LECTURAS | Tanto que contar, de Roger Steffens

La mejor y más completa biografía de Bob Marley. Un libro que no elude ninguna controversia y nos ofrece todos los aspectos de su vida.

Ciudad de México, 19 de julio (MaremotoM).- Una historia reveladora y devastadora de uno de los músicos más influyentes de todos los tiempos, contada en las palabras de quienes mejor lo conocieron. Roger Steffens es uno de los principales expertos de Bob Marley en el mundo. Durante varias décadas, ha entrevistado a más de setenta y cinco amigos, gerentes de negocios, familiares y confidentes, muchos de los cuales hablan en público por primera vez. Tanto que contar teje este rico testimonio para formar un relato definitivo de la vida del rey del reggae: de cómo un niño de los barrios pobres de Kingston, Jamaica, se convirtió en un icono cultural y en inspiración para millones de personas.Tanto que contar

Un libro editado por Malpaso. Foto: Cortesía

Fragmento de Tanto que contar. Historia oral de Bob Marley, de Roger Steffens, con autorización de Malpaso Editorial

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¿DÓNDE ESTÁ MI MADRE?

Roger Steffens: Cedella Malcolm Marley Booker, la madre de Bob Marley, tenía dieciocho años en el momento del parto. Estaba casada con un jamaicano blanco, Norval Marley, que había nacido en Clarendon, Jamaica, y que rondaba los sesenta y cuatro años de edad el 6 de febrero de 1945, fecha del nacimiento de Nesta Robert Marley en un pequeño pueblo en el campo, llamado Nine Mile, donde no había ni electricidad ni agua corriente. Christopher Marley, miembro de la rama blanca de la familia Marley, ha invertido años de su vida buscando entre sus ancestros, y ha compartido algunos de sus hallazgos conmigo. Con sus descubrimientos ha desmontado varias de las falsas aseveraciones vigentes hasta hoy, como, por ejemplo, que Norval nació en Inglaterra y que era un oficial del Ejército.

Christopher Marley: El padre de Bob era Norval Sinclair Marley, de padre británico y madre «de color». Norval no era un «capitán de barco», ni un «cabo de la Marina» ni un «oficial de la Armada Británica». Era un «oficial de ferrocemento». En los papeles de su licencia del Ejército se señala que trabajó en varios «cuerpos de trabajo» en el Reino Unido durante la Primera Guerra Mundial y que se licenció como soldado raso. No llegó a servir en el campo de batalla. La familia de Norval Marley no era siria, como se ha insinuado. Era un hombre muy andariego e inquieto. Viajó y trabajó por todo el mundo, en unos tiempos en los que viajar no era tan sencillo como hoy. Estuvo en Cuba, Reino Unido, Nigeria y Sudáfrica.

Cuando se casó con Cedella Malcolm, que contaba con dieciocho años y se hallaba encinta, estaba encargado de la parcelación de unos campos en Saint Ann Parish, donde iban a levantarse casas para los veteranos de guerra. Apenas aportó económicamente a la familia, y tampoco vio ape- nas ni a su mujer ni a su hijo. Murió de un infarto de corazón en 1955, com- pletamente arruinado y subsistiendo con una pensión del Ejército de ocho chelines a la semana (alrededor de un euro al cambio actual).

Norval era una persona muy inestable, por decirlo de una manera suave. La familia Marley rechazó a Bob porque era hijo de Norval.

Cedella Booker: Norval estaba viviendo por entonces en Nine Mile y estaba a cargo de las tierras que el Gobierno entregaba a la gente, unos terrenos para trabajarlos durante la guerra. Era como un capataz.

Roger Steffens: En la infancia de Bob, si alguien jugó un papel de guía para él, ese fue su abuelo Omariah, conocido localmente como un myalman, un practicante benigno de las artes curativas, antagonista, por tanto, del obeahman, que con sus oscuras intenciones infundía el miedo en los corazones de los supersticiosos lugareños. Se dice que Omariah llegó a engendrar treinta hijos.

