Emiliano Monge

LECTURAS | Tejer la oscuridad, de Emiliano Monge

Cruzada por un sinfín de voces, Tejer la oscuridad presenta la eterna lucha entre el nosotros y el yo, deja que resuene en sus páginas el eco de libros antiguos y de diversas formas de escritura olvidadas y permite al lector imaginar otra forma de entender el tiempo, el espacio, la materia, el amor y la amistad.

Ciudad de México, 18 de septiembre (MaremotoM).-Todo, tal y como lo conocíamos, ha cambiado. El calor es agobiante, se ha agrietado el cielo y la geografía es otra. La humanidad, además, se ha duplicado. Entonces se desata una guerra global entre fuerzas igualadas cuya clave parecerían ser las niñas y niños de los orfanatorios. En una de esas instituciones comienza la más arriesgada y madura de las novelas de Emiliano Monge.

Tejer la oscuridad es una distopía que reinventa nuestros mitos y desentraña nuestra idea de individuo y colectividad, mientras nos cuenta la liberación de un grupo de muchachos, así como la diáspora que emprenderán acompañados de su descendencia, atravesando un mundo desolado, huyendo de perseguidores incansables y buscando el sitio que les fuera prometido, donde podrán rendir culto a sus dioses, enhebrar un nuevo lenguaje y habitar la oscuridad.

Cruzada por un sinfín de voces, Tejer la oscuridad presenta la eterna lucha entre el nosotros y el yo, deja que resuene en sus páginas el eco de libros antiguos y de diversas formas de escritura olvidadas y permite al lector imaginar otra forma de entender el tiempo, el espacio, la materia, el amor y la amistad.

Emiliano Monge
Tejer la oscuridad, de Emiliano Monge. Foto: Cortesía

Fragmento de Tejer la oscuridad, de Emiliano Monge, con la autorización de Penguin Random House

Diecinueve

(18.207 / -92.984)

Lucho, a quien nosotros pensábamos que habíamos rescatado, terminó siendo quien vino a rescatarnos.

Además de devolvernos la confianza en nuestros dioses, regresarnos la esperanza en el camino que seguimos, convencernos de buscar a los que son como nosotros y liberarnos de la exterminación sin sentido, nos explicó aquello que antes no sabíamos.

Lo pensé así esta mañana, mientras cruzábamos un pueblo que no fue destruido, porque había permanecido bajo el agua. A través de Lucho, además de Indrig, nos hablan todos los hombres y mujeres con los que compartió él su cautiverio. Qué vergüenza haberme enojado por lo del libro: merecía haberlo hojeado cuando quiso.

Pero bueno, eso, hojear nuestro libro, no parece ser lo que ahora quiera Lucho. Nuestro libro, de hecho, no parece ya importarle a nadie. Es como si de repente sólo yo pensara en estas páginas. Por eso tengo que buscar una manera de que todos vuelvan a vivirlas y a habitarlas. Esto también me dije esta mañana, contemplando las paredes de una casa forrada de corales secos que al contacto con mis dedos se hacían polvo.

Luego, estando todavía adentro de esa casa, en la que el blanco era el único color que podía verse, me dije: es natural que ahora, cada once jornadas, cuando nos reunimos ante el bulto, para intentar eclosionarlo, y, tras oír a Juana pronunciar, a voz en cuello, las palabras que ella sigue desterrando —ayer, mañana y hoy, estas fueron las últimas que los mayores nos prohibieron—, Lucho sea quien nos hable.

Quizá tendría que escribir lo que él nos diga a partir de hoy, me dije asimismo esta mañana, mientras buscábamos adentro de otra casa cualquier cosa que sirviera a nuestra marcha, cualquier pista que pudiera conducirnos a esos otros que son como nosotros. No, no sólo lo que él diga a partir de ahora, también tendría que escribir lo que Lucho nos ha enseñado en estos meses, añadí para mí misma, brincando un par de esqueletos devorados por las algas, saliendo de aquella construcción en la que estaba y volviendo al sitio en el que abrí este libro y empecé a escribir todo esto.

