Antonio Muñoz Molina

LECTURAS | Tus pasos en la escalera, de Antonio Muñoz Molina

Una inquietante novela de suspense psicológico.

Ciudad de México, 20 de septiembre (MaremotoM).- Un hombre anticipa con ilusión el momento de reunirse con su esposa mientras ultima los preparativos de su nuevo hogar en Lisboa. Atrás queda una etapa de sus vidas en Nueva York marcada por el indeleble recuerdo del 11-S. Él se adelanta con la mudanza mientras Cecilia organiza el traslado de su proyecto científico sobre los mecanismos neuronales que rigen la memoria y el miedo.

Un tranquilo barrio de Lisboa ofrece la promesa de un futuro que él se esmera en preparar con minucioso detalle. Pero incluso el refugio buscado y la rutina más apacible pueden resultar desconcertantes cuando la sospecha de una amenaza incierta altera su espera.

Tus pasos en la escalera es una novela de suspense psicológico en la que la memoria, la razón y el miedo son los elementos que determinan la realidad tangible. Sutil y progresivamente Antonio Muñoz Molina muestra que sometida a la lente de un microscopio, la realidad desvela fisuras que pueden derrumbar lo que con tanto cuidado nos hemos contado sobre nuestras vidas.

Antonio Muñoz Molina
La nueva novela de Antonio Muñoz Molina. Foto: Cortesía

Fragmento de Tus pasos en la escalera, de Antonio Muñoz Molina, con autorización de Planeta.

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Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo. Las condiciones son inmejorables. El apartamento está en una calle silenciosa.  Por el balcón se ve a lo lejos el río. El río se ve también desde la pequeña terraza de la cocina, queda a jardines y balcones traseros de la calle contigua, a miradores con barandas de hierro en las que hay ropa tendida, ondeando en la brisa. Al fondo de la calle, más allá del río, está el horizonte de colinas de la otra orilla y el Cristo con los brazos abiertos como a punto de levantar el vuelo. En Siberia hay ahora mismo temperaturas de cuarenta grados. En Suecia el fuego alimentado por un calor inaudito arrasa los bosques que se extienden más allá del Círculo Polar Ártico. En California incendios que abarcan centenares de miles de hectáreas llevan ardiendo varios meses seguidos y reciben nombres propios, como los huracanes del Caribe. Aquí los días amanecen frescos y serenos. Cada mañana hay una niebla húmeda y muy blanca que el sol traspasa poco a poco y que trae río arriba el olor profundo del mar. Las golondrinas surcan el cielo y vuelan por encima de los tejados como en las mañanas frescas de los veranos de la infancia. En cuanto llegue Cecilia no me quedará más que pedir. Probablemente el fin del mundo ha empezado ya pero aún parece estar lejos de aquí. Durante todo el día, desde antes del amanecer hasta después de medianoche, los aviones llegan cruzando el cielo desde el sur, justo por encima del Cristo que despliega sus brazos de cemento armado igual que un superhéroe a punto de lanzarse al vuelo. Por el río suben cruceros gigantes, como urbanizaciones turísticas verticales, réplicas flotantes de Benidorm o de Miami Beach. Nada mejor para distraer la espera que asomarse a un balcón o a la barandilla de un parque y mirar un gran río de anchura marítima y los barcos que pasan. Pasan veleros livianos y petroleros con cascos como acantilados herrumbrosos. Desde una calle cercana veo a la orilla del río la grúa de un muelle de contenedores. A la luz de los reflectores nocturnos la grúa va de un lado a otro con movimientos de araña robot; una araña crecida monstruosamente por efecto de la radiación atómica en una película futurista de los años cincuenta. Desde la terraza de la cocina, donde dentro de poco empezaremos Cecilia y yo a plantar hortalizas en cajones con tierra fértil, por encima de los balcones y de los tejados, y de la chimenea de ladrillo de una antigua fábrica, veo lo más alto de uno de los pilares del puente, rojo desleído contra el azul suave del cielo. El rumor de fondo que se oye siempre es el del tráfico en el puente; el tráfico de coches y camiones y el de los trenes en la pasarela inferior; y también la vibración de los pilares y las planchas metálicas bajo el peso y el temblor del tráfico, y el de los cables como cuerdas de arpa estremecidas por el viento. El puente y todo el río y las colinas de la otra orilla y los muelles de los contenedores y el Cristo los veo cada mañana desde el pequeño parque donde llevo a pasear a Luria. Si yo voy a su lado, husmea entre los setos, corre detrás de las palomas, escarba la tierra en la que ha hundido el hocico. Si me siento en un banco y me quedo mirando hacia el río y los aviones que vienen, Luria se sienta a mi lado a contemplar el mismo espectáculo, el hocico levantado, la mirada fija en una lejanía que solo verán muy vagamente sus ojos miopes, en una perfecta actitud de espera. Si saco un libro y me pongo a leer, parece que me toma el relevo y acentúa la alerta.

