LECTURAS | Tenebra, de Daniel Krauze

Dos hombres que buscan su destino en el juego de la política mexicana, dos vidas, y dos historias en un solo escenario: la selva del poder.

Ciudad de México, 21 de marzo (MaremotoM).- Dos hombres labran su destino en el juego oscuro e inmisericorde de la política mexicana. Después de varios años al servicio del senador Óscar Luna, Julio Rangel quiere mostrarle su valía. Las elecciones se aproximan y, con ellas, la oportunidad de seguir trepando la pirámide del poder. Nada lo detendrá. Por su parte, Martín Ferrer ha estado por mucho tiempo obsesionado con el senador. Una vieja disputa familiar impulsa sus deseos de venganza y reivindicación. Las vidas de Julio y Martín se encuentran en una encrucijada que no sólo los confronta entre sí, sino consigo mismos.

Con una prosa ágil y sólida, en esta novela discurren en paralelo dos vidas y dos historias familiares sobre un solo escenario: la selva del poder. ¿Sirve de algo la justicia, el periodismo honesto, la verdad y el amor en ese mundo de excesos, vicios y humillaciones? En Tenebra se revela con crudeza la podredumbre de un sistema —un modo de ser— fundado en dos máximas únicas: el interés propio y el uso del prójimo.

Daniel Krauze recrea en Tenebra no solo la realidad de un país carcomido por la corrupción, sino el drama más amplio de una sociedad sin valores y a la deriva, retratando la crisis del hombre contemporáneo, una crisis que no tiene fronteras ni perspectivas de solución.

Daniel Krauze
Tenebra, la novela sobre la corrupción, de Daniel Krauze. Foto: Cortesía

Fragmento de Tenebra, de Daniel Krauze, con autorización de Planeta.

Julio

El penthouse de Caballero da al Castillo de Chapultepec. Me acaba de dejar solo, supongo que para comprar coca, y yo salgo al balcón a fumar. Desde acá escucho los cláxones encabronados del tráfico en Reforma. Mi celular vibra y, como es una llamada personal, no contesto. Vuelve a entrar la llamada, del mismo número, seguida por uno, dos, tres mensajes de WhatsApp. Apago el teléfono.

El escenario y los personajes cambian, pero esta escena ya la he vivido muchas veces. Caballero abre una botella de whisky, se mete unas líneas, llegan dos putas, él escoge primero, yo me llevo a la fea y, si tengo suerte, me voy de su departamento a las cuatro, cuando la peda lo tira o el polvo se acaba. En una de esas salgo más tarde. Lo bueno es que vivo a tres cuadras de aquí. Lo malo es que quedé de desayunar en El Cardenal con el senador a las nueve.

Caballero abre la puerta sorbiendo mocos, echa sus zapatos contra la pared con una patada del pie izquierdo y otra del derecho, y luego se hinca frente a la mesa de madera al centro de la sala para frotar la bolsa de coca y separar unas rayas con su tarjeta de crédito. Me sorprende que un güey así de pirado no se moleste cuando le digo que no, muchas gracias, no le entro al polvo. Hubiera jurado que no me iba a bajar de puto. Prefiero que hable, aunque sea para insultarme, a que esté así de calladito. El cabrón algo trama. Parece un perro dizque manso, hasta que te le acercas y te muerde. El viejo me compró uno así, justo después de que mi jefa se murió, para que me hiciera compañía. El animal no sirvió un carajo. Al año ya era un pastor alemán al que no te le podías acercar sin que te gruñera. Uno de tantos recuerdos culeros de mi infancia.

A diferencia del 99% de los políticos, los libreros de Caballero no tienen bestsellers ni enciclopedias sino novelas en inglés, libros de ensayo y, detrás de una puerta de cristal con llave, una colección de tomos de historia de México, de pasta marrón con letras doradas, que parecen del siglo xix. En otra de las puertitas hay un decantador de cristal y un Macallan de 55 años dentro de una botella Lalique.

El portero del edificio habla por el interfón para avisar que ya llegó la compañía. Caballero abre la puerta del departamento y luego regresa a su whisky y sus rayas, mientras yo prendo otro cigarro en el balcón.

—Que nunca se te olvide, Julito, que un hombre es tan viejo como la mujer que se anda cogiendo. La primera puta toca la puerta y, al ver que está abierta, entra diciendo hello.

