Virtudes

LECTURAS | Virtudes ¿Qué hacer para garantizar un mínimo de felicidad?, de Héctor Zagal

A través de pasajes bíblicos, citas filosóficas y referencias literarias, podrás conocer tales virtudes que, para Aristóteles, consisten en habilitarnos para responder adecuadamente a las condiciones de la vida humana.

Ciudad de México, 25 de marzo (MaremotoM).- De acuerdo con Aristóteles, lo central de una vida virtuosa es el esfuerzo por hacer de ella algo bello, elevado y honorable. ¿Cómo concebir, entonces, nuestra felicidad? En Virtudes (Ariel), Héctor Zagal y Víctor Gómez Villanueva hacen un recorrido por las distintas virtudes éticas a modo de guía de actuación correcta y moderada.

A través de pasajes bíblicos, citas filosóficas y referencias literarias, podrás conocer tales virtudes que, para Aristóteles, consisten en habilitarnos para responder adecuadamente a las condiciones de la vida humana.

“La ética aristotélica, no es un conjunto de normas, sino de virtudes, son hábitos. Nuestras acciones van modelando nuestro ser, somos lo que hacemos. El desarrollo de las virtudes trae al tiempo presente la elección de vida pensada en futuro. Es bien sabido que Aristóteles habla de dos tipos de virtudes: las intelectuales y las morales”, escribe Héctor Zagal.

En este sentido, la Fortaleza es una actitud virtuosa frente a lo más temible, es una decisión de vida; la Cortesía, dice Aristóteles, enseña cómo poder ser amables y cordiales en la convivencia social; La Veracidad, permite que los demás nos conozcan tal cual somos; la Templanza, regula el exceso de indulgencia y la insensibilidad.

Con un lenguaje claro, Virtudes te guiará a través de un conjunto de normas fundamentales para entender nuestro carácter, saber por qué vale la pena ser virtuoso e intentar controlar aquello que está en nuestro poder para alcanzar la felicidad y vivir de una manera excelente.

Virtudes
Virtudes, de Héctor Zagal y Víctor Gómez Villanueva. Foto: Cortesía

Fragmento de Virtudes, de Héctor Zagal y Víctor J.Gómez Villanueva, con autorización de Planeta y Ariel.

INTRODUCCIÓN

¿Por qué vale la pena ser virtuoso?

Un comentario libre a la teoría aristotélica de la virtud

De zapateros y generales

Imaginemos el caso de un zapatero que recibe un trozo de piel a partir del cual debe trabajar. Le toca lo que le toca. Sea la piel de buena o mala calidad, el zapatero debe utilizarla. No tiene margen de elección. Lo ideal, por supuesto, es fabricar zapatos utilizando un cuero de calidad: flexible, resistente, suave, correctamente curtido.

Sin embargo, el zapatero no puede pedir un cuero distinto al que le entreguen. Un zapatero diestro, uno que domina su oficio, sacará un magnífico calzado si la piel que le asignan es espléndida. Si, por el contrario, le entregan un cuero correoso, de ínfima calidad, el maestro zapatero no fabricará una obra de arte; seguramente los zapatos que entregará serán burdos y corrientes. No obstante, algo conseguirá fabricar.

Pensemos ahora en un zapatero torpe, carente de oficio e irresponsable a quien le entregan un cuero de óptima calidad. No sería raro que, a pesar de la magnífica materia prima que recibió, este artesano fabrique unos zapatos de poca calidad. Incluso podría

arruinar el cuero por completo. Y si este zapatero recibe el cuero corriente que recibió el primer maestro, lo más probable es que simplemente se niegue a trabajarlo. Difícilmente podrá conseguir algo de aquella piel correosa.

La vida humana es análoga a este ejemplo. Existe un sinnúmero de condiciones que no dependen de nosotros. No elegimos nacer en un lugar, ni a nuestros padres, ni nuestra lengua materna, ni el patrimonio familiar. Las enfermedades o discapacidades con las

que nacen las personas son tantas que por momentos se antoja que el éxito y plenitud de la vida humana depende de la fortuna. No es casualidad que la palabra griega para felicidad, eudaimonía, aluda al daímon, un genio o diosecillo que tutela la buena fortuna de algunos hombres. La etimología sugiere que la felicidad depende de la benevolencia con la que nos miren los dioses.

