Rosa Nissán

“Los hombres deben ser conscientes y no conchudos”: Rosa Nissan

Para la equidad de género, la autora de Me viene un modo de tristeza (Grijalbo) y ¿Cuántas rosas tiene un rosal? (edición de autor), los varones no deben querer conservar sus privilegios.

Ciudad de México, 2 de enero (MaremotoM).- Rosa Nissan tiene 80 años. Escribe sin parar y hace balances. Un balance de su vida, que ha volcado en la autobiografía fotográfica ¿Cuántas rosas tiene un rosal?.

Allí la cara, el rostro, los caminos, que ha elegido esta escritora nacida en México en 1939 y que presenta también Me viene un modo de tristeza (Grijalbo), con prólogo de Elena Poniatowska, una novela conmovedora donde cuenta la historia de Oshinica -una suerte de alter ego-, quien primero cuestiona y luego rechaza las costumbres de su familia y del patriarcado para aprender a despojarse de miedos, de ataduras y convertirse por fin en lo que siempre deseó: una mujer valiente, libre; una escritora con fuerza propia; una “caballera con armadura”.

Voy a hacerle la entrevista a Rosa a La Condesa. La librería Rosario Castellanos está cerrada, viene en un Sentra Blanco a buscarme y a llevarme a una de las cafeterías que está cerca. No he leído su novela. Son estos días de fines de año y la editorial ha olvidado mandármela. Se lo digo y se ofende un poco. Cuesta llevar esta entrevista basada un poco en la honestidad y a veces preguntar, ¿para qué hago estas cosas? Pero conforme vamos charlando, Nissan se abre y cuenta bastante por qué Elena Poniatowska (“la que me ha enseñado a escribir”, dice), afirma estas cosas en el prólogo: “Me viene un modo de tristeza es su última novela. Tremendamente inquieta. Oshinica es un personaje indispensable en la literatura mexicana y en la reivindicación de los derechos de la mujer. Rosa Nissán intenta explicarse el significado de la cultura judía y logra entenderse a sí misma a partir de esa pertenencia.

“Hace veinte años se publicó mi última novela. Esta Rosa es otra. Una Rosa nueva que tiene entre sus mayores placeres reflexionar con otra/o sobre lo que aprende día a día y compartir dudas, ideas, dolores y placeres con los nuevos ojos que da la vida para ver el mundo. Y es que ya entendí. Leer es leerme. Mucho leo. Me leo, mucho me descubro. ¡Qué placer! Esta satisfacción se amplía cuando estoy con quienes disfrutan tanto como yo, compartiendo. Con estas lecciones crucé el umbral de una nueva década. ¡La estación número 80! Motivo de alegría es conocer cómo voy envejeciendo por fuera y por dentro. Porque también tiene una parte interesante. A los treinta y cinco años me pregunté: ¿cómo quiero envejecer? ¿Soy todo aquello que no me agradaba? ¿O soy ahora más de lo que soñé, más de lo que imaginé en mis sueños más locos? Soy la que jamás se atrevió, ni siquiera a imaginar. Sí. Me gusto”, dice Rosa Nissan.

Rosa Nissán
Hace veinte años se publicó mi última novela. Esta Rosa es otra. Foto: MaremotoM

–¿Hace 20 años que no publicaba una novela?

–Sí, hice crónica de viajes, no publicaba porque tuve un accidente hace 16 años y no podía hacerlo. Quiero ver cómo será recibida, estoy esperando, es un gran acertijo que uno se pregunta.

–¿Quién es Oxinica?

–Oxinica es un poco mi álter ego, hay cosas que son reales y otras no. Yo todo lo que he escrito es feminista. Si no hubieran hecho las mujeres que me antecedieron, no tendría los derechos que tengo ahora, son pocos, pero son algo. No estaba ganado ni siquiera el derecho al voto, antes no estaba una mujer autorizada a tener una casa a su nombre. Las sufragistas hicieron mucho por nosotras, todo lo que han hecho, si bien no estamos en equidad de género, tengamos algunos derechos. Los señores muy lindos no dijeron ni dieron nada, hubo que pelear todo.