—Pasa, ándale —le dice Caballero, sin voltear a verla.

Tiro el cigarro a la calle y me acerco para ofrecerle algo de tomar. Trae un vestido violeta, muy pegadito, y una pashmina negra alrededor de los hombros. Qué bueno que ni su ropa, maquillaje o perfume parezcan de puta. No tiene nalgas ni tetas, pero con su cara basta y sobra. Blanca, pelo castaño, ojos claros. Las facciones de todas las que siempre me han gustado.

—¿Cómo me dijiste que te llamas? —le pregunto, y ella se sienta cerca de Caballero. Qué olfato tienen las viejas para saber quién puso el varo.

—Lisette.

—Mucho gusto. ¿Cómo te sirvo tu whisky? Lisette deja su bolsa Coach de imitación sobre el piso.

—Poquito hielo, porfa.

—¿No viene una amiga tuya?

Alza los hombros y se hinca junto a Caballero para robarle un pase. Se ve diminuta al lado de él. Tres Lisettes cabrían enroscadas en su barriga. Ella se hace para adelante y extiende la mano hacia el billete hecho taco con el que Caballero acaba de meterse una raya. Él le suelta un manotazo en la muñeca, tan fuerte que hace eco en el departamento.

—Epa, epa. Si no es gratis, reina.

—¿Chupar sí puedo?

—Chupar, lo que quieras.

Lisette vuelve a sentarse. Con una mano se soba la otra, en la que acaban de darle su estate quieta. Nadie habla. Los únicos sonidos son la nariz de aspiradora de Caballero y los hielos en el vaso de Lisette. Hace un buen rato que no me ceno una piel de su edad. Nos ve como novata, sin miedo y sin hueva. Apostaría lo que fuera a que tiene apenas unos meses en esto. Hasta me sorprendería encontrar una credencial de elector dentro de su bolsita de tianguis.

Caballero se para, no con un solo movimiento sino en una serie de esfuerzos. La rodilla sobre la alfombra, el antebrazo contra la otra rodilla, un pujido y acaba sentado en la mesa, casi encima de la coca. Con otro pujido se pone de pie, toma aire y, ¡aleluya, gloria a Dios en las alturas!, extiende las piernas. Si fuera mi amigo me hubiera cagado de risa, pero no se me olvida que todavía tenemos un trato que cerrar. Lisette, en cambio, sí se ríe, usando el vaso para taparse la boca. Me cae bien la putita. Qué pena que solo me tocará oír a Caballero cogiéndosela en el cuarto.

—¿Ya? ¿Lista?

—Lista. Nada más que son cinco mil más por persona. Caballero saca la cartera y deja un fajo de billetes de mil sobre la mesa.

—¿Con esto tienes? Lisette cuenta el dinero y lo mete en su bolsa.

—Así va a estar la cosa, mija —le dice, rascándose el culo—. Yo me voy a sentar aquí en el sofá mientras te coges a mi amigo, pero tú y yo vamos a ir hablando, ¿ok? Me vas a decir «papá». No papá de papacito. Papá, papá. Papá, el que te trajo al mundo, el que te crio, ¿me explico?

He salido a chupar con dos o tres diputados a los que les encantan las putas con deformidades: viejas con la pierna chueca, con un muñón mal amarrado en vez de brazo, bizcas, patizambas. Un día, un diputado perredista muerto de hambre no paró de mearse de risa cuando una vieja a la que le habían quitado las tetas en una cirugía se quitó el brassier. A Landa de repente le da por echarse travestis. Siempre dice que andaba muy jarra y no se daba cuenta hasta que ya era demasiado tarde, aunque, según yo, nunca es demasiado tarde para decir no, muchas gracias, no quiero verga. Oñate, una momia con la que cerramos unos negocios en Nayarit, se ponía pedo y pedía putas enanas a gritos. «¡Alguien que me la mame sin hincarse, chingada madre!» Pobre cabrón, nunca se le hizo. Con todo, hasta a mí el asunto este de pedirle a una vieja que te diga papá se me hace raro. Me da desconfianza, pues. Lisette, en cambio, se ve cómoda. Otra vez vuelve a taparse la boca con el vaso para disimular la risa.

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—No te rías —le dice Caballero—. Es tu trabajo. No es un chiste.

—Discúlpame.

—¿Cómo dijiste?

—Discúlpame… papá.

