsche estaba afectada por una propensión a los trastornos neurológicos.

Karl Ludwig Nietzsche tenía treinta y cinco años cuando murió. Franziska tenía entonces veintitrés; Nietzsche, cuatro, y Elisabeth, dos. A la familia se le pidió que abandonara la casa parroquial para que la ocupara el nuevo titular. La abuela Erdmuthe decidió volver a Naumburgo, donde contaba con buenos contactos. Su hermano había sido predicador en la catedral. Alquiló una planta baja en Neugasse, una calle humilde pero respetable de casas adosadas. Erdmuthe ocupó la habitación de la fachada e instaló a las tías Rosalie y Augusta en la habitación contigua.

Franziska recibía una pensión de viudedad de noventa thalers [táleros] al año, además de otros ocho por hijo. Eso se veía incrementado por una pequeña pensión de la Corte de Altemburgo, pero incluso sumadas no alcanzaban para una vida independiente. Los niños y ella se instalaron en las dos peores habitaciones del fondo de la casa, donde Nietzsche y su hermana compartían cuarto.

“Tras haber pasado tanto tiempo en el campo, para nosotros fue terrible vivir en la ciudad —escribió Nietzsche—; evitábamos las calles sombrías y buscábamos los espacios abiertos, como pájaros que intentaran escapar de una jaula… las enormes iglesias y los edificios del mercado, con su Rathaus [ayuntamiento] y la fuente, las multitudes de gente a las que no estaba acostumbrado… Me asombraba el que con frecuencia esas personas no se conocieran entre sí…, y entre las cosas que más me inquietaban estaban las largas calles adoquinadas.»

Con una población de quince mil habitantes, Naumburgo resultaba ciertamente un lugar intimidante para los niños de la pequeña aldea de Röcken. En la actualidad tenemos una imagen de postal de Naumburgo, la de una ilustración extraída de un libro de horas medieval: un racimo de torres pálidas que se alzan de un meandro en el río Saale, pero cuando la familia de Nietzsche se asentó allí, el Saale no era un foso de juguete sino una verdadera barrera defensiva sembrada de fortificaciones.

Dos años antes de que se instalaran en Naumburgo, las revoluciones de 1848-1849 habían convulsionado Europa en espasmos de levantamientos libertarios que el moribundo padre monárquico de Nietzsche detestaba. Richard Wagner, por su parte, había apoyado incondicionalmente la época revolucionaria, que, esperaba, provocaría un renacimiento integral del arte, la sociedad y la religión. Wagner luchó al lado del anarquista ruso Mijaíl Bakunin en las barricadas del levantamiento de Dresde. Financió la compra por los rebeldes de granadas de mano. Cuando esto se descubrió, se exilió, lo que explica por qué vivía en Suiza cuando tuvo lugar el encuentro con Nietzsche.

La Alemania de la década de 1850 era la Alemania del Bund (1815-1866), la confederación de estados formada cuando el mapa de Europa fue redibujado en el Congreso de Viena, tras la derrota de Napoleón. El Bund comprendía treinta y nueve estados alemanes autónomos, gobernados por príncipes, duques, obispos, electores y demás. La fragmentación en pequeños e insignificantes estados implicaba que no hubiera un ejército nacional, ni una estructura de impuestos común, ni una política económica compartida, ni tampoco una auténtica autoridad política. Cada déspota competía con su vecino, demasiado miope para ver las ventajas de la unificación. Como problema añadido, el Bund también incluía a checos en Bohemia, daneses en Holstein e italianos en el Tirol. Hannover estuvo gobernado por el rey de Inglaterra hasta 1837; Holstein, por el de Dinamarca, y Luxemburgo, por el de Holanda. En 1815, cuando se fundó el DeutscheBund, Austria había sido el miembro dominante de la confederación, pero a medida que avanzaba el siglo y el poder del canciller austríaco Metternich menguaba, el estado extenso y rico en minerales de Prusia se fue haciendo más próspero y belicoso con Bismarck.

La ciudad de Naumburgo, en la provincia de Sajonia, pertenecía al rey de Prusia. El carácter de ciudad fortificada que Nietzsche recuerda no sólo se debía a las fricciones internas del Bund, sino a los tiempos en que estuvo amenazada por Francia. Cinco pesadas puertas sellaban la ciudad por la noche. Sólo llamar ruidosamente y sobornar a la guardia nocturna permitía que se franqueara la entrada a un ciudadano. Nietzsche y su hermana disfrutaron de excursiones a «las claras montañas, los valles de ríos, y salones y castillos» de los alrededores, pero tenían que estar atentos a la Campana de Aviso (que más adelante él incluiría en Zaratustra como «la campana que ha visto más que cualquier hombre, que contó los latidos de color del corazón de nuestros padres») o podrían experimentar en carne propia el espanto de Hansel y Gretel de pasar la noche extramuros.

