Seicho Matsumoto

LECTURAS | Un lugar desconocido, de Seicho Matsumoto

Mientras acompañamos a un improvisado detective en este periplo lleno de giros inesperados, Seicho Matsumoto desliza su sutil crítica a la sociedad japonesa de mediados del siglo xx y a las rígidas convenciones y falsedades que la enturbian. Un intrigante rompecabezas hábilmente armado a través de algunos de sus temas predilectos: la mentira, la venganza y el miedo al escándalo.

Ciudad de México, 4 de enero (MaremotoM).- Durante un viaje de negocios en Kobe, Tsuneo Asai recibe la noticia de que su esposa Eiko ha fallecido de un infarto. Dado que sufría una enfermedad coronaria, la causa de la muerte no resulta tan extraña como el lugar donde ocurrió: un apartado barrio residencial de Tokio del que ella nunca le había hablado y en el que abundan los hoteles de citas. Intrigado, Asai tratará de averiguar las verdaderas circunstancias de su muerte a través de una investigación obsesiva que lo llevará a recomponer la inesperada vida secreta de su mujer.

Mientras acompañamos a un improvisado detective en este periplo lleno de giros inesperados, Seicho Matsumoto desliza su sutil crítica a la sociedad japonesa de mediados del siglo xx y a las rígidas convenciones y falsedades que la enturbian. Un intrigante rompecabezas hábilmente armado a través de algunos de sus temas predilectos: la mentira, la venganza y el miedo al escándalo.

Publicado en 1975, Un lugar desconocido es un clásico de la novela negra escrito por el maestro japonés del género y autor de obras tan populares como El expreso de Tokio. Ahora ha sido editado por Libros del Asteroide, con traducción de Marina Bornas.

Seicho Matsumoto (1909-1992) fue un prolífico escritor japonés. Comenzó a publicar cuando ya tenía más de cuarenta años, pero su carrera literaria no despegó hasta su segundo libro, cuando recibió el premio Akutagawa por Historia del diario de Kokura (Aru Kokuranikki den, 1952). Matsumoto recibió alguno de los más prestigiosos premios literarios de su país y está considerado uno de los principales escritores japoneses de novela negra. Entre sus libros destacan La voz (Koe, 1955), El expreso de Tokio (Ten tosen, 1958; Libros del Asteroide, 2014), El inspector Imanishi investiga (Suna no utsuwa, 1961), La chica de Kyushu (Kiri no hata, 1961; Libros del Asteroide, 2017) y Un lugar desconocido (Kikanakatta Basho, 1975; Libros del Asteroide, 2021).

Un lugar desconocido
Un lugar desconocido, editado por Libros del Asteroide. Foto: Cortesía

Adelanto de Un lugar desconocido, de Seicho Matsumoto, con autorización de Libros del Asteroide.

Cuando recibió la noticia, Tsuneo Asai se encontraba de viaje de negocios en la ciudad de Kobe.

Eran las ocho y media de la noche y estaba cenando con un grupo de empresarios de la industria de alimentos procesados. Asai era el encargado jefe del departamento de Alimentación del Ministerio de Agricultura y Silvicultura. Había llegado un día antes junto con el director general, el señor Shiraishi, que el mes anterior había sido ascendido desde otro departamento y no sabía prácticamente nada sobre gestión de alimentos. Ambos habían estado visitando fábricas de enlatado y plantas de procesado de jamón en la región de Osaka y Kobe y tenían previsto dirigirse a Hiroshima al día siguiente. Aquella noche se habían reunido con algunos empresarios locales para celebrar una velada informal. El ambiente empezaba a decaer. El director general Shiraishi, que era tres años mayor que Asai, mantenía una conversación sobre golf con el presidente de la asociación, sentado frente a él. Shiraishi tenía un hándicap de golf bajo. Además, era prácticamente un profesional en juegos de mesa como el go y el shogi, y su dominio del mahjong era conocido en todo el ministerio. Asai estaba sentado a su lado, bebiendo sake a pequeños sorbos mientras escuchaba al director con expresión sumisa. Consideraba que prestar atención a la cháchara de su jefe era una señal de respeto. Shiraishi hablaba en voz demasiado alta por culpa del whisky. Su carrera estaba siendo meteórica, pues había llegado a director general a los cuarenta y cinco años. A diferencia de Asai, Shiraishi había estudiado Derecho en la Universidad de Tokio y era el niño mimado del viceministro, líder de una de las facciones políticas del ministerio.

