DIARIO LIMINAL | La lentitud como silenciosa resistencia

Mexicali, 24 de abril (MaremotoM).Hoy en día podemos encontrarnos con muy pocos actos definitivamente radicales, no cooptados por el mercado, el sistema, el romance de las ideologías y/o el espectáculo circense en el que se ha convertido la política.

Uno de estos actos es la lentitud. La mirada que medita, la que revisa con paciencia. La que camina distante, perdido, la lentitud que sopesa, que se entretiene en el instante. La que lee sin prisa.

Pero para leer sin prisa hay que encontrar textos que obliguen, desde su propio radicalismo, a que detengamos la mirada, para saborear la línea, el enunciado orfebre, la imagen urdida, la prosa que teje un hilo delgado y extendido que, puesto a contraluz, enciende las llamas de esa unión entre tu inteligencia y tu sensibilidad. No me refiero a la lentitud que obliga un texto de confección oblicua, de complejidad conceptual o de profusión lingüística, sino al texto cuya prosa fue escrita con la misma meditada lentitud con la que pide ser leída. Un texto cuya escritura fue elaborada con la misma lentitud con la que se sugiere su lectura.

El ejemplo más ilustrativo serían los textos escritos a mano. Cuando escribimos con un teclado, el ejercicio se vuelve en una competencia feroz entre pensamiento y su articulación, apegándonos a la velocidad que exigen nuestros tiempos. Cuando escribimos a manos, la relación se vuelve más íntima, las pausas más ligadas a nuestra respiración, el esfuerzo del tejido mucho más sensible al espacio y al tiempo. Lo que resulta de ello es una construcción textual que le pide al lector, gentilmente, que se detenga a meditar cada palabra, así como lo hizo el autor. Sin urgencia, sin prisa. No es un ejercicio fácil, me refiero a la transferencia de este proceso, ya que la rapidez con la que queremos leerlo todo nos conduce a la pesadez y (¡por dios!) al aburrimiento, cuando estamos ante un texto que te pide ser leído palabra por palabra.

Hace aproximadamente dos años, un amigo escritor estadounidense Doug Rice, me anunció la llegada de su más reciente novela, titulada Here Lies Memory. A Pittsburgh Novel. Una serie de viñetas íntimas que giran alrededor de cuatro personajes invisibles, en los barrios de una ciudad arruinada por la catástrofe económica de la globalización. Un veterano de la guerra de Vitenam, un ciego que en sus recuerdos encuentra la única manera de seguir viendo, una ciudad en ruinas que solo se entiende a sí misma como las huellas de un pasado a punto de borrarse, Rice entiende que la única manera de poder trasladar la sensibilidad a flor de piel de sus personajes es por medio de una retrospección ligada al lenguaje y al cuerpo. Es por ello que su lectura es densa. Obliga a la meditación, a la necesidad de escuchar las voces de los personajes, los ecos del recuerdo, la vida fragmentada que pende de un hilo delgado, a veces fotográfico, a veces la broma de familia que pasa de generación en generación, a veces la simple imagen del personaje envejecido como poética del desamparo.

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Aun así, al interior de esas llamas y al interior de todo ese ruido, al interior del caos de las botas enlodadas y los cuerpos en bolsas que esperan su viaje a casa, al interior de todo eso, de alguna manera, Elgin podía ver la belleza de la abuela de Johnny, Thuy. Su belleza encendía su piel, una llama lenta, quemando su carne y sus músculos. Lo despertaba y le recordaba que todavía existía un lugar más allá de todo el fuego y el humo. Ella rescataba a Elgin así como él la rescataba a ella. Secuestró a Thuy para alejarla del fuego y la lluvia y el lodo, y la trajo de vuelta a casa, a Pittsburgh, la llevó a una casa de madera en el Distrito Hill, donde ellos vivirían, escucharían R&B en la estación WAMO por las noches, reposando enlazados, desvaneciéndose hasta el sueño en ese columpio en el porche, hasta que, una fresca mañana de otoño, ella daría luz a Lehoung, una niña tan hermosa que el habla se volvía tonto frente a ella, y Thuy amaría a Elgin y sería amada por él, luego, después de todo eso, Thuy moriría. Demasiado joven, demasiado pronto. Ella sería sacada de este mundo, de Pittsburgh, de Lehoung, de Johnny, de Elgin, de esa tranquila casa de madera en la colina, demasiado pronto. [extracto de Here Lies Memory, de Doug Rice (2016) p. 22. Libre traducción].

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