Anacristina Rossi

LECTURAS |Tocar a Diana, de Anacristina Rossi

Anacristina Rossi, un referente de la literatura costarricense y centroamericana, nos presenta una novela que se adentra en los prejuicios sociales contra la sexualidad abierta y natural en manos de una mujer.

Ciudad de México, 4 de julio (MaremotoM).- -Vine acá para cambiar. Para que no me echen del trabajo.

-Vino acá para cambiar, sí. Una cura en el diván implica saber qué se juega. Hábleme de esa primera vez. Tomará las sesiones que sean necesarias.

-Es una historia larguísima.

Diana, su psicoanalista y el diván.

Así inicia Tocar a Diana (Alfaguara). A partir de esta primera escena en la que Diana confiesa su irresistible obsesión, empieza a narrar su vida con la ayuda de las intervenciones precisas y verosímiles de su psicoanalista.

Hija de una familia de la alta burguesía, con cuyos principios no se identifica y rechaza, escoge una rebeldía a la que sólo le ponen coto la naturaleza y su yegua. Hasta que descubre el amor y el sexo. Entonces comienza su búsqueda, primero del placer sexual y, después, de la razón de su pulsión erótica. Un estilo narrativo fresco, ágil, con distintas técnicas y voces, arropado por un lenguaje poético, de gran belleza pero duro y realista. Ésta es la nueva obra de Anacristina Rossi, que se adentra en espacios fuertes como los juicios sociales contra la sexualidad abierta y natural en manos de una mujer.

La novela erótica debe causar sensaciones en el lector y Tocar a Diana lo logra.

Anacristina Rossi
Tocar a Diana , de Anacristina Rossi. Foto: Alfaguara

I

—¿Uno de ellos le gusta?

—Sí, uno de ellos me gusta. Pero quiero hacer el amor con los tres, me comprende. Entregarme a los tres. Mostrarme. Ofrecerme desnuda y que ellos me besen, sobre todo entre las piernas. Sí, que me abran las piernas y me miren. Me admiren. Que me acaricien despacio y con paciencia todo el cuerpo. Que me metan la lengua caliente en el sexo y me chupen y me lleven al orgasmo. Y que después me penetren, primero el que me gusta y después los otros dos. Que se queden adentro de mí el tiempo que quieran. Y pasado eso, dormirnos desnudos, los cuatro abrazándonos, qué maravilla. En la última gira lo intenté. Salí de mi cuarto. Iba con una t-shirt y el calzón nada más, muy muy sexy, un calzón delgadito, mínimo. Pegué mi oreja a su puerta. Los oía hacer chistes, reírse. Estuve a punto de tocar y pedirles que abrieran y después, con humildad, rogarle, primero al que me gusta, que me hiciera el amor mientras los otros miraban. Y después, pedírselo a los demás. Sé que al principio se habrían espantado. Pero después habrían accedido, estoy segura. Se habrían enganchado en mi cuerpo, en mi pelo, en mis labios, mi piel. Porque sé que mi pelo largo y brillante les gusta, les gusta mi boca, y sobre todo mi cuerpo casi adolescente, lo he conservado así, delgado y musculoso a mis casi cuarenta, los he pillado observándome con admiración. Al final no me atreví. Me dio miedo que contaran y los directores de la ONG se enteraran y me despidieran. A mí me encanta mi trabajo. Pero además si no trabajo no como. Entonces cada vez que me muero de ganas de metérmeles al cuarto me digo: se enteran los jefes, me despiden y se mancha mi expediente laboral. ¿Quién va a querer contratar a una geógrafa zorra?

—¿Y por qué usted acepta salir de gira si le causa ese problema?

—Porque es lo mejor del trabajo de un geógrafo social: conocer el país. Estamos haciendo un estudio completo de seguridad alimentaria, región por región. Por eso salimos de gira cada quince días. No hay muchas geógrafas sociales, generalmente son hombres. Y en donde yo trabajo hay una: yo. Entonces me tocan giras con, digamos, tres o cuatro compañeros. Y a la hora de dormir ellos toman una habitación para los tres y a mí me dan una pequeña, yo sola. El problema es que entonces no puedo dormir.

—¿Por qué no puede dormir? —Pues por eso que le dije. Porque me entran unas ganas horribles, tremendas, de irme a meter a su cuarto y que me hagan el amor. Todos. Juntos.

Se lo conté a mi psicoanalista el primer día que me tendí en el diván, en noviembre, y a lo largo de las sesiones a menudo lo repito, variando tal vez las imágenes o el tono. Se lo digo de hecho cada vez que voy de gira y regreso exhausta, no por las caminatas, que son larguísimas pero me fascinan, ni por las entrevistas y el trabajo con la gente, que también me gustan mucho. Regreso agotada de desear por las noches entregarme a los dos, a los tres, inclusive a los cuatro, si son cuatro. Regreso de las giras exhausta porque en esas noches no puedo dormir, el deseo no me deja.

