Todo mi Cioran

LECTURAS | Todo mi Cioran, de Fernando Savater

“Escribí este libro con una libertad de espíritu que no he vuelto a tener nunca”, ha dicho Fernando Savater.

Ciudad de México, 2 de septiembre (MaremotoM).- Emile Cioran (1911-1995) fue sin duda un gran escritor, un estilista de primera clase, un humorista cuyo sarcasmo no siempre resultó evidente para los lectores apresurados. En este ensayo, recomendado por el propio Cioran como uno de los mejores escritos sobre su obra, Fernando Savater —que tradujo y promovió los textos de Cioran en España— destaca las claves esenciales de este pensador multiforme y subraya su radicalidad, ferocidad e independencia.

“Es grato comprobar —concluye Savater— que aunque mi viejo y admirado amigo se quisiera un maestro de decepciones sigue siendo semillero de búsquedas, de vocaciones nuevas.” Sin duda esta vitalidad bien disimulada en la desesperación justifica la pertinencia de esta edición actualizada, que incluye nuevos artículos.

Todo mi Cioran
Todo mi Cioran. Foto: Cortesía

Fragmento del libro Todo mi Cioran, de Fernando Savater, con autorización de Ariel.

Designio y tarea de la lucidez

El verdadero vértigo es la ausencia de locura

Será preciso determinar, en primer término, lo que vamos a entender aquí por lucidez.Como no pretendo utilizar esta palabra de un modo especial o inusual, deberé atenerme a la definición que de ella me brinda el diccionario; quizá en tal definición podamos encontrar aquellos rasgos que quisiéramos destacar aquí y que caracterizarán el empleo que este término reciba en las siguientes páginas. Leemos en el Diccionario de uso del español, de María Moliner, Editorial Gredos, 1971: «Lucidez: condición de lúcido. Lúcido, a: luciente, luminoso o transparente (aplicado a las personas y sus ideas): muy claro o capaz de discurrir con extraordinaria claridad. Clarividente (aplicado al estado de personas o de su mente): en condiciones de pensar normalmente. Despejado de fiebre o libre de delirio o de locura, en un intervalo entre dos accesos». Es obvio que toda esta definición nos es, de un modo u otro, necesaria, tal como iremos viendo más adelante. Pero ya desde ahora quisiera destacar una característica, que quizá sea la más importante para entender el uso del término en la obra de Cioran; se trata de la nota definitoria expresada en la última línea de la cita del diccionario que he transcrito: «Despejado de fiebre o libre de delirio o de locura, en un intervalo entre dos accesos». El lúcido está libre de fiebre, delirio o locura; es, por un momento, la normalidad misma: representa el pensamiento que no se deja arrastrar. Pero tal condición es inestable; la lucidez se alcanza como intervalo entre dos accesos de arrebato, es sólo un islote luminoso en la turbia condición del delirante. «Entre dos accesos»; es decir, que la embriaguez vuelve siempre. Cada momento de lucidez puede ser el último. En la fiebre podemos instalarnos, de hecho estamos instalados en ella; la lucidez es un penoso equilibrio en el que no podemos mantenernos largo tiempo, algo así como alzarse de puntillas para atisbar por encima de una tapia, sabiendo que no podremos perseverar en tal postura largo rato. La principal e indubitable certeza que alcanza el lúcido es que dejará de serlo.

