Camila Sosa Villada

LECTURAS | Soy una tonta por quererte, de Camila Sosa Villada

El nuevo libro de la autora de Las malas, que la confirma como una autora deslumbrante. Historias en las que se desvanece la fina línea que separa la realidad de lo prodigioso.

Ciudad de México, 29 de marzo (MaremotoM).- En plena década de los años 90 una mujer se gana la vida como novia de alquiler de hombres gays. En un fumadero de Harlem una travesti latina conoce íntimamente nada menos que a Billie Holiday. Un grupo de rugbiers regatea el precio de una noche de sexo y a cambio recibe su merecido. Monjas, abuelas, niños y perros nunca son lo que parecen… Los nueve relatos que componen este libro están habitados por personajes extravagantes y profundamente humanos que se enfrentan de maneras tan extrañas como ellos mismos a una realidad ominosa.

Soy una tonta por quererte (Tusquets) confirma que Camila Sosa Villada es una de las voces más potentes y originales de la literatura contemporánea. Dueña de una imaginación deslumbrante y atrevida, es capaz tanto de hablar la lengua de una víctima de la inquisición mexicana como de construir un universo distópico donde la existencia travesti se toma su revancha. Dueña de un estilo único, Sosa franquea los límites entre la realidad y la magia en estos cuentos, honrando la tradición oral con soltura y solidez inigualables.

Camila Sosa Villada
Editó Tusquets. Foto: Cortesía

Adelanto de Soy una tonta por quererte, de Camila Sosa Villada, con autorización de Tusquets / Planeta

Difunta Correa

A finales de noviembre del año 2008, Don Sosa y La Grace viajaron al santuario de la Difunta Correa en Vallecito, a menos de cien kilómetros de la ciudad de San Juan. Todavía no había amanecido cuando La Grace puso en la canasta de mimbre el termo con agua caliente y el equipo de mate, los scones que había horneado el día anterior para comer durante el viaje, los sánguches de milanesa, la conservadora de frío con gaseosa y unas latas de cerveza para Don Sosa, y, dentro de su cartera, una medalla de plata que me habían dado en la escuela por ser buen alumno.

Don Sosa se ponía nervioso cuando tenía que manejar tantos kilómetros. Toda la semana había estado dentro de su auto revisando que la maquinaria funcionara a la perfección, descuartizándola, haciéndole trasplantes y reemplazando viejas mangueras por nuevas, para no tener problemas en la ruta y no pagar las consabidas coimas que la policía caminera de las provincias cuyanas exige a los turistas. La Grace solía hacerle escenas que podían terminar en discusiones bravísimas por el modo en que Don Sosa percudía la ropa con ese berretín. Los pantalones llenos de grasa, las camisas de salir con lamparones negros. No importaba qué tenía puesto: si su auto precisaba ser abierto y revisado, él se arremangaba y jugaba al mecánico. «Total la que lava es la sonsa», decía La Grace.

Partieron desde Mina Clavero. Atravesaron el Valle de Traslasierra escuchando folclore, tomando mate, haciéndose bromas el uno al otro como un matrimonio acostumbrado a salir de viaje, un matrimonio que disfruta de viajar. Se les hizo costumbre desde que me vine a estudiar a Córdoba y ellos volvieron a estar juntos después de una separación de más de un año. El destino era nuevo, eso sí, nunca habían ido al santuario de la Difunta Correa.

El calor de Villa Dolores los puso de mal humor y ya cuando el sol comenzó a trepar en el cielo, llegando a La Rioja, se desconocieron por cositas de nada, chucherías de discusiones que siempre tuvieron.

Don Sosa manejaba muy bien. Y era un gran puteador en las rutas. Cada vez que algún automovilista cometía una infracción, lo insultaba de arriba abajo, recordando a sus madres, a sus abuelas y a sus hermanas. A veces también les deseaba la muerte y La Grace lo retaba como a una criatura.

—¿Cómo vas a ir puteando así en la ruta? ¿No te cansás de putear?

