Laura Baeza

LECTURAS | Una grieta en la noche, por Laura Baeza

Si leer es siempre precipitarse, leer a Laura Baeza es sumergirse al mismo tiempo en el vacío y en la oscuridad. Abrir una grieta bajo los pies. Con una escritura experimentada y sólida, de ejecución precisa y capaz de crear la sutilidad de los pequeños detalles, Laura Baeza nos empuja a un mundo oscuro rasgado por fogonazos de violencia y muerte, de pobreza y fracturas.

Ciudad de México, 7 de noviembre (MaremotoM).- Hay libros en los que es mejor no abrir una grieta en la noche. Este es uno de ellos. Asomarse puede ser caer al vacío, donde las familias no son espacios seguros, las calles acaban siendo un bucle, las pesadillas regresan para recordarnos por qué están aquí y ni siquiera los vínculos fraternales se conocen a profundidad.

Asomarse es estar delante de una fabuladora extraordinaria, una revolución en la escritura mexicana, encendida por veladoras y pirotecnias, alimentada de golpes de boxeo y dentelladas felinas, poblada de desaparecidas, narco satánicos o amantes.

Si leer es siempre precipitarse, leer a Laura Baeza es sumergirse al mismo tiempo en el vacío y en la oscuridad. Abrir una grieta bajo los pies. Con una escritura experimentada y sólida, de ejecución precisa y capaz de crear la sutilidad de los pequeños detalles, Laura Baeza nos empuja a un mundo oscuro rasgado por fogonazos de violencia y muerte, de pobreza y fracturas.

Un detective investiga la muerte de una curandera, el mundo del boxeo como tabla de salvación, la periferia explosiva de las grandes ciudades o la pesadilla de los feminicidios recorren una salvaje Ciudad de México que nos acerca a nuestros propios miedos y terrores. Sin duda estamos ante una escritora que se va a convertir en referente en nuestro idioma los próximos años.

Laura Baeza
El nuevo libro de Laura Baeza. Foto: Cortesía

“Pienso que la familia es eso que no pedimos, simplemente llegamos ahí a sobrevivir y, en el mejor de los casos, la experiencia es maravillosa. La mayoría de mis personajes, al menos los que me interesan para darles voz y colocarles la cámara delante, son sobrevivientes de sí mismos, del núcleo, de la familia expandida, de las ausencias o presencias abruptas que son vínculos extraños”, comenta Laura Baeza.

Laura Baeza nació en el sur de México a finales de los 80. Es autora de los libros de cuentos Ensayo de orquesta (2017) y Época de cerezos (2019), antologadora de Mexicanas, trece narrativas contemporáneas (2021) y también ha publicado la novela Niebla ardiente (2021), de próxima adaptación audiovisual.

Adelanto de Una grieta en la noche, de Laura Baeza, con autorización de Páginas de Espuma.

