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LECTURAS | Una libertad luminosa, de T. C. Boyle

A través de la historia de Timothy Leary y sus lisérgicos psiconautas, Una libertad luminosa supone el testimonio de una época convulsa, la de los años sesenta, y la aparición de una droga que cambiaría el mundo para siempre. Tan afilada como hilarante, esta inteligentísima novela nos lleva a los márgenes de la conciencia y la identidad.

Ciudad de México, 2 de septiembre (MaremotoM).- Primero es Basilea, en los años cuarenta. El doctor Albert Hofmann está llevando a cabo ensayos clínicos con su última creación, el ácido lisérgico, un revolucionario compuesto químico destinado a poner patas arriba el mundo de la cultura. Después es Harvard, a comienzos de los sesenta. Fitzhugh Loney, estudiante de psicología, y su mujer Joanie van a la fiesta que ofrece Timothy Leary, renombrado psicólogo y abanderado de las drogas psicodélicas. Aquella noche cambiará sus vidas. Allí tendrán su primer contacto con el LSD y se embarcarán en un viaje alucinante que los sumergirá en el corazón de la era lisérgica en América, en la que las puertas de la percepción se abrieron a una generación ávida de emociones auténticas y los hippies se entregaron a la fiebre psicodélica. Así, lo que en un principio parecía una simple dinámica de grupo acabará convirtiéndose en el inicio de una vida comunal con los devotos de Leary, que nos conducirá hasta México y terminará recalando en una mansión en el estado de Nueva York, donde tendrá lugar para ellos una última experiencia tan terrible como definitiva.

Una libertad luminosa
Una libertad luminosa, de Impedimenta. Foto: Cortesía

Fragmento de Una libertad luminosa, de T.C. Boyle, con autorización de Impedimenta

Preludio Basilea, 1943

¿Era veneno? ¿Algo fuera de la ley? ¿Un riesgo sin sentido? No habría sabido decirlo. Llevaba todo el día inquieta, pensando que se estaba comportando como una tonta; porque si alguien en el edificio sabía bien lo que hacía, ese era su jefe. Desde que empezó a trabajar para él, hacía justo un año, nunca lo había visto dar un paso en falso; era minucioso, cauto, seguro y no ponía en peligro su integridad ni la de sus ayudantes. Algo que no se podía decir de todos los químicos que trabajaban allí. Algunos —no ignoraba los cotilleos— se volvían descuidados a medida que transcurría su jornada, no se tomaban la molestia de ponerse las gafas de seguridad o iban de un lado a otro con las pipetas de ácido nítrico o hidróxido de sodio como si estuviesen llevando la bolsa de la compra de camino a su casa, e incluso alguno (aunque se trataba de un rumor) bebía en el trabajo. ¿Y a quién le tocaba limpiar el desaguisado, cargar con la culpa y encubrirlos si era necesario, mentirle al mismo supervisor? A sus ayudantes de laboratorio, por supuesto.

¿A quién si no?

Herr Hofmann no era así. Siempre seguía todos los procedimientos de seguridad al pie de la letra, siempre, ya fueran las ocho de la mañana o las cinco de la tarde, ya estuvieran preparando los productos para el primer proceso del día o para el último. Ella admiraba su eficiencia, su atención al detalle y su profesionalidad, pero había muchos otros motivos. Para empezar, no tenía reparos en aceptar a una mujer como ayudante, la única en toda la compañía, y además no era un hombre sin sangre en las venas, sino que tenía carácter. Era amable hasta en los días malos, siempre tenía para ella una mirada amable o una sonrisa, y bajo su bata de laboratorio se intuían unos músculos trabajados, resultado del ejercicio y de las horas de entrenamiento en el club de boxeo. El cabello le empezaba a ralear, pero se peinaba hacia atrás como Adolphe Menjou, así que apenas se notaba y usaba gafas en el laboratorio, que solo le hacían parecer más elegante. Puede que ella estuviera enamorada, puede que así fuese, aunque, por supuesto, no lo admitiría ante nadie, ni ante su mejor amiga, Dorothea Meier. Sin duda tampoco ante su madre, que si hubiera albergado la más mínima sospecha de que su hija tenía un idilio con un hombre mayor —un hombre casado, por si fuera poco, con hijos— se habría plantado en el edificio y se la habría llevado a casa a rastras y agarrada por el pescuezo.

Era abril. Al otro lado de las ventanas hacía un día radiante, el aire olía a primavera, el mundo cantaba y ella estaba nerviosa.

¿Y qué si existía una larga y respetable tradición de científicos que habían experimentado consigo mismos? August Bier se abrió un agujero en su propia espina dorsal para averiguar si la cocaína inyectada directamente en el fluido cerebroespinal era un anestésico efectivo; Werner Forssmann se introdujo un catéter por una incisión en el antebrazo y a lo largo de una vena, hasta llegar al corazón; para comprobar si era posible hacerlo, Jesse Lazear se dejó picar por un mosquito infectado para demostrar que el insecto era el vector de la fiebre amarilla… Los fracasos eran tan abundantes como los éxitos. Lazear obtuvo la respuesta que buscaba, pero murió diecisiete días después, así que ¿de qué le sirvió? O a su mujer, si es que la tenía. Pero eso no iba a pasarle a su jefe, se dijo; no iba a pasarle nada. Él iba a tomar una dosis tan pequeña del compuesto —nada más que doscientos cincuenta microgramos— que no podía tener ningún efecto adverso y en caso de que lo tuviera, ella estaría a su lado para ayudarle.