–¿Qué cosas hacen falta para la equidad de género?

–Que los hombres tengan otro tipo de educación y que lo deseen ellos. Por seres humanos deben decir esto es una injusticia, la explotación de la mujer. Que sean conscientes y no sean conchudos, que no quieran conservar privilegios. Como si ahora yo estuviera de acuerdo en tener un esclavo.

–¿Qué significó la escritura para ti?

–Me cambió totalmente. Me dio una voz para contestar y conocer al mundo, para ver a otras personas con otros puntos de vista. Esta novela está escrita para quien quiera conocer cómo piensa una mujer. Somos muchas las mujeres que pensamos, escribir es pensar. No sé si es Oxinica osada, lo que hizo fue un proceso, una evolución personal, salir de una vida chiquita a una vida más amplia. Si no lo quieres hacer, te quedas en tu conformidad. No me duele la injusticia que hay, pero eso es un poco morir. La sensibilidad muere. Hay gente que no le importa perder la sensibilidad, porque no la valora. Creen que no es nada, porque no es dinero. Perder la sensibilidad es una gran pérdida.

–¿Qué es la libertad para ti?

–Es una pregunta bastante compleja que no la puedo contestar así porque sí. Para mí es hacer lo que me gustaría hacer. En cierto momento de mi vida, antes de cumplir 40 años, decidí cómo quería envejecer. Vi cómo no quería envejecer. Para envejecer como yo quería tenía yo que no aceptar cualquier cosa para mi vida. Eso es ser libre. Escribir me ha dado la libertad. En mis talleres literarios les digo siempre: ¡Escriban lo que quieran! Publicar es otra cosa. Cuando voy a publicar maquillo algo, protejo a mis seres queridos de mí misma, yo tengo mi lado agresivo. A veces niego que soy agresiva, pero me enojo mucho.

Rosa Nissán
La escritura me cambió totalmente. Me dio una voz para contestar y conocer al mundo, para ver a otras personas con otros puntos de vista. Foto: MaremotoM

–¿Cómo aplacas tus demonios?

–Yo los aplaco escribiendo. Es la primera vez que me lo preguntan, pero cuando veo que se me alborotan los demonios, hago meditación o veo qué quieren. Hay demonios que quieren respirar nada más, que no nos trate mal. Tengo muchas fotos de una Rosa amordazada en el libro ¿Cuántas rosas tiene un rosal?. Todo el tiempo con tapones en la boca, para no hablar. Un demonio anda suelto y quiere hablar, que escriba, que diga lo que tiene que decir.

Rosa Nissán
Me viene un modo de tristeza, de Grijalbo. Foto: Cortesía

Fragmento de Me viene un modo de tristeza, con autorización de Grijalbo.

La más libre de todas las escritoras mexicanas

Rosa Nissán es distinta a todas las escritoras de México por una razón: es una mujer libre. No nació libre, al contrario, nació dentro de una armadura de prejuicios y prohibiciones. “Para mí —dice María Esther Núñez, también escritora y su gran amiga—, su cualidad más importante es el grado de libertad con el que vive”.

Las inesperadas lecciones de libertad que Rosa Nissán nos ha dado son muchas. Una mañana, sin más, rompió mi rutina de trabajo y exclamó: “Vámonos al Desierto de los Leones”. Y sin más, su automóvil —que parece carromato de gitana— tomó la dirección del Desierto; se estacionó, echamos a caminar y ya dentro de las gruesas paredes del convento ordenó: “Ahora, Ele, grita: ‘¡Soy joven, soy bella, soy chingona!’”. “¿Cómo crees, Rosa?”. “Tú puedes, abre la boca, te van a oír los árboles”.

