Los libros

Libros como objetos contundentes

La revelación me impactó, pero no tuve tiempo en ese momento de interpretar la involuntaria señal polisémica de esa frase: “objeto contundente”. Las posibilidades que se abrían para ese policía en el cumplimiento de sus funciones tenían que ver con el peso real del libro, con su textura, con el peligro de que se aliara con otro libro para adquirir más capacidad destructiva.

Ciudad de México, 6 de abril (MaremotoM).- El otro día cometí el error de pasar por el diario antes de ir a la cancha de Excursionistas. Pasé a buscar un paquete con libros que me habían mandado y me fui en bicicleta hasta el Bajo Belgrano. En la habitual requisa a la entrada me hicieron abrir la mochila: tenía una campera, dos libros que estaba leyendo y los dos paquetes que había retirado.

-¿Qué es esto? preguntó el oficial, que adoptó una expresión de agente de brigada anti explosivos.

-Son libros.

-No se puede entrar con libros a la cancha.

Le dije que era material de trabajo, que no había tenido tiempo de pasar por mi casa, que…

-Es objeto contundente.

La revelación me impactó, pero no tuve tiempo en ese momento de interpretar la involuntaria señal polisémica de esa frase: “objeto contundente”. Las posibilidades que se abrían para ese policía en el cumplimiento de sus funciones tenían que ver con el peso real del libro, con su textura, con el peligro de que se aliara con otro libro para adquirir más capacidad destructiva.

Ante lo inverosímil de la situación atiné a calcar el gesto del policía: palpé el paquete y yo mismo me asusté: había un libro de tapa dura, durísima (¿a quién se le ocurre, en esta época?).

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Sin capacidad para refutarlo (pensé en alegar mi condición de periodista pero lo descarté inmediatamente, podía ser un agravante) esperé que el policía rematara dignamente su escena: “imaginate que si juntás los dos paquetes y se los tirás al juez de línea es más peligroso que un cascote”.

Piboco
Los libros ilustrados. Foto: Cortesía

-La verdad es que tenés razón. No me di cuenta. Pero no te puedo dejar los libros acá en la vereda (habían quedado “confiscados provisoriamente” varios encendedores, un cinturón con tachas, varias latas de cerveza). Los necesito, mirá si alguien se los lleva…

El cana me miró, hizo un breve paneo escénico y me dijo (me cuesta aceptar que haya sido irónico, pero puede ser): “quedate tranquilo…”

Finalmente le prometí al oficial que me ubicaría bien lejos del alambrado, cosa que si arrojaba todos los libros juntos apenas llegaría a pegarme a mí mismo. Me dejó pasar. Hubo algo de lástima en el asunto.

Conviví con el absurdo durante 90 minutos. Abrí uno de los paquetes para ver qué había y por un momento, después de un fallo arbitral que por suerte no se repitió, -más bien todo lo contrario, nobleza obliga- consideré seriamente todas las opciones que ese objeto cultural contundente me habilitaba.

Por suerte ganamos. A la salida lo busqué al policía para mostrarle mi arsenal intacto, pero estaba entretenido en otra cosa.

Me volví a mi casa convencido de que la cultura y el fútbol tienen finalmente más conexiones que las que imaginaba.

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