Si aparecía alguna hornacina para recordar algún choque con muertos a la orilla del camino, o la estatua de algún santo, entonces Don Sosa se santiguaba y encomendaba.

—Curita Brochero, acompáñanos en el viaje. Amén. Gauchito Gil, cuida de nuestro viaje. Virgen- cita del Valle, a ti me encomiendo.

La Grace no soportaba la cursilería chupacirios de su esposo. Era una mujer herida por la Iglesia católica. Una vez asistió a misa, el primer día que oficié como monaguillo y sostuve las hostias para que el padre Pedernera diera la comunión a los feligreses. Se había confesado y estaba un poco nerviosa de ver al nene ayudando al sacerdote detrás del altar. Al momento de recibir el cuerpo de Cristo y beber su sangre, desde los dos o tres escalones más arriba donde se encontraban el cura y su mismísimo hijo maricón que debutaba como monaguillo, en vez de hostia y traguito de vino, recibió una mano peluda que la apartó de la fila. Y la voz del cura:

—Vos no podés comulgar.

—¿Por qué? —preguntó La Grace con un brillo aguachento en sus ojos enormes.

—Porque estás viviendo en concubinato. Eso es pecado.

La Grace se retiró en silencio y se fumó un cigarrillo tras otro en las escaleras de la entrada de la iglesia del Perpetuo Socorro de Mina Clavero hasta que terminó la misa y salí. Mientras bajábamos la cuesta llevando nuestras bicicletas junto a nosotras, La Grace, conservando el mismo brillo doloroso con que indagó sobre su exilio, me dijo:

—No vuelvo más.

Y nunca más volvió a una misa y poco a poco fue tomándoles bronca a los asuntos católicos. Conservaba la fe que le había heredado su abuela por la Virgen del Valle, pero se apartó para siempre de las creencias que hasta entonces habían orientado su vida.

No sé muy bien cómo, muchos años después, llegó a ellos el rumor de la Difunta Correa. Tal vez el viento zonda sopló a otro viento que llegó a los oídos de mis padres y les cuchicheó sobre el gran poder de Deo- linda. Lo habrán advertido como un asunto pagano, de alguna manera algo liberado de las cadenas del ca- tolicismo. Y un día fueron a verla.

Deolinda Correa es una santa popular que una noche, antes de obrar milagros, acosada por un matón y borracho del pueblo, tuvo que huir con su hijo de pocos meses en brazos. Cruzó el desierto saliendo des- de Angaco con intención de llegar a La Rioja, donde su marido había sido llevado por una montonera du- rante la guerra civil. Si apenas pudo llevar dos gotas de agua fue mucho. Solo su terror y su bebé. La desesperación pudo más que la previsión y de pronto se encontró corriendo en alpargatas por el desierto en medio de una noche tan clara que se podía ver bajo la tierra. Es traicionero el desierto. Y una vez que se te acaba el agua y vas a pie bajo el sol que te odia y estás perdida y alguien en tu pecho llora y te arrepentís de haber huido del hijo de puta que te persiguió hasta obligarte a escapar como una rata, lo único que resta es rendirte. Putear al pelotudo de tu marido y decir hasta aquí. Guarecerte bajo el desamparo y dejar que el cansancio y la sed hagan lo suyo. Sujetando a tu hijo contra el pecho. Delirando y dando tus últimos suspiros en las explosiones de luz sobre el polvo ardiente.

Sobre el cuerpo sin vida de Deolinda revoloteaban unos pájaros carroñeros, negros y aciagos. A lo lejos, unos pastores vieron la ronda de muerte y pensaron que alguna chiva, que algún cordero la había quedado en el desierto y fueron hasta la zona donde acechaban los jotes. Pero no se encontraron con ningún animal. Encontraron a Deolinda Correa muerta y a su bebé prendido del pecho, amamantándose, ignorando la fatalidad que lo cercaba.

El primer milagro.

