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LEE UN CUENTO | Toma éxtasis conmigo (y honra a tu bar de confianza)

¿Se podrá comparar a un Bloody Mary con el amor? Más allá del lugar común del color. ¿Existirá alguna otra conexión menos evidente?

Por Juan Carlos Hidalgo y Alejandro González Castillo

Ciudad de México, 28 de diciembre (MaremotoM).- Es muy famosa una pintura que se llama El origen del mundo y que lo que muestra es un coño. Y encuentro que Gustave Courbet tenía y tiene mucha razón -me parece muy lógica su obra-. El asunto es que he llegado a mis propias conclusiones. No tengo problema en que el mundo surja y se explique desde una vagina, como tampoco me cabe duda que la vida contemporánea se extiende y se explica también desde la barra de un bar.

Se nota que ese hombre está contento con lo que hace. Lleva buen rato clavado en su cuaderno. Ya es muy raro encontrar hoy día a alguien escribiendo con lapicero. Redacta frases cortas -quiero creer-, porque anota algo y luego levanta la mirada. No pasa momentos largos arrastrando la pluma. Eso sí, primero pidió un almuerzo abundante que incluía huevos estrellados y salchichas fritas. Comió con parsimonia, escribiendo por lapsos breves. Dos veces pidió al mesero que dejara su plato en la mesa y no se lo llevara.

Un minuto después del mediodía me parece una hora socialmente indiscutible para pedir la primera copa. No creo que haya un estrato social que lo vea mal y juzgue que el bebedor tenga algún problema de grave consideración. Es más, conozco gente que suele beber desde muy de mañana sin el menor complejo de culpa. Con el sol apenas a unos grados más allá de su cenit es un momento inmejorable para que resbale el primer trago por la garganta. Ya falta muy poco.

No tiene sobre la mesa una lap top ni se ha colocado audífonos. Tiene un libro de pasta dura que no ha abierto; tan sólo le dedica miradas constantes a la portada. Toma los cubiertos y pica algo de un plato que ya casi se extingue. Anota en un cuadernillo que parece escolar y da cuenta de un uso prolongado. Una y otra vez se acaricia la barba pelirroja que ya incluye también algunas canas. Es sencillo concluir que no se trata de un hombre de negocios.

Sería una mentira vil decir que vengo a estos lugares para estimular una relación de amor-odio, porque sin duda se impone el primero o de lo contrario no regresaría. Por supuesto que en mi casa estaría mucho más cómodo, pero no sería lo mismo. Lo estimulante es que existan tantos elementos que escapan de mi control: el mesero, la comida misma, los olores, el bartender, los comensales y hasta la forma en que está dispuesta la mesa, pero por sobre todas las cosas, es fundamental que la música escape a mi control y que suene lo inesperado; además siempre escojo sitios que tengan ventanas que den a la calle.

El tiempo es un lujo que no cualquiera puede darse- y no exactamente por cuestiones de dinero-. Se nota cuando alguien sencillamente lo está dejando pasar en su provecho o cuando simplemente desparrama aburrimiento. Él está complacido con su actividad -se le nota en el rostro-. Almorzó con entera calma, saboreando cada bocado y prolongando una estela de tazas de café -una tras otra-. Mira de cuando en cuando por los ventanales y parece que busca algo que se localiza allá afuera; no tengo ni idea de lo que pueda ser. Él se concentra en lo suyo como si estuviera en su propia dimensión.

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¿Se podrá comparar a un Bloody Mary con el amor? Foto: Cortesía

¿Se podrá comparar a un Bloody Mary con el amor? Más allá del lugar común del color. ¿Existirá alguna otra conexión menos evidente? Sin duda, los placeres se comportan o se manifiestan de una forma extraña y luego estamos tan clavados a ellos como si fueran una adicción. ¿Cuánto puede durar el cuelgue? No sé si podría pasar el resto de mis días componiendo para una sola persona o en algún punto podría instalarme alrededor del concepto abstracto del amor.

Vodka. Cerveza. Ron. ¡Vaya tercia para cruzar apenas la medianía de un miércoles! Bebe sin inmutarse… con una naturalidad y parsimonia que no le son propios a la mayoría de los mortales. Y se atreve a combinar alcoholes sin vacilar; eso sí, con la segunda tanda pidió que le trajeran el diario.  Leía con detenimiento; haciendo alguna pausa para anotar algo muy breve en el cuadernillo. De momento soltaba todo y únicamente se quedaba escuchando la música de fondo que suena en el lugar.

