Filósofo Paul Preciado

LECTURAS | Un apartamento en Urano, de Paul Preciado

Probablemente sea uno de los libros más importantes, para comprender al sexo, para entender a nuestro cuerpo y para valorar los anchos horizontes de pensamiento de quien antes era Beatriz Preciado y hoy es Paul Preciado.

Ciudad de México, 11 de junio (MaremotoM).- Urano, el gigante helado, es el planeta más frío del sistema solar, y también un dios de la mitología griega. Urano da además nombre al uranismo, concepto forjado por el primer activista sexual europeo, Karl-Heinrich Ullrichs, en 1864 para definir el “tercer sexo”. Paul B. Preciado sueña con un apartamento en Urano donde vivir fuera de las relaciones de poder y de las taxonomías sexuales, de género y raciales que la modernidad ha inventado. “Mi condición trans”, dice el autor, “es una nueva forma de uranismo. No soy un hombre. No soy una mujer. No soy heterosexual. No soy homosexual. Soy un disidente del sistema sexo-género. Soy la multiplicidad del cosmos encerrada en un régimen epistemológico y político binario, gritando delante de ustedes. Soy un uranista en los confines del capitalismo tecnocientífico.”

En este libro, que reúne una extensa serie de “crónicas del cruce”, relata su proceso de transformación de Beatriz en Paul B., donde las hormonas y el cambio de nombre legal son tan importantes como la escritura. Esta no es solo la crónica de una transición de género, sino también la de una transición planetaria: Preciado analiza otros procesos de mutación política, cultural y sexual, abordando temas diversos, como el procéscatalán, el zapatismo en México, la crisis griega, la América de Trump, las nuevas formas de violencia masculina, la apropiación tecnológica del útero, la figura de Assange, el trabajo sexual, el acoso a niños trans o el papel de los museos como motores de una revolución cultural posible.

Paul B. Preciado cuestiona las normas políticas y las fronteras, escruta las estructuras sociales establecidas y las pone en jaque en unos textos que tienen la contundencia de la proclama, y una estimulante radicalidad formal que también cuestiona los límites de lo literario.

Este es un libro valiente, transgresor y necesario que parte de una experiencia personal para cuestionar los fundamentos de una sociedad que excluye la heterodoxia, la problematiza y la convierte en enfermedad. Este es un libro escrito desde la frontera, desde una lúcida radicalidad queer, que busca liberar el cuerpo y la mente de ataduras morales y restricciones políticas.

Un departamento en Urano
Un libro sobre el tercer sexo o de cómo vivir en Urano. Foto: Anagrama

Fragmento de Un apartamento en Urano, de Paul Preciado, con autorización de Anagrama.

PRÓLOGO

Paul.

Cuando me preguntaste si quería escribir este prólogo estábamos en el apartamento que ocupas en el centro de París. Los lugares en los que te instalas parecen siempre celdas monásticas. Un escritorio, un ordenador, unos cuadernos, una cama con un montón de libros que yacen a su lado. Es extraño estar en tu casa sin estar en mi casa; eres la persona con la que he pasado más tiempo en mi vida y ese afecto, extraño y familiar al mismo tiempo, sigue siendo un enigma para mí, como un sentimiento a medio camino entre el placer y el dolor, o más bien ambos a la vez. Eso debe de ser la nostalgia.

Me preguntaste si iba a escribir este prólogo y no me lo pensé antes de responder que sí. Vivíamos juntos cuando empezaste a escribir estas columnas para el periódico Libération y después de separarnos continuaste enviándome tus textos para que siguiera leyendo tu francés. Todos sabemos que Libération podría muy bien ocuparse de ello. Pero esa era una forma de conservar un vínculo. Para mí, una manera de seguir viviendo en tus palabras, de no perder el hilo de tu pensamiento.

