Muriel Barbery

LECTURAS | Un país extraño, de Muriel Barbery

Una fantasía épica con aires de clásico, por la autora de La elegancia del erizo.

Ciudad de México, 16 de enero (MaremotoM).- Alejandro de Yepes y Jesús Rocamora, dos jóvenes oficiales del ejército regular español, se enfrentan al sexto año de la guerra más cruenta que haya conocido el ser humano. El día que se topan con el afable y excéntrico Petrus da comienzo una aventura extraordinaria ya que los dos españoles abandonan su puesto y cruzan un puente invisible: Petrus es un elfo, proviene del secreto mundo de las Brumas en el que ya está reunida una compañía de elfos, mujeres y hombres de la que dependerá el destino de la guerra. Alejandro y Jesús descubrirán la tierra de su nuevo compañero, una tierra de armonía natural, belleza y poesía, pero que también se enfrenta al conflicto y al declive. Juntos participarán en la última batalla y sus mundos, tal y como los han conocido, nunca volverán a ser los mismos.

Muriel Barbery
Un país extraño. Foto: Cortesía

Fragmento de Un país extraño, de Muriel Barbery, con autorización de Seix Barral.

ALIANZAS 1938

Al inicio de este relato el mundo humano lleva seis años en guerra.

El conflicto lo ha desencadenado una coalición, la Confederación, dirigida por la Italia de Raffaele Santangelo y cuyos miembros principales son Francia y Alemania. Los rumores de que la guerra duraría apenas unos meses son brutalmente desmentidos por una invasión de gran magnitud que afecta a los miembros de la Liga, esto es, España, Gran Bretaña y los países del norte de Europa.

El caso de España es atípico: el rey es un aliado natural de la Liga, pero parte de su ejército, que lleva tiempo preparándose para esta traición, se ha escindido para unirse a la Confederación. Al inicio de la guerra, las tropas de los generales rebeldes rodean a las tropas regulares españolas, fieles a la Corona y a la Liga, y España queda aislada de sus aliados.

Acontecimiento notable, desde 1932, el primer año del conflicto, en los países sometidos por la Confederación se organiza una resistencia civil independiente.

Las intenciones de Santangelo son claras desde el principio. Dado que los miembros de la Liga se niegan a renegociar los tratados de la guerra anterior, pretende redibujar por la fuerza las fronteras europeas. En nombre del orgullo italiano y de la pureza de las razas pone en marcha una política de desplazamiento masivo de las poblaciones de Italia. En 1932 promulga leyes de exclusión étnica que no tardarán en incluirse en la constitución italiana; en 1938, la Europa de la Confederación se llena de campos de internamiento.

POR VUESTROS MUERTOS

Alejandro de Yepes había nacido en la tierra que ahora defendía bajo la nieve. Otros combatían por el desenlace de la guerra, pero el general De Yepes luchaba por los arpendes y las tumbas de sus antepasados, y poco le importaba la victoria final de la Liga. Era oriundo de una región tan pobre que sus nobles parecían desarrapados a los ojos del resto de España; por ello, en su tiempo, su padre había sido a la vez muy noble y muy pobre. En el promontorio del castillo* se moría uno de hambre contemplando la vista más sublime de Extremadura y Castilla La Vieja juntas, pues la fortaleza se erguía sobre la frontera entre ambas, y con un solo gesto se podían soltar las águilas hacia Salamanca y Cáceres a la vez. Quiso la suerte que Alejandro regresara allí tras seis años de combates lejanos, justo cuando Extremadura se convertía en el eje de la gran ofensiva con la que se esperaba poner fin a la guerra. Más aún, la suerte le permitió al joven general volver a su tierra como un héroe, pues había hecho gala de un sentido de la estrategia que había suscitado la admiración de sus jefes.

Dichos jefes eran hombres de gran valía. Sabían mandar y combatir, y no tenían reparos en odiar a un enemigo más abyecto todavía que el de guerras anteriores. Se consideraban al servicio de la Liga, así como de una España escindida por la traición, y habían librado ambas batallas a la vez con la valentía que nace de una convicción honda y sincera. Extrañamente, la mayoría de los oficiales provenía de las zonas rurales del país, mientras que las ciudades estaban en su mayor parte en manos del enemigo. Era un ejército de hombres acostumbrados desde niños al manejo del fusil, a quienes la rudeza de su tierra había hecho esforzados y astutos. Se habían unido al bando de la Liga por una misma lealtad a sus antepasados y al rey, y no dudaban en enfrentarse a sus hermanos rebeldes. No se arredraban por tener que luchar diez contra uno; a ese respecto, su primer error fue la temeridad: la bravura heredada de sus padres llevó a los oficiales a combatir en primera línea, hasta que otras voces —entre ellas la de Alejandro— se opusieron, argumentando que no se podía arrojar al campo de batalla a soldados sin caudillos. Puesto que éstos habían dado sobradas muestras de coraje, desde ese momento se dejó a un lado el tema del honor. Por otra parte, nadie ponía en duda que el verdadero honor consiste en cumplir con la tierra y el cielo, y que la mejor manera de honrar a los muertos es vivir.

