Homero Aridjis

Lo último que quería era empezar este libro y decir me acuerdo de…me acuerdo de…: Homero Aridjis

Los peones son el alma del juego es una lúdica novela en la que el ajedrez opera como una metáfora de la vida y por qué no la posibilidad de hacer una obra eficaz y vigente, por parte de un maestro del oficio.

Ciudad de México, 3 de marzo (MaremotoM).- Una de las cosas que le comento al escritor Homero Aridjis, es que no hace mucho tiempo en que el mundo se interesaba por los ajedrecistas. No hace mucho oíamos hablar de Fischer, de Kasparov, de Karpov, le pregunto de paso por qué ahora los jóvenes no se interesan por ese juego ciencia que tanto nos entretenía en nuestra juventud.

“Es que la juventud de hoy está descerebrada”, me dice el autor de Los peones son el alma del juego (Alfaguara). Claro que en el medio hablamos de la serie Gambito de dama, la más vista en Netflix, que comprueba que el ajedrez no ha perdido de todo el interés.

Homero Aridjis tiene 80 años. No ha querido hacer un libro de memorias ni tampoco emular el “me acuerdo” de Sebald y critica a Margo Glantz, que es la que ha hecho un libro semejante.

Recuerda, más allá del sueño a Alex, su alter ego, un joven que se convertirá en poeta y en uno de los protagonistas de la literatura mexicana del siglo XX.

En la novela pasan personajes que conoció de cerca, como gente cotidiana en un ambiente cotidiano, no como monumentos: Juan José Arreola, Juan Rulfo, Octavio Paz, Elena Garro, Amparo Dávila,Gabriel García Márquez, Adolfo Bioy Casares, Philip Lamantia, Francisco Toledo, Luis Buñuel, Nahui Olin, entre muchos otros.

Los peones son el alma del juego es una lúdica novela en la que el ajedrez opera como una metáfora de la vida y por qué no la posibilidad de hacer una obra eficaz y vigente, por parte de un maestro del oficio.

–Una de las cosas que me pasó con su novela fue recordar qué importantes eran los jugadores de ajedrez no hace mucho…

–Se sigue jugando mucho, pero creo que Internet, la música, el rock para los jóvenes, nos han dado una juventud descerebrada.

Era un hombre muy tenso, muy incómodo en su cuerpo, estaba siempre como tratando de saltar fuera de sí mismo

–Sin embargo, hay una serie Gambito de dama, la más vista en Netflix y uno descubre la maravilla del ajedrez

–Quien descubre el ajedrez se vuelve el juego favorito. Juan José Arreola era un jugador impulsivo pero fanático. A veces no podía dormir en toda la noche y yo le preguntaba qué pasó y me contaba que estaba estudiando las variantes de un juego que perdí. Cuando lo internaron en un hospital, estábamos muy preocupados por él, cuando lo fui a visitar ya tenía un ajedrez portátil.

–Álex es un alter ego suyo, ¿verdad?

–Es como una medida de ajedrez. Uno llega a tomar En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, ahí tiene un personaje que se llama Marcel. James Joyce en el Retrato del artista adolescente, tiene un personaje que se llama Stephen Dedalus.

–¿Usted por qué decidió hacer una novela “borgiana” en lugar de hacer sus propias memorias?

­–Sentía repelente la idea de unas memorias. Las memorias implican abarcar la vida y la vida es inabarcable. ¿Qué escoge uno de uno mismo? Yo escribí El poeta niño, un libro estimulado por el sueño. Después de un accidente con una escopeta, empecé a escribir, pero el niño que yo fui antes del accidente desapareció. Empecé a soñar cosas muy sensoriales, empecé a escribir y escribiendo esos sueños saqué El poeta niño. Pero fue una autobiografía onírica. Lo último que quería es empezar este libro y decir me acuerdo de…me acuerdo de…

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Homero Aridjis
El poeta joven. Foto: Cortesía

–¿Está criticando a Margo Glantz?

–Sí, por supuesto. Esa monotonía me pareció horrorosa. La vida es ir al grano. Una de las cosas que intenté es que los artistas parecieran de carne y hueso. La persona está allí. Por ejemplo, Juan Carlos Rulfo lo encuentro tirado en el pasto, que había perdido la dentadura postiza. Así se le conoció, no los veía como monumentos sino como personas de la vida real.

–También es cierto que Rulfo aparece como una persona muy triste y como un perdedor en su novela

–Era un hombre muy tenso, muy incómodo en su cuerpo, estaba siempre como tratando de saltar fuera de sí mismo. Fumaba frecuentemente, de manera tensa. En uno de los últimos episodios es en el hospital pediátrico. Él hacía citas en lugares muy incómodos, imprevisibles. La última vez que lo vi fue ahí. Fui y nunca había estado en un café tan lúgubre. No era un café. Eran dos mesas. Ahí llegaban los padres de los niños enfermos, llorando, y Rulfo muy tranquilo fumando un cigarrillo, que te preguntaba: –¿Qué estás escribiendo ahora?

–También lo nombra a Juan José Arreola de neurótico…

–Sí, era muy neurótico. Era el maestro de los gestos, era un hombre gestual, transmitía así sus estados de ánimo. Siempre estaba angustiado, por muchas cosas, aun jugando al ajedrez jugaba angustiado.

–Octavio Paz era muy diferente a Rulfo y a Arreola

–Era un hombre más dentro de la realidad política mexicana. Fui diplomático gracias a él. Me quería mandar a Nicaragua porque venía el aniversario de Rubén Darío. En ese tiempo estaba Somoza y yo no consideraba nada más horrible. Por ese tiempo me ofrecieron ser el Agregado Cultural en la embajada de México en Holanda. Yo tenía a mi hija Chloe que era un lugar perfecto Holanda para ello.

Homero Aridjis
Una novela donde el ajedrez es la vida. Foto: Cortesía

–Entrevisté a su hija Chloe, parece ser que el oficio es genético

–Lo que pasa es que ella también creció entre poetas. En Rotterdam conocimos a Robert Lowell y Allen Ginsberg. Lowell bebía mucho whisky y Ginsberg era abstemio. Estábamos tomando café y Robert quería ponerle leche a su whisky. Así que agarró el biberón de Chloe y le metió casi todo el biberón. Conocimos a Pablo Neruda, que la llevó a caminar…

–¿Esta novela no la ha hecho para demostrar que puede hacer una novela?

–He tenido varios modelos históricos, uno de mis grandes libros fue el Retrato del artista adolescente, otro fue En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, otro el Retrato del artista cachorro, de Dylan Thomas…pero no me propuse escribir unas memorias, yo dejé que la temática hiciera el libro. Comencé como un diario secreto tomando notas de la vida real y fui construyendo el libro a base de recuerdos. Mi propósito era hacerla muy consistente y muy vivaz. La novela se constituyó así, a base de recuerdos.

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