Ayotzinapa

Los 43 de Ayotzinapa | ¿Existe en México un lugar donde pedir justicia no sea un desperdicio?

La realidad demostró que cuatro sexenios después, la modernidad no sólo no está muerta, nunca apareció.

Ciudad de México, 19 de octubre (MaremotoM).- Hace unas semanas se cumplió un sexenio de la desaparición forzada de los 43 estudiantes de la escuela normal rural de Ayotzinapa en el Estado de Guerrero. Un sexenio en el que el paradero de estos alumnos es una incógnita.

Esta figura, el periodo de seis años de gobierno, a cambio de suspender cualquier intento de reelección, fue puesta en marcha en 1934 por Lázaro Cárdenas. A partir de este mandato, estos seis años se convirtieron en un estilo, una situación, una forma y un legado, quiérase o no, para la política mexicana. Entre otras facultades, nombrar el sucesor presidencial era el principal privilegio. De 1934 al año 2000, únicamente presidentes del Partido Revolucionario Institucional, fundado en 1929,  regentearon por seis años el poder en México. Del año 2000 al 2020 han gobernado tres partidos de diferente postura ideológica y tradición política. Han sucedido cuatro presidentes. Ninguno de ellos e incluyo al actual presidente, desea modificar este periodo. Hay consenso. Es un acuerdo indiscutible.

Al parecer, esta figura en el tiempo de la vida de los mexicanos provoca el deseo, el anhelo de cambio, una vez que se vació el reloj de los acontecimientos. Cuando la autoridad de este tlatoani, virrey, cacique, licenciado, burócrata y jefe irrefutable que es el presidente en México está colmada, es posible buscar relevo.

Ai Weiwei
Conocieron el mural creado por Ai Weiwei en homenaje a los 43 normalistas desaparecidos. La pieza tiene el propósito de recordar a los estudiantes y de expresar que las autoridades no han cumplido con su responsabilidad: Cuauhtémoc Medina.

Durante un sexenio hay también un excedente de proyectos, planes y decisiones. Esta saturación impide al ciudadano convencional averiguar qué pasó, a nivel gubernamental, durante el tiempo que fue gobernado por un individuo y su gabinete (el fárrago de asesores, colaboradores y burocracia que los acompañan). Por esta razón, los sucesos que se convierten en hitos durante la impronta de cada sujeto en el poder son imposibles de borrar. La memoria de los millones que padecieron las decisiones de estos dignatarios se resiste a desalojar el oprobio. Ejemplos sobran: la matanza de estudiantes en Tlatelolco en 1968 durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. La lucha guerrillera, persecución y muerte de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez (quienes también fueron maestros normalistas egresados de la Escuela Raúl Isidro Burgos, mejor conocida como Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, en el municipio de Tixtla)  con Luis Echeverría (no hay que olvidar que en este sexenio también ocurrió el llamado halconazo o Jueves de Corpus en las inmediaciones del Casco de Santo Tomas). La nacionalización de la banca, la devaluación de 22 a 70 pesos por dólar y la defensa como perro del peso en el sexenio de José López Portillo. El caos y la irresponsabilidad después del sismo de 1985 junto con la famosa caída del sistema electoral en 1988 y las sospechas de fraude en las elecciones presidenciales en el periodo de Miguel de la Madrid. Carlos Salinas de Gortari y los asesinatos en la cúpula política, la aparición del EZLN y la implementación del Tratado de libre comercio con Canadá y Estados Unidos. El asesinato de 45 indígenas tzotziles en Acteal, Chiapas, por paramilitares junto con la crisis económica conocida como efecto tequila y la caída del PRI en los seis años de Ernesto Zedillo.  El fracaso de la “democracia” partidista con Vicente Fox y la corrupción en la lotería de México por parte de la familia política del mandatario. La interminable guerra contra el narcotráfico de Felipe Calderón. El secuestro y desaparición de los 43 jóvenes normalistas, la continuidad en la guerra contra los narcotraficantes, el despilfarro, el escándalo de la casa blanca de Angélica Rivera, el lujo desmedido y la obscenidad procaz del “nuevo PRI” durante la gestión de Enrique Peña Nieto.