La Confederación francoitaliana sorprendió a Europa y, haciendo correr ríos de sangre, devastó a una España a la que cogió desprevenida, descargando sobre ella escuadrones de hombres enviados a la muerte con indiferencia. En cuanto a los generales de la Liga, sabían que, si bien los mejores oficiales seguían siendo leales al rey, sus efecT-Un país extraño.indd 22 19/9/19 7:45 23 tivos globales eran irrisorios, y su salvación no dependía de las cifras, sino de un aluvión de milagros. Y eso fue precisamente lo que hizo el teniente De Yepes las semanas que tardaron las fuerzas aliadas en reorganizarse: un milagro. Cuando sus soldados se unieron a las tropas amigas, se descubrió que el oficial menos provisto de hombres y de armas de todo el ejército era el que menos bajas había sufrido y más pérdidas había infligido a los traidores. Encabezaba en aquella época el Estado Mayor de los ejércitos un general notable, ya fallecido, llamado Miguel Ybáñez. No tenía reparos en ascender a los jóvenes oficiales valientes, ni en desfavorecer a quienes no demostraban talento táctico y carecían de sentido de la estrategia. La buena táctica es la columna vertebral del oficial, y la estrategia es a la vez sus pulmones y su corazón. Como en un combate a diez contra uno nadie puede permitirse la falta de brío y de ardor guerrero, Ybáñez quería ante todo buenos estrategas.

En Alejandro encontró a uno de primera.

Al inicio del conflicto, el teniente De Yepes quedó aislado de su mando. Tenía libertad de acción, y su plan era sencillo: ahorrar hombres, tiempo, munición y víveres. Las tropas regulares estaban más dispersas, y las comunicaciones por vía terrestre eran imposibles. Pronto carecerían de recursos, y cada cual imaginaba el escenario del desastre: aniquiladas como chinches, las unidades aisladas perecerían, rodeadas por tropas ampliamente superiores en número. Sin comunicaciones, el conocimiento del terreno es la única posibilidad de supervivencia de un ejército; así pues, Alejandro envió en avanzadilla a más hombres de valía de lo que le hubiera gustado, y perdió muchos más de lo que hubiera querido. Pero volvían los suficientes para proporcionarle una visión clara del teatro de operaciones, algo a lo que el enemigo, sabiéndose en superioridad numérica, sólo prestaba una atención moderada. Batiéndose en retirada sin cesar, Alejandro se infiltraba allí donde podía, como se desliza el agua por una pendiente entre raíces y rocas. Iba hasta las mejores posiciones para la resistencia y el reabastecimiento, y acosaba al enemigo con acciones relámpago que daban la impresión de que estaba en todas partes al mismo tiempo. Durante los enfrentamientos retenía a su artillería, y sus hombres aguantaban los tiros mientras ahorraban recursos, hasta el punto de que un día de diciembre dio orden a los artilleros de no disparar durante casi media hora. Los hombres de Alejandro se encomendaban a la Virgen mientras los obuses enemigos caían como un chaparrón, pero cuando el general adverso, convencido de no enfrentarse ya más que a un puñado de fantasmas, lanzó sobre ellos a la infantería, los mismos que un poco antes rezaban agradecieron a su teniente las valiosas municiones salvadas. Estaban repartidos por el valle a buena distancia unos de otros y no perecieron tantos como la concentración del fuego enemigo hubiera querido. Por fin, batiéndose de nuevo en retirada allí donde pudieran sostener un largo asedio, causaron graves pérdidas en el bando contrario. Al declinar el día, el adversario, perplejo, no entendía cómo era posible que lo hubieran derrotado cuando no tenía la impresión de haber perdido la batalla.

