Lenguaje inclusivo

Lenguaje incluyente ¿Cuestión de género o el degenere?

Mi madre alguna vez tuvo esa edad en la que la industria del espectáculo nos hace creer que es posible alcanzar cualquier proyecto de futuro con tal de esforzarnos. Es decir, tuvo sueños. Y ella creía que si ahorraba lo suficiente para comprar un ticket con destino al Reino Unido podría viajar a esa isla y conocer al bajista de los Rolling Stones, Keith Richards, para casarse con él.

Ciudad de México, 8 de septiembre (MaremotoM).- Hace un par de días alguien me dijo que vivir en un país extranjero me inhabilita para escribir sobre México. Michel de Montaigne decía que no sabía qué encontraría en el extranjero pero que si de algo estaba seguro, era de lo que huía cuando se exiliaba; aunque, al parecer, de lo que Montaigne escapaba era de sus responsabilidades: era un terrateniente feudal que se exiliaba en una torre de su propiedad para leer y escribir esos textos que hoy llamamos ensayos. Para él, eso era huir de un país. Su país eran las tierras de su propiedad.

En mi caso, prejuicios y recomendaciones aparte, el consejo que me dieron es destacable porque, desde que vivo en el extranjero, escribo muchísimo, demasiado, sobre los temas que suceden en el terruñito donde nací. Y es que en México, a pesar de la pandemia, a diario suceden cosas increíbles, trágicas, macabras, cómicas y un largo etcétera.

Así pues, desde que no estoy allá, sucede algo curioso: mi madre quiere le explique, por escrito, en mensajes de Whatsapp, los temas por los que ella se interesa. Al parecer, mi madre considera que los estudios universitarios que fingí tomar me dan cierta autoridad para hablar de temas que, en todas las ocasiones que me solicita información, tengo que investigar. Y bueno  ¿Qué le voy a decir a mi madre? ¿Qué no puedo explicarle algo porque entonces hago mainsplanig? ¡Ah! Es que ella me lo pidió. Bueno, entonces no corro peligro de ser patriarcal porque eso, le expliqué alguna vez, según ciertos enunciados teóricos e ideológicos, nunca dejaré de serlo.

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El lenguaje incluyente es un novedoso ejercicio de rebeldía. Foto: Cortesía

Mi madre alguna vez tuvo esa edad en la que la industria del espectáculo nos hace creer que es posible alcanzar cualquier proyecto de futuro con tal de esforzarnos. Es decir, tuvo sueños. Y ella creía que si ahorraba lo suficiente para comprar un ticket con destino al Reino Unido podría viajar a esa isla y conocer al bajista de los Rolling Stones, Keith Richards, para casarse con él.

El tema es que mi madre ahorró el dinero suficiente para viajar y no sabía nada más. Un día decidió huir de casa con algunos vestidos que consideró necesarios para su empresa y se apersonó en el aeropuerto de la Ciudad de México. Ahí fue donde comprendió que jamás conocería a ningún miembro de los Rolling Stones. Pero le quedó el gusto por ese tipo de música. Por el rock and roll.

Años después nací y durante ese periodo fui yo quien pedí explicaciones del mundo. Sobre todo a mi madre. Entre otras cosas, quise saber por qué los señores que aparecían en las portadas de sus discos o revistas usaban el cabello largo, pendientes en sus lóbulos, ropa de piel, zapatillas o algunos, incluso se maquillaban ¡Sí! ¡Cómo las mujeres! Ella me respondía sin complicaciones. Me dijo que aquello era parte de la imagen y el estilo de esos músicos. Y que por último, cualquiera podía hacer con su cuerpo lo que deseara.

Cuento esta larga digresión porque también, hace algunos días, mi madre escribió para preguntarme qué significa el lenguaje incluyente (y sí, a mi madre le desagradan los audios; piensa que no tienen caso porque para hablar, existe el teléfono). Mi madre escribió: “Ya que fuiste a la universidad a estudiar literatura algo tienes que saber ¿No?”. Y no, la verdad no sé mucho sobre lenguaje o sobre literatura. Mucho menos sobre cuestiones de género ¡Pero es mi madre por Dios!

