Los 43 de Ayotzinapa

LOS 43 DE AYOTZINAPA | La verdad histórica se impuso a la realidad

El caso de Ayotzinapa se une al de Chilpancingo, Tlatelolco, El Halconazo, Aguas Blancas, Acteal, Tlataya y San Fernando en Tamaulipas, entre muchos otros, dónde la verdad histórica se impone a la realidad, se convierte en una continuación de la pesadilla que se vive en México, donde lo único que no llega es la justicia.

Ciudad de México, 2 de noviembre (MaremotoM).- No recuerdo dónde estaba cuando salió la noticia, pero recuerdo los días siguientes y esa sensación de desamparo que se instaló junto a mí. Seguí con mi vida normal pero estaba al tanto de las noticias, las imágenes de todos los canales mostraban patrullas que llevaban a los normalistas a un destino desconocido, no se supo más de ellos. Los videos se repetían mientras se hablaba de la participación de la policía municipal, militares y autoridades.

El 26 de septiembre de 2014 desaparecieron cuarenta y tres estudiantes que se dirigían a la ciudad de México para asistir a la marcha conmemorativa por el 2 de octubre. Los jóvenes de la escuela normal Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, en Iguala Guerrero desaparecieron entre el 26 y el 27 de septiembre de 2014 cuando fueron atacados por oficiales corruptos y militares vestidos de civiles, asociados al narco. Mucho se dice al respecto pero a la fecha no se ha llegado a una versión certera y confiable por parte de las autoridades. Se cree que fueron entregados a Guerreros unidos y ellos los ejecutaron por creerlos miembros de un grupo rival. Se dice que sus cuerpos fueron incinerados en un basurero, o al menos esa es la versión oficial.

Los padres y familiares siguen exigiendo respuestas. Siguen sin tener un cuerpo que enterrar. Brenda Navarro dice en su libro Casas vacías “No importa lo que se diga al respecto: muerto es mejor que desaparecido. Los desaparecidos son fosas comunes que se nos abren por dentro y quienes las sufrimos lo único que ansiamos es poder enterrarlos ya.” Los desaparecidos son una herida que nunca sana.

Los 43 de Ayotzinapa
La injusticia es la realidad. Foto: Cortesía DW

Cuando sucedió la desaparición el país entero se estremeció. Yo como madre no podía siquiera imaginar el nivel de impotencia de no obtener apoyo o cualquier tipo de respuesta por parte de las autoridades. Me aterraba pensar que ni siquiera se podía confiar en ellas. ¿A quién acudir para obtener ayuda y no amenazas? Los familiares de los desaparecidos pisaban un campo minado con cada pregunta. ¿Cómo aprendes a conducirte en un país en que la corrupción y el crimen organizado ha permeado en todos los niveles?

Grupos de redes sociales llamaron a la movilización para exigir justicia. Se realizaría una marcha en cada ciudad del país para exigir “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”. Como madre sentía la urgente necesidad de manifestarme y de hacerle saber a esos padres que no estaban solos en su exigencia, en su hartazgo, en su petición desesperada de justicia. El 8 de octubre salí a las calles a marchar, llevé mis cartulinas y plumones por si alguien quería hacer la suya con otras consignas. Nos reunimos afuera de la escuela normal en Mexicali. Empezamos pocos pero en el camino se fueron sumando estudiantes, maestros, empresarios, jubilados, amas de casa, padres de familia y gente preocupada por su país. Marchamos por nuestros jóvenes, exigiendo un país seguro para ellos, para todos.

Las noticias seguían dando espacio a las nuevas averiguaciones. Algunos medios dijeron que los muchachos tomaron a la fuerza autobuses para sus movilizaciones políticas. Se les tildó de revoltosos, de tener fuertes convicciones partidistas, de trabajar para los carteles de la droga de la zona y se justificó su destino. Yo lo escuché en un par de conversaciones superfluas. Juzgar desde el privilegio y la distancia era fácil. Nadie reflexionó acerca de la culpa compartida por el aparato estatal, federal y social. Un joven no termina en manos de la delincuencia nomás porque sí, terminan así porqué el Estado fracasó con sus programas educativos y asistenciales, porque no pudo, ni supo, cómo incorporarlos a la sociedad, porque los ignoró.

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Sigo pensando que no existe ni un solo motivo que justifique la desaparición forzada y eso en México cada vez es más común. Desde 1964 hasta el 13 de julio de 2020 había 74,694 desaparecidos en el país. Todo el tema me hizo revivir la historia de un amigo de la universidad al que había dejado de ver, pero con el que hablaba por lo menos dos veces al año. César desapareció cuando regresaba de Tijuana, avisó a su hermana que venía de regreso y nunca llegó. Familiares y amigos nos movilizamos para encontrarlo. Salió en todos los medios, se pegaron carteles, buscaron en hospitales, la cárcel, en ciudades cercanas y nunca apareció. Un día su hermana pidió que dejáramos de buscar, la habían amenazado de muerte si le seguía moviendo. Todos lloramos esa ausencia y ese no saber. Seis años después el primo hermano fue detenido por un asunto de drogas y confesó su delito, lo asesinaron y disolvieron sus restos en ácido. Lo de Ayotzinapa me recordaba lo de César. La impotencia ante tanto desasosiego. No podía dormir, lloraba por todo y odiaba a los que parecían indiferentes. En mis redes sociales estuve compartiendo los movimientos que se dieron a partir de este suceso terrible. Marchas, encender velas afuera de nuestras casas, actos con mesabancos vacíos, pase de lista de los 43. Poca gente lo compartió. Empecé a recibir mensajes de familiares y amigos que me preguntaban si yo tenía algún conocido entre los desaparecidos, me preguntaban por qué me lo tomaba personal si eso no estaba sucediendo aquí en mi ciudad, pasaba allá en un estado lejano azotado por el narco. La falta de empatía me pareció aberrante. México era, es un país en guerra y nadie parece notarlo.

Pensé en dejar de seguir las noticias, en mantenerme ignorante de lo que pasaba en otros estados y seguir con mi vida, pero la solución me parecía peor. ¿Era este el país que deseaba para mi hija? Yo me moriría si de la noche a la mañana no supiera más de ella. Imaginaba el dolor que estaban atravesando los padres de los muchachos y me frustraba no poder hacer algo por ellos desde el otro lado del país. En mi mente seguía dando vueltas la pregunta: ¿Cómo pueden desaparecer a alguien de la noche a la mañana? ¿Cómo es posible que no haya testigos?  Aún no tengo las respuestas y dudo mucho que alguna vez conozcamos la verdad. Aunque las averiguaciones siguen sabemos que hay implicaciones políticas que impiden que la realidad salga a la luz.

El caso de Ayotzinapa se une al de Chilpancingo, Tlatelolco, El Halconazo, Aguas Blancas, Acteal, Tlataya y San Fernando en Tamaulipas, entre muchos otros, dónde la verdad histórica se impone a la realidad, se convierte en una continuación de la pesadilla que se vive en México, donde lo único que no llega es la justicia.

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