A petición de Alejandro, ahora ya comandante, Ybáñez había ascendido a teniente a un soldado que sería más tarde comandante cuando él a su vez ascendiera a general. Se llamaba Jesús Rocamora y, tal y como él mismo reconocía, venía de un mísero rincón de España, un pueblucho de Extremadura perdido entre dos extensiones desiertas al sudoeste de Cáceres. El único medio de vida de su aldea natal era un gran lago donde pescaban las pobres gentes del lugar, para luego ir a vender las piezas a la frontera portuguesa. Su vida transcurría, pues, entre una pesca y una marcha igualmente trabajosas bajo el sol despiadado del verano y el frío legendario del invierno. Había allí un cura que malvivía como sus feligreses, y un alcalde que se pasaba el día pescando. Por si eso fuera poco, el nivel de las aguas del lago llevaba diez años bajando. Las plegarias y las procesiones habían resultado inútiles: el lago se evaporaba, y, ya fuera por la cólera de Dios o la de la madre naturaleza, las generaciones venideras estaban condenadas a marcharse o morir. Desde entonces, por esa ironía del destino que torna el sufrimiento en deseo, quienes otrora maldecían su pueblo sentían ahora por éste un apego desgarrador, y aunque en esa vida hubiera poco digno de ser amado, escogían morir allí con el último pez del lago.

—La mayoría de los hombres prefiere morir a cambiar —le dijo Jesús a Alejandro una noche en que, acampados en un pequeño altozano umbrío, pensaban que probablemente ellos mismos estarían muertos al día siguiente.

—Pues tú te marchaste —le objetó Alejandro.

—Pero no por miedo a morir —contestó Jesús.

—¿Qué otro motivo tenías?

—Es mi destino vivir el despojamiento y el dolor por los hombres. Empezó en mi pueblo y debe proseguirse en el mundo.

Alejandro de Yepes tuvo a Jesús Rocamora a su lado durante toda la contienda. Ese hijo de las pescas infernales era uno de los dos únicos hombres a quienes habría confiado su vida sin dudarlo. El otro era el general Miguel Ybáñez. El jefe del Estado Mayor de los ejércitos del rey, un hombre de baja estatura con las piernas tan arqueadas que se decía que había nacido a caballo, tenía la reputación de ser el mejor jinete de la Corona y, más que subirse a la silla, se aupaba a ella de un salto. Desde allí te miraba con unas pupilas brillantes, y sentías un deseo imperioso de complacerlo. ¿De qué pasta está hecha la aptitud para el mando? Había, sin embargo, en su mirada cansancio y tristeza. Solía escuchar con atención, era parco en palabras y daba las órdenes como quien hace un cumplido a un amigo, con una voz desprovista de toda severidad militar, después de lo cual los hombres partían dispuestos a morir por él o por España, lo mismo daba, pues el fantasma del miedo se había disipado por un tiempo.

Hay que imaginarse lo que es habitar la provincia de la vida y la muerte. Es un extraño país, y sólo son estrategas quienes hablan su lengua. Han de dirigirse a los vivos y a los muertos como si fueran un mismo ser, y Alejandro conocía ese idioma. De niño, fuera adonde fuera, siempre acababa rondando irresistiblemente las tapias del cementerio de Yepes. Allí, entre las lápidas y las cruces, sentía que estaba con los suyos. No sabía hablarles, pero la paz del lugar era para él un murmullo de palabras. Por otra parte, aunque no significara nada, la música de los muertos lo alcanzaba en un punto del pecho que comprendía las cosas sin necesidad de palabras. En esos momentos de gran plenitud, distinguía en la orilla de su campo visual un intenso destello, y sabía que discernía una forma de espíritu desconocida y poderosa.

En eso también estaba iniciado Ybáñez, y sacaba de ello el temple que lo convertía en tan notable general. En noviembre del tercer año de guerra fue a Cruz de Yepes para reunirse con Alejandro. El joven comandante había dejado el norte y llegado al castillo sin conocer las razones del encuentro. Nevaba ligeramente. Ybáñez parecía sombrío, y fue una conversación insólita.

—¿Recuerdas lo que me dijiste el día en que nos conocimos? —le preguntó—. ¿Que la guerra sería larga y que habría que seguir librándola tras sus sucesivas máscaras? Todos los que no lo comprendieron están ahora muertos.

—Otros que sí sabían lo que estaba en juego también han muerto —contestó Alejandro.

—¿Quién vencerá? —dijo Ybáñez como si alguien se lo hubiera preguntado—. Me han acosado tanto sobre la guerra y sobre la victoria. Pero nadie me hace nunca la pregunta adecuada.