Desde entonces, la figura de la Difunta Correa cobró una dimensión de santidad que se le escapó a la Iglesia católica, y se fueron asentando las piedras de lo que sería un santuario muy popular en el que la gente humilde deja las ofrendas de su fe. Maquetas de casas, vestidos de novias, ramos de flores de plástico, placas de plata y de bronce, relojes, colgantes, cruces, fotografías, botellas con agua.

¿Qué fueron a hacer Don Sosa y La Grace a ese lugar, después de atravesar un desierto completo en un descascarado Renault 18, casi a finales del 2008? Fueron a pedir que su hija travesti encontrara un mejor trabajo. ¿En qué trabajaba su hija travesti? Era prostituta, por supuesto. Se había ido a estudiar a Córdoba Comunicación Social y Teatro, pero había terminado de puta. Ellos no lo sabían, pero en el invierno de ese año, dos clientes habían desmayado a su hija asfixiándola y le habían robado todas las posesiones de su pobreza: un televisor antiguo que había perdido el color, un DVD prestado, un equipo de música y el cargador de su celular. También los cuarenta pesos que tenía en la cartera. La habían atado con su propia ropa mientras se encontraba desmayada y, amenazada con un cuchillo Tramontina, la habían cogido ambos ladrones, sin violencia, pero durante toda una larga noche. Al amanecer los pasó a buscar un taxista amigo y ella quedó maniatada y humillada en su cuarto de pensión.

Don Sosa y La Grace ni siquiera imaginaban los cócteles con que su hija llamaba al sueño y la indolencia, ni la eterna aridez en que transcurrían sus días, sus días en el desierto. Dicen por ahí que las madres saben todo. Pero La Grace no estaba preparada para saber nada. En su corazón de ama de casa solo quedaba lugar para la sospecha de que su hija no estaba bien, que tal vez andaba en cosas raras, pero no quería decir la palabra prostitución y se negaba a pensar más allá. Don Sosa tenía el corazón menos negador. Por eso andaba tan enojado con su hija.

Cuenta La Grace que el día que fueron al santuario de la Difunta Correa lloró apenas vio al primer penitente subir la cuesta de rodillas y con los ojos bañados en lágrimas. Se imaginó las promesas hechas, para una casa, para que saliera bien una cirugía, por un trabajo soñado, por la vuelta de un gran amor, y se emocionó. Habían llorado juntos con Don Sosa, porque la impotencia los dejaba en el medio del desierto, pidiéndole a una santa que hiciera el trabajo que ellos no habían podido hacer.

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Después de comer, Don Sosa y La Grace subieron la loma hasta el altar, donde una imagen de la Difunta Correa descansa rodeada de vestidos de novia que los promesantes van dejando como pago por el mila- gro cumplido. Llevaban botellas de plástico llenas de agua y una medallita que su hija travesti se había ganado en el secundario. Que consiga un buen trabajo, Difuntita Correa, que deje lo malo que esté haciendo ahora y que su vida cambie.

Afuera, el viento zonda se enroscó en sí mismo, se lanzó luego a recorrer por encima los mismos desiertos que habían secado a Deolinda en su huida y llegó hasta Córdoba Capital.

Tres meses después, la hija travesti de Don Sosa y La Grace, o sea yo —en la escritura es inútil disfrazar una primera persona porque los escritos comienzan a enfermarse a los tres o cuatro párrafos—, estrenaba Carnes Tolendas. Porque además de gustarme ser puta, me gustaba el teatro.

