Los 43 de Ayotzinapa

LOS 43 DE AYOTZINAPA | Mis palabras fueron casi silencio

Una suerte de anemia conductual habitaba mi sangre, un sinsabor por la emoción política que hasta entonces desconocía y que en otras situaciones explotó y limitó su expresión a las marchas, las discusiones y el Facebook.

Ciudad de México, 4 de noviembre (MaremotoM).- Cuando las noticias sobre la noche de Iguala circularon en los medios de comunicación, una amplia respuesta social se expresó en las calles.

Las redes sociales, elemento contemporáneo de lectura estadística generalmente sectorizado, mercantilizable, accesible a una cierta clase y cuantificado por una serie de variables informáticas, pareció repleto de indignación y demostró, al tiempo, una cierta unidad que desafió al algoritmo. Siempre he desconfiado de cualquier tipo de unidad; me parece sospechosa, ominosa. Redes sociales como Facebook la alimentan a través de botones como “compartir”, omitiendo toda diferencia, prácticamente anulándola. Pero la gravedad del asunto exigía unidad, aún en las capas acomodadas de gustos pequeñoburgueses a las que pertenezco yo y otros cineastas, escritores o académicos -casi todos, a decir verdad, pertenecen a esas capas. Unidad para el esclarecimiento de algo para lo que, más allá de todo, existe una verdad.

No participé en ninguna de estas actividades de protesta. Más allá de que en ese momento me encontraba en otro país, no sé inundar mis redes con información relativa a aquella terrible noche y aún menos escribir o documentar las marchas. Mis palabras fueron casi silencio, compartiendo la indignación de un modo sobrio, un tanto frío, sin el natural emerger del coraje que noté en voz de otros y limitándome a asentir.

¿Por qué aquella actitud mía debía ser leída como una desafección, falta de empatía, como la profunda apolitización de un millenial? ¿Desde cuándo aparecer en las redes sociales y en las calles como un ente activo en política significa asumirse como indignado? ¿Desde hace cuánto afirmar el enojo desde una performance determinada, el acto aprendido de antemano e inconsciente, educado en la lucha social o en la repetición banal de los otros que luchan con suma seriedad y respeto, es manifestación de tristeza o indignación?

Por supuesto que la situación es indignante; creo fervientemente que el culpable de la desaparición de los estudiantes es el Estado. Creo además que la movilización en las calles es importante, fundamental para modificar el contexto político y social inmediato, tan necesario. Pero una suerte de anemia conductual habitaba mi sangre, un sinsabor por la emoción política que hasta entonces desconocía y que en otras situaciones explotó y limitó su expresión a las marchas, las discusiones y el Facebook.

Me pregunto si manifestar el enojo o la tristeza y lo digo en referencia a esas clases universitarias, capitalinas, a las cuales se les ha enseñado que son inteligentes, que lo saben todo, que tienen razón, deben actuar con ese rostro descompuesto, el del grito; hacer, una y otra vez, artículos donde documentan, hacen reconstrucciones históricas y repiten lo evidente, que el estado es el culpable y sigue siéndolo.

¿No es acaso eso también una herencia alienante, toda esa expresividad y actitud no son consecuencia de una educación orientada asumirnos a luchar sin hacerlo (como a veces pienso que se hace en las redes sociales), una resistencia neurótica a aceptar la anemia, la desesperanza absoluta sin poderla orientar hacia formas estratégicas como el terrorismo?

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No por nada alguien que se dice anarquista puede ver series de Netflix o escuchar a Maná, incluso ser funcionario de estado -todo aquello que de algún modo inculca un determinado discurso a pesar de lo que asuma imaginariamente el yo. Decirse pobre con trabajo universitario, doctor que lo observa todo y cuya manifestación de enojo es reproducir la performance, hacer un documental o estudiar el caso para demostrarle algo a un fantasma,  me parecía absurdo.

Más allá de lugares comunes que acusarían dicha desafección aparente como algo que afortunadamente no me ha sucedido a mí ni a ningún familiar, pensaba: ¿por qué el rechazo, por qué el coraje deben necesariamente expresarse en las calles o en las redes sociales, siendo yo lo que soy -si es que algo soy? ¿Por qué debería reflejarse en una performance que vira mi conducta hacia el enojo manifiesto en el tono de mi voz, en el movimiento de mis manos o en una forma de ingeniería discursiva determinada que asumía al Estado como el enemigo común, para volver después a casa, ver Netflix, beber un vino y reír las mil y una estupideces solo cumpliendo mi protesta como un pase de lista ético ante el rostro imaginario del dios de la justicia?

Los 43 de Ayotzinapa
La injusticia es la realidad. Foto: Cortesía DW

No puedo unirme a la voz generalizada y performativa que expresa, de modo acomodado, cómo debo comportarme y asentir y disentir como se supone que debe hacerse y como se supone que el mundo funciona. La discusión, tan alabada por dichas capas, es una de las formas alienantes para mí más absurdas. La diferencia me parece fundamental; discutirla, burdo. No puedo asumirme como estudiante, ni como padre, ni como ninguna de esas cosas que no soy. Sin embargo, me reconozco indignado y presa, en muchos sentidos, del coraje. Estaré en las marchas subsiguientes; no sé si grite, pero al menos seré un número necesario más, una forma de presión que suma queja a los gobiernos desde los medios de comunicación, un número indiferenciado.

Como muchas actitudes frente a la vida, la de los grupos delictivos está orientada y ajustada a una lógica. Esa lógica, si la hay, me parece está más allá de no tener dinero y hacer lo que hacen por pobreza. La palabra del que arranca un rostro debe ser escuchada. Y me pregunto en qué sentido la otra moralidad, la del que lucha por justicia desde sus privilegios, debe entender en qué sentido ésta otra asesina y miserable pende de la de él mismo y a qué grado el justo, el normal, es también su creador o consecuencia. El asesino en la cárcel no es suficiente; el asesino recompuesto hacia la normalidad, tan productora de otros asesinos, tampoco me parece coherente. ¿La melancolía y el coraje, la indignación, la defensa del bien común pueden virar hacia Bartleby y decir: “preferiría no hacerlo”? ¿Por qué habría de ser esto, además, reprobable y vergonzoso? ¿Desde qué ética y desde qué moral?

Cierro con la esperanza ferviente de que la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa será aclarada. Que esa rebeldía que cada uno de nosotros tiene, con gritos o en silencio, habrá valido la pena.

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