¡Jesús, qué bueno estaba ese Bloody Mary! Pediré uno más. Mmmm. Jesús y María… The Jesus and Mary Chain… Esos tipos hicieron un disco por el cual siempre los respetaré: Psychocandy. De hecho, recuerdo haberlos visto tocar en cierta ocasión, ¿o dos? ¿Boston, Nueva York? Como sea, aquello fue como tener enfrente a The Velvet Underground, pero con exceso de voltios. Esa forma de abusar de la distorsión era fascinante, parecía que los músicos tenían más de dos manos. ¿Quién no querría tener más manos? La idea es no repetir bebida para que las ideas también sean distintas.

Debe estar en la crisis de los cuarenta, la cual es una degeneración de las de los treinta y luego se transforma en la de los cincuenta. Parece atormentado, pero al mismo tiempo luce como si tuviera todo bajo control. Así pasa, hay quienes luchan por sostener el equilibrio en público, pero hay detalles que los delatan. Ahí está, al fin se decide a deshacerse de su boina a cuadros; ¡hombre, se está quedando calvo! Y sigue bebiendo. Sin duda es un borracho sin remedio. Jamás me liaría con un sujeto así, imposible quedarme al lado de alguien que no comprende la vida sin alcohol y que cada diez años ve cómo su presente se tambalea. Todo fuera como sufrir la menopausia en solitario y ya está -las pastillas pueden remediar cualquier cosa y hacer del dolor algo pasajero-.

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Si una cafetera consiguiera hacer música. Foto: Cortesía

Si una cafetera consiguiera hacer música, ésta sonaría como la que hacían tiempo atrás The Jesus and Mary Chain. Hablaríamos de una máquina que en lugar de café produciría canciones para motocicletas y chamarras de cuero. Aunque serían canciones de amor, finalmente. Una aspiradora podría conseguir algo parecido, aunque en lugar de expulsar canciones las succionaría. Me gustaría encontrar al electrodoméstico ideal para hacer música. ¿Los pedales de distorsión cuentan como electrodoméstico? Por qué no. Me fascina cómo, al pisarlos, los bulbos del amplificador se calientan, tal como mi cabeza; es increíble cómo con unos cuantos tragos todo parece subir de tono, encenderse… brillar.

Me parece que se trata de esa clase de sujeto que acarrea problemas. Claro, puedo estar mal, pero debe serlo. Desde que conocí a mi pareja más reciente supe, muy en el fondo, que las cosas no podían durar demasiado. Le faltaba ese grado de malicia que es necesario para que la lubricación se active. Finalmente terminamos, y lo hicimos muy mal. Le estrellé una botella en la cabeza luego de tirar un par de lámparas de las mesas del bar donde nos encontrábamos, como de costumbre, discutiendo. Él, ebrio, naturalmente. Decía trasero. Se las arreglaba para pronunciar trasero cuando estábamos en la cama. Y eso jamás lo soporté. Ese de ahí, el del periódico que ya está pidiendo otro trago, es de esa misma clase de hombre, el tipo de persona a la que hay que recalcarle: ¡se dice culo, se dice coño!, ¿cómo chingados trasero? El trasero está bien para los autos. Los coches, esos sí que tienen una parte trasera.

Supe que encontraron el rostro, a la dueña de ese coño fascinante pintado por Coubert. Por morbo busqué en internet y apenas pude soportarlo. Fue pudor: no le dediqué más de tres segundos a observar ese semblante, si no mal recuerdo, como si estuviera en éxtasis. Tampoco investigué sobre la fiabilidad de la imagen. Pero me quedó clarísimo que no debí jamás ver esa cara. Hay cosas que deben quedar ocultas para siempre. Por ejemplo, detesto ver cómo me sirven los tragos, ¿para qué indagar al respecto? El que bebe tiene la obligación de dedicarse exclusivamente a lo suyo, que es sorber y agitar los hielos. Me parece una vulgaridad supervisar si las porciones están bien servidas o los vasos están limpios. No hay que perder el tiempo cuando algo bueno tiene lugar. Sería como ir a un concierto en primera fila y, en lugar de disfrutarlo, dedicarse a analizar los acordes del guitarrista y la ecualización de los aparatos.

