Una mujer sin importancia

LECTURAS | Una mujer sin importancia, de Sonia Purnell

La historia jamás contada de la espía que fue la pesadilla de los nazis a pesar de ser mujer y de su discapacidad física.

Ciudad de México, 25 de enero (MaremotoM).-  En septiembre de 1941, una joven estadounidense que dice ser periodista sube los escalones de un hotel en Lyon. Su pierna de madera queda disimulada por su paso determinado. Meses más tarde, la Gestapo envía una transmisión urgente: “De todos los espías aliados, esa mujer es la más peligrosa. Debemos encontrarla y acabar con ella”.

El objetivo que tenían en el punto de mira era Virginia Hall, una socialité de Baltimore que se abrió paso en el Servicio de Operaciones Especiales, la organización de espías creada por Winston Churchill.

Se convirtió en la primera mujer aliada en vida tras las líneas enemigas y en una pieza clave para la Resistencia, que revolucionó la guerra secreta tal como se conocía al establecer vastas redes de espías en toda Francia. A pesar de que carteles con su rostro se distribuyeron por todo el país y se puso precio a su cabeza, Virginia rechazó todas las órdenes de evacuar, aunque finalmente se vio obligada a escapar a España cruzando los Pirineos. Lejos de rendirse, volvió de nuevo a Francia y dirigió una victoriosa campaña que consiguió liberar zonas francesas de manos de los nazis tras el Día D.

Basado en una intensa investigación, Sonia Purnell ha reconstruido la vida de Virginia Hall, una historia asombrosa e inspiradora de heroísmo, espionaje, resistencia y triunfo personal sobre la adversidad. Una mujer sin importancia es la impresionante historia de cómo la feroz persistencia de una mujer ayudó a ganar la guerra.

Una mujer sin importancia
Una mujer sin importancia, editada por Planeta. Foto: Cortesía

Fragmento de Una mujer sin importancia, de Sonia Purnell, con autorización de Planeta

La señora Barbara Hall lo tenía todo solucionado. Había criado a Virginia, nacida el 6 de abril de 1906, la más pequeña de sus hijos y la única niña, con la expectativa de un buen matrimonio.

Barbara era una secretaria joven y ambiciosa del siglo pasado que había triunfado al casarse con su jefe, Edwin Lee Hall (conocido como Ned), un adinerado banquero de Baltimore propietario de algunos cines y nunca quiso mirar atrás. Su abrupto ascenso social e incursión en los elegantes círculos de la Costa Este la convirtieron, al menos según su propia familia, en una “estirada”. Después de todo, el padre de Ned, John W. Wall,  empezó echándose a la mar a los nueve años en uno  de los veleros de la familia, pero acabó desposando a una heredera y se convirtió en el presidente del Primer Banco Nacional de Estados Unidos. Robert, hermano de John y tío abuelo de Virginia, fue el más grande entre los grandes en el Club de Jinetes de Maryland. Barbara veía cómo los Hall llevaban una vida de lujos y quería lo mismo; se decía que el vestíbulo de la opulenta residencia de los Hall en Baltimore  era tan grande  que un carruaje con caballos podía dar la vuelta en él. Sin embargo, para la obvia frustración de Barbara, Ned  no pudo preservar la fortuna familiar  y mucho menos incrementarla y la decoración de su casa era más bien modesta. Su casa de campo en la granja Boxhorn, en Maryland, era refinada, pero no tenía calefacción central y había que bombear el agua desde el arroyo. Su apartamento en el centro de Baltimore, aunque elegante, era alquilado. Era el deber de Virginia llevar a los Hall de vuelta a los altos círculos sociales al casarse con alguien más adinerado.

En la antigua vida de Virginia, Barbara veía con satisfacción maternal cómo los pretendientes jóvenes y acomodados asediaban a su hija. Antes de perder la pierna, el atractivo de Virginia era tal que entre sus amigas de la elegante escuela privada de secundaria Roland Park Country era conocida como “Donna Juanita”. Alta, delgada, con unos brillantes ojos castaños y una sonrisa embriagadora (cuando le apetecía usarla), era muy vivaz y representaba un desafío irresistible para aquellos jóvenes que soñaban con domarla. Sin embargo, Virginia presenciaba esas exhibiciones de pasión masculina con desdén y reafirmaba su independencia usando pantalones y camisas a cuadros siempre que podía.

“Debo tener libertad”, proclamó en el anuario escolar de 1924, con dieciocho años, “un privilegio tan grande como yo quiera”. Hizo y dijo muy poco en relación con el gran plan de su madre.

Virginia disfrutaba desafiando las convenciones. Salía a cazar, despellejaba conejos, cabalgaba a pelo y una vez llevó a la escuela un brazalete hecho de serpientes vivas. Quedaba claro que la joven y valiente Dindy, como la llamaba su familia, anhelaba tener aventuras como su abuelo marinero, aunque ello implicara soportar incomodidades. El hecho de que su escuela acatara la exigencia dickensiana de dejar las ventanas abiertas con temperaturas bajo cero, lo que significaba que las niñas debían tomar clase con abrigo, guantes y sombrero, no parecía molestarla.

Dindy se describía a sí misma como “gruñona y caprichosa”, una opinión que compartían sus compañeras, quienes también reconocían sus habilidades de organización e iniciativa. La veían como su líder natural y votaban por ella para que fuera la delegada de clase, la editora en jefe, la capitana de los equipos deportivos, e incluso la “profeta de la clase”. Su hermano mayor, John, estudió Química en la Universidad de Iowa y después empezó a trabajar diligentemente con su padre, tal como se había previsto desde su nacimiento. Por el contrario, a Virginia le gustaba explorar nuevos territorios y animaba a sus compañeras a esperar de ella nada menos que lo inesperado. En la escuela, sus amigas la consideraban las más “original” de todas, un elogio que ella obviamente disfrutaba y admitía que se esforzaba por “hacerle honor a su reputación todo el tiempo”. Si Ned era indulgente con esta actitud individualista, Barbara tenía un punto de vista muy diferente. La señora Hall estaba decidida a que su hija abandonara su interés en la aventura y lo cambiara por un objetivo más rentable: un esposo adinerado y una casa moderna. A los diecinueve años, Virginia se comprometió obedientemente y parecía destinada al confinamiento de la vida doméstica, como muchas otras mujeres de sociedad que llegaron a la adultez en la década de 1920.