Quinto round

Nos decíamos carnal por costumbre, no porque lo fuéramos. Mi mamá se juntó con su papá, pero Julián vivía con sus abuelos, en la misma colonia que nosotros; mi mamá, Juan Francisco y yo ocupábamos un departamento pequeño en una de las calles más feas, por el Parque de los Periodistas. El puesto de antojitos que atendía mi mamá en el mercado de Jamaica estaba bien para mantenernos, pero Juan Francisco decía que no era suficiente, él quería mucho más y luego de tres años con nosotros, anunció que ya había ahorrado lo necesario y se iría con un compadre suyo, un señor que se hizo su compadre en una época en la que Juan Francisco no ponía pie en nuestra casa más de tres noches consecutivas y cualquier desconocido que le disparara los tragos ya era compadre, carnal o mejor amigo y este nuevo compadre le dijo y dijo sobre los beneficios de trabajar del otro lado, cruzar la frontera por Nuevo Laredo, ahí tenía conocidos, otro compadre que les podía echar la mano los primeros meses, una chamba segura, y después la buena, que era en una fábrica en Chicago. Juan Francisco nos lo informó mientras cenábamos con Julián que estaba de visita en la casa y a veces se quedaba a dormir en la sala porque ya no iba a la secundaria, para qué si había reprobado todas las materias y ya faltaba poco para que cumpliera los quince años, así podría hacer la secundaria para adultos y tener su título en unos meses, y en eso Julián y yo no éramos iguales, yo iba bien, en sexto había sacado diploma, en primero y segundo de secu no, pero no reprobaba aunque me la pasara viendo televisión a escondidas y la mitad de la tarea fuera copiada de otros cuadernos y mi mamá siempre decía que aguas con juntarme mucho con Julián, que un hermanastro no es un hermano, mucho menos cuando viene del vientre de una mujer que lo dejó a los cinco años para andar en la putería, decía mi mamá, y si a Julián le gustaba ser un vago, pues bueno, muy su pedo, pero yo sí acabaría la secundaria y luego la prepa, mínimo la prepa, yo sí iría a la universidad y que Julián siguiera siendo chalán de los cargadores en el mercado, si por huevón no había podido con la secundaria, que se quedara cargando bultos y haciéndose igual de necio, bruto y apestoso como los costales de cebolla. Mi mamá me lo decía con todas sus letras cuando estábamos ella y yo, pero solo lo insinuaba con indirectas cuando Julián nos visitaba y a ella se le revolvía la panza al verlo sentado esperando la cena o frente a la tele y ya ni se metía con su educación cuando Juan Francisco estaba ahí, al cabo que no era su hijo en común, pero no dijo nada la noche que él anunció que se largaría a Chicago, que cruzaría por Nuevo Laredo con unos centroamericanos y ya le había pagado al compadre su parte del viaje, cincuenta mil pesos que salieron del corte de caja de las gorditas, sopes y enchiladas que no eran tan dignas para Juan Francisco pero bien que pagaron su lugar en el contenedor del pollero amigo del compadre, según Juan Francisco, que hasta le dieron precio por ser mexicano. Que mi mamá siempre supo que era una estafa, pero también sabía que juntarse con Juan Francisco lo fue desde el momento en el que él se le metió a la casa y ella no dijo que no, al contrario, estaba feliz de tenerlo ahí para atenderlo y hasta le ofreció que se llevara a Julián porque le daba lástima que su mamá lo abandonó cuando era chico, y él no quiso, Julián de plano dijo que no, que mejor se quedaba ahí con sus abuelos, y seguro por eso ella le agarró tirria a Julián y me decía cada que podía que no me juntara mucho con ese chingado chamaco cara de caca, a ver si no le aprendía las mañas, que quién sabe cuáles eran, y así como se le fueron la compasión y la lástima por Julián se le fue la consideración por sus abuelos y los trataba de viejos cabrones cuando no le querían fiar fruta o verdura en el mercado y eso que ella les decía que qué culeros porque eran familia, y de las gorditas y los sopes también comían su hijo y su nieto. No dijo nada cuando Juan Francisco anunció que ya estaba hecho, se iba a Nuevo Laredo la siguiente semana para cruzar, seguro ella ya lo sabía desde antes y por eso trabajaba más y le metía el doble a la caja de ahorro que compartía con Juan Francisco, abría el puesto más temprano y lo cerraba más tarde, porque muy en el fondo le creía a Juan Francisco y le creyó que él se la iba a llevar una vez que estuviera en Chicago, bien acomodado en la chamba, o mínimo le mandaría la remesa, y ahora la que abandonaría al hijo con los abuelos sería ella. Ya estando ahí voy a ganar en dólares, nos dijo cuando cenábamos, y en cuestión de meses va a haber dinero suficiente, porque una cosa es ganar en dólares allá, que se puede vivir bien, y otra mandarlos para acá, que estamos tan pero tan jodidos que hay que multiplicar, y multiplicando los billetes se vuelven un titipuchal que alcanza muy bien para meterle al negocio, qué será, dos, tres años, meterle pero recio, así cuando yo regrese ya vamos a tener negocio dentro y fuera del mercado y casa, no este cuadro de tres por tres, sino casa en