Fiebre, delirio, locura: hechizo. En tal sentido manifestó Ludwig Wittgenstein la tarea de la filosofía como «una batalla contra el embrujamiento (Verhexung) de nuestra inteligencia por medio del lenguaje» (Investigaciones filosóficas). Wittgenstein señala el lenguaje como origen del embrujo y, sin duda, Cioran no recusaría este dictamen. ¿Qué otra cosa puede hechizarnos sino las palabras? ¿Dónde podrían radicarse nuestra fiebre y nuestro delirio salvo en el discurso? De antiguo sabemos que la humilde lasitud de nuestros sentidos no sabe mentir: sólo nuestra interpretación de sus datos —es decir, el momento en que éstos se incorporan a lo lingüístico— puede engañar y engañarnos. Quizá lo que esté más próximo de la fiebre o el delirio, para Cioran, sea el deseo; pero el deseo, en todas sus facetas más significativas para la razón, en las que lo determinan como motor de la acción, como proyecto, como obcecación, está vinculado inapelablemente a los mecanismos del lenguaje: Freud y Lacan han girado en torno a esto: la clave de la humana inaptitud para el goce es la imposibilidad de un deseo mudo, no mediado por las leyes de la oferta y la demanda de la economía verbal. El hechizo de las palabras nos abruma y nos define; pero la vida misma, tal como la padecemos, se cifra en ese embrujo. Alzándose contra la ilusión del lenguaje, la lucidez se enfrenta con la vida; y ¿qué decir de la expresión de la lucidez, que enfrenta a las palabras con las palabras y subvierte la posibilidad misma de una explicación? Nada más comprensible, considerando esto, que la fragilidad constitutiva de esta postura, siempre amenazada por la recaída en el hechizo.

Una primera distinción que conviene subrayar es la que diferencia entre conciencia y lucidez. La conciencia, tal como la define Hegel, «es la relación determinada del Yo con un objeto» (Propedéutica filosófica, Segundo Curso) y, al menos en su nivel sensible, puede extenderse a todos los seres vivos sin especial abuso. Pero «la conciencia no es la lucidez. La lucidez, monopolio del hombre, representa el desenlace del proceso de ruptura entre el espíritu y el mundo; es necesariamente conciencia de la conciencia y, si nos distinguimos de los animales, el mérito o la culpa es suya» (CT). Ya tenemos una primera e importante nota definitoria de la lucidez: es la culminación del proceso de ruptura entre el espíritu y el mundo. La condición esencial de la lucidez es el desgarramiento. El discurso del mundo y el discurso del discurso —el espíritu— se acomodan sin rechinamiento hasta que la lucidez marca la solución de continuidad entre ambos —mejor: marca la discontinuidad entre cada uno de ellos y sí mismo, una vez demostrado que ambos son idénticos—. Y esto, aun sabiendo que: «El lenguaje y su universo, el universo y su lenguaje, son cosas diferentes la una de la otra a pesar de todo, no por otra razón sino porque ellos sostienen que son cosas diferentes y esa pretensión —real— es el primer fundamento de estructura de la realidad total en que ambos se suman, identifican o confunden. De manera que podemos vislumbrar cómo ambos son en verdad lo mismo (…); si en cambio con nuestra descripción unitaria afirmáramos nosotros a nuestra vez que ambos son lo mismo, en el mismo momento en que estaríamos diciendo acaso la verdad más honda, en el mismo estaríamos diciendo realmente una mentira. Las fantasías de la realidad son realidades, y suprimirlas meramente hablando no es manera de suprimirlas» (A. García Calvo, Lalia, Siglo XXI, pág. 227). Entre los dos discursos supuestamente diversos y secretamente correspondientes, es decir, entre la palabra y su significado, la lucidez destaca esa fisura que el Orden todo trata de restañar. Quizá lo irreductiblemente propio del hombre no es crear la convención de un lenguaje, sino recordar, en algunos momentos privilegiados, que se trata de una convención.