Esa mañana había llegado al trabajo de buen humor, sin sospechar lo que él tenía en mente; tampoco que iba a ser un día diferente a los demás. Hacía tan buen tiempo que había ido al trabajo en bicicleta, en lugar de tomar el tranvía y el aire fresco y el sol la habían hecho sentir como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.

—Buenos días, fräulein Ramstein —le había dicho animadamente herr H. cuando ella cruzó la puerta, después de haber colgado la chaqueta en el armario y haberse puesto la bata de laboratorio. Estaba sentado en su mesa, había levantado la vista del cuaderno de notas y le sonreía—. ¿Ha visto usted cómo están brotando los narcisos? Es como si alguien alguien se hubiera dedicado a plantarlos mientras dormíamos.

—Sí, es verdad —murmuró ella—, todo está muy bonito. Antes de que nos demos cuenta ya será verano.

Y como se trató de una conversación cotidiana, mejor que mejor, porque eso significaba que todo estaba muy tranquilo, el trabajo sería el de siempre, y nada iba a pasarle ni a ella ni a su jefe, ni ahora ni nunca.

Pero en ese momento, sin dejar de sonreír, él le dedicó una larga mirada y dijo:

—¿No le pareció a usted raro que el viernes por la tarde me fuera temprano a casa?

Se lo había parecido, pero no había dicho nada entonces y tampoco lo dijo ahora; se limitó a quedarse en el umbral, a la espera.

—Claro está, usted sabe que no es propio de mí. Creo que no he faltado a trabajar más que dos días en los… —hizo una pausa para reflexionar— catorce años que llevo en la compañía. Pero me sentía tan raro y desorientado que pensé que había cogido la gripe o que tenía fiebre o algo por el estilo. —Hizo un alto, le sostuvo la mirada, impidiendo que ella se moviera—. De todas formas, no era eso. No lo era en absoluto. ¿Sabe usted lo que era?

Ella no tenía ni la menor idea, pero fue entonces, en ese preciso instante, cuando algo comenzó a hacer tictac en su interior, igual que las bombas de relojería que los rebeldes usaban contra los ocupantes de Vichy y los Países Bajos.

—El producto, el compuesto. Usted sabe lo cuidadoso que soy, lo riguroso, en especial con los compuestos tóxicos. Pero nadie puede ser perfecto todo el tiempo y me di cuenta, a la mañana siguiente, de que, durante la recristalización, una traza de la solución entró en contacto con mi piel, en la muñeca o en el antebrazo, creo, o puede que impregnase las puntas de los dedos cuando me quité los guantes. Una traza. Nada más. Y le aseguro que nunca había experimentado nada igual. Fue como si estuviera embriagado, borracho de pronto, aquí mismo, en el laboratorio, a plena luz del día. Pero además, y lo que es especialmente extraño, cuando llegué a casa, toda clase de formas e imágenes fantásticas empezaron a girar ante mis ojos, incluso con los párpados cerrados.

Ella dijo lo primero que se le pasó por la cabeza:

—Entonces lo probó.

—Sí —dijo él, y se levantó de la silla y cruzó la habitación para plantarse ante ella y escudriñarle los ojos como si buscara algo que hubiera perdido—. ¿Pero cómo? ¿Por qué? ¿Y qué significa esto?

No podía pensar. Le tenía demasiado cerca. Tanto que podía oler el caramelo que se estaba tomando para disimular su aliento.

—No sé —contestó—. ¿Que tuvo suerte? Él soltó una risa sonora.

Suerte, exactamente. Aquí hay algo, lo sé, de veras.

—No —dijo ella retrocediendo un poco. Todas las precauciones, todas las reglas, todo cuanto había aprendido durante sus estudios, y el tiempo que llevaba como empleada fija, todas las historias horribles sobre intoxicaciones por error, salpicaduras y quemaduras cáusticas le atravesaron la mente como bandadas de aves con alas negras. Nunca verter agua en el ácido. Todos los materiales volátiles deben ser manipulados bajo la campana y con el extractor encendido. Lleva siempre bata y guantes—. Lo que quiero decir es que ha tenido usted suerte de que no fuera peor. Ha tenido suerte —hizo una pausa y sintió crecer algo dentro de sí, una mezcla de miedo, pérdida y amor—, suerte de seguir vivo.

El producto era uno de los compuestos de hongos que herr H. había sintetizado en 1938, cuando ella tenía solo dieciséis años y trabajaba como au pair en Neuchâtel, y él era un químico jo- ven y ambicioso que buscaba sintetizar un derivado de la Coramina, un estimulante cardiovascular producido por Ciba, uno de los mayores rivales de la compañía. La estructura de la Coramina —dietilamida de ácido nicotínico— era asombrosamente similar a la del ácido lisérgico, el componente básico de los alcaloides de cornezuelo que su mentor, Arthur Stoll, había aislado dieciocho años antes, y herr Hofmann llegó a la conclusión de que poseería propiedades y usos parecidos. Llevó a cabo investigaciones duran- te tres años, estudios que produjeron una sustancia útil —la ergobasina, comercializada por la compañía para uso en obstetricia, pues favorecía la dilatación del útero y reducía el sangrado tras el parto— y una serie de derivados del ácido lisérgico que, desafortunadamente, no parecían muy prometedores, incluida la iteración veinticinco: dietilamida de ácido lisérgico. La unidad de farmaco- logía descubrió que era un treinta por ciento menos efectiva que la ergobasina, pese a que en pruebas con animales pareció poseer un vago efecto estimulante, produciendo cierto grado de agitación en ratas, conejos y perros. Pero Sandoz no comercializaba estimulan- tes para animales inferiores, y el compuesto quedó aparcado, junto con sus veinticuatro antecesores.