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Hace algunos días, mi madre escribió para preguntarme qué significa el lenguaje incluyente. Foto: Cortesía

Así que tuve que escribirle las obviedades que intuyo: en primer lugar le conté que actualmente se considera que la idea de género se trata de una construcción cultural que adjudica roles, actitudes y aptitudes diferentes a hombres y mujeres en función de su sexo biológico. Este concepto (el género) hace referencia a diferencias sociales que, por oposición a las particularidades biológicas, han sido aprendidas, cambian con el tiempo y presentan multitud de variantes. Le escribí que la idea de género sobre todo se utiliza para demarcar diferencias socioculturales entre mujeres y hombres que fueron impuestas por sistemas políticos, económicos, culturales y sociales pero que, sobre todo, son modificables. Posteriormente, le explique que estas divisiones de género provocan que el lenguaje sea sexista debido al uso coloquial que se le da a éste. Ya que, como yo creí cuando era niño, hay personas que piensan que solamente existe una dualidad de géneros. Aunque no es así. Existe un más allá que no está sujeto a lo binario.

Ahora bien, continué mi explicación, el lenguaje incluyente es un novedoso ejercicio de rebeldía. Le planta cara a la fuerza heteronormativa del lenguaje y le grita que la vida no va más con solo dos géneros puesto que, en español, el género gramatical masculino es considerado el género no marcado mientras que el femenino es el género marcado. En la práctica, esto implica que el género masculino posee un doble valor, específico y genérico, mientras que el femenino sólo puede usarse con un valor específico.

O sea, querida madre, que si yo estuviera en un grupo donde únicamente hay mujeres y alguien quisiera referirse a ese grupo nos llamarían ellos y no ellas aunque ellas sean la evidente mayoría. Sin embargo, el novedoso uso de la e desestabiliza, es una fisura en la seguridad ontológica que produce esta lengua. Por algo suscita enojos, risas, escollos, incomoda. Yo, le dije a mi mamá, creo que esta manera de hablar y escribir tiene toda la validez del mundo. Es como con el cuerpo de los rockeros: cada quien pude hablar y pedir que lo llamen como así lo desee.

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Ahora, el problema con este lenguaje es que no fue aceptado por la sacrosanta institución que expide privilegios, bulas o decretos lingüísticos y a la que los aterrados cruzados y defensores del bien decir invocan cuando escuchan a les chiques hablar así: La Real Academia de la lengua. Y pues de entrada, que el nombre de esta institución contenga un tufillo monárquico apesta ¿No crees mamá? Porque la RAE dice que la distinción entre masculino y femenino sucede únicamente con palabras que son completamente diferentes. Por ejemplo: hombres o mujeres. Esto sucede porque en español existen principios activos con sus derivados verbales ¿Ejemplos? Bueno, el participio activo del verbo vigilar es vigilante o el del verbo ser es ente. Por eso, a la persona que tiene capacidad de ejercer la acción de un verbo en participio activo se le agrega la entidad, es decir, el ente: presidente es quien preside, elocuente es quien tiene elocuencia y así podría seguir con más ejemplos. Pero ese no es mi objetivo, lo que quiero decir es que la RAE considera un error utilizar el lenguaje incluyente porque, en realidad, atenta contra la supuesta autoridad que esa guarida de carcamales rimbombantes dice abrogarse para determinar esencialismos lingüísticos. Básicamente se reservan el derecho de admisión en cómo se debe hablar correctamente.

