Olga Tokarczuk

LECTURAS | Un lugar llamado Antaño, de Olga Tokarczuk

Una novela mágica: la historia de un pueblo y sus excéntricos habitantes, que es al mismo tiempo la historia de un siglo y un país.

Ciudad de México, 5 de enero (MaremotoM).- «Antaño es un lugar situado en el centro del universo»: con esta frase arranca esta novela. Antaño es un pueblo mítico situado en el corazón de Polonia, un microcosmos habitado por personajes singulares y excéntricos: Genowefa, Espiga, Misia, el Hombre Malo, el señor Popielski, Michał, el viejo Boski, Izydor, Florentynka, Ruta, la señora Papug, un rabino que regala un extraño Juego, cosacos invasores, almas en pena que se creen vivas, viejas locas que entienden a los animales, perros sabios como Pepona, caballos, vacas, ángeles guardianes e incluso el mismísimo Dios.

Un lugar llamado Antaño, la tercera novela de Olga Tokarczuk, la consagró como una autora de imaginación desbordante y una voz fundamental de la literatura polaca contemporánea, y la lanzó internacionalmente, en un importante primer paso que desembocaría en dos premios concedidos en 2018: el Man Booker Internacional y sobre todo el Nobel.

Acaso podríamos definir esta novela como un cruce entre Cien años de soledad y un cuadro de Chagall. Hay en ella realismo, magia y realismo mágico. Por sus páginas desfilan la historia de un siglo –dos guerras mundiales, campos de concentración…– y varias generaciones de seres humanos movidos por las pasiones, los anhelos, las dudas y los miedos. Hay nacimientos, amoríos, amistad, violencia, dignidad, traiciones, envejecimiento y muertes. Hay mil y una historias que se cuentan y se entrecruzan en breves capítulos, una sucesión de narraciones que conforman una novela coral y total, en la que asoman el corazón del Ser Humano, de la Historia, del Mundo y de la Vida.

En esta obra inagotable, sorprendente y deslumbrante se encuentran y chocan lo viejo y lo nuevo, la masculino y lo femenino, la vida y la muerte…

Lee algunas páginas de Un lugar llamado Antaño, de Olga Tokarczuk, con autorización de Anagrama

TIEMPO DE ANTAÑO

Antaño es un lugar situado en el centro del universo. Para cruzar Antaño de norte a sur, a paso ligero, sería necesaria una hora. Lo mismo, de este a oeste. Y, si alguien quisiera rodear Antaño, a paso lento, observándolo todo con detenimiento y atención, tardaría un día entero, desde la mañana hasta la noche.

Por la frontera norte de Antaño discurre un camino que va de Taszów a Kielce, transitado y peligroso, porque provoca ansia de viajes. Esta frontera la protege el arcángel san Rafael.

La frontera sur la marca el pueblo de Jeszkotle, con su iglesia, su asilo de ancianos y sus casas bajas que circundan una plaza llena de barro. Este pueblo es amenazador, porque engendra el deseo de poseer y de ser poseído. Por este lado, Antaño está protegido por el arcángel San Gabriel.

De norte a sur, Antaño se encuentra a ambos lados del Gran Camino, que conduce de la carretera de Kielce a Jeszkotle.

La frontera oeste de Antaño está jalonada por unos prados húmedos y cercanos al río, algo de bosque y un palacio. Junto a este hay una caballeriza, donde cada caballo vale tanto como todo Antaño. Los caballos pertenecen al amo y los prados al cura. El peligro de la frontera oeste es el pecado de la soberbia. Esta frontera está protegida por el arcángel san Miguel.

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En el este, la frontera de Antaño sigue el curso del río Blanco, que separa sus tierras de las de Taszów. Luego el Blanco tuerce en dirección al molino, y la frontera continúa sola, por las praderas y entre los arbustos de alisos verdes. El peligro que amenaza este lado es la estupidez que procede de las ganas de dárselas de inteligente. Esta frontera la vigila el arcángel san Uriel.

En el centro de Antaño, Dios erigió una colina que invade cada verano una multitud de abejorros. Por eso, la gente la llamó la Colina del Abejorro. Porque a Dios le corresponde crear y al ser humano dar nombres.

Del noroeste al sur fluye el río Negro, que se une con el Blanco junto al molino. El Negro es profundo y oscuro. Se abre camino a través del bosque, cuyo barbudo rostro se refleja en las aguas. Por él navegan las hojas secas y, en sus remolinos, luchan por su vida insectos imprudentes. El Negro forcejea con las raíces de los árboles y derrubia el bosque. Este río es capaz de mostrarse furioso, indomable y, a veces, hasta forma ollas en su oscura superficie. Cada año, avanzada la primavera, cubre los prados del cura; luego, discurre indolente bajo el sol y permite que las ranas proliferen por millares. El cura lucha todo el verano con el río y este, año tras año, no se aviene a dejarse reconducir a su lecho hasta finales de julio.

El Blanco es raudo y poco profundo. Su amplio cauce se extiende por la arena y no tiene nada que ocultar. Es transparente y el sol resplandece en su nítido fondo arenoso. Recuerda a un lagarto grande, reluciente. Se escurre entre los álamos, serpentea juguetonamente. Resulta difícil prever sus diabluras. Un año, puede formar una isla con una arboleda de alisos y luego, durante diez años, mantenerse alejado de esos árboles. El Blanco fluye por los bosquecillos, las praderas y los pastos. Brilla arenoso y dorado.

Junto al molino los ríos se unen. Primero, corren pegados, uno junto al otro, indecisos, intimidados por la anhelada cercanía. Al final, mezclan sus aguas y se entregan por completo. El río que discurre desde este crisol, que está junto al molino, ya no es ni el Blanco ni el Negro. Es un río potente que mueve, sin esfuerzo alguno, la rueda del molino que tritura el grano para el pan.

Antaño está situado sobre los dos ríos y sobre ese tercero que surge del deseo mutuo. El río que nace de la unión del Negro y del Blanco, junto al molino, se llama Río. Este sigue su curso, tranquilo y satisfecho.

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