Ese grito que surgió de sus pulmones hace años no ha dejado de recorrer desiertos, lagos y playas del Caribe. Desde su primer libro, Novia que te vea, Rosa liberó de leyes y prejuicios a muchos de sus seguidores de la comunidad judía y la no judía y también me liberó de tantas telarañas en ojos y oídos. Ese grito ha marcado la obra novelística de Rosa con el sello de la liberación.

María Esther Núñez me cuenta que recientemente, al llegar al Parque México, encontró a Rosa tirada en el pasto, patas para arriba haciendo bicicleta, la panza de fuera, el suéter por allá, el morral aún más lejos. A lo largo de los años he visto a Rosa salvarnos a todas, ponernos a bailar, tirarnos a la alberca, aconsejar “suéltate el pelo”; escoger lecturas, dirigir talleres y publicar, a partir del gran reconocimiento a su novela Novia que te vea.

Todavía hoy su obra Los viajes de mi cuerpo causa sensación.

¿Ha liberado Rosa Nissán a sus cuatro hijos? Quizá no es la madre que hubieran querido: la que sacrifica su vida por sus hijos. Pero les abrió la puerta a aquello que pedía Rosario Castellanos “Otro modo de ser, humano y libre”.

Todos amamos a Rosa Nissán. Cuando se enfermó, su hijo Elías y sus hermanas, Ethel, Maggie y Jacquie no se separaron de su lado, pero tampoco sus amigos y amigas. Todos nos hicimos cruces porque la presencia de Rosa es un tesoro que nadie quiere perder. Recuerdo especialmente a Óscar Roemer para quien ella fue una maestra y lo impulsó a escribir su excelente novela autobiográfica. Si algo le pasaba a Rosa, Óscar hubiera muerto de la tristeza. En ese sentido, qué bueno que se fue primero él.

Rosa Nissán
Todos amamos a Rosa Nissán. Cuando se enfermó, su hijo Elías y sus hermanas, Ethel, Maggie y Jacquie no se separaron de su lado, pero tampoco sus amigos y amigas. Foto: MaremotoM

Como lo recuerda María Esther Núñez, ir a un café con Rosa Nissán es correr varios riesgos. Si un mesero le dice que no tiene leche de soya, Rosa responde airada: “¿Cómo que no tienes leche de soya?” y le ordena: “A ver, chulo, aquí a dos cuadras está Superama, ve y tráeme leche de soya”

Después de varios años de asistir a diversos talleres de Agustín Cadena, Juan Villoro, Tatiana Espinosa, Rosa Beltrán y Hugo Hiriart, Rosa, maestra consumada, imparte sus propios talleres. Asistí una tarde al de Autobiografía en la Casa del Libro y me impresionó la excelencia de su clase, preparada a fondo con transparencias y libros de autores que los alumnos debían consultar. Las aclaraciones pertinentes, el entusiasmo, la cultura y la generosidad han convertido a Rosa Nissán en una guía literaria.

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En otra ocasión asistí a una de sus conferencias en la Sala Manuel M. Ponce y descubrí a una actriz de primera. La vi subir al escenario, tomarse su tiempo, quitarse suéteres y chales, acomodar sus papeles. El ritual duró entre ocho y diez minutos y todos quedaron en suspenso hasta que Rosa conferencista empezó a hablar con una voz lenta y muy fuerte y una seguridad que me hizo pensar: “¡Cuánto ha crecido! ¡Cuánto camino ha recorrido esta extraordinaria mujer!”

María Esther Núñez recuerda el video que acompañó una de sus novelas, “Three Beautiful Ladies”, en el que Rosa sale volando en la alfombra de Aladino frente a un Bellas Artes atascado de admiradores y amigos que la ovacionan como si fuera Marilyn Monroe.

El aplomo de Rosa Nissán se lo da su vida y su obra, o mejor dicho su vida-obra, porque ella se construyó a sí misma a medida que publicaba sus novelas hechas (si se me permite el lugar común) con sangre y lágrimas. La más atrevida es Los viajes de mi cuerpo que no habría podido darse sin su primera novela Novia que te vea, que le abrió la puerta a esa catarata de sensaciones y descubrimientos. El cuerpo del hombre, el de nuestra naturaleza, el del encuentro con su sensualidad, todo arde en sus páginas.