Yo creí que con lo hasta aquí escrito la cuestión estaba zanjada pero me equivoqué, porque mi madre, escribió una vez más: « ¿Y eso dónde deja a David? ¿También lo incluye?» ¡Y es que claro! A mi madre le importa su nieto, es decir, mi hijo, que es autista. Entonces decidí hablarle de un movimiento sobre el lenguaje que las personas consideradas discapacitadas llevan luchando por décadas y que a pesar de todo no logra arraigarse en el lenguaje cotidiano. Desde la década del ochenta existe un movimiento que busca ubicar en el lenguaje a las personas primero (en inglés se llamó People first Lenguaje). Veamos. La idea era utilizar el lenguaje de una manera que permitiera a las personas con discapacidades y diagnósticos particulares reclamar su capacidad de acción, autonomía y personalidad frente al estigma y la deshumanización. Afirmar «no soy un esquizofrénico, soy una persona con esquizofrenia» o «no estoy confinado a una silla de ruedas, soy una persona usuaria de silla de ruedas», en una sociedad que a menudo sólo ve la condición, no la persona que hay detrás, es un poderoso acto de afirmación. En David es claro: es autista. No tiene autismo. No es una persona dentro del espectro autista. Es autista y se llama David. Si en el futuro él quiere ser llamado de alguna manera en particular será decisión suya. Así que, por ahora, el lenguaje incluyente, pues lo incluye. Como David y como autista. En cambio, el otro lenguaje, pues relegó a muchos como David a la incomprensión y al olvido. Porque dejemos una cosa clara: todo el mundo tiene derecho a definirse de la manera que le parezca más auténtica. Si alguien quiere llamarse a sí misma lisiade, está en su derecho y a mí me corresponde respetar su elección, así como averiguar si quiere que yo también me refiera a elle de ese modo o no. No hay más. Y no es tan difícil entenderlo.

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Hay quien dice que incluso la e como reemplazo de las desinencias genéricas masculinas tiene varios méritos. Foto: Cortesía

En fin. Hay quien dice que incluso la e como reemplazo de las desinencias genéricas masculinas tiene varios méritos. Puede mudarse del lenguaje escrito al oral con facilidad y eso facilita la oralidad en software lecto-parlante que utilizan personas con discapacidad. Buena noticia. Entonces la e no es capacitista ¿Y en literatura? De acuerdo, esta pregunta ya no la hizo mi madre, pero ya que estoy escribiendo del tema, me atreví a explicárselo a mí progenitora.

Mamá, en mi opinión, creo que la literatura trabaja con la verdad de los hechos para construir una narración que no es verdadera pero tampoco falsa. A esto se le llama ficción. Decía Ricardo Piglia que la escritura de ficción se instala en el futuro y trabaja con lo que todavía no es; al tiempo que reconstruye lo nuevo con los restos del presente. Las relaciones de la ficción con la historia son un desajuste con el presente, la historia y la realidad. Estas relaciones pueden ser elípticas o cifradas. La ficción construye enigmas con  materiales ideológicos y políticos, los disfraza, los transforma y los coloca en otro lugar: en ese territorio que por convención llamamos literatura. Así pues, a la literatura no le corresponde hacer proselitismo sobre ningún tema. Su historia está saturada con ejemplos de escritura con fines propagandísticos y los resultados son el ejemplo de cómo estas aventuras terminan: con filósofos nazis, cuentistas fascistas o poetas capitalistas.

Por último, mi madre recordó mi juventud y preguntó por qué no sucedió algo similar con mi generación hace más de veinte años. Me explico: cuando fui joven (hace más de dos décadas) yo y algunos colegas solíamos usar maquillaje, delinear cejas y párpados, teñir nuestro cabello, barnizarnos las uñas, pintar nuestros labios avec rouge ou noir. Vestíamos faldas, cuerina, terciopelo, holanes, guantes, nailon, botas con tacón. Lo hacíamos para emular el boato de los músicos de la escena gótica o punk. Pero jamás cuestionamos nuestra identidad de género. Desconozco por qué no lo hicimos. Lo que sí sé, es que en la actualidad existe una generación que cuestiona esa identidad desde el lenguaje. Están en su derecho. Si logran imponer, negociar, filtrar o colocar sus demandas verbales en la boca de sus contemporáneos, es algo que el tiempo decidirá. Porque, digámoslo de una vez madre, el lenguaje es pragmático también. Su impacto y replicación mimética dependen de la utilidad que representa para los usuarios. Por eso es fácil concluir el carácter técnico del lenguaje. O, para usar una metáfora sencilla y rústica: su utilidad como herramienta. Un martillo por ejemplo. Lo mismo sirve para construir cosas que para asesinar a una persona. Exactamente así pasa con las palabras. Por eso es importante preocuparnos por cómo se usan.

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