Baja California

Los autores premiados están en Baja California

Sin métodos ni gurúes, sin un canon por seguir, sin una misión central que se traslade más allá del impulso vital por escribir, estos autores representan una forma de escritura que nace del amor por la literatura; un amor puro, salvaje, tierno, en ocasiones desenfrenado, generalmente descentralizado.

Ciudad de México, 21 de julio (MaremotoM).- Celebro gustosamente las recientes premiaciones literarias que han adquirido escritoras y escritores de nuestras latitudes, entre ellas las premiaciones consecutivas de Elma Correa y el reciente premio Gilberto Owen en poesía para Jorge Ortega, así como algunas y algunos otros que han sucedido en lo que va de la década, desde Daniel Salinas Basave, Carlos Rodríguez, mi propia hermana Rosa Espinoza, José Salvador Ruiz, entre otros.

Lo celebro por la estima que le tengo a muchos de ellos, pero también porque me resulta llamativo que el panorama literario de BC sea un cruce intergeneracional de autoras y autores que, desde la península, han forjado un territorio propio de exploraciones narrativas y poéticas. Sin métodos ni gurúes, sin un canon por seguir, sin una misión central que se traslade más allá del impulso vital por escribir, estos autores representan una forma de escritura que nace del amor por la literatura; un amor puro, salvaje, tierno, en ocasiones desenfrenado, generalmente descentralizado.

Elma Correa
Con Antonio León, su amigo y mentor. Foto: Cortesía FIL en Guadalajara

No estaría muy seguro en afirmar que estos premios ponen a Baja California en el mapa de la literatura nacional. De lo que sí me hablan estos premios, es acerca del amor por el oficio que los premiados han mostrado a través de sus obras.

Detrás de la “sencillez y la contundencia de la prosa, el lenguaje fino, la solidez de las estructuras y la calidad consistente” en los cuentos de Elma Correa, tal y como lo declaró el reciente jurado del premio Amparo Dávila, hay un rigor y una formación de muchos años, de muchas lecturas, de muchas meditaciones y cavilaciones sobre las formas que puede asumir un relato, representando con ello una inteligencia mucho más aguda que lo que pudiera llegar a percibirse al momento de leerla.

Esto es representativo de prácticamente todos los autores de estas latitudes. Pero también hay otros aspectos, otros espejos, por así decirlo. La literatura en Baja California se caracteriza, primero, por un aspecto crucial: nadie escribe como el otro. Cada autor recorre las latitudes de lo literario desde sus propias concepciones migrantes, cada uno dibuja la península como dios o sus abuelas les dieron a entender, cada cabeza se asoma al horizonte y narra o poetiza sus propios imaginarios.

Jorge Ortega
Jorge Ortega, premio Gilberto Owen. Foto: Cortesía

Nunca voltea al lado para ver los labios del poeta o el narrador prójimo, sólo se dedica a inventar desde las entrañas el mundo frente a sí. En este sentido, muy pocas veces, hasta podría decirse que jamás, se aboca a las modas o las tendencias formales de la escritura literaria. Ok, ha coqueteado con los géneros, pero esto no quiere decir que de pronto se hayan puesto deliberadamente metaficticios o que actualmente acojan modulaciones como la autoficción. (Quienes lo hemos hecho quedamos relegados al plano de lo indefinible, lo raro y, por lo tanto, lo descartable).

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El otro aspecto que caracteriza nuestra literatura es su vitalismo, por la rara expresividad de sus geografías (sierras, desiertos, mares, cielos, cercos y bares) y por el uso pintoresco, entrañable mas nunca tragicómico de sus personajes, enmarcados en un entendimiento nativo de las voces, de las presencias, de los tiempos y ritmos de estos territorios.

Es una literatura conservadora, tradicional, que pocas veces ha sentido la necesidad de experimentar más allá de las formas dadas, ya que se concentra en el recuento de los paisajes y los días, las ondulaciones, musicalidades y tornasoledados del paisaje bajacaliforniano, la oscuridad y sordidez de sus calles, las risotadas que salen de una cochera a las dos de la madrugada, suatos y suatas que guardan dolores y rencores encerrados en sus casas en busca de un amor perdido en una de las ranuras de una cartera extraviada.

Tijuana en Bellas Artes
Daniel Salinas Basave, uno de los escritores tijuanenses. Foto: Cortesía

Nuestra literatura, incluso la que abraza nuestra historia, es una literatura concentrada en el presente, en el hoy, porque todas y todos quienes vivimos y escribimos aquí entendemos una cosa sobre la vida: hay que vivirla.

No sé qué significado pudiera tener esto para el mercado editorial a nivel nacional. Tratar de enmarcarla, como en algún momento lo hizo desde “lo fronterizo” o la “narcoliteratura” (un fenómeno más del noroeste que de BC estrictamente), sería un ejercicio fútil.

Sí me gustaría, no obstante, que el significado de estos premios pudiera traducirse, en nuestro entorno inmediato, a algo más allá de las fichitas institucionales de felicitación. ¿Nos leemos entre nosotros, acaso? ¿Extendemos estas lecturas a otros ámbitos fuera de los estrictamente “literario”? ¿Pasaremos del triste y reiterativo ejercicio monográfico, para comenzar a hacer un análisis gozoso de nuestra literatura, no circunscrito en la academia, sino en las búsquedas por divulgar desde el placer lectoril que nos generan las obras literarias escritas en nuestro Estado? ¿Ya podemos identificar las “grandes obras” o solo mencionamos las que han sobrevivido a los lamentables tirajes locales, a los libros enjaulados en las bibliotecas públicas, a las y los autores olvidados, inéditos, a las figuras grises que igualmente animan el retrato convexo de la literatura en BC?

Celebro, pues, con mucho amor y aliado a la búsqueda por encontrar el hilo poético en nuestras vitales puestas de sol. Muchas felicidades, Elma, muchas felicidades, Jorge. Muchas felicidades a todas y todos los que insistimos en escribir.

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