Ruptura entre el espíritu y el mundo que se consuma al revelarse lúcidamente el funcionamiento de la ficción. El delirio se desvanece por unos momentos y el lúcido queda separado del mundo; pero, sobre todo, queda separado de los otros hombres. El hiato que más vértigo le proporciona es el que se abre entre él y su prójimo enfebrecido, es decir, entre él y ese frenético que era él mismo hace unos instantes. Seguirá intentando reproducir los mecanismos de la vida, pero le fallarán los resortes; advertirá hasta qué punto la normalidad completa le condena a la extrañeza y la plena disponibilidad, a la ineficacia. «Una vez desvanecida la fiebre, hete ahí desembrujado, excesivamente normal. Sin ninguna ambición, luego sin ningún medio de ser alguien o algo; la nada en persona, el vacío encarnado: glándulas y entrañas clarividentes, huesos desengañados, un cuerpo invadido por la lucidez, purificado de sí mismo, fuera de juego, fuera del tiempo, suspendido de un yo fijado en un saber total sin conocimientos. Una vez huido el instante, ¿dónde volver a encontrarlo?, ¿quién te lo volverá a dar?, por doquiera frenéticos o hechizados, una muchedumbre de anormales de los que la razón ha desertado para refugiarse en ti, en el único que lo ha comprendido todo, espectador absoluto, perdido en medio de los engañados, por siempre reacio a la farsa unánime. Como el intervalo que te separa de los otros no cesa de agrandarse, llegas a preguntarte si no habrás percibido alguna realidad que se escapaba a todos. Revelación ínfima o capital, cuyo contenido te seguirá siendo oscuro. La única cosa de la que estás seguro es de tu acceso a un equilibrio inaudito, promoción de un espíritu sustraído a toda complicidad con otro. Indebidamente sensato, más ponderado que todos los sabios, así aparece ante ti mismo… Y si te pareces, empero, a los frenéticos que te rodean, sientes que una minucia te distinguirá por siempre de ellos; esa sensación, o esa ilusión, hace que, si ejecutas los mismos actos que ellos, no pongas en ellos el mismo ímpetu ni la misma convicción. Hacer trampa será para ti una cuestión de honor, y el único medio de vencer tus “accesos” o de impedir su retorno. Si has precisado para ello ni más ni menos que una revelación, o un derrumbamiento, deducirás que los que no han atravesado una crisis semejante se hundirán más y más en las extravagancias inherentes a nuestra raza» (HU). Sólo el engaño, la comedia que mimetiza una vida cuyos placeres desprecia y de cuyos fines descree, puede colmar, irónicamente y siempre en falso, la discontinuidad que aleja al lúcido del resto de los mortales.

Dos palabras fundamentales, en el texto de Cioran, para acotar el designio de la lucidez: dupe y éveil. Es preciso evitar el engaño, desengañarse plenamente; a tal desengaño plenario se le llama «despertar», término cuyas resonancias místicas y orientales no es preciso subrayar. Veamos cómo son empleadas estas dos expresiones en la descripción de uno de los grandes lúcidos de nuestro tiempo, Valéry: saber desmontar el mecanismo de todo, puesto que todo es mecanismo, suma de artificios, de trucos o, para emplear una palabra más honrosa, de operaciones; ocuparse de los resortes, transformarse en relojero, ver dentro, cesar de estar engañado (cesser d’être dupe), esto es lo que cuenta a sus ojos. El hombre, tal como él (Valéry) lo concibe, no vale más que por su capacidad de no-consentimiento, por el grado de lucidez que haya alcanzado. Esta exigencia de lucidez hará pensar en el grado de despertar (éveil) que supone toda experiencia espiritual, y que será determinado por la respuesta que se dará a la cuestión capital: «¿Hasta dónde has llegado en la percepción de la irrealidad?» (VI). Se trata, nuevamente, de purgarnos del hechizo que la vigente explicación del mundo nos inflige: lo artificioso se presenta como natural, lo preparado como espontáneo, lo arbitrario como necesario, la argumentación que sostiene todo el tinglado como el simple reflejo de la realidad misma. El que despierta no abre los ojos a una realidad positiva, sino que más bien percibe los vacíos que agujerean el texto del mundo; más que emborracharse de luz, el despierto se sensibiliza a la oscuridad fundamental que la policromía ilusoria de lo que hay pretende enmascarar. Dejar de estar engañado, despertar, es constatar hasta qué punto toda explicación encubre una apología, toda coherencia una falacia; las palabras que el despierto emplea para disipar la ilusión no son más seguras ni mejor fundamentadas que aquellas con las que la ilusión se proclama a sí misma, pero, al presentarse como pura negación de las anteriores, tienen menos pretensión de durar. Si se estableciesen a su vez, con las mismas aspiraciones a lo explicativo y lo coherente que las anteriores, sería señal indudable de que otro acceso de fiebre había hecho presa en el momentáneamente despejado y que el despierto dormía de nuevo.