Sin que le importara lo idóneo que su adinerado prometido fuera a ojos de su madre, Virginia le puso freno a su arrogancia e infidelidades. Pese a que se esperaba que las “damas” jóvenes como Virginia fueran dóciles ante sus hombres, la rebeldía estaba en el aire con el advenimiento de las mujeres que, en Baltimore y en todas partes, amaban la independencia. Una nueva camada de ellas rompió las reglas de la Ley Seca, bebía y escandalizaba a los mayores al llevar el cabello corto, fumar y bailar jazz. Rechazaron las restricciones unilaterales del matrimonio tradicional y tomaron posiciones más activas en la esfera política, sobre todo porque en la década de 1920 (después de un siglo de protestas), se había concedido a las mujeres estadounidenses el derecho al voto. Virginia miró a su alrededor: la vida doméstica era sofocante y el mundo exterior parecía ofrecer nuevas y tentadoras libertades. Y así, para la evidente indignación de su prometido, ella lo abandonó. (Resultó ser la decisión correcta, ya que más tarde él pasaría por tres matrimonios adúlteros e infelices.)

Virginia pudo  haber  compartido  las  ambiciones  económicas  de su madre, pero empezó a canalizar sus propias aspiraciones hacia una carrera y la exploración del mundo, en vez de enfocarse en encamar a un esposo irresponsable, sin importar lo adinerado que fuera. Durante su juventud, Barbara había tenido pocas opciones y no pudo más que trabajar como secretaria; no había muchas alternativas para una mujer soltera de recursos modestos a finales del siglo XIX. Así que el deseo de su hija de tener un trabajo lejos de casa en vez de una vida de ocio matrimonial la desconcertaba por completo; sin embargo, los frecuentes viajes familiares a Europa cuando era niña y la influencia de su niñera alemana, cuidadosamente ataviada, inspiraron en Virginia el deseo de viajar de manera independiente. Había sido una alumna sobresaliente en las clases de idiomas de su escuela y soñaba con usarlos para conocer gente que ella considerara “interesante” cuando se convirtiera en embajadora, pues en apariencia no la disuadía el hecho de que, hasta entonces, esos eminentes cargos estuvieran reservados a los hombres. Dindy estaba decidida a probarse como su igual en un mundo masculino, y, con ese propósito, su cariñoso padre (con quien tenía una relación muy buena) le permitió pasar los siguientes siete años en cinco prestigiosas universidades.

En 1924 empezó en Cambridge, Massachusetts, en el Radcliffe (que ahora es parte de Harvard), pero el ambiente intelectualoide la aburrió, así que en 1925 se mudó al metropolitano Barnard College de Manhattan, época en la cual disfrutó del teatro en Broadway. Sin embargo, todavía era consciente de que, tras rechazar a un pretendiente, se esperaba que se ajustara a la norma y eligiera pronto a un esposo apropiado. No encontró ninguno. Tampoco impresionó a sus maestros, que la consideraban una “estudiante promedio”, pues no participaba  en la vida universitaria ni se presentaba a las clases de Educación Física. Sus materias favoritas eran Francés y Matemáticas (detestaba Latín y Teología), y aunque se fue en “buenos términos”, sus calificaciones fueron muy justas y no se tituló. Sabía que necesitaba una educación universitaria, pero estaba impaciente por empezar una vida en el mundo real. Tal vez Barnard aún se parecía demasiado a su casa como para permitirle crecer.

París pareció ofrecerle horizontes más amplios y convenció a sus padres de que le iría mejor si tan solo pudiera irse al extranjero. Como muchos estadounidenses adinerados de la Costa Este antes y después de ella, Virginia veía la capital francesa como una refinada puerta hacia la liberación. Cada semana, cientos de jóvenes estadounidenses abordaban los trasatlánticos Cunard hacia Europa y escribían sobre cómo las elegantes mujeres parisinas —a las que llamaban garçonnes— podían ser independientes, atléticas, de apariencia andrógina y trabajar y amar como mejor les pareciera. Así, en 1926, Virginia, con veinte años, también se mudó al otro lado del Atlántico, lejos de la agotadora decepción de su madre, para inscribirse en la École Libre des Sciences Politiques, al sur de París. En el apogeo de los llamados Années Folles (“los locos años veinte”), lejos de la Ley Seca estadounidense y la segregación racial, encontró una escena artística, literaria y musical apasionantemente diversa que atrajo a escritores como F. Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, Ernest Hemingway y a la legendaria bailarina negra Josephine Baker (famosa por sus bailes de charlestón en el Folies Bergère y más adelante por su servicio a la Resistencia). En los cafés de Saint-Germain y los clubes de jazz de Montmartre, Virginia conoció a actrices, pilotos de carreras, intelectuales y políticos en ciernes. La joven aventurera de Baltimore fumaba, bebía y bailaba con todos ellos y estaba mucho más interesada en lo que aprendía de sus deslumbrantes nuevos amigos que de sus profesores. Allí, finalmente, se sentía libre para ser ella misma.