Su fe en sí misma la hizo atravesar precipicios, desafiar tormentas y ahora se encuentra en la mejor etapa de su vida porque ha llegado a ser lo que ella soñaba ser: una rosa o un campo de mil rosas de distintos colores porque reúne ahora en sí misma muchos momentos y muchos accidentes de su paso por la Tierra. Y los últimos años de su vida son de recompensa. Como lo dice María Esther, Rosa siente que la gente la quiere y se gusta a sí misma. ¿Se puede pedir algo más?

Es imposible pensar en la colonia Condesa sin Rosa Nissán. Todos sus habitantes la reconocen cuando la ven caminar en la calle, en el café, en el parque. Cuando se enfermó gravemente este 2019, María Esther Núñez se dijo a sí misma: “Es que si Rosita se muere, yo no voy a regresar a la Condesa, nunca”. Rosita es la Condesa, debería ser la cronista de la Condesa porque en su escritura nos revela un mundo insospechado y también otro, el de su hijo Elías, a quien le dice “serpientito”, y quien al igual que su madre siempre trae la mecha prendida al preocuparse por los demás.

Me viene un modo de tristeza es su última novela. Tremendamente inquieta, Rosa ha recurrido a la musicoterapia, a los masajes, a la aromaterapia, al yoga, al psicoanálisis personal y de grupo y a otras terapias cuyos nombres se me van y a ella la tranquilizan. Recuerdo especialmente sus estancias en la nieve del Popocatépetl, en las que en medio de desconocidos era indispensable desvestirse y volverse uno con la naturaleza. No me espanta tanto la desnudez como la amenaza del frío.

Así como su hijo Elías publicó ya cuatro libros de temática religiosa y de interpretación de la Biblia, Rosa ha publicado Novia que te vea (1992), Las tierras prometidas (1997), No sólo para dormir es la noche (1999), Patria. Los viajes de mi cuerpo (1999) e Hisho que te nazca (2006), que enriquecen el corpus de la literatura mexicana.

-Elena Poniatowska

I

Dijo el rabino Susya poco antes de morir: “Cuando esté ante las puertas del cielo no me van a preguntar ¿por qué no fuiste Moisés?, sino ¿por qué no fuiste Susya?, ¿por qué no llegaste a ser lo que sólo tú podías llegar a ser?”.

1968

Disfrazada de mujer, engañada por ese resplandor, diamantina, que no oro, te vi partir, Lety… Eras apenas un brote, niña haciéndose mujer. ¿Por qué no fuiste como el rabino Susya, prima? ¿Por qué no llegaste a ser lo que sólo tú podías llegar a ser? ¿Por qué, como pieza de metal, te fundiste, perdiste tu forma original y tomaste la del molde donde fuiste a caer? No son pocas las ocasiones en que la alquimia trabaja en sentido contrario, y el oro deviene en plomo.

Un niño nace, tiene una forma, lo amamos sin saber en quién se va a convertir. El sistema espolvorea en él ingredientes en apariencia inofensivos; seguramente ya en la primaria estará listo para disolverse en la liquidez de otros. Para eso también sirve la alquimia: transforma la materia de sólida a líquida; el metal, ¿el plomo?, en oro. En la película Pink Floyd, The Wall, un molino de carne deglute, traga hombres que salen molidos, mezclados. Carne molida: uniforme: una sola forma. La fabricación en serie cuenta con moldes donde encontrará acomodo esa liquidez hasta tomar definitivamente la forma que la contenga. Ese ser humano, exento de dudas existenciales, ninguna brecha tendrá que abrir a machetazos, sólo fundirse en los demás. No ser Susya; ser Moisés, Alejandro, Tomasa, Heriberto, tú, Lety, quien sea. Pero no Susya. No nosotras mismas.