Mi psicoanalista generalmente permanece callado, pregunta uno que otro detalle. Hasta que por fin un día me dice:

—Lo que me llama la atención en esto que usted me cuenta repetidamente es que hay una especie de mandato. Es como un imperativo de estar con varios hombres. Dígame, ¿lo ha hecho?

—Sí, sí. Lo he hecho.

—¿Cuándo la primera vez?

—Tenía dieciocho años.

—Cuénteme.

—Tomaría muchas sesiones.

—Para eso vino acá, Diana. Para saber qué está en juego.

—Vine acá para cambiar. Para que no me echen del trabajo.

—Vino acá para cambiar, sí. Una cura en el diván implica saber qué se juega. Hábleme de esa primera vez. Tomará las sesiones que sean necesarias.

—Es una historia larguísima.

—Por eso mismo, empiece ya. Hable. Diga cuándo y cómo fue.

—Fue con Sergio. Cuando estaba con Sergio.

—¿Quién es Sergio?

—Sergio era… bueno, es mi primo segundo. Lo veíamos todo el tiempo pues le encantaban las tierras del Caribe donde tenían fincas mis abuelos Tazio y después papá y tío Arnoldo que las heredaron. Lo invitaban a las fiestas y tertulias familiares como si fuera primo hermano. Mi padre lo adoraba porque Sergio, después de terminar agronomía y zootecnia, había sacado una maestría en administración de negocios, abriéndose así al futuro, según ellos. Estábamos en mil novecientos ochenta, la Thatcher había cambiado el orbe —para mal, opino yo— y un año después Reagan reforzaría el cambio y, aunque en Centroamérica las cosas llegan tarde, ya se veía venir que hacer negocios y ganar montón de plata iba a ser lo único esencial. Pues ese muchacho abierto al futuro, como decían papá y tío Arnoldo, participaba en nuestras fiestas, pero desde sus veintidós, veinticuatro años, del lado de los adultos. Tenía diez años más que yo.

Fue en una reunión familiar donde el tío Arnoldo. Acababa de cumplir yo catorce y andaba muy incómoda pues me habían empezado a crecer unos botones en el pecho antes liso; dos botones que no sólo me estorbaban sino que eran cuernecitos sensibles que con sólo que algo los rozara me provocaban terribles ansiedades: ganas de correr llorando, de nadar desnuda, de montar a caballo sin los pantalones, de oír canciones de Lola Beltrán. Mamá me compraba camisetas ceñidas con el pretexto de que papá estaba pasando una pésima racha en sus negocios y eran las más baratas. Con eso era imposible disimularlos. A la fiesta donde tío Arnoldo llegamos papá, mamá, mis hermanos y yo directamente de la estación de tren, veníamos de nuestra finca predilecta: Santamaría, en el Caribe. Yo les rogué que me llevaran a la casa para cambiarme la camiseta por un vestido suelto, flojo, pero papá había dicho: “¡No! ¡Ya estamos atrasados!”

Mi vergüenza no les importaba en lo más mínimo.

Recuerdo que saludé y me fui a encerrar en el estudio de tío Arnoldo. Tomé Orlando furioso y me recosté en el sofá y abrí el libro. Siempre agarraba el mismo libro, ilustrado por Doré. Empecé a hojearlo, echada.

El estudio daba a un cuarto de baño y alguien salió.

Era Sergio. Debía haber salido por la otra puerta —ese baño, como todos los de la casa, tenía dos puertas— pero él escogió salir por la del estudio. Me senté. Puse el libro en el sofá y traté de cruzar los brazos para ocultar los pechos porque Sergio se había detenido. Pero lo que obtuve al rozarme los pechos fue un ramalazo quemante. Levanté la vista y me topé con sus ojos.

Yo sabía que eran unos ojos extraordinarios. De un color claro, casi miel, llenos de luces y sombras. Le miré los ojos despacito y me di cuenta de que las sombras no estaban en la pupila, que era toda marrón y llena de luz, la sombra estaba en las pestañas. Sergio tenía las pestañas más largas del mundo, además no eran lacias como las mías sino que se encrespaban casi hasta tocar las cejas. Son tan negras como si se pusiera rímel, pensé. Las de abajo eran igualmente espesas y crespas y el resultado de tan bonitos ojos era que Sergio parecía siempre estar soñando. De pronto me di cuenta de que Sergio me miraba los pechos y sentí sobre ellos el golpe de esa ensoñación. Y supe también, de golpe, que Sergio me gustaba.