Este estilo de vida despreocupado continuó cuando se mudó, en el otoño de 1927, a la Konsular Akademie de Viena para estudiar idiomas, economía y periodismo. A diferencia de su estancia en Nueva York, aprobó sus materias, logró las calificaciones necesarias con el mínimo esfuerzo y tuvo mucho tiempo para gozar de la frenética escena festiva de la ciudad. Alta, delgada y elegantemente vestida a la última moda europea, Virginia atrajo mucha atención masculina, en especial la de un apuesto oficial polaco llamado Emil, quien la escoltó en varias caminatas románticas junto al Danubio. Él la adoraba por ser un espíritu libre, y al hacerlo se ganó el corazón de la joven de una forma que nadie más lo había logrado. Sin embargo, el padre de Virginia (al parecer, alentado por su madre, Barbara) cuestionó los orígenes inciertos del oficial y la idea de que su hija se estableciera en Europa para siempre, y le prohibió volver a verlo. Desconsolada, la joven Virginia, que habitualmente se mostraba reacia a seguir las indicaciones de sus padres, obedeció a su amado Ned (como ella lo llamaba) y puso fin al compromiso informal. Conservó una foto de Emil por un tiempo, pero su autodeterminación no llegó más lejos. Nunca volvió a verlo. Después descubrió que probablemente murió en la primavera de 1940, entre los miles de oficiales polacos que la policía secreta rusa ejecutó a sangre fría y enterró en fosas comunes en el bosque de Katyn, durante la segunda guerra mundial. En cuanto se recuperó de aquella aventura amorosa frustrada, Virginia dejó Europa y regresó a casa como una mujer muy distinta a la que había zarpado en 1926. No solo llevaba consigo un título, sino la ferviente convicción de la emancipación femenina. Aquellos tres años despreocupados infundieron en ella un amor profundo y duradero por Francia y por las libertades que le había dado. Esa pasión habría de resistir la barbarie que estaba por llegar y la llevó a poner su vida en peligro para defender lo que ella llamaría su “segunda patria”. También perfeccionó su repertorio de cinco idiomas —los más útiles fueron el francés y el alemán, pero también el español, el italiano y el ruso—, aunque nunca logró borrar del todo su acento estadounidense. No obstante, se convirtió en una persona inusualmente versada en la cultura, la geografía y, sobre todo, en la política de Europa. Cuando estuvo en Viena, vio triunfar a los grupos fascistas durante los sangrientos disturbios políticos. En sus viajes por la frontera fue testigo del rápido crecimiento de la popularidad del Partido Nacional Socialista de Adolf Hitler, gracias a su promesa de poner a Alemania primero. Sus mítines en Núremberg se convirtieron en despliegues masivos del poder paramilitar nazi. En la cercana Italia, el dictador Benito Mussolini le había declarado la guerra a la democracia en 1925, y desde entonces había construido un Estado policial. De esta manera, Virginia fue testigo del momento en que las oscuras nubes del nacionalismo se cernieron en el horizonte. La paz en Europa y la embriagante “belle vie de Paris” que llevaba Virginia estaban amenazadas. Dindy regresó a Maryland y a la granja en Boxhorn en julio de 1929, poco antes de que gran parte de la fortuna familiar se perdiera con la caída de Wall Street y la Depresión subsecuente. Su hermano, John, perdió su trabajo en el debilitado negocio familiar de construcción y finanzas, y el desánimo generalizado acabó repercutiendo en los estudios de posgrado en letras francesas y economía que Virginia realizaba en la Universidad George Washington, en Washington, D. C. Su asistencia era irregular, pero sus calificaciones fueron lo suficientemente altas como para presentar una solicitud al Departamento de Estado para convertirse en diplomática, lo que aún era su sueño más ferviente. Con la confianza de la juventud y sus conocimientos académicos y de idiomas, esperaba aprobar el examen de admisión. El hecho de que solo seis de los mil quinientos oficiales del servicio exterior fueran mujeres debería haberla puesto sobre aviso. El rechazo fue rápido y brutal. Los más altos rangos del Departamento de Estado parecían renuentes a recibir mujeres en sus filas, como le había dicho a su amigo Elbridge Durbrow, pero se negó a aceptar la derrota y planeó “entrar por la puerta trasera”. Entretanto, intentó apoyar a su padre, que daba tumbos entre una y otra calamidad empresarial, se mortificaba por la difícil situación de miles de desempleados y se enfrentaba a la posibilidad de su propia ruina. El 22 de enero de 1931, al salir de su oficina en el centro de Baltimore, Ned se desplomó en la acera a causa de un ataque cardíaco que lo mató unas horas después. Su muerte a los cincuenta y nueve años fue un cruel golpe para su familia, en especial para Virginia. Él había consentido a su joven y valiente hija, y le permitía practicar actividades tradicionalmente masculinas como la caza; incluso le compró su propia pistola. Ahora se había ido, y con él también gran parte del dinero. John, su esposa y sus dos hijos se habían mudado con Barbara a la granja Boxhorn para reducir gastos, y se esperaba que Virginia llevara una vida tranquila junto a ellos. Un acuerdo tan claustrofóbico para ella, sin embargo, solo fue tolerable por un tiempo y pronto estaba solicitando empleo. Después de siete meses atrapada en su casa, en agosto de 1931 Virginia estaba impaciente y a punto de empezar como empleada de la embajada estadounidense en Varsovia. Le pagaban dos mil dólares al año, un salario respetable (un tercio más alto que el ingreso medio de un hogar estadounidense durante la Gran Depresión, cuando las familias dependían de la asistencia social). Por fin se había liberado de Baltimore y había entrado en las filas del Departamento de Estado. Sin embargo, a pesar de todos sus estudios y expectativas, era solo una secretaria, igual que su madre.

Virginia causó una buena impresión desde el primer instante en su trabajo, y llevaba a cabo sus tareas —codificar y decodificar telegramas, administrar el correo, tramitar visados diplomáticos y enviar informes a Washington sobre la situación política, cada vez más tensa— con talento e iniciativa. Varsovia era una ciudad efervescente, con la población ju- día más grande de Europa, pero la precaria Polonia (un Estado independiente solo después de la Gran Guerra) se encontraba entre las potencias de Alemania y Rusia, y su futuro era incierto. Fue un momento y lugar de aprendizaje para Virginia, y su simpatía por los polacos sin duda aumentó gracias a los recuerdos de su amorío con Emil. Quizá, al haber estudiado codificación, también disfrutara de sus primeros y tentadores contactos con el mundo de la inteligencia. En cualquier caso, sentía que sus minu- ciosos estudios y experiencia se estaban desperdiciando tras una máquina de escribir. Así que un año después pidió y recibió el apoyo de sus jefes —incluyendo el de su amigo Elbridge, quien entonces era su vicecónsul— para volver a presentar el examen de admisión al cuerpo diplomático. Confiaba particularmente en sus capacidades para el examen oral, donde demostró ser una candidata sobresaliente, con una puntuación del 100% la primera vez que lo presentó. Virginia sabía que era más convincente e impresionante en persona. Sin embargo, de manera misteriosa, el papel con las preguntas del examen oral nunca apareció, por lo que no pudo cursar la solicitud antes de la fecha límite. Justo cuando pensaba que por fin estaría cerca de que la aceptaran en el centro del Departamento de Estado, fue relegada nuevamente a la periferia.