El asunto era —y él ya había tratado de explicárselo la semana pasada— que no podía sacárselo de la cabeza. Le pagaban por experimentar y por ser creativo; para averiguar los secretos químicos de las sustancias naturales (como el cornezuelo, el hongo parásito de los cereales que las matronas habían venido utilizando en preparados desde tiempos inmemoriales) con el fin de producir nuevos medicamentos para la compañía, para que luego esta, a su vez, los pusiera en el mercado y obtuviera beneficios para sus inversores y, por extensión, para sus empleados. Esa era su labor, su motivo de orgullo, parte de lo que le hacía disfrutar en el trabajo; la naturaleza presentaba un misterio y el objetivo de la ciencia era desentrañarlo y ver lo que había detrás. Tenía una corazonada con aquella síntesis, eso fue lo que le dijo («Ich habe ein Vorgefühl»), con aquella en particular, y aunque era poco frecuente seguir experimentando con una droga una vez que la Farmacología se había pronunciado sobre ella, tenía el presentimiento de que allí podía haber algo que hubiesen pasado por alto. Fue así como el viernes ella le ayudó a preparar una nueva síntesis para las próximas pruebas. Él se intoxicó sin advertirlo y se marchó pronto a casa. Ahora estaban a principios de semana, era lunes y él planeaba exponerse de nuevo a la sustancia de manera intencionada.

Allí estaba, más cerca que nunca y a ella le latía el corazón con fuerza. Era extraño, él no parecía parpadear —miraba fijamente, pero no a ella, sino a algo situado más allá, acariciaba una idea— y durante un intervalo de tiempo interminable no dijo una palabra. Cuando le comentó lo que quería hacer, no lo pudo evitar, se le escapó un gritito; la noticia la impactó bastante.

—¿Pero no sería mejor probarlo en animales primero, por si, quiero decir, se produjeran efectos adversos o usted, usted…?

Tuvo que apartar la mirada. No era su papel cuestionarle; él había ido a la universidad, era un hombre instruido, era su jefe, y ella era aún una niña, solo tenía 21 años. Ni siquiera había ido al instituto, ninguna de las chicas que conocía lo había hecho. En el lugar y en la época en la que vivía, lo que se esperaba de las mujeres era que se casaran y formasen una familia. Eso era todo. Bueno, a lo mejor trabajaban uno o dos años como au pairs o aprendices en una tienda, como mecanógrafas o como ayudantes en un laboratorio químico, pero el matrimonio era lo que les esperaba, su destino. Y eso hacía que asistir al instituto estuviera de más.

—¡Ja! —dijo él, apartándose mientras se daba la vuelta como un bailarín, más excitado de lo que ella le había visto nunca—. Ya hemos pasado por eso, como le conté. Lo único que harían los estirados de Farmacología es aplicar una dosis a un par de perros y las pupilas de los animales se dilatarían y su temperatura corporal subiría y les volverían a meter en sus jaulas. Pero los perros no hablan, los perros no pueden decirnos nada sobre las propiedades psicoactivas que puede tener este compuesto, las que seguro que tiene este compuesto, estoy convencido.

—Usted no es un conejillo de indias —le dijo ella; no estaba dispuesta a ceder. El hongo era peligroso. Lo había consultado en la biblioteca porque quería estar informada, quería entender, y lo que descubrió le asustó más todavía. Cuando el hongo que había en el cereal iba a parar a la harina, este llegó a intoxicar a pueblos enteros en la antigüedad cuando la gente lo consumía con el pan, sin que nadie sospechara lo que estaba sucediendo. Causaba convulsiones, diarrea, parestesia, y peor aún, demencia, psicosis y gangrena, que hacía que la nariz, las orejas y los dedos de las ma- nos y de los pies se pudriesen y se cayesen.

—Lo soy —insistió él—. Lo soy. Y usted va a ser mi testigo.

El mediodía se fue como llegó. Ella no se marchó a su casa a comer, sino que se sentó fuera, al sol, y mordisqueó el sándwich que su madre le había preparado por la mañana. Todo a su alrededor vibraba con la actividad del momento. Los empleados de las tiendas y los oficinistas hacían pícnics en los bancos del parque o sobre unas mantas en el césped; había abejas volando alrededor de las flores, pájaros en los árboles y palomas que volaban y se posaban como las hojas que arrastraba el viento. No tenía apetito pero se obligó a comer, tratando de no pensar en lo que le esperaba. No era nada en realidad, se repetía, porque el hongo solo era tóxico en dosis altas y frecuentes, de modo que la foto que había visto de los pies flacos y deteriorados de un campesino afectado de ergotismo era el resultado de una ingesta continuada de pan, de tomar el pan con el hongo a diario. Dio un mordisco al sándwich y, a continuación, lo examinó: la nitidez del semicírculo de sus dientes, las migas, el rosa del jamón, el amarillo del queso. El sol le calentaba la cara. Se distrajo. Masticó. Tragó. Vio una nube con forma de guadaña que se deslizaba sobre el rostro del sol y se deshacía.