Alzó su copa en silencio. Pese a su miseria, el castillo se enorgullecía de una bodega donde mejoraban con los años los caldos otrora obsequiados a Juan de Yepes, el padre de Alejandro, así como a su abuelo, su bisabuelo y demás antepasados, hasta remontarse muy atrás en el tiempo. Ocurría así: una buena mañana, en algún lugar de Europa, un hombre despertaba y sabía que debía ponerse en camino hacia cierto castillo de Extremadura del que nunca había oído hablar hasta entonces. Al viajero no se le venía siquiera a las mientes que ésa fuera una idea descabellada o inviable, y no vacilaba un instante en las encrucijadas del camino. Esos viajeros eran prósperos viñadores que guardaban en sus bodegas el fruto de su ta – lento, y de allí escogían botellas maravillosas que habrían reservado para las bodas de sus hijos. Se presentaban en la puerta del castillo y entregaban la botella al padre, al abuelo o a alguno de los antepasados de Alejandro, que les ofrecía algún manjar y una copa de jerez. A continuación se marchaban sin más, después de pasar un momento en lo alto de la torre. De regreso en sus tierras, pensaban cada mañana en la copa de jerez, en el pan generoso y en el jamón con reflejos violáceos; el día seguía su curso, y sus allegados constataban lo mucho que habían cambiado. ¿Qué había ocurrido en el castillo? Para los condes de Yepes, los usos habituales de su rango no sufrían alteración ninguna, y ellos mismos no eran conscientes de la insólita actividad que se desarrollaba en su castillo. A nadie extrañaba, quedaba atrás y se olvidaba, tanto que Alejandro fue el primero en reparar en ello. Pero, cuando inquirió al respecto, no supieron qué responderle, y pasó su infancia con el sentimiento de ser una anomalía en el seno de la anomalía del castillo. Cuando ese sentir crecía hasta hacerle daño, iba al cementerio a tratar con los muertos.

Gracias a esa inclinación por las tumbas, veinte años atrás se hallaba en el cementerio el día de noviembre en que pereció su familia. Unos hombres irrumpieron en el castillo y asesinaron a quienes allí encontraron. Nadie sabía cuántos eran, cómo llegaron ni cómo se fueron. Ninguna mirada —entiéndase las de las ancianas y los pastores— los vio acercarse, fue como si cayeran del cielo y de igual modo volvieran a él. Alejandro dejó el cementerio porque el destello de ese día tenía sabor a sangre, pero al subir el sendero del castillo no vio más rastro en la nieve que el de los corzos y las liebres. Sin embargo, lo sabía ya desde antes de franquear la puerta de la fortaleza. El cuerpo le suplicaba que cayera de rodillas, pero él avanzaba pese a todo por su camino de dolor.

Tenía diez años y era el único superviviente del linaje.

Las exequias fueron singulares. Era como si Extremadura entera se hubiera reunido en Cruz de Yepes, además de los viajeros del pasado que habían podido llegar a tiempo al pueblo. Todo ello componía una extraña multitud, y, de hecho, todo fue extraño aquel día: la misa, la procesión, el sepelio y el sermón del cura, revestido con una sotana que un viento furioso se empeñaba en levantar. Había empezado a soplar justo en el momento de sacar los féretros del castillo y cesado en seco con la última palabra de la oración fúnebre. Después todo volvió a sumirse en el silencio, hasta que las campanas tocaron el ángelus, y los presentes sintieron que abandonaban un paraje desconocido; esa tenue sensación había ocupado los corazones el día entero, una travesía interior al albur de caminos ignorados, que los balbuceos en latín del cura y el ridículo de una procesión de viejos desdentados no habían conseguido alterar. Ahora se sentían despertar de una larga meditación y miraban a Alejandro subir la pendiente escarpada del fuerte. Lo acompañaba un solo hombre, y alabaron la decisión del consejo del pueblo de poner al niño en sus juiciosas manos. Sabían que cuidaría del castillo y sería bondadoso con el huérfano, se alegraban de que lo iniciara en ciertos temas elevados y, sobre todo, estaban aliviados de no tener que encargarse ellos del asunto.