En su frustración, siete meses más tarde solicitó su traslado a Esmirna, en Turquía, un destino perfecto para alguien con su pasión por la vida al aire libre debido a su cercanía a las lagunas y a las marismas del delta del río Gediz, famoso por sus pelícanos y flamencos. Cuando llegó en abril de 1933, se encontró con que sus deberes no serían más relevantes que en Varsovia, y que de hecho Esmirna no era de gran interés estratégico. Sin embargo, en este lugar improbable una joven aventurera como ella, aunque quizá aún ingenua, se forjó como una figura de fortaleza excepcional; ahí sería donde el destino le extendería una carta que cambiaría su vida. Lo que ocurrió en ese lugar, donde el Gediz desemboca en el centelleante mar Egeo, contribuiría a definir el futuro de una nación lejana, en una guerra mundial que aún estaba a seis años de distancia.

Poco después de su llegada, Virginia empezó a organizar expediciones de caza a las marismas con sus amigos. El viernes 8 de diciembre amaneció despejado y templado; mientras ella se preparaba para otro día de deporte, tomó la escopeta del calibre 12 que había heredado de su difunto padre. En esa ocasión, en las lagunas había muchos zarapitos de pico largo y el grupo de cazadores estaba emocionado, aunque ese tipo de aves eran difíciles de cazar por su patrón errático de vuelo. Siempre competitiva, probablemente Virginia querría ser la primera en obtener una pieza, y llevada por la impaciencia se olvidó de poner el cierre de seguridad. De cualquier forma, mientras trepaba por una valla cubierta de juncos tropezó, y, al caer, su escopeta se le resbaló del hombro y quedó atrapada en el abrigo largo que le cubría hasta los tobillos. Trató de recogerla, pero al hacerlo se disparó en el pie izquierdo a quemarropa. Una creciente mancha de sangre tiñó las aguas cenagosas de las marismas alrededor de Virginia, al tiempo que ella se desvanecía, inconsciente. La herida era seria, el cartucho que había disparado era de gran calibre, y los perdigones se encontraban ahora profundamente incrustados en su pie. Desesperados, sus amigos trataron de detener la hemorragia con un torniquete mientras la llevaban al hospital de Esmirna a toda velocidad. Los cirujanos que la atendieron actuaron con diligencia y en las siguientes tres semanas pareció recuperarse. Sus amigos y las oficinas del Departamento de Estado en Washington se sintieron aliviados cuando recibieron la noticia de que Virginia regresaría a la normalidad en un par de semanas. Sin embargo, los médicos locales no advirtieron que una agresiva infección se estaba infiltrando en sus heridas abiertas. Justo antes de Navidad, el estado de la joven empezó a deteriorarse con rapidez y el jefe del hospital estadounidense en Estambul fue requerido con urgencia, junto con dos enfermeras compatriotas suyas. Para el momento en que llegaron, después de veinticuatro horas de viaje en tren, el pie de Virginia estaba hinchado y ennegrecido, el tejido putrefacto empezaba a oler mal y su cuerpo entero se retorcía con los espasmos de un dolor feroz. El equipo estadounidense advirtió de inmediato que se trataba del peor escenario posible: la gangrena se estaba propagando y se extendía rápidamente por la parte inferior de su pierna. En aquella época en la que los antibióticos aún no existían no había un tratamiento médico efectivo y los órganos de Virginia estaban en riesgo de dejar de funcionar. Estaba al borde de la muerte cuando, en Navidad, los cirujanos le cortaron la pierna izquierda por debajo de la rodilla, en un intento desesperado por salvarla. Tenía veintisiete años.

La amputación había salido bien, dadas las circunstancias, pero cuando volvió en sí nada podía consolar a Virginia por la pérdida de su antigua vida. El consulado envió un telegrama a Washington en el que se aseguraba que la “secretaria” estaba “descansando muy cómodamente” y que se esperaba su pronta recuperación en dos o tres semanas, aunque retomar su trabajo le tomaría mucho más tiempo. En esos días, Virginia no era capaz de imaginar un futuro que pudiera soportar. Su vida estaba confinada a una cama de hospital y lo peor de todo era la lástima de los demás.

¿Y cómo podría darle la noticia a su madre, que nunca había aprobado que se fuera a Europa y que ya había perdido a su amado Ned? Como un caleidoscopio de imágenes mentales de sufrimiento y sangre, Virginia reviviría las acciones de ese fatídico día durante el resto de su vida, castigándose por sus descuidos.

El cónsul estadounidense, Perry George, envió un telegrama a Washington para pedirle a un oficial de alto rango que informara a la señora Hall del accidente de Virginia «con el mayor tacto posible». Como Virginia temía, Barbara quedó inconsolable cuando recibió las devastadoras noticias sobre su hija. La tragedia llegó pronto a la prensa, pero la compasión pública en nada ayudó a Barbara, que estaba paralizada por el miedo de perder a su hija menor. El 6 de enero recibió por fin un telegrama en el que la informaban de que Virginia estaba fuera de peligro. El doctor estadounidense había regresado ya a Estambul, aliviado de que su paciente hubiera logrado sobrevivir.

Once días después, saltaron de nuevo todas las alarmas. Virginia padecía una nueva infección que parecía septicemia, un envenenamiento de la sangre potencialmente letal. Los médicos del hospital de Esmirna lucharon desesperadamente por salvar su vida una vez más. Consultaban a diario con los especialistas estadounidenses de Estambul, y le inyectaron unos sueros misteriosos en la rodilla con la esperanza de que funcionaran. En aquel entonces sus posibilidades de curarse eran muy bajas; incluso ahora, con la medicina moderna, su condición se consideraría crítica. El dolor que sufría a diario cuando las enfermeras cambiaban las vendas de su muñón bañadas en pus era casi insoportable, y a menudo, su corazón se desbocaba.