Sé cómo escribes. No sufres el bloqueo del escritor. Yo no sería capaz de hacer este tipo de crónica porque cada vez me hundiría en una semana de pura angustia, una semana igual que la que acabo de pasar antes de comenzar a escribir este prólogo. Pensé desde el principio que este prólogo debería tener cinco mil caracteres, la longitud de tus artículos. Pensé en un plan, muy rápido, pero lo característico del bloqueo es que incluso aunque sepas lo que quieres escribir y no te muevas del escritorio, sigue sin venirte nada. El plan que tenía en mente comenzaba así: “El día en que escribo este prólogo, tú sales de la comisaría adonde has ido a denunciar las amenazas de muerte que esa misma noche han escrito en la puerta de tu casa.” Los mismos insultos y amenazas que aparecieron pintados en la puerta del local LGBT de Barcelona. Me escribes por WhatsApp: “Salgo de comisaría, tengo la mandíbula agarrotada y los huesos fríos. No me gusta ir a la policía.” Pero esta no es la primera vez que vas a la policía por amenazas de muerte desde que nos conocemos. La primera vez te pedí que no le dieras importancia, que no respondieras nada si te escribían para decirte que tenían intención de matarte y describían cómo iban a hacerlo. Hasta que a un activista gay de Madrid al que habían amenazado de muerte lo atacaron frente a su casa y lo dieron por muerto, aunque sobrevivió. Después de ese día, cuando volviste a recibir amenazas de muerte, fuiste a la comisaría. Recuerdo cómo le explicaste a la policía lo que eran las micropolíticas queer. Eso es lo que tú sabes hacer: contarles a los demás historias que eran incapaces de imaginarse y convencerlos de que es razonable querer que lo inimaginable suceda.

El día en que escribo este prólogo, el parlamentario brasileño Jean Wyllys anuncia su decisión de abandonar su país porque teme por su vida. Y un torrente de insultos homófobos cae sobre el joven Bilal Hassani, representante de Francia en Eurovisión.

Cuando comenzaste a escribir estos artículos para el periódico Libération, los principales medios de comunicación franceses apoyaban con entusiasmo las manifestaciones contra el matrimonio gay, como si hiciera falta promoverlas cada día. Dar voz a la intolerancia, defender el derecho de los fundamentalistas de la heterosexualidad a expresar su odio. Era indispensable. Era la señal, todos lo oímos, el final de una década de tolerancia. Cuando empezaste a escribir estas crónicas, todavía te llamabas Beto, no tomabas testosterona con regularidad, pero hablábamos de ti en masculino, como tú querías. Llamabas “peludos” a los biohombres, y eso me hacía reír. Hoy, nadie que te viera por la calle pensaría en decirte “Lo siento, señora” después de haberse confundido y haberte llamado señor. Hoy eres un hombre trans, y cuando estamos juntos en la calle lo que más me desconcierta no es que los hombres te hablen mejor, sino que las mujeres ya no se comporten de la misma manera contigo. Te adoran. Antes las chicas heteros no sabían qué pensar de tu feminidad masculina, quizás no se sentían cómodas contigo. Ahora te adoran, da igual que caminen por la calle paseando al perro, que vendan quesos o que sean camareras: a las mujeres les gustas y te lo hacen saber como solo ellas saben hacerlo, colmándote de pequeñas atenciones gratuitas. Tú siempre dices que lo más extraño de convertirse en hombre es conservar intacto el recuerdo de la opresión. Tú siempre dices que exagero y que las mujeres no te prestan una atención especial. Y eso me hace reír.

Una vez reunidos, tus artículos dibujan un skyline coherente. Recuerdo todos los artículos, y el momento en que se publicaron, pero es una sorpresa descubrirlos de principio a fin. Una enorme sorpresa. En ellos se despliegan varias historias al mismo tiempo, a veces entrecruzadas, en ritmos alternos. En espiral, como diría Barthes, siempre alrededor de los mismos puntos, pero nunca a la misma altura. Este es un libro distinto de tus otros libros, más autobiográfico, más accesible, y, al mismo tiempo, un libro que recuerda a tu Testo yonqui, en el que también tejías varios hilos; “la trenza, lo llamabas tú. Esta colección es otra trenza. Hay un hilo de esta historia que nos concierne: nuestra separación y los años posteriores. Y otros hilos que se van entrelazando, para formar otros motivos. Es también la historia del fin de las democracias en Occidente. De cómo los mercados financieros han descubierto lo bien que pueden funcionar dentro de regímenes autoritarios, mejor incluso que dentro de las democracias, pues atados de pies y manos consumimos mejor. Y es también la historia de los refugiados retenidos en campos de asentamiento o asesinados en el mar o abandonados a la miseria en ciudades opulentas que se proclaman herederas del cristianismo. Sé que no estableces un paralelismo entre su situación y la tuya por gusto estético o por pose de izquierda, sino porque sabes, lo sabes por tu infancia de niña marimacho que creció a finales de la dictadura franquista y que ahora es trans, que eres y serás siempre uno de ellos, porque la miseria, como dice Calaferte, “nunca es una cuestión de fuerza” moral o mental o de mérito. La miseria es como un camión que puede lanzarse sobre ti, agarrarte y aplastarte en cualquier momento. Y tú no lo olvidas.