Despojada de la ilusión, la lucidez se atarea en desnudar las raíces de las teorías, la articulación de las consecuencias de cada pensamiento. La cosa no es vista en su sucesión razonable de aspectos, tal como el orden del mundo —que no gusta de apresuramientos, según advirtió Hegel— exige, sino que se percibe simultáneamente en su anverso y su reverso, como si súbitamente perdiese el espesor. La mirada penetra y desnuda la opacidad de su objeto, volatilizando la argumentación que le ampara. Esta visión clarividente, esta «percepción de la irrealidad», excluye el ingenio para encontrar soluciones a las deficiencias vislumbradas. Quien alcanza la lucidez se despoja de inmediato de la pasión de remediar. Lo propio del discurso lúcido, su resultado más evidente, es el diagnóstico, pero un diagnóstico que excluye o se burla de la idea de curación. La maraña verbal se despeja y la solidez de lo real vacila: en lo primero que el despierto progresa es en desconfianza… «El ser vivo percibe existencia por todas partes; a partir del momento en que se despierta, a partir del momento en que ya no es naturaleza, comienza a descubrir lo falso en lo aparente, lo aparente en lo real, para acabar por sospechar de la idea misma de realidad» (CT). La sospecha y la duda preceden al diagnóstico que señala la deficiencia en el manto verbal que cubre al rey del mundo. Se empieza por gritar que el rey va desnudo, pero se acaba por dudar de su misma realeza, es decir, de su «realidad»… Lo que domina de hecho aspira también a dominar de derecho: por eso la realidad no renuncia a ser pensable y por eso la duda es la forma de subversión más radical que puede darse. Las certezas apoyan la vida, mantienen su estabilidad y acunan sus modestos prestigios; «la prosecución de la duda, por el contrario, es debilitante y malsana; ninguna necesidad vital, ningún interés la preside. Si nos internamos en ella es que muy probablemente una fuerza destructiva nos determina a ello» (CT). Sólo el conocimiento determinado por la duda merece ser llamado desinteresado; es el único con el que no sabríamos qué hacer: compromete las perspectivas de nuestro futuro y desvanece las ilusiones de nuestro pasado. Nunca se duda «con vistas a»: por eso la duda es inenseñable. Libre de las fidelidades conservadoras a lo pasado y de las urgencias prácticas de lo porvenir, el escepticismo es el perfecto presente del pensamiento. El diagnóstico de la lucidez es siempre negativo, como cuadra a una ruptura, a una solidaridad entre el espíritu y el mundo. El despierto no se consolida en la luz, sino que ve desvanecerse las pretendidas solideces que le rodean, le sustentan y, secretamente, le acongojan. Esta fidelidad a lo negativo es lo que da a la lucidez su carácter inmanejable.

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Este carácter inmanejable es la causa de la incompatibilidad entre lucidez y pedagogía. Entiendo aquí por pedagogía algo más que la simple transmisión de las reglas ortográficas, aritméticas o de los rudimentos técnicos de algunas industrias; me refiero, fundamentalmente, a la transmisión institucionalizada administrativamente de una concepción más o menos coherente del mundo y de las pautas de conducta recomendables o reprobables que el hombre puede seguir en él. La pedagogía pretende enseñar a ser, a estar en el mundo del modo más productivo y menos conflictivo posible; inevitablemente, conforma para la conformidad: su misión es ocupar el espíritu, pero no comprometerlo. Lo que pedagógicamente puede transmitirse son las reglas generales que apoyan la validez del discurso del mundo: sólo dentro de esas reglas puede admitirse que el mundo sea perfeccionable. Una cierta aceptación de lo vigente es condición sine qua non para poder enseñar algo: no hay modo de transmitir lo intolerable. La pedagogía, saber del mundo acerca de sí mismo, tiene siempre una meta: es un conocimiento orientado hacia un mejor estar en el mundo, la condición de aprovechable le es inherente. Comparémoslo con la lucidez que carece de meta, de motivo y de provecho —que apenas podemos decir siquiera que es algo buscado por quien la halla y al que no aporta sino zozobra e incompatibilidad con la vida—. El saber de la pedagogía es acumulativo, progresivo, avanza por un gradual acopio de conocimientos; la lucidez, en cambio, se asemeja a una especie de brusca revelación que en repetidas ocasiones se ha designado con la palabra «despertar». Es cierto que podemos hablar de cierta gradación en el acceso al fondo de la lucidez, pero es la de la repetición de esos despertares reveladores y la intensificación de la percepción en ellos alcanzada, no el aumento de ningún tipo de conocimientos positivos; de algún modo, si nos permitimos decir —irónicamente— que la lucidez progresa, podemos afirmar que lo hace por sucesivos despojamientos y no por acumulación: avanza mutilando, privando de cosas preciosas a quien, por vicio o azar, se convierte en presa suya. La pedagogía exige contenidos, la lucidez destruye los existentes, haciéndolos redundantes, superfluos, inconsecuentes o ridículos. En su categoría de saber sin contenido se aproxima a ese «no saber» que constituía el núcleo de la «experiencia interior» para Georges Bataille, aunque el estilo de este pensador —embarullado, pretencioso y, frecuentemente, menos expresivo de lo que él cree— desvirtúe a veces su fundamentalmente válida descripción de la lucidez.