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Se sentó a mi lado y me preguntó qué leía. Le enseñé el Orlando, que por lo demás no estaba leyendo y poco leí, lo que me fascinaba eran las ilustraciones. Se lo dije. “Dejame verlas”, me pidió, y se acercó aún más. Estiró un brazo para señalar no sé qué y sin querer o queriendo me rozó los pechos y una corriente peligrosa se unió a las sensaciones que ya conocía. Creí que me iba a disolver. Porque no me rozaba los pechos, me los tocaba: su brazo se había quedado allí señalando un dibujo y al mismo tiempo apretando mis cuernecitos. La sensación intensísima que me provocó no se limitó a mis pechos, me electrizó completa. Sergio no retiraba el brazo, más bien al contrario, yo sentía que presionaba y que eso le gustaba mucho. Luego de observar la ilustración me miró con los ojos entornados y después los cerró pero dejó los labios entreabiertos. Presionó más fuerte con su brazo y sin abrir los ojos murmuró: “Ay, Diana”. Así se quedó. Al rato se levantó y me preguntó por qué no estaba en el salón con los demás. Yo me ruboricé, no me salía la voz, no lograba creer que me hubiera apretado los pechos cerrando los ojos y diciendo: “Ay, Diana”, él, con novia y con veinticuatro años y terminando la universidad. Entonces me guiñó un ojo y salió del estudio y se integró a la fiesta, dejándome totalmente descuadernada.

Era la primera vez que me gustaba un muchacho. Catorce años y no había tenido novio ni me había sentido nunca atraída por nadie.

Me dio por pensar todo el día en Sergio. Y de pensar en Sergio se me quitó el hambre y no podía dormir. “Muchacha, estás horrorosa”, decía papá, “flaca como perro callejero”. Pero no podían quejarse mucho porque aparte de la inapetencia y el insomnio en lo demás yo era normal: obediente, estudiosa, sacaba las mejores notas de la clase.

Cuando llevaba meses desganada e insomne me llevaron al médico. “Es la pubertad”, dijo el doctor. Recetó vitamina B12 y unos comprimidos de valeriana para dormir —se llamaban Neurinase—. Con eso la enfermedad de amor pasó de aguda a crónica. Más tarde se atenuó sin desaparecer. Se atenuó porque íbamos a la finca Santamaría donde estaba una yegua increíble que me había regalado papá: Rosa, y a pesar de que la llovedera del Caribe le botaba el pelo, para mí era el animal más hermoso del mundo: una pasitrotera muy joven, recién amansada. Montarla me ponía feliz. Además, el aire tibio y húmedo del Caribe me relajaba.

Pasó ese año, cumplí los quince, me estiré. Los cuernitos pasaron a ser pechos verdaderos, redondos y duros. Mamá me compró por fin sostenes, sacándome de la vergüenza.

A partir de los quince viví dos años de semitranquilidad en que la gana espantosa de estar con Sergio solamente me quemaba cuando lo veía: en las reuniones familiares y cuando iba a casa a consultarle a papá detalles agrícolas o de negocios. Entonces yo me tapaba los ojos para no sufrir.

Durante esos dos años de casi equilibrio la vida fue una sucesión de imágenes, sí, la vida se parecía a los dibujos de un libro de cuentos. Hasta la caminata matinal para ir a tomar el bus del cole era como un teatro de marionetas: divertida, predecible. Es decir, tenía diecisiete pero me encontraba aún en la infancia. Además, mi hermano Renato, que había aprendido a tocar desde los diez, se abstraía en nuestro único lujo: un piano Steinway vertical. Oírlo tocar el Claro de luna de Beethoven me solazaba.

Todo parecía estar bien, mis hermanos menores quietecitos, Renato extendiendo su música por la casa y mamá sin enojarse. Los fines de semana lluviosos en la finca leía todo lo que me recomendaban en el colegio: Sartre, Camus, El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. Algunos los conseguía en la biblioteca del cole, otros me los robaba de las librerías porque, aunque no fuera siempre cierto, papá decía perennemente estar en mala situación y aullaba cada vez que yo le pedía plata para libros.

Yo quería mucho a Abu, mi abuela paterna, que era viuda —mi abuelo Tazio había muerto amansando un caballo que lo botó y le quebró la espina dorsal—, y vivía sola y nos acompañaba a veces a Santamaría. Una tarde, viendo a mamá acercarse, me confesó: “Coralia jamás debió casarse con tu papá, un hombre tan frágil. No solamente la metió en dificultades económicas. Tampoco pudo salvarla y salvarlos a ustedes de…”

“¿De qué, Abu?”