Antes de que pudiera avanzar otro renglón, sin embargo, apareció Lucho a mi lado. Y además de volver inútil buena parte de lo que acabo de escribir, me detuvo el corazón por varias horas. Porque después de regalarme un pequeño caracol de seis colores, que guardó en el saquito que hasta entonces era suyo, me pidió ver nuestro libro. En silencio, mientras él pasaba las hojas una tras otra, mientras mis dedos jugaban con el caracol y la ansiedad lo hacía con mi corazón y con mi cabeza, el tiempo se fue haciendo interminable en torno nuestro.

Al final, cuando yo creía que así sería el resto de mi vida, que aquel momento nunca acabaría, Lucho cerró el libro, cerró después los ojos y me dijo: está muy bien, Ayal, pero así no hablamos ni nosotros ni los hombres y mujeres que buscamos. ¿Qué pasaría si algo nos sucede y sólo encuentran nuestro libro?, me preguntó Lucho después de otro rato igual de eterno. Cada grupo, ya verás, tiene una respiración propia y diferente.

Un aspirar y un exhalar que nos vuelve únicos pero a la vez reconocibles. Esa huella también debe poder leerse, Ayal. Por eso tienes que encontrar nuestra manera. Esto, sin embargo, no es lo que quería escribir ahora. Porque ahora, que Lucho finalmente me ha dejado sola otra vez, quería anotar algunas de las cosas que él nos ha enseñado.

Anotarlas, eso sí, haciéndole caso a Lucho. Buscando, pues,  nuestra respiración: gracias a Lucho comprendimos, por ejemplo, la importancia de desollar a nuestros muertos, igual que aprendimos a domesticar algunas de las presas que antes eran sólo caza.

Y aprendimos a conocer el movimiento de los dioses falsos, a los que antes les temíamos, igual que aprendimos a enhebrar las cuerdas de pelo y fibra que ahora usamos para contar de otra manera, porque ahora el tiempo ya es otro.

Veinte

(18.238 / -92.748)

El milagro que habíamos estado aguardando desde hacía tantas jornadas finalmente ha acontecido.

Pero antes de dejar constancia de éste, debo explicar mejor aquello que apenas señalé la última vez que escribí aquí. Lo que Lucho nos ha enseñado es mucho más de lo que yo podría anotar y es también mucho más hondo.

Gracias a él sabemos, por ejemplo, que varios de esos grupos que son como el nuestro, aunque no tienen un bulto y a pesar de que no tienen un libro que resguarde su memoria, se han alejado menos que nosotros de nuestros libros antiguos. Lucho repite esto todo el tiempo.

Igual que nos explica todo el tiempo cosas que ellos aprendieron de esos libros. Por eso saben, por ejemplo, que se debe desollar a cada muerto y que las pieles, una vez que se han secado, deben guardarse para vestir al siguiente desollado. Si un muerto quiere atravesar a la otra orilla, deberá presentarse ante la diosa de las sombras siendo varios, pues sólo así habrá de engañar a sus serpientes.

Por eso saben, además, insiste Lucho una y otra vez, que es esencial reaprender a contar nuestras jornadas y las cosas, tal y como éstas se contaban hace siglos. Utilizando las tiras que hacemos con el pelo de los muertos y las fibras que arrancamos de las plantas y las bestias. Esas tiras en las que cada nudo y cada atado son un recién nacido o un enfermo, una camada de lobos o un grupo de exterminadores recién aniquilado. Un galón de agua o un saco de piedras blancas.

Y por eso también saben que no hacen falta mapas, que hay mucho más que norte, sur, este y oeste, asevera Lucho, a quien, por cierto, otra vez     le estoy fallando, por no escribir     como le había dicho que haría,      de esta manera en que ahora sigo, buscando     dar con la respiración que      es sólo nuestra: por eso     saben, pues, que basta con poder      leer en el cielo, lo que    dicen las estrellas y las bestias     aparentes que éstas forman, para saber     a dónde vamos.