¿Por qué no fuiste tú misma, prima? Partiste detrás de esos tesoros que no sabías envenenados, los seguiste porque son los que abundan y vienen en diferentes presentaciones, todas seductoras y hasta convincentes: ideas, matrimonios, posesiones, atractivos/as físicamente y encantadores… hasta de serpientes.

Precisamente cuando la corriente estaba a punto de jalarte al lugar a donde me había llevado a mí, vislumbré lo que pasaría. Quise detenerte. Nunca entenderás, prima, lo que significó ver cómo ese retoñito que eras, esa niña que fuiste hasta secundaria, límite al que te permitieron llegar, sefuesefuesefuesefue a donde la arrastró la corriente, a donde siento que se quedaron no sólo los aplicados de mi salón. ¿Por qué, ante esta disyuntiva presente de ir o no al desayuno de mis compañeros de secundaria, me acuerdo de ti? Te he llorado y al hacerlo me he llorado a mí. Fuiste un espejo en el que pude ver, diez años después, cómo yo, la niña que solía ser, se despojó de sí misma, arrastrada por tan caudaloso río. Nadie trató de advertirme hacia dónde me llevaba la corriente, o los que estaban a mi alrededor no podían verlo, pues estaban dentro.

Hablé con tu mamá, con mi papá, en fin, hice lo que pude para que vieras que podía haber un futuro distinto del de nuestra abuela, quien vivió para que su marido no se enojara. No creíste en esa joven estudiosa que eras. Fue un golpe verte partir a ese viaje del que todavía no regresas.

Ni regresarás.

Nos casaron cuando nuestras ramitas eran todavía muy frágiles; estábamos tiernitas porque, efectivamente, una comienza a inventar su ruta y quién sabe adónde va a ir a dar. Por ese miedo te sacó tu familia de un camino que ni siquiera habías iniciado. A lo mejor tenían razón; tampoco yo sabía adónde me llevaría el camino de inventar mi vida, que empecé cuando dejé de ser de mi marido. Y qué alegría, ni en sueños imaginé la vida de escritora que tengo. Pero en este asunto de vivir es imposible prever hacia dónde nos llevarán nuestras convicciones. Mi hijo —ése, mi Jacobito de antes—, que es él mismo, que de ninguna manera se hizo líquido para amoldarse, vaya a saber adónde va. No son pocas las veces, no lo niego, que me agobia la incertidumbre: ¡qué difícil respetar las decisiones de los hijos, verlos transitar por las rutas que tienen que pasar hasta encontrarse con ellos mismos! Es menos angustioso “casarlos bien” y que prontito se hagan padres y prontito abuelos. Aprendí que no puedo meterme en su vida, y me aguanto las ganas de sugerir: por aquí, mijito, por allá.

Tu vida, prima, la que te endilgaron como modelo único, es previsible; sabes qué camino recorrerás hasta el día de la muerte. Lo que viví desde que me enterqué en salir del molde, que espera inútilmente mi regreso, fue y sigue siendo abrir brecha. Selva. Camino cerrado. Afortunadamente a veces se llega, se cumple el sueño, pero la necesidad de certezas, de seguridad, como si la hubiera, suele llevar a la gran tentación de no jugar aventuras inciertas, y la mayoría de las personas corren a refugiarse en lo conocido para después, confiadas, saludar cada mañana, alegres, a sus pares, los que viven en otros moldes. Y escuchan el duro reclamo de Dios: ¿por qué no fuiste Susya? Prima, ¿en qué te convertiste? Fuiste la mujer de un hombre que te doblaba la edad cuando cumpliste quince. ¿Por qué no fuiste simplemente tú?

A veces nos saludamos de prisa en el club, como extrañas. Lo prefiero: ¿de qué podemos hablar? ¿Hablar? Entre nosotras sólo existe lo que no se dice. En esa mudez recordamos cuánto esperaba yo de ti, mi amada prima.

2010

No, no, querido Juanjo —le dije en el …

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