Santiago Posteguillo

LECTURAS | Y Julia retó a los dioses, de Santiago Posteguillo

Cuando el enemigo es tu propio hijo… ¿existe la victoria?. JULIA DOMNA, la nueva saga del autor que ha conquistado a más de 4 millones de lectores. Editó Planeta.

Ciudad de México, 10 de abril (MaremotoM).- Mantenerse en lo alto es mucho más difícil que llegar. Julia está en la cúspide de su poder, pero la traición y la división familiar amenazan con echarlo todo a perder. Para colmo de males, el médico Galeno diagnostica que la emperatriz padece lo que él, en griego, llama karkinos, y que los romanos, en latín, denominan cáncer. El enfrentamiento brutal entre sus dos hijos aboca la dinastía de Julia al colapso. En medio del dolor físico y moral que padece la augusta, cualquiera se hubiera rendido. Se acumulan tantos desastres que Julia siente que es como si luchara contra los dioses de Roma. Pero, en medio del caos, una historia de amor más fuerte que la muerte, una pasión capaz de superar pruebas imposibles emerge al rescate de Julia. Nada está perdido. La partida por el control del imperio continúa.

Santiago Posteguillo
Y Julia retó a los dioses. Foto: Cortesía

Fragmento de Y cuando Julia retó a los dioses, de Santiago Posteguillo, con la autorización de Planeta.

Diario secreto de Galeno

Anotaciones sobre la enfermedad de la emperatriz Julia y sobre la necesidad de reemprender el relato de su vida

Antioquía, verano de 970 ab urbe condita

—¡No me detendrá ni la muerte! ¡Conseguiré la victoria aunque para ello tenga que luchar desde el reino de los muertos!

—La augusta Julia hablaba encogida por el dolor con una determinación tan inapelable como, dadas sus circunstancias, irreal, pues no veo esperanza alguna para su causa; pese a lo  cual ella seguía, rotunda—: La venganza más inesperada es la que más se disfruta. No me detendrá ni la muerte. Nadie acabará con mi dinastía. Eso nunca. La palabra derrota no existe para mí, no para Julia Augusta. Quizá sean los dioses de Roma los que me mandan toda esta hecatombe donde la sacrificada en nombre de las deidades soy yo y mi dinastía, pero no cederé, no me dejaré vencer ni por mortales ni por inmortales. Todos me creen derrotada, en particular ese miserable de Macrino, pero se equivoca. —La emperatriz me miraba fijamente con un destello vibrante en sus hermosos ojos oscuros que tanto habían visto y que tanto habían enamorado—. No pienso darles ni al Senado, ni a la plebe ni a los dioses romanos la satisfacción de que ese usurpador me arrebate todo por lo que he luchado estos años. Puede que yo muera… —Se encogió aún más y se llevó la mano al pecho; superó la despiadada punzada de dolor y se rehízo para continuar hablándome—. Puede que yo muera, pero mi dinastía permanecerá. Ahora sé que lucho contra la maldición de Babilonia, la misma que acabó con Trajano e incluso con el mismísimo Alejandro Magno. Quizá no debimos entrar en aquella maldita ciudad. Y quizá lucho contra los dioses del Olimpo, pero conmigo no podrán… He de conseguir la aeternitas imperii, la eternidad del Imperio, del poder, con mi dinastía…, la que yo he forjado… El-Gabal, mi dinastía y yo prevaleceremos.

Así se me ha manifestado la emperatriz esta misma mañana. La he visto con tal decisión que he querido empezar anotando estas frases que la augusta ha pronunciado con tanta vehemencia. Pero he de poner algo de orden en mi nuevo relato biográfico de la emperatriz o, de lo contrario, sea quien sea quien encuentre este diario secreto en los siglos venideros, no comprenderá nada.

Mi nombre es Elio Galeno y he sido y sigo siendo el médico de la familia imperial de Roma, pero todo esto ya lo expliqué en un volumen anterior de este diario y no quiero perder el curso de la narración en repeticiones insustanciales. Hay tanto relevante por relatar que tendré que escoger bien cada palabra. La cuestión cierta es que no pensé que tendría que volver a hablar de Julia, pero ante la magnitud de los acontecimientos, me siento obligado a retomar su historia. Si antaño me admiraron la ambición y la inteligencia en la lucha por el poder de la emperatriz, con su audacia sin límite, hoy día me ha impresionado la resistencia de la augusta ante la enfermedad y ante la traición extrema.