Es un hecho que la vida no es justa. Los seres humanos nacen en condiciones muy desiguales. Algunos bebés nacen en medio de comodidades, en el seno de familias cultas; otros, en cambio, nacen en regiones donde imperan el hambre, la violencia, la insalubridad.

Algunos niños son enfermizos, mientras que otros son robustos desde recién nacidos. Algunos tristemente nacen ciegos o sordos; otros, en cambio, nacen sanos.

Dejemos a un lado, por el momento, la responsabilidad del Estado y de los más favorecidos para evitar esta inequidad de oportunidades. Vamos a concentrarnos no en lo que la autoridad debería hacer para evitar estas graves injusticias originarias, sino en lo que los individuos podemos hacer para enfrentar estas limitaciones.

¿Depende de nosotros elegir el cuero con el que debemos trabajar? No, esa variable no está en nuestro poder. No depende de nosotros. ¿Qué es, en cambio, lo que sí está en nuestro poder?

Depende de nosotros ser un maestro zapatero diestro o ser un zapatero chapucero. Y lo que sucede con alguna frecuencia es que el zapatero torpe se queja del cuero que recibió en lugar de advertir que, por mucho que se queje, el proveedor no le entregará otro trozo de piel.

Una estrategia de vida realista se concentra en intentar controlar aquello que sí está en nuestro poder cambiar, como es el caso de nuestras habilidades técnicas, nuestros hábitos morales y, en general, nuestra manera de interpretar el mundo. En la medida en que nos concentremos en eso que sí depende de nosotros, estaremos en condiciones de sacar el mejor partido de aquello que no depende de nosotros.

El ejemplo del zapatero no es nuestro, sino de Aristóteles: Y somos de la opinión de que el hombre verdaderamente bueno y sensato llevará con buen semblante todos los accidentes de la fortuna y sacará siempre el mejor partido posible de las circunstancias, tal y como el hábil general se sirve del ejército de que dispone haciéndole rendir toda su combatividad, o como el zapatero hace el mejor calzado del que cuero que se le da, y del mismo modo todos los otros artesanos (Ética nicomaquea, I, 1100b 35 ss.).

La ética aristotélica se construye a partir de aquello que está en nuestro poder (taeph’hemin). Las posibilidades de esta estrategia de vida serán desarrolladas hasta extremos sorprendentes por los filósofos estoicos, pero ello no le quita validez ni originalidad a Aristóteles.

La opción fundamental y los medios para desplegarla

En nuestro libro Felicidad, placer y virtud, nos concentramos en la teoría aristotélica de la felicidad. El paso de una prudente estrategia de vida consiste en analizar y determinar el contenido de la finalidad última de la existencia humana. Debemos estructurar nuestra existencia a partir de la persecución de este fin final, que no es sino la felicidad. El punto clave es, por supuesto, cómo se concibe la felicidad: ¿está en el placer, en la riqueza, en la vida filosófica o en la vida activa del político?

Muchos hombres son tan insensatos, piensa Aristóteles, que viven sin considerar cuál es la finalidad última de sus acciones. El resultado es una existencia deshilvanada, inconsistente, episódica; una existencia construida únicamente a partir del instante presente.

En cambio, el hombre prudente comprende el aquí y ahora a partir del estilo de vida que ha elegido (prohaíresis). Para el ser humano prudente, el presente se debe interpretar desde el futuro. Se trata de alinear cada una de sus acciones singulares con ese ideal de vida.

En la medida de lo posible se ha de procurar que el momento presente despliegue la opción fundamental de su existencia. El momento presente es kairós (instante oportuno), si está de acuerdo con ese estilo de vida (prohaíresis) que elegimos como modelo de existencia. Una vida plena es una vida coherente y consistente; esa protoelección vital debe articular nuestra existencia.

Aristóteles, por supuesto, no considera que todo modelo de vida sea igualmente válido. La consistencia y la coherencia no son el único criterio para evaluar moralmente un estilo de vida. El cíclope Polifemo, por ejemplo, lleva una vida coherente. No respeta las leyes divinas de la hospitalidad ni vive en comunidad, y actúa en consecuencia: devora a los compañeros de Odiseo en lugar de brindarles los dones de la hospitalidad. Polifemo habita en una cueva dedicado al pastoreo, desconoce el vino, no teme a los dioses y vive en soledad. En ese sentido, su estilo de vida es coherente, pero no por ello es laudable.