Sigue asomándose a la ventana de vez en cuando. Lo que sea que espere ver, debe serle importante. Lo entiendo. Una vez me senté frente al teléfono celular durante cuatro horas consecutivas, sin despegar la mirada del aparato. Estaba enamorada, o eso creía. Sin embargo, en algún punto de la vida hay que entender de sosiego y contención. Este sujeto, por ejemplo, bebe y come sin pudor alguno. Sin duda, pronto se hará de una prominente barriga; seguro que eso lo tiene sin cuidado. Acepto que me provoca envidia.

¿Qué pensarían los demás si se enteraran de que en esta pequeña libreta que suelo llevar conmigo, cansada de tantas bebidas que se le han venido encima durante las últimas semanas, apenas he anotado algunas frases inconexas? No se me dan las historias de largo aliento. Tan sólo soy coleccionista de mis propias postales y estoy orgulloso de robarlas. Detrás de los ventanales está la verdadera vida y a mi me place crearme mi propio limbo desde el que miro. Afuera el tiempo corre y con él, la gente; adentro, la calma. ¿Cuánta personas me creerían cuando les digo que esto es mi trabajo?

No paraba de tomar Dr. Pepper y Xanax. Foto: Cortesía

Un momento, ¿aquél no es el tipo que aquella vez…? No, no puede ser. ¿O sí? Me parece haberlo visto en televisión. Creo que tocaba una serie de canciones que eran muy breves. Hace como unos seis o siete kilos de diferencia. ¿Será o no será? La barba y la gorra me hacen dudar. Debe de ser un cantante que obsesionaba a un ex que estudiaba diseño en Parsons y que no paraba de tomar Dr. Pepper y Xanax. Le gustaba la música que incluyera frases de amor y que lo amarraran. Luego me dejaba todo el resto de la tarea a mí; era como tener sexo con un muñeco inflable. Tenía un buen miembro, pero una se cansa de hacerlo todo. Miro a este hombre y no logro definir si es el del concierto. Tendrá un par de años de aquello, pero tengo muy mala memoria. ¿A este también le gustará escuchar frases melosas? ¿Necesitará estar borracho para tener una erección? ¿Debería levantarme y hacerle plática para salir de dudas? ¿En qué andará mi ex ahora?

Durante muchos años no he tenido dificultad en extraer lo que necesito nomás por el hecho de fijarme bien a través de los ventanales. No requiero mucho; un rostro de mujer, los manoteos de un hombre marchando a toda prisa. Casi como escenas del cine mudo a las que les hago los parlamentos. Ya luego viene la música para cada una de esas pequeñas instantáneas y su capa de ruido -si le es necesaria-. No deja de sorprenderme la belleza del ruido, es tan atractivo como el silencio. Depende en que momento de tu vida te encuentres. En ocasiones hasta una mesa atestada y ruidosa resulta una gran fuente de inspiración. No me interesa captar la situación completa -no soy como Woody Allen-, tan sólo requiero de un pedacito, de una señal, una marca o una palabra que me dé un píe de entrada. Les puedo poner un ejemplo: tengo muy claro que la rubia de tres mesas a mi izquierda no deja de mirarme y que tiene la manía de tocarse las uñas con los dedos -como si empujara la cutícula-. Constantemente revisa su celular unos instantes y luego regresa a las uñas. No parece alguien de fiar, pues tan sólo pidió una minúscula ensalada y agua mineral. Quizá no tenga fundamento, pero me parece que está arruinada y no tiene trabajo. No necesito argumentos sólidos… tengo una intuición y eso me basta.  Así es como yo funciono… esta mujer tiene urgencia por saldar sus deudas. Tengo la libertad entera de creerlo y decirlo, bueno, más bien, de escribirlo. ¡Una mujer en quiebra! La desesperación encarnada, sin duda alguna.