la Balbuena, de esas que te gustan, chaparra, vas a ver. Media hora hablando de que Chicago esto y dice el compadre que Chicago lo otro, pero de su hijo nada, y Julián hecho a la idea, aunque no lo decía, de que su papá ya estaba más pa allá que pa acá. Cuando se fue Juan Francisco apenas llegando el siguiente fin de semana, todo se volvió mal humor en la casa, más de lo que ya era, y mi mamá decía que estaba de la chingada, que la verían entrar sola por las noches y algún pinche mal viviente muerto de hambre querría chingarnos, pero cuando Julián le dijo que no había bronca, que él se podía ir a vivir a la casa y así verían a dos hombres cuidándola, ella se rio en su cara y le dijo que qué hombres ni qué la chingada, que ella no cargaría con ningún pinche entenado, y lo dejó ahí parado, con la cara de pendejo que no era de pendejo, sino de perro abandonado, como fue Julián desde que nació y ni su mamá lo quiso. No importa, me dijo, voy a echarle un ojo de vez en cuan- do para que ningún culero se venga a parar por acá, porque tu mamá está joven y buena, carnal, la neta, y no vaya a ser que un día les metan un susto, mejor vente, vámonos con don Chucho a La Morena, me debe una comida porque le ayudé a descargar y me dijo que no tenía cambio, vámonos y tomamos una chela, que con él no hay pedo, y te presento a un cabrón que quiero que conozcas, pero nomás lo vamos a ver de lejos, carnal. Julián hablaba con la confianza que había agarrado en el mercado, juntándose con los cargadores desde las tres de la mañana en la Central, cargando bultos con ellos todo el día, luego quién sabe para dónde, y hasta la tarde ya bien tarde, cuando recuperaba un poco el sueño se aparecía en el mercado a meter la fruta y la verdura de sus abuelos en los huacales, y preguntarle a mi mamá si necesitaba algún mandado, aunque ella lo viera como si fuera un pedazo de mierda que estorbara su camino, y le decía que no, que gracias, cuando quería decirle que se fuera a la chingada con su chingada madre. Pero a Julián no le importaba, me decía carnal y me llevaba de vez en cuando con sus amigos los cargadores, unos de su edad y casi todos los demás mayores, apestosos a sudor y cerveza, mota, sobaco, mona y patas, que nos de- cían si no queríamos un jale del churrito y les respondíamos que no, que para la próxima, y nos íbamos a la Merced, donde Julián también tenía amigos, regresábamos a Jamaica en la noche. Julián me acompañaba a la casa, echaba un ojo a ver si su papá ya había llegado, saludaba y se iba, y mi mamá me decía que qué chingados tenía que hacer en la noche con ese cabrón, que las mañas se pegan, y cuidadito de mí que anduviera en malos pasos, porque me rompía la madre y vería que se la rompieran a él. Carnal, vamos a ver si a don Chucho le queda caldo de hígado, está bien buena esa madre, calientito y con tortillas, y unos caracoles, lo que sea que tenga en el menú, el viejo me debe y nos va a disparar la comida. Julián no mentía, me presentó como su carnal, pidió una cerveza para él y otra para mí, don Chucho dijo que no había pedo, pero solo una, que si entraban los polis dijéramos que éramos sus sobrinos y siempre nos tomábamos una al mediodía, aunque a mí la cerveza me daba asco, y creo que a Julián también, porque tardó mucho en llegar a la mitad, pero tenía una fama que iba cosechando entre sus amigos y no quería quedar mal con ellos. Míralo, carnal, ahí está, limpiando las mesas del fondo, ahorita acaba y se va directo a la rocola, donde se queda un buen rato pasando el trapo entre los botones, me dijo Julián, apuntando con la barbilla a un hombre apenas más alto que nosotros, flaco, con cara de idiota. A que no sabes quién es ese cabrón, no ¿verdad? Es Menandro «la Chinche» Mendoza, el campeón de peso gallo aquí en la colonia, qué te digo la colonia, carnal, seguro era el más chingón en toda la ciudad. Julián se quedó callado un momento viendo cómo limpiaba los bordes de la rocola, doblando la punta del trapo para que cupiera entre uno y otro. Ese cabrón era una reata, yo supe su historia por los del jale en la Central, me preguntaron por él cuando les dije que pasaría por un encargo para don Chucho, les constesté que no lo conocía, que no, yo no había visto un boxeador aquí en La Morena y me dijeron que ese cabrón fue el más grande, el mejor, pero acabó pendejo, carnal, y ¿sabes por qué?, ¿no te lo imaginas? Pues por una vieja, por qué más. Este vato entrenaba por aquí, en un gimnasio todo piojo, ahí lo vieron, estaba chavo, unos dieciséis, diecisiete, cuan- do lo ficharon y le pusieron entrenador, como era rápido y usaba bien la izquierda, les llamó la atención y lo inscribieron a unas cuantas peleas, primero de apuestas, pero ese cabrón los acababa en el cuarto, quinto round, carnal, veloz, ligero y con una izquierda de fierro, ¡pum! Se los tronaba de un madrazo, pero no era pendejo, primero se lucía, que comprobaran que se movía rápido para cansarlos, así que le vieron futuro y lo inscribieron en otras competencias amateur, como el vato no tenía lana…

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