Herr Hofmann, siempre pendiente del ritmo de la empresa, aplazó el experimento hasta la última hora del día. Ella se mantuvo ocupada limpiando el material del laboratorio, lavando y secando matraces, embudos, varillas de vidrio, frotando con un trapo las barras que ya había frotado dos veces, pero sin perderle de vista a él, sentado en su escritorio haciendo anotaciones en su diario de laboratorio. La tarde llegaba a su fin. Comprobaba de nuevo el inventario, a falta de algo mejor que hacer, cuando, de pronto, él empujó la silla hacia atrás, se puso en pie y se acercó.

—Bueno —dijo—, ¿está usted lista, fräulein?

Eran las cuatro y veinte de la tarde —él tomó nota de la hora para dejar constancia, y lo mismo hizo ella— cuando diluyó cero coma cinco centímetros cúbicos de solución acuosa de tartrato de dietilamida, en la proporción de media parte por millar, en diez centímetros cúbicos de agua, esbozó una sonrisa, alzó el vaso como si brindara y se bebió el contenido de un trago.

—No sabe a nada —declaró mirando hacia los cristales brillantes de la ventana—. Si no lo supiese, diría que acabo de tomarme un vulgar sorbo de agua para humedecer la garganta. —Y sonrió de nuevo—. Porque no es recomendable tener la garganta seca, ¿verdad?

Su ayudante respondió tan bajito que casi ni se oyó ella misma.

—Así es —murmuró, mirándolo con atención, casi recreándose. Aquel hombre brillante, aquel genio, ¿por qué no había elegido a otro para la prueba, a alguien que no tuviera tanto que perder? Podría haber pedido voluntarios, pagar a alguien, a Axel Yoder, el paleto que fregaba los pasillos durante todo el día, arriba y abajo, como si fuese una cuestión de vida o muerte. O a la bizca de la carnicería de su calle. Podría haber pagado a esa mujer, ¿no? ¿Qué sabría ella? O probarlo en un mono, ¿qué había de malo en hacer la prueba con un mono?

Veinte minutos después, no había ocurrido nada. Ambos volvieron a su trabajo, el sol continuaba brillando, un teléfono sonó en alguna parte del pasillo. Ella apenas podía respirar. Estaba ansiosa por preguntarle si notaba algo —algún efecto, cualquier cosa—, pero de pronto se sentía cohibida, como si eso fuera una obligación, como si de algún modo pudiera peligrar el experimento si hablaba. La toxina estaba en el interior de él, se trataba de su cuerpo, de su ensayo. ¿Había algo más íntimo que eso? Pensó en Werner Forssmann y en cómo tuvo que contener a su enfermera para que no interfiriera y le impidiera introducirse el catéter en la vena cubital hasta llegar al corazón. Entonces deseó haber ingerido el compuesto con él. O en su lugar.

Cada minuto caía como un mazazo. Deseaba ponerse en pie, acercarse, aunque solo fuera para apoyarle una mano en el hombro, haciéndole saber que seguía allí, pero refrenó el impulso una y otra vez. Y entonces, justo cuando las campanas de la iglesia dieron la hora, él se volvió de repente en la silla, la miró por encima del hombro y rompió a reír. ¡A carcajadas! Y no con una simple risita nerviosa o un estallido aislado, sino con unas risotadas explosivas que le sacudían una y otra vez hasta saltarle las lágrimas.

—¿Qué? ¿Qué sucede? ¿Qué siente?

Él intentó levantarse, pero se desplomó en la silla, asfixiado de la risa.

—Estoy, estoy… —apenas podía articular una palabra— ligeramente… mareado…, no sé. —Y volvió a reírse repentinamente, pero ahora era más un chillido que otra cosa—. Contento, alegre, fräulein, ¿y por qué debería sentirme así?

Ella estaba a su lado, incapaz de respirar con normalidad, e hizo lo único que podía hacer: le tocó el antebrazo con suavidad. Él volvió la cabeza para mirarla fijamente, su pregunta revoloteaba aún en el ambiente. Ella observó que se le habían dilatado las pu- pilas igual que a los perros de los ensayos en el laboratorio de los que él le había hablado. Estaban tan dilatadas que no se le distinguía el color de los ojos. Normalmente, eran color caramelo; ahora eran negros, brillantes y muy negros. Ella tomó nota mental para luego ponerlo por escrito y se preguntó por qué le dolía la boca del estómago y por qué, de pronto, se acordó de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

—Debería… —comenzó a decir él, y volvió a reírse, agitando un brazo delante de su cara, como si fuese un director de orquesta—. Tengo que registrarlo…

Tomó su bolígrafo y muy despacio y de manera meticulosa escribió una única línea en su cuaderno: «17:00: Comienza el ma- reo, la sensación de ansiedad, la distorsión de la visión, los síntomas de ataxia y el deseo de reír».

Ella había retirado su mano cuando él empezó a agitar el brazo. Ahora no pensaba tanto en que era la primera vez que los dos se tocaban de verdad, más allá de rozarse cuando se cruzaban duran- te el transcurso de su día a día, como en lo que él había escrito. Ataxia, ansiedad. ¿Necesitaría un vomitivo? ¿Un tranquilizante?