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A mí me tienen casi como si fuera una rehén en este sitio; esperando una llamada que quizá no llegará. No me puedo mover porque así me lo han indicado; de no ser así ya me hubiera largado. En esta ciudad nadie tiene un minuto para desperdiciar. Bueno, menos este hombre que no se inmuta… come, bebe, anota, mira por las ventanas. Claro que también da un repaso a este local semivacío. También controla lo que ocurre en las pocas meses ocupadas -me he dado cuenta-. No se trata de un bistró bar para ligar. Si me llego a levantar estaría muy fuera de lugar. Se nota que tiene fuerte carácter; no me extrañaría que ante alguna pregunta estúpida de mi parte para hacer contacto, me dejara pasmada con un: –disculpa, estoy muy ocupado-. Su parsimonia es tal que se nota que se mueve en su propio mundo, que se ocupa sólo de sus cosas y no viene hasta aquí para encontrar alguien con quién conversar. ¿Será que es gay? Una ya no puede fiarse de nada; casi que los heteros se han convertido en minoría. Es por eso que un tipo que ya no es un jovencito y de barba roja siempre será una tentación. ¿Será que tenga antepasados escoceses? Ya está pidiendo un trago más… allá en las Tierras altas beben sin parar; algo me dice que he acertado.

Me interesa pensar en mis personajes… en lo que puede ocurrir en la ficción. Ya habrá momento para hablar de mí. En este barrio no me cuesta relacionar a un dealer que pase corriendo a toda velocidad con el feedback de una guitarra pasada por varios pedales; prácticamente se puede ver la estela de un repartidor en bicicleta como si fuera un efecto de delay que se expande por el pavimiento caliente y se extiende tras el pedaleo al doblar la esquina. Hay una belleza inmediata en este tipo de imágenes, son instantáneas de una belleza efímera… casi como un poema, pero los textos se quedan para siempre… eso espero que les ocurra a mis canciones; ojalá que suenen en un futuro posible, aunque tal vez ya esté demasiado viejo para darme cuenta. No sé si entonces todavía me darán ganas de salir a un bar a escribir y seguir llenando mis cuadernos; otra posibilidad es que mi balcón haga las veces de un mirador del mundo entero -tampoco parece una mala idea-. Hoy tengo la necesidad de comprobar una y otra vez que el mundo sigue ahí y puedo adjudicarle calificativos y describir pequeñas situaciones… al final del día este es mi oficio.

¿Cómo será ligar con un artista? No tengo alguno en mi curriculum… contadores, deportistas, abogados, pero artistas no. Mis amigas me han dicho que son insoportables, pero aún así una no debería de privarse de la experiencia. ¡La vida es una! Y de lo único que una mujer debe de cuidarse es de no engordar. Hay que cuidar el consumo de calorías durante la semana para poder darse gustos durante los fines; ahí es cuando se puede gozar a rienda suelta. ¿Qué tiene de malo algo de placer?

Un segundo. ¿Qué hace mi dealer aquí? Y, además, a ver, ¿¡conoce a esa mujer!? Cabrón. Pensé que jamás se aparecería en un sitio tan expuesto como éste. Toda la vida citándome en las esquinas más peligrosas y cutres de la ciudad, apurando encuentros fugaces donde lo único que hacemos es intercambiar billetes por materia prima y ahora, ¿qué es esto?, ¿llega, saluda con la voz en alto a la rubia y toma asiento a su lado con una sonrisa más grande que la del gato de Cheshire? Ridículo. Pfffff. Qué sencillo es ponerme de malas. ¡La vida social de los dealers! ¡De lo que uno acaba por enterarse! Los dealers también se enamoran.

Pensé que ese imbécil jamás se iría. ¿Cinco minutos para darme mis cosas? ¿No pudo ser más rápido y agilizar el trámite? Además, ¿por qué no comportarse como un dealer común? ¿por qué no citarme en un callejón y en dos segundos terminar nuestra operación comercial? Se nota que me quiere llevar a la cama. Me come con una mirada lasciva y trata de ser exageradamente amable. Lo bueno es que jamás quedo a deber el material y no puede pedirme que le pague con cuerpo. En fin, supongo que todo ha cambiado en esta ciudad y un dealer puede hacerse pasar por un hombre de negocios de alta escuela. En esta ciudad todo se transforma a la velocidad de la luz. En fin, ya se largó. Necesito ir al baño a verificar que me ha traído todo lo que encargué. Los invitados a la fiesta estarán ansiosos y no quiero quedar mal con nadie. Tengo que ser la mejor anfitriona del universo y lucir más que bien. Una señal y ya viene el mesero presto con la cuenta -para eso no tardan nunca ni te hacen esperar-. Ya se me hace agua la boca para meterme algo.

