LECTURAS | “Un día en la vida de un editor”, de Jorge Herralde

“El mundo digital es importante, pero tampoco es decisivo”: Jorge Herralde

“¿Es el editor un francotirador?”. Con esta pregunta, Marisol Schulz abrió el diálogo durante el Encuentro de Promotores de Lectura en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. A su lado estaba Jorge Herralde (83), fundador de Anagrama.

Ciudad de México, 21 de abril (MaremotoM).- “¿Es el editor un francotirador?”. Con esta pregunta, Marisol Schulz abrió el diálogo durante el Encuentro de Promotores de Lectura en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. A su lado estaba Jorge Herralde (83), fundador de Anagrama, que cuenta con cuatro mil títulos en su catálogo, dentro de los que destacan autores como Patricia Highsmith, John Kennedy Toole, Enrique Vila Matas, Javier Marías, Roberto Bolaño, Sergio Pitol e Ian McEwan, sólo por nombrar a algunos.

“Anagrama se inició en aquellos tiempos cuando tantos exaltados soñamos con cambiar el mundo. El objetivo de la editorial es la búsqueda de la calidad y penetración”, dijo el gran editor, quien ha sacado su reciente libro: Un día en la vida de un editor (Anagrama).

“La intuición es fundamental, así como el trabajo. El editor es un animal intuitivo”, dijo Herralde aquella vez en la Feria y hoy lo comprueba con este trabajo que destaca “este oficio de locos, como lo llamó Inge Feltrinelli y que también es el mejor oficio del mundo, como pensamos muchos”.

Este libro arranca precisamente con la minuciosa descripción de un día cualquiera en la vida de un editor. Y, a partir de ahí, una sucesión de textos de origen diverso artículos, discursos, entrevistas, entradas de diario…–componen un completísimo recorrido por los secretos del sector editorial y por la evolución y las entrañas de Anagrama desde su fundación en 1969 hasta el presente.

Además del impagable anecdotario, el libro ofrece una rica panorámica del universo de la edición, retratos de escritores como Luis Goytisolo o Bolaño, de editores como José Manuel Lara Bosch y Jérôme Lindon y reflexiones muy jugosas sobre la industria del libro: los peligros de la concentración editorial; el futuro cargado de incertidumbres, pero también de posibilidades…

Un día en la vida de un editor se suma a libros anteriores de Jorge Herralde como Opiniones mohicanas y Por orden alfabético en la construcción de una suerte de memorias abocetadas mediante la suma de textos diversos que, a modo de piezas de un mosaico, perfilan la trayectoria del fundador de Anagrama, una de las editoriales europeas verdaderamente imprescindibles de la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del XXI.

Fragmento de Un día en la vida de un editor, de Jorge Herralde, con autorización de Anagrama.

Este editor se despierta en general a las nueve y media. Aunque –no por justificarme, sino para situar el tema– casi nunca apago la luz antes de las tres o las cuatro de la madrugada. Ya en pie, dientes, ducha, desayuno líquido –zumo de naranja y café–, lectura más o menos rápida de dos periódicos, y en Anagrama –a doce minutos a pie desde casa, a tres o cuatro en coche– alrededor de las diez y media.

La organización de Anagrama es, en gran medida, radial: despacho bilateralmente con las personas responsables de área. Cuando entro, Marta, en la recepción, me informa de las llamadas, saludo a la gente de administración –Noemí, Josep Maria, Paula, Emma y mi asistente Cristina–, voy a mi despacho, Noemí me trae los e-mails, los faxes, el libro de firmas con cosas urgentes.

Después de un repaso rápido, primera parada en la “sala de máquinas”, la habitación donde están Izaskun, la responsable de producción, con la que comentamos decisiones más urgentes, y luego despacho con Teresa, que está en Anagrama desde finales de los ochenta ocupándose de la redacción, es decir, de preparar y hacer el seguimiento de los manuscritos en lengua española y de encargar las traducciones; todo el proceso hasta fotolitos. Con el tiempo se ha formado un equipo bastante estable de colaboradores externos (aunque uno de ellos, Francisco, con frecuencia se encarga de sus tareas en la propia editorial) para llevar a cabo las correcciones de estilo y de pruebas. Mientras los libros están en proceso de impresión, Izaskun paralelamente ha puesto en marcha el proceso de portadas –grafista, grabador, plastificador– que confluyen con la “tripa” en el encuadernador. Trabajamos con los mismos proveedores desde hace mucho tiempo –por ejemplo, con Grafos, el impresor de las portadas, desde casi los inicios, treinta años–, lo que facilita mucho las cosas; conocen nuestras exigencias, nuestras “manías”.

Regreso a mi despacho. Llamadas casi diarias con nuestros dos distribuidores: Miguel, de Antonio Machado Libros, de Madrid, y Celia, de Enlace. Y sigue el carrusel de llamadas –autores, agentes, colegas, varios–, la correspondencia, las citas. Lali, en la otra punta de la editorial, me informa de las novedades de contratación extranjera, de la que se ocupa, de sus conversaciones con autores.

Revisión periódica con Josep Maria de la lista actualizada de ejemplares que no se han podido servir por falta de existencias: además de los envíos a Machado, que distribuye en Madrid, y a Enlace, que lo hace en Cataluña y el resto de España, Anagrama exporta directamente a América Latina, Europa y Estados Unidos. Cada mes se cruzan las listas de reediciones sugeridas por Machado y Enlace y las carencias en América Latina. Germán, el jefe de almacén, nos informa del estado de las existencias y se deciden las reediciones.