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Una noche, delirante a causa de la infección que recorría su cuerpo, Virginia experimentó algo que describiría como una visión. Aunque   lo que quedaba de su familia estaba a miles de kilómetros de distancia, el difunto padre de la joven se le apareció al lado de la cama con un sencillo mensaje. Ned le dijo que no debía darse por vencida y que

«su deber era sobrevivir», pero que si no podía seguir soportando el dolor, él regresaría para llevársela. Aunque no era religiosa en un sentido formal, Virginia en realidad creyó que  Ned  la  había  visitado. Sus palabras permanecieron con ella como una poderosa fuerza, y a lo largo de los años a menudo hablaría de la forma en que él la había alentado a vivir.5 Y así superó la primera —aunque no la última— gran batalla de su vida prácticamente sola, solo acompañada por el espíritu de su padre. Sentía que si había superado un sufrimiento tan terrible, podía soportar cualquier otra cosa que la vida le pusiera por delante. En honor a su padre, no permitiría que su gran error se interpusiera en su camino.

Virginia se recuperó milagrosamente, y el cónsul, que la visitaba a diario en el hospital, se retiraba siempre impresionado por su resiliencia. Unos meses después, Virginia fue transferida a un hospital más moderno en Estambul para que pasara allí su convalecencia. Durante las largas y lentas semanas de su recuperación, decidió que nadie la trataría como a una inválida. En mayo de 1934, solo un día después de que le dieran el alta hospitalaria y en contra de la opinión de sus doctores y de su jefe, insistió en regresar a su trabajo en el consulado. Fue una decisión terrible, los médicos locales podían darle solo una pierna de madera rudimentaria que no se ajustaba bien, así que dependía de las muletas y, después de meses de estar en cama, caminar la distancia más corta la dejaba exhausta.

En Esmirna se le dio poco seguimiento médico y el dolor de su herida seguía siendo devastador. Por primera vez se sintió desamparada y lejos de casa, y el resultado fue un rápido colapso físico y emocional.

«Preví esta situación y traté de evitarla, pero la señorita Hall no comprendía las dificultades que se presentaban ante ella», escribió el cónsul Perry en un telegrama para el Departamento de Estado en  Washington. “El experimento ha sido doloroso para todos.”

Pocos días después, Virginia viajaba en un barco de regreso a Es- tados Unidos, y un mes más tarde, el 21 de junio, llegó a Nueva York, donde se encontró con su familia en el muelle viéndola cojear cautelosamente hacia ellos. Fue admitida en el hospital para hacerle una serie de “operaciones de reparación”, lo que probablemente implicó el corte de un poco más de su pierna para evitar infecciones y ponerle una nueva prótesis. Aun siendo moderna para los estándares de 1930, la prótesis era bastante burda y eran necesarias unas correas de cuero y un corsé para mantenerla en su lugar. Cuando hacía calor, el cuero irritaba su piel y el muñón se llenaba de ampollas y sangraba. A pesar de estar hueca, la pierna de madera con pie de aluminio pesaba unos considerables cuatro kilos. El solo hecho de desplazarse era una prueba de resistencia, y practicar sus amados deportes al aire libre quedó fuera de su alcance. El dolor sería su compañero incansable durante el resto de sus días.

Durante los meses veraniegos en la granja Boxhorn, Virginia aprendió sola a caminar otra vez, mientras batallaba contra persistentes infecciones y el constante acecho de la depresión. Disfrutaba sentándose en el porche y dándoles de comer a los borregos, los caballos y las cabras. En noviembre de 1934, sin embargo, estaba ya ansiosa por regresar al trabajo y obtuvo un nuevo puesto en Europa, esta vez en Venecia, donde esperaba que las condiciones fueran “mejores” que las de Turquía, un país del que guardaba tan malos recuerdos que no pensaba regresar jamás. No pidió ni se le concedió ningún trato especial con respecto a su carga de trabajo, y solo sus ocasionales destellos de mal genio, que a menudo eran el signo de que soportaba frustraciones intolerables, insinuaban a los demás su angustia. Trataba de ocultar su discapacidad dando pasos largos, y aunque se veía obligada a usar zapatos bajos, su cojera era más evidente cuando estaba cansada. Subir y bajar escalones seguía siendo un reto especial, y por ello Venecia, como la joven habría de descubrir, difícilmente podría haber sido menos adecuada para una persona recién amputada.

La Serenissima era una ciudad para caminar. Virginia vio con horror sus callejones empedrados y resbaladizos y los cuatrocientos puentes encorvados y escalonados sobre sus 177 canales. Pronto ideó una solución ingeniosa: su carruaje sería una góndola propia ornamentada con un espléndido león dorado. Y cuando «el mar estuviera picado», lo que hacía que su «punto de apoyo para el pie fuera precario», un atento hombre del lugar, Angelo, la ayudaría a remar. Virginia desarrolló una gran habilidad para reclutar personas que la ayudaran en la adversidad, a quienes cautivaba con su encanto y evidente valor.

Poco después de llegar, se estableció en un palazzo histórico con un balcón que le ofrecía una gran vista del Gran Canal desde su apartamento. Comenzó a recibir invitados de nuevo, y así hizo buen uso de la porcelana fina y la plata de su familia. También invitó a su madre a quedarse con ella durante varios meses a su llegada a la ciudad, cuando aún sentía que podía necesitar ayuda extra, en especial porque su muñón «sufría en demasía» en el bochornoso calor veneciano. Quizá una parte de sus renovados desencuentros se debió a la decisión de Virginia de volver a trabajar lejos de casa, lo que hizo particularmente incómoda la vida con su ansiosa madre. En cualquier caso, parece que Barbara, pese a lo mucho que ambas se querían, nunca volvió a viajar para visitar a su hija en Europa.

