Mae West

Mae West: la más falsa y la más verdadera, la más zarpada y la más divertida

Sin embargo, la diva medía poquito más de metro y medio, su rostro al natural no era un dechado de belleza convencional, el cuello más bien cortón, sus bamboleantes caderas escondían rellenos, los trajes siempre largos ocultaban los elevados tacos, los grandes sombreros le aportaban unos centímetros. Pero ella logró parecer alta, vistosa, imponente, magnífica.

Ciudad de México, 23 de agosto (MaremotoM).- El feminismo le debía este homenaje a la damisela que zafó de todos los apuros que se generó ella misma con su osadía, su visión adelantada para tratar temas relativos a la sexualidad humana en sus tempranas piezas teatrales (la iniciativa y el placer femeninos, la homosexualidad), su defensa de las minorías -incluidos los negros, que en ese entonces no se denominaban afronorteamericanos-, su ingeniosa manera de burlar el machismo apropiándose de sus conductas con un humor descacharrante…

Efectivamente, ella se merecía el documental estadounidense Mae West: Dirty Blonde, que en 2020 presentaron las directoras Sally Rosenthal y Julia Marchesi, editado en DVD y visto por televisión (en Francia, retitulado Mae West, une star sulfureuse), muy apreciado por la crítica realmente especializada. En la prolija y afectuosa investigación no faltan datos inéditos, fragmentos de sus films y testimonios, entre los cuales vale rescatar el de Dita Von Teese que define certeramente, graciosamente a la impar diva que se hizo a sí misma, a años luz de cualquier clase de pigmaliones: “Gangster sexual”.

A 42 años de su muerte acaecida a los 87 (aunque flota todavía la sospecha de que era mayor porque, en plan de falsificar, ella habría logrado corregir la fecha de nacimiento), como correspondía envuelta en una bata blanca de satén, Mae West sigue siendo una figura popular que inspira obras teatrales en su honor como la que se presentó con mucho suceso en Broadway hace dos décadas, llamada precisamente Dirty Blonde, protagonizada por Claudia Shear e inspirada la escenografía en el cuadro que le dedicó Salvador Dalí.

 

Un tributo a la altura de la gran Mae, feminista intuitiva avant la lettre, aunque hay que decir que sus corsés, guarniciones, fajas y tacones altísimos no le habrían permitido portar una pancarta en manifestaciones ni moverse con agilidad para esquivar la policía. Que, de todos modos, la llevó presa cuando, antes de incursionar en el cine, escribió, produjo y protagonizó en 1926 la obra teatral Sex, acerca de la prostituta independiente Margy LaMont que sigue alegremente un barco de la Marina Real inglesa.

Claro que escandalizó a la embajada británica, pero el éxito fue fulminante: 385 representaciones hasta que intervinieron las ligas de decencia y la policía allanó la sala. MW, entre ser detenida diez días o pagar multa, eligió la primera opción. Por pura astucia publicitaria: llegó a la comisaría en una limo repleta de rosas, alterando la vía pública y al periodismo. Una vez en chirona, no solo se las arregló para usar medias de seda sino que aprovechó el tiempo para conocer gente y también para escribir otra pieza: The Drag, con un tratamiento sensible y muy tolerante hacia la situación de las travestis (con quienes había alternado en bares clandestinos). Pero no se le permitió estrenarla.

Como era de esperar a esta altura de su andar en el espectáculo, un mundo manejado totalmente por varones por aquel entonces, West puso manos a la siguiente obra donde desarrolló el personaje que creó para ella misma: Diamond Lili (1928), rindiendo de paso homenaje a su madre que siempre la alentó en sus aventuras escénicas. En este espectáculo -que en 1933 sería adaptado a la pantalla como Lady Lou- ya oxigenados sus cabellos castaños, Mae le suma fichas al rol que la identificaría para siempre: el corsé afinando la cintura, los escotes descendiendo, el pedrerío supuestamente precioso brillando sobre sus lóbulos, sus muñecas, su cuello, su pecho confortable.

Mae West
La diva medía poquito más de metro y medio. Foto: Cortesía

Sin embargo, la diva medía poquito más de metro y medio, su rostro al natural no era un dechado de belleza convencional, el cuello más bien cortón, sus bamboleantes caderas escondían rellenos, los trajes siempre largos ocultaban los elevados tacos, los grandes sombreros le aportaban unos centímetros. Pero ella logró parecer alta, vistosa, imponente, magnífica.

Otra pieza de Mae de corte policial, una reescritura ampliada de The Drag que firmó como Jane Mast para despistar, Pleasure Man, logró ser estrenada y permanecer en cartel fuera de Nueva York, pero en 1930 fue a juicio por ofrecer “sexo, degeneración y perversión sexual”. Durante el proceso, hubo manifestaciones de homofobia, si bien finalmente se retiraron los cargos. Irreductible, años después la autora convirtió la pieza en novela.