La estrategia de vida aristotélica, decíamos, tiene como primer eje la consideración de esta finalidad a la que hemos llamados indistintamente opción fundamental, estilo de vida o protoelección.

Sin embargo, no basta con tener claro el objetivo vital. Una  estrategia de vida estaría incompleta sin la consideración del cómo, de los medios para alcanzar la finalidad.

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La ética aristotélica es una filosofía de la sensatez. Aristóteles considera que existen algunos bienes sin los cuales no es posible ser feliz; entre ellos se encuentra la salud, la familia, los amigos, cierta fama y un mínimo de riqueza. Dejemos de lado la discusión sobre si estos bienes son partes integrantes de la felicidad o si solamente son

condiciones necesarias, aunque no suficientes. Lo relevante para nuestro propósito es que disponer o carecer de algunos de estos bienes no es algo que dependa de nosotros. Prima facie, no está en nuestro poder la longevidad de nuestros familiares o la fuerza física de nuestro corazón. Los bienes del cuerpo y los bienes exteriores, incluso algunos bienes del alma, no dependen de nosotros. Por tanto, hemos de enfocarnos en aquellos medios para la vida plena y feliz cuya consecución sí esté en nuestro poder.

Las habilidades de la inteligencia

Es bien sabido que Aristóteles habla de dos tipos de virtudes: las virtudes intelectuales y las virtudes morales. Las primeras se pueden enseñar y perfeccionan un rasgo de la inteligencia humana. Se trata de habilidades del intelecto que internalizan un modo específico de pensar; forman un patrón operativo del pensamiento.

Las virtudes intelectuales de Ética nicomaquea se clasifican en dos clases: las prácticas y las teóricas. Ciencia, sabiduría e intuición (nous) son virtudes intelectuales teóricas; técnica y prudencia (phrónesis) son prácticas. Las virtudes práctico-productivas no pretenden la contemplación de la verdad, sino la ejecución de un proyecto, la modificación de la realidad. El geómetra avezado demuestra teoremas; el escultor diestro transforma el mármol en la efigie de Atenea. La inteligencia práctica-productiva, es decir, la que se aboca a la ejecución de proyectos, involucra muchos factores.

En cierto sentido, los procesos de la inteligencia práctica son más complejos que los de la inteligencia teórica. A ello nos hemos referido en otros lugares. La destreza del prudente y del técnico se califica por el acierto y no solamente por su capacidad de desarrollar demostraciones y definiciones. La destreza del escultor se traduce en habilidad manual para enfrentar los caprichos y contingencias del bloque de mármol.

Tanto el geómetra como el escultor no solo poseen información, sino que sus entendimientos están educados de tal manera que son capaces de pensar de una manera científica y resolver, por tanto, problemas nuevos. El médico, poseedor de la virtud técnica de la medicina, es capaz de pensar y actuar de una manera determinada frente a la enfermedad.

Por decirlo de una manera coloquial, las virtudes intelectuales aristotélicas no son meras acumulaciones de información ni memorización de reglas, sino que informan la inteligencia. En otras palabras, las virtudes intelectuales forman y modelan la inteligencia;

le imprimen un modo de pensar. El uso del término modo no es casual. Las habilidades intelectuales son modos de ser de la inteligencia; son cualidades adquiridas que permiten que el entendimiento piense y actúe de una determinada manera. Euclides no solo sabe geometría, es un geómetra; Hipócrates no solo practica la medicina; es un médico. Si bien las virtudes intelectuales, habilidades del intelecto, no modifican el carácter moral, sí que modelan un aspecto muy importante de la personalidad de un individuo. La habilidad musical de Mozart, de Bach o de Beethoven incide en sus personalidades. La virtud intelectual es un hábito (héxis) del entendimiento.

Sin embargo, la habilidad musical de Mozart no hace de él un buen hombre, sino un músico diestro, un buen músico. El dominio del arte de la medicina le da al médico la habilidad de curar o de matar. Lo que determina la moralidad de un individuo no son sus

virtudes intelectuales, sino el uso que haga de ellas en un contexto vital más general. La ciencia y el arte son habilidades autónomas que no se miden con criterios éticos, sino en la medida en que tales virtudes intelectuales son utilizadas por un agente moral. El ámbito de operación de la ciencia y del arte no es el del fin último, sino el de las finalidades secundarias. El médico nos devuelve la salud, pero no nos dice qué hacer con la salud para conseguir la felicidad.