Alrededor de Naumburgo se cernía el negro Thüringer Wald, el bosque de Turingia: el bosque primigenio de Alemania, con sus sepulturas de héroes antiguos, cuevas de dragones, dólmenes y abismos oscuros que, desde los primeros tiempos de los mitos alemanes simbolizó la irracionalidad y carácter indómito del subconsciente alemán. Wagner se lo apropiaría para el viaje mental de Wotan hacia el caos envolvente, que tenía como consecuencia la destrucción del viejo orden a través de la muerte de los dioses y la anulación de todos los antiguos pactos. Nietzsche lo caracterizaría primero como demoníaco y más adelante como dionisíaco.

Nada podía ser más apolíneo, más necesario y lógico, que la propia ciudad de Naumburgo. A lo largo del río Saale fluía la razón, la prosperidad y un impulso hacia el conservadurismo romántico. Había nacido como núcleo comercial, un lugar pacífico vital entre las antiguas tribus guerreras. Con el paso de los años se había transformado en un centro medieval para el comercio de los gremios artesanos alemanes. Desde la erección de la catedral en 1028, la Iglesia y el Estado habían crecido a la par, en armonía y razonablemente, durante siglos, en especial durante los siglos protestantes, de manera que cuando Nietzsche fue a vivir a Naumburgo, ésta era una gran ciudad de solidez burguesa, un lugar de vida limpia. Sus dos maravillas arquitectónicas, la catedral y el no menos imponente ayuntamiento, demostraban la prosperidad que podían alcanzar la Iglesia y el Estado si se permitía que la religión y la virtud cívica se volvieran indistinguibles mediante una cooperación armoniosa en una sociedad acomodada y retrógrada.

Durante la época en que la abuela Erdmuthe había crecido en Naumburgo, su círculo religioso había estado regido por los sencillos ideales luteranos del deber, el pudor, la simplicidad y la templanza, pero su regreso a la ciudad coincidió con el movimiento del Despertar, que otorgaba mayor importancia al fervor y la revelación que a la creencia racional. La gente se declaraba renacida. Se denunciaban públicamente como angustiados pecadores. Esta nueva moda de expresión religiosa tan desinhibida no se ajustaba al estilo de las damas de la familia Nietzsche, y aunque no hubo la menor vacilación en la intención de que Friedrich siguiera los pasos de su padre y su abuelo en la carrera eclesiástica, no había duda de que la familia no formaría parte de un círculo religioso tan espontáneo. Así que entablaron amistad entre las esposas de los funcionarios de la Corte y las de los jueces del Tribunal Supremo, una sección acomodada y poderosa de la sociedad provinciana a la que no afectaban las nuevas ideas.

En el lento devenir de una sociedad conservadora que se movía a paso de tortuga, las dos viudas de clérigos, Erdmuthe y Franziska, en sus acomodadas aunque no especialmente prósperas circunstancias, encajaron aceptablemente en la posición de damas que podían ser de utilidad para la vieja guardia de la clase dirigente a cambio de un discreto apoyo. Nietzsche distaba de enfrentarse a las convenciones puritanas, un detalle que él mismo admite con pesar cuando se describe durante su infancia en Naumburgo como alguien que siempre se comportaba con la dignidad de un pequeño y consumado filisteo. Pero si el relato que hizo de la visita del rey a Naumburgo cuando tenía diez años no muestra la menor precocidad de ideas políticas, ciertamente sí deja claro un precoz talento literario:

“Nuestro Rey honró Naumburgo con una visita. Se hicieron grandes preparativos para el acontecimiento. Todos los escolares se vistieron con galas blancas y negras y estuvieron en la plaza del mercado desde las once de la mañana esperando la llegada del Padre de su Pueblo. Poco a poco, el cielo se fue encapotando, empezó a llover sobre todos nosotros, ¡y el rey no llegaba! Dieron las doce y el rey no se había presentado. Muchos de los niños empezaron a tener hambre. Cayó un nuevo chaparrón. Todas las calles estaban cubiertas de barro; dio la una…, la impaciencia aumentaba por momentos. De repente, alrededor de las dos, las campanas empezaron a tañer y el cielo sonrió entre sus lágrimas sobre la multitud que se balanceaba alegremente. Entonces oímos el traqueteo del carruaje. Una ovación atronadora recorrió la ciudad; agitamos nuestras gorras jubilosos y gritamos con todas nuestras fuerzas. Una brisa fresca hizo ondear la miríada de banderolas que colgaban de los tejados, todas las campanas de la ciudad repicaron y la inmensa muchedumbre gritó, extasiada, y literalmente empujó el carruaje hacia la catedral. En los recovecos del edificio sagrado, un grupo de niñas pequeñas con vestidos blancos y guirnaldas de flores en las cabezas había formado una pirámide. Ahí se apeó el rey…”