Y esta es también, por supuesto, la historia de tu transición: de tus transiciones. Tu historia no es la del paso de un punto a otro, sino la historia de una errancia, la búsqueda de un intervalo como lugar de la vida. Una transformación constante, sin identidad fija, sin actividad fija, sin dirección fija, sin país. Titulaste este libro Un apartamento en Urano porque no tienes ningún apartamento en la Tierra, solo las llaves de un lugar en París, como un día tuviste las llaves de un apartamento en Atenas. Tú nunca te mudas. Te mueves, pero no te mudas. A ti no te interesa afincarte. Detentas un estado de clandestinidad permanente. Cambias de nombre en tus documentos de identidad para poder cruzar las fronteras, pero, tan pronto como te llamas Paul, escribes en Libération que no tienes la menor intención de adoptar la masculinidad dominante como nuevo género: tú deseas un género utópico.

Es como si lo ya posible se hubiera convertido en una prisión y tú en un fugitivo. Escribes entre los posibles y al hacerlo despliegas lo que era imposible como posible. Me enseñaste algo esencial: no se puede hacer política sin entusiasmo. Hacer política sin entusiasmo es situarse en la derecha. Y tú haces política con un entusiasmo contagioso, sin ninguna hostilidad contra aquellos que exigen tu muerte, solo una conciencia de la amenaza que representan para ti, para nosotros. Tú no tienes tiempo para la hostilidad, ni tampoco carácter para la ira; despliegas mundos desde los márgenes, y lo sorprendente de ti es esa capacidad para seguir imaginando otra cosa. Como si las propagandas resbalaran sobre ti y tu mirada fuera sistemáticamente capaz de desestabilizar toda evidencia. Es tu arrogancia la que te hace sexy, esa entusiasta arrogancia que te permite pensar en otros lugares, desde los intersticios, que te hace querer vivir en Urano, que te lleva a escribir en un idioma que no es el tuyo antes de dar conferencias en otro idioma que tampoco es el tuyo… Pasar de una lengua a otra, de un libro a otro, de una ciudad a otra, de un género a otro: las transiciones son tu hogar. Y no quiero abandonar nunca esa casa por completo, no quiero olvidar nunca tu lengua intermediaria, tu lengua de la encrucijada, tu lengua en transición.

Esta es la idea de plan que me había hecho y quería concluir hablando de la obsesión que todos los regímenes autocráticos (de extrema derecha, religiosos o comunistas) tienen de atacar los cuerpos queer, los cuerpos de puta, los cuerpos trans, los cuerpos fuera de la ley. Es como si tuviéramos petróleo y como si todos los regímenes poderosos quisieran acceder a él y para ello nos privaran de la gestión de nuestras tierras. Es como si fuéramos ricos en una materia prima indefinible. Si le interesamos a tanta gente, debe de ser porque tenemos una rara y preciosa esencia. De lo contrario, ¿cómo explicar que todos los movimientos liberticidas estén tan interesados en nuestras identidades, en nuestras vidas, en nuestros cuerpos y en lo que hacemos en nuestras camas?

Y por primera vez desde que nos conocemos, yo soy más optimista que tú. Imagino que los niños nacidos después del año 2000 se negarán a verse atrapados en esta estupidez y no sé si mi optimismo proviene de un terror tan grande que me niego a afrontarlo o si viene de una intuición justa o si es que me he aburguesado y me digo que todo seguirá como está porque tengo mucho que ganar. No lo sé. Pero por primera vez en mi vida siento que toda esta violencia que resurge no es más que el último gesto desesperado de la masculinidad tradicional abusiva y violadora. La última vez que los oímos gritar y salir a matarnos por las calles para conjurar la miseria que constituye su marco de pensamiento. Creo que los niños nacidos después del año 2000 pensarán que seguir bajo este orden masculinista (o, por decirlo con tus palabras, “tecnopatriarcal”) sería morir y perderlo todo.

Y creo que esos niños leerán tus textos y que entenderán lo que propones y que te amarán. Desde tu pensamiento, desde tu horizonte, desde tus espacios. Escribes para un tiempo que aún no ha sucedido. Escribes para los niños que aún no han nacido y que vivirán, como tú, en esta transición constante, que es lo propio de la vida.