María, que era una de mis mejores amigas, me invitó a participar de su tesis para recibirse como licenciada en Teatro. Debía montar una obra y darle un marco teórico. Pedimos asesoramiento a Paco Giménez, que fue nuestro profesor de actuación en tercer año de la Escuela de Teatro de la Universidad, y comenzamos a preparar esa brujería que fue Carnes Tolendas. Le pusimos un subtítulo irónico: Retrato escénico de un travesti. Pero nuestra ironía no se entendió. En la obra contaba cómo mis padres y el pueblo habían tomado mi decisión de ser travesti. Por sugerencia de Paco Giménez, cruzamos ese perfil biográfico con algunos personajes de las obras de Federico García Lorca. Casi un año y medio nos llevó poner en pie aquel monstruo. A veces María pasaba por la pensión para llevarme al ensayo y me encontraba peor que un cris- to, habiendo pasado una mala noche, con los ojos apelotonados de rímel, con rastros de saliva ajena por todo el cuerpo, muerta de hambre. Comprábamos algo para comer en el teatro y, apenas tomaba cuerpo, entretejíamos escenas de mi adolescencia con textos de García Lorca.

—Una travesti sabe de la soledad, como doña Rosita la soltera. Una travesti sabe de autoritarismo y falta de libertad, como en La casa de Bernarda Alba.

¿Y no hay acaso travestis que añoran ser madres, como Yerma? ¿Y no viven pasiones desesperadas, como los amantes de Bodas de sangre? Las travestis que han sido fusiladas o asesinadas como Federico García Lorca

—decía Paco, y nosotras nos rompíamos la pensado- ra con tal de hacerlo bien, de hacer una obra de teatro que estuviera bien.

Una vez, en un ensayo, me dijo:

—Yo sé cómo es tu alma. Tu alma es tenue.

Carnes Tolendas duraba aproximadamente cincuenta minutos y concluía con un desnudo frontal mío de cara a un público que no podía creer estar viendo a una travesti hacer eso. María se recibió de licenciada en Teatro con dieces y puros elogios. La obra nos había costado muy poco dinero. Los vestuarios los había cosido yo, usábamos pocos objetos, unos bigotes, unas flores de plástico y una corona de novia. Teníamos pensado hacer ocho funciones, durante dos meses. Una función por fin de semana.

A la primera función vinieron amigos, parientes, compañeros de la facultad. Habrán sido unas treinta personas. A la segunda función fueron cincuenta espectadores. A la tercera fueron ochenta, y para la cuarta función la gente se volvía a su casa porque ya no había lugar para sentarse.

El primer sábado de marzo del año 2009 debutamos con Carnes Tolendas. A tres meses de la promesa de mis padres a la Difunta Correa. Las críticas no podían ser mejores. Me hacían entrevistas en la televisión y los diarios. La obra viajaba de boca en boca, y gente que nunca había ido a un teatro llegó a ver de qué se trataba el rumor. El público se agolpaba en la puerta de cada teatro donde nos presentábamos. Comencé a sospechar que con ser actriz me alcanzaba, que estaba cansada de yirar y que la vida me había dado claras señales de que me faltaba inteligencia para sobrevivir como prostituta. Tal vez iba siendo hora de seguir la suerte. Con lo que ganaba por función pagué todos los meses de alquiler que debía en la pensión donde vivía y compré lo que me habían robado esos dos hijos de puta el año anterior. Nunca imaginé que La Grace y Don Sosa habían hecho una promesa a la Difunta Correa para mí. Y, por lo visto, funcionó, porque como Mamma Roma dije «Addio, bambole» y me fui de la prostitución meneando el culo a vivir del borderó y no del bolsillo de un cliente.

¿Era lo que necesitaba? ¿Fue un milagro de la Difunta? ¿Era mejor ser actriz que prostituta? No lo sé. Pienso que no tenía talento para hacer dinero con mi culo. Era crédula y pajuerana, me costó afilar el olfato, no tenía tetas, era lo que se dice un desastre de puta. Y era melancólica y sufría porque era joven y era carne para la desesperación. Tal vez ahora sería distinto. Tal vez ahora podría hacerlo mejor. Pero en esos años, cuando se cumplió el milagro, solo había desazón. A veces, cuando quiero ser cruel conmigo y con Don Sosa y La Grace, me digo que un llamadito por teléfono hubiera estado bien. Pero ellos fueron a la Difunta Correa y el desastre que era mi vida se ordenó en camarines y escenarios, viajando por el país como una compañía del siglo xx, llevando la novedad del teatro mediterráneo a rincones inesperados como Itá Ibaté o la cárcel de Bouwer.