Ese mismo año, 1854, Nietzsche se interesó apasionadamente por la guerra de Crimea. Durante siglos, la estratégica península de Crimea que se introducía en el mar Negro había sido la manzana de la discordia entre Rusia y Turquía. En ese momento estaba en poder de Rusia y las tropas del zar Nicolás I combatían contra las fuerzas del Imperio otomano y sus aliados, Inglaterra y Francia. Era la primera guerra que tuvo cobertura fotográfica. Gracias al telégrafo eléctrico se recibían los informes del frente casi a medida que iban sucediendo los hechos. Nietzsche y dos amigos de la escuela, Wilhelm Pinder y Gustav Krug, seguían las campañas con impaciencia. Se gastaban las pagas infantiles en soldaditos de plomo, construyeron un pequeño estanque para representar el puerto de Sebastopol e hicieron flotas con barcos de papel. Para simular los bombardeos, enrollaban bolas de cera y nitrato de potasio, les prendían fuego y las arrojaban a sus modelos. Resultaba tremendamente emocionante ver las bolas encendidas atravesando el aire, observar cómo daban en el blanco y provocaban un incendio. Pero un día, Gustav se presentó en el campo de batalla de juguete con cara larga. Sebastopol había caído, les contó; la guerra había terminado. Los niños enfurecidos desahogaron su rabia con su Crimea a escala y abandonaron el juego, pero no tardaron mucho en reanudar las batallas, ahora de la guerra de Troya.

La grecofilia estaba por entonces muy en boga en Alemania, cuyos numerosos pequeños estados imaginaban para sí un futuro y una grandeza semejantes a los de las antiguas ciudades-Estado griegas. «Nos convertimos en pequeños griegos tan apasionados —escribió Elisabeth— que arrojábamos lanzas y discos (platos de madera), practicábamos el salto de altura y corríamos carreras.» Nietzsche escribió dos obras dramáticas, Los dioses en el Olimpo y La toma de Troya, que interpretó ante su familia, convenciendo a sus compañeros de juegos, Wilhelm Pinder y Gustav Krug, y a su hermana Elisabeth para que asumieran los otros papeles.

Su madre le había enseñado a leer y escribir cuando tenía cinco años. La educación de los niños empezaba a los seis y, en 1850, entró en la Escuela Municipal, a la que asistían los hijos de los pobres. Su hermana Elisabeth, siempre obsesionada con la posición social, afirma en la biografía de su hermano que eso se debió a que la abuela Erdmuthe tenía la teoría de que «hasta los ocho o nueve años, todos los niños, incluso de posiciones sociales muy distintas, debían estudiar juntos; los niños que procedían de clases altas adquirirían así una mejor comprensión de la mentalidad de las clases inferiores». Pero eso, según su madre, era una tontería. Nietzsche fue a esa escuela porque eran pobres.

La precocidad de Nietzsche, su solemnidad, la precisión de su pensamiento y su capacidad de expresión, junto con sus ojos tremendamente miopes en continuo esfuerzo para enfocar los objetos físicos, lo situaban claramente fuera del rebaño. Lo apodaron «el Pequeño Ministro» y se burlaban de él.

En Pascua de 1854, cuando tenía ocho años, lo trasladaron a una escuela con el enrevesado nombre de «Instituto con el Objetivo de la Preparación General para el Gymnasium y otras Instituciones de Educación Superior», un centro privado al que asistía la progenie de hijos de su propia clase con aspiraciones. Socialmente, se sintió mucho más cómodo, pero la escuela simplemente se promocionaba vendiendo más de lo que en realidad ofrecía, con promesas académicas que no iban más allá de la pura palabrería. A los diez años, él, junto a Wilhelm Pinder y Gustav Krug, pasaron al Dom Gymnasium, la escuela de la catedral. Ahí tuvo que esforzarse tanto para recuperar el tiempo perdido que sus estudios no le dejaban más que cinco o seis horas de sueño cada noche. Sus descripciones de este periodo, como muchos otros fragmentos autoanalíticos, se remontan de manera habitual a la muerte de su padre.