Antes del cambio de director, Asai había advertido a los empresarios de que al cabo de tan solo dos año —quizá incluso uno y medio— el nuevo director general sería trasladado a un ministerio de más relevancia, y que aquel cargo no era más que un peldaño en su ascenso hacia el éxito profesional, una simple ocupación temporal a la que no tenía previsto dedicar demasiados esfuerzos. «No aprenderá las cuestiones prácticas del trabajo, lo dejará todo en mis manos —les dijo Asai—, pero no se preocupen: yo me encargaré. Es posible que mientras ocupe su cargo intente ganarse la admiración del personal, pero yo estaré a su lado en todo momento para guiarlo y mantenerlo bajo control.» Los empresarios eran personas sin apenas formación, por lo que solían dejar los asuntos prácticos en manos del veterano Asai. El encargado jefe mantenía una relación de perfecto entendimiento con ellos, pero delante del director gene- ral se esforzaba en disimularlo. En la universidad, Shiraishi había dedicado su tiempo libre a perfeccionar pasatiempos como el go, el shogi o el mahjong, mientras que Asai era hijo de una familia humilde que había conseguido con muchos esfuerzos graduarse en una universidad privada y ahora ocupaba un puesto en un departamento gubernamental. Ambos hombres eran tan diferentes que no parecían de la misma especie.

En la sala había unas veinte geishas. Enfrente del director general se encontraba la más destacable. Resultó que la muchacha también jugaba al golf y se había unido a la conversación. Su presencia frente a Shiraishi durante toda la velada, que ya se acercaba a su fin, parecía una maniobra del vicepresidente de la asociación local de empresarios de alimentos procesados, el señor Yagishita. Al menos eso era lo que Asai sospechaba. Yagishita se dedicaba a la producción de jamón y salchichas.

De repente, alguien susurró algo al oído de Asai y este pensó que se trataba de Yagishita, que se había levantado del asiento desde donde analizaba todas las reacciones del director general. Pero no era Yagishita, sino una de las camareras del lujoso restaurante.

—Tiene una llamada de su casa —dijo la muchacha en voz baja.

Asai no se levantó enseguida. Salir precipitadamente habría sido una falta de respeto para con el director general. Para ganar tiempo, cogió el vaso de sake de la mesa y bebió un sorbo. Mientras fingía interesarse por la conversación de su jefe, se preguntó cuál sería el motivo de aquella llamada tan tardía. A pesar de que solía viajar bastante por trabajo, su esposa Eiko casi nunca le llamaba y con ellos no vivía nadie más. Cuando tenía previsto hacer un viaje largo, su mujer invitaba a su hermana pequeña a casa para que le hiciera compañía. Aquel viaje iba a durar cinco días, así que su cuñada debía de estar con ella. Una llamada de Tokio a aquellas horas de la noche no presagiaba nada bueno. Si bien era cierto que no había pisado el hotel en todo el día, ¿qué podía ser tan urgente como para que Eiko, que casi nunca le llamaba, se viera obligada a localizarlo en el restaurante? No podía ser un asunto doméstico trivial que se le hubiera ocurrido consultarle precisamente entonces. Después de aproximadamente un minuto, Asai se levantó en silencio del cojín donde estaba sentado sobre sus talones. Su jefe estaba de espaldas a él, enfrascado en su conversación con el vicepresidente. Al incorporarse, la geisha le dirigió una rápida mirada de soslayo, pero enseguida volvió a centrar la atención en Shiraishi. Saltaba a la vista que aquella muchacha, de veintisiete o veintiocho años y la cara perfectamente ovalada, era del agrado del director general.

La camarera, que lo estaba esperando en el exterior de la sala de banquetes, condujo a Asai a través de un pasillo. Después de doblar dos equinas llegaron a una cabina telefónica. A través de la puerta de cristal se veía el auricular descolgado.

—Hola, soy yo —dijo Asai, pero nadie le respondió.

Se le aceleró el pulso. Al otro lado de la línea se oía un murmullo de voces, pero eran demasiado lejanas para descifrar lo que decían. Oyó a una mujer que sollozaba muy cerca de su oído y reconoció a su cuñada Miyako. No podía decirle nada porque estaba llorando.