2

Quizás me he acomodado tan pronto a esta nueva vida porque tiene un cierto número de puntos en común con la que dejamos atrás. Puede que las semejanzas influyeran sobre nosotros de manera inconsciente cuando elegimos esta zona de la ciudad y esta casa. Observo cada día repeticiones y resonancias que no había percibido antes. La mayor parte de las operaciones mentales decisivas suceden en el cerebro sin que las sospeche la conciencia, dice Cecilia. El Cristo de la otra orilla era al principio una perturbación, un error del paisaje: el primer día en el hotel de Lisboa, Cecilia abrió la ventana y lo vio a lo lejos y como estaba algo aturdida por el jet lag me dijo que durante un momento absurdo había pensado que estaba por equivocación en Río de Janeiro, de donde había vuelto unas semanas antes, de uno de sus congresos sobre el cerebro. Tenía después que venir a Lisboa y a este viaje yo sí pude acompañarla. Ella asistía a sus sesiones científicas y yo daba vueltas por la ciudad y la esperaba en el hotel o en un café, aliviado de no estar en Nueva York y no estar trabajando. El hotel era silencioso y recogido, como un hotel familiar inglés no de la realidad sino de alguna película, con las moquetas limpias y sin olor a moho. Abrimos las cortinas de la habitación al llegar y vimos de golpe el río y los muelles. En la tercera planta había una biblioteca forrada de maderas oscuras, sillones de cuero viejo, una chimenea, un catalejo de cobre dorado, un gran ventanal, una terraza frente al río. Al fondo estaba el puente. Las guirnaldas de luces se encendieron pronto en el atardecer de diciembre, en una niebla de llovizna. Cobijados en la cama como en el interior de una madriguera oíamos las campanadas de las horas en la torre de una iglesia. Colmados luego, apaciguados, hambrientos, salimos en busca de un sitio para cenar, por calles deshabitadas en las que había muy pocas luces encendidas. La condensación de la niebla volvía resbaladizas las piedras blancas de las aceras. No parecía probable que en aquel barrio apartado y a aquella hora pudiéramos encontrar un restaurante. Al subir una escalinata vimos al fondo de la calle una esquina iluminada de donde venía un rumor sosegado de voces, de cubiertos y platos. Era una casa baja pintada de rosa, con una buganvilla cubriendo la mitad de la fachada y la ventana, como una casa de campo inesperada. Al entrar de la calle sin nadie era más grata todavía la animación de los comensales y los camareros. Era un restaurante italiano. Había mucha gente, pero podían darnos una mesa. Los camareros, cordiales y rápidos, parecían italianos pero eran todos nepalíes. Haber encontrado ese restaurante y probar luego una pasta sabrosa y un vino tinto ligero y barato, un tiramisú, una grappa helada, alimentaba nuestra alegría íntima, nuestra gratitud hacia el azar, una trattoria memorable en Lisboa regentada por nepalíes. Luego nos perdimos explorando lugares desconocidos que ahora son parte de mi vida dia- ria, nuestra vida común a punto de empezar, nuestra espera tranquila y resguardada del derrumbe del mundo. “Un río como el Hudson —dijo Cecilia, un poco ebria, contenta, insegura sobre sus tacones, por aquellas subidas y bajadas—, un puente como el George Washington Bridge.” En una iglesia cercana una campana daba la hora. “El reloj de una torre como la de la Riverside Church”, dije yo: y en ese momento, esa noche que no quiero olvidar nunca, en cada uno de sus pormenores secretos, ninguno de los dos imaginaba nada todavía, aunque es posible que pasáramos por esta calle, bajo este balcón al que yo me asomo ahora.

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3

Estábamos en Nueva York y ahora vamos a estar en Lisboa. Estoy yo, por lo pronto. Aprovecho el tiempo para tenerlo todo listo cuando llegue Cecilia. En uno de esos cargueros gigantes que suben por el Tajo vino un contenedor con todas nuestras cosas, tantos años, nuestras dos vidas, los libros de cada uno y los libros comunes, los cedés anticuados que nos regalábamos el uno al otro al principio de estar juntos, las fotos que entonces aún se imprimían y se enmarcaban, la ropa de mucho invierno que no caímos en la cuenta de que ya no vamos a necesitar, un abrigo forrado de Cecilia que le llegaba hasta los pies, con su capucha festoneada de pelo, el chaquetón que me envolvía en una silueta masiva de esquimal. Tendré que preguntarle a Alexis, que lo sabe todo, si hay alguna institución en Lisboa a la que se pueda donar toda esta ropa. Leyendo las memorias antárticas del almirante Richard Byrd me ha dado algo de nostalgia de aquellos inviernos. Guardaba en un armario el abrigo largo de Cecilia y me acordaba de su cara en el frío, el gorro de piel sobre las cejas, la punta de la nariz enrojecida, el lustre rosado en los pómulos. Ha sido agotador pero ahora me alegro de haber acelerado la mudanza sin esperar a que ella vuelva. Ha sido una hazaña darse tanta prisa en una ciudad en la que las cosas parece que suceden a un ritmo mucho más lento.

