Fórmula Uno

Lewis de Arabia siempre tuvo una respuesta para Mad Max

Esto no tiene que ver con la justicia del triunfo de Lewis Hamilton o la condena a los trucos de Max Verstappen, sino con la lógica por la cual la definición de un título del mundo, en un campeonato que siguen millones de personas en todo el planeta, debe acomodarse a la obscenidad del dinero.

Ciudad de México, 7 de diciembre (MaremotoM).-

-Toc, toc…

-¿Quién es?

-Los árabes. Tenemos un problema de imagen y queremos lavarla con un Gran Premio.

-Ah, qué lástima. No sé si tenemos lugar…

-Podríamos pagar 450 millones de dólares por 10 carreras.

-En ese caso… habría que ver si el señor Tilke puede proyectarles una pista…

-Queremos la mejor. Que sea muy rápida. La más veloz en todo el mundo.

-Muy bien, en su país sobra el espacio.

-No, queremos que sea en la costanera de Jeddah. Que le pongan unas paredes alrededor, por cualquier cosa.

-Pero no queda mucho tiempo.

-Pagaríamos 650 millones de dólares para ser auspiciantes de todo el campeonato por diez años con nuestra compañía petrolera.

-¿Algo más?

-Sí, queremos ser la última carrera del año.

-¡Ah, no, eso sí que no! Ya pagó Abu Dhabi por ese privilegio.

-Si no hay más remedio… ¿cerramos trato, entonces?

-Trato hecho.

Este diálogo imaginario se traza sobre la base del acuerdo que permitió que el capricho de una nación rica derivara en una excentricidad fabulosa, visualmente sensacional.

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La obscenidad del dinero en Arabia Saudita. Foto: Cortesía formulauno.com

Y en una deplorable derrota del deporte.

Esto no tiene que ver con la justicia del triunfo de Lewis Hamilton o la condena a los trucos de Max Verstappen, sino con la lógica por la cual la definición de un título del mundo, en un campeonato que siguen millones de personas en todo el planeta, debe acomodarse a la obscenidad del dinero.

Azaroso, ciego, filoso, el callejero de Jeddah puede ser un precioso escenario para dar una vuelta rápida a más de 250 km/h (o 50) pero no para disputar una carrera y menos una prueba tan decisiva como la anteúltima del torneo más emocionante de –acaso- la historia. Es una cachetada de opulencia pero también un lugar peligroso y poco adecuado. Y el Gran Premio de Arabia Saudita estuvo muy cerca de volverse una payasada superior a la de Spa-Francorchamps, por motivos diametralmente opuestos.

Para colmo, en la vuelta previa la TV mostró al príncipe reinante, a quien los Estados Unidos sindican como quien dio vía libre al plan para asesinar al periodista Jamal Khassoggi (en el consulado saudita en Estambul), un sangriento episodio que motivó toda esta política de sportswashing, vastamente denunciada por organismos de derechos humanos, punto de partida de este GP.

Desagradable.

E innecesario.

Otra mancha para la Fórmula 1.

Hamilton en el centro de la escena durante la ceremonia previa a la largada, repleta de simbolismo en Arabia Saudita. Verstappen, en cambio, en tercer plano. ¿Y qué hace ahí Jacques Villeneuve?

El resultado del Gran Premio es más sencillo de explicar: Lewis de Arabia siempre tuvo una respuesta para Mad Max.

Por lo menos en tres ocasiones a lo largo de la convulsionada carrera:

  1. Tras la primera bandera roja, cuando Verstappen quedó en punta y con el cambio de cubiertas resuelto. Sus cubiertas de compuesto medio mordieron mejor el asfalto en la segunda largada y llevaron a su rival a buscar una alternativa fuera de manual.
  2. Cuando tras la segunda largada quedó con gomas usadas mientras Verstappen, con medias flamantes, lo superaba. La fortaleza de su Mercedes W12 le permitió ir a recuperar la vanguardia con aplomo.
  3. En el momento en que el piloto del RedBull RB16B #33 le tendió una treta frenando excesivamente y se lo llevó por delante. Momento decisivo porque un abandono del inglés habría significado automáticamente la consagración de su rival. Aún perdiendo la calma, siempre operó en una franja superior de lectura de la situación. Y disponía de condición técnica en su máquina como para volver a conquistar la punta.
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En realidad, Lewis de Arabia corre desde hace tiempo evitando entrar en provocaciones, consciente de su posición superior en la pista pero inferior en la tabla.

“Siempre soy yo el que evito las colisiones y siempre tengo en mente que soy quien debe hacerlo. Y lo hago porque quiero continuar peleando en carrera. En el momento en que frenó, no le preocupaba si abandonábamos ambos. En cambio, yo sabía que tenía que terminar la carrera”, explicó luego de la carrera.

Y Verstappen, que en su momento había criticado la manera en la que Michael Schumacher definió a su favor (o en contra) algunos campeonatos, que no hace tanto había prometido que este torneo no iba a definirse al estilo Senna-Prost, falló en cumplir su objetivo.

Seguramente no es sencillo ver como una formidable ventaja técnica y una sólida diferencia en el torneo se van diluyendo carrera a carrera. Exige madurez, templanza, dignidad. Esas materias no siempre están disponibles en un equipo que no gana el título desde hace casi una década y que no hace, precisamente, gala de los buenos modales.

No será Herr Doktor Helmut Markö quien calme al neerlandés, ni Christian Horner el más indicado para hacerlo luego de haberse embarcado desde hace un par de meses en una espantosa guerra dialéctica con su colega Toto Wolff.

Aunque les importe muy poco: no le hace bien a la imagen de la marca. Si la idea de ganar el campeonato es vender más latitas, no es por aquí. Los medios siguen siendo más importantes que el fin. Aunque hasta los árabes piensen lo contrario.

“Este deporte se ha vuelto más penalidades que carrera. Para mí, así no es la Fórmula 1. Lo que pasó es increíble: yo solo estaba tratando de correr”, argumentó Verstappen en su defensa.

Pero fue indudable que lo hizo al filo de lo legal y probablemente escapándole a la legitimidad. Sobre todo cuando pesa el fantasma de una definición polémica, de lo que sobran antecedentes.

“No entendí porqué de repente clavó los frenos”, se preguntó Hamilton.

Habrá que convenir lo evidente, ya sugerido en los repasos de las últimas carreras: Mercedes es un equipo más fuerte que RedBull, que tiene (desde Silverstone) un coche más picante, equipado (desde Brasil) con un motor más poderoso.

Eso no quiere decir nada, de todas maneras: en una semana, el que termine adelante será campeón. En 13 de las 21 Grandes Premios disputados este año, terminaron primero y segundo, en un orden u otro, como si el resto tuviera que competir por el tercer puesto a lo sumo.

En conclusión: sea quien sea que resulte coronado, será justo.

Lo que no quiere decir que vaya a ser indiscutible.

Fuente: Pablo Vignone / Original aquí.

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