A pesar de estas dificultades, Virginia impresionó una vez más a sus superiores del consulado, donde el equipo se encargaba de los visados y pasaportes, de las repatriaciones de los turistas estadounidenses y de las gestiones aduaneras para los empresarios. Impaciente por demostrar su valía, al poco tiempo empezó a hacerse cargo de tareas más complejas y delicadas que iban más allá de lo meramente administrativo, e inclu- so sustituía al vicecónsul cuando él estaba fuera. Mantenerse ocupada, como descubrió, era la mejor manera de ahuyentar sus pensamientos más oscuros. El cónsul se dio cuenta de que Virginia rara vez se tomaba un día libre, ni siquiera los fines de semana, y de que nunca permitía que su discapacidad se interpusiera en su trabajo. Como asumía que jamás se casaría, ahora más que nunca su carrera significaba todo para ella, y se esforzaba mucho por estar al corriente de los acontecimientos políticos. Aterrorizada por la ola de fascismo que se levantaba a   su alrededor, anhelaba ser parte de los esfuerzos diplomáticos para detenerla.

En una época caracterizada por el enorme desempleo y por una pobreza agobiante, solo los dictadores, que acaparaban el poder en toda Europa, parecían ofrecer esperanza. Hitler, que hasta hacía poco había sido el objeto de las burlas complacientes de los comentadores, que decían que pronto desaparecería del mapa, había llegado a la cancillería alemana, y millones de personas lo idolatraban. Italia, el país en el que Virginia se encontraba, era un Estado fascista con un único partido dirigido por Mussolini y sostenido por pandillas de mafiosos conocidos como squadristi; por su parte, Stalin gobernaba Rusia con imposiciones homicidas. El extremismo, tanto de derecha como de izquierda, parecía estar por todos lados, detrás de la propaganda, las consignas y la manipulación mediática despiadada.

En la que después sería conocida como la década de las mentiras, la verdad y la confianza se convirtieron en víctimas del miedo, el racismo y el odio. Virginia se hallaba en la primera fila del ring, mientras el ideal democrático, cada vez más frágil, no lograba encontrar vencedores con respuestas alternativas. Una rara excepción era su país natal, donde el New Deal del presidente Franklin Roosevelt ofrecía programas de ayuda de emergencia combinados con la creación de empleos bien pagados en enormes proyectos de infraestructura pública. Virginia era una simpatizante natural de Roosevelt y había sido alumna en Bernard del que sería uno de sus principales consejeros, el profesor Raymond Moley. Sin embargo, para su frustración, Estados Unidos seguía siendo caute- loso en lo relativo a involucrarse en lo que parecían disputas europeas interminables, y cerraba los ojos ante las amenazantes avances en el resto del mundo. Con este telón de fondo, su trabajo de oficina en Venecia le parecía de una irrelevancia sofocante, aunque se encontrara en un entorno glorioso desde el punto de vista estético.

Hacia finales de 1936, Virginia intentó entrar de nuevo en el cuerpo diplomático. Con sus cinco años de servicio en el exterior como empleada del Departamento de Estado ya no necesitaba presentar el examen escrito, y con una entrevista bastaría. Confiada en que por fin estaba preparada, en enero de 1937 puso rumbo a Estados Unidos para continuar con su solicitud, con la bendición de sus jefes en Venecia y un total sentimiento de optimismo. Tenía treinta años y experiencia en tres consulados diferentes, y mucho que ofrecer en términos de conocimiento político regional. Pero su solicitud fue rechazada sin más, y esta vez se citaba una oscura regla que excluía de la diplomacia a las personas con amputaciones. Al principio, creyó que se trataba de un obstáculo temporal y solicitó una serie de reuniones en el Departamento de Estado para demostrar que aquello no era ningún impedimento para desempeñar su trabajo. Fue una campaña valiente, pero estaba condenada al fracaso, y regresó a Venecia con el ánimo por los suelos y un desdén cada vez mayor por las reglas y los encargados de su cumplimiento.

El Secretario de Estado, Cordell Hull, había emitido el veredicto, pero los simpatizantes de Virginia, muchos de ellos demócratas entusiastas, como la misma familia Hall, no quisieron dejar pasar este desaire sin presentar batalla. Después de varios meses y una copiosa correspondencia entre muchos de los poderosos amigos de la familia, uno de ellos, el coronel E. M. House, tomó la iniciativa e intentó mediar por la hija de su vieja amiga en el Despacho Oval. Le dijo a Roosevelt que Virginia era “una dama de gran inteligencia” y un “orgullo para nuestro país” y que había sido “víctima de una injusticia”. Pese a su lesión, llevaba una vida activa que incluía remo, natación y equitación, además “había mantenido su trabajo”, y aun así se le había dicho que nunca podría ser parte del cuerpo diplomático. El 4 de febrero de 1938, Roosevelt le pidió a Hull que revisara el asunto, pero por lo visto al secretario de Estado no le gustaron esas negociaciones a sus espaldas y le dijo al presidente que la discapacidad de Virginia entorpecía su desempeño y que ella no estaba a la altura de los requerimientos de un puesto diplomático. Hull, que aparentemente ignoraba los brillantes informes del consulado de Venecia, concedió que ella podría hacer una “buena carrera” siempre y cuando permaneciera en los niveles administrativos. El propio Roosevelt había vencido su semiparálisis derivada de la poliomielitis hasta llegar al puesto más alto de todos. Sin embargo, irónicamente, no le pareció importante llevar el asunto más lejos.

En lo que parece haber sido un castigo deliberado por su imprudencia, poco después Virginia recibió la orden de abandonar Venecia contra su voluntad y presentarse en el consulado estadounidense en Tallin, la remota capital de Estonia, un Estado báltico cada vez más autoritario. Cuando solicitó pasar por París —solo un poco fuera de ruta— porque necesitaba reparar con urgencia su prótesis, se le informó de manera tajante de que ese gasto no le sería reembolsado. Fue igualmente ofensivo que a su sucesor en Venecia, un varón, se le concediera el estatus de vicecónsul con un sueldo mayor. Como cada vez hacía más honor a su fama de rebelde, Virginia decidió viajar sin la ayuda de nadie a la capital francesa y reencontrarse con sus viejos amigos.