No creo haber admirado a muchas personas en mi vida: a Hipócrates y a alguno de mis viejos maestros, poco más. Julia supone un capítulo aparte. Su fortaleza y su inteligencia me han conmovido y no soy dado al sentimentalismo fácil.

Pero centrémonos en el empeño entre manos: habiendo ya pasado por el hecho de haber contado parte de la biografía de la emperatriz de Roma, y comprobado que organizar su historia en torno a sus enemigos en el ascenso resultó óptimo para el discurso fluido de la narración, he decidido repetir este esquema. Antes hablé de sus enemigos en su fulgurante ascenso: Cómodo, Pértinax, Juliano, Nigro y Albino. Ahora me corresponde reemprender el relato de Julia con respecto a los enemigos mortíferos que provocaron su declive y, para mí con toda probabilidad, el fin de su proyecto, de sus sueños, de su dinastía. Aunque, como he comprobado esta mañana y habrá visto el lector por las palabras que abrían este diario, la emperatriz Julia aún no acepta la derrota. ¿Quién estará acertado con relación a su próximo futuro: ella o yo?

En cuanto al diagnóstico de su dolencia y su desenlace, como explicaré a continuación, no tengo la más mínima duda del trágico y doloroso final. Sin embargo, con relación al control del poder y al mantenimiento de su dinastía, si bien no preveo mejor conclusión, he de aceptar que en este ámbito es la emperatriz la persona más experimentada y mi criterio puede verse superado en este punto por su ingenio, deslumbrante y sorprendente en extremo a la hora de retener el poder.

He decidido reemprender el relato de Julia aquí mismo, en Antioquía, mientras la velo estas noches terribles en que el dolor agudo atenaza a la emperatriz. Seguramente, al tiempo que voy redactando estas páginas, los acontecimientos dictarán sentencia, no ya solo sobre su vida, sino también sobre su dinastía. Si Julia Domna, agonizante en su cama, es capaz de revertir el curso de la historia que yo veo inevitable, mi admiración situará a la emperatriz al nivel del mismísimo Hipócrates.

Pero empecemos por su análisis médico, donde no hay mar- gen a interpretación o posibilidad de desenlace alternativo al que voy a exponer.

Ya le he explicado a la augusta Julia la gravedad de su dolencia. La he examinado con minuciosidad, atendiendo a cada detalle, y he revisado todos los escritos de los que dispongo aquí en Antioquía. Incluso hice traer todos los libros de Hipócrates de mi residencia fuera del palacio imperial. Tenía que asegurarme antes de establecer un diagnóstico preciso. Los textos de Hipócrates, lamentablemente, solo han valido para confirmar la peor de mis intuiciones con el más terrible de los pronósticos.

La emperatriz tiene un ονκος, una hinchazón de grandes dimensiones junto a la aureola del pezón de su seno izquierdo. Este bulto no ha dejado de crecer desde que lo detecté hace ya de eso varios meses. Pensé que quizá sería extraíble quirúrgicamente, pero ya he comprobado que se ha ramificado por todo el seno. Es como un καρκίνος4 enorme, como un gran cangrejo cuyas patas parecen apoderarse de todo el ser, de todo el cuerpo de la emperatriz partiendo desde ese punto funesto de su pecho.

El dolor empieza a ser insufrible. He recetado a la augusta Julia dosis elevadas de opio, pero apenas hace uso del mismo. Insiste en que necesita tener la cabeza despejada para pensar, para encontrar un modo de vengarse de aquel que se lo ha arrebatado todo. Creo que solo esa rabia la mantiene con vida. Rabia. Esa palabra me recuerda lo que leí en el tratado que Hipócrates dedica a las enfermedades de las mujeres. El gran maestro se muestra tan preciso como terrible en su descripción de un bulto, de un oncos como el que crece en el seno de nuestra augusta. Copio literalmente:

En las mamas se producen unas tumoraciones duras, de tamaño mayor o menor, que no supuran y que se van haciendo cada vez más duras; después crecen a partir de ellas unos karkinos, primero ocultos, los cuales, por el hecho de que van a desarrollarse como cangrejos, tienen una boca rabiosa y todo lo comen con rabia.