—¿Qué ha pasado, Miyako? —preguntó Asai con un ligero temblor en la voz, temiendo que a Eiko le hubiera sucedido algo y no hubiera podido llamarle en persona.

—Eiko ha… —Asai no entendió el resto de la frase. Su cuñada estaba tan alterada que era difícil decir si estaba riendo o llorando.

Entonces le pareció que había dicho “muerto”.

—¿Cómo? ¿Qué has dicho?

—Ha muerto. Ha sido muy repentino.

—¿Ha muerto? ¿Estás segura? —Una camarera pasó por detrás de la cabina, pero la puerta de cristal estaba firmemente cerrada y la chica ni siquiera reparó en él—.

¿Cuándo ha sido?

Una fuerte oleada de sollozos ahogó las palabras de su cuñada durante un buen rato.

—Hace tres horas.

¿Su mujer llevaba tres horas muerta y él no lo había sabido hasta ahora? Tres horas antes acababa de entrar en el restaurante. Antes de salir de Tokio había anotado para Eiko y Miyako su agenda de actividades previstas y los nombres de los hoteles en los que se alojaría. Miyako debía de haber llamado al hotel, donde le habrían dado el número de teléfono del restaurante. Aun así, habría podido localizarlo inmediatamente.

Asai pensó que debía de haber sido un accidente: aquello justificaría el retraso en darle la noticia. Además, su mujer debía de haber muerto fuera de casa. De lo contrario le habrían avisado enseguida. Aunque la hubieran llevado al hospital, alguien le habría llamado mucho antes.

—¿Ha sido un accidente? —preguntó.

—Soy yo —le respondió una voz diferente—. No, no ha sido un accidente. —Era el padre de Eiko. Incluso él, que vivía en Hachioji, había tenido tiempo de llegar a su casa—. Se le ha parado el corazón. Ha sido muy repentino. —Un ataque de tos distorsionó la voz turba- da de su suegro, de setenta años—. Estaba en la calle. Ha sufrido un infarto y ha entrado precipitadamente en la tienda más cercana. La dueña ha llamado a Miyako, que ha ido enseguida en taxi, pero ya era demasiado tarde.

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—Ya veo. ¿Y ha sido la dueña de la tienda quien ha llamado a la ambulancia? —preguntó Asai, haciendo un esfuerzo por dominar sus emociones.

—En realidad, había una clínica de medicina general a unos doscientos metros y enseguida ha ido un médico. Pero su corazón ya había dejado de latir.

Eiko estaba delicada del corazón. Dos años antes había sufrido una angina de pecho.

—¿Dónde está ahora?

—La han traído a casa hace una hora. Miyako ha llamado a tu hotel para preguntar dónde estabas.

—Parecía que su suegro intentara excusarse por haber tardado tanto en avisarle. A través del auricular oía llorar a Miyako y a otra persona, que le pareció el hermano pequeño de su mujer—. ¿A qué hora llegarás?

—Los trenes bala ya no circulan a esta hora. Si consigo llegar a tiempo al aeropuerto, volveré en avión. Si no, tomaré el tren nocturno que llega a Tokio mañana por la mañana.

—Te estaremos esperando. En fin, es una tragedia. Procura… —Su suegro seguramente iba a decirle que procurase mantener la calma y regresar a casa sano y salvo, pero la voz se le quebró. Casi parecía que le pesa- ra más el hecho de haberle fallado a su yerno avisándo- le tan tarde que la muerte de su propia hija.

Asai salió de la cabina e hizo una seña a una camarera que pasaba por el pasillo.

—¿Hay algún avión que vuele a Tokio esta misma noche?

La muchacha se arremangó una de las mangas violeta del kimono que llevaba y consultó un pequeño reloj de pulsera.

—Son casi las nueve y diez y el último avión despega a las nueve y media, así que me temo que ya no le da tiempo a llegar al aeropuerto de Itami. —El restaurante tenía muchos clientes de la capital, por eso el personal conocía de memoria el horario de los vuelos—. ¿Necesita regresar ahora?

—Sí. ¿A qué hora sale el expreso?

—Hay uno que sale de Sannomiya a las diez y cinco y llega a Tokio mañana, sobre las nueve y media.