Y le deseo todo el placer del mundo al lector que entra en tu libro. Bienvenido al apartamento de Paul B. Preciado. Suba a bordo de una cápsula de la que no saldrá ileso, pero verá que nada de lo que le va a ocurrir será violento. Simplemente, al pasar estas páginas, verá que, poco a poco y sin darse cuenta, el mundo empezará a darle vueltas y la sensación de gravedad no será más que un vago recuerdo. Estará en otro lugar. Y, al salir de esta lectura, sabrá que ese espacio existe y que está abierto, que hay un lugar donde es posible ser algo completamente distinto de lo que hasta ahora le habían permitido imaginar. VIRGINIE DESPENTES 

INTRODUCCIÓN: UN APARTAMENTO EN URANO

Con los años, he aprendido a considerar los sueños, váyase a saber si por consuelo o por sabiduría, como parte integrante de la vida. Hay sueños que, por su intensidad sensorial, unas veces por su realismo y otras, precisamente, por su falta de realismo, merecen pertenecer a una biografía con el mismo derecho que el más notorio de los hechos acaecidos durante eso a lo que comúnmente se reduce lo que se entiende por experiencias realmente vividas, es decir, las que acontecen durante la vigilia. Al fin y al cabo, la vida empieza y termina en la inconsciencia, de modo que las acciones que llevamos a cabo en plena consciencia no son sino islotes en un archipiélago de sueños. Sería tan absurdo reducir la vida a la vigilia como considerar que la realidad está hecha de bloques lisos y perceptibles en lugar de ser un enjambre cambiante de partículas de energía y materia vibrátil, por el mero hecho de que no somos capaces de observarlas a simple vista. Por ello, ninguna vida puede ser narrada o evaluada por completo en su felicidad o en su insensatez sin tener en cuenta las experiencias oníricas. Lo que aquí funciona es la máxima de Calderón de la Barca, pero invertida: no se trata de que la vida sea sueño, sino de que los sueños también son vida. Tan extraño resulta pensar, como los egipcios, que los sueños son canales cósmicos por los que pasan las almas de los antepasados para comunicarse con nosotros como decir, como pretende la neurociencia, que los sueños están hechos de un corta y pega de elementos vividos por el cerebro durante la vigilia que vuelven en la fase REM del sueño, mientras nuestros ojos se mueven bajo los párpados como si mirasen. Cerrados y dormidos, los ojos ven. De ahí que sea más adecuado decir que el psiquismo humano no cesa de crear y procesar la realidad, a veces en sueños y a veces despierto.

Mientras que en los últimos meses mi vida diurna y despierta ha estado, por decirlo con la eufemística expresión catalana, “bien si no entramos en detalles”, mi vida onírica se ha desplegado con la potencia de una novela de Ursula K. Le Guin. En uno de mis últimos sueños, hablaba con la artista Dominique Gonzalez-Foerster de mis problemas, después de años de una existencia nómada, para decidir en qué lugar del mundo vivir. Los dos mirábamos los planetas girando suavemente en sus órbitas como si fuéramos dos niños gigantes y el sistema solar fuera un móvil de Calder. Yo le explicaba que, por el momento, y para evitar el duelo que suponía la decisión, tenía alquilado un apartamento en cada planeta y que pasaba algo más de un mes en cada uno, pero que esta situación parecía, económica y vitalmente, insostenible. Seguramente por ser la autora del proyecto Exotourisme, Dominique aparece en el sueño como una experta en cuestiones inmobiliarias en el universo extraterrestre. “Yo tendría un apartamento en Marte e incluso guardaría un pied-à-terre en Saturno”, decía Dominique haciendo gala de gran pragmatismo, “pero dejaría el apartamento de Urano. Está demasiado lejos.”

No tengo un conocimiento informado de la astronomía y desconozco la posición y la distancia de los distintos planetas del sistema solar cuando estoy despierto. Pero compruebo con sorpresa, al consultar la entrada de la página de Wikipedia sobre Urano, que, en efecto, se trata de uno de los planetas más alejados de la Tierra. Solo Neptuno, Plutón y los planetas enanos Haumea, Makemake y Eris están más lejos. Leo también que Urano fue el primer planeta descubierto con ayuda de un telescopio apenas ocho años antes de la Revolución francesa. Utilizando una lente construida por él mismo, el astrónomo y músico William Herschel lo observó desde el jardín de su casa en el número 19 de la calle New King en la ciudad de Bath, un 13 de marzo de cielo despejado, brillando con luz amarilla y desplazándose lentamente. Sin saber todavía si se trataba de un astro enorme o de un cometa sin cola, Herschel lo nombró Georgium Sidus, “el planeta de Jorge”, para consolar al rey, dicen, de la pérdida de las colonias británicas en América: Inglaterra había perdido un continente, pero había ganado un planeta. Gracias a Urano, Herschel pudo vivir de una generosa pensión real de doscientas libras de renta anual. Por culpa de Urano, tuvo que alejarse de la ciudad de Bath y de la música, donde era director de orquesta, y trasladarse a Windsor para que el rey pudiera tener la certeza de su nueva y lejana conquista colonial mirándola a través del telescopio. Por culpa de Urano, dicen, Herschel enloqueció y dedicó el resto de su vida a construir el telescopio más grande del siglo XVIII al que los ingleses denominaban popularmente el Monstruo. Por culpa de Urano, dicen, Herschel nunca más volvió a tocar el oboe. Murió con ochenta y cuatro años: exactamente los que tarda Urano en girar alrededor del Sol. Dicen que el tubo de su telescopio era de tal diámetro que la familia lo utilizó como refectorio para celebrar su entierro.