Al parecer, cada uno de los seres supremos, que se posesionan en la silla presidencial, cuenta con un episodio ominoso imposible de ocultar o borrar. El gobierno actual, con dos años, es decir, un tercio de su expectativa de vida, puede pasar a la historia de la infamia, entre múltiples azares, por engañar a la sociedad una vez más, ya que prometieron resolver y esclarecer el crimen de los normalistas y aún no hay nada claro; en apariencia. Primero es necesario hacer otro recuento: en el caso de Ayotzinapa y sus ausentes, dos presidentes, dos gobiernos de semblante opuesto, no han logrado una respuesta convincente. Para empezar, el gobierno de Enrique Peña Nieto, en voz del ex fiscal, el general Jesús Murillo Karam, dijo que los estudiantes habían sido asesinados e incinerados en el basurero de Cocula y lo calificó como la verdad histórica. Sin embargo, los investigadores del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI), designado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, rechazaron esta teoría oficial, diciendo que no era científicamente posible. Los familiares de los estudiantes también rechazan esta versión y se inclinan por las líneas de investigación establecidas por el GIEI. Hoy por hoy, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador estableció por decreto la Comisión Presidencial por la Verdad en el caso Ayotzinapa y creó otra fiscalía especial para el caso. Las investigaciones desde el inició han estado plagadas de irregularidades. Muchas de las detenciones de los presuntos implicados fueron hechas ilegalmente y en las confesiones se usó la tortura. De los 142 detenidos por el caso, principalmente policías municipales y supuestos miembros del cartel de narcotraficantes Guerreros Unidos, 77 han sido liberados. El actual fiscal general de México, Alejandro Gertz Manero, se comprometió a reconstruir todas las investigaciones y a fincar responsabilidad a las autoridades que estén involucradas. Esta actitud representa una modalidad del negacionismo a ultranza: se elige rechazar la realidad para esquivar la verdad. Ya se sabe: la ignorancia y la estupidez oficialistas son  mercancías que se venden al mejor postor. Por desgracia, abunda esa abyección. Según esta lógica, pronto la matanza de Iguala habrá desaparecido de la memoria oficial, como tantos otros casos del pasado. Los testimonios, los hechos acontecidos, en manos del fiscal se anulan, se borran. Las palabras se oscurecen y extinguen en lo impío de la autoridad perversa.

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1 millón de piezas Lego, que representa los rostros de los 43 (+3) estudiantes desaparecidos el 26 de septiembre de 2014 en el municipio de Iguala. Foto: Cortesía

Los 43 son una indignación extensa, otra causa, la estrategia sin fin como motivo para que la disidencia radical se enfrente contra el Estado, los gobiernos y la ciudadanía ajena a su causa. Aquella ciudadanía indiferente, apática, que le desagrada el tema por saturación. Porque para sobrevivir hay que olvidar o pretender que todo es un simulacro en otra realidad. Hace unos días presencié una charla en zoom entre la periodista argentina Mónica Maristain y la crítica literaria Celina Manzoni (me pregunto a partir de ahora cómo se van a citar estas referencias) sobre la novela de Roberto Bolaño 2666 y su obra en general. Ambas coincidían en que Bolaño, en su novela, narra la muerte de la modernidad en México. Aquí surge la inevitable incógnita ¿Qué es la modernidad? Y encuentro que la mejor definición es la del filósofo norteamericano Marshall Berman en su libro Todo lo sólido se desvanece en el aire. Berman propone que la modernidad es un proceso en desintegración que nunca finaliza. La modernidad es una “forma de experiencia vital” en la que todo se percibe como cambiante, nada permanece en su sitio y todo lo sólido se desvanece en el aire. Este concepto se distingue de la modernización, que hace referencia a los nuevos cambios tecnológicos y a la democratización creciente de la política. A este concepto se le suma el modernismo, la corriente artística y literaria que surge como una propuesta emancipadora del hombre. Según Berman, la dinámica modernismo-modernización no consiguió su propósito: el progreso perpetuo y la emancipación colectiva infinita. En México existía la noción. Una vez que el cambio sexenal en el año 2000 se cumpliera como presagio, la aceleración de este proceso cumpliría el destino manifiesto que se inició con la revolución mexicana. La realidad demostró que cuatro sexenios después, la modernidad no sólo no está muerta, nunca apareció.