Y así vuelvo     al milagro que hoy por fin      aconteció. Ese que tanto habíamos suplicado y del cual       debía dejar aquí constancia. Hace un momento,      mientras Lucho nos mostraba cómo leer las huellas de los que son como nosotros, ellos por fin aparecieron.    ¡Sirvió torturar a    los últimos que atrapamos!

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Corriendo sobre la arena del desierto     en el que habíamos     entrado, obedeciendo a nuestros cazadores, quienes     interpretaron correctamente la información      que nos habían dado los sacrificadores,       Lucho pidió que le entregaran    nuestros binoculares. ¡Estoy seguro!, gritó      emocionado: ¡visten así como      vestía Indrig!

¡Igual que ella     llevan pintados los brazos      y las piernas!, aseveró Lucho después, antes     de ordenarnos: ¡tenemos que alcanzarlos!

Si no nos detenemos     lograremos dar con ellos en cinco     o seis jornadas.

Veintiuno

(18.259 / -92.644)

Este desierto,    por el que corrimos tres jornadas     sin parar ni un instante, también     estuvo sumergido bajo el agua.

Y como fue lecho marino,    su arena, que en realidad es un     millón de conchas destrozadas, nos dejó     los pies deshechos. El cansancio    y el dolor, sin    embargo, valieron     el esfuerzo.

Porque después     de haber dejado detrás  nuestro  un  páramo  de    barcos oxidados, justo    al pasar junto a un     promontorio donde había una construcción     diminuta, un tractor devorado por algas como lenguas y una motocicleta, que ya era    otra cosa —como yo, que     a partir de que escribo de este     modo estoy también siendo otra cosa—,     conseguimos alcanzarlos.

Estaban a punto     de meterse en el vergel que habíamos divisado   hacía un par de jornadas,     la madrugada en que acepté     esta otra forma de mi voz silente, cuando escucharon nuestros gritos y también    ellos nos vieron.

Gritando aún más fuerte que nosotros,    se olvidaron del vergel y corrieron,     arrebatados, hacia   el lugar   por donde    corríamos nosotros.    Lo que siguió, aunque    tengo que anotarlo en este     libro, fue algo indescriptible.

Indescriptible no sólo por haber sido totalmente diferente, también porque era  inimaginable.   Tras levantar sus hierros cada grupo, a punto de que aquello se tornara na batalla, Lucho gritó:  ¡conocí a Indrig, compartí con ella cautiverio, somos lo mismo, la parte que nos falta a cada uno Con la misma ansiedad con la que antes se habían levantado, los hierros se depusieron y, de golpe, estuvimos, los unos y los otros, oliéndonos  los cuellos y las manos, las axilas   y los rostros.

Poco después, Lucho y nuestros mayores se reunieron con sus mayores —una de las cuales, Ingrid, resultó ser la mujer que había parido a Indrig—.  Cuando aquellos mayores finalmente volvieron a donde estábamos nosotros, anunciaron qué habían acordado: además de descansar entremezclados, festejaríamos, aquella madrugada, que a partir de aquel momento y  para siempre, entremezclados seguiríamos.

Sólo así, vueltos uno, nos acercamos a eso que los dioses dispusieron para nosotros, aquello que debemos! ser para poder llegar al mundo nuevo, donde no harán falta los ojos, pues habremos visto todo: tras estas palabras, que pronunciaron Ingrid y Lucho al mismo tiempo,  inició la fiesta de nuestra unión, en la que cada grupo cantó su viaje y en la cual comprobé que era verdad, que cada grupo tiene una entonación y una respiración diferentes.

Luego, cuando los cantos acabaron, compartimos nuestros alimentos más preciados     y nuestras bebidas mejor fermentadas. Justo entonces, ellos, que eran más en número pero no en júbilo, nos permitieron participar de un ritual que nunca habíamos presenciado: amarrada de los pies y de las manos, trajeron a una exterminadora que, a pesar de su edad, era muy fuerte.

¿Por qué conservan una viva?, estuve a punto de preguntar, pero al instante, sus acciones me otorgaron la respuesta que buscaba: tras bañarla en leche materna, la acostaron  encima de una piedra, sobre la cual subió Tobo, el más viejo de sus viejos y quién, de golpe, le hundió un cuchillo en el pecho.