«Cuando fuimos a Naumburgo, mi personalidad empezó a mostrarse. Yo ya había experimentado una considerable tristeza en mi vida infantil y por tanto no era tan despreocupado y libre como suelen serlo los niños. Mis compañeros de clase solían burlarse de mí debido a mi seriedad. Eso sucedió no sólo en la escuela pública, sino también en el instituto y en la escuela secundaria. Desde la infancia, busqué la soledad y me sentía mejor siempre que pudiera abandonarme a mí mismo sin que me molestaran. Y eso solía ocurrir en el templo al aire libre de la naturaleza, que era mi verdadera fuente de alegría. Las tormentas siempre me han causado una gran impresión: el trueno que se acerca desde la lejanía y los relámpagos centelleando sólo hacían que aumentara mi temor de Dios.»

Durante los cuatro años que pasó en el Dom Gymnasium, se distinguió en las asignaturas que le interesaban: versificación alemana, hebreo, latín y, finalmente, griego, que al principio le había parecido muy difícil. Las matemáticas le aburrían. En su tiempo libre empezó una novela titulada Muerte y destrucción, compuso numerosas piezas de música, escribió al menos cuarenta y seis poemas y asistió a clases del noble arte de la esgrima, que no se ajustaba a su constitución física pero era muy necesaria para una buena posición social.

«Escribí poemas y tragedias, horripilantes y tremendamente aburridas, me atormenté con la composición de música sinfónica y me había obsesionado hasta tal punto con la idea de adquirir unos conocimientos y unas aptitudes universales que corría el riesgo de convertirme en un fantaseador atolondrado.»

Pero el chico de catorce años se subestima al resumir su vida hasta la fecha, porque en ese mismo texto continúa realizando un análisis aceradamente crítico de su propia poesía que había empezado a escribir a los nueve años. La crítica de sus propias obras de juventud llega al curioso extremo de presagiar el estado de ánimo de la poesía simbolista, que él difícilmente podría haber conocido dado que justo en ese mismo momento empezaba a escribirla Baudelaire en París.

«Intentaba expresarme en el lenguaje más florido y llamativo. Por desgracia, esta tentativa de escribir con elegancia degeneró en afectación, y el lenguaje iridiscente en una oscuridad sentenciosa mientras que todos mis poemas, sin excepción, carecían de lo más importante: ideas… Un poema que carece de ideas y está recargado de frases y metáforas es como una manzana rubicunda en cuyo interior hay oculto un gusano… En la escritura de cualquier obra debe prestarse la mayor atención a las ideas. Uno puede perdonar cualquier defecto de estilo, pero no de pensamiento. La juventud, que carece de ideas originales, busca de forma natural disimular este vacío bajo un estilo brillante e iridiscente; pero, en ese sentido, ¿no se asemeja la poesía a la música moderna? Siguiendo esa vía no tardará en desarrollarse la poesía del futuro. Los poetas se expresarán con las imágenes más extrañas, se expondrán pensamientos confusos con argumentos oscuros pero presuntuosos y eufónicos. En resumidas cuentas, se escribirán obras que se parecerán a la segunda parte del Fausto, con la diferencia de que estas creaciones carecerán por entero de ideas. Dixi.»

Su búsqueda de un conocimiento y unas aptitudes universales se inspiraba indudablemente en el ejemplo de Fausto, así como en polímatas como Goethe y Alexander von Humboldt. Como ellos, estudió historia natural.

«Lizzie —le dijo un día a su hermana cuando tenía nueve años—, no digas esas tonterías sobre la cigüeña. El hombre es un mamífero y trae a sus crías al mundo vivas.»

Su libro de historia natural también le había enseñado lo siguiente: «La llama es un animal notable; soporta de buena gana las cargas más pesadas, pero cuando no quiere seguir adelante, gira la cabeza y escupe saliva, que tiene un olor desagradable, a la cara del que la guía. Si se la obliga o maltrata, se niega a alimentarse y se tumba en el polvo para dejarse morir». Creía que esa descripción se ajustaba al dedillo a su hermana Elisabeth, y durante el resto de su vida, tanto en cartas como en conversaciones, se dirigió a ella como «Llama» o, a veces, «Leal Llama». Por su parte, a Elisabeth le encantaba el apodo privado y mencionaba su origen a la menor ocasión que se le presentaba, aunque omitía el fragmento del escupitajo de maloliente saliva.