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En 1932, MW marcha sobre Hollywood, debutando en Night After Night, junto al estelar George Raft, ella en un rol secundario. Ni corta (es un decir) ni remolona, Mae se adereza a su manera y reescribe algunos de sus diálogos: por caso, ahí es cuando le retruca a la empleada del guardarropa, que exclama “Mi Dios, ¡qué diamantes!”, “Querida, Dios no tuvo nada que ver”. En esa primera aparición, Mae, ya le prendió fuego a la pantalla con su desenfado.

Raft no tuvo problema en reconocer: “Menos las cámaras, ella se robó todo”. La actriz y escritora acababa de cumplir los 40. Greta Garbo se retiraría en 1941, a los 36…

En la década de los ’30, Mae West se contoneó con sus trajes largos ajustados, adornada como un arbolito de Navidad, en comedias de mucho éxito, convirtiéndose en la actriz mejor pagada del momento: She Done Him Wrong  y I’m No Angel (1933), Belle of Nineties (1934, aquí es donde le dice a un juvenil Cary Grant, a quien ha exigido incluir en el reparto: “Si tienes un rato libre una de estas noche, subí a verme”; asimismo, en esta producción reclamó la participación del extraordinario moreno Duke Ellington, Goin’ to Town (1935), Go West, Young Man y  Klondike Annie (1936).

En los ’40, se midió tan fresca con el nada apuesto pero siempre muy eficaz cómico W.C. Fields en My Little Chikadee y la explosiva pareja encantó al gran público. Siempre apuntando sus diálogos, West aplicó con suma inteligencia la coartada del humor para desbaratar mojigaterías y darle autonomía e iniciativa a sus personajes, desmontando las normas de la femineidad  dependiente del deseo del varón. “Me di cuenta de que podía decirlo casi todo, hacerlo casi todo si sonreía y me mostraba irónica al decir mis líneas”, anota en su sabrosa autobiografía que se titula -¡cómo no!- El cielo no tuvo nada que ver. Avispadísima, confiesa que siempre intercalaba a propósito textos de excesiva crudeza porque sabía que algo iban a querer podar los censores.

My Little Chikadee, 1940

En 1943 ya no pudo crear sus diálogos para The Hat’Son, filme que no funcionó y MW se alejó del cine, dándose el lujo en 1949 de plantarle un no a Billy Wilder, que la solicitaba para el papel de Norma Desmond en Sunset Boulevard, haciéndose la ofendida porque ella a los 56 no se consideraba en decadencia. Y lo demostró presentando shows en Las Vegas con muchachos fisiculturistas, escribiendo su autobiografía, grabando discos como cantante, en pareja sus últimos 25 años sobre la tierra con un musculoso 30 años más joven, Vincent López.

En 1970 actuó en la polémica Myra Brekinridge, sobre la novela de Gore Vidal, con Raquel Welch haciendo de mujer transgénero que, cuando era Myron, se había operado en secreto para cambiar su sexo y luego pretende pasar por su propia viuda. Aquí, Mae West es una agente de casting casi siempre dispuesta a levantarse a algún aspirante actor atlético y guapo que se presentara a audicionar.

Su última intervención en el cine tuvo lugar en Sextette (1978), producción “dignamente fallida”, según Ringo Starr, que también participó en esta aventura junto a Timothy Dalton, Alice Cooper y Tony Curtis, basada en una pieza de la imparable rubia. Una década antes, Mae había figurado en la portada de Sargent Pepper’s, pese a haberse negado en principio porque ella “no tenía nada que ver con ningún club de corazones solitarios”. Pero los chicos de Liverpool insistieron en una conceptuosa carta, y ella cedió.

Mae West nunca discutió directamente la importancia del tamaño: ella prefería preguntarle admirada a un buen mozo de elevada estatura: “Pero ¿cuánto medís?”. Y ante su respuesta –“Seis pies y siete pulgadas”- ir a los bifes: “Hablemos de las siete pulgadas”. (O sea, 18 centímetros). Por otra parte, es verdad que en sus filmes negros y negras -presentes a su pedido- cumplían roles de servicio (justo es tener en cuenta la época), pero particularmente con sus criadas tenía un tratamiento de igual a igual, compartía sus inquietudes respecto de los galanes que la asediaban. En una oportunidad, protesta la rubia salerosa frente a un obsequio importante: “Pero este hombre no tenía por qué hacerme semejante regalo, lo conozco tan poco como a Shakespeare”. “¿Shakespeare?”, se sorprende la morena asistente, “No recuerdo que usted saliera con ningún Shakespeare”. Y la enemiga pública -a mucha honra- de las ligas de la decencia: “Es que fue antes de que te conociera”.

Fuente: Damiselas en apuros / Original aquí.

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