Fundada en lo diverso, en la pluralidad de conocimientos «esenciales», la pedagogía es mucho más variada que la lucidez y acusará al discurso de ésta de monotonía: quien padece la superstición de las novedades informativas, nunca advertirá que sólo el error es entretenido.Pocas variaciones caben en lo esencial, mientras que lo accesorio se define como aquello que cambia todos los días. Por otra parte, la pedagogía se caracteriza por ser origen de actos, cuya necesidad fundamenta, cuyos objetivos clarifica y para cuya realización proporciona las técnicas adecuadas. La lucidez, en cambio, no favorece la acción, aunque tampoco es exacto decir que la imposibilite; he tratado el tema en otro sitio —vid. Nihilismo y acción, Editorial Taurus, 1970— y en este mismo ensayo espero discutirlo más adelante; baste ahora con decir que la lucidez corroe las razones para actuar, pero quizá no la acción misma, en cuanto entrega a la indeterminación y al azar o, por llamarlo más misteriosamente, al destino. Pero cuando se habla de acciones se entiende, habitualmente, acciones útiles, respetuosas de las coordenadas de practicidad y provecho personal y público que el sometimiento a la Ley de Dios —vulgo sentido común— imponen; si tal es el caso, evidentemente la lucidez es por completo inmóvil y de ella no se deriva acción alguna ni se facilitan las que deriven de otras instancias.

En resumen: la pedagogía aspira a un adoctrinamiento y pretende realizarse en un aprendizaje, mientras que la lucidez se cumple en una experiencia. La acumulación de conocimientos, lo que habitualmente se entiende por sabiduría, no hace avanzar ni un paso hacia esa paradójica clarividencia que se hurta a quienes creen poseer los méritos intelectuales para merecerla; en cierto modo, los variados fragmentos con que el sabio adorna su caleidoscopio mental son precisamente los sueños que impiden acceder al despertar. Advertir su carácter ilusorio es aproximarse ya al momento de abrir los ojos; tal como dijo Novalis: «Quien sueña que sueña está próximo a despertar». Por eso Cioran separa radicalmente la lucidez de cualquier tipo de ilustración: el ilustrado no tiene más probabilidades de llegar a la clarividencia que el analfabeto: «El despertar es independiente de las capacidades intelectuales: se puede tener genio y ser un necio [o iluso, “niais”, F.S.], espiritualmente, se entiende. Por otra parte, el saber tampoco nos hace avanzar mucho. El “Ojo del Conocimiento” puede ser poseído por un iletrado, que de este modo se encontrará por encima de cualquier sabio». Y añade: «Discernir que lo que tú eres no eres tú, que lo que tienes no es tuyo, no ser cómplice de nada, ni siquiera de la propia vida —esto es ver justo, esto es descender hasta la raíz nula de todo—» (MD). Ya Lao-Tsé afirmó que el modelo del auténtico sabio es el idiota o, quizá aún más, el cadáver. Es un alelamiento conseguido a través de la clarividencia, un intento, como dirá Cioran en otro lugar, de alcanzar «al ángel o al idiota con los medios de la lucidez» (TE).