También he tenido, hemos tenido, la suerte de que en el momento de máxima crisis apareciera Alexis capitaneando su equipo infalible de ayudantes, cómplices más bien, conjurados en sus tareas diversas, en sus saberes prácticos, todos los cuales el mismo Alexis parece que domina sin dificultad. La poesía de una ciudad nueva corre el peligro de extinguirse sin rastro cuando uno ha de instalarse en ella. El tiempo apremiaba y yo me quedaba paralizado en la ineficacia y en la angustia. Los números de teléfono a los que llamaba no respondían. Cuando alguien contestaba después de media hora de espera escuchando una grabación musical en bucle, yo no acababa de entender lo que me decían y no lograba explicarme en portugués. Alguien me aseguraba que iba a venir para instalar algo o traer algo y no se presentaba. Yo pasaba el día esperando sentado sobre una caja de mudanza sin abrir, con la etiqueta de la compañía americana. Luria esperaba conmigo. Luria tiene todavía más talento que yo para esperar. Luria recibe hasta a los operarios más retrasados o más incompetentes con su entusiasmo infatigable por la especie humana. El cielo estaba oscuro y bajo, y no paraba de llover. En la calle la basura se acumulaba día tras día junto a los contenedores rebosantes. Más que la incomodidad me agobiaba la superstición de que por culpa de aquellos percances nuestra vida futura en la ciudad quedara malograda, nuestra casa sin estrenar se contaminara de fracaso. No quería decirle nada a Cecilia por miedo a que retrasara su viaje. Pero tampoco quería que viniera y se encontrara en medio de un desorden deplorable, sin condiciones para vivir ni para trabajar. Un día apareció Alexis, para instalar no sé qué, y apareció a la hora exacta en que había anunciado que vendría, con su teléfono en una mano y su caja de herramientas en la otra, con un cinturón de operario del que cuelgan todo tipo de destornilladores, aparatos diversos, racimos sonoros de llaves. Abrí la puerta y antes de entrar Alexis se inclinó como en un saludo japonés al mismo tiempo que se limpiaba las suelas de las botas en el felpudo. Dijo “com licença” y se deslizó en el hueco de la puerta antes de que yo la abriera del todo, con una agilidad de submarinista o de experto en escabullirse de cepos o cajas fuertes, un Houdini de todos los trabajos domésticos. Miró a su alrededor evaluando con precisión…

Nació en Úbeda (Jaén) en 1956. Ha reunido sus artículos en volúmenes como El Robinson urbano (1984; Seix Barral, 1993 y 2003) o La vida por delante (2002). Su obra narrativa comprende Beatus Ille (Seix Barral, 1986, 1999 y 2016), El invierno en Lisboa (Seix Barral, 1987, 1999 y 2014), Beltenebros (Seix Barral, 1989 y 1999), El jinete polaco (1991; Seix Barral, 2002 y 2016), Los misterios de Madrid (Seix Barral, 1992 y 1999), El dueño del secreto (1994), Ardor guerrero (1995), Plenilunio (1997; Seix Barral, 2013), Carlota Fainberg (2000), En ausencia de Blanca (2001), Ventanas de Manhattan (Seix Barral, 2004), El viento de la Luna (Seix Barral, 2006), Sefarad (2001; Seix Barral, 2009), La noche de los tiempos (Seix Barral, 2009), Como la sombra que se va (Seix Barral, 2014), Un andar solitario entre la gente (Seix Barral, 2018), el volumen de relatos Nada del otro mundo (Seix Barral, 2011) y el ensayo Todo lo que era sólido (Seix Barral, 2013). Ha recibido, entre otros, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, el Premio Nacional de Literatura en dos ocasiones, el Premio de la Crítica, el Premio Planeta, el Premio Liber, el Premio Jean Monnet de Literatura Europea, el Prix Méditerranée Étranger, el Premio Jerusalén y el Premio Qué Leer, concedido por los lectores. Desde 1995 es miembro de la Real Academia Española. Vive en Madrid y Lisboa y está casado con la escritora Elvira Lindo.

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