Luis Álvarez tenía unos cincuenta años y, por saña o desidia de los dioses, era a la vez bajo de estatura, cargado de hombros y muy flaco. Pero cuando se quitaba la camisa para las tareas pesadas se le veían bajo la piel unos músculos recios y asombrosamente vigorosos. Asimismo, tenía un rostro banal e inexpresivo donde brillaban unos ojos de un azul profundo, y el contraste entre el anonimato del semblante y el fasto de la mirada transmitía con elocuencia la esencia de su ser. Por su función, era intendente del lugar: velaba por el señorío, cobraba los arrendamientos, negociaba el precio de la madera y llevaba los libros de cuentas. Por su alma, en cambio, era el guardián de las estrellas del castillo. Cuando por las noches cenaban en las cocinas de la fortaleza desierta, Luis hablaba largamente con su pupilo, pues este hombre, entregado al servicio de los poderosos y a los negocios triviales, era en realidad un gran intelectual y un inmenso poeta. Lo había leído y releído todo, y escribía esa poesía lírica que sólo producen las almas fervientes: una poesía de conjuros al sol y de murmullos de estrellas, de amor y de cruces, de súplicas en la noche y de búsquedas silenciosas. Cuando la componía, percibía a través de ella, en la orilla de su campo visual, la misma luz que Alejandro recibía de sus muertos, y sólo él entre todos habría podido responder a las preguntas del niño sobre la peregrinación al castillo. Sin embargo, callaba.

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Así, cada día durante ocho años, hacia el mediodía lo verían bajar del castillo con el adolescente y sentarse a su mesa en la fonda, con la misma camisa blanca de cuello de oficial, el mismo traje claro, las mismas botas de cuero gastado y el mismo sombrero de ala ancha cuya paja estival se transformaba en fieltro con los primeros fríos, atuendo al que añadía en invierno una de esas largas esclavinas que suelen llevar los pastores a caballo. Le servían una copa de jerez, y se estaba ahí tranquilo, en una hora en la que pasaba todo el mundo preguntando por su último poema o por la cotización estimada del ganado. Sentado parecía alto porque su porte era erguido, con una pierna cruzada sobre la otra, una mano en el muslo y el codo apoyado en la mesa. A ratos bebía un sorbo de vino y se limpiaba los labios con la servilleta blanca doblada junto a la copa. Parecía rodeado de silencio pese a que hablaba mucho en esos consejos disfrazados de charlas. Lejos de intimidar, su elegancia elevaba y reconfortaba. A su lado Alejandro callaba y aprendía la vida de los hombres pobres.

Un solo hombre de bajo rango puede gobernar un país entero. Dichosos los pueblos que encuentran el consuelo de un ser así, sin el que están abocados a la decadencia y a la muerte. A decir verdad, cualquier cosa puede tener dos lecturas opuestas, todo está en ver la grandeza en lugar de la miseria o en ignorar la gloria oculta tras los declives. El castillo era pobre pero no indigente; reinaba allí una atmósfera de esplendor y de ensueño que el despojamiento hacía aún más notable, y, mientras Luis Álvarez dirigiera el fuerte, se lo consideraba un castillo orgulloso aunque se supiera que sus tierras ya no daban renta y sus muros se hundían. Tras la matanza de los Yepes, el intendente pasó también a ocuparse naturalmente de las tareas que antes incumbían a éstos. Después de la tragedia presidió el primer consejo de la aldea, el cual, como se recordaría más tarde, se consideró un momento de gran dignidad, y, en este nuestro mundo que se derrumba, tales recuerdos son casi más valiosos que la vida en sí. Mandó ponerse en pie a los presentes antes de decir unas palabras para honrar a los muertos, y no cabe duda de que salvaron a Alejandro del extravío de la tristeza e hicieron de él un hombre sano, en particular la última frase, que le iba destinada, aunque Luis se abstuviera de mirarlo: «A los vivos la carga de los muertos». El niño estaba a la diestra de su intendente, con la mirada febril, pero más inmóvil que una piedra. Sin embargo, después de esas palabras la fiebre de sus ojos se apagó, y se revolvió impaciente en su asiento como cualquier niño de su edad. El intendente invitó a votar a la manera de los ancestros, nombrando los linajes y refrendando las decisiones con un golpe de martillo. Cuando se hubo examinado y votado todo, puso a la asamblea en pie y le pidió al cura que recitase la oración fúnebre. Como el viejo sacerdote tropezaba con las palabras, la continuó él mismo, y al final el consejo al completo pronunció los responsos. No obstante, que no crea nadie que Luis Álvarez reinaba sobre la comarca sólo porque respetaba el ordenamiento de sus ritos: si el intendente del castillo tenía una autoridad natural era porque tejía entre todos unos vínculos arraigados en un suelo de una esencia tan espiritual que quienquiera que conociera su poesía había nacido para gobernar el país. Por fin, justo después del último amén, las mujeres entonaron un viejo canto extremeño. Es un canto que ya no se conoce hoy, en una lengua que ya nadie sabe traducir, pero ¡cuán hermosa era esa música! Qué importa que no se entendiera; a todos llegaba su mensaje de tierras fértiles y cielos de tormenta donde la dureza de la vida se compensa con la dicha de las cosechas.