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¿Debería llamar a un médico?

Como si le hubiese leído la mente, él se volvió de nuevo —con los ojos negros, las capacidades mermadas y sus rasgos desfigura- dos— y murmuró:

—Estoy bien, Susi. Me encuentro bien, todo va bien, es solo que… bueno, vamos a ver, démosle… un poco más de tiempo.

—Consultó el reloj, soltó otra carcajada—. Son solo las cinco. No queremos… privar a… la, la compañía de la última hora de traba- jo del día, ¿no?

Todo se detuvo en aquel preciso instante: acababa de llamarla

Susi. Nunca antes, ni una sola vez, había sobrepasado los límites de la formalidad en su relación. Límites respetados, siempre y de manera rigurosa: ella era fräulein Ramstein y él herr Hofmann. Pese a lo afectada y espantada que estaba, algo había cambiado: la había llamado por su nombre, sonó como si fueran iguales, casi como si fueran amigos, amigos muy íntimos, hombre y mujer, como si en realidad ella fuera para él algo más que una bata de laboratorio almidonada y un par de manos voluntariosas. No sabía qué decir.

¿Engañar a la empresa? No, se dijo. Pero estaba claro que él no estaba en sus cabales y era absurdo pensar que cualquiera de los dos pudiera continuar con su trabajo.

Él giró su silla con brusquedad, haciendo rechinar las cuatro pa- tas sobre el suelo y sobresaltando a su ayudante, y pasó las páginas del cuaderno como quien baraja un mazo de cartas. Las páginas silbaban bajo la presión de las yemas de sus dedos, un sonido que a ella le sorprendió y pareció poco serio y, peor aún, descuidado; aquel era un registro oficial, no un juguete. Él dejó el cuaderno, lo tomó de nuevo, volvió a hojearlo. Una y otra vez.

—Por favor, Susi, querida Susi, dame, danos —dijo, y lo asaltó una vez más la risa—, danos cinco minutos… y ya… ya veremos qué sucede, porque cuando te detienes a examinarlo, a examinar- lo de veras, el tiempo no tiene significado, ya sea el tiempo de la compañía o el tiempo libre o el… el tiempo… que miden en el observatorio de Greenwich. Nicht wahr?

Aún se sentía ligeramente embriagada por el efecto de aquel «Susi, querida Susi», cuando las cosas se complicaron (o se enredaron incluso más, teniendo en cuenta que su jefe todavía estaba me- dio alucinando y se comportaba como un borracho que gruñese al fondo de un bar). De pronto se puso en pie de un brinco, como si hubiera recibido un pinchazo, como si el escritorio hubiera cobrado vida y lo hubiera atacado, y cuando se volvió hacia su ayudante, esta vio que estaba totalmente blanco. Ya no se reía. Ahora parecía enfermo, muy enfermo. La conciencia de lo que se había hecho a sí mismo inundaba sus pupilas dilatadas. Miró el techo; miró también las paredes.

—La luz —dijo—. La luz…

—¿Quiere que apague la luz? —Cruzó la habitación hasta el interruptor y apagó las lámparas del techo. El laboratorio seguía inundado por el sol y apenas se notó la diferencia.

—No era eso —insistía él—. No era eso, eso no… en absoluto. Se encontraba en el centro de la estancia, balanceándose sobre sí mismo—. Casa —masculló de pronto, mientras sus dedos for- cejeaban con los botones de la bata de laboratorio—. Llévame a casa. Necesito… Ayúdame, Susi, ayúdame.

Si estaba asustada —que lo estaba— no podía permitirse que eso la paralizara. Nunca había estado en su casa, pero sabía que vi- vía en Bottmingen, a las afueras, a unos diez kilómetros. Lo más inmediato, y parecía una cuestión de vida o muerte, era llevarlo hasta allí, donde estaría bien atendido. Con los dedos temblorosos, le ayudó a quitarse la bata. Luego le tendió la chaqueta, pero él se limitó a contemplarla como si nunca la hubiera visto antes y le ayudó a ponérsela. También le dio la gorra: no podía ir en bicicleta hasta su casa sin la gorra. En cuestión de unos segundos, la manoséo un poco entre las manos, como si tratara de reconocer su forma y después se la puso.

Ella revisó a toda prisa el laboratorio para asegurarse de que es- taba en orden, y lo condujo hasta la puerta. En ningún momento se planteó acudir a los colegas de su jefe en busca de ayuda; todo lo contrario: tuvo cuidado para no encontrárselos. Inspeccionó el pasillo en ambas direcciones y le hizo apresurarse hacia la escalera trasera, donde nadie lo vería, a excepción de Axel Yoder, que siempre estaba por ahí con su fregona. Actuó así de manera estratégica, para protegerlo. Él era una institución —una piedra angular del Departamento de Investigación de Sandoz—, y sería de- moledor para su reputación que lo vieran en aquel estado, ya que pensarían lo peor, que estaba borracho, ebrio en el trabajo. Y eso no podía ser.

Su siguiente preocupación fue la de cómo llevarlo a casa. Él iba en bicicleta al trabajo todos los días, lloviera o hiciera sol, en invierno o en verano, ¿pero podría ahora pedalear? Habría pedido un taxi, pero estaban en tiempos de guerra y no había coches disponibles, salvo para el alcalde o para el presidente de una gran compañía química, así que no le quedaban muchas opciones.

