Evelio Rosero

Los ejércitos, de Evelio Rosero, en alucinación erótica y la intensidad de la violencia

Ciudad de México, 222 de mayo (MaremotoM).- Regreso de Bogotá con la valija repleta de libros y en la cartera llevo Los ejércitos de Evelio Rosero. No conozco al autor ni el libro porque los catálogos latinoamericanos pagan tributo a la centralidad editorial española devenida empresa global; son escasos los escritores que, malabarismo mediante, saltan por encima del cerco neocolonial. Aquellos que lo logran, en su mayoría, estrecharon lazos en alguna escuela de escritura creativa de Estados Unidos o cultivan temas que huelen a latinoamericano, bendecidos por las traducciones, cuando no, último recurso, contribuyen a un conjunto variopinto: un experimental, aquel de temática queer y ese otro confesional, de novela documental o inspirado en los procedimientos de corte oulipo. El criterio de la muestra deja pasar solo uno de cada especie y del otro lado quedan los demás, sin pena ni gloria, aunque no hay mal que por bien no venga. En este caso, para ejemplo, tengo el privilegio de leer la novela de Evelio Rosero. Según dicen, es la mejor novela que se ha escrito sobre la violencia en Colombia y uno de sus aciertos, señalan, consiste justamente en que la trama ignora qué ejercito es el que acosa, secuestra, mata y finalmente despuebla a San José. Puede que se trate de tropas narcos o paramilitares, defensas de tierra adentro o enviados gubernamentales, en definitiva son sombras o grupos armados, muertos vivos, zombies que bajan de la sierra y asoman, listos para matar, por los caminos que llevan al pueblo.

Las primeras páginas de la novela, sin embargo, nos sumergen en un registro bien diferente: el protagonista es un hombre viejo que espía el cuerpo desnudo de su vecina en un jardín feliz, con niños jugando y plantas pletóricas de frutos. La alucinación erótica erige en torno al personaje un aislamiento que le permite olvidar su cuerpo cansado e, inicialmente, lo lleva a deslizarse por entre la violencia que acecha al pueblo con algo de irresponsabilidad y mucho de evasión. Cada palabra y el ritmo de cada oración tejen la búsqueda del placer de la carne joven, que su mirada vieja intenta sorprender, como un punto ciego en torno al que el hombre gira, olvidado de todo. Las primeras páginas del libro desglosan esta historia de vejez, de rutinas, de una pareja con el amor gastado. La mujer, Otilia, lo conmina a ser discreto, a escapar del ridículo de viejo mirón. La historia se modifica cuando la misma Otilia desaparece. Se la han llevado los atacantes, tal vez para pedir rescate o aparecerá muerta en una zanja. En el instante mismo de su desaparición la obsesión de Ismael, el protagonista, se torna hacia su ausencia. No solamente la busca y se olvida de sí, de sus cabellos alargados, de sus uñas crecidas que una a otro se cortaban, Otilia y él, para evitar que los cuerpos viejos debiera agacharse en el esfuerzo, hasta de comer se olvida. A partir de ese momento, pasea su desorientación por un pueblo aterrorizado, una aldea fantasma cuyos habitantes gotean su huida, uno tras otro, los que no son muertos o secuestrados, si no encerrados a cal viva en el interior de sus hogares. El protagonista dirige a Otilia un discurso ininterrumpido, el mismo que en el inicio llevaba la marca del deseo y la obsesión hasta este otro momento en que se desbarranca en un delirio de pérdida: “ estoy seguro que cuando levante el brazo y arroje la granada, solo por la fuerza que tendré que hacer para arrojarla, estallará en mi mano y reventaré, rodeado de niños, acompañado por un montón de niños, Dios sabe que alguien en el pueblo se reirá de esto tarde o temprano: al estallar el profesor Pasos se llevó con él un buen número de niños –me digo, no tanto la dura superficie de la granada en mi mano, un animal con fauces de fuego que me disolverá en un soplo, si me encontraba solo, por lo menos, esto resultaría indoloro, no tendría que esperar por ti, Otilia, ¿no te dije que yo sería el primero?”.

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Los ejércitos
Los ejércitos, de Evelio Rosero. Foto: Cortesía

El fraseado que elige Rosero para su protagonista ritma una melopea desorientada, una secuencia de frases ininterrumpidas, ligadas por una puntuación que desconoce la clausura y, al contrario, se encadena en proposiciones y enumeraciones desbordadas, las que se corresponden con una percepción que ha perdido su propia ancla y que se desliza por encima de lo que le toca en suerte sufrir. La confusión obstruye los sentidos y ahoga a los individuos, los plaga de sentidos aletargados, por eso tanto habitantes como invasores arrastran ojos vaciados de potencia, son muertos vivos que no atinan a encontrar una ruta que los saque del pueblo y, se sobreentiende, del círculo de la violencia. Por otra parte, el acierto del inicio y el cierre de Los ejércitos es indiscutible. La intensidad del erotismo de las primeras páginas del libro es la cara opuesta, mortuoria, de la intensidad de la violencia en que desemboca. Entre una y otra, el personaje discurre como espía, un mirón, el testigo que a lo largo del relato se desliza desde ese tobogán de deleite inicial hacia una zona que muta en muerte. Lo que el viejo atraviesa son dos fases lunares del delirio. Dudo si la elección de esos dos extremos se debió a que Rosero identificó en ellos dos manifestaciones antagónicas, el bien y el mal, el placer erótico y la pulsión de muerte, o si, por el contrario, una hipótesis más perversa, más triste, hay aquí la intuición de reconocerlas como expresiones puras y extremas de la condición humana, precisamente un pulso que solo un viejo puede medir a costa de falta, sinsentido y ausencia.

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