Fue también Luis Álvarez quien inspiró al fin la vocación de Alejandro por la guerra. La noche en que el muchacho cumplía los dieciséis, conversaban delante del fuego, y el adolescente probaba por primera vez el vino. Desde la muerte de Juan no había vuelto a presentarse ningún visitante en el fuerte, pero había en la bodega botellas de antología para varias eternidades. Alejandro apuraba su segunda copa de Petrus cuando Luis le recitó el poema que había compuesto esa misma mañana.

—Algunos me vienen del corazón —le dijo—. Pero éste me ha venido de otro mundo. En la tierra y en el cielo Por vuestros muertos vivid Y gran despojamiento Por los hombres respetad Para que en la hora postrera Vuestra nobleza nos obligue

—¿Qué define a la nobleza? —preguntó Alejandro tras un silencio.

—El valor —contestó Luis.

—Y ¿qué es el valor? —volvió a preguntar Alejandro.

—Afrontar el propio miedo. Para la mayoría de nosotros se trata del miedo a morir.

—A mí no me da miedo morir —dijo Alejandro—. Pero sí estar al cargo de hombres y fracasar porque el diablo que hay en mí venza al ángel.

—Entonces debes ir allí donde puedas librar ese combate.

Dos años más tarde, Alejandro se marchó a la academia militar. No tenía ni dinero ni don de gentes, de ahí que al inicio de la guerra fuera un simple teniente, y tampoco estaba dotado para las intrigas de carrera. Lo único que deseaba era aprender. Al terminar su formación se las ingenió para unirse a compañías cuyos jefes tenían aprecio por sus hombres; de hecho, aprendió bien y, el día en que estalló la guerra, pensó que estaba preparado.

Por supuesto, se equivocaba.

La lección la recibió de las propias circunstancias así como de un soldado raso, al término de uno de los primeros enfrentamientos de la contienda. Alejandro ya había reparado en ese hombre de la tropa que demostraba gran eficacia en la ejecución de las órdenes. Algo le decía que provenía de la miseria, pero nada en los modales de Jesús Rocamora invitaba a la campechanía o a la condescendencia; irradiaba esa forma de aristocracia que tienen quienes no son de alta cuna y llevan la obligación de la nobleza en el corazón. Era también apuesto, con un rostro franco de rasgos bien dibujados, los ojos azules y brillantes y la boca finamente perfilada. Igual que Alejandro, no era alto pero tenía prestancia; era moreno, de hombros anchos y manos delicadas; añadamos a ello un gusto por adornar su habla con expresiones que harían ruborizarse a un húsar, para luego recobrar la gravedad absoluta que define al servidor de las causas nobles.

El quinto día de la guerra, las tropas de Alejandro estaban rodeadas; el teniente De Yepes vio llegar el momento en que sus hombres ya no lo entendían y, presos del pánico, lo hacían todo al revés. Pero, por uno de esos falsos milagros de la historia, Jesús Rocamora surgió de pronto a su lado, mendigando órdenes con esa mirada que ponen los perros con sus amos.

—La artillería del flanco norte tiene que desplazarse —gritó Alejandro, que encontraba providencial la aparición de un hombre dispuesto a escucharlo.

Entonces lo miró y, estupefacto, reparó en que debería haber estado con la tercera unidad, a seis kilómetros de allí.

—¿Y replegarse por el paso sur? —gritó a su vez Jesús.

Esas instrucciones precisas, que Alejandro había dado ya antes y en repetidas ocasiones, nadie había sabido o querido seguirlas. Jesús Rocamora, en cambio, consiguió que se cumplieran. Mejor aún, ya no se alejó lo más mínimo de su teniente: en cuanto ejecutaba las órdenes, volvía a él como vuelve el perro al amo, esperando la consigna siguiente, que conocía de antemano. Al cabo de dos horas así, en esa cresta inefable en la que el más mínimo paso en falso te puede precipitar al abismo o pendiente abajo, Alejandro le gritó: «¡Ve, ve, no me preguntes más!». Jesús lo miró sin expresión, y él repitió: «¡Que te vayas!». Entonces Jesús echó a correr como un perrillo y cubrió a los hombres de consignas sin perder el tiempo de ir a consultar a su jefe.