Pocas personas en París sabían que había sufrido un accidente, aunque tal vez se preguntaran por qué siempre usaba medias gruesas bajo aquel sol primaveral. Probablemente no tenían idea de que la ayudaban a ocultar la prótesis y a amortiguar el muñón para mitigar el dolor y los sangrados. La familia de la madre de Virginia, aunque se describía como episcopal, se había formado con las tradiciones estoicas de los holandeses de Pensilvania, descendientes de los primeros colonos alemanes relacionados con los amish. Ella se había criado en un entorno en el que no se hablaba jamás de dinero, sentimientos o salud, y en el que se evitaban en lo posible las multitudes. Ocultar sus problemas y sus secretos era algo natural en Virginia. Tal vez consiguió evitar un matrimonio con un marido indiferente, pero otro sufrimiento silencioso era parte de su vida.

Virginia llegó a Tallin a finales de junio y empezó a trabajar con el mismo salario de dos mil dólares; nunca recibió un aumento durante sus siete años de servicio. La única compensación fue la caza en abundancia que ofrecían los vastos bosques vírgenes de Estonia, y de inmediato consiguió licencias para cazar urogallos, perdices y faisanes. Estaba decidida a que su accidente no la privara de disparar un arma, a pesar de que el terreno era pantanoso y desafiante. Sin embargo, el trabajo administrativo la aburría. Contestaba el teléfono y rellenaba formularios mientras Europa se precipitaba hacia la guerra, y,  en septiembre  de 1938, vio con horror la reunión en Múnich del primer ministro británico Neville Chamberlain y Adolf Hitler, en la que hablaron de la

«paz para nuestra era». En Estonia, Virginia se encontró con una historia similar a la del resto de Europa: la fiebre nacionalista había tomado el control. Los partidos políticos estaban prohibidos, la prensa, censurada, y los nombres potencialmente extranjeros eran modificados para que sonaran “más estonios”. Temerosa del futuro, con las esperanzas de un ascenso hechas añicos y encasillada como una mujer discapacitada sin importancia, renunció al Departamento de Estado en marzo de 1939. A pesar de sus ilusiones y ambiciones iniciales, su carrera había demostrado ser un poco más fiel o gratificante que el matrimonio tradicional que había desdeñado.

Después de siete años de vivir a la sombra del fascismo, decidió que podía hacer más para despertar a las personas de su país de ese “falso pensamiento”, “corrupción” y “terribles decepciones” escribiendo en la prensa estadounidense. Por supuesto, había estudiado periodismo en  la Academia de Viena, pero la redacción nunca había sido su fuerte. Nada se sabe de si tuvo éxito o de si su voz fue escuchada. No se han encontrado artículos firmados por ella de esta época, aunque su pasaporte demuestra que permaneció en Tallin unos meses más. La redacción de artículos no habría de satisfacerla por mucho tiempo. Ella quería actuar, no solo informar. ¿Cómo podría abrirse camino entre las restricciones de su vida para hacer algo que realmente valiera la pena? ¿Cómo podría vencer la depresión que aún la acechaba y demostrar que su supervivencia en contra de todo pronóstico había tenido una razón de ser?

El 1 de septiembre de 1939, Alemania atacó Polonia repentina y brutalmente, y dos días después, Gran Bretaña y Francia respondieron con una declaración de guerra. Era bien sabido que el vecino de Estonia, Rusia, tenía planes expansionistas similares y, a finales de octubre, Virginia decidió embarcar en el último minuto en un barco a Londres antes de que fuera demasiado tarde. En todo caso, ya tenía una nueva idea en mente. Abandonaría su máquina de escribir y se presentaría como voluntaria en el Servicio Territorial Auxiliar, la rama femenina de la Armada Británica; sin embargo, cuando se presentó en la oficina de reclutamiento, los sargentos revisaron su pasaporte y le dijeron que los extranjeros no eran bienvenidos. Otro rechazo más.

Cualquier otra persona en su posición hubiera optado por rendirse y regresar a la seguridad de Estados Unidos, pero para Virginia tal resolución habría significado reconocer su fracaso, y eso era impensable. Viajó a París, y con la determinación que la caracterizaba finalmente identificó el único papel activo que podía desempeñar para ayudar en la lucha contra el fascismo. En febrero de 1940, cuando se alistó en el Noveno Regimiento de Artillería Francés como conductora de ambulancias para el servicio de Santé des Armées, se lo ocultó deliberadamente a su madre para evitar una pelea. No tenía conocimientos médicos, pero sí un permiso de conducir homologado, y el servicio de ambulancias era uno de los pocos cuerpos militares que recibía a mujeres y extranjeros voluntarios. Para su alegría, la acogieron de inmediato (tal vez ignoraban su discapacidad) y le dieron un curso intensivo de primeros auxilios. Por fin tendría la oportunidad de desempeñar su papel.

El 6 de mayo, después de su curso de iniciación, Virginia se presentó en su puesto justo en las afueras de Metz, en la frontera nororiental de Francia, cerca de la Línea Maginot, una serie de búnkeres fortificados que se construyeron como una barrera supuestamente impenetrable en caso de una invasión alemana. Había poca actividad en los últimos días de lo que después se conocería como la “guerra ilusoria”. Los soldados descansaban sin nada que hacer y sus armas permanecían inactivas. Con el mayor tacto posible, Virginia aprovechó la oportunidad para explicarle a su madre los detalles de su nuevo puesto e insistió en que estaba “cansada y sucia”, pero que también “estaba bien cuidada” en un barracón “con mucha comida buena”. Su madre no se dejó engañar y le dijo a un periodista del Baltimore Sun —que trabajaba en un reportaje con el titular “Mujer de Maryland conduce una ambulancia para el ejército francés”—que las palabras de Virginia eran “bienintencionadas, pero poco me consuelan, porque ella suele hacer que las cosas suenen mejor para mí”. Se preguntaba por la razón de que su hija huyera de una vida cómoda en casa para sumirse en una historia de adversidad, armas y horror.