—Voy a llevarle a casa —le dijo con firmeza, con un tono sereno, sin explicaciones. De pronto sus papeles se habían invertido. No se dirigía ya a su jefe y superior, sino a un niño, como Liliane y su hermana Juliette, las pequeñas a las que había impartido clases, castigado y también vigilado día y noche cuando trabajaba como au pair—. ¿Podría usted pedalear?

Estaban fuera. El calor suave de la tarde se disolvía poco a poco, los rayos del sol caían oblicuos en la acera hasta el final de la calle y el aire olía a flores y a la comida de los cafés. Era un hermoso atardecer. La clase de atardecer del que habría disfrutado en otras circunstancias. Pero lo más importante en ese momento era que no estaba lloviendo y que tampoco iba a hacerlo. Había palomas a sus pies y por todas partes, que iban dejándoles paso y reagrupándose mientras ella empujaba las bicicletas de ambos y le daba a él la suya, sosteniéndola por el manillar. Desde que salieron del edificio él no había vuelto a emitir un ruido. Se había limitado a dejarse guiar como si fuera un niño. Pero ahora empezó a reírse tontamente y sin control, y una pareja que pasaba agarrada se les quedó mirando.

—¿… que si puedo pedalear? —repitió en un tono particular, sosteniendo el manillar y pasando una pierna sobre el tubo supe- rior con unos movimientos torpes y lentos que le concedieron a ella un instante de respiro antes de que él tomara impulso y arrancara a pedalear como un enajenado calle abajo—. ¡Mira! —gritó, mirándola, ya a lo lejos, con expresión de triunfo.

Casi arrolla a un anciano que cruzaba cojeando la calle con la pierna totalmente rígida. Qué miedo. Y aún no había acabado. Antes de que ella pudiera montarse en su bicicleta, él ya había llegado al final de la calle, donde dio un giro brusco a la izquierda justo delante de un tranvía que no lo aplastó de milagro; y así empezó la persecución.

Había gente por todas partes, montando en bicicleta, en carros, a pie. Hombres que volvían del trabajo con sus carteras, mujeres con la compra, niños que salían corriendo detrás de sus aros o de sus pelotas, hasta hacer que la calle pareciera una gincana; y también perros, perros que se perseguían mutuamente, que desaparecían y que, cuando uno pensaba que los había perdido de vista, ahí estaban de nuevo. El tranvía. Un coche. Un carro cargado de barriles de cerveza. Herr H. llevaba la chaqueta impermeable que le había ayudado a ponerse hacía tan solo cinco minutos, y ella se esforzaba por no perderla de vista entre el tráfico. Pedaleaba con todas sus fuerzas pero no parecía acortar la distancia que los separaba.

¿Cómo habían llegado a que aquello se pareciese a una carrera de verdad? Pero allí estaba él, metiéndose por una calle lateral, junto a una colmena de ciclistas, todos vestidos de manera idéntica a la suya. Fue un minuto frenético: lo había perdido de vista, y llegó a imaginar que incluso sería capaz de seguir a otra persona hacia su casa hasta salir de su error. Sus piernas no paraban de pedalear y el corazón se le iba a salir del pecho. A todo esto, ¿dónde estaba herr H.? ¿Dónde estaba? Y claramente siguió sin dejar de prestar la máxima atención a lo que sucedía, hasta que alguien se desmarcó de la aglomeración —con su chaqueta impermeable, su gorra blanca, la V que formaba su espalda— y se lanzó tras él.

No lo alcanzó hasta Bottmingenstrasse, con sus amplias vistas. Había menos gente. Él no había disminuido el ritmo, ni por un minuto, y en ese momento nada más que el miedo y la adrenalina eran lo que a ella le permitía seguir adelante, porque ¿qué sucedería si él sufría un accidente, si se salía de la carretera e iba a parar a una zanja y se rompía una pierna… o algo peor? Sería la responsable. Él le había pedido ayuda a ella y a nadie más que a ella. De entre todas las personas del mundo —los colegas de su jefe, sus amistades, su mujer— ella era la única que sabía que no se encontraba en sus cabales, que estaba ido y en peligro, en peligro de muerte. Cuando le alcanzó, casi sin aliento, dijo:

—Herr Hofmann, frene. ¿Quiere parar, por favor?

Las ruedas sonaban mucho. La brisa aliviaba el sudor. Él ni se giró. Continuó pedaleando y pedaleando como si ella no estuviera allí.

—¡Herr Hofmann! —Sentía una quemazón en los pulmones y como si las piernas se le hubiesen derretido. De pronto, perdió el control y se puso a gritarle—: ¡Para! ¿Quieres? ¡Albert! ¡Albert!

Fue entonces cuando él volvió la cabeza.

—¿Fräulein? —preguntó entre jadeos, parando poco a poco y mirándola perplejo—. ¿Qué diantres hace usted aquí?

