Lo que el viento se llevó

Lo que el viento se llevó, a través de la mirada de un Xnneial

Ciudad de México, 8 de enero (MaremotoM).- Las vacaciones de fin de año son un pretexto perfecto para romper la rutina, encerrarse en casa y curiosear en la videoteca familiar. El casi omnipotente Netflix y su avalancha de estrenos hace que el cine clásico sea una rareza o material para expertos. Sólo queda recurrir a viejos videos o plataformas de streaming especializadas. Entonces, casi como una revelación, surgió la idea de ver Lo que el viento se llevó. Recuerdo haber visto la película sólo una vez hace muchos años. Seguramente la renté con mi familia en uno de los videoclubes que proliferaron en las últimas dos décadas del siglo pasado. Por la duración del filme, 238 minutos, era necesario usar dos cartuchos en las videocaseteras Beta o VHS. Mientras buscaba en la red recordé una vaga historia de amor, la Guerra de Secesión y, por supuesto, el final en el que el enamorado desprecia a la heroína con la frase: “Frankly, my dear, I don’t give a damn”, cuando Scarlett le pregunta qué pasará con ella.

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Lo que el viento se llevó, estrenada en 1939 en Estados Unidos, en los inicios de la Segunda Guerra Mundial, es un buen ejemplo de que algunas producciones de esa época han envejecido mal. Al contrario de filmes clásicos como Tiempos modernos de Chaplin o El ciudadano Kane de Orson Welles, la obra dirigida por Victor Fleming se percibe en la actualidad como un filme maniqueo, con una grandilocuencia impostada, diálogos cursis y una visión ultraconservadora de la Guerra de Secesión. Sin embargo, más allá de esos defectos, la obra es un gran ejemplo para analizar el Hollywood de aquellos tiempos y la sociedad que convirtió a Lo que el viento se llevó en una pieza de época. La historia, a grandes rasgos, se puede dividir en dos grandes pasajes: el sur estadunidense en el que se cría Scarlett O’Hara (Vivien Leigh) –una especie de paraíso terrenal en el que ella vive la vida idílica de los ricos hacendados–, y el mundo después de la Guerra de Secesión. A lo largo de ese trayecto la rica hacendada perderá todo y tendrá que empezar desde cero. La figura de Rhett Butler –interpretado por Clark Gable– cobrará cada vez más importancia hasta detonar una lucha por ver quién domina al otro.

Lo que el viento se llevó
Clark Gable y Vivien Leigh. Foto: Cortesía

El mundo que presenta Lo que el viento se llevó es visto a través de un filtro en el que la nostalgia impone una lectura bondadosa de la realidad del sur estadounidense: los hombres son caballeros llenos de pundonor y las mujeres son damas refinadas y virtuosas. En ese contexto viven los hacendados con sus familias. La tierra es, en aquellos años, la principal fuente de la riqueza por el cultivo del algodón entre otras materias primas. Scarlett O’Hara, caracterizada como una joven caprichosa, rivaliza con sus vecinas en las fiestas de la alta sociedad sureña para obtener la atención y favores de los hombres casaderos. Esa prosperidad, por supuesto, está sustentada en la mano de obra de los esclavos negros. Ellos, en todo momento, son caracterizados como personas conformes con su destino, trabajando en los campos o como sirvientes en las mansiones de sus amos. En una de las escenas que llama más la atención, las muchachas se reúnen en una gran estancia para descansar mientras los hombres se dedican a hablar de negocios y de las posibilidades de ir a la guerra con los estados del norte. Mientras duermen las chicas casaderas, niñas negras las abanican con plumas de pavorreal. En los siguientes pasajes aparecen más personajes afroamericanos. La que destaca más es Mammy (Hattie McDaniel), la fiel criada que acompañará a Scarlett en todas sus desventuras. Refunfuñona, adopta el papel de una segunda madre para su ama, aunque siempre tenga que ceder a sus caprichos porque, a final de cuentas, es una esclava destinada a servir. El resto de sus compañeros es caracterizado con menos fortuna: Prissy, la doncella más joven, es embustera y mentirosa. A pesar del trabajo en la mansión, un trabajo que, en la realidad de aquel tiempo, requería mucho esfuerzo físico e ingenio, apenas puede lloriquear cuando la guerra llega a las puertas de los O’Hara. El resto de los esclavos corre igual suerte: personas que, a pesar de la dura labor en el campo, son descritas como personas casi inútiles, dependientes de Scarlett que tiene que arrearlos como si fueran ganado cuando empieza a reconstruir la hacienda después de la guerra. Cuando los sureños pasean por las calles de su ciudad se encuentran con los negros liberados: gente fanfarrona, jugadores atrevidos, tipos lúbricos que acechan a las blancas de buena cuna. No hay, en absoluto, un sólo aspecto positivo en ellos.