Al poco tiempo, fuimos con La Grace y Don Sosa a agradecerle a la Difunta por ese cambio de página. Antes de meternos en el Renault 18 de mi papá, nos hicimos la promesa de tratarnos bien durante el viaje. Como familia, nos afectaba muchísimo compartir espacios cerrados. Y la cumplimos.

—Mirá ese desierto, hija. Cómo no se va a morir de sed la pobre Difunta —dijo La Grace mientras me pasaba un mate.

—Y el frío que hace a la noche —agregó Don Sosa.

En el santuario, me conmoví con los promesantes al igual que mi mamá en su primera visita. Con el modo de pagar con el cuerpo asuntos del espíritu. Al final, todo muy místico y muy santo, pero siempre trabaja la carne. También me llamó la atención lo tremendamente sexi que es la imagen de yeso de la Difunta Correa. Al verla, pensé que la Coca Sarli la hubiera interpretado inolvidablemente en el cine.

—¡Qué sexi que es la Difunta! —le dije al oído a La Grace. Nos agarró un ataque de risa y Don Sosa nos hizo salir del lugar. Al mirarlo nos dimos cuenta de que había estado llorando.

La Grace vio Carnes Tolendas muchas veces. Don Sosa solo una, a cuatro años de su estreno. La vio en Catamarca. Coincidió una gira de la obra con un viaje a la Difunta Correa que ellos ahora hacían todos los años. Al terminar, La Grace vino al camarín muy preocupada:

—A tu padre le salió sangre de la nariz toda la función. Fue al baño a sacarse la camisa porque le quedó bañada en sangre. Para mí se puso nervioso.

—La voz se le quebró—. Es fuerte la obra para nosotros.

Lo dijo como excusándose frente a la compañía. Por mi parte, no tenía voz. Nunca me había pasado. No sé si fue la gira que me tenía muy cansada o los nervios por actuar delante de mi papá, pero nomás al arrancar, ya tuve que pedir un micrófono, porque no se me oía. Esa noche los duendes bailaban a nuestro alrededor con ferocidad, mordiendo los telones. Al rato y tímidamente, mientras terminaba de vestirme y de guardar los objetos en las valijas, apareció ese viejo malo que me había tocado por padre. Venía con toda su vergüenza a cuestas. Había sangrado durante toda la obra, en silencio, recibiendo esos cache- tazos lorquianos. Nunca nadie le había hablado así sin ligarse una trompada. Pero su hija travesti y pros- tituta, la razón de su promesa a la Difunta, le estaba contando su versión del milagro.

¿Qué fue del hijo de la Difunta Correa? Se lo encontraron las travestis del Parque Sarmiento.

Camila Sosa Villada (1982, La Falda, Córdoba). Estudió cuatro años de Comunicación Social y otros cuatro de la licenciatura de Teatro en la Universidad Nacional de Córdoba. En 2009 estrenó su primer espectáculo unipersonal, Carnes tolendas, retrato escénico de un travesti. En 2011 protagonizó la película Mía, de Javier van de Couter. En 2012 actuó en la miniserie La viuda de Rafael. En 2014 hizo en teatro El bello indiferente, de Jean Cocteau. En 2015 Despierta, corazón dormido/Frida. En 2016 Putx madre y en 2017 El cabaret de la Difunta Correa y la miniserie La chica que limpia. Es autora del libro de poemas La novia de Sandro (2015-2020), el ensayo El viaje inútil (2018) y las novelas Las malas (2019) y Tesis sobre una domesticación (2019). Por su novela Las malas obtuvo los premios internacionales Sor Juan Inés de la Cruz (2020), Finestres de Narrativa (2020) y el Grand Prix 2021 de l´Héroïne Madame Figaro. Las malas fue considerada una de las mejores novelas publicadas en 2020 y ha sido traducida a más de diez idiomas.

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