Se dirá que esto es mística. Palabra peligrosa, desprestigiada entre todas, que Cioran maneja y estudia con frecuencia. Confesar la mínima colusión con la mística nos hace reos de los dos máximos pecados contra el espíritu moderno: el irracionalismo y la ineficacia. Quien se reclama en cualquier grado de la mística o no se afana en marcar con nitidez las distancias que lo separan de ella —pienso en el Bataille de La experiencia interior—,renuncia a la atención de su improbable lector: todo el mundo se sentirá dispensado de comprenderle o de extraer algo inteligible de su lectura. Sólo será gustado por quienes le agradezcan la oportunidad de poder frecuentar un texto oscuro sin tener que hacer ningún ingrato esfuerzo para entenderlo; éstos alabarán precisamente sus tinieblas y se sentirán decepcionados o traicionados si encuentran un razonamiento claro o un dictamen cuyo sentido cualquiera pueda captar. Despreciado por el ilustrado y el racionalista, la condena del místico se redondea al convertirse en estímulo de papanatas. Pese a todos estos riesgos, es inevitable relacionar la mística con el tema de la lucidez. La lectura de los místicos inspira a Cioran algunas de sus páginas más agudas, en las que más adelante nos detendremos; aquí sólo mencionaremos los paralelos entre mística y lucidez. Como ya se habrá advertido, muchos de los términos que hemos empleado para caracterizar a la lucidez provienen de los vocabularios místicos de Oriente y Occidente: despertar, ver, desengaño, experiencia, revelación… El mismo embarazo lingüístico se padece al hablar de ambos temas; en los dos existe la misma alarmante facilidad para resbalar insensiblemente de lo penetrante a lo trivial, con sólo que se relaje un poco la eficacia estilística o se pretenda alargar hasta las dimensiones de lo enunciable la fugacidad de un momento único. Pero, sin embargo, también las diferencias son muy notables: la mística acompaña a la lucidez, en la mayoría de los casos, hasta el final de su camino desvanecedor de ilusiones, pero lo prolonga y lo ampara con la fe en una revelación salvadora. La mística es la lucidez más —o menos— una creencia. «Todo analista implacable, todo denunciador de las apariencias, con mayor razón todo “nihilista”, no es más que un místico bloqueado, y esto únicamente porque le repugna dar un contenido a su lucidez, doblegarla en el sentido de la salvación, asociándola a una empresa que la supera» (VI). El místico puede haber renunciado a todas las ilusiones, menos a una: la de salvarse.Y esto es innegable, aunque la forma de salvación que elige, y en la que cree, pasa por una perdición aparentemente completa de sí mismo. Aparentemente: se pierde todo, menos aquello que se reserva para que sea salvado. No es preciso subrayar que esta referencia está mucho más fundada en los místicos cristianos que en los orientales y que, entre estos últimos, la barrera entre lucidez y mística es a veces poco más que la elección de una forma de expresión, más o menos personalizada, es decir, divinizada. Pero ¿no es la creencia en la salvación el fundamento último de toda creencia? Y también su amenaza y su corrupción, tal como Borges opinó que el concepto de infinito es amenaza y corrupción de los restantes conceptos. Querer salvarse es, de algún modo, no haber entendido del todo, guardar aún la esperanza como último prejuicio. La disolución de la apariencia que la mística lleva a cabo desemboca en el establecimiento de una apariencia futura —la de nosotros mismos salvados, transfigurados, reconciliados con lo que sea— que corroe el presente y lo trivializa. Al leer a un místico se pregunta uno cómo se puede interpretar tan mal lo que se siente tan bien: ¿es posible que quien haya alcanzado un desengaño tan completo como Miguel de Molinos pueda aún rezar el credo sin enrojecer?