El padre de Gustav Krug poseía un maravilloso piano de cola que fascinaba a Nietzsche. Franziska le compró un piano y aprendió a tocar ella misma para poder enseñarle. Krug era íntimo amigo del compositor Felix Mendelssohn. Todos los músicos destacados que había en la ciudad se reunían en su casa para tocar. La música salía por las ventanas hasta la calle, donde Nietzsche podía quedarse a escuchar cuanto quisiera. Y así, ya de niño, se familiarizó con la música romántica de la época, la música contra la que se estaba rebelando Wagner. Estos conciertos a través de las ventanas convirtieron a Beethoven en el primer héroe musical de Nietzsche, pero fue Händel quien le inspiró su primera composición musical. A los nueve años compuso un oratorio inspirado en la escucha del coro «Aleluya» de Händel. «Pensaba que era como una canción de celebración angelical, y que Jesús ascendió [a los Cielos] con ese sonido. Al instante decidí componer algo similar.»

Se conserva gran parte de la música que compuso en su infancia, gracias a su madre y a su hermana, que preservaron cada papel garabateado por la pluma de su idolatrado niño. El propósito de sus composiciones musicales era expresar el apasionado amor a Dios que impregnaba su ya de por sí emocional hogar, un amor que no podía desligarse del morboso recuerdo de su padre, cuyo espíritu, creían, cuidaba de todos. Algo inseparable de las expectativas de que él mismo acabara convirtiéndose «meramente en mi propio padre de nuevo y, por así decirlo, en una continuación de su vida tras una muerte demasiado prematura».

Las mujeres que lo rodeaban lo adoraban; él lo era todo para ellas. Elisabeth era muy inteligente, pero, tratándose de una chica, su educación no era una cuestión de estudios escolares sino de aprender habilidades prácticas. Aprendió a leer y escribir, un poco de aritmética, el francés necesario para ser educada, a bailar, dibujar y a dominar a fondo los buenos modales. Cada gesto de sometimiento de la fémina al sexo superior hacían que su madre y ella se regocijaran en su inferioridad. Y Nietzsche las recompensaba convirtiéndose en el hombrecito superior que deseaban que fuera. En casa, que no en la escuela, tenía un sentido muy desarrollado de su propia importancia. Cuando Elisabeth no era «la Llama» o «la leal Llama», era «la pequeña» a quien él tenía el deber de defender y proteger. Cuando salía a pasear con su madre o su hermana, él iba cinco pasos por delante, para protegerlas de «peligros» como el barro o los charcos, o de «monstruos» como caballos y perros, de los que ellas fingían asustarse.

Los informes del Dom Gymnasium decían que era un estudiante diligente. A su madre no le cabía la menor duda de que él tenía la capacidad de cumplir sus propios sueños y ambiciones de seguir los pasos de su padre en la Iglesia. La devoción que sentía el niño por la teología le permitió sacar notas excelentes en la asignatura. A los doce años, y fervorosamente religioso, tuvo una visión de Dios en toda Su gloria. Eso le decidió a dedicar su vida a Dios.

«En todo —escribió—, Dios me ha guiado sin peligro como un padre guía a su frágil hijo pequeño… Con convicción interior he decidido dedicarme para siempre a Su servicio. Que el Señor me dé fuerzas y capacidad para llevar a cabo mi propósito y me ampare en el camino de mi vida. Como un niño, me confío a Su gracia: que Él nos proteja a todos y nos libre de infortunios. ¡Hágase su voluntad! Cuanto Él me conceda, lo aceptaré con alegría: la felicidad y la infelicidad, la pobreza y la riqueza, y con valentía miraré directamente a los ojos de la muerte que un día nos unirá a todos en la dicha eterna. ¡Sí, amado Dios, que tu rostro nos ilumine por siempre! ¡Amén!»

Pero incluso dominado por ese entusiasmo religioso bastante convencional, en sus pensamientos íntimos ocultaba una extraordinaria herejía.

Un principio básico de la fe cristiana es que la Santísima Trinidad la forman Dios Padre, Dios Hijo (Jesucristo) y Dios Espíritu Santo. Pero el Nietzsche de doce años no podía aceptar lo ilógico de esa estructura. Su razonamiento erigía una Santísima Trinidad distinta.

«Cuando tenía doce años, imaginé por mi cuenta una maravillosa trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Demonio. Mi deducción era que Dios, pensando por sí mismo, creaba la segunda persona de la divinidad, pero que para ser capaz de pensar tenía que pensar en su contrario, y por tanto tenía que crearlo. Así fue como empecé a filosofar.»

Sue Prideaux
Sue Prideaux. Foto: Cortesía

Sue Prideaux: Novelista y biógrafa. Sus libros incluyen Edvard Munch: Behind the Scream, que recibió el Premio James Tait Black Memorial, y Strindberg: A Life, que recibió el prestigioso Duff Cooper Prize y fue preseleccionado para el Premio Samuel Johnson.

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