Sobrevivieron. Más tarde tuvieron ocasión de hablar. Conversaban cada noche y aprendían a conocerse, en una fraternidad que anulaba las jerarquías. A la mañana siguiente, el teniente y el soldado recuperaban sus insignias y luchaban codo con codo respetando los rangos, pero cuando Alejandro le confesó que quería para él un estatus más envidiable, Jesús le contestó: “La pesca es el único infierno que conoceré en esta tierra”.

Fue también Jesús quien le dio a Alejandro su mayor lección de guerra, gracias a la cual de táctico pasó a ser estratega.

—Será una guerra larga —le dijo a su teniente la noche en que acampaban en el pequeño altozano umbrío.

—Entonces ¿no crees que capitularemos rápidamente? —le preguntó Alejandro.

—Somos los señores de estas tierras, no las perderemos tan pronto. Pero ganar es otra historia. A nuestros jefes les va a llevar tiempo entender que, aunque la guerra haya cambiado en sus formas, su esencia sigue siendo la misma. Una vez que se estabilicen los frentes, unos frentes muy grandes, mi teniente, como no se han visto nunca antes, y que los generales constaten que nadie puede vencer rápidamente, se darán cuenta de que lo habrán apostado todo a una carta, la de la táctica (y una táctica obsoleta), pero que la guerra sigue siendo lo que siempre ha sido.

—Un duelo —dijo Alejandro.

—Un duelo a muerte —añadió Jesús—. Se adaptarán las tácticas, pero, al final, el vencedor será el mejor estratega.

—¿Y qué define a un buen estratega? —quiso saber Alejandro.

—La idea siempre es superior a las armas —dijo Jesús—. ¿Quién le confiaría a un ingeniero las llaves del paraíso? La parte divina que hay en nosotros decide nuestra fortuna. El mejor estratega será aquel que mire a la muerte a los ojos y lea en ellos lo que no debe temer perder. Pero eso cambia con cada guerra.

—Los verdaderos señores son los pescadores —sonrió Alejandro.

Entonces, Jesús le contó su momento de revelación.

—Soy hijo de pescador, pero la primera vez que miré el lago, a una edad en que no podía andar ni hablar, supe que nunca sería pescador. Después de eso olvidé lo que sabía. Según iba creciendo, seguía los pasos de mi padre. Sabía echar y quitar las redes, remendarlas y todas las artes del oficio. Mis primeros catorce años de vida los pasé entre las jarcias y la cárcola, sin querer recordar mi primera mirada. Pero la mañana del día en que cumplí los quince, fui al lago. Era un amanecer brumoso, y alguien había repasado el paisaje con tinta; el agua era negra, y la bruma trazaba dibujos increíbles. Ese paisaje…, ese paisaje le llegaba a uno al alma. Tuve una visión del lago seco, de una gran batalla y del rostro de un niño borrado al instante por el de un viejo. Por fin todo desapareció, la bruma se elevó hacia el cielo, y yo caí de rodillas, llorando, porque sabía que iba a traicionar a mi padre marchándome de allí. Lloré largo rato, hasta que mi cuerpo quedó más seco que el lago de mi visión; entonces me levanté y miré por última vez las negras aguas. En ese instante sentí que me cargaban con un peso, pero también que esa cruz me liberaba de la vergüenza. Aprendí a leer y a escribir con el cura y, dos años más tarde, me alisté.

Rodeado desde niño por la benevolencia de sus mayores y el afecto de sus pares, Alejandro nunca había conocido la amistad fraterna de los hombres que han vivido el mismo incendio. Con dieciocho años había visto en el ejército el escenario en el que cumplir su deseo de valentía y experimentado esa solidaridad que nace de la posibilidad del combate. Pero nunca hasta entonces había conocido un corazón acorde al suyo. Cuando en ese último año de guerra volvió a Cruz de Yepes para instalar su cuartel general en el castillo, recorrió a pie la calle del pueblo, feliz de que la gente se acercara a estrecharle la mano y los mayores le dieran un abrazo. Delante del fuerte, el cura salió a su encuentro, flanqueado por el alcalde, apoyado en su bastón. Iban de negro, se los veía rígidos y oscuros como espantapájaros, pero con el rostro iluminado, por una vez, por el orgullo de que su joven señor fuera uno de los grandes generales de su tiempo. Alejandro sentía que se le embalaba el corazón por toda esa gratitud y esas celebraciones. A su lado, el comandante Rocamora sonreía, y las gentes de Cruz de Yepes apreciaban a la vez su mirada franca y la devoción por su general; si además Alejandro hubiera sabido que se felicitaban de su amistad con Jesús, que había hecho posible que un señor estuviera en deuda con un pescador, su emoción habría sido mucho mayor.