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Hipócrates no sugiere cura posible para esta dolencia ni yo la he encontrado en todo este tiempo. Sé que no solo la padecen las mujeres. En eso únicamente puedo añadir algo a lo que ya sabía Hipócrates. He visto estos cangrejos también en hombres. He tratado a gladiadores a quienes, tras una herida mal curada, les han aparecido tumores similares que también han crecido en forma ramificada. Me consta asimismo que los médicos romanos, conocedores algunos de este mal, han traducido  el nombre griego karkinos por su equivalente latino, el mismo que describe al animal del mar al que tanto se parece en su forma esta hinchazón ramificada. Así, en Roma conocen al oncos de la emperatriz como cáncer. Pero nada de todo esto me sirve para curarla.

En mi mente aún me perturban los gritos de la augusta.

—¡Aaaaah! —se lamentaba la emperatriz, y vi cómo se acurrucaba sobre el triclinium como si encogiéndose pudiera mitigar el dolor.

—La augusta debería tomar el opio… —me atreví a sugerir de nuevo, pero se revolvió como una fiera herida. Nunca vi en alguien tan gravemente enfermo tanta energía.

—¡Noooo! ¡Eso no! ¡Te he dicho que necesito pensar!

Me incliné primero y al ver tanta furia opté por arrodillarme.

—No está en mi ánimo ofender a la emperatriz.

Ella suspiró largamente al ver mi sumisión y miró al cielo.

—Levántate, Galeno —dijo algo más calmada—. Sé que me aconsejas bien desde tu punto de vista, pero en ocasiones hay cosas más importantes que suprimir el dolor. Te he mandado llamar como cuando te convoqué a mi presencia por primera vez en Roma, hace de eso ya… tantos años… Muchos emperadores han sido proclamados y defenestrados desde entonces… —Y se permitió una leve carcajada cargada de amargura final. Algunos de esos emperadores que tanto ella como yo habíamos visto pasar ante nuestros ojos con la toga imperial habían sido familia directa de la augusta Julia. Varios de ellos. Otros muchos, enemigos mortales. Como digo, muchas cosas han pasado desde que interrumpiera el relato de la vida de Julia Domna. Pero todas las piezas serán presentadas al lector en las siguientes páginas.

Me levanté despacio. A mis años era un esfuerzo aún más trabajoso alzarse que arrodillarse.

—Mucho tiempo, sí, augusta, hace de aquel, nuestro primer encuentro.

La emperatriz empezó entonces a hablar de nuevo, esta vez con una serenidad fría, calculada, metódica y me desveló su plan. Era como si quisiera que alguien más, alguien inteligente, supiera de su rebeldía, de su osadía hasta el final, hasta la extenuación, hasta su último aliento de vida.

—¿Crees que puede funcionar mi plan? —me preguntó al terminar su exposición.

Entonces lo comprendí. Quería la opinión sincera de alguien a quien ella consideraba leal e inteligente.

—Lo veo… difícil…, improbable, augusta —dije, con honestidad, con lástima.

—Pero no imposible. —Ella se aferraba a una esperanza, por pequeña que fuera.

Lo medité bien.

—No, imposible no es —admití al final. No veía sentido a causar más dolor. Para un médico lo improbable simplemente no ocurre, pero para qué insistir más en ello. La emperatriz necesitaba ese rayo último de luz. Ese iba a ser su sedante, más que todo el opio del mundo.

—Por eso, si existe una posibilidad de victoria —continuó la augusta con los ojos encendidos, pero mirando al suelo, hablando ya más consigo misma que conmigo—, he de evitar tomar tanto opio. La droga me aturde de día, engrandece cualquier pequeño ruido y no me deja pensar. Y de noche me produce pesadillas que no me permiten descansar. Mientras pueda no tomaré opio. Necesito poder discernir lo correcto de lo incorrecto, lo posible de lo imposible con claridad, sin confusión.

Reconocí los efectos secundarios del opio en la precisa descripción que acababa de hacer la emperatriz y no quise entrar en discusión. Llegaría un momento en que el dolor sería de tal magnitud que la propia augusta reconsideraría su negativa a ingerir opio en la dosis recomendada.