Cedella Booker: Mi padre, Omariah, era una persona muy espiritual, como el Blackheart Man [un practicante de los métodos tradicionales de sanación]. Si alguien caía enfermo, él podía ir y darle medicina para curarlo. Él hacía sus propias medicinas a partir de arreglos y mezclas, y así curaba a la gente. Omariah enseñó a Bob a no robar, a decir la verdad, a obedecer. Era dueño de bastantes campos, repartidos por varios sitios. No eran grandes propiedades, pero eran buenas parcelas, de quince a dos hec- táreas desperdigadas por varias zonas. Bob pastoreaba burros y cabras, y llevaba comida del campo a la casa. Montado en el burro recolectaba las mazorcas, y también cortaba las cañas del maíz para dar de comer a los animales. Allí se trabajaba con las manos. Para tener agua había que ir hasta la fuente.

Roger Steffens: Sledger, primo de Bob, creció con él en Nine Mile, y recuerda a Bob montando intrépido en su burro favorito, Nimble, a pelo, llegando a saltar un muro de metro y medio como si tal cosa, ¡y a veces hasta sentado de espaldas! A los primos les encantaba la música, y sobre todo dedicaban los domingos a escucharla, cuando Omariah enchufaba la radio a un generador para que la oyera todo el pueblo. El abuelo sintoni- zaba una emisora de Miami, y Elvis Presley, Fats Domino y Ricky Nelson figuraron entre los primeros artistas favoritos de los muchachos. Las primeras enseñanzas sobre música para Bob también llegaron de manos del padre de Cedella.

Cedella Booker: Mi padre tocaba el órgano, la guitarra y un poco el violín. Todo el mundo en la familia tocaba. Mi primo Marcenine construyó un banjo pequeñajo y le puso cordaje. Ese fue el primer instrumento de Bob. Cuando creció, ya podía sujetar una guitarra. A veces él y yo nos poníamos a canturrear canciones como «Precious Lord Take My Hand».

Roger Steffens: A los tres años, Bob empezó a manifestar poderes intuitivos de una asombrosa precisión.

Cedella Booker: Recuerdo que había una mujer, a la que llamábamos Aunt Zen, a la que le gustaba mucho jugar con Bob cuando él era muy chico. Y una vez vino a la tienda donde yo trabajaba, y Bob empezó a leerle la mano y a decirle cosas. Al final, ella dijo: «Todo lo que me ha contado es cierto».

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Otro hombre, Solomon Black, alguacil del distrito, también se pasaba por la tienda, y Bob, que no levantaba un palmo, le cogió la mano, se quedó mirándola y empezó a contarle cosas. Y a cada cosa que comentaba, el hombre respondía: «Tal vez pienses que estoy de broma, pero este chico ha hecho pleno».

Bob sabía que no iba a estar aquí mucho tiempo, así que no podía demorarse en su misión. Un amigo mío, Ibis Pitts, fue el primer amigo de Bob en Delaware, allá por 1966. Ibis me contó que un día fue con su amigo Dion Wilson hasta el parque donde yo vivía, y entonces Bob trepó a un árbol y les dijo: «Voy a morir a los treinta y seis años». Y estamos hablando de 1969.

Roger Steffens: Cedella Booker, apodada cariñosamente como Mother B, ha visitado mis Reggae Archives en numerosas ocasiones durante estos años. Aunque muchas de nuestras conversaciones no fueron grabadas, tomé notas de todas ellas una vez terminadas. En una de esas charlas, recordó una visita de Norval a Nine Mile, cuando Bob tenía cinco años, para proponerle a Cedella que el niño se fuera a vivir con él a Kingston, donde podría recibir una educación que le permitiera prosperar en la vida. Cedella se mostró conforme, pero, cuando Norval y Bob llegaron a Kingston —una de las raras ocasiones en las que estuvieron juntos—, el padre no cumplió su parte del trato: en lugar de alojarlo en su casa y matricularlo en una escuela, Norval lo dejó en casa de una señora mayor amiga suya, Miss Gray. Durante los dos años siguientes en Kingston, Bob vivió prácticamente en la calle, como un niño abandonado. Cuando Cedella escribía a Norval para ir a visitar a su hijo, el hombre le respondía que Bob estaba en un internado en St. Thomas. Al final, alguien de Nine Mile identificó a Bob por las calles de Kingston y avisó a Cedella. Esta se acercó hasta allí y se lo llevó.