Sentía curiosidad por conocer su casa —y a su mujer, Anita, una morena atractiva de unos treinta años con la que se había cruzado al menos una vez—, pero, por supuesto, a los ayudantes de laboratorio no se les invitaba a las cenas de los domingos ni a socializar ni a tomar asiento y mojar picatostes en la fondue rodeados por la familia. Además, Bottmingen no estaba exactamente en el centro de la ciudad. Lo más raro fue que apenas le prestó atención al sitio cuando por fin llegaron. Se trataba de su casa, de la casa en la que él vivía, y eso era todo cuanto importaba. Se sentía sudorosa, exhausta, con el corazón desbocado, pero lo siguió en un giro cerrado hacia la derecha y luego pedaleando por el sendero de grava hasta la puerta delantera de la casa. Una vez allí, él dejó caer sin más la bicicleta en el césped y se abalanzó hacia el interior, dejando la puerta abierta de par en par y las llaves colgando de la cerradura. Mientras apoyaba su bicicleta contra un árbol del jardín, preguntándose si debía seguirlo y explicarle lo mejor posible la situación a su mujer, lo oyó gritar.

—¡Anita! ¡Anita! ¿Dónde estás?

Hubo un ruido, como si algo metálico se hubiera caído al suelo. Después, llegó el silencio. Un segundo. Dos. A continuación, un interminable gemido desesperado.

—¡Anita!

Con timidez, subió los escalones de la entrada y pasó al recibidor. Fuera aún había luz, pero el interior estaba oscuro. No había ninguna lámpara encendida, y la claridad del jardín se colaba temblorosa por las ventanas.

—¿Herr Hofmann? —dijo asustada por entrar sin permiso.

A él se le quebró la voz llamando una y otra vez a su mujer, has- ta convertirse casi un susurro.

—Estoy aquí —le dijo—. Aquí.

Lo encontró en el salón —sofá, sillas, mesillas, lámparas, todo en perfecto orden—, mirando desesperado a su alrededor.

—Ella… ella se ha ido —dijo pesaroso.

—¿Que se ha ido? ¿Qué quiere decir?

Eran casi las seis de la tarde; cualquier esposa, no digamos la esposa de un hombre como él, habría estado en casa, preparando la cena, cuidando de los niños, lista para recibir a su marido al final de un largo día.

—Se ha ido —repitió. Se apretó las sienes con las manos, como si la presión interna fuera insoportable—. Y yo aquí, desesperado, se lo aseguro, desesperado. Estoy envenenado, ¿es que no lo ve?

Eso la dejó helada. ¿Era posible? ¿Podía ser mortal? ¿Se había equivocado con la dosis? Ninguno de los perros había muerto. Pero ¿quién sabía el efecto que podía tener una droga experimental, una nueva droga que nadie había probado con anterioridad en un sujeto humano?

—No, no. Usted no se está muriendo. Ni mucho menos, tranquilo —dijo ella esforzándose por mantener la calma—. Se pondrá bien. Se pondrá… Solo necesita… sentarse un minuto. —Y lo ayudó a llegar al sillón, donde él se dejó caer como un peso muerto. Un momento después ella recorría la casa sin parar, gritando—: ¡Frau Hofmann! ¡Frau Hofmann! ¿Está usted en casa?

—Pero no hubo respuesta. La esposa parecía haberse marchado, y también los niños. No pudo evitar sentir un arrebato de cólera; si ella fuera la mujer de un hombre como herr Hofmann, como Albert, se habría quedado allí para estar con él cada minuto del día y de la noche.

Sesenta segundos después volvía al salón, repitiendo lo que herr Hofmann ya sabía:

—No está aquí.

Él solo alcanzó a decir:

—Se ha ido.

—Leche —dijo ella—. Sí, ¿qué hay de la leche, para absorber el veneno? ¿Tiene leche?

Él no respondió. Así que se fue a la cocina sintiéndose una intrusa en la casa en la que él vivía, donde pasaba las noches, donde se metía en la cama con su mujer, que no estaba, precisamente cuando más la necesitaba… Abrió de un tirón la nevera, pero no había leche. Una botella de cerveza, ajá, queso, carne en lonchas, rösti y judías verdes en una balda, como si lo hubieran dejado allí para que él se lo preparara. Pero nada de leche.

Cuando regresó a su lado, al borde las lágrimas, para decirle que no había leche en la casa y para preguntarle qué quería que hiciera —el médico, ¿debía llamarlo?— él reculó como si no la reconociera, como si pretendiera causarle algún daño en lugar de ayudarlo. El rostro de él se ensombreció. Se llevó las manos a la cara.

—El médico —repitió ella—. ¿Llamo al médico?

Él se irguió de súbito en el sillón, sonrojado y con la vista clavada en ella.

—¿En qué demonios está pensando? Que Dios me ayude. Sí… ¡llame al médico! Y, y… a la vecina, frau Rüdiger. Vaya a la puerta de al lado y pídale leche, tanta como pueda darle…

Volvía a ser útil y era feliz por ello. Feliz por estar haciendo algo, cualquier cosa: cruzar la puerta, que seguía abierta de par en par, luego el jardín camino de la casa de la vecina, donde llamó y llamó hasta obtener respuesta por parte de una mujer que parecía completamente desconcertada, con sus mejillas colgantes y sus di- minutos ojos azules.

—Ayúdenos, por favor, es una emergencia, necesitamos leche y no tenemos —dijo con atropello, sin aliento—. Y al médico. Llame al médico, por favor

—¿Al médico? —repitió la mujer—. Pero ¿quién es usted?

Tras unos diez segundos de explicaciones, la mujer se presentó con la leche, con dos botellas de dos litros, y ambas volvieron a cruzar el jardín a la carrera, rumbo a la casa de los Hofmann, mientras la vecina decía:

—¿Envenenado? ¿Cómo?

La mujer miró a la chica —las sienes sudorosas, el peinado he- cho un desastre, la mirada desorbitada— y no dijo más.