—Muy bien.

—Caballero se mete el dedo a la boca en busca de un pedazo de carne que sobró de la comida—. ¿Tú qué esperas, Julito? A caballo regalado…

Preferiría no tener que hacer lo mío enfrente de este gordo, pero no veo de otra. Empiezo a desamarrarme las agujetas.

—¿Qué edad tienes? —pregunta Caballero.

—Veinte —responde Lisette, con el choro bien pulido que tienen todas las putas. Me llamo Brittany, vivo en la Condesa, estudio diseño gráfico y son naturales…, significa me llamo Martha, vivo en un edificio culero de la Nápoles, para ganarme la vida abro las piernas y mis tetas, mis nalgas y mis pestañas son postizas.

—Desde ahora tienes catorce, ¿ok? Tienes catorce y estás en secundaria. Te acabas de ir a… —Caballero se detiene para meterse otra raya—… a extraordinario de física. ¿Te regañó tu mamá?

—Mucho —dice Lisette, todavía sin saber cómo meterse en el papel. Me quito los pantalones. Yo tampoco tengo claro qué hacer. Me acomodo la verga. Está arrugada y guanga. Lisette va a tener que hacer milagros para que se me pare.

—Quítate los calzones, Julito. ¿Si no cómo?

Lisette se pone de rodillas arriba del sillón, se recoge el pelo y se levanta el vestido hasta la cintura para que Caballero pueda verle las nalgas. Me baja los calzones y empieza a lamerme los huevos. Luego se la mete completa, con oficio. Apenas me doy cuenta de los pasos de Caballero, primero junto a mí y después a mis espaldas. Oigo el rechinido de la puerta del departamento que se abre y se cierra. Qué rara sensación quedarnos solos. En secreto, como si Caballero todavía pudiera oírnos, le pido a Lisette que se dé la vuelta. El sillón es tan angosto que me cuesta trabajo mantener el equilibrio, así que le rodeo la cintura y la cargo hacia la alfombra. Se pone en cuatro y para las nalgas. Se me olvida el trabajo, las juntas en la oficina, las visitas al senado y la pinche cena con Caballero. Llevo un rato dándole cuando se escucha que patean la puerta.

—¡¿Qué chingados está pasando aquí?! Es Caballero, en una entrada de policía de película. Trae la camisa arremangada, las manos hechas puños y la mandíbula de fuera. Lisette y yo intercambiamos miradas confundidas. Creo que ella no sabe si reírse o seguir cogiendo. Yo tampoco.

—¿Qué le haces a mi hija?

—Licenciado —le digo, o le pregunto, pero él no me da tiempo de pensar en qué más decirle o preguntarle porque se lanza hacia nosotros. Nadie pensaría que un gordo pudiera ser así de ágil. Lisette pega un grito y gatea tan rápido para alejarse de mí que el condón se le queda colgando en la vagina. Yo apenas tengo tiempo de reaccionar. Acabo arrastrándome como cangrejo, hombro a hombro con Lisette. Caballero se planta frente a mí, tan ancho que su espalda tapa el candelabro de la sala. Está a contraluz, así que no puedo verle la cara. Luego la escucho a ella gritar y me doy cuenta de que Caballero la tiene del pelo, zangoloteándola de un lado al otro. Cada vez que Lisette quiere decir algo, él vuelve a jalar.

—¿Qué clase de puta se pone a coger en la sala de su papá? Creo que Lisette intenta decir que no entiende qué está pasando.

—Así no te eduqué. Así no te eduqué, chingada madre.

—Perdón, perdón —dice ella. Su mano, acariciándome el brazo, me recuerda a esos insectos que, después de pisarlos, todavía sacuden las patitas.

—¿Conoces a este cabrón? ¿Es tu novio?

—No, no es mi novio.

—¿Te estaba violando entonces? —Caballero habla a punto de llorar, casi gruñendo—. Contéstame, carajo. ¿Te estaba violando este hijo de puta? Sin soltarla, se sienta en cuclillas entre nosotros y me pone una mano mojada sobre el muslo. —¡Contéstame!

—Me estaba violando, papi.

—No me digas eso, mijita.

—Me engañó, me amenazó. Ayúdame, papi. ¡Ayúdame!

Caballero gira hacia mí. Me dice hijo de tu reputísima madre en voz muy baja, apretando los dientes. Ojalá me diera a entender de alguna manera que esto es una broma, porque no recuerdo a otra persona así de encabronada.