Así llegó el final de nuestra fiesta compartida: cada grupo ofrendó sus hongos y muy pronto estuvimos desnudos , mezclándonos, tocándonos, penetrando y siendo penetrados.

Desperté hace nada, embarrada del calor de Ayosa —quien, por suerte, se repuso de sus heridas—, pegada a una muchacha de ellos y entre Juana y Lucho.

Entonces, sin hacer un solo ruido, vine por el libro y escribí esto.

Veintidós

(18.238 / -91.875)

Desde que nos multiplicamos en el vergel, muchas han sido las cosas que han cambiado.

No había vuelto  a escribir aquí, porque no sabía si aún debía hacer esto: ellos guardan de otra forma su memoria: la escriben en sus cuerpos con la espina de un pescado y con las tintas que extraen de la ceniza y la chinchilla.

Y como ellos son también nosotros, nosotros, que somos ellos, hemos empezado a hacer  lo mismo. El primero que escribió algo en su piel —con sus navajillas de obsidiana—, por supuesto, fue Egidio. “Aprendimos que, al cazarlos, no hace falta aniquilarlos, que es mejor dejar algunos vivos, usarlos como esclavos”, esto es lo que ahora dice su espalda.

De nosotros, lo que a ellos más les interesa, más incluso  que nuestros lobos y nuestras piedras, es nuestro bulto: cada noche quieren que sea uno de ellos quien pronuncie la palabra, quien intente espabilarlo y consiga que éste nos guíe al mundo nuevo. Y es que cada nueva jornada estamos más cansados. No porque  tengamos más cosas que hacer —para eso están los exterminadores: ellos también nos enseñaron que éstos pueden ser muy resistentes—, sino porque no aguantamos más sin ver el agua.

Por suerte, hoy aconteció otro milagro: poco antes de que cambiara la jornada, descansando bajo un techo de ceibas, encontramos un nuevo grupo de nosotros —en total, son tres las veces que nos hemos ya multiplicado: mientras más húmedo es el suelo que pisamos, somos más los que buscamos la costa y lo que ahí dará comienzo: el último tramo de este viaje, el mar que va a llevarnos al lugar en donde esperan por nosotros nuestros dioses, los  dueños del cerca y del junto—.

El milagro, obviamente, no fue hallar ese otro grupo, fue que en ese, que entre ellos, que ahora! somos nosotros, había una mujer que asegura haber visto el mar y saber volver a éste.  Esto fue lo que me convenció y me hizo  decidirme a salir de mi silencio nuevamente. Lo que me hizo escribir de nuevo en este libro y lo que, además, me hizo enseñárselo otra vez a Lucho.

Eso, así es, Ayal, estás a punto de encontrar nuestra manera, la forma de nuestro modo:! confío, igual que Ligio y Juana, en ti y en que habrás de conseguirlo. Pero fíjate en el mundo, que en el siguiente todo será distinto. Mira, por ejemplo, aquel río, mira cómo corre, cómo fluye en él el agua.

Recuerda, me dijo después Lucho, cómo corría, en cambio, el viento, cómo fluía en las cañadas, entre las piedras de los cerros y montañas. La voz hablada no es la voz callada, sus estados…-

Emiliano Monge
Emiliano Monge

Emiliano Monge (México, 1978) es escritor y politólogo por la UNAM. Ha publicado las novelas Morirse de memoria (2010); El cielo árido (2012), que obtuvo el XXVIII Premio Jaén de Novela y el v Premio Otras Voces, Otros Ámbitos; Las tierras arrasadas (2015), ix Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska y No contar todo (2018), Premio Bellas Artes Colima de Narrativa para Obra Publicada 2019; así como los libros de cuentos Arrastrar esa sombra (2008) y La superfificie más honda (2017), además del libro infantil Los insectos invisibles (2013). Su obra ha sido traducida a múltiples idiomas y sus relatos aparecen en diversas antologías, tanto en español como en otras lenguas. Colabora con diversos medios impresos nacionales y extranjeros. Actualmente es columnista del diario El País y becario del SNCA de la Secretaría de Cultura.

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