Y ahí estaban los dos, el joven general y su no menos joven comandante, en lo alto de la torre del castillo, ahora que la guerra duraba ya seis años y había traído consigo todas las calamidades que siempre traen las guerras. Estaban en lo alto de la gran torre de la misma manera que el mundo contenía el aliento sobre las batallas, en la cima en la que un solo guijarro que rueda hasta abajo decide la victoria o la capitulación.

—Va a nevar —dijo Jesús.

Alejandro sólo había conocido dos noviembres de nieve, el del asesinato de su familia, hacía veinte años, y aquel en que Miguel Ybáñez había ido a verlo a Cruz de Yepes, tres años atrás, en la época en la que el conflicto se estaba extendiendo con una amplitud que nadie había sabido predecir. Tras conversar sobre la larga guerra, Miguel Ybáñez le pidió a Alejandro que lo llevara al cementerio. Los dos hombres guardaron silencio ante las tumbas y, al cabo de un momento, surgió el destello de siempre. Había empezado a nevar copiosamente; el cementerio no tardó en cubrirse de un polvillo que brillaba al sol del atardecer. Al marcharse, Ybáñez parecía enfrascado en pensamientos luminosos y graves. Al día siguiente, justo antes de partir en una mañana de cruel helada, le dijo a Alejandro que lo ascendía a general de división y le confiaba el mando del primer ejército.

Tres meses más tarde, el general De Yepes se enteró del fallecimiento del generalísimo y supo que la muerte violenta de sus seres queridos marcaría siempre su vida. La de Miguel Ybáñez era para él una tragedia a título personal, pero también como soldado: el Estado Mayor necesitaba un carácter como el de Ybáñez, y Alejandro no había conocido nunca a alguien como él. En su memoria resonaban las palabras que el general le dijo al volver al castillo.

—Medita todo lo que puedas.

Pese a ser oriundo de Madrid, Ybáñez le había contado que de niño pasaba los veranos en la casa de su familia materna, en las laderas de una montaña que dominaba Granada.

—Allí aprendí el poder de las ideas —le dijo—. ¿Qué otra cosa puedes comprender cuando ves salir el sol sobre las nieves perpetuas y, de pronto, la Alhambra está ahí mismo, delante de ti? La destruirán algún día, pues es el destino de las obras del ingenio humano, pero la idea, en cambio, jamás morirá. Renacerá en otra parte, bajo otra forma de belleza y de poder, porque la recibimos de hombres muertos que nos hablan de ella desde el santuario de sus tumbas.

Contemplando su copa pensativo, añadió:

—Por eso concibo el arte de la guerra como una meditación en compañía de mis muertos. A continuación guardó silencio. Al cabo de un momento añadió una última cosa.

—Pues la idea sola no basta, también es preciso el mandato. Es la pregunta que nadie me hace nunca: ¿de quién lo recibimos y a qué reino nos aboca?

—Lo recibimos de nuestros antepasados —contestó Alejandro.

—Piensas en el mandato y olvidas el reino —replicó Miguel—. Sin embargo, mañana el nuestro estará cubierto de campos de exterminio donde se quemará a los hombres.

He tratado de describir a Alejandro de Yepes a través de las tres figuras principales en su joven vida que compartían la misma aspiración que él. ¿Por qué algunos nacen para llevar la carga de otros, de manera que su vida no es más que una sucesión de batallas por las cuales aceptan esa carga? Por consiguiente, dichas batallas y dicha carga los forjan como guías a los que sus tropas o sus hermanos seguirán hasta pasadas las puertas del infierno. Sin embargo, esa carga de almas no cesa en el umbral de los cementerios, pues los muertos forman parte del pueblo encomendado a esos hombres singulares, y ese peso terrible del reino de los difuntos, esa ardiente obligación de contestar a la llamada es lo que llamamos la vida de los muertos: una vida incandescente y muda, más intensa y magnífica que las demás, de la que algunos de entre los vivos han aceptado ser los mensajeros.

¡Hijos! ¡En la tierra y en el cielo! ¡Hijos! ¡Vivid por los muertos! ¡Hermanos! ¡Despojaos! ¡Hermanos! ¡Que vuestra nobleza nos obligue! Libro de las batallas

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