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Con lentes más potentes que las del Monstruo, los físicos contemporáneos definen a Urano como un “gigante helado” y gaseoso compuesto de hielo, metano y amoníaco. Se trata del planeta más frío del sistema solar, con vientos que pueden sobrepasar los novecientos kilómetros por hora. En fin, no se puede decir que las condiciones de habitabilidad sean idóneas. Seguramente Dominique tenía razón: tendré que dejar el apartamento de Urano.

Pero el sueño de Urano funciona en mi cerebro como un virus. Después de esa noche, durante la vigilia, aumenta en mí la sensación no solo de tener un apartamento en Urano, sino también de que es en Urano donde quiero vivir.

Para los griegos, como para mí en el sueño, Urano era el techo sólido del mundo, el límite de la bóveda celeste. Por ello, en muchas de las invocaciones rituales griegas, Urano es pensado como el hogar de los dioses, por decirlo siguiendo la semántica del sueño, el lugar, lejano y etéreo, donde los dioses tenían sus apartamentos. En la mitología, Urano es el hijo que Gea, la Tierra, tuvo sola, sin inseminación ni apareamiento. La mitología griega es al mismo tiempo una suerte de relato de ciencia ficción retro que anticipa en modalidad do it yourself las tecnologías de reproducción y transformación del cuerpo que irán apareciendo a lo largo de los siglos XX y XXI y una telenovela cutre en la que los personajes se libran a una inimaginable cantidad de relaciones fuera de la ley. Así, se dice que Gea acabó casándose con su hijo Urano, un titán al que a menudo se representa en medio de una nube de estrellas, como si fuera un Tom de Finlandia bailando con otros tipos musculosos en una discoteca techno del Olimpo. De las incestuosas y poco heterosexuales nupcias del cielo y de la tierra nació la primera generación de titanes, entre los que estaban Océano (el Agua), Cronos (el Tiempo), o Mnemósine (la Memoria). Urano es al mismo tiempo el hijo de la Tierra y el padre de todo lo demás. No queda claro cuál era el problema de Urano, pero lo cierto es que no era buen padre: o retenía a sus hijos en el útero de Gea o los arrojaba al Tártaro cuando nacían. Así que Gea convenció a uno de sus hijos para que sometiera a su padre a una última y definitiva operación anticonceptiva. En el Palazzo Vecchio de Florencia puede verse la representación que Giorgio Vasari hizo en el siglo XVI de Cronos castrando con una guadaña a su padre Urano. De los genitales cortados de Urano surgió Afrodita, la diosa del amor…, lo que podría dar a entender que el amor procede por desconexión de los genitales del cuerpo, por desplazamiento y externalización de la fuerza genital.

Es esta forma de concepción no heterosexual que aparece citada en el Banquete de Platón la que inspirará a Karl Henrich Ulrichs para acuñar el término “uranista” en 1864, con el que se refiere a lo que él mismo denomina entonces los amores del “tercer sexo”. Para explicar cómo puede haber hombres que se sienten atraídos por otros hombres, Ulrichs, siguiendo a Platón, corta la subjetividad en dos, separa el alma y el cuerpo e inventa una combinatoria de almas y cuerpos que le permita reclamar la dignidad de aquellos que aman de otra manera. La segmentación alma y cuerpo reproduce en el orden de la experiencia la epistemología binaria de la diferencia sexual. Solo hay dos opciones, masculino y femenino. Los uranistas no son, dice Ulrichs, ni enfermos ni criminales, sino almas femeninas encerradas en cuerpos masculinos que se sienten atraídas por almas masculinas. No está mal pensado como solución para una forma de amar que en la Inglaterra o la Prusia de la época podía conducirte a la horca y que hoy sigue siendo ilegal en setenta y cuatro países y causa de pena de muerte en trece países, entre ellos Nigeria, Yemen, Sudán, Irán o Arabia Saudita y motivo habitual de violencia familiar, social y policial en la mayoría de las democracias occidentales.