Esa fue la última vez que tuvo noticias de Virginia durante un tiempo. El 10 de mayo los alemanes organizaron un ataque relámpago, y simplemente rodearon toda la Línea Maginot para irrumpir en Francia a través de la desprotegida zona boscosa de las Ardenas. Las divisiones Panzer invadieron la frontera, tomando a los viejos generales franceses desprevenidos y dispersando a sus tropas mal equipadas. Virginia alcanzó a ver esa retirada desde su ambulancia. Los franceses estaban encerrados en una mentalidad defensiva anticuada, se sentaban detrás de sus búnkeres y se mandaban mensajes por medio de palomas; tenían pocas posibilidades contra el devastador poderío de las fuerzas nazis, con su velocidad espeluznante, sus lanzallamas y las oleadas de luz de sus bombardeos aéreos. La apatía negligente —y en algunos casos, la corrupción— de la vieja élite francesa permitió que una potencia mundial cayera sobre un pueblo que se vio sometido en tan solo seis semanas. Como un patriota francés dijo en una ocasión, los políticos y los milita- res habían engañado a su gente con una “ilusión de fuerza e invulnerabilidad” y cuando los alemanes la pusieron a prueba, enseguida quedó claro que todo había sido un “engaño criminal”. Los anuncios oficiales con frecuencia alardeaban: “Ganaremos la guerra porque somos los más fuertes”. Ningún miembro del gobierno francés ni los altos mandos del Ejército, se había planteado la posibilidad de que sus fuerzas se vieran aplastadas de ese modo, hasta que sucedió.

En poco más de dos semanas, lo poco que quedaba de las tropas del ejército francés y belga y de sus aliados británicos quedó arrinconado por el avance alemán en las playas de Dunquerque, donde los soldados esperaban a ser evacuados. Parecía que nada podría detener la victoria aplastante de Hitler en toda Europa. Virginia estaba consternada al ver que la mayoría de su unidad de rescate era presa del pánico y abandonaba a los caídos allí donde se desplomaban. Muchos de sus superiores —al igual que líderes civiles, como alcaldes y concejales— también abandonaron sus responsabilidades y huyeron. Hasta el gobierno francés abandonó la capital el 10 de junio hacia el sur de Burdeos, donde pronto reinó el caos.

Cuando cuatro días después, al amanecer, los alemanes llegaron sin oposición a París por la Porte de Vincennes, Virginia ya estaba de camino a Valençay, en el valle del Loira, en lo más profundo del corazón de Francia. Había oído que allí un coronel francés estaba ayudando a los heridos y llevándolos a los hospitales de la capital, aunque para ello tuviera que conducir trescientos kilómetros. El ejército francés se batía en retirada, el coronel necesitaba a gente dispuesta a todo, y Virginia respondió a su llamada. Durante varias semanas transportó soldados a París, donde tenía que solicitar pases y cupones de combustible a las autoridades nazis, que ya se habían instalado bajo esvásticas gigantes en el Hôtel Meurice. Ella se dio cuenta de que, al ser una estadounidense neutral, al menos nominalmente, tenía más libertades que los franceses con los que trabajaba. Una idea empezó a formarse en su mente.

El nuevo líder francés de ultraderecha, el mariscal Philippe Pétain, ya había tomado el control, y el 22 de junio firmó un armisticio con Hitler en un vagón de tren en Compiègne que señalaba la rendición de su país ante los nazis. Virginia quedó formalmente inmovilizada pocas semanas después, pero al menos tenía adónde ir en medio del caos y se puso en contacto con un viejo amigo de sus días de estudiante que vivía en la avenida Breteuil, en París. Ya había soportado el terror del fuego enemigo en las calles, pero en esos días empezó a ser testigo del estricto toque de queda, de los asesinatos de represalia y de las primeras rondas de arrestos —o rafles (redadas)— en la capital. También fue testigo de la complicidad de las autoridades francesas a cambio de esa paz que, clara- mente, tenía un precio muy alto. La policía francesa protegió a los nazis, cómodamente instalados en los mejores hoteles de París, y los franceses permitieron que se construyeran campos de prisioneros en su propio suelo para los miles de personas que los alemanes arrestaban.

Virginia estaba horrorizada, y deseaba con todas sus fuerzas que su amada Francia se alzara contra la aquiescencia de sus gobernantes   y luchara para reclamar sus libertades perdidas. Y por supuesto quería ayudar y formar parte de esa lucha, que se convirtió en el único objetivo que podía aliviar sus pensamientos más sombríos. Estaba convencida de que los franceses no tardarían en volver a levantarse; entretanto, regresaría a Londres y esperaría. Por el momento, Gran Bretaña se enfrentaba sola a Hitler, pero ¿cuánto tiempo podría sobrevivir sin ayuda? Para consternación de Virginia, Estados Unidos se negaba a ser arrastrado   a la guerra junto a sus viejos aliados: el Congreso no toleraría la pérdida de vidas estadounidenses por lo que se consideraban meros intereses nacionales marginales en un continente lejano, sobre todo después de lo ocurrido en la última guerra europea. Incluso en las universidades, la opinión pública se oponía abrumadoramente a una alianza con Gran Bretaña en una reiteración del conflicto franco-alemán. Pero Virginia había visto con sus propios ojos hasta dónde estaba dispuesto a llegar el fascismo, y el aislacionismo de su país no le impediría participar en la lucha por su propia cuenta. La diplomacia era una puerta cerrada, y sabía que debía encontrar otra forma de demostrar su valía en lo que veía como la guerra de la verdad contra la tiranía. Tarde o temprano la hallaría.

Una mujer sin importancia
Sonia Purnell. Foto: Cortesía

Sonia Purnell, biógrafa y periodista, ha escrito para The Economist, The Telegraph y The Sunday Times. Su primer libro, Just Boris: A Tale of Blond Ambition (2011), estuvo en la lista de los nominados al Premio Orwell y First Lady: The Life and Wars of Clementine Churchill (2015) fue considerado el libro del año por The Telegraph y The Independent, y quedó finalista en el premio Plutarch a la mejor biografía. Una mujer sin importancia ha sido galardonado con el Premio Plutarch 2020 a la mejor biografía de 2019.

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