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Cristina y Paula tienen un trabajo adicional progresivo: descifrar mis muchos textos (cartas, contraportadas, fajas, artículos, etc.) escritos a mano. Me quedé en la era del bolígrafo.

Un libro lleno de anécdotas. Foto: Anagrama

En algún momento, despacho con Ana, la jefa de prensa: llamadas, repaso de prensa, envíos de prepublicaciones, calendario de ruedas de prensa, visitas de autores y otros aspectos de nuestra atareadísima actividad promocional. También con Lluís, responsable de la contabilidad, un histórico casi desde el inicio de la editorial.

Antes de irme, reunión (como todas, breve) con nuestra lectora matutina, Susana. Los escasos manuscritos que pasan la primera y severa criba se envían a nuestros lectores, también escasos.

Y si (por casualidad) no hay ninguna comida de trabajo, almuerzo con Lali en casa. Por la tarde, si no hay ninguna reunión fuera de la editorial, sigue el curso habitual de las mil y una cosas que conforman el trabajo diario.

Una variante nada inusual: los días con rueda de prensa, casi una semanal de promedio. El formato estándar: a las doce en el salón del Hotel Condes de Barcelona, Ana y yo estamos algo antes, van llegando los periodistas y fotó- grafos, los autores posan (sentados, escalera, al aire libre), se hace el recuento, algunas llamadas de recordatorio de última hora (sí, sí, aunque ya sea tarde La Vanguardia vendrá; El Mundo está muy fallón últimamente). Y empieza la rueda de prensa con notable puntualidad. Nos sentamos en torno a una mesa larga y ancha, sin jerarquía, disposición horizontal, el autor en el centro de uno de los lados largos, y yo, a su izquierda, leo una cuartilla, escasa, de introducción: un recordatorio del escritor, o nueva información, o posibles vías de enfoque a la obra. Después, speech del autor y empiezan las preguntas.

A las ruedas de prensa asisten en principio todos los periódicos y también radios, agencias españolas y latinoamericanas, alguna revista literaria. Muchas veces acuden los mismos periodistas; con tanta continuidad durante años, conformamos todos una especie de familia, un teatro stabile, con un alto grado de interés, con los libros casi siempre leídos (otra cosa es la cancha que les concedan los “desbordados” jefes de Cultura de los periódicos). Una atención acogida con cierta sorpresa por muchos autores, poco habituados a tanta avidez (aquí no falta algún comentario desfavorable respecto a la prensa madrileña, más correosa y escéptica, se dice). La ceremonia dura hora, hora y media, excepto en algún caso como el de José Antonio Marina, que podría embobar, y de hecho emboba, al auditorio todo el rato que quiera.

Luego, nos vamos con el autor a la librería La Central, muy próxima. Los autores no barceloneses se quedan estupefactos ante la cuidadísima selección de los títulos, con gran abundancia de ediciones en otras lenguas: todo libro de cierta importancia literaria y cultural que aparece en los suplementos literarios extranjeros, al poco tiempo ya está en la librería. Varios de los autores visitantes, como Roberto Calasso o Sergio Pitol, se han convertido luego en clientes asiduos de La Central, vía internet.

Después, almuerzo en el restaurante Tragaluz, tam- bién muy cerca, al que se une Lali, que ha bajado de la editorial. Cuando el autor es maño la comida es más gregaria, se unen paisanos y amigotes. Pongamos que se trata de Félix Romeo: el acompañamiento óptimo lo formarían Pisón, Tomeo y Vila-Matas, y si están en Barcelona, David Trueba y Luis Alegre. También latinoamericanos: si el presentado es Roberto Bolaño, no andarán lejos Rodrigo Fresán e Ignacio Echevarría.

Después del almuerzo, siguen las entrevistas individuales con el autor, mientras nosotros regresamos a la editorial. A las siete nos marchamos y si no hay ninguno de los muchos compromisos –presentaciones, cócteles, cenas–, me recluyo en casa. Ocupaciones habituales: lectura de la prensa cultural española y extranjera (Anagrama está suscrita, como es natural, a numerosas publicaciones), atención más o menos flotante (o muy atenta en los partidos de fútbol) a la televisión, que actúa a modo de túnel de lavado tras tanta letra, y en algún momento, después de cenar, lectura para la editorial o para exclusivo placer personal (en dicho caso, ensayos y textos memorialísticos casi sin excepción).

En las muchas invitaciones que cursamos conjuntamente con el Instituto Francés y el Británico, las ruedas de prensa tienen lugar en el propio instituto. Luego, por la tarde, la conferencia del autor y antes la búsqueda del presentador –repasando reseñas, recordando afinidades electivas–. Tras las conferencias, las cenas: en el piso del director del Instituto Francés o en el restaurante Olivé, sede habitual en dichos casos del director del Instituto Británico.

Este es el menú de los días laborables. Los fines de semana, si logro eludir compromisos, no salgo de casa. Como máximo algún sábado por la mañana paseo por librerías y salas de exposiciones. Entonces es cuando leo manuscritos, bolígrafo en mano y con todo el tiempo por delante. A menudo no almuerzo hasta las cuatro o las cinco de la tarde, cuando he terminado el texto; otras veces, si no es posible acabarlo pero tengo ganas de seguir, un almuerzo ligero –ensalada, fruta– para que la digestión no estorbe. Y también, cada vez más a menudo, escribo artículos, como este mismo.

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