Cedella Booker: Bob tenía alrededor de cinco años cuando se marchó a Kingston, y estuvo de vuelta antes de los dos años. Entonces, la señora Simpson le pidió que le leyera la mano, y él le dijo: «No, ya no leo las manos, ahora canto».

Roger Steffens: Neville O’Reilly Livingston, después conocido como Bunny Wailer, fue uno de los cofundadores de los Wailers. Se cruzó por primera vez con Bob cuando ambos eran unos niños.

Bunny Wailer: Entonces tendría como nueve años [en 1957], cuando conocí a Bob, después de que mi padre me llevara a vivir con él a Nine Mile. Nos trasladamos, emigramos hasta allí. Mi padre compró un terreno, cerca de doce hectáreas, y levantó una casa y una tienda. Aguantamos como diez meses. Tampoco viví mucho tiempo allí. Hacía mucho frío. Era un sitio muy frío. Yo no estaba preparado para unas temperaturas tan bajas. Tenía retortijones, y al final me enviaron de vuelta a la ciudad. Y entonces, al poco, Bob también se vino a la ciudad para vivir con su madre.

Roger Steffens: De joven, Bob exploró los alrededores de Nine Mile, aventurándose a veces por lugares vedados para él. En una de esas excursiones, pisó los vidrios de una botella rota y se hizo un corte en el pie derecho. Temiendo el castigo de su madre, le ocultó la herida. Posteriormente, el corte se infectó, y Bob sufrió intensos dolores durante meses. Al final, su primo Nathan le preparó un emplasto caliente con pulpa de naranja y unos polvos amarillos de yodoformo, y, al cabo de un par de semanas, la herida se había curado por completo. Ese percance fue el primero de los muchos que afectarían al pie en el que Bob terminaría desarrollando el cáncer que pondría fin a su vida.

Bunny Wailer: Bob era un niño asilvestrado. Era como el patito feo. Tenía que valerse por su cuenta, y sacarse las castañas del fuego. Allí nadie le daba nada, así que él tenía que ir rebañando, era una cuestión de super- vivencia. Estamos hablando en su caso de lo más básico: comer y beber. Muchas veces tuvo que dormir en el frío suelo con una piedra por almo- hada. No una ni dos veces, no hay dedos para contarlas. A Bob nada le vino regalado. Él no tenía las oportunidades de otros chicos.

Roger Steffens: Los primeros años de vida de Bob estuvieron marcados por el abandono y el rechazo por parte de blancos y negros. Los primeros lo consideraban negro, y los segundos, que veían con malos ojos a los ni- ños mestizos, se mofaban calificándolo de «crío amarillo». Hasta su tan querida bisabuela Ya Ya se refería a él como «el crío alemán». El racismo estaba a la orden del día entonces, y los dirigentes de piel clara del país eran herederos de cuatrocientos años de dominación colonial. Para Bob, el color de su piel representaba un obstáculo allí donde dirigiera la vista, y eso le hizo mirar hacia dentro, en busca de una fuerza interior en la que apoyarse. El rechazo paterno fue algo que le dejaría una profunda huella durante toda su vida.

Su primera experiencia urbana en Kingston, donde supo lo que era pasar semanas sin una comida caliente en el estómago, lo curtió para cuan- do regresó a la ciudad, esta vez en compañía de su madre, Cedella, que en 1957 había empezado a vivir allí con el padre de Bunny. Kingston obligó al joven Marley a salir al exterior, a un mundo de barriadas atestadas y com- pañías estimulantes, en una nación que estaba a punto de librarse del yugo imperialista.

Bob Marley
Roger Steffens. Foto: Cortesía Malpaso

Roger Steffens es el principal historiador de reggae del mundo y ex presentador del galardonado programa de radio Reggae Beat. Sus programas sobre la vida de Marley se han presentado en el Smithsonian y en la Biblioteca del Congreso, entre otros lugares. Vive en Los Ángeles.

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