Caso especial es el de la prudencia (phrónesis), virtud intelectual práctica cuya función es, ni más ni menos, que determinar hic et nunc, aquí y ahora, qué es lo que nos conviene desear y ejecutar para conseguir la vida lograda. La prudencia evalúa la oportunidad, kairós, de los diversos episodios de nuestra existencia. La prudencia nos permite reconocer si una elección específica contribuye a desplegar en el presente la protoelección u opción vital (prohaíresis).

De ahí que los escolásticos describieran a la prudencia como una virtud formalmente intelectual, pero materialmente moral. Lo propio de la prudencia es evaluar los medios para conseguir el fin último. Regresaremos en unas líneas a este punto

A pesar de lo dicho, no hemos de minusvalorar las virtudes intelectuales teóricas. Estas son, en menor o mayor medida, una manera de interpretar el mundo y la vida. Nuestra manera de entender los hechos es decisiva en el terreno práctico. Los estoicos lo vieron con claridad. Para estos filósofos, el estudio de la física permite generar un concepto correcto de la libertad y, a partir de esta comprensión del mundo, podemos desarrollar una estrategia de vida adecuada. Para desplegar nuestra vida de la mejor manera posible conviene comprender la trama de causas y efectos en las que nosotros, como agentes morales, nos encontramos inmersos. El estoicismo afirma que conocer las fuerzas que gobiernan el cosmos es necesario para vivir de la mejor manera dentro de él. No se puede vivir conforme a la naturaleza si se desconoce la dinámica natural.

Este conocimiento teórico, por supuesto, se encuentra supeditado a la consecución de la vida.

La sabiduría es, entre los estoicos, una herramienta para bien vivir. La idea, obviamente, procede de Sócrates y Platón, quienes pensaban que existía una cierta continuidad entre la filosofía especulativa y lo que hoy llamaríamos ética.

En el caso de Aristóteles, el acento de la vida moral no está puesto en la manera como interpretamos el mundo a través de la sabiduría, sino en las virtudes morales. Y este libro se concentra en algunas de ellas.

Ello no significa que el Estagirita desprecie la teoría a la hora de hacer ética. Comprender el mundo y al ser humano es necesario para desplegar de la mejor manera posible nuestra existencia. Pero la sabiduría no es constitutivamente una virtud ejecutiva, sino contemplativa. Y el salto entre contemplar y obrar supone la intervención del deseo y los apetitos sensibles. Dicho de una manera muy coloquial, pero no por ello errada, no basta con saber científicamente que el exceso de azúcar daña la salud para llevar una dieta saludable; hacen falta ganas, fuerza de voluntad para no atiborrarnos de dulces y refrescos.

Apropiación del yo

Aristóteles advierte claramente que las pasiones y las emociones pueden jugar en nuestra contra. Nuestros deseos racionales y nuestra comprensión del mundo no bastan para hacer lo correcto. No basta con saber cuál es la finalidad última del ser humano ni cuáles son los medios que conducen hacia ella. El pensamiento puro no mueve; hace falta ejecución y decisión. Sin embargo, para que sea eficaz el “me decido”, debo ser dueño de mí. Algo de ello se percibe en el español, cuando consideramos la diferencia entre “decidir sobre algo” y “decidirme a hacer algo”. No es lo mismo decidir entre un helado de vainilla o un sorbete de fresa que decidirme a vivir la dieta. Decidir eficazmente sobre nosotros supone que nuestro yo está en nuestro poder (eph’hemin). Aquí es donde las pasiones entran en juego.

Héctor Zagal
Héctor Zagal. Foto: Cortesía

Héctor Zagal es doctor en Filosofía y profesor de la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana, tutor del posgrado de Filosofía de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Es especialista en Aristóteles. Novelista, ensayista y divulgador cultural. Entre sus libros de filosofía se encuentran: Felicidad, placer y virtud. La vida buena según Aristóteles y Amistad y felicidad en Aristóteles. ¿Por qué necesitamos amigos?, ambos publicados por Ariel.

Víctor J. Gómez Villanueva es maestro en Filosofía por la Universidad de Sevilla, especializado en problemas de política y ética. Se ha dedicado a la divulgación de las humanidades en libros, revistas y radio. Ha sido colaborador en el programa El banquete del Dr. Zagal. Actualmente se desempeña como especialista en análisis geopolítico y gestión de riesgos.

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