Cuando salí esta mañana de la residencia de la augusta Julia Domna, no tenía claro si la emperatriz madre conseguiría que su estrategia para recuperar el control del Imperio funcionara, pero me quedé extasiado, una vez más, por su tenacidad en el empeño de mantener una dinastía que, sin duda, tanto le había costado forjar. No sé si sobreviviré para ver el éxito o el fracaso de su plan, pero sí he concluido que la historia de esta mujer, de esta augusta, merece ser recordada al completo.

Debo escribir su relato por dos motivos adicionales. Primero, por justicia: ella me ayudó en momentos de gran angustia mía en el pasado y justo es, pues, en consecuencia, que yo busque ahora la forma de que su historia no se pierda en el devenir alocado de los tiempos. En segundo lugar, tengo la sensación de que tantos han sido los enemigos de la emperatriz que no habrá muchos que quieran recordarla en la medida en que se merece. Más bien, al contrario, intentarán que su historia quede enterrada con sus cenizas. O, más fácil: emborronarán su memoria con falsedades y medias verdades que la dejen siempre en mal lugar. Los hombres de Roma llevan muy mal que una mujer haya luchado contra ellos durante años con sus propias armas, en su terreno, y los haya derrotado tantas veces, y quieren que la vida de Julia se distorsione en el recuerdo colectivo o que desaparezca; pero no contaron con algo inesperado en ese proceso de olvido. Los romanos no contaron conmigo. La emperatriz Julia está a punto de morir y, seguramente, a punto también de presenciar el final de todo por lo que ha luchado, pero, al menos, en mi persona le queda un servidor leal.

Pero cuando me apresto a la tarea de retomar la narración de la vida de la augusta Julia, tengo la extraña sensación de que algo se me escapa de este relato, algo ajeno a mi control o al control de nadie en el mundo de los mortales. A veces pienso que la mala Fortuna o que muchos de los dioses romanos, como ella misma ha manifestado alguna vez, se han cebado en causar mal a la emperatriz. ¿Quizá por su origen extranjero? De lo contrario, no se entienden tantas desdichas concentradas en una misma familia. Yo mismo, como ciudadano de Pérgamo, de Oriente, he sentido esa mirada de superioridad de más de un romano hacia mí por el mero hecho de no haber nacido aquí.

¿Es realmente nuestro lugar de nacimiento el que determina nuestra valía? ¿Hasta dónde puede llegar la estupidez humana? Pero estoy alejándome de los acontecimientos centrales de esta historia y me dejo llevar por disquisiciones que, seguro, al- gún día, pronto, serán del todo innecesarias. Me cuesta creer que el absurdo de la xenofobia perdure en el tiempo.

Veamos, pues, cómo hemos llegado hasta aquí, hasta el momento en que la emperatriz agoniza por esta maldita enfermedad, hasta el momento en que lo está perdiendo todo.

Retrocedamos veinte años.

Regresemos a la celebración de su victoria  absoluta  en 950 ab urbe condita, 8 en Roma.

Santiago Posteguillo
Santiago Posteguillo. Foto: Cortesía

Santiago Posteguillo Valencia, España, 1967: Es profesor de lengua y literatura en la Universidad Jaume I de Castellón. Estudió literatura creativa en Estados Unidos y lingüística, análisis del discurso y traducción en el Reino Unido. De 2006 a 2009 publicó su trilogía Africanus sobre Escipión y Aníbal y de 2011 a 2016 la trilogía sobre el emperador de origen hispano Marco Ulpio Trajano. Ha sido galardonado por la semana de novela histórica de Cartagena, obtuvo el Premio de las Letras de la Comunidad Valenciana en 2010 y el Premio Internacional de Novela Histórica de Barcelona en 2014. En 2015 fue proclamado escritor del año por la Generalitat  Valenciana. Entre 2012 y 2017 publicó también tres volúmenes de relatos sobre la historia de la literatura muy elogiados por crítica y público. Santiago Posteguillo es Doctor por la Universidad de Valencia y ha impartido seminarios sobre ficción histórica en diversas universidades europeas y de América Latina. En 2018 ha sido profesor invitado del Sidney Sussex College de la Universidad de Cambridge. Yo, Julia, su última novela, rescata del olvido la vida y la memoria de la emperatriz más poderosa de la antigua Roma, una mujer que transformó su entorno y cambió el curso de la historia para siempre.

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