Ulrichs no hace esta afirmación como científico, sino en primera persona. No dice “hay uranistas”, sino “yo soy uranista” y lo afirma, en latín, el 28 de agosto de 1867, después de haber sido condenado a prisión y de que sus libros hayan sido prohibidos, frente a un congreso de quinientos juristas, frente a los miembros del Parlamento alemán y a un príncipe bávaro: un público ideal para esa suerte de confesiones. Hasta entonces Ulrichs se había ocultado tras el seudónimo Numa Numantius. Pero ese día habla en su propio nombre, se atreve a ensuciar definitivamente el apellido de su padre. En su diario, Ulrichs confiesa estar aterrado, haber pensado, pocos instantes antes de salir al escenario de la Gran Sala del Teatro del Odeón en Múnich, en escapar y en no volver nunca. Pero recuerda entonces las palabras del activista suizo Heinrich Hössli, que unos años antes había defendido la homosexualidad (aunque sin hablar de sí mismo):

Ante mí se presentan dos senderos: escribir este libro y exponerme a la persecución o no escribirlo y sentirme lleno de culpa hasta el día de mi entierro. Seguramente me he enfrentado con la tentación de dejar de escribir… Pero ¡ante mis ojos aparecieron las imágenes de los perseguidos y de los ya miserables que todavía no han nacido y percibí a las madres infelices al lado de las cunas que mecían a sus niños malditos e inocentes! Y luego vi a nuestros jueces con los ojos vendados. Por fin me imaginé a mi sepulturero deslizando la cubierta de mi ataúd sobre mi cara fría. Entonces, antes de esclavizarme a él, me venció el deseo imperioso de levantarme y de defender la verdad oprimida… Y así seguí escribiendo con los ojos resueltamente desviados de los que trabajaban para mi destrucción. No tengo que escoger entre callarme o hablar. Me digo a mí mismo: “¡Hable o quédese juzgado!”

Cuenta Ulrichs en su diario que algunos jueces y parlamentarios sentados en la Gran Sala del Odeón de Múnich gritaban, al escuchar su discurso, como una turba enloquecida: “¡Cierren la sesión! ¡Cierren la sesión!” Pero anota también que una o dos voces se elevaban para decir: «¡Déjenlo seguir hablando!” En medio de un alboroto caótico, el presidente de la sala abandona el teatro, pero algunos parlamentarios se quedan. Escuchan.

Pero ¿qué significa hablar para aquellos a quienes se nos ha negado acceso a la razón y al conocimiento, para aquellos a quienes se nos ha considerado enfermos? ¿Con qué voz podemos hablar? ¿Nos prestarán sus voces el jaguar o el cíborg? Hablar es inventar la lengua del cruce, proyectar la voz en un viaje interestelar: traducir nuestra diferencia al lenguaje de la norma; mientras continuamos, en secreto, haciendo proliferar un bla-bla-bla insólito que la ley no entiende.

Ulrichs fue uno de los primeros ciudadanos europeos que afirmó públicamente que quería tener un apartamento en Urano. El primer enfermo sexual y criminal que tomó la palabra para denunciar las categorías que lo construían como enfermo sexual y como criminal. No dijo “no soy sodomita”, sino que defendió el derecho a practicar la sodomía entre hombres apelando a una reorganización de los sistemas de signos, a una modificación de los rituales políticos, que definen el reconocimiento social de un cuerpo como sano o enfermo, como legal o ilegal. En cada palabra del Ulrichs que les habla a los juristas de Múnich desde Urano se oye la violencia que produce la epistemología binaria de Occidente. El universo entero cortado en dos y solamente en dos. En este sistema de conocimiento, todo tiene un derecho y un revés. Somos el humano o el animal. El hombre o la mujer. Lo vivo o lo muerto. Somos el colonizador o el colonizado. El organismo o la máquina. La norma nos ha dividido. Cortado en dos. Y forzado después a elegir una de nuestras partes. Lo que denominamos subjetividad no es sino la cicatriz que deja el corte en la multiplicidad de lo que habríamos podido ser. Sobre esa cicatriz se asienta la propiedad, se funda la familia y se lega la herencia. Sobre esa cicatriz se escribe el nombre y se afirma la identidad sexual.

El 6 de mayo de 1868, Karl Maria Kertbeny, activista y defensor de los derechos de las minorías sexuales, le envía una carta manuscrita a Ulrichs en la que inventa la palabra “homosexual” para referirse a lo que su amigo denominaba “uranistas”. Defiende, contra la ley antisodomía que regía en Prusia, que las prácticas sexuales entre personas del mismo sexo eran tan “naturales” como las de esos que él denomina por primera vez también “heterosexuales”. Si para Kertbeny homosexualidad y heterosexualidad eran simplemente dos formas naturales de amar, para los representantes de la ley de la medicina de finales del siglo XIX la homosexualidad será recodificada como enfermedad, como desviación y como crimen.

