Kiko Amat

Lo que yo hago se sostiene perpetuamente en la duda: Kiko Amat

A raíz de su recuperación dentro de la colección Compactos, casi veinte años más tarde, le hemos preguntado al escritor de Sant Boi de Llobregat sobre cómo se enfrenta al proceso de revisión y sobre sus impresiones al regresar a una primera novela.

Ciudad de México, 24 de septiembre (MaremotoM).- Originalmente publicado en 2003, El día que me vaya no se lo diré a nadie supuso el debut de Kiko Amat y el descubrimiento de un talento enorme y de una escritura frenética y rabiosa, de esencia anglófila y extremadamente pop.

A raíz de su recuperación dentro de la colección Compactos, casi veinte años más tarde, le hemos preguntado al escritor de Sant Boi de Llobregat sobre cómo se enfrenta al proceso de revisión y sobre sus impresiones al regresar a una primera novela. Sigue un extracto de la conversación, si queréis leer la entrevista completa, podéis hacerlo aquí:

–¿Cómo decidiste empezar a escribir esta primera novela? ¿En qué circunstancias te encontrabas?

–Me encontraba desempleado, por enésima vez, y recién regresado a España. No tengo estudios de ningún tipo y “I’m bad at everything”, que cantan Drug Church. Solo soy bueno en una cosa: contar historias / decir paridas (tachar lo que no proceda) y, a menudo, escribir sobre ellas cuando nadie me lo había pedido. De niño quería ser escritor, era lo que hacía bien y mi inclinación patente, pero mis orígenes chusmeros y la falta de ejemplos locales (en mi pueblo no había artistas) me llevaron a olvidar la quimera. Nadie me alentó jamás a escribir, pero, contra todo pronóstico, seguí escribiendo. Escribía en el kiosko de Sitges y escribía en la cadena de montaje de Seat; nunca dejé de tomar notas y escribir todo el rato; era lo único que me daba placer. Lo único que hacía bien. Después de quince años de sueños defecados-encima y fracaso existencial estrepitoso decidí ponerme con una novela de una puta vez. Era eso o empezar un killing spree legendario (volviendo el arma hacia mí en el último minuto).

–¿Qué podemos encontrar aquí que se repita en el resto de tus libros? ¿Algo que se podría considerar germinal y que se ha ido desarrollando a lo largo de tu obra?

–El aislamiento, la alienación y la incapacidad de conexión, sin victimismo ni buá-buá, aparecen en todas mis novelas, supongo que aquí fue la primera vez. Mi debut también tiene un final amargo que precede a los venideros. Y la combinación ciclotímica de humor grosero y angustia existencial o pena profunda, que me encantaría decir que saqué del teatro isabelino, pero que en realidad es la consecuencia lógica de haber confesado sucesos lamentables en bares: tienes que hacerlo con comicidad y trepidación, aunque el origen de la historia sea traumante y luctuoso, en caso contrario pierdes a tu audiencia. Me gusta también que la novela nazca de un linaje subcultural y pop, completamente no-rancio y decididamente no Historia de la Literatura Española II. Y, a un nivel más genérico, supongo que la idea abstracta de la comprensibilidad y el entretenimiento, que aquí tomaban forma por primera vez.

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Kiko Amat
La primera novela de Kiko Amat. Foto: Cortesía

–¿Cómo ha sido el proceso de revisión de la novela? ¿Cómo ha afectado el paso del tiempo al texto? ¿Crees que sigue siendo vigente?

–Es un texto de hace veinte años. La primera vez que lo releí, la tentación fue ponerme a mover muebles y tirar paredes, pero me contuve. Con la perspectiva de los años veo la obra como un primer disco punk de alguna banda que luego se “sofisticaría”, como The Damned. Me gusta mucho “New Rose»”, pero son los álbumes de los primeros ochenta –como Strawberries– donde realmente se ve el talento del grupo. Pero, a la vez, no por ello te cargarías el “New Rose”, que es un pepino. Mi debut tiene más energía y nervio y color que oficio o historia o trama, pero sus limitaciones son en cierto modo sus atractivos. Es un debut divertido, espartano, jubiloso (y oscuro a ratos), sencillo, crudo. No es aburrido, ni afectado, ni tibio, ni posmy, ni autoindulgente. También me gusta la parte del Mundo Paralelo, que rechaza el realismo costumbrista y pasa a ser otra cosa. Y luego hay algo que no sé si me gusta o simplemente me deja pasmado, que es que, por alguna razón que me cuesta entender ahora, la novela oscila alrededor del concepto de castidad (WTF).

–¿Qué le dirías al Kiko que escribió esto hace 21 años?

–No le diría nada, porque cualquier cosa que le dijese le imbuiría de un exceso de confianza y relajación, que son los asesinos de nuestro trabajo. Lo que yo hago se sostiene perpetuamente en la duda, la inseguridad, la necesidad (ridícula) de demostrarle algo al mundo, la posibilidad (vagamente excitante) de que se te haya agotado todo el talento en la última novela publicada y las premoniciones ominosas de que tu nueva novela se desmoronará en cualquier párrafo. Una de las gracias que tiene esto es mantenerse a flote cuando los elementos van en tu contra. Esa rara resiliencia explica que no todo el mundo escriba novelas (escribir bien es un 20 % de la totalidad del oficio).

Kiko Amat
Supongo que algo relacionado con la subcultura o el rock’n’roll. Foto: Cortesía

–¿Si no hubieras sido escritor, que serías?

–Supongo que algo relacionado con la subcultura o el rock’n’roll. Manager de un grupo o algo así (con lo cual me habría dado un fatal jamacuco de speed años atrás y ahora no estaría contestando esto). Quizás vendedor de discos en una tienda marginal. Tampoco tenía tantas opciones. Los pijos siempre pueden ser otra cosa, si falla lo de ser diseñador intentan ser actores o fotógrafos, abren un bar, qué se yo. Viniendo del mundo del que vengo, siendo como soy (no sé tocar instrumentos ni chutar balones, tampoco podría ser boxeador ni modelo de calzoncillos), mis opciones eran asaz limitadas. La apuesta de ponerme a escribir tenía un punto de desesperación final. Un poco “si esto no funciona me hundo en la mierda definitivamente”. No lo digo en plan dramático. Es así y punto.

 

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