El médico, natural de Bottmingen, tardó menos de media hora en llegar, en bicicleta, con el maletín sujeto detrás con una correa. Cuando entró en el salón, herr H. estaba tendido en el sofá, con una colcha hasta la barbilla y con dos botellas de leche vacías en la mesilla que tenía al lado. Herr H., que había estado presionándose los párpados con las yemas de los dedos para mantener los ojos cerrados, dejó caer las manos y abrió los ojos de par en par al entrar el médico. Lo miró más sorprendido que aliviado. Después volvió a sumirse en un letargo, murmurando para sí, gimiendo, emitiendo exclamaciones, actuando como si ella no estuviera en la habitación, como si no pudiera verla o no confiara en lo que le transmitían sus sentidos. Trató de decir algo —un nombre, el nombre del médico, o no, de la droga, del veneno—, pero sus pa- labras resultaban incoherentes y confusas, y, aunque en realidad no le correspondía hacerlo, ella no pudo evitar tomar la palabra.

—Fue un experimento —dijo sintiéndose ridícula, responsable, como si fuera la única culpable o, al menos, como si fuera cómplice de una conspiración.

El médico era mayor. Iba vestido con un homogéneo traje azul y un cuello que no le quedaba bien. Tenía el pelo blanco, el rostro colorado y alzaba las cejas perplejo, como si no supiera si interrogarla a ella, al paciente o si tomarse un momento para realizar las presentaciones. Porque ¿quién era aquella chica que estaba en el salón de su paciente? ¿Y dónde estaba su esposa?

—Se trata de un compuesto nuevo que nosotros, es decir, el doctor Hofmann sintetizó en el laboratorio, dietilamida de ácido lisérgico, y herr Hofmann tenía una corazonada, y él… —tuvo que parar, por miedo de echarse a llorar—. Él, él… Ha sido una dosis mínima. Nada más que doscientos cincuenta microgramos…

—¿Cuándo ha sucedido todo eso? —El médico la miraba con frialdad, la voz áspera e inquisitiva—. ¿Y quién es usted exacta- mente, fräulein?

Muy despacio, de manera entrecortada, fueron surgiendo las palabras, y frau Rüdiger suavizó lo ocurrido desde que la ayudante llevó a herr H. a casa: cómo le había dado leche, cómo él había gritado que el diablo había tomado posesión de su alma, sus dificultades para ponerse en pie, cómo frau Hofmann, ese día en concreto, se hallaba ausente, pues había ido a Lucerna con los niños a visitar a sus padres… Y cómo ella misma, frau Rüdiger, la había llamado por teléfono, de manera que, en esos momentos, la esposa volvía a casa a toda prisa. Mientras tanto, herr Hofmann se limitó a permanecer tumbado en el sofá, mirando al vacío.

—Muy bien —dijo al final el médico dirigiéndose al paciente—. ¿Cómo te sientes, Albert? ¿Puedes hablar?

Herr Hofmann —con las pupilas dilatadas, masajeándose las sienes— asintió.

—Esta joven… Es tu ayudante, ¿correcto? Esta joven afirma que has ingerido una dosis muy baja de esa sustancia, doscientos cincuenta microgramos, ¿es así? Asiente si es verdad.

Herr Hofmann asintió y trató una vez más de hablar. El médico se inclinó hacia él, colocándose una mano en forma de cuenco tras la oreja.

—Sí —dijo herr H., en voz muy baja, casi inaudible—. Sí… microgramos.

T.C.Boyle: Se licenció en Inglés e Historia por la Universidad de Nueva York en Postdam, y se especializó en Literatura del siglo XIX en el Taller de Escritores de la Universidad de Iowa, donde terminó su primer libro de relatos, Descent of Man (1979). Más tarde publicaría Greasy Lake (1985), If the River was Whiskey (1989) y Without a Hero (1994). En 1999 recibió el premio Pen/Malamud por su volumen de relatos T. C. Boyle Stories. Entre sus novelas cabe destacar Música acuática (1981), que narra las aventuras del explorador escocés Mungo Park, descubridor del curso del río Níger; El fin del mundo (1987), que le valió el premio Pen/Faulkner; El balneario de Battle Creek (1993), exitosamente adaptada a la gran pantalla; The Tortilla Curtain (1997), galardonada con el Prix Médicis Étranger a la mejor novela publicada en Francia ese año; Drop City (2003); Las mujeres (2009), que narra la vida del arquitecto Frank Lloyd Wright a través del testimonio de cuatro de las mujeres que pasaron por su vida, o El pequeño salvaje (2010), nouvelle que recupera la historia del niño salvaje de Aveyron, que, conocedora de numerosas adaptaciones, puede considerarse un relato mítico de la narrativa moderna. Actualmente es profesor de literatura en la Universidad del Sur de California. Sus obras han sido traducidas a más de una decena de idiomas, y sus relatos han aparecido en las más prestigiosas publicaciones del género en lengua inglesa, como The New Yorker, Harper’s Bazaar, Esquire, The Atlantic Monthly, Playboy, The Paris Review, GQ, Antaeus, Granta y McSweeney’s. Vive cerca de Santa Bárbara con su mujer y sus tres hijos. Thomas Coraghessan Boyle está considerado uno de los más importantes narradores americanos del momento. Nació en Peekskill, Nueva York, en 1948.

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