No les estoy hablando de historia. Les hablo de su vida, de la mía, del ahora. Mientras que la noción de “uranismo” se perdió en el archivo de la literatura, las nociones de Kertbeny se convertirán en auténticas técnicas biopolíticas de gestión de la sexualidad y de la reproducción durante el siglo XX, hasta el punto de que todavía la mayoría de ustedes continúan utilizándolas para referirse a su propia identidad como si se tratara de categorías descriptivas. La homosexualidad estará presente como enfermedad sexual hasta 1975 en los manuales psiquiátricos de Occidente y es todavía una noción central no solo en los discursos de psicología clínica, sino también en los lenguajes políticos de las democracias occidentales. Cuando la noción de “homosexualidad” desaparece de los manuales psiquiátricos aparecen las nociones de “intersexualidad” y “transexualidad” como nuevas patologías a las que la medicina, la farmacología y la ley proponen poner remedio. A cada cuerpo que nace en un hospital de Occidente se lo examina y somete a los protocolos de evaluación de normalidad de género inventados en los años cincuenta en Estados Unidos por los doctores John Money, John y Joan Hampson: si el cuerpo del bebé no se adecua a los criterios visuales de la diferencia sexual será sometido a una batería de operaciones de “reasignación sexual”. Del mismo modo, y con algunas excepciones, ni el discurso científico ni la ley reconocen la posibilidad de que un cuerpo pueda inscribirse en la sociedad de los humanos sin aceptar la diferencia sexual. La transexualidad y la intersexualidad se describen como patologías marginales, no como síntomas de la inadecuación de la complejidad de la vida con el régimen políticovisual de la diferencia sexual.

¿Cómo pueden ustedes, cómo podemos nosotros, organizar todo un sistema de visibilidad, de representación y de concesión de soberanía y de reconocimiento político de acuerdo con tales nociones? ¿De verdad creen ustedes que son homosexuales o heterosexuales, intersexuales o transexuales? ¿Les preocupan esas distinciones? ¿Confían en ellas? ¿Reposa sobre ellas el sentido mismo de su identidad como humano? Si sienten un temblor bajo su garganta al oír una de estas palabras, no lo acallen. Es la multiplicidad del cosmos que intenta entrar en su garganta como si fuera el tubo del telescopio de Herschel. Permítanme decirles que la homosexualidad y la heterosexualidad no existen fuera de una taxonomía binaria y jerárquica que busca preservar el dominio del pater familias sobre la reproducción de la vida. La homosexualidad y la heterosexualidad, la intersexualidad y la transexualidad no existen fuera de una epistemología colonial y capitalista que privilegia las prácticas sexuales reproductivas en beneficio de una estrategia de gestión de la población, de la reproducción de la fuerza de trabajo, pero también de la reproducción de la población que consume. Es el capital y no la vida lo que se reproduce. Pero si la homosexualidad y la heterosexualidad, si la intersexualidad y la transexualidad no existen, ¿qué somos?, ¿cómo amamos? Imagínenselo.

Vuelve entonces mi sueño y comprendo que mi condición trans es una nueva forma de uranismo. No soy un hombre. No soy una mujer. No soy heterosexual. No soy homosexual. No soy tampoco bisexual. Soy un disidente del sistema sexo-género. Soy la multiplicidad del cosmos encerrada en un régimen epistemológico y político binario, gritando delante de ustedes. Soy un uranista en los confines del capitalismo tecnocientífico.

Como Ulrichs, no les traigo ninguna noticia de los márgenes, sino un trozo de horizonte. Les traigo noticias de Urano, que no es ni el reino de dios ni la cloaca, sino todo lo contrario. Me fue asignado género femenino en el nacimiento. Se dijo de mí que era lesbiana. Decidí autoadministrarme dosis regulares de testosterona. Nunca pensé que fuera un hombre. Nunca pensé que fuera una mujer. Era muchos. Nunca me consideré transexual. Quise experimentar con la testosterona. Me interesa su viscosidad, la imprevisibilidad de los cambios que provoca, la intensidad de los afectos que estimula cuarenta y ocho horas después de la inyección. Y su capacidad, si las inyecciones son regulares, de deshacer la identidad, de hacer emerger estratos orgánicos del cuerpo que de otro modo habrían permanecido invisibles. Aquí, como en otras cosas, lo esencial son las unidades de medida: la dosis, el ritmo de las tomas, la serie, la cadencia. Yo quería volverme desconocido. No pedí testosterona a las instituciones médicas como terapia hormonal para curar una supuesta “disforia de género”. Quise funcionar con la testosterona, producir la intensidad de mi deseo en conexión con ella, multiplicar mis rostros metamorfoseando mi subjetividad, fabricar un cuerpo como se fabrica una máquina revolucionaria. Deshice la máscara de la feminidad que la sociedad había dibujado sobre mi cara hasta que mis documentos de identidad se volvieron ridículos, obsoletos. Y después, sin escapatoria, acepté identificarme como transexual y “enfermo mental” para que el sistema médico-legal pudiera reconocerme como cuerpo vivo humano. He pagado con mi cuerpo el nombre que llevo.