No me contestó. Pocos meses después Abu murió y fue como si el mundo se resquebrajara. Abu quedó para siempre detenida en el minuto antes de decirme un secreto que aparentemente nos concernía a todos; quedó inmóvil y fija mirando con lasitud la belleza angustiada de mamá.

Abu murió y yo me quedé sin saber y se rompió también el equilibrio. Pero el equilibrio y las imágenes de libro de cuentos se rompieron también por otras cosas: en la última reunión de familia los adultos habían discutido fuertemente sobre unas inversiones que papá había hecho con dineros comunes —entre ellos la plata de Abu— pero sin consultarles, y el problema era que los negocios en los que papá había invertido se habían ido a pique.

Mi psicoanalista interrumpe:

Hábleme de su relación con Abu.

—Abu era una lectora voraz y me enseñó a leer cuando yo tenía tres años. En unas vacaciones en Bijagual. A veces ella venía con nosotros a Bijagual.

A ver, esto se está complicando. En la primera sesión usted mencionó Bijagual. Allí conoció a su único marido.

—Marido no. Jamás me casé. Se puede decir “marido de hecho” porque vivimos en unión libre cinco años.

—Como usted quiera, pero ¿qué es Bijagual?

—Una finca chiquita de mis abuelos maternos en un lugar muy remoto, el norte de Guanacaste. Durante mi infancia estaba sembrada de arroz. Tenía unas playas magníficas de arena blanca y mar azul. Pero a mí no me gustaba.

¿Por qué?

—Guanacaste es la provincia seca y a mí me molestaba el sol ardiente. Me encandilaba, me agobiaba. En Bijagual Abu me enseñó a leer, pero esa alegría la asocio con Abu y no con la finca. Me estoy acordando de algo raro: cuando nos acompañaba a Bijagual Abu siempre estaba con nosotros, sus nietos, no nos dejaba nunca solos. Bueno, prosigo; después de que Abu murió y salieron a relucir las malas inversiones donde se perdió la herencia que ella nos había dejado, a papá se le diagnosticó otra vez depresión…

Hábleme de las depresiones de su papá.

—Siempre eran por quiebras, por problemas de negocios. Se metía en la cama. Pero a veces se tambaleaba al borde de la bancarrota y no le daba depresión. Muy raro.

—¿Y por qué Abu decía que su papá era frágil?

—Era frágil cuando huía del mundo y se metía en la cama. Y tal vez también por eso que no me llegó a contar que papá no había podido salvarnos de algo…

—¿Qué asocia?

—Las casas. Porque lo que sí pasaba, en todas las quiebras, era que nos teníamos que pasar a vivir a la casa de mis abuelos maternos. Y cuando mis abuelos maternos murieron, a una más pequeña y más barata. La casa en que vivíamos en el tiempo que le estoy contando, cuando yo me enamoré de Sergio y después Abu murió y papá quebró y se deprimió, era la casa diminuta a la que nos habíamos pasado en la anterior ruina.

—¿Y por qué era angustiada la belleza de su mamá?

—Mamá era preciosa físicamente, pero ya tenía en la cara un rictus trágico. La habían desmoralizado las quiebras, verse obligada a volver a casa de sus padres.

—Hábleme de ellos, sus abuelos maternos.

—Ahora no, por favor. Perdieron la vida en un accidente de avioneta cuando yo tenía trece. Escúcheme: en mi última gira de trabajo pasé despierta toda la noche, no me permití dormir. Me dio miedo metérmeles al cuarto sin darme cuenta, sonámbula. Déjeme seguir con la historia de Sergio para llegar a lo sexual, que es lo que me martiriza.

—Está bien.

Anacristina Rossi
Anacristina Rossi. Foto: Alfaguara

Anacristina Rossi nació en Costa Rica y vivió largo tiempo en el extranjero. Entre sus novelas destacan María la Noche (1985), Premio Nacional de Novela de Costa Rica, traducida al francés por Actes Sud en 1997; La Loca de Gandoca (1992) con casi un millón de ejemplares vendidos, considerada la primera novela ecofeminista de Costa Rica y probablemente de Centroamérica; Limón Blues (Alfaguara, 2002), Premio Latinoamericano de Narrativa José María Arguedas en Cuba en 2004; Limón Reggae (2007), traducida al italiano por Aracne en 2010, y La romana indómita (2016). Sus cuentos han sido traducidos y publicados en antologías tan diversas como Novel of the World (Fondazione Mondadori, Milán 2015), 13 Ficciones del país sin soldados (UNAM, México, 2015) y Los cuentos que Pessoa no escribió (Madrid, 2018). Es autora de un cuento para niños sobre el cambio climático:Ana Rana tiene sed (2015).

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