—¿Crees que puedes venir acá a mi casa a cogerte a mi hija?

—¿Qué le pasa, licenciado? No-

—¡Tiene catorce años, cabrón! ¡Catorce! Va en secundaria. —Caballero señala a Lisette—. ¿Verdad, preciosa? ¿Verdad que vas en secundaria?

—Sí, papi. Me acabo de ir a extraordinario de física.

—¿Oíste? ¡En secundaria, cabrón!

—Licenciado… usted la contrató.

—¿Que yo la contraté? Cuidado con lo que dices.

—Es una escort. Una puta.

—No le digas puta a mi niña o te rompo tu madre.

—Soy Julio Rangel. Trabajo para el senador Luna Braun —le digo para ver si entra en razón—. Venimos de cenar en el Rincón Argentino.

—Lo que eres es un violador y te va a cargar la chingada.

—Mátalo, papi. ¡Mátalo!

—Tú cállate, pinche golfa —le grito.

Para Caballero, ese insulto es la gota que derrama el vaso. No he cerrado la boca cuando se me echa encima, apretándome la tráquea con sus pulgares. Me zafo empujándolo con el antebrazo, mientras Lisette le echa porras con yo diría que demasiado entusiasmo.

Caballero me corretea alrededor de los sillones. Busco algo, lo que sea, con lo que pueda defenderme, pero nomás encuentro libros y botellas bajo llave. Ni siquiera la chimenea tiene esas pinzotas de metal con las que remueven la leña. Corro hacia la escalera de espiral y, de un brinco, Caballero me atrapa del talón y me arrastra hacia abajo. Mi cuerpo cayendo por los escalones hace tak-taktak, las tablas se me clavan en la costillas, el abdomen y las nalgas. «¡Ahora sí, hijo de puta!», grita Caballero, agarrándome del pelo para zarandearme la cara. De un rodillazo consigo moverlo y luego me escabullo por el arco entre sus brazos y piernas. La entrada me queda más lejos que el balcón, así que decido salir y cerrar la puerta. Sigo desnudo. Los camastros para tomar el sol están bocabajo, la sombrilla cerrada y el piso lleno de plumas de paloma.

—Es mi hija. Mi hija. Ve nomás cómo la dejaste. ¡Vela, cabrón!

—Licenciado, no es su hija. Piense, carajo.

—Que sí soy su hija, pinche violador —me dice Lisette.

—No es chistoso, licenciado. Vea cómo me dejó el cuello. Ya estuvo, ¿no?

—Ahora te quedas ahí hasta que pidas una disculpa. Caballero le pone el seguro a la puerta.

—¿Y si no qué? ¿Le va a llamar a la policía?

—Ni esos cabrones te darían la madriza que te voy a dar.

—Ok, ok. ¿Si le pido una disculpa se tranquiliza y me deja salir?

Mi teléfono está adentro. Empieza a llover. De aquí a la calle hay por lo menos veinte pisos. —Pídele una disculpa, ándale.

—Perdón, Lisette.

—¿Perdón por qué?

—Por… no sé, ¿por… violarte?

—Y ora pídeme disculpas a mí por faltarme al respeto.

—Perdón por faltarle al respeto. ¿Ya me va a dejar entrar?

—Ora pídeme perdón, pero hincado. Le suelto un puñetazo al cristal y luego me azoto contra él. Ni se pandea. Debe estar blindado o algo.

—¡Abra la puerta! —Así menos te dejo salir. ¿O es entrar?

—Me estoy mojando, licenciado.

—Híncate y a pedir perdón.

—Híncate —repite Lisette.

Pongo una rodilla en el piso, cuidando no tocar uno de los charcos de caca de paloma que la lluvia ha ido aguadando. Caballero se ve enorme desde esta perspectiva. Lisette fuma y nos mira con compasión. Hombres, debe pensar. Ay, hombres. Vuelvo a pedir una disculpa y, con los dientes de fuera, Caballero le quita el seguro a la puerta.

Daniel Krauze: Estudió la carrera de Comunicación en la Universidad Iberoamericana y la maestría en Dramatic Writing en la Universidad de Nueva York (NYU). Es autor de Cuervos (Planeta, 2007). Actualmente es coeditor del sitio de Internet de Letras Libres.

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