Con la decisión de construir mi subjetividad con la testosterona, como el chamán construye la suya con la planta, asumo la negatividad de mi tiempo, una negatividad que me veo forzado a representar, y contra la cual puedo luchar desde esta encarnación paradójica que es ser un hombre trans en el siglo XXI, un feminista con nombre de varón en el movimiento #NiUnaMenos, un ateo del sistema sexo-género convertido en consumidor de la industria farmacopornográfica. Mi in-existente existencia como hombre trans es al mismo tiempo el clímax del antiguo régimen sexual y el principio de su colapso, el término de una progresión normativa y el comienzo de una proliferación futura.

Vine a hablarles a ustedes y a los muertos, o mejor, a aquellos que viven como si ya estuvieran muertos, pero sobre todo he venido para hablar a los niños malditos e inocentes que nacerán. Los uranistas somos los supervivientes de una tentativa sistemática y política de infanticidio: hemos sobrevivido al intento de matar en nosotros, cuando aún no éramos adultos, ni podíamos defendernos, la multiplicidad radical de la vida y el deseo de cambiar los nombres de todas las cosas. ¿Están ustedes muertos? ¿Nacerán mañana? Los felicito retrasada o anticipadamente.

No les traigo ninguna noticia de los márgenes. Les traigo noticias del cruce, que no es ni el reino de dios ni la cloaca, sino todo lo contrario. No se asusten, no se exciten. No vine a explicarles nada morboso. No vine a contarles qué es un transexual, ni cómo se cambia de sexo, ni lo bien o lo mal que se pasa durante la transición. Porque nada de eso sería cierto o no más cierto que es cierta la luz de la tarde cuando el sol cae sobre algún lugar del planeta Tierra dependiendo de desde dónde se mire. O que es cierta la órbita lenta y amarilla que describe Urano cuando gira. No les diré qué pasa con la testosterona, ni qué ocurre con mi cuerpo. Tómense la molestia de administrarse ustedes mismos las dosis de conocimiento que les sean necesarias y que su gusto por el riesgo les permita.

No vine a nada de eso. No sé a lo que vine, como decía mi madre indígena Pedro Lemebel, pero estoy aquí. En este apartamento de Urano que da sobre los jardines de Roma. Y me voy a quedar un rato. En el cruce. Porque es el único sitio que existe, lo sepan o no. No existe ninguna de las dos orillas. Estamos todos en el cruce. Y es desde el cruce desde donde les hablo, como el monstruo que ha aprendido el lenguaje de los hombres.

Ya no necesito, como Ulrichs, afirmar que soy un alma de hombre encerrado en un cuerpo femenino. No tengo alma, ni tengo cuerpo. Soy el cosmos. Tengo un apartamento en Urano, lo que sin duda me sitúa lejos de la mayoría de los terrícolas, pero no tan lejos como para que cualquiera de ustedes no pueda viajar allí. Los espero. Aunque sea en sueños.

Paul B. Preciado es filósofo y comisario de arte. Autor de Manifiesto contrasexual: “Marca un punto y apar­te en el pensamiento español actual, en los estudios sobre el género y, quién sabe, quizá en tu propia inti­midad” (Eloy Fernández Porta); Testo yonqui. Sexo, drogas y biopolítica (que próximamente se reeditará en Anagrama); Terror anal (epílogo a El deseo homo­sexual, de Guy Hocquenghem) y Pornotopía. Arqui­tectura y sexualidad en Playboy durante la guerra fría (finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2010): “Una argumentación de extraordinario rigor, enor­memente sugestiva y capaz de revelar cada uno de los detalles cruciales del Imperio Playboy” (F. Castro Flórez, ABC). Fue director de Programas Públicos del MACBA y del PEI (Programa de Estudios Indepen­dientes) entre 2012 y 2014 y comisario de Programas Públicos de la documenta 14/Kassel y Atenas. En la actualidad es el comisario del Pabellón de Taiwán de la Bienal de Venecia 2019 y filósofo asociado al Cen­tre Georges Pompidou de París.

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