Ha sido una jornada productiva. Observé y fui observado. Me di cuenta y se dio cuenta. Pero otros retales de historias pasaron por la ventana. La música de fondo pone a girar la rueda -la que sea-. Como. Bebo. Leo y anoto. ¡Un poker matador! Así podría pasar la vida, pero al final todo se convierte en canciones que la gente quiere escuchar y hay que salir a mostrarlas sobre un escenario. ¡Qué molesto! Acá yo hago un elogio de la lentitud, pero la gente afuera pasa carcomida por el vértigo. Yo me pongo igual durante las giras -como un poseso-. Afuera cada uno entre su cielo e infierno, yo desde la comodidad de este limbo con cara de gastro-pub. Poco a poco danzan en mi mente las frases cortas, las melodías largas. Hago mi trabajo y me fundo con el entorno. Las cosas fluyen y yo dejo que sean… que se desesperen los demás. Les estafo una imagen fugaz, un insulto muy hijo de puta o un pedazo de su tristeza. ¡Todo vale! No cambiaría estos momentos ni por todo el té chino del mundo.  Creo que puedo irme a casa y terminar lo que he avanzado hoy. De camino queda una licorería. Puedo encerrarme a tocar el clavecín y escribir. Y a seguir bebiendo, un poco más. O mucho más.

Perfecto. Todo en su lugar. Hierba, polvo. Y las pastillas, me encanta cómo lucen -me divierten-. El diseño es muy lindo. Dan ganas de probarlas de inmediato. Parecen analgésicos para infantes con esos colores y figuras. Son caramelos para la edad adulta… la puerta de entrada al parque de diversiones. Mis amigas se ponen como locas y desbordan felicidad -la contagian- mientras beben galones de Evian o Saint Pellegrino. Rayas y tachas. ¡Y hasta se ponen creativas! Aquello de introducirlas por la vagina para intensificar el efecto siempre me intrigó y dicen que es maravilloso. ¿Por qué estos putos baños carecen de intimidad? Me gustaría probar de una vez por todas. Aun no he bebido y es el momento perfecto. ¿Por qué no funcionan estos malditos cerrojos? No quiero que me sorprendan con las piernas abiertas. ¿Qué podría contestar: anda chico, toma éxtasis conmigo? Y luego, chúpame el coño. Me devoran las ganas.

Abro la puerta y encuentro a la rubia sentada en el inodoro con la tapa puesta y las bragas en los tobillos. Tiene a sus pies una bolsa abierta con tantas drogas que parece el muestrario de Scarface o la mariconera de Snoop Dog. No puedo evitar ver que tiene la mano entre las piernas y en lo que pienso primero es en que está manipulando un tampón. Ella se espanta tanto al verme que se pone de pie de un salto, se tropieza con la bolsa, tira toda la merca y cae de bruces sobre mí.

¡Fuck… mil veces fuck! ¿Nadie te ha enseñado a tocar primero la puerta?

Pues la puerta estaba sin cerradura. Es el único baño del lugar. Y me estoy orinando… soy de vejiga pequeña. ¿Puede dejar de abrazarme y subirse los calzones, por favor?

Toca primero para cerciorarte que no haya nadie adentro. Me has dado un susto de mierda. ¿Supongo alguna vez has visto a una mujer con las pantis colgando? Supongo que ni una disculpa vas a pedir.

Si no te apuras voy a terminar orinando sobre tus drogas; ya veo que traes suficientes para transformar a una mula en un unicornio.

¡A ti qué te importa!

No es que me importe… más bien se me antoja.

¿Hablas de las drogas o de mi coño?

Quizá de ambos. Hace rato me acordaba de una vagina muy famosa por estar pintada en un cuadro mundialmente conocido. ¿Te ayudo a juntar las pastillas? Como recompensa tal vez deberías de regalarme un par.

¡Vaya cínico!

A este bar solemos venir casi siempre los mismos… nos conocemos; y ya vez… ahora te conozco más… íntimamente pudiera decirse. Siempre hay sorpresas… placenteras. Una rubia guapa a la que le gustan las experiencias intensas. Mira, debajo del lavabo hay varias pastillas -no se vayan a humedecer-.

¡Que acomedido! Hace falta ser descarado.

Más que descarado… sincero; anda toma éxtasis conmigo y honremos a este bar; es lo que hay.

Nota.- cuento surgido de “Be true with your bar” del álbum 50 Memoir songs (2017) y “Take ecstasy with me” del álbum Holiday; ambos de The magnetic Fields, el grupo encabezado por Stephin Merrit.

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