La decepción sexenal es una constante en la vida y el ritmo de la circulación política de los mexicanos. Se considera cualquier causa con tal de que el fango se solidifique y ¿por qué no? Alguien lo pavimente. Es una idea fija que no se transforma. Por algo treinta millones de personas votaron por el presidente actual. La percepción es que algo tiene que ocurrir. Y sucede. Hitos sangrientos permiten que la zozobra se solidifique como emisaria de una historia que se repite sin final visible. Sin embargo, en la catarata de estampas o sellos execrables que son el pan nuestro de cada día, en un Estado devastado por la violencia, por más que se quiera ocultar el osario nacional con cifras y planes y buenas intenciones, no hay nada más perturbador que la matanza de estudiantes.

Programación de Otoño de TVUNAM
Ayotzinapa – El paso de la tortuga. Foto: Cortesía

Uno de los sujetos políticos que tiene mayor significado para la modernidad es la idea del estudiante. La carga emotiva es fundamental. El vasconcelismo en México se encargó de colocar este ejército de posibilidades en el centro de su desarrollo. La raza cósmica sucede por osmosis. Entre más centros educativos existan el futuro es un edén con posibilidades. Las escuelas rurales y los centros de enseñanza en general anulan el pasado. El porvenir es un hecho seguro, colmado de esperanza. La aporía, la parodia, es el diseño que no permite desistir. A mayor educación el incremento crítico ocurre. Por lo tanto, en un Estado diseñado para solapar cualquier hecho que sea adverso a la legalidad, la respuesta natural, cuando se intenta esclarecer la anomalía, es la represión, el silencio y la inopia.

La película de Alfonso Cuarón, Roma, utiliza el Jueves de Corpus como pretexto para desarrollar una trama que susurra el clímax de las relaciones proletarias. Los amantes se encuentran como subalternos y represores. La consecuencia es un aborto natural. Esta obligación ambiciona una enseñanza moral que está anulada desde el comienzo. Todo es imposible en esas circunstancias. El 71 no existe. Pero el 68 y los 43 son posibles como artículo definido. Los Zetas quemaron y asesinaron 300 personas en Allende. Tampoco existe San Fernando como suceso. Se borra. Es posible. La mentira y la trampa son el relato que no debe adquirir personalidad. Lo que queda es la añagaza. El recuento de todas las manifestaciones posibles concentradas en un atisbo de solución lejano del tiempo sexenal ¿Cómo es posible hacer justicia cuando los mecanismos que deberían propiciarla están oxidados?  ¿Existe en México un lugar donde pedir justicia no sea un desperdicio o, peor aún, no sea el centro informativo del crimen organizado? ¿Procede el tiempo donde las instituciones no sean una pantomima de lo que se puede tomar como ventaja para desaparecer en silencio?

La demarcación del tiempo es un delirio ubicado en la necesidad de significado. Seis años no son nada para los deudos que se arrastran desde el 68. Décadas de espera, pero no por la modernidad, por la justicia, por la verdad ¿Cuántos sexenios deben ocurrir para dejar de exigir respuestas? El tiempo tiene que ser una broma, la sonrisa apretada entre lustros de contubernio donde la verdad es una incógnita. No son 43 ni el 68. Es un número infinito. La oficialidad está dispuesta a recorrer el escrutinio en su dictamen. La cuarta transformación busca su artículo definido. Justicia. Marcar un hito diferente o continuar con el pretexto de los seis años. Sólo el tiempo puede responder.

2 Comments

  1. Además de la cuestión central del artículo, la impunidad comprada a posteriori y casi perpetua a partir de 6 años de mandato, hay algunos elementos importantes para el análisis que escapan a sexenios anteriores. Las supuestas acusaciones contra algunos personajes de administraciones -Lozoya, Videgaray, García Luna, Galván, entre otros- aparenta ser un cambio en ese pacto transexenal, aunque a final de cuentas no haya una verdadera intención de cambiar asuntos de fondo, aparentemente estamos ante un viejo conocido de la política y el poder, el gatopardismo.
    Saludos

  2. Fe de erratas: dice “Galván”, debe decir “Cienfuegos”.