El lúcido está amenazado por la fatiga del vacío; sin más plenitud que la ausencia de todo contenido, daría su vida por una ilusión convincente. «Haber vivido siempre con la nostalgia de coincidir con algo, sin, en verdad, saber con qué… Es fácil pasar de la incredulidad a la creencia o inversamente. Pero ¿a qué convertirse y de qué abjurar, inmerso en una lucidez crónica? Desprovista de sustancia, no ofrece ningún contenido del que pueda renegarse; está vacía y no se reniega del vacío: la lucidez es el equivalente negativo del éxtasis» (MD). Equivalente negativo: es decir, la misma plenitud, pero en la nada. El desengaño ya no puede moverse de la lucidez; místico bloqueado, no puede orientar su éxtasis hacia nada; está condenado a ver. Como ya dijimos que la lucidez es un estado transitorio entre dos accesos de fiebre, cabe esperar a que se le pase; pero este consuelo es irrisorio, pues el engañado ya es otro y el lúcido no puede imaginarse a sí mismo más que vidente y desconsolado. ¡Si pudiera poner su terrible virtud al servicio de algo, aunque no fuese más que de sí mismo…! Pero esto sería suponer que la lucidez es para él un útil, que la posee, en lugar de ser poseído por ella, como es el caso. Sólo le queda gozar de su éxtasis negativo tal como el místico disfruta el suyo: con entrega, con desgarramiento, con exaltación. Le corresponde el negro orgullo de probar con su propia persona que no es precisa ni siquiera esa última ilusión de esperar algo del desengaño; después sólo le quedará librarse de ese último orgullo de no tener ya ilusiones…

Tal como el místico, el clarividente alcanza sus cumbres —o sus abismos— de lucidez a favor de ciertas experiencias que se producen en momentos únicos; el deseo, el dolor, el pánico a la muerte son algunas de las principales. El texto del mundo que da cuenta de ellas es particularmente inconsistente, tiene desgarrones, no cumple sus promesas. Pongamos el miedo a la muerte como ejemplo: quien, en el alto horror de cualquier noche, ha vislumbrado lo que significa cesar, más allá de cualquier imagen dramática o macabra, sufrirá un choque imposible de olvidar o minimizar; presentirá que, desde ese punto, deberá construir su vida de espaldas a lo que ha percibido esa noche, pues nada puede vivir bajo la sombra letal de lo inevitable. Esa experiencia puede convertirse, de este modo, en una especie de ruido sordo, inconsciente, que sirva de fondo a su cotidianidad, poniendo en ella un punto de inexplicable zozobra; pero también pudiera llegar a alumbrar cada cosa con su luz depredadora, robando la solidez y el bulto a todo lo existente, al Ser mismo, contagiando cada palabra y cada justificación de la niebla de vacuidad que introdujo el pánico en aquella noche. Se trata de aprovechar la experiencia terrible, el momento único, en favor de la lucidez; probablemente es el azar quien dice la última palabra, aquí como en todo, pero no cabe duda de que es posible cierta predisposición a la clarividencia, una especie de ansia de abismos que bien podemos incluir entre las manifestaciones psicopatológicas, si así nos acomoda. Hay quien vive al acecho de esos fallecimientos que cuartean la solidez del mundo, quien padece como si de una ofensa personal se tratase —y se trata precisamente de eso, claro está— la aparente irrefutabilidad del discurso con que el mundo se justifica a sí mismo. Quien no haya sentido nunca la necesidad fisiológica de desmentirse, de desmentirlo todo, de reprochar a cada cosa su ser y su dejar de ser, la vaciedad ofensiva de sus pretensiones, esa futilidad ambiciosa y cruel que define al mundo, quien no haya pasado por esto una y mil veces, maldiciendo entre sollozos el horror de la inteligencia y la impotencia de la carne, ése no está preparado para la lucidez, no ha sentido su llamada, su tentación; si algún día le llega el desengaño, despertará a traición y es improbable que logre soportar la aniquiladora novedad de tal sorpresa.

«Sólo se vive por falta de saber. Desde que se sabe, ya no congenia uno con nada» (CT). Sólo la ignorancia tiene futuro, sólo el engaño goza de las serenas alegrías de una tradición. Todo lo que no es ilusión, es presente; y el presente es azar, abismo, terror. Pero el espanto se avecina con el goce liberador, de tal modo que quien lo ha conocido una vez, no olvidará su seducción. Basta con despertar en una ocasión: aunque luego se recaiga mil veces en la fiebre y el delirio —llamados habitualmente «sentido común»— nunca se perderá por completo la nostalgia del desengaño, de los velos rasgados y de los templos que se tambalean, de la noche, de la negación y su irreprimible carcajada.

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