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Hay otra lectura interesante en el largometraje. El personaje de Reth Butler es dibujado con el aura romántica del rebelde sin causa, muy popular en aquellos años. Butler, obviamente, se dedica a reforzar el estereotipo masculino en cada una de sus poses y de sus diálogos. Mantiene el gesto imperturbable hasta que, acosado por sus demonios, sucumbe al alcohol y a la violencia. Sin embargo, lo que lo hace diferente de otros héroes de la época es su egolatría. En medio de los dos bandos él no conoce de ideales. Admite sin empacho que se ha hecho rico por la guerra gracias a la especulación. A pesar de eso es tratado como héroe cuando contribuye financieramente al ejército confederado. Él es, por decirlo así, su propia empresa. Profeta del capitalismo de libre mercado que reinaría décadas después, le contagia el espíritu emprendedor a Scarlett que no tiene empacho en replicar sus tácticas. La heroína, entonces, se masculiniza: comprende que para triunfar y rescatar su hacienda; es necesario, también, ser violenta, pasar sobre quien sea y olvidar los ideales. Por eso hace tratos con sus antiguos enemigos ante la sorpresa de sus familiares y amigos. Sabe que para triunfar hay que explotar al más débil o ingenuo. Cuando Scarlett recupera la prosperidad, el filme se concentra en el duelo entre los dos amantes-enemigos. Butler intenta dominarla a través de la violencia mientras ella busca adueñarse del esposo de su mejor amiga. Obsesionados con satisfacer sus deseos llevarán su relación al límite. Al final, Butler, incapaz de apropiarse de su mujer, quizás comprendiendo que ha fabricado una versión más indomable de él mismo, abandona la hacienda.

Lo que el viento se llevó es una película que apenas problematiza lo que presenta en pantalla. En ocasiones más cercana a un panfleto, gana en tensión con el viaje sin retorno al delirio de poder de sus personajes principales. Maniquea en su visión histórica de la Guerra de Secesión (los Yanquis retratados como una fuerza maligna e irracional; los Confederados vistos con un aura de santidad) apenas sobrevive por algunas escenas que han quedado marcadas en la cultura popular. Quizás, como apuntan algunas críticas modernas, el filme dice más de la primera mitad del siglo XX que del contexto histórico que aborda. En su absoluta insensibilidad para hacer un retrato creíble de los esclavos afroamericanos provoca pasajes que parecen de un humorismo involuntario como cuando Mammy y sus compañeros llegan a la hacienda después de que su ama la ha recuperado de la desgracia y exclaman, más perplejos que festivos: “somos ricos”. Esa misma insensibilidad la vivieron en carne propia los actores que personificaron a los esclavos del filme. En pleno siglo XX, pero aún lejos de los años de las luchas civiles por los derechos de las minorías raciales en Estados Unidos, desarrollaron sus carreras haciendo papeles de criados llenos de estereotipos y lugares comunes. El Hollywood que, en el siglo XXI se muestra como incluyente y plural, recluyó en la ceremonia de los Oscar de 1940 a Hattie McDaniel en una mesa aislada de sus demás compañeros pues los actores negros no podían compartir el mismo espacio con los blancos. McDaniel había ganado su premio como mejor actriz de reparto. Cuando, años después, le preguntaron por qué aceptaba papeles de sirvienta, su respuesta fue demoledora: “Prefiero interpretar a una criada por 700 dólares que ser una por 7”.

La discusión de este tipo de películas y la memoria de aquella época es fundamental para conocer la manera de pensar de la sociedad que produjo Lo que el viento se llevó. En el 2017 un cine en Memphis decidió cancelar la proyección de la película por su visión edulcorada y ofensiva del esclavismo y racismo. Prohibir obras que, en la actualidad, pueden agredir a la gente porque promueven visiones del mundo anacrónicas o ideologías que se sustentan en el abuso de otros, no puede ser la solución para construir una sociedad más evolucionada. En primer lugar, porque, además de la censura, se infantiliza al espectador diciéndole qué puede ver y qué no, además de reducir la obra a una lectura unívoca. Por otro lado, desaparecer u ocultar obras con rasgos que, ahora, denigran o justifican rasgos problemáticos del pasado, equivale a restarles importancia y borrar su memoria. Necesitamos, justamente, los recuerdos de las sociedades esclavistas y aquellos que las justificaron muchos años después, para seguir combatiendo sus ideas, usar su ejemplo para enseñar y discutir con las nuevas generaciones. En caso contrario fingiremos que aquellos momentos dolorosos de la humanidad no existieron y nos quedaremos sin un espíritu crítico muy necesario en estos tiempos en los que la discriminación, la ultraderecha y el racismo resurgen en varias partes del mundo.

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