—Pues tomaré este. ¿Puede llamar a un taxi?

—¿Para una persona?

—Sí, regresaré yo solo. Es una emergencia.

Mientras recorría el pasillo de vuelta a la sala de banquetes, decidió pedirle al vicepresidente Yagishita que atendiera al director Shiraishi. No podía pedir al ministerio que enviaran a un sustituto, así que su jefe tendría que completar solo los dos días de visitas que todavía tenía por delante. Un hombre como él, al que le gustaba darse aires de importancia, se sentiría humillado viajando sin acompañante. Se planteó pedir un sustituto a la delegación de Hiroshima, pero descartó la idea porque le pareció irrespetuoso dejar al director general y a los empresarios con alguien que no fuera de la sede del ministerio. A pesar de la conmoción de haber perdido a su mujer de forma tan repentina, Asai estaba completamente centrado en resolver los asuntos del trabajo.

Cuando volvió a la sala de banquetes ya habían servido el último plato. Su jefe estaba dando buena cuenta de un cuenco de arroz con besugo y té verde. La geisha seguía entreteniéndolo. Después de que Asai le hiciera una reverencia a Shiraishi y se sentara, la muchacha le preguntó si quería arroz con besugo y té verde o prefería arroz blanco.

Asai detectó en el rostro de perfil de su jefe un ligero malestar por su prolongada ausencia. Mientras sujetaba el cuenco caliente de arroz con la punta de los dedos, pensaba en la mejor forma de exponerle el asunto. No tenía tiempo que perder. La voz llorosa de Miyako todavía resonaba en sus oídos.

Asai volvió a dejar encima de la mesa el cuenco que acababa de levantar, se arrodilló y se acercó a su jefe.

—Señor Shiraishi, le pido disculpas de antemano —le susurró al oído. Su jefe se inclinó en su dirección, frun- ciendo la frente para indicarle que lo escuchaba—. Me gustaría pedirle que este asunto no trascendiera al resto de los invitados. —La velada no estaba tan animada como a la hora del aperitivo, pero la conversación continuaba viva—. Acabo de recibir una llamada de Tokio, desde mi casa. Parece ser que mi esposa ha fallecido repentinamente. —Shiraishi se inclinó un poco más con expresión confundida, como si no hubiera entendido bien la palabra “fallecido”—. Ha sufrido un infarto hace tres horas.

La palabra “infarto” sí que llegó a sus oídos con claridad. El director general abrió los ojos como platos y dejó el cuenco de arroz encima de la mesa. Su mirada se paseó por el comedor y finalmente se detuvo en el rostro de Asai.

—¿Estás seguro? —preguntó en el tono grave que la situación requería.

—Me temo que sí —confirmó Asai en un murmullo—. He hablado con mi suegro y mi cuñada.

—¿Estaba enferma? —inquirió su jefe, bajando la voz como había hecho Asai.

—No, gozaba de buena salud. Se ve que ha empezado a encontrarse mal en la calle, ha entrado en una tienda cercana y ha muerto en el acto.

—¡Cielo santo!

Como Asai le había pedido la máxima discreción para que la triste noticia no trascendiera, su jefe se limitó a agachar ligeramente la cabeza. Su irritabilidad mutó inmediatamente en una expresión en la que se mezclaban la compasión y el nerviosismo.

—Debes volver a Tokio ahora mismo —le ordenó en voz baja.

—Sí, señor. Lamento no poder seguir siéndole de ayuda en este viaje.

—No te disculpes, no importa —dijo Shiraishi, y consultó su reloj—. A esta hora ya no saldrán más aviones.

—No.

—¿Sabes si todavía hay trenes?

—Le he preguntado a una de las camareras y me ha dicho que hay un tren nocturno que sale a las diez y cinco.

—No tienes mucho tiempo. Más vale que te vayas, me las arreglaré solo.

—Muchas gracias, señor. Lamento las molestias que le estoy ocasionando.

—En absoluto. No te preocupes por mí.

Los representantes de la industria de alimentos procesados seguían comiendo y bebiendo ajenos a todo, pero lanzaban alguna que otra mirada de curiosidad a los dos hombres que hablaban en susurros. La geisha había tenido la discreción de no entrometerse y estaba conversando en voz baja con una de sus compañeras.

—De acuerdo. Gracias, señor.

—Iré a ofrecer mis condolencias a tu familia en cuanto regrese a Tokio.

—No será necesario, señor… Se lo agradezco mucho, pero sé que está muy ocupado.

—En cualquier caso, será mejor que te vayas. Ya encontraré el momento adecuado para decírselo a los demás.

—No hace falta que se moleste. Llamaré al vicepresidente Yagishita para que salga al pasillo un momento y le pondré al corriente yo mismo. Él informará a los demás.

—Entendido.

El director general aceptó sin vacilar, como si lo aliviara saber que no tendría que ocuparse él mismo de comunicar a los demás el infortunio sucedido en el hogar de su subordinado.

—En cuanto al resto del viaje, señor, podría pedirle al director de Asuntos Generales de la delegación de Hiroshima que le acompañara en sus visitas. Si está usted de acuerdo, le diré a Yagishita que tome las disposiciones necesarias.

—No te preocupes por nada, me las arreglaré solo.

—Pero habría que zanjar los asuntos pendientes…

—Tranquilo. Anda, vete. Todavía tienes que pasar por el hotel para recoger tus cosas, ¿verdad?

—Sí. En ese caso, señor, será mejor que me vaya.

A esas alturas, todo el mundo había advertido ya que ocurría algo excepcional. Cuando Asai se levantó del cojín, treinta pares de ojos se posaron sobre él. Asai le hizo una seña a Yagishita con la mirada y salió al pasillo. El hombre lo siguió inmediatamente.

El vicepresidente se quedó perplejo al oír la trágica noticia. Para no perder más tiempo, ambos hombres hablaron mientras caminaban hacia la puerta de salida.

—Me ha parecido raro que empezara a cuchichear con su jefe nada más regresar, pero jamás habría imaginado que se tratara de algo tan espantoso. No sé qué decir… Yagishita agachó su cabeza calva y le hizo una profunda reverencia a Asai.

—Gracias. Para mí también ha sido muy inesperado.

—Naturalmente. Es una auténtica pesadilla. Los demás también se sorprenderán mucho cuando se enteren.

—No me ha parecido apropiado anunciar una noticia tan triste durante la cena. ¿Lo harás tú cuando encuentres el momento adecuado?

—Faltaría más. Pero aquí no tiene por qué guardar las apariencias, señor Asai. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, está usted entre amigos. No se preocupe, avisaré a los demás.

—Me gustaría pedirte otra cosa. Cuando yo me vaya, el director general tendrá que seguir viajando solo. No habrá nadie que lo acompañe. Si tuviera que venir alguien del ministerio, ya no llegaría a tiempo, pero he pensado que tú podrías llamar mañana por la mañana a Asuntos Generales de la delegación de Hiroshima y pedirle al director que vaya a recibir al señor Shiraishi a la estación y lo acompañe en mi lugar durante el resto del viaje.

—Por supuesto, no hay problema. Así lo haré. Pero no tiene por qué pensar en estas cosas en un momento como este, señor Asai —observó Yagishita en tono compasivo.

—Debo hacerlo, es mi responsabilidad. Tengo que asegurarme de dejarlo todo bien atado. No puedo permitir que los asuntos personales me distraigan del trabajo.

—Pero esto no es un asunto personal cualquiera, ¡su esposa ha fallecido! Es completamente distinto.

—Aun así, hay que saber distinguir lo laboral de lo personal. El señor Shiraishi se quedará solo, y no le gustará dar esa imagen.

—Bueno, supongo que tiene razón, pero…

—¿Me harás ese favor?

—Sí, de acuerdo. Espero que tenga un buen viaje de vuelta.

Asai se detuvo un instante y se inclinó hacia el oído de Yagishita.

—¿Qué opinas de la muchacha que está sentada enfrente del señor Shiraishi? ¿Crees que podría surgir algo más entre ambos?

Yagishita se quedó atónito ante la pregunta de Asai.

—Señor Asai, ¿de verdad le preocupan esas cosas en un momento como este?

Asai no salió de su estupor hasta más tarde. Mecido por el traqueteo del tren nocturno, sin poder dormir, se dio cuenta de que se le había olvidado